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domingo, 10 de abril de 2011

JESÚS ES UNGIDO POR MARÍA EN BETANIA: PREPARACIÓN PARA EL MARTIRIO

Por. Leopoldo Cervantes-Ortiz, México

Entonces Jesús le dijo a Judas: —¡Déjala tranquila! Ella estaba guardando este perfume para el día de mi entierro. En cuanto a los pobres, siempre los tendrán cerca de ustedes, pero a mí no siempre me tendrán. Juan 12.6-8, Traducción en Lenguaje Actual


1. La acción de María dentro del proyecto juanino

Cupo el mérito al Cuarto Evangelio de nombrar a la mujer que ungió a Jesús como una preparación simbólica, pero muy elocuente, para el martirio (Jn 12.1-8), a diferencia de Marcos (14.3-9), Mateo (26.6-13) y Lucas (7.36-50), quienes no la identifican. Además, la circunstancia y ubicación del suceso en esos relatos es muy distinta, pues para Mr y Mt aconteció durante la cena en casa de Simón, un leproso, y en Lc en la de un fariseo. A pesar del anonimato de la mujer, en Marcos 14.9 se subraya la memoria futura de lo que hizo, literalmente, “dondequiera que se predique el Evangelio”. La acción realizada por María forma parte también de la intención juanina por presentar de manera central la vida y acción de las mujeres en un marco estrechamente ligado al movimiento igualitario de Jesús: encuentro con la samaritana (cap. 4), a quien se revela en forma personal y es constituida misionera; la confesión mesiánica de Marta (11.27), más importante que la de Pedro, es el fundamento de una Iglesia construida sobre el testimonio apostólico de una mujer; el perdón y restauración de la adúltera (cap. 8); María de Betania anuncia la muerte y resurrección de Jesús(cap 12); la madre de Jesús, es la discípula que recorre el camino desde Israel (Bodas de Caná) hasta la Iglesia (al pie de la cruz); y María Magdalena, enviada a evangelizar a los 12, es el primer y más destacado testigo de Jesús resucitado (20.18).[1] La narración se mueve desde un espacio abierto, “Betania”, hasta uno cerrado: “la casa de alguien”, para finalizar en el ámbito privado: “sentados a la mesa”, en este caso, con Lázaro, el resucitado (12.2).


Según Elisa Estévez: “La valoración que esta tradición tiene de las mujeres es inseparable del desarrollo de su pensamiento acerca del Hijo único del Padre, del amor como vinculación definitiva y permanente con Él, así como de su peculiar teología sobre el Espíritu, abogado y maestro de todo creyente. Por otra parte, el reconocimiento de las mujeres como discípulas cualificadas del Maestro, está ligado asimismo al momento histórico-social-religioso en el que esta tradición se desarrolla”.[2] El ambiente de la unción es eminentemente pascual y la clave del pasaje está en el v. 7, donde Jesús mismo explica su significado: sin diálogo de por medio, como en otras ocasiones, María, la hermana de Lázaro, “ungió los pies de Jesús y los enjugó con sus cabellos” (v. 3b). Se trató de un acto de amor y compromiso desde la percepción femenina: El amor de Jesús, experimentado por esta mujer en distintas ocasiones y, de un modo singular, en la resurrección de su hermano Lázaro, la mueve a realizar un gesto gratuito de amor. Ella encarna a todos los que aman a Jesús con corazón sincero y agradecido. El amor como vinculación personal con Jesús es la señal de los auténticos discípulos. La unión es tan profunda que, con este gesto, María anticipa el hecho fundante de la fe de la Iglesia: la muerte y la resurrección del Hijo amado del Padre. Su gesto es anuncio y testimonio anticipado para el resto de los comensales del amor entrañable del Padre. Al secar con sus cabellos los pies de Jesús, queda empapada del mismo perfume, es decir, queda envuelta en ese misterio de amor que ha de ser Buena Noticia para todo el que cree. También la casa, símbolo de la comunidad creyente, experimenta la presencia permanente del resucitado. Una vez más la mujer es reconocida con el más alto grado por parte de la tradición del Discípulo Amado: su vinculación al Maestro por medio del amor es lo que la confiere su dignidad y su igualdad en la estructura comunitaria.[3] Al ungir los pies del Nazareno, María estaba “preanunciando el lavatorio de los pies de los discípulos, transformándose ella misma en la primera servidora, partícipe de los sufrimientos de Jesús (13.3-11)”.[4]


2. Los pobres como pretexto (igual que siempre…)

Pero, como siempre sucede, tenía que haber un tercero en discordia, aunque en esta ocasión se trata de “terceros”: se trata, evidentemente, de los pobres, cuya presencia corre por cuenta del antagonista (o villano) de la historia, Judas el Iscariote, tesorero corrupto del movimiento de Jesús (v. 6) y que ya desde aquí es señalado por el narrador como quien habría de entregarlo a sus enemigos (v. 4b). Su reacción ante el desperdicio que significaba el gesto simbólico de María es estrictamente materialista, dejando de ver, de un solo golpe, las implicaciones aludidas por el suceso en los dos terrenos: por un lado, Judas (como toda persona ligada al culto idolátrico del dinero) no comprende la necesidad de preparar a Jesús para los sucesos por venir, pues éstos requieren una clave teológica firme para interpretarlos (algo así como nuestra época tan secularizada y desencaminada por su visión mercantilista), y por el otro, porque su alusión a los directa a los pobres, según explica el texto, era apenas un pretexto para encubrir su codicia, según explica el propio texto (v. 6). A la actitud comprensiva y creyente de María, este hombre opone una “mezquindad masculina” que destaca aún más la sinceridad y el “desprendimiento femenino”. Como subraya el texto, el perfume era muy costoso (v. 3a), puesto que se obtenía de las raíces del nardo (perteneciente a la especie vegetal Valeriana), que llegaba desde la India y Asia Oriental. Los 300 denarios referidos referidos por Judas (v. 5) equivalían al salario anual de un jornalero.

La respuesta de Jesús se desarrolla en dos niveles: primero, reivindica el acto de María como un “signo” (anuncio y proyección) de su sepultura, es decir, del camino martirial que Jesús ha asumido voluntariamente: así sería impregnada de perfume la tela de su sudario mortuorio (19.40), pues no se utilizó todo el bálsamo, sino sólo una libra (unos 450 g). En segundo lugar, Jesús se remite al Dt (15.11) y en sus palabras el recuerdo de los pobres adquiere una significación distinta a las de Judas: Jesús no se desentiende de los pobres, pues retoma el espíritu de Dt 15 acerca de la preocupación divina por ellos, ni tampoco profetiza la “necesidad histórica” de que los haya, sino que siguiendo ese mismo espíritu, destaca la forma en que seguirá produciéndose la pobreza como un fenómeno estructural, a diferencia de lo irrepetible de su presencia en el mundo. No le hace justicia al texto relato hablar de una disyuntiva entre “los pobres o Jesús”, porque se denuncia proféticamente la invalidez del planteamiento sobre ellos en labios de un ladrón y avaro. Más bien, se subraya la necesidad de atenderlos con la misma preocupación que manifiesta el AT, pues Dt 15 pertenece al tipo de textos cuya vigencia es intemporal.

Finalmente, el simbolismo de la acción de María puede leerse en la clave del seguimiento público, visible y comprometedor de Jesús: “Así como en Marcos el gesto desinteresado de la mujer contrasta con el marcado egoísmo de los discípulos, en Juan, además de contrastar con Judas, el ungimiento que hace María frente a todos los presentes también se opone al posterior ungimiento del cuerpo de Jesús que dos hombres, José de Arimatea y Nicodemo, realizarán en secreto por temor de hacer pública su fe (Jn 19.38-40)”.[5] Jesús no entrará a Jerusalén, a cumplir su destino, “como rey ungido, sino como Mesías preparado para la sepultura, para la muerte por el pueblo” (J.L. Espinel, Evangelio según san Juan. Salamanca, San Esteban-Edibesa, 1998, p. 189).


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[1] Elisa Estévez, “La mujer en la tradición del Discípulo Amado”, en RIBLA, núm. 17, www.clailatino.org/ribla/ribla17/7%20estevez.htm.

[2] Idem.

[3] Idem.

[4] “La mujer que ungió a Jesús”, en Biblia Isha, Traducción en Lenguaje Actual. Miami, Sociedades Bíblicas Unidas, 2008, p. 1157.

[5] Idem.