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miércoles, 16 de diciembre de 2009

Un tonto se castra por ser fiel a su mujer, malinterpretando la Biblia

Un hombre de 40 años se mutiló los genitales con una cuchilla de afeitar para «no ser infiel a su mujer y no defraudar a su religión», según declaró a la prensa local.
Sucedió en la localidad de San Pablo, en Colombia, en una zona rural. Este campesino tuvo que ser ingresado en un hospital dos días después para tratar las infecciones producidas por la amputación.
«Me cosí con las agujas e hilo que uso con las vacas y los cerdos», aclaró Luis Alfonso Sánchez a los periodistas. El campesino se mutiló los testículos porque tenía problemas sexuales con su mujer pero no quería serle infiel.
Sánchez añadió que encontró en la Biblia, en el evangelio de San Mateo, que «si tu mano o tu pie te hace pecar, córtatelo y arrójalo porque más te vale entrar en la vida manco o cojo que ser arrojado al fuego eterno con tus dos manos y tus dos pies».
El hombre precisó: «Cogí una cuchilla de afeitar con la que me corté los testículos y me cosí con las agujas e hilo que uso con las vacas y los cerdos, para no serle infiel a mi mujer». El campesino ha sido atendido por urólogos y cirujanos en el Hospital Universitario de Santander, en la ciudad de Bucaramanga, debido a la grave infección que tiene en la zona de la amputación.
MULTIMEDIA
Pueden ver aquí un video de la noticia “Un colombiano se castra por ser fiel a su mujer, malinterpretando la Biblia”

Fuente: EFE. Redacción: ACPress.net.

martes, 15 de diciembre de 2009

la Human Rights Foundation (Caracas Nine - Spanish Version)

"Con miras a promocionar y coadyuvar a un mejor entendimiento sobre la situación de los derechos humanos en Venezuela, la Human Rights Foundation (HRF) ha estrenado un video de cuatro minutos."

lunes, 14 de diciembre de 2009

HUMANIDAD DE DIOS Y EXISTENCIA HUMANA

Por. Leopoldo Cervantes-Ortiz, México


Pues del cielo a la tierra rendido
Dios viene por mí…[1]
Sor Juana Inés de la Cruz (1651-1695)

1. Humanidad de Dios y servidumbre
Uno de los énfasis radicales que la profecía mesiánica antigua intuyó muy bien en relación con la figura histórica que encarnaría siglos después en Jesús de Nazaret fue el servicio, pues el perfil de la persona que aparece desde el cap. 42 de Isaías, y que inicialmente se aplicó a todo Israel como pueblo de Dios, es el de alguien dispuesto a servir sin dilaciones a la humanidad entera. Normalmente, los llamados “cánticos del Siervo” (42, 49, 50, 53) son evocados en la Semana Santa para destacar el sufrimiento del mesías en su afán por obtener la salvación, pero a veces se deja un poco de lado el hecho de que los alcances de figura tienen también una estrecha relación con la intención divina de encarnarse en todos los aspectos de la vida humana. Ésa es precisamente una de las aristas clave de la encarnación o humanización de Dios: su esfuerzo denodado por hacerse presente y “saborear”, desde la humanidad de Jesús, todo lo humano sin menoscabo de su divinidad que habría de manifestarse en los instantes supremos de la redención. Porque antes de que éstos sucedieran, la figura humana de Jesús no se paseó en el mundo mostrando, como se han empeñado algunos en reproducir la imagen convencional, un aura de santidad alrededor de su cabeza o alguna otra forma de anunciar que el Mesías estaba allí presente. Por el contrario, Jesús mismo se encargaría de resumirlo en una magnífica frase: “Yo estoy entre ustedes como el que sirve” (Lc 22.27b). Es decir, el Dios encarnado en él, era un servidor, un siervo auténticamente humano.
El Siervo de Yahvé, según Isaías 42, sería una persona escogida y sostenida por él; las últimas palabras del v. 1 resonaron algunas veces en el ministerio de Jesús, quien se inspiró abiertamente en estos pasajes para reivindicar su labor: “…él me llena de alegría. He puesto en él mi Espíritu y hará justicia entre las naciones” (TLA). Carlos Mesters hace una magnífica recapitulación sobre la figura del Siervo que brota de estos cánticos:
Mucha gente se pregunta: ¿quién es el Siervo? ¿Es el pueblo? Es Jesucristo? ¿Somos nosotros? Es alguno de los profetas? En quién estaba pensando Isaías Junior cuando escribió los cuatro cánticos? […] al hacer los cánticos, la preocupación mayor de Isaías Junior [era] […]presentar al pueblo del cautiverio un modelo que lo ayudara a descubrir en la figura del Siervo, su misión como Pueblo de Dios. Por tanto, para Isaías Junior, el Siervo de Dios ¡es el pueblo del cautiverio! Más tarde, Jesús se inspiró en los cuatro cánticos del Siervo para realizar su misión aquí en la tierra. Por eso, el Siervo es también Jesús.[2]
Se trata de una persona comprometida sobre todo con la justicia y, en el espíritu del Adviento, de alguien luminoso para la realidad oscura y difícil: “luz de las naciones” (v. 6). Porque sólo la justicia y la solidaridad incondicional pueden iluminar este mundo. Dios accede a la humanidad y el servicio a través de esta figura que encarna primero, su pueblo, y después en la proyección futura, el propio Jesús, quien encuentra en estos cánticos el “guión”, el “retrato hablado de su misión.
2. El Verbo encarnado en la existencia humana de Jesús
La teología del Cuarto Evangelio es profunda y alta al mismo tiempo. No en balde el símbolo de Juan es el águila, el que busca las alturas. No obstante, a la hora de centrarse en la persona de Jesús, en su humanidad, sus palabras son consecuentes con una fe anclada hondamente en la experiencia y la creencia unidas de que la humanidad de Dios se manifestó fehacientemente en la persona de Jesús de Nazaret, en sus olores, en sus sensaciones, en su corporalidad entera, y al mismo tiempo en el hecho de que esa misma carnalidad sería proyectada por la obra de Dios a las alturas de la Palabra, del Logos que estaba con Dios desde la eternidad hasta la eternidad. El periodo intermedio entres esas fases de la eternidad fue, precisamente, la existencia histórica de Jesús, justamente la que dicen los eruditos es irrecuperable más que para los ojos de la fe. El autor del Cuarto Evangelio (ni nadie) podía ser testigo de los sucesos remotos de sus famosas primeras palabras (“En el prinicipio…”, pero sí que lo fue, algunas frases después, para desemobocar en el también famoso v. 14: “Aquel que es la Palabra/ habitó entre nosotros/ y fue como uno de nosotros./ Vimos el poder que le pertenece/ como Hijo único de Dios,/ pues nos ha mostrado/ todo el amor y toda la verdad” (TLA).
La teología más alta no excluye un grado de abajamiento que sigue en todo la dinámica misma de Dios de hacerse humano a toda cosa, casi de una manera obsesiva, para penetrar en el misterio humano, en correspondencia con aquellas tendencias místicas que buscan “un matrimonio entre el cielo y la tierra”. Dios en la carne de Jesús probó la pequeñez para agrandar a la humanidad y se rebajó tanto que la humanidad no fue solamente un estado de prueba o un “purgatorio” sino que el sabor de lo humano se integró completamente a la divinidad del Hijo de Dios, y así subiría al cielo, de regreso, “vestido” de humanidad para “reintegrarse” a la Trinidad eterna, pero ahora con una esencia acompañada de verdadera y efectiva humanidad. Como explica González de Cardedal, en palabras casi místicas, tributarias de la mejor teología de todos los tiempos, pues sin el trabajo de K. Barth, el reformado, difícilmente alguien podría escribir así, sin ser cuestionado o perseguido por su atrevimiento:
La humanidad de Jesús es tan real y decisiva como su divinidad […] Jesús es el fruto eterno del Padre, de sus amorosas entrañas; y es el fruto temporal de María, de sus amorosas entrañas en el consentimiento, en la gestación, en la compañía durante su ministerio y en la renuncia a estar en el centro para que él lo fuera todo […] Jesús se parece a Dios y se parece a María. El Padre es el origen de su existencia personal eterna y María, por la acción del Espíritu Santo, que suscita el cuerpo del engendrado, a la vez que prepara el alma y alumbra la conciencia de la engendradora, es el origen de su existencia personal temporal. El cristianismo sólo tiene fundamento y sólo merece la pena ser cristiano si Cristo es el Verbo encarnado y en él tenemos dicha la Verdad y dada la Realidad de Dios.[3]
Ciertamente no existe un “relato navideño” como tal en este evangelio… pero ni falta que hace, pues aunque ni él ni Marcos quisieron “rebajarse” para contar los entretelones del nacimiento de Jesús, no por ello dejan de plantear las enormes dimensiones del evento máximo de actuación de Dios en la historia, cuando Él asume, con todos los costos, la humanidad verdadera y solidaria para desde aquí, desde abajo, completar su labor redentora, no ya desde el poder sobrehumano y trascendente sino de la manera más complicada: desde la vilnerabilidad y la indefensión totales. Ninguna forma de eternidad podía “defender” a Dios en Jesús de experimentar la transitoriedad de lo humano, ¡pero Él tampoco quiso que fuera así!
Y tuvo que ser otro poeta, Jorge Luis Borges, de estirpe protestante, quien retomaría esta visión plenamente humana del Hijo de Dios en su proceso encarnacional y humanizante. Dos veces eligió Juan 1.14 como centro de su atención y en ambas ocasiones el poema se llama así, como la cita del evangelio. Éste es el poema más breve:

Refieren las historias orientales
La de aquel rey del tiempo, que sujeto
A tedio y esplendor, sale en secreto
Y solo, a recorrer los arrabales
Y a perderse en la turba de las gentes
De rudas manos y de oscuros nombres;
Hoy, como aquel Emir de los Creyentes,
Harún, Dios quiere andar entre los hombres
Y nace de una madre, como nacen
Los linajes que en polvo se deshacen,
Y le será entregado el orbe entero,
Aire, agua, pan, mañanas, piedra y lirio,
Pero después la sangre del martirio,
El escarnio, los clavos y el madero.[
4]
Dios quiso, en Jesús, “beber” la humanidad hasta las heces, hasta lo último, desde la alegría suprema hasta el dolor más profundo, con la honestidad que sólo Él podíe enseñarnos, una vez más comprometido completamente con la humanidad entera. Por todo ello: “Jesús puede ser llamado con toda razón microcosmos y mediador. La primera palabra se ha utilizado para designar al hombre que contiene en sí de alguna manera todo el resto del mundo, que él es el mundo en pequeño. Con toda verdad esta fórmula sólo se puede aplicar a Jesús en cuya realidad personal convergen reconciliados Dios y el mundo, la humanidad y la divinidad, lo máximo y lo mínimo, la santidad y el pecado”.[5]

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[1] Sor Juana Inés de la Cruz, “Al nacimiento de nuestro Señor”, en Alfonso Méndez Plancarte, est., sel. y notas, Poetas novohispanos. Segundo siglo (1621-1721). Parte segunda. 3ª ed. México, UNAM, 1994 (Biblioteca del estudiante universitario), p. 76.
[2] C. Mesters, La misión del pueblo que sufre. Los cánticos del siervo de Dios en el profeta Isaías, en www.mercaba.org/Mesters/los_canticos_del_siervo_de_dios_.htm
[3] O. González de Cardedal, La entraña del cristianismo. Salamanca, Secretariado Trinitario, 1997, pp. 87-89.
[4] J.L. Borges, “Juan I, 14”, en El otro, el mismo (1964), www.sololiteratura.com/bor/borelotroelmismo.htm
[5] O. González de Cardedal, op. cit., p.87.

domingo, 13 de diciembre de 2009

¡Encendamos una luz en nuestra realidad!

¡Encendamos una luz en nuestra realidad!
No le quiten a nadie
El sustento de cada día.
No exploten al débil,
no especulen con el precio
de alimentos y comidas,
no le arrebaten a los más débiles
el pan de la boca,
porque aun las piedras pueden ser,
por obra y gracia del fanatismo,
hijos e hijas de Abrahán.
¡Encendamos una luz en nuestra realidad!
Los soldados de mi pueblo,
deben ser soldados,
para defender a los pobres,
para luchar por la libertad,
para defender la democracia.
Confórmense con su sueldo,
No acusen al pueblo de delitos
que no hayan cometido.

¡Encendamos una luz en nuestra realidad!
El que tenga dos trajes,
comparta con el que no tiene abrigo,
el que tenga una mesa,
dele un lugar a su lado al pobre.

¡Encendamos una luz en nuestra realidad!
Porque viene el que bautiza con fuego
y con el poder del Espíritu Santo,
Mesías liberador, justo y poderoso,
viene a librarnos de los opresores,
separando a los buenos de los malos,
destruyendo a los explotadores,
castigando a los traidores,
¡Razas de víboras!
no escaparan de su castigo.
Hará sentir su poder eterno.
Arderán como paja,
en el fuego de la justicia divina.
¡Encendamos una luz en nuestra realidad!

Por. Rev. Obed Juan Vizcaíno Nájera. Venezuela.

sábado, 12 de diciembre de 2009

John Ludlow y los socialistas cristianos (II)

Por. Dr. Alfonso Ropero, España.



En marzo de 1848, el británico John Ludlow, descubrió en París cómo el socialismo de Louis Blanc[8], bajo su “loca furia roja”, había cautivado la conciencia de los obreros y que, a menos que los cristianos comprendieran, iba a hacer temblar su fe hasta los mismos cimientos. Esto hizo que se pusiera en marcha el movimiento del cual Maurice y Kingsley, Westcott y Stewart, Scott Holland y el obispo Gore, son los más representativos; el movimiento que “ha dirigido la corriente de nuestro cristianismo inglés hacia la preocupación por los grandes problemas sociales de nuestra era, y en este momento está transformando los ideales sociales del presente.”[9] Para aquellos a quienes Coleridge y Carlyle, Maurice y Kingsley, Shaftesbury y Ruskin son dioses familiares, mientras que Ludlow es ni siquiera un nombre, una apreciación como la nuestra les parecerá extremadamente exagerada. Un mínimo conocimiento de la Iglesia de Inglaterra de la primera mitad del siglo pasado revelará que, a pesar de las magníficas labores misioneros y en pro de la abolición de la esclavitud y en pro de la caridad y la consagración individual, no hubo ningún intento para estudiar o influenciar la vida corporativa de la sociedad, que desafiara su ordenamiento social, o que valorara los esfuerzos de los reformadores en el extranjero, o de los cartistas en la nación. La vieja tradición aristocrática había sido minada por la presión de las guerras napoleónicas y rota por el Acta de Reforma. La confusión general se manifestó en la política del laissez-faire y la abdicación de los mejores hombres de Estado de su responsabilidad reguladora del progreso. Robert Owen, un pionero solitario del experimento social, fue un precursor de Karl Marx en su determinismo y hostilidad contra la religión. La Iglesia, como Newman, consideraba a los pobres “como objetos de compasión y benevolencia.” La religión vino a parecerse mucho a lo que Kingsley llamó “una ración de opio para mantener tranquilas a las bestias de carga mientras están siendo sobrecargadas.[10]”
Fue Ludlow quien, como fundador del así llamado movimiento Socialista Cristiano, gracias a su conocimiento de la democracia europea continental, sus estudios de derecho, y su constante servicio social, creó una alianza entre los campeones de la emancipación popular y los profetas del Evangelio cristiano. Pocos hombres han hecho una obra tan grande con tan poca recompensa a cambio.
J.M. Ludlow
Por nacimiento y educación, carácter y capacidad, profesión y larga vida, Ludlow estaba admirablemente equipado para su tarea. Nació en India el 8 de marzo de 1821, donde su padre era militar. De acuerdo a su amigo Tom Hughes heredó una parte de la fuerte independencia de sus antepasados cromwellianos. Se quedó huérfano de padre cuando sólo era un niño. Su madre se trasladó a París, donde recibió su educación y se graduó en Derecho o Leyes. Sus brillantes estudios llamaron la atención de Guizot[11], entonces Ministro de Instrucción. En 1838 viajó a Londres y pasó a formar parte del colegio de abogados en 1843. A su educación y trabajo debe su íntima relación con el movimiento democrático. En sus días de universidad contrajo una estrecha relación con Fourier[12] y el resto de los líderes de la oposición a Luis Felipe. Francia era, con mucho, el país más progresista de Europa: el socialismo estaba en la plenitud de su infancia y el joven inglés Ludlow podía ver bajo su retórica y sistema los intereses y aspiraciones vitales de las gentes. En su contacto quedó emancipado de las convenciones, encendido con una pasión por la justicia social y un conocimiento de primera mano de los esquemas de reforma que Inglaterra nunca hubiera trazado. Su estudio de la historia constitucional, derecho y práctica legal le dieron el poder de adaptar a su propio país lo que había aprendido en Francia. En adición a esto había desarrollado un excelente carácter, sin preocupación por la alabanza, libre de egolatría, pródigo en esfuerzos, persistente en la consecución de sus metas, y rápido a la hora de adoptar medios apropiados a sus fines, y sobre todo fue un demócrata y un cristiano.
En cuanto a la religión tuvo la ventaja de formar su propia personalidad en una atmósfera donde el tabú sobre la discusión de temas vitales no era tan fuerte como en Inglaterra. Debía mucho a Martín Lutero y a la Iglesia Reformada Francesa, a Arnold y Coleridge. El catolicismo, en su sentido más estrecho, le era repelente, pero al mismo tiempo estaba muy lejos de la bibliolatría de muchos evangélicos, centrados en un modelo rígido de piedad personal para el más allá. Para Ludlow la religión tenía que cubrir el campo total de la experiencia y de la conducta: nada de eludir las dificultades, ni silenciar los argumentos, o menosprecio de la ética general, o pasar por alto las demandas de Cristo.
Puede decirse que la obra de su vida comenzó en 1848 en París, aunque anteriormente había publicado dos volúmenes y tomado parte activa en el ataque a las Leyes del Cereal. Unos pocos días después regresó a Londres, se encontró con Maurice y “el velo se rasgó”. Desde entonces fueron amigos; Ludlow había encontrado “al único hombre por el que alguna vez he sentido respeto y reverencia”, y Maurice había ganado un seguidor que debido a su conocimiento, energía y lealtad podía llevarle a él a poner en práctica los ideales de su teología: unidos una combinación casi ideal de talentos.
F.D. Maurice
El fruto de esta unión fue inmediato. Ludlow, Maurice y Kingsley decidieron lanzar un periódico y una de serie de tratados. El semanario Politics for the People apareció el 6 de mayo de 1848, tuvo una corta vida de diecisiete números, siendo Ludlow el autor de más de un tercio de su contenido, pero dio a sus fundadores no solamente un considerable seguimiento entre la clase social bien situada, sino que estableció un eslabón directo con los representantes obreros. Siguió una serie de conferencias con la intervención de cartistas y otros, donde eran discutidos los problemas del día y se acumulaban las evidencias de la maldad de la competencia incontrolada.
Sien embargo Ludlow no estaba satisfecho con hablar o con predicar si esto no llevaba a la acción. Su familiaridad con los esfuerzos de los franceses le animó a experimentar algo similar en Inglaterra. A lo largo del año 1849 fue madurando sus planes, volvió a París en el verano, allí investigó las Associations Ouvriéres (Asociaciones Obreras) de la línea de Buchez, considerando cómo relacionarlas con los problemas británicos. Como Owen, y en contraposición a los pioneros de la Rochdale[13], creyó que el método y las condiciones de la producción están en la raíz del mal; que el sistema de propiedad privada, no controlada por ninguna combinación eficaz entre los obreros y conducida competitivamente sin restricción y crudeza, no podía ser remediada con una distribución cooperativista; sino que el germen que puede producir un nuevo orden industrial reside en la autogestión del trabajo, debidamente madurado.
Expuso el resultado de sus estudios en el cuarto tratado dedicado al Socialismo Cristiano, modelado según el esquema de las Asociaciones Obreras que en el temprano 1850 había convencido a Maurice y al resto del grupo a aceptar. El 11 de febrero de ese mismo año, la Asociación de Sastres comenzó a trabajar en el número 34 de la calle Castle y en junio se publicó la constitución formal del movimiento.
La organización era bastante simple. En la cabeza estaba el Concilio de Promotores, en el que descansaba la obra de propaganda, la recaudación de fondos, la dirección de la política a seguir, y “la difusión de los principios de la cooperación como la aplicación práctica del cristianismo a los negocios del mercado y de la industria.” Junto al Concilio se encontraba Junta Central o Comité de Negocios, formada por representantes de los obreros y de los encargados de las diferentes asociaciones, a los que se les confiaba el negociado de los detalles del mercado y la coordinación de las relaciones entre las sociedades, así como la extensión del trabajo. Bajo esta junta se encontraban las asociaciones, o talleres autogestionados, cada cual bajo el Concilio de Administración, que actuaba como consejero de la dirección, afiliación de nuevas asociaciones y árbitro de negocios de los asuntos internos. A cada asociado se le daba de paga “un salario justo por un día justo de trabajo”, proporcional a su habilidad y competencia; y cada seis meses los beneficios, sometidos a deducción para pago de créditos y aumento de capital, eran divididos entre los asociados “en proporción al tiempo que cada cual había trabajado.” Árbitros eran elegidos en caso de disputa entre los asociados y los encargados, o la Junta Central adjudicada, así como entre asociaciones. Para finales de 1850 se habían constituido ocho asociaciones trabajando conforme a estas directrices.
La política sindical y obrera de Ludlow tenía por meta la transformación del sistema total de la industria, y este propósito, verdaderamente revolucionario, fue detectado por sus contemporáneos conservadores.
“Los sindicatos obreros deberían extenderse en humanidad, y la producción llevada por la sindicatos obreros —escribió Ludlow. “Los socialistas cristianos —replicó W.R. Greg, su oponente más astuto— procederán a completar su empresa mediante la unión de todas las asociaciones en sindicatos en una vasta corporación, gobernada por un comité central; y finalmente efectuar una unión de esas corporaciones en la combinación de una fraternidad gigantesca: por este medio la totalidad de los arreglos industriales serán revolucionados.” Pues bien, desde el principio este era el fin pacientemente seguido.
En 1850 se envió a todas los sociedades obreras de Londres una circular solicitando apoyo e interés por la cuestión. Y cuando en 1851 se fundó la Sociedad Amalgamada de Ingenieros (SAE), se propuso un programa final delante de la misma y salió aprobado. William Newton y William Allan, las dos figuras principales de la SAE consultaron con Ludlow respecto al empleo de los fondos de la asociación para la producción cooperativista. La fundición de los obreros del hierro de Windsor de Liverpool fue seleccionado como la más apropiada. Se trazó un plan bosquejando la constitución de una nueva aventura, y el plan fue emprendido por la SAE en septiembre. Aquí estaba una propuesta por la cual política de Ludlow, ya comprobada en los talleres de Londres, podía haberse aplicado a una escala mayor bajo los auspicios de la la aristocracia laborista. De haber tenido éxito la totalidad de los grandes sindicatos obreros la hubieran adoptado con seguridad. Y en una década la autogestión en la industria hubiera podido estar en el camino de su realización. Es un testimonio sobre la viabilidad del plan que los empleados no perdieron tiempo en calcularlo. Habían observado con aprehensión la formación de la tremenda Sociedad Amalgamada; se les había advertido sobre el peligro del desarrollo de la asociación; en enero de 1852, debido a un trivial asunto laboral y de horas extra, declararon un cierre general. Las conferencias que Ludlow pronunció y los artículos que publicó en el Journal of Association durante el conflicto muestran lo claro que vio el asunto. Aquí estaba el primer gran sindicato obrero del tipo moderno enzarzado en una lucha de vida o muerte. Lo que estaba en juego no era la cuestión inmediata, ni siquiera la asunto más complicado del poder de los hombres para mejorar sus condiciones mediante acciones concertadas. El asunto afectaba a todo el futuro de las relaciones entre directivos y hombres. ¿Iba la industria a desarrollarse según las directrices de la lucha de clases, con cada unidad enrolada en el servicio de una vasta maquina de guerra? ¿Iban los sindicatos a dedicar sus energías y fundos al conflicto? ¿O era posible que en el nombre de Dios y de su Cristo no sólo apelar a la camaradería y al nuevo espíritu industrial, sino a convencer a los obreros que en la producción cooperativista tenían el instrumento por el cual todo el sistema podía ser realmente transformado en paz?
Es frecuente oír en nuestros días de la posibilidad de los sindicatos de adquirir y dirigir sus propios negocios para la colocación de sus miembros, y se ha abogado tanto por el Socialismo Corporativo que el movimiento de Ludlow no puede ser condenado como visionario o impracticable.
Ludlow estaba totalmente convencido que el sistema competitivo de sus días era escandalosamente anticristiano; vio que era necesario algo más que la mejora de los sueldos y la reducción del tiempo dedicado al trabajo; elaboró un programa, ensayado en miniatura, y procuró su aceptación por los obreros organizados. Que esta propuesta hubiera prevenido la mecanización de la industria con su desastrosa destrucción de las relaciones humanas y la despersonalización de los empleados y dueños por igual, y que fue prematuro antes que impracticable, es demasiado obvio. Nosotros, que nos encontramos encarados a las consecuencias de un desarrollo que él hizo todo lo posible por evitar, podemos mirar hacia atrás melancólicamente sobre el antiguo “pudiera haber sido”.
No podemos ocultar el hecho que la empresa que puso en movimiento acabó en fracaso. El desarrollo de la distribución cooperativista, el empobrecimiento de los promotores, la guerra de Crimea, la persecución de Maurice[14] y el cierre de algunas de las asociaciones contribuyeron a este resultado. Experimentos subsiguientes han demostrado que, comparada con la distribución, la producción es difícil de organizar en líneas cooperativistas. Es, desde luego, sorprendente que muchos que abrazan con celo una política semejante a la de Ludlow todavía condenan a los Socialistas Cristianos como una banda de idealistas desinformados.
Ludlow mismo fue lo suficientemente sabio como para darse cuenta que la raíz causante del fracaso, y lo suficientemente grande como para dedicarse a su remedio lo mejor que pudo. Dos obstáculos, creía, se interponían en su camino. Primero, la posición legal. Las asociaciones estaban desprotegidas por la ley, y, consecuentemente, sus miembros estaban a merced de los oficiales rebeldes. Segundo, y con mucho lo más serio, la falta de cualidades morales, de educación y de confianza mutua entre los obreros. Los esquemas eran viables, solamente si la naturaleza humana tuviera el poder de ser fiel en cumplirlos.
Con la ley, Ludlow estaba cualificado para tratar, y el Acta Slaney de 1852, la gran carta de la cooperación, fue el primer resultado. Seguida como estuvo de extensas legislaciones, Ludlow obtuvo, junto a Thomas Hughes y E.N. Neale, la posición de consejero de confianza de todo el movimiento obrero. Su influencia, debida su capacidad de reconocer el valor de otros y a su incansable energía y persistencia, fue responsable del reconocimiento y protección de todos los movimientos populares de reforma, mucho más allá de lo que fue entonces admitido.
Th. Hughes Ch. Kingsley
La segunda tarea fue más difícil, y en ella adoptó desde el principio una línea definida. Sabiendo que la visión era inútil sin conocimiento, y que el conocimiento no lograría nada sin poder moral y espiritual, se embarcó desde el comienzo a en una labor de educación cultura y religiosa de los obreros. Para ello fundó, junto con Maurice, el Working Men´s College (1854), que comenzó con 130 alumnos reunidos en un edificio de la Plaza del León Rojo (Red Lion Square). Charles Kingsley y Thomas Hughes se encontraban entre los profesores.
Había escrito voluminosamente en varias de las publicaciones de Socialistas Cristianos y, hasta donde le fue permitido, en la prensa en general. En 1854, cuando, como Kingsley dijo, su experiencia de la asociación había demostrado que “llevaría dos generaciones de preparación” antes de que los obreros estuvieran capacitados para la cooperación, se unió con Maurice, Hughes, Furnivall y otros para formar la primera en su clase Universidad Obrera, que todavía florece en la calle Crowndale Road de Camden Town, y con la que estuvo activamente conectado durante muchos años, hasta que un cambio de política, originado contra él por Furnivall, le obligó a abandonar su trabajo. En este caso, como en otros, donde criticó a los miembros del grupo, la dificultad surgió sobre el papel de la religión en el movimiento. Al igual que Maurice, Ludlow creía y afirmaba valientemente, que sólo en Cristo, es cuanto la gente se une a Él y se somete a su obediencia, puede haber poder para una vida social justa. En la moralidad sin religión tenía escasa confianza, y su creencia que el problema básico de la vida corporativa era más bien espiritual que económico estaba confirmada por su experiencia con las asociaciones. Ante tales circunstancias se opuso a cualquier intento de ocultar o minimizar la importancia primaria del cristianismo. Hacer esto podría asegurar la afiliación de hombres de buena voluntad al movimiento; podría ganar publicidad y popularidad para el trabajo, pero, sin embargo, no era sino un desastre y casi una traición de los fines mismos por los cuales los trabajadores había abogado.
Así como siempre había insistido, junto a Maurice, que el móvil principal del socialismo cristiano era la lectura semanal de la Biblia, permaneció firme en proclamar que la intención de la obra era cristiana y dependía desde el principio hasta el final en la fe y la práctica cristiana. Neale y otros del grupo estaban ansiosos de que los asuntos de doctrina, e incluso de creencia, no impidieran que otros defensores de la cooperación se unieran a ellos en términos iguales. Mantenían la postura de que crear barreras y excluir a obreros celosos al poner delante de ellos el asunto de la religión no era nada sabio y posiblemente poco caritativo. En este asunto Ludlow no cedió; y en este sentido se quedó sólo muy a menudo. Al contrario que Maurice, Ludlow no temía a la eficacia o al sistema, todo lo contrario, desde el comienzo había abogado por una organización semejante a un negocio. Pero donde Maurice se contentaba con expresar su propia posición, Ludlow no asentiría a nada que tendiera a colocar la religión en un segundo lugar, ni a permitir que el motivo religioso se diera por supuesto. Prefería una pequeña banda de creyentes convencidos, una central de vida espiritual, a un movimiento grande y menos unidos. Probablemente su educación francesa y la atmósfera en la que había forjado su filosofía de la vida, le liberó de la timidez y reticencia de sus colegas, pero es también probable que él viera más claramente que ninguno de ellos que la vasta reforma que había soñado iba a demandar demasiado del altruismo humano para ser llevada a cabo, con la excepción de unos pocos hombres totalmente consagrados. Creía que en Cristo la transformación era posible, y no en cualquier otro lugar. Ludlow fue anulado. Holyoake y Furnival ocuparon su puesto como líderes en la educación obrera y cooperativa. Echando un vistazo a la historia pasada de hace medio siglo es difícil no ver que Ludlow estaba en lo cierto después de todo. Tenemos programas en abundancia, y una abundante dosis de vaga buena voluntad. Todavía, evidentemente, carecemos del poder que únicamente la religión puede suplir.
Al trabajo de Ludlow durante los seis años que van de 1848 a 1854 podemos señalar como el origen de todas las actividades sociales de la Iglesia de Inglaterra. Desde la teología de Hort hasta los esquemas de viviendas de Octavia Hill; desde el “cristianismo muscular” de Kingsley hasta la sociología apasionada de Ruskin, la influencia de de Ludlow es manifiesta. Sus asociaciones pueden haber fallado, sus esperanzas decepcionadas; él mismo murió olvidado (11 de octubre de 1911), sin reconocimiento. Pero había construido el puente que separaba al cristianismo del mundo del trabajo y dejó tantos discípulos como ningún eclesiástico de su tiempo.
Fue el primer hombre de Iglesia de la era industrial en ver claramente que el cristianismo tenía una doble tarea que realizar. Antes de él la atención se había concentrado únicamente en el individuo, tanto de parte de aquellos que aceptaban el viejo orden social como de los que se quejaban de él. Ludlow advirtió que junto a la conversión y la libertad espiritual, la Iglesia tiene que estar al lado de la emancipación política y la libertad industrial; al lado de la democracia, definida como “la autogestión gigante de una nación, regulándose a sí misma como un sólo hombre, en sabiduría y justicia delante de Dios” (Christian Socialist, I, p. 49). Con ese fin en mente formuló el esquema de “producción cooperativista”, creyendo que iba a mantener las relaciones humanas en la industria; educar a los obreros en la comunión y el control de sí mismos; y transformar la base global de a sociedad desde un antagonismo de clases a uno de servicio mutuo. Dándose cuenta que el tiempo para semejante cambio no había legado, estuvo dispuesto a esperar hasta que se pudiera dedicar al tipo de carrera en a cual pudiera promover mejor la responsabilidad moral de los trabajadores y su bienestar social. Habiéndola encontrado, consumió sus energías en guiar y relacionar amistosamente la sociedades, mucho más que cualquier otro es pedagógicamente valioso. Sabía que ni la política ni los movimientos populares iban a tener ninguna posibilidad de éxito a menos que los defectos que había detectado en su larga experiencia fueran corregidos.
Por encima de todo, sintió pavor de que el advenimiento de Estado servil, donde los ciudadanos llegarían a ser cómodos pensionistas de una plutocracia, vendieran sus almas por un plato de lentejas. Hasta el final se entregó a sí mismo al ideal de una sociedad concienciada pudiera de que, para utilizar las palabras de la primera pancarta de 1848, “no habrá verdadera libertad sin virtud, ni ciencia auténtica sin religión, ni industria capaz sin el temor de Dios y amor al prójimo.”

Bibliografía
J. Llewelyn Davies, The Working men's college, 1854-1904; records of its history and its work for fifty years. Macmillan, Londres 1904.
Isabel de Cabo, Los socialistas utópicos. Ariel, Barcelona 1995.
A. L. Drummond y James Bulloch, The Church in Late Victorian Scotland 1874-1900. St Andrew Press, Edimburgo 1978.
Ronald Fletcher, ed., The Crisis of Industrial Civilisation. Heinemann Educational Books, Londres 1974.
Boyd Hilton, The Age of Atonement: The Influence of Evangelicalism on Social and Economic Thought, 1785-1865. Clarendon Press / Oxford University Press 1991.
Hugh Martin, ed., Christian Social Reformers of the Nineteenth Century. Student Christian Movement, Londres 1927.
J. Messner, El experimento inglés del socialismo. Rialp, Madrid 1957.
Alan M. Suggate, William Temple and Christian Social Ethics Today. T & T Clark, Edimburgo 1987.
Charles E. Raven, Socializar el cristianismo, cristianizar el socialismo. John M. Ludlow (1821-1911). SCM Press, Londres 1927.
Alan Wilkinson, Christian Socialism: Scott Holland to Tony Blair. SCM Press, Londres 1998.
H.R.C. Wright. Wilhelm Roscher and English Christian social thought. From Frederick Maurice to Margaret Thatcher. Emerald Group Publishing Limited 1995.

Enlace
Alfonso Ropero, http://www.nihilita.com/2009/11/john-ludlow-y-el-socialismo-cristiano.html

NOTAS

[1] Para Durkheim, que tenía una visión restrictiva de la religión, la función social de la religión es engendrar y sostener la solidaridad social. Llegó incluso a sugerir que Dios es el grupo; cuando los miembros de un grupo adoran a un dios, al que imaginan como un ser superior a ellos, realmente están estrechando los lazos que mantienen su cohesión como grupo social. El ritual utiliza todos los recursos del arte y de teatro, de la danza y de la fiesta para simbolizar y ensalzar los valores comunes a todos los participantes, y por lo tanto para reafirmar su pertenencia solidaria al grupo.
[2] Otras obras importantes de Weber en castellano son Sociología de la religión (Istmo, Barcelona 1996) y Ensayos sobre socilogía de la religión, 3 vols. (Taurus, Madrid 1999). Recientemente Yolanda Ruano le ha dedicado un importante ensayo: Racionalidad y conciencia trágica. La modernidad según Max Weber (Ed. Trotta, Madrid 1997).
[3] F.R. Barry, A Philosophy from Prison, p. 117. SCM Press, Londres 1935.
[4] Lluis Duch, “Socialismo y cristianismo”. Leviatán, 57-58, otoño/invierno 1994.
[5] Heinrich Herkner, profesor de la Universidad de Berlín, Historia Universal, tomo VIII. Espasa-Calpe, Madrid 1978.
[6] Spurgeon es bien conocido por sus dotes como predicador, pero conviene anotar que él siempre sintió un interés especial por la cuestión social, atacando la falsa distinción entre lo sagrado y lo secular. Para Spurgeon el Evangelio era una realidad abarcadora y suficiente que llevaba a aplicar la verdad de Dios a la vida política y económica, así como a la familiar y personal. Cf. A Marvellous Ministry, Erroll Hulse y David Kingdom, editores. Soli Deo Gloria, 1994. ,
[7] Cf. Ildefonso Camacho, Praxis cristiana. Opción por la justicia y la libertad, parte I, cap. 5. Paulinas, Madrid 1986.
[8] Louis Blanc (1811-82), socialista francés, autor de La organización del trabajo (1839), de decisiva influencia en su época. Proponía un sistema económico en el que una parte de la industria estuviese en manos del Estado, y otra en poder de los trabajadores. N.T.
[9] C.W. Stubbs, Charles Kingsley, p. 16.
[10] C. Kingsley, Politics for the People, p. 58.
[11] François Guizot (1787-1874). Historiador y político protestante calvinista, autor de Historia de la civilización en Europa (Alianza Editorial), muy elogiada por José Ortega y Gasset y atacada por el sacerdote católico-romano Jaime Balmes (El protestantismo comparado con el catolicismo, BAC). También escribió una Historia de la revolución en Inglaterra (Sarpe).
[12] Carlos Fourier (1772-1837). Teórico socialista. Preconizó la asociación de los individuos en falansterios, grupos humanos organizados de modo que cada uno de sus miembros lograra el bienestar trabajando según sus propias inclinaciones. N.T.
[13] Cuna del movimiento cooperativista inglés en Lancashire.
[14] En 1853 fue expulsado del colegio universitario donde daba clases debido a su crítica del concepto popular del castigo eterno de los no creyentes.

viernes, 11 de diciembre de 2009

John Ludlow y el socialismo cristiano (I)

Por. Dr. Alfonso Ropero, Madrid.

Religión y sociedad

La religión es originariamente un fenómeno social y público, por más que en nuestros días estemos acostumbrados a interpretarla en términos de individualismo, recluida en la privacidad de cada cual. Desde el punto de la vista sociológico la religión es la manera que un grupo humano tiene de relacionarse con su entorno: espíritus, hombres y cosas[1]. Por eso la disputa, la desavenencia, la controversia, la herejía y el cisma en materia religiosa siempre se han considerado como una cuestión pública y social, con implicaciones políticas. La separación Iglesia-Estado, Política-Religión es un logro moderno de un pequeño número de naciones occidentalizadas.
En otros tiempos, cuando la religión era el lenguaje universal en que todos se expresaban, las reivindicaciones sociales cobraban la forma de protesta religiosa. Detrás de muchos movimientos de reforma religiosa se encuentra una fuerte crítica social y una visión utópica del futuro a la luz de una sociedad más justa y equitativa. En la mayoría de los grupos religiosos disidentes al lado de rechazo de una determinada teología se encuentra el deseo revolucionario de trastocar las estructuras sociales en favor de los marginados, que encuentran en el lenguaje religioso la expresión de sus reivindicaciones sociales.
No hay historia general del socialismo y de los movimientos sociales que se precie, que no incluya en sus páginas gran número de movimientos religiosos cristianos que, bajo la bandera de la religión, amparaban una visión nueva de la sociedad y del papel del individuo en la misma. Para el estudioso del protestantismo y todo persona culta en general son obras de referencia obligada.
Es imposible valorar con justicia el significado del cristianismo y del protestantismo en el mundo sin conocer su significado, implicaciones y contribuciones sociales. Todavía hoy sigue siendo una obra cumbre y ejemplar del pensamiento histórico social y económico La ética protestante y el espíritu del capitalismo (1905) de Max Weber. Envidiable estudio, cuya importancia crece con el tiempo[2].
Dentro de las obras de consulta general hay que mencionar la Historia general del socialismo, publicada bajo la dirección de Jacques Droz, profesor de la Universidad de París (Ediciones Destino, Barcelona 1976); El socialismo. De la lucha de clases al Estado providencia, dirigido por Iring Fetscher (Plaza & Janés, Barcelona 1984); Juan Roger Riviere (Historia de los movimientos sociales, C.E.C.A., Madrid 1971); Mª Mar Araus, Historia del pensamiento socialista según Cole (MCC, Madrid 1991).
Cuando el cristianismo ha sido fiel a sí mismo nunca ha permitido la separación entre aquellos elementos que podemos llamar devocionales y de piedad: oración, culto, meditación en la Palabra de Dios, testimonio, asistencia fraternal y caritativa, y los sociales, que incumben la situación del hombre en su relación con la economía, la política y el bienestar. Ahora bien, no podemos esperar que cristianos de otros siglos tuvieran la misma conciencia a la que hemos llegado nosotros después de un largo aprendizaje de años, conciencia que nos han dado hecha y casi formada y en la que no hemos casi ni intervenido en ella para nada.
Desde un principio el cristianismo comenzó a ver a cada persona, libre o esclava, hombre o mujer, de una u otra raza, un valor querido por Dios y elevado a la categoría de participante de la naturaleza divina en Cristo (2 Pd. 1:4). Sólo era una cuestión de tiempo que este germen de hermandad universal fructificara en movimientos en pro de la igualdad en todos los ordenes de la vida, social, político, jurídico y religioso.
La lucha por la dignidad humana dentro de la cristiandad no siempre ha avanzado en línea progresiva. Circunstancias internas y externas han provocado muchas fluctuaciones y recaídas. Incluso en una época de emancipación religiosa como la Reforma religiosa del siglo XVI se dieron pasos contraproducentes para el avance progresista cristiano. Uno de ellos, según el profesor F.R. Barry, fue el rechazó protestante en su totalidad del Derecho Canónico para poner en su lugar el antiguo sistema legal romano, este cambio negativo en Alemania concedió a las clases más pudientes un dominio completo y férreo sobre su propiedad y sus dependientes. Fue un gran retroceso para la ética social cristiana[3].
Esto nos lleva trazar una distinción hecha en su día por Lluis Duch. La distinción que se refiere al cristianismo y a los cristianismos. En cuanto magnitud histórica el cristianismo se interpreta y se vive de formas muy diferentes. Por eso es mucho más apropiado hablar de cristianismos que de cristianismo a la hora de entender la ética y el comportamiento social de las Iglesias. Otro tanto se podría decir del socialismo y tantos otros términos políticos o culturales.
Dentro del enorme abanico de interpretaciones que se han hecho de la tradición cristiana, sin que se pueda decir que hayan concluido, es posible distinguir tres grandes modelos de expresión y práctica, que, tal como los describe Duch, son los siguientes:
1) El tipo sacerdotal.
2) El tipo profético.
3) El tipo sapiencial[4].
Para nosotros la interpretación profético-sapiencial es la que hace justicia a la imagen que el Nuevo Testamento nos ofrece de Cristo. La interpretación sacerdotal dio lugar a las lamentables guerras de religión y a todos los conflictos entre la Iglesia y el Estado, la política y la fe, que han caracterizado a la Iglesia católica, aunque en su interior se hayan levantado voces proféticas llamando a la liberación y compromiso del Evangelio con los pobres y desheredados, ofreciendo un mensaje cristiano integral y no escapista.
El tipo sacerdotal está dominado por el espíritu jerárquico, imprescindible para el ejercicio del poder. Sin embargo, tal como podemos ver en las Escrituras, Jesucristo advirtió muy seriamente contra esta desviación. Sabía muy bien que la búsqueda del poder, ya espiritual, ya político, deriva en abuso del mismo. En la comunidad creyentes todos son hermanos, y nadie es más que nadie. No hay líderes y masa, gobernantes y gobernados. Para Jesús, pese a lo que luego ocurrirá en los diferentes cristianismos que se irán desenvolviendo en la historia, quiere que la Iglesia sea una hermandad y, taxativamente prohibe la constitución piramidal de la misma. “Sabéis que los gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que son grandes ejercen sobre ellas potestad. Mas en entre vosotros no será así, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro siervo; como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos” (Mt. 20:25-28; Mc. 10:35-45).
En un principio, el cristianismo, Cristo mismo, atrajo las capas marginales de la sociedad: publicanos y pecadores, prostitutas y mujeres en general, siendo él mismo, Jesús, un judío marginal. La propuesta de Jesús de la salvación por gracia, debida al amor de Dios y ofrecida a todos sin discriminación ni “acepción de personas” fue la subversión más radical del régimen tradicional de privilegios, diferencias y exclusiones estamentales, tanto en el plano religioso como civil. Con su vida y con su enseñanza Jesús desaprobó sin contemplaciones el poder y la discriminación en todas sus formas por causas de riqueza, poder, sexo, clase, religión.
No tiene nada de extraño, pues, que buena parte de las reivindicaciones sociales a lo largo de la historia del Occidente cristiano hayan mirado a Jesús y su enseñanza sobre el Reino de Dios como el modelo y norte de la fraternidad humana en la tierra.
La larga marcha del mundo obrero
1848 fue un año especialmente revolucionario para Europa. Pocas naciones se libraron de las revueltas y protestas revolucionarias. Francia, Italia, Alemania, Austria y Suiza se encontraron en vértice de la misma, la única excepción notable fue Gran Bretaña. En esta nación la clase trabajadora procuró reconciliarse con la clase pudiente. No porque el obrero inglés fuera más pacífico o servil que su hermano del resto de Europa; ni que el capital británico fuera más amable y justo con el trabajo que el capitalismo liberal foráneo. Ni mucho menos. La libre competencia fue atroz en el Reino Unido, con la consiguiente desventaja del trabajador y su inhumana postración en la miseria y el sufrimiento. El trabajador británico, sin la menor duda, se movilizó tan rápido y eficazmente como pudo contra la tiranía de los dueños de las fábricas. Sin embargo, el historiador inglés Macaulay podía decir que su país “no vio ni un sólo día interrumpido el curso regular de su gobierno.” Semejante fenómeno, en un tiempo caracterizado por las barricas y la exportación de principios revolucionarios, sólo tiene una explicación plausible. Aquella que indica la notoria intervención de fuerzas espirituales de orden cristiano. Ellas nos muestran bien a las claras que el Evangelio fue un elemento saludable y liberador en aquella época, y que lo sigue siendo todavía en la nuestra. No podía ser de otra manera. ¿Qué leemos que dijo Cristo a sus discípulos? “Vosotros sois la sal de la tierra... Vosotros sois la luz del mundo” (Mt. 5:13,15).
A veces se piensa en la Iglesia de Inglaterra en términos de conservadurismo, elecciones episcopales, ritualización progresiva y ceremonialismo. Se ignora completamente que «una serie de hombres eminentes por su espíritu y por su activa filantropía, como los teólogos y escritores y pastores F.D. Maurice, J.M. Ludlow, C. Kingsley, A. Vansittart y E. Vansittart-Neale se propusieron substituir el cruel y despiadado principio de la libre competencia en el sistema de producción y mercado, cuyos efectos eran terribles sobre el proletariado industrial, por el principio cristiano de hermandad y ayuda a los débiles y desprotegidos. En el corazón del cristianismo late la creencia en la hermandad de todos los hombres y el amor incondicional al prójimo. “Siendo cristianos —decían aquellos hombres— somos también más socialistas.” Su fe cristiana no les impedía unir fuerza con los que renegaban de ella pero estaban a favor de mejorar las condiciones sociales de los que soportaban el lado negativo del crecimiento industrial. Estos socialistas cristianos trabajaban gustosos con los descreídos partidarios de Owen, con los cartistas revolucionarios, cuando se trataba de mitigar la miseria social por medio de cooperativas. A sus esfuerzos se debió que en el año 1852 la Industrial and Provident Societies Act proporcionase bases legales firmes a las cooperativas de trabajadores. Su propósito era algo más que la extensión de las cooperativas de consumo. Su finalidad última consistía en colocar la cooperación de trabajadores en el lugar de la empresa capitalista, y no sólo en el comercio, sino también en la industria; esto es, querían anular la oposición entre patrono y obrero, haciendo de manera que los obreros fuesen sus propios patronos.»[5]
La experiencia social de Ludlow
Los defensores más tempranos de la clase trabajadora habían sido principalmente personas no adscritas a ninguna iglesia, y en general, desencantados con la fe cristiana. Casi todos ellos sentían una tremenda desconfianza de la Iglesia, muy justa por su parte, a la consideraban aliada de los patronos y sancionadora, en nombre de Dios, del estado de injusticia que padecían los obreros, el cual se intentaba disimular con actos de caridad y filantropía individual y así, al paso que tranquilizaban sus conciencias, mantenían bajo sujeción a los justamente descontentos. La Iglesia establecida, para su vergüenza lo decimos, se había dejado manipular como si tratase de un departamento de policía moral del gobierno. Una vez más el protestantismo se veía en el inminente peligro de perder a las masas obreras. Como ocurrió en el albor de la Reforma del siglo XVI cuando Lutero escribió contra los campesinos en revuelta, que marginó de la Iglesia evangélica un largo sector de la sociedad, los proletarios de la revolución industrial estaban a punto de dar la espalda para siempre a una Iglesia comprometida con los poderes explotadores del capital, e indiferente a su sufrimientos, excepto para chantajearles con la promesa de un paraíso más allá compensador de un infierno más acá.
En esa encrucijada aparecieron dos figuras señeras, F.D. Maurice, un teólogo, un pensador cristiano, y J. Ludlow, un hombre de fe y acción. Uno fecundó al otro en un movimiento recíproco. Ambos, por amor a la Iglesia y a la humanidad, a la que aquella ha se servir expresando y viviendo los principios del Reino de Dios, escogieron su lugar de actividades y se propusieron nada menos que socializar el cristianismo y cristianizar el socialismo, fórmula sencilla pero genial, en un tiempo que las iglesias condenaban toda sanción cristiana de principios socialistas. Un tiempo no lejano, desgraciadamente, en muchos círculos religiosos para los que la sola mención de la socialización del cristianismo y cristianización del socialismo, evoca el supuesto fantasma del “Evangelio social” o la teología de la liberación, entendida como una confabulación marxista atea contra la fe cristiana.
Maurice y Ludlow, hijos dignos de una Iglesia que en la medida de sus fuerzas busca el equilibrio en todo, no promocionaron lo uno a costa de lo otro, sino ambos términos a la vez como equivalencia y expresión cabal y completa de aquella palabra que dice: “La religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre es esta: Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones y guardarse sin marcha del mundo” (Stg. 1:27). Y mira que había viudas y huérfanos desamparados en aquella época, debido a los frecuentes accidentes laborales, insalubridad, hacinamiento, enfermedades, etc.
De la piedad individual a la acción social
Conviene aclarar que hubo muchos personajes notables en aquella época que se ocuparon de estas lacras sociales, que tomaron las obras de misericordia como parte ineludible de su ministerio cristiano. El mundo evangélico, sin teoría social, dio muestras de poseer una acción social más eficiente que la de muchos teorizantes. Nombres que han llenado las páginas de la historia cristiana son George Müller, Lord Shaftesbury, Charles Spurgeon[6], Doctor Barnardo, etc. Sin embargo, encomiables como son, no pasaron de ser iniciativas privadas en línea con la piedad individualista, que dejaron intactas las pésimas condiciones laborales y sociales del sistema de producción competitiva, alienando así la mayoría de la clase trabajadora para el Evangelio y la Iglesia.
Con Ludlow, sin embargo, se inicia una nueva manera de entender y vivir radicalmente el Evangelio en el mismo centro del problema: la producción industrial, que iba a alterar, positivamente, no sólo la condición de trabajo sino todo el conjunto de relaciones sociales y humanas. Fue un adelantado de su tiempo.
En 1864, aprovechando la celebración de una gran exposición industrial en Londres, con la que se pretendía demostrar que el futuro y progreso de las naciones consiste en el comercio y no en la rapiña militar, tuvo lugar un encuentro entre grupos de obreros franceses y organizaciones sindicales británicas que dieron lugar a la creación de la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT), que la historia conoce con el nombre de la Primera Internacional y de la que formó parte Karl Marx, el cual había hecho público su Manifiesto del Partido Comunista en 1848.
Maurice y Ludlow se adelantaron a ellos en teoría y práctica, como veremos en el ensayo del Dr. Raven. Allí donde unos ponían lucha ellos buscaban fraternidad, solidaridad, cooperación.
La Iglesia de Roma publicó en 1864 la encíclica papal Quanta cura, que iba acompañada de un catálogo de ochenta proposiciones inaceptables para el fiel romano (Syllabus errorum). El papa señalaba al principio protestante del libre examen como el causante directo del liberalismo económico y del socialismo, consecuencia de éste[7]. Habrá que esperar a 1981 a que otro papa, esta vez Juan Pablo II, introduzca en su encíclica dedicada al trabajo, Laborem exercens, la novedad —en un documento pontificio— de la participación laboral en la producción. En ella se dice: «Pero hay que subrayar ya aquí, en general, que el hombre que trabaja desea no sólo la debida remuneración por su trabajo, sino también que sea tomada en consideración en el proceso mismo de producción, la posibilidad de que él, a la vez que trabaja incluso en una propiedad común, sea consciente de que está trabajando en “algo propio”» (15). Aunque represente un retraso de casi un siglo y medio respecto a Ludlow y la teología social anglicana es de agradecer y significa el reconocimiento indirecto de lo acertado y profético que en su día fueron los Socialistas Cristianos de Ludlow, Maurice y Kingsley, escritor y hombre de acción, teólogo y pastor anglicanos respectivamente. No era unos soñadores utópicos, en todo caso, utópatas del Reino de Dios, del cual decimos en nuestra oración: “Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra” (Mt. 6:10).
En nuestros días de crisis y globalización del comercio y el capital; de aumento desproporcionado de la riqueza y la pobreza; de nuevas injusticias y graves atropellos contra la dignidad humana, es preciso que asumamos nuestro testimonio cristiano protestante en línea con la mejor teología de la Iglesia, que encuentra en la Palabra de Dios “tesoros viejos y nuevos”. Para ello es preciso exorcizar las voces individuales que se arrogan una representatividad humana y divina que no les corresponde y que paraliza, además, la aparición de un pensamiento y una teología creativa bíblica, cristiana, evangélica, reformada, eclesial, corporativa, cristocéntrica en una palabra; que desde la situación en que nos hallamos responda confiadamente a los retos de la modernidad con la inquebrantable fe que vence al mundo. “Esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe (1 Jn. 5:4).
No hace mucho un dirigente evangélico admitió que durante treinta años, toda una vida docente y pastoral, no había visto las implicaciones sociales del Evangelio, sino todo lo contrario. Aunque tardía, nos alegra su cambio de perspectiva, otros ni lo confesarían. Cuando se hace teología desde uno mismo, es propio reducir nuestra visión y mermar el testimonio bíblico. No somos infalibles, no podemos tener en cuenta todos los factores que entran en la tarea hermenéutica y que colorean copiosamente nuestra interpretación de la Escritura, de la sociedad y de los demás. Necesitamos de la amplia comunidad teológica que la Iglesia cristiana de todos los tiempos nos provee, para construir un pensamiento global, y no excluyente por defecto, que agrade a Dios y sea de beneficio a la comunidad cristiana y a la comunidad social.
Por eso hay que divulgar obras que contribuyan a conocer el pensamiento social del cristianismo desde una perspectiva bíblica e histórica. De momento baste una pincelada sobre John Ludlow y los socialistas cristianos ingleses, siguiendo para ello los estudios de Charles Raven.
Continuará....

jueves, 10 de diciembre de 2009

«Saramago desconfía de Dios, pero sin pruebas», dice José de Segovia sobre «Caín»

El periodista y teólogo José de Segovia analizó la última novela de Saramago, ´Caín´, que recorre la Biblia y en la que el personaje del Génesis es el protagonista. El Nobel portugués reescribe la historia «solidarizándose con Caín», viendo a un Dios del Antiguo Testamento que «no es de fiar». «Intento fallido» del novelista que «no explica el texto desde la luz que ofrece el Nuevo Testamento», confundiendo así el sentido de las historias bíblicas, afirma José de Segovia.
En la entrevista concedida por José de Segovia a eMision recuerda la trayectoria del afamado escritor portugués. La temática bíblica no es ajena a Saramago, que ya realizó una polémica revisión del evangelio por la que «terminó autoexiliándose a Lanzarote», explica de Segovia, ante el revuelo causado.
En la misma línea llega esta novela. Caín es un personaje descrito en el Génesis y con una historia «oscura» y para José de Segovia, «solidarizándonos con Saramago», difícil de entender. De hecho, «las interpretaciones en el mismo contexto evangélico han variado» a lo largo de la historia. Para el teólogo protestante «no hay base para pensar que Abel era moralmente mejor que Caín». Por esta razón el autor de la novela entonces «se solidariza con Caín y con su maldad», ya que «Caín mata a Abel porque en realidad no puede matar a Dios, que es lo que desearía» al ser a`parentemente rechazado por El.
El libro «Caín» comienza con una cita de Hebreos 11.4, que Saramago atribuye satíricamente al ´Libro de los disparates´. Un versículo que en su contexto «habla de la esperanza y de la necesidad de la fe» y la confianza en Dios, algo que obviamente Saramago «no percibe al leer el texto». La única explicación para José de Segovia, precisamente a la luz del libro de Hebreos 11:4, es que el sacrificio de Caín «parece más una ceremonia religiosa, algo que surge de una conciencia de Dios muy diferente al Dios de gracia que nos muestra la Biblia» y que se basa en la confianza en su amor.
EL DIOS DE SARAMAGO
El pensamiento de Saramago se desarrolla en la novela en su deseo «de matar a Dios». En este sentido, José de Segovia cree que se refleja «una actitud de querer vivir con todos los dones que Dios nos ha dado en este mundo; con ellos, pero sin él. Como si hubiera muerto: la afrenta última que Dios recibe de los hombres».
El retrato que Saramago hace de Dios es el de «un Dios terrible, alguien que no estamos encantados de conocer». Por tanto, según el autor «no podemos disfrutar de este Dios». Para demostrarlo, el novelista portugués recurre a parafrasear distintas escenas del Génesis y el Éxodo. «Se centra mucho en el juicio de Dios mostrado en la muerte de muchas personas en el Antiguo Testamento», un argumento del que Saramago extrae que Dios «no es de fiar, porque es rencoroso, maligno y corrupto». Hasta le acusa de locura, ya que «sólo un loco sin conciencia de sus actos admitiría ser el culpable de la muerte de cientos de miles de personas y se comportaría luego como si nada hubiera sucedido, salvo que fuera pura y simple maldad», explica José de Segovia citando el texto de ´Caín´.
El problema está entonces, para Saramago, no tanto en la existencia de Dios, sino en que «en este Dios no se puede confiar». Y para José de Segovia, «el argumento de la no existencia de Dios en base a la injusticia es una de las grandes reafirmaciones de que Dios sí existe». Porque el anhelo de justicia en el hombre es una muestra «de la conciencia profunda de seres creados a semejanza de ese Dios», por lo que «tiene que haber un juez que tenga la última palabra».
Por eso, «la gran cuestión no es si una persona cree o no cree en Dios, si es atea, ya que eso no nos dice nada de esa persona, sino si realmente confía en él», agrega De Segovia. Para el teólogo «el problema de la humanidad es que, en su autocompasión, se cree víctima de las circunstancias que achaca a la realidad de ese Dios» cuando en realidad no reconoce que Dios «se muestra como un padre amante, providente, justo y que ha mostrado su justicia hasta las últimas consecuencias descargándola sobre su propio hijo».
«La historia de los hombres, dice Saramago, es la historia de sus desencuentros con Dios, de forma que ni él nos entiende a nosotros ni nosotros le entendemos a él». Una evidencia, para José de Segovia, de que «el testimonio que Dios ha dejado en el hombre es tan profundo que por muchos que sean los esfuerzos humanos por reprimirlo, está ahí, y desde luego, Dios no cree en los ateos».
CAÍN, ANTIHÉROE PROTAGONISTA
¿Por qué elige Saramago a Caín como protagonista? Según el teólogo, todos tenemos «una atracción por lo oscuro» que procede «del testimonio de que hay Dios» y «por la maldad que hay en nosotros, que hace que predomine en nosotros la oscuridad y no la luz». Es por eso que el lector contemporáneo se fascina ante la reinterpretación de personajes como Caín o Judas, ya que son modelos para «todo aquel que se ve descontento con su propia vida y piensa que Dios no le ha tratado como debiera».
En esta novela, Saramago introduce más personajes e historias. Una de las acusaciones más feroces se centra en «la actitud de Dios con Abraham y su ofrenda de Isaac». Saramago expresa su indignación ante «el acto más abominable que Dios pide, que es la muerte del hijo, de Isaac». José de Segovia agrega que el mayor escándalo que detecta el portugués no es más que un antecedente de la cruz. «Lo que le indigna al Nobel portugués es cómo un padre puede matar a su propio hijo. Pero lo que para él es una vergüenza, para el creyente es la gran esperanza», ya que «Dios descarga su ira sobre sí mismo, hace caer todo el juicio sobre sus propias espaldas y abre así una revelación de amor inconmensurable».
El concepto de Dios del novelista está en sus Cuadernos de Lanzarote, donde expresa que «Dios es el silencio del universo», una frase con la que «intenta dar la respuesta del hombre ante una vida considerada triste, donde el destino de los hijos de Adán parece un sinsentido, que nos resulta aún más insufrible que la propia maldad: la falta de propósito». Además Saramago agrega que el hombre «es el grito que da sentido a ese silencio». Una vez más, «se aferra a ese clamor para gritar contra Dios mismo, haciéndolo responsable de esa tragedia». Una tragedia que, para José de Segovia, «debe despertar en nosotros -los cristianos- la compasión, y no en ningún modo la indignación, el odio o la agresividad» que a veces se pronuncian.
En conclusión, José de Segovia considera que el mensaje bíblico de la historia de Caín no puede entenderse sin la luz del evangelio de Jesús. Allí se revela «un Dios de amor, de compasión, de ternura que hace que haya sufrido en su propia carne la realidad de ese dolor». Cristo «ha padecido el destino de Caín en sí mismo: él se hizo pecado. Así entiende la tragedia de Caín, de Saramago, de todo el mundo que se pregunta donde está Dios. Pues está en esa cruz, la muestra mayor de su interés en nosotros».
MULTIMEDIA
- ARTÍCULO de José de Segovia: El «Caín» de Saramago

- AUDIO: entrevista de Daniel Oval a José de Segovia sobre el mismo tema de «Caín» y Saramago.

Fuente: eMision, Protestante Digital.