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martes, 25 de julio de 2017

Dimensión horizontal y vertical del profeta



Por. Juan Stam, Costa Rica
El capítulo de Apocalipsis 6 es sumamente fuerte y, para Juan y las iglesias, muy peligroso. En un discurso casi exclusivamente económico y político, Juan se declara, sin tapujos y sin ambages, enemigo del imperio romano.
Emplea todo el arsenal del género apocalíptico para denunciar a la gran Babilonia: el oráculo profético, la sátira, la canción de protesta y la celebración himnódica de la ruina del imperio. Lo más atrevido fue invitar a los lectores a celebrar jubilosos la futura destrucción del imperio y su capital.
Si Juan hubiera escrito este capítulo hoy, sin duda lo habrían tildado de extremista, subversivo, prejuiciado y a a lo mejor de amargado.
Objetivamente visto, el imperio romano ofrecía grandes beneficios a sus ciudadanos (claro, para los esclavos y no-ciudadanos era un cuento muy diferente, pero estamos hablando de la gente importante, la gente con status social, no los negros e indígenas).
Sin duda, los sociólogos y economistas del imperio podrían sacar impresionantes estadísticas "per cápita" para mostrar que, en general, la población (los ciudadanos) estaban bastante bien. ¿Por qué tenía que ser tan anti-patriótico Juan de Patmos?
El ojo profético de Juan le revelaba una realidad muy diferente al consenso de su época, de la "opinión pública" prevaleciente.
Juan no podía contemplar el imperio objetivamente, como si él fuera neutral. Juan tenía muchos y grandes prejuicios -contra el imperio, a favor de los pobres, a favor del reino de Dios y su justicia-.
¡Benditos prejuicios! Con esas convicciones, su agudo análisis de la realidad lo hizo un inconforme incurable y un desadaptado social. Como profeta no podría ser otra cosa.
Los profetas y profetisas son personas que han visto a Dios y a la vez están viendo a la realidad del mundo.
En Apocalipsis 4-5 Juan está en el cielo, con una visión de Dios y su trono, escuchando las alabanzas de millones de ángeles.
Pero en seguida, con la visión de los jinetes, Juan levanta su voz de protesta profética contra el imperio con su militarismo (caballo rojo), injusticia económica (caballo negro), epidemias (caballo amarillo), persecución (quinto sello) y sus estructuras de poder y estratificación social (sexto sello; Ap 6:15-17).
Juan oye los cánticos celestiales pero oye también el clamor de las víctimas del imperio.
Ser profeta tiene dos dimensiones, una vertical y una horizontal, por decirlo así.

  • El profeta ha estado con Dios, ha visto a Dios y conoce a Dios íntimamente, y ve todo desde la perspectiva de Dios.

  • Pero el profeta también vive cerca de su pueblo y ve su realidad.

De este principio y cómo la Biblia y sus profetas lo aplican, seguiremos tratando en el próximo artículo.

Fuente: Protestantedigital, 2017

miércoles, 19 de julio de 2017

Un profeta ‘no sabe’ callarse!



Por. Juan Stam, Costa Rica
La pasada semana vimos que en Apocalipsis 6 rl apóstol Juan oye los cánticos celestiales pero levanta su voz de protesta profética contra el imperio, oye también el clamor de las víctimas.
Y decíamos que ser profeta tiene dos dimensiones, una vertical y una horizontal. El profeta ha estado con Dios, ha visto a Dios y conoce a Dios íntimamente, y ve todo desde la perspectiva de Dios. Pero el profeta también vive cerca de su pueblo y ve su realidad.
Ambas dimensiones son esenciales. Si sólo ve a Dios, puede ser un místico pero no un profeta. Si sólo ve al mundo, puede ser un sociólogo o un economista, pero tampoco un profeta.
El profeta Elías nos da un ejemplo de esta profecía comprometida. Era varón santo, portador del Espíritu y hombre de oración, pero para traer vida al hijo de la sunamita tuvo que subir y extenderse, en contacto chocante y peligroso, sobre el cadáver del niño (2 R 4:32-36; cf. 1 R 17:21). El profeta vive en contacto íntimo con Dios y en contacto con el pueblo, con todos los riesgos correspondientes.
Los profetas tenían (y tienen) el gran problema de realmente creer en Dios, y realmente amar al prójimo y a la justicia (Jer 50:25,31,34; cf. Ap 18:8). Tienen el problema muy incómodo de haber visto al Señor y haber escuchado su voz. Eso no les ayudaba a adaptarse a la sociedad como personas normales y tranquilas.
Después de un encuentro con Dios, nadie puede seguir siendo conformista. "Al encontrarme con tus palabras", dice Jeremías (15:16-17), "yo las devoraba, ellas eran mi gozo y la alegría de mi corazón, porque yo llevo tu nombre... He vivido solo, porque tu estás conmigo y me has llenado de indignación". Esa paradójica mezcla de deleite y furia es lo que mueve a los profetas.
Los profetas no eran profetas porque ellos querían serlo, sino porque sabían que Dios les había llamado para hablar en su nombre. No escogieron ser profetas; Dios los obligó, contra su propia voluntad. "El Espíritu me levantó y se apoderó de mí, y me fui amargado y enardecido, mientras la mano del Señor me sujetaba con fuerza" (Ez 3:14).
Son conocidas las palabras de Amós: "Yo no soy profeta ni hijo de profeta... Pero el Señor me sacó de detrás del rebaño y me dijo: 'Ve y profetisa a mi pueblo Israel'" (7:14-15). Isaías relata en términos poderosamente dramáticos su propio llamado al ministerio profético (Is 6:1-13) y lo vuelve a describir más adelante: El Señor me llamó antes de que yo naciera, en el vientre de mi madre pronunció mi nombre. Hizo mi boca una espada afilada... me convirtió en una flecha pulida (Is 49:1-2)
Jeremías, el profeta angustiado y lloroso, era profeta a pesar suyo. Fue tan amarga su experiencia profética que dijo que lamentaba haber nacido (15.10; 20:14-15), pues nació para ser "hombre de contiendas y disputas contra las naciones. No he prestado ni me han prestado, pero todos me maldicen" (15:10). Acusó a Dios de haberlo seducido y forzado a ser profeta contra su voluntad (20:7). Ahora, todo el mundo se burla de él, por lo que "la palabra de Yahvéh no deja de ser para mí un oprobio y una burla" (20:8). Pero a pesar de todos los pesares, Jeremías no puede callarse:
Si digo: "No me acordaré más de él, ni hablaré más en su nombre", entonces su palabra en mi interior se vuelve un fuego ardiente que me cala hasta los huesos. He hecho todo lo posible por contenerlo, pero ya no puedo más (20:9) ¿No es acaso mi palabra como fuego, como martillo que pulveriza la roca? (23:29)
Los profetas no podían callarse, porque la Palabra de Dios los consumía. En ellos había nacido un imperativo ineludible de levantar su voz.
Un cántico cristiano, que se llama "el profeta", capta la poderosa urgencia de la palabra profética: Antes que te formaras dentro del vientre de tu madre, antes que tú nacieras te conocía y te consagré. Para ser mi profeta de las naciones yo te escogí: irás donde te envíe, y lo que te mande proclamarás. Estribillo: Tengo que gritar, tengo que arriesgar, ¡ay de mí si no lo hago! ¿Cómo escapar de tí? ¿Cómo no hablar si tu voz me quema dentro? Tengo que andar, tengo que luchar, ¡Ay de mi si no lo hago! ¿Cómo escapar de tí? ¿Cómo no hablar si tu voz me quema dentro? No temas arriesgarte Porque contigo yo estaré; no temas anunciarme porque en tu boca yo hablaré. Te encargo hoy mi pueblo para arrancar y derribar, para edificar, destruirás y plantarás. Deja a tus hermanos. deja a tu padre y a tu madre, abandona tu casa porque la tierra gritando está. Nada traigas contigo, porque a tu lado yo estaré; es hora de luchar porque mi pueblo sufriendo está.
Otra canción, de los tiempos de la guerra de Vietnam, es también un grito de protesta profética contra la violencia y la injusticia:
YO NO PUEDO CALLAR
Un río de lágrimas florece,
allá en las aldeas de Vietnam
y todos los niños que ahí mueren
jamás han tenido navidad.
E hambre clava y clava sus colmillos
en Biafra, Nicaragua y Pakistán
y claman los ancianos mutilados
por el fatal efecto del napalm.
Yo no puedo callar
No puedo pasar indiferente
Ante el dolor de tanta gente
Yo no puedo callar.
Yo no puedo callar
Me van a perdonar, amigos míos
Pero yo tengo ahora un compromiso
Y tengo que cantar la realidad.
Brasil, Río de Janeiro se divierte
un río de placer su carnaval
y mientras que allá en otros lugares
se mueren por la falta de pan.
Y mientras que los pueblos poderosos
puedan echar el trigo en alta mar
los cínicos exponen sus razones
para subir el precio y nada más.
Cada minuto muere en este instante
un niño de fatal desnutrición
y el perro que se gasta el potentado
devora su filete de exportación.
Yo no puedo callar
No puedo pasar indiferente
Ante el dolor de tanta gente
Yo no puedo callar.
Yo no puedo callar
Me van a personar, amigos míos
Pero yo tengo ahora un compromiso
Y tengo que cantar la realidad.
¡Que Dios levante hoy también en América Latina profetas que viven cerca de él y cerca del pueblo, con ese gran defecto de no saber callarse!

Fuente: Protestantedigital, 2017

jueves, 11 de mayo de 2017

La fiesta de las enramadas



Por. Juan Stam, Costa Rica
Apoc 7:9-17 y la fiesta de Sucot, de los tabernáculos o de las enramadas: en el trasfondo de este pasaje está presente la fiesta judía de las enramadas. Esta celebración culminaba todo el ciclo festivo del pueblo hebreo, después de la última cosecha del año, y era la más alegre de todas. Se caracterizaba por la danza de las doncellas con vestidos blancos bien lavados, y los hombres cantando y blandiendo antorchas encendidas. Era tanta la festividad que la Michná dice: "Quien no ha visto la alegría de esta fiesta, nunca ha visto alegría en su vida"....
Los vestidos blancos a menudo se combinan con el llevar palmas (7:9), que era especialmente típico de la fiesta de enramadas (Lv 23:39-40; Neh 814-17; 2 Mac 10:6-7). El pueblo salía al monte a traer ramas y palmeras para construir sus chozas (Neh 8:15), y en cierta etapa del desarrollo de la fiesta comenzaban a batir esas ramas y llevarlas en procesión gozosa.
Las agitaban especialmente al recitar el Salmo 118, y con mucha fuerza cuando llegaban al v.25.  Las palmas se llevaban también en las procesiones de victoria. Cuando Simón Macabeo reconquistó la ciudadela de Jerusalén, "entraron...con aclamaciones y ramos de palma, con liras, címbalos y arpas, con himnos y cantos" (1 Mac 13:51; cf. 2 Mac 10:7).
Muchos comentaristas han encontrado aquí una referencia a la exclamación "Hosanna" de la liturgia hebrea. Hay un consenso muy general en que esta aclamación litúrgica se derivó del Sal 118:25 (HôShîYaH NâA "sálvanos"). Aunque en Sal 118:25 y otros pasajes la expresión significaba una plegaria ("Salva, Yahvéh"), con el tiempo se incorporó al léxico litúrgico y terminó siendo una exclamación ("Yahvé salva") o simplemente una aclamación similar a "Aleluya". Era muy familiar para todos los judíos, asociado especialmente con la recitación del Sal 118 y el batir de las palmas (aludidas en 7:9) en la fiesta de las chozas.
El "Hosana" era especialmente importante y dramático en el ritual de libación de agua cada día de la fiesta de enramadas. En la mañana del primer día de la fiesta los sacerdotes encabezaban una procesión festiva a la fuente de Guihón en el valle de Cedrón, para llenar un pichel de oro con agua de Siloé mientras cantaban Isaías 12:3. La procesión avanzaba hacia el templo, entrando por la "Puerta de Agua" al sonido de tres tocadas de trompeta. Llegando frente al templo, rodeaban el altar de holocaustos, mientras entonaban el Sal 118.
La multitud les seguía, llevando hojas de palma, cantando el Halel (Sal 113-118) y repitiendo su "Hosana" después de cada verso. Al llegar al "Hosana" de Sal 118:25, el pueblo batía con especial fuerza y alegría las hojas que llevaban. Entonces el sacerdote subía al altar a derramar el agua, junto con vino, en un embudo de plata que la conducía al suelo donde, según creían, se unía con las aguas del abismo para garantizar las lluvias del año. El rito se repetía cada día, y el séptimo día circumambulaban el altar siete veces, quizá como recuerdo de la conquista de Jericó.
La fiesta de enramadas era una semana entera de alegría desbordante. Esta fiesta era la definición misma de la alegría, y por eso muy idónea para representar la "plenitud de gozo" que llena la presencia del Señor (Sal 16:11 RVR). Para visualizar un poco la felicidad de la vida eterna, ¡pongámonos a recordar las fiestas más alegres de nuestros propios pueblos!
Varios aspectos de la alegría especial de esta fiesta merecen destacarse. Junto con la morada en enramadas durante una semana y la procesión diaria del agua, ambas ya descritas, era popularísimo el rito de la iluminación, un verdadero "festival de luz". Cada noche de la fiesta se prendían cuatro candeleros enormes en el atrio de las mujeres. Las mechas, formadas de las viejas vestimentas sacerdotales, estaban inmersas en aceite y cuatro jóvenes levitas subían por escaleras a prenderlas. Era tan fuerte la iluminación que "no había ningún patio en toda la ciudad que no reflejara la luz" que emanaba del templo (Michná sukkah 5.3: Bruce 1983:206; Brown 1966 I:343)
El pueblo se congregaba en el atrio de las mujeres -- ¡y a bailar se ha dicho! Acompañados por una orquesta levita de flautas, laúdes y címbalos (Moore 1971 II:47), todos cantaban y danzaban hasta el amanecer, siete días seguidos. Coquetas doncellas buscaban cautivar a los muchachos y piadosos varones ejecutaban sus danzas de antorcha (Moore 1971 II:46; IDB I:456). Todo era alegría, chistes iban y venían, la confraternidad reinaba. ¡Israel daba una lección al mundo de lo que es una fiesta! ¡Y así también será la vida eterna!....
La fiesta de tabernáculos nos llama a un estilo de vida más sencillo y solidario: Para captar mejor la vivencia de la fiesta de las chozas, imaginémonos que se realizara hoy entre nosotros y todas las familias pasaran a los patios de sus casas a vivir siete días en unas enramadas. Imagínese Buenos Aires: los bancos y mercados cerrados, los "mall" abandonados, las mismas casas (unas mansiones, otras chozas muy pobres) desocupadas, todo el mundo al patio para una semana de “camping” al aire libre, cocinando con leña. ¿Cómo sería eso en Río de Janeiro o ciudad de México? Nos costaría acostumbrarnos; probablemente a muchos les daría un infarto o un severo ataque de nervios.
Para muchas personas, su casa lujosa es el sueño de su vida y la diosa de su devoción. ¡Cuánto bien nos haría pasar una semana cada año en el patio! Como el día de descanso significaba (y significa) libertad ante las demandas del trabajo, esta fiesta significa una liberación del dominio de la casa y de los bienes materiales. Nos recuerda que nuestras casas no son más que "enramadas" en nuestro camino hacia "una casa eterna en el cielo, no construida por manos humanas" (2 Co 5:2). Si somos peregrinos, debemos desprendernos de nuestros bienes, desmitologizar la idolatría materialista que permea nuestra cultura, compartir gozosos con los que tienen menos, y hacer de nuestra vida un proyecto de mayordomía sacrificial y alegre.
Esta fiesta nos recuerda que no sólo por ser lujosa una casa es bonita, ni por ser humilde es fea. Zorilla (1981:31) se atreve a hablar de "la magnificencia de las chozas" (!), porque en ellas moraba Dios con su pueblo y sobre ellas estaba la Chekiná divina. En cuántas mansiones está ausente Dios, y ausente todo lo que embellece la vida, mientras la choza más humilde puede resplandecer con gloria divina.
En la fiesta todos eran iguales por una semana. El rico no podía decir esa semana, "mi enramada es mejor que la tuya"; ningún pobre tendría que sentir vergüenza de vivir en una choza. El ideal divino, "que haya igualdad" (2 Co 8:13-14; Hch 2:44-45; 4:32-34), se cumple a lo menos por una semana. Y en eso, se anticipa la Nueva Jerusalén, cuyas riquezas son de todos por igual.

Fuente: Protestantedigital, 2017