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martes, 21 de junio de 2016

Mujeres del movimiento anabautista del siglo XVI (V): Anna Hendricks



Por. Carlos Martínez García, México
Tal vez lo más doloroso para ella fue haber sido denunciada por un antiguo correligionario. Anna Hendriks fue martirizada, como muchas mujeres anabautistas, de forma que revela el encono y ánimo que caracterizaba a quienes deseaban con vehemencia terminar con las vidas de quienes consideraban herejes.
Anna, ama de casa y tejedora de lino, tuvo cierto interés en los círculos anabautistas que conoció en Ámsterdam en 1552. Dos de sus amigos, con nombres difíciles de pronunciar en español (Aechgen Jacobsdr y Filistis Ericxdr), fueron capturados por las autoridades y estas lograron persuadirles para que se retractaran de su simpatía hacia el anabautismo, todavía no habían recibido el bautismo de creyentes. Anna salió de Ámsterdam, se dirigió a Franeker, en Frisia, donde se acrecentó el interés por las comunidades anabautistas. Fue bautizada, contrajo matrimonio secretamente porque las autoridades no reconocían las uniones de los grupos disidentes de la confesión religiosa oficial. Ella y su esposo tenían un grupo de estudio bíblico en su casa, a sabiendas que dicha actividad era considerada ilegal y podría, de ser descubierta, llevarles a la cárcel.
En 1571 Anna regresó a Ámsterdam. No tardó en ser reconocida por un informante, quien la identificó por haber sido parte años antes de la misma célula anabautista en la cual se involucró Anna casi veinte años antes. Por lo sucedido después de haber sido capturada, es posible deducir que cuando salió de Ámsterdam, Anna había prometido no regresar y, de hacerlo, le sería aplicada una pena severa.
Los anabautistas eran considerados peligrosos para el establishment político/religioso por su negativa a reconocer la supremacía del Estado y de la Iglesia oficial (fuese esta católica o protestante) para prohibirles trasladarse de un lugar a otro y residir en él. Una de sus bases bíblicas que respaldaba la actitud citada era el Salmo 24:1, “Del Señor es la tierra y su plenitud; el mundo y los que en él habitan”. Si del Señor eran todos los territorios, ¿por qué entonces, sostenían los anabautistas, hay quienes prohíben el ingreso a las ciudades y lugares sobre los que ejercen dominio? Para ellos y ellas era arrogancia el controlar por la fuerza vidas y propiedades de las personas.
En el transcurso del juicio en su contra, Anna mostró gran capacidad para defender su causa. Por sus argumentaciones es factible concluir que ella aprendió bien los contenidos de lo que le enseñaron en los estudios bíblicos clandestinos que frecuentó en distintos lugares. En ese tiempo, 1571, Holanda estaba dominada por España. Los funcionarios religiosos y civiles, no lograron doblegar la entereza de Anna, no pudieron hacer que delatara a otros y otras anabautistas, por esto la condena contra ella buscó ser ejemplar, con el fin de atemorizar a quienes integraban las células anabautistas o tenían cierta atracción por ellas.
La condena dada para terminar bárbaramente con la vida de Anna consistió en atarla a una escalera, llenarle la boca de pólvora para evitar que pudiera hablar camino a la hoguera, ya que las autoridades conocían antecedentes de anabautistas que al ser llevados al lugar de la ejecución denunciaban la intolerancia de sus perseguidores y repetían versículos bíblicos, particularmente del Nuevo Testamento, que reprobaban la violencia y privilegiaban la justicia y la paz. La pólvora en la boca de Anna para evitar que dirigiera palabras a la multitud fue la forma elegida por las autoridades para mantenerla callada. A otros anabautistas les inmovilizaban la lengua con un tornillo.
El sacrificio de Anna Hendriks, el 10 de noviembre de 1571, en Ámsterdam, quedó ilustrado en uno de los 104 grabados de Jan Luyken incluidos en la edición de 1685 del Libro de los mártires, el que, como referí en el artículo anterior, fue escrito por el pastor menonita Thieleman J. van Bragth y publicado por primera vez en 1660. El ejemplo de Anna también fue plasmado en un himno escrito poco después de su muerte en la hoguera, que cantaban los anabautistas menonitas de Holanda como recordatorio del precio pagado por fidelidad a Jesucristo y su Evangelio.  

Fuente: Protestantedigital, 2016

lunes, 20 de junio de 2016

Mujeres del movimiento anabautista del siglo XI (IV): Anneken Jans



Por. Carlos Martínez García, México
Anneken llevaba en brazos a su pequeño hijo cuando era conducida a la pena de muerte. El bebé, de nombre Isaías, tenía quince meses de edad. Su madre caminaba con firmeza, sabía que sería ahogada, y su preocupación era la vida y el futuro de Isaías.
Anneken y su esposo Arent recibieron el bautismo de creyentes en 1535. Al año siguiente salieron de Holanda, su destino fue Inglaterra, donde la pareja esperaba encontrar mejores condiciones para practicar sus creencias anabautistas. A la muerte de su marido, en 1538, Anneken regresó a Róterdam, “volvió a casa para organizar sus negocios. Era una mujer acaudalada” (John S. Oyer y Robert S. Kreider, Espejo de los mártires: historias de inspiración y coraje, Ediciones Clara-Semilla, Bogotá-Guatemala, 1997, p. 38).
Por haber sido escuchada en público cantar un himno propio de los disidentes religiosos, en diciembre de 1538 Anneken fue encarcelada y por casi dos meses Isaías compartió con ella las duras condiciones de la prisión. Quienes la juzgaron tomaron rápido la decisión de condenarla a muerte. La pena fue cumplida el 24 de enero de 1539, en Róterdam.
En los días finales de su encarcelamiento Anneken escribió su testamento a Isaías. En la pieza es evidente el conocimiento que tenía de la Biblia y la fortaleza de sus convicciones anabautistas. Prácticamente al otro día de ser ejecutada mediante ahogamiento, el testamento de Anneken comenzó a circular entre los perseguidos círculos anabautistas, que se reunían secretamente y en lugares distintos para no ser apresados por sus perseguidores. El testamento de Anneken fue incluido en un libro publicado en holandés (Het Offer des Heeren, El sacrificio del Señor) el año de 1562.
El escrito de Anneken también fue compilado por Thieleman van Braght, líder y escritor menonita, en voluminosa obra publicada en 1660 y de largo título que pasó a ser conocida como El espejo de los mártires. La versión en inglés está disponible en el siguiente vínculo. La segunda edición del Espejo comenzó a circular en 1685, con 104 grabados del artista menonita Jan Luyken. En uno de esos grabados se representa a Anneken Jans rumbo al martirio. En castellano el testamento está recogido por John H. Yoder, Textos escogidos de la Reforma radical, Editorial La Aurora, Buenos Aires, 1976, pp. 338-341. Una edición reciente de este libro está disponible en línea. A continuación reproduzco el conmovedor documento:
“Isaías, recibe tu testamento: Oye, hijo mío, la instrucción de tu madre; abre tus oídos para oír las palabras de mi boca (Proverbios1:8). Hoy yo voy por el camino por el cual pasaron los profetas, los apóstoles y los mártires, y beberé de la copa que todos ellos bebieron (Mateo 20:23). Yo voy por el camino por el cual pasó Cristo Jesús, ese Verbo divino, lleno de gracia y verdad, el Pastor de las ovejas, que es la vida. Él mismo caminó por esta senda, y no por otra, y tuvo que beber de esta copa, como dijo: “Tengo que beber de esa copa y ser bautizado con ese bautismo; y ¡cómo me angustio hasta que se cumpla!” Habiendo pasado por allí, llama a sus ovejas, y sus ovejas oyen su voz y le siguen dondequiera que él vaya. Éste es el camino a la fuente verdadera (Juan 10:27; 4:14). Por esta senda caminaron los del real sacerdocio que salieron de las tinieblas a su luz admirable y entraron en siglos de la eternidad; y tuvieron que beber de esta copa (1 Pedro 2:9).
Por este camino pasaron los muertos que están bajo el altar, que claman diciendo: “¿Hasta cuándo, Señor, santo y verdadero, no juzgas y vengas nuestra sangre en los que moran en la tierra? Y se
les dieron vestiduras blancas, y se les dijo que descansasen todavía un poco de tiempo, hasta que se completara el número de sus consiervos y sus hermanos, que también habían de ser muertos como ellos” (Apocalipsis 6:9–11). Éstos también bebieron de la copa, y han partido para gozar el eterno descanso del Señor. Por aquí también caminaron los veinticuatro ancianos que están alrededor del trono
de Dios, que echan sus coronas y arpas ante el trono del Cordero, y se postran ante él y dicen: Señor, sólo tú eres digno de recibir la gloria y la honra y el poder; que vengarás la sangre de tus siervos y ministros, y ganarás la victoria. Engrandecido sea tu nombre, todopoderoso, que eras, eres, y serás (Apocalipsis 4:8, 10–11).
Por este camino pasaron también aquellos que eran marcados por el Señor, y recibieron la señal en la frente (Ezequiel 9.6); que fueron escogidos de entre todas las naciones, que no se contaminaron con mujeres (entiende eso), y siguen al Cordero por dondequiera que él va (Apocalipsis 14:4).
Todos estos tuvieron que beber de la copa amarga, y así lo tendrán que hacer todos aquellos que quieren completar el número y ser parte del cumplimiento de Sion, la novia del Cordero, que es la nueva Jerusalén que desciende del cielo (Apocalipsis 21:2), esa ciudad y ese trono de Dios donde se verá la gloria del gran Rey, cuando se celebre la fiesta de los tabernáculos en los días de eterno gozo y descanso (Zacarías 14:16).
Ninguno de éstos pudo lograr esto sin primero sufrir juicio y castigo en la carne. Pues Cristo Jesús, la eterna verdad, fue el primero, pues dice que él fue el Cordero que fue inmolado desde el principio del mundo (Apocalipsis 13:8). Y Pablo dice que le agradó al Padre llamar, elegir y justificar a todos los que él predestinó desde la eternidad, y les transformó según la imagen de su Hijo (Romanos 8.29–30). Nuestro bendito Salvador también dice: “El discípulo no es más que su maestro, ni el siervo más que su señor. Bástale al discípulo ser como su maestro, y al siervo como su señor” (Mateo10:24–25). También Pedro dice: “Porque es tiempo de que el juicio comience por la casa de Dios; y si primero comienza por nosotros, ¿cuál será el fin de aquellos que no obedecen al evangelio de Dios? Y: Si el justo con dificultad se salva, ¿en dónde aparecerá el impío y el pecador?” (1 Pedro 4:17–18). Lee también Proverbios 11.31: ‘Ciertamente el justo será recompensado en la tierra; ¡cuánto más el impío y el pecador!’ Con esto puedes ver, hijo mío, que nadie puede llegar a la vida, excepto por este camino. Por eso, entra por la puerta estrecha, recibe el castigo e instrucción del Señor, carga con su yugo y llévalo con gozo desde tu juventud, con acción de gracias, regocijo y honor. Pues el Señor castiga a todo hijo que acepta y recibe (Hebreos 12:6). Pablo sigue diciendo: ‘Pero si se os deja sin disciplina, de la cual todos han sido participantes, entonces sois bastardos, y no hijos’. Y no recibirán la herencia de los hijos de Dios.
Si tú, pues, deseas entrar en el cielo y en la herencia de los santos, ciñe tus lomos, y sigue en pos de ellos; escudriña las Escrituras, y ellas te mostrarán el camino que ellos tomaron (Juan 5:39). El ángel que habló con el profeta dijo: ‘Existe el caso de una ciudad edificada y situada en un buen lugar, y llena de todo lo mejor. Pero la entrada a ella es angosta, y está ubicada de tal forma que sería muy fácil caerse de ella, pues al lado derecho hay un fuego, y a su izquierda, agua muy profunda. Y el único sendero para entrar pasa por en medio del agua y del fuego, y es tan angosto que sólo un hombre puede pasar a la vez. Si esta ciudad le fuera dada a un hombre como herencia, y si nunca pasara el peligro que hay en la entrada, ¿cómo pudiera recibir esta herencia?’ (2 Esdras 7:6–9).
Fíjate, hijo mío, que este camino no tiene desvíos; no existen en este camino pequeños senderos curvos; el que se aparta a la derecha o a la izquierda, hereda la muerte. Éste es el camino que muy pocos hallan, y aun menos caminan por él. Porque hay quienes perciben que éste es el camino a la vida, pero les es demasiado difícil; la carne no quiere sufrir tanto.
Por eso, hijo mío, no les prestes atención a las multitudes, ni camines en sus caminos. Apártate de sus caminos, pues ellos van rumbo al infierno, como la oveja al matadero. Como dice Isaías: ‘Por eso ensanchó su interior el Seol, y sin medida extendió su boca; y allá descenderá la gloria de ellos, y su multitud’ (Isaías 5:14). ‘Porque aquel no es pueblo de entendimiento; por tanto, su Hacedor no tendrá de él misericordia’ (Isaías 27:11). Pero dónde tú oyes hablar de una manada pobre y humilde (Lucas 12:32) que el mundo desprecia y rechaza, únete a ellos. Porque donde tú oyes hablar de la cruz, allí está Cristo; no te apartes de allí. Huye de la oscuridad de este mundo; únete a Dios. Teme sólo a él, guarda sus mandamientos, observa y cumple todos sus mandatos. Escríbelos sobre la tabla de tu corazón, átalos a tu frente, habla noche y día de su ley, y serás un bello árbol en los atrios del Señor, una planta amada que crece en Sion (Salmo 92:13). Toma el temor de Dios por padre, y la sabiduría será la madre de tu entendimiento. Si sabes esto, hijo mío, eres bienaventurado si lo haces (Juan 13:17). Observa lo que el Señor te ordena, y consagra tu cuerpo a su servicio, para que en ti su nombre sea santificado, alabado, engrandecido y glorificado. No tengas pena confesarlo ante los hombres. No les tengas miedo a los hombres. Es mejor perder tu vida que apartarte de la verdad. Y si pierdes tu cuerpo, que es terrenal, el Señor tu Dios tiene otro mejor preparado para ti en el cielo (2 Corintios 5:1).
Por tanto, mi hijo, esfuérzate por ser justo hasta la muerte, y ponte toda la armadura de Dios. Sé israelita piadoso, aplasta bajo los pies toda injusticia, el mundo, y todo lo que está en él, y ama sólo lo de arriba (1 Juan 2:15). Recuerda que no eres de este mundo, así como tu Señor y Maestro no lo era (Juan 15:19). Sé discípulo fiel de Cristo; porque nadie puede orar a menos que llegue a ser su discípulo (Colosenses 1:7; Juan 9:31). Aquellos que dijeron: “Hemos dejado todo” también dijeron: “Enséñanos a orar” (Lucas 18:28; 11:1). Por éstos oró Jesús, no por el mundo (Juan 17:9). Cuando los del mundo oran, oran a su padre, el diablo, y desean que se haga su voluntad, y así es. Por eso, hijo mío, no llegues a ser como ellos; más bien recházalos y huye de ellos, y no tengas parte ni compañerismo con ellos (Romanos 12:2; 2 Pedro 1:4). No consideres lo que ven tus ojos, sino busca sólo las cosas de arriba (Colosenses 3:1). Hijo mío, está atento a mi amonestación, y no te apartes de ella. Que el Señor te haga crecer en su temor, y llene tu entendimiento con su Espíritu (2 Pedro 3:18). Conságrate al Señor, mi hijo; consagra toda tu conducta en el temor de Dios (Levítico 20:7). Y todo lo que hagas, hazlo para la gloria de su nombre. Honra al Señor con el trabajo de tus manos, y permite que la luz del Evangelio brille en ti. Ama a tu vecino. Con un corazón sincero y afectuoso, dale de tu pan al hambriento, viste al desnudo, y no tengas dos de una cosa, pues siempre hay alguien a quien le falta (Mateo 26:11). De la abundancia que el Señor te da por medio del sudor de tu rostro, dale a aquellos que sabes que aman al Señor (Génesis 3:19; Salmo 112:9). No retengas en tu posesión estas bendiciones hasta el siguiente día, y el Señor bendecirá el trabajo de tus manos y te dará su bendición por herencia (Deuteronomio 28:12). Hijo mío, conforma tu vida al Evangelio, y el Dios de paz santifique tu alma y cuerpo para su gloria. Amén (Filipenses 1:27; 1 Tesalonicenses 5:23).
Oh, santo Padre, santifica al hijo de tu sierva en tu verdad y mantenlo alejado del mal, por causa de tu nombre, oh, Señor”. Así concluyó Anneken Jans el testamento a Elías.
Camino hacía donde le sería arrebatada la vida a los 28 años de edad, Anneken rogaba que entre la muchedumbre hubiese alguien dispuesto a recibir y comprometerse a cuidar al pequeño Isaías de tan solo quince meses. Ofreció una bolsa de dinero, “un panadero tomó a Isaías para cuidarlo, a pesar de las protestas de su esposa de que con sus hijos (6) era más que suficiente” (Oyer y Kreider, op. cit., p. 39; Yoder, op. cit., p. 337). La escena fue recreada por Jan Luyken en 1685 y es la que acompaña el presente artículo. Isaías, ya de adulto, fue un exitoso cervecero y alcanzó la alcaldía de Róterdam. No se involucró con los grupos anabautistas/menonitas.
El anónimo compilador de los relatos publicados en 1562 sobre mártires anabautistas, tras la reproducción del testamento de Anneken escribió: “Después de esto selló su fe con su sangre, y así, como una heroína fiel y seguidora de Cristo Jesús, fue recibida como miembro de los testigos de Dios que fueron sacrificados”.

Fuente: Protestantedigital, 2016.

domingo, 19 de junio de 2016

Un profeta ‘no sabe’ callarse!



Por. Juan Stam, Costa Rica
La pasada semana vimos que en Apocalipsis 6 rl apóstol Juan oye los cánticos celestiales pero levanta su voz de protesta profética contra el imperio, oye también el clamor de las víctimas.
Y decíamos que ser profeta tiene dos dimensiones, una vertical y una horizontal. El profeta ha estado con Dios, ha visto a Dios y conoce a Dios íntimamente, y ve todo desde la perspectiva de Dios. Pero el profeta también vive cerca de su pueblo y ve su realidad.
Ambas dimensiones son esenciales. Si sólo ve a Dios, puede ser un místico pero no un profeta. Si sólo ve al mundo, puede ser un sociólogo o un economista, pero tampoco un profeta.
El profeta Elías nos da un ejemplo de esta profecía comprometida. Era varón santo, portador del Espíritu y hombre de oración, pero para traer vida al hijo de la sunamita tuvo que subir y extenderse, en contacto chocante y peligroso, sobre el cadáver del niño (2 R 4:32-36; cf. 1 R 17:21). El profeta vive en contacto íntimo con Dios y en contacto con el pueblo, con todos los riesgos correspondientes.
Los profetas tenían (y tienen) el gran problema de realmente creer en Dios, y realmente amar al prójimo y a la justicia (Jer 50:25,31,34; cf. Ap 18:8). Tienen el problema muy incómodo de haber visto al Señor y haber escuchado su voz. Eso no les ayudaba a adaptarse a la sociedad como personas normales y tranquilas.
Después de un encuentro con Dios, nadie puede seguir siendo conformista. "Al encontrarme con tus palabras", dice Jeremías (15:16-17), "yo las devoraba, ellas eran mi gozo y la alegría de mi corazón, porque yo llevo tu nombre... He vivido solo, porque tu estás conmigo y me has llenado de indignación". Esa paradójica mezcla de deleite y furia es lo que mueve a los profetas.
Los profetas no eran profetas porque ellos querían serlo, sino porque sabían que Dios les había llamado para hablar en su nombre. No escogieron ser profetas; Dios los obligó, contra su propia voluntad. "El Espíritu me levantó y se apoderó de mí, y me fui amargado y enardecido, mientras la mano del Señor me sujetaba con fuerza" (Ez 3:14).
Son conocidas las palabras de Amós: "Yo no soy profeta ni hijo de profeta... Pero el Señor me sacó de detrás del rebaño y me dijo: 'Ve y profetisa a mi pueblo Israel'" (7:14-15). Isaías relata en términos poderosamente dramáticos su propio llamado al ministerio profético (Is 6:1-13) y lo vuelve a describir más adelante: El Señor me llamó antes de que yo naciera, en el vientre de mi madre pronunció mi nombre. Hizo mi boca una espada afilada... me convirtió en una flecha pulida (Is 49:1-2)
Jeremías, el profeta angustiado y lloroso, era profeta a pesar suyo. Fue tan amarga su experiencia profética que dijo que lamentaba haber nacido (15.10; 20:14-15), pues nació para ser "hombre de contiendas y disputas contra las naciones. No he prestado ni me han prestado, pero todos me maldicen" (15:10). Acusó a Dios de haberlo seducido y forzado a ser profeta contra su voluntad (20:7). Ahora, todo el mundo se burla de él, por lo que "la palabra de Yahvéh no deja de ser para mí un oprobio y una burla" (20:8). Pero a pesar de todos los pesares, Jeremías no puede callarse:
Si digo: "No me acordaré más de él, ni hablaré más en su nombre", entonces su palabra en mi interior se vuelve un fuego ardiente que me cala hasta los huesos. He hecho todo lo posible por contenerlo, pero ya no puedo más (20:9) ¿No es acaso mi palabra como fuego, como martillo que pulveriza la roca? (23:29)
Los profetas no podían callarse, porque la Palabra de Dios los consumía. En ellos había nacido un imperativo ineludible de levantar su voz.
Un cántico cristiano, que se llama "el profeta", capta la poderosa urgencia de la palabra profética: Antes que te formaras dentro del vientre de tu madre, antes que tú nacieras te conocía y te consagré. Para ser mi profeta de las naciones yo te escogí: irás donde te envíe, y lo que te mande proclamarás. Estribillo: Tengo que gritar, tengo que arriesgar, ¡ay de mí si no lo hago! ¿Cómo escapar de tí? ¿Cómo no hablar si tu voz me quema dentro? Tengo que andar, tengo que luchar, ¡Ay de mi si no lo hago! ¿Cómo escapar de tí? ¿Cómo no hablar si tu voz me quema dentro? No temas arriesgarte Porque contigo yo estaré; no temas anunciarme porque en tu boca yo hablaré. Te encargo hoy mi pueblo para arrancar y derribar, para edificar, destruirás y plantarás. Deja a tus hermanos. deja a tu padre y a tu madre, abandona tu casa porque la tierra gritando está. Nada traigas contigo, porque a tu lado yo estaré; es hora de luchar porque mi pueblo sufriendo está.
Otra canción, de los tiempos de la guerra de Vietnam, es también un grito de protesta profética contra la violencia y la injusticia:
YO NO PUEDO CALLAR
Un río de lágrimas florece,
allá en las aldeas de Vietnam
y todos los niños que ahí mueren
jamás han tenido navidad.
E hambre clava y clava sus colmillos
en Biafra, Nicaragua y Pakistán
y claman los ancianos mutilados
por el fatal efecto del napalm.
Yo no puedo callar
No puedo pasar indiferente
Ante el dolor de tanta gente
Yo no puedo callar.
Yo no puedo callar
Me van a perdonar, amigos míos
Pero yo tengo ahora un compromiso
Y tengo que cantar la realidad.
Brasil, Río de Janeiro se divierte
un río de placer su carnaval
y mientras que allá en otros lugares
se mueren por la falta de pan.
Y mientras que los pueblos poderosos
puedan echar el trigo en alta mar
los cínicos exponen sus razones
para subir el precio y nada más.
Cada minuto muere en este instante
un niño de fatal desnutrición
y el perro que se gasta el potentado
devora su filete de exportación.
Yo no puedo callar
No puedo pasar indiferente
Ante el dolor de tanta gente
Yo no puedo callar.
Yo no puedo callar
Me van a personar, amigos míos
Pero yo tengo ahora un compromiso
Y tengo que cantar la realidad.
¡Que Dios levante hoy también en América Latina profetas que viven cerca de él y cerca del pueblo, con ese gran defecto de no saber callarse!

Fuente: Protestantedigital, 2016.