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martes, 4 de julio de 2017

Formas de manipular en la iglesia



Por. Juan Stam, Costa Rica
La pasada semana vimos que una forma común, que permea toda nuestra sociedad e incluso las iglesias, es la propaganda,
Pero hay otras muchas formas de manipulación, como el chantaje, que consiste en emplear promesas o amenazas para someter a las personas.
En el sentido más amplio, "el evangelio de las ofertas" y "la teología de la prosperidad", cuando se emplean para provecho personal (que ocurre no infrecuentemente), se pueden calificar como chantaje o extorsión.
Casi siempre estas promesas y amenazas apelan al egoísmo, como cuando se "profetiza" un gran futuro de fama y éxito para personas inseguras ("serás el Billy Graham del siglo XXI"). Muy comúnmente estas promesas producen confusión en sus víctimas y les hacen mucho daño.
Muy relacionada con estos chantajes es la intimidación, cuya expresión más grave son las frecuentes maldiciones que se lanzan contra las personas.
Estas maldiciones son el colmo, el acabóse, del chantaje: "o te sometes, o te maldigo". Por falsas que sean, estas maldiciones tienen una tremenda fuerza para infundir terror y arruinar la vida de las personas.
De esas maldiciones hemos hablado en artículos anteriores ("Manipular y dañar con maldiciones”). A veces estos "profetas" convalidan hechizos venidos del espiritismo en la vida anterior de los acusados.
Muy generalizada en nuestros días es la teología de la sumisión incondicional, una teología de la autoridad absoluta (del apóstol, profeta, o pastor) que condena y prohíbe toda crítica.
Es un autoritarismo a ultranza más cerca a la Curia Romana que al Nuevo Testamento. Produce pastores que son dictadores, que pretenden controlar toda la vida de los creyentes. Para enamorarse, casarse, comenzar un plan de estudios (o dejarlo), aceptar un empleo (o dejarlo), para todo se necesita el visto bueno del soberano pastor (apóstol, profeta).
El texto áureo para este movimiento autoritario, que ahora aparece por todos lados, es Mateo 7:1, "No juzguéis, para que no seáis juzgados". Otras mantras sagradas son "no toquéis al ungido del Señor" o la murmuración de Miriam y la lepra con que Dios la castigó.
Se olvida que Mateo 7:1 condena la criticonería de los fariseos, que pretendían juzgar a los demás sin ser juzgados ellos, que juzgaban la paja en el ojo ajeno sin reconocer la viga en su propio ojo (7:3-5; cf. Rom 2:1).
Lejos de prohibir la crítica sana y responsable, en seguida el pasaje nos llama a guardarnos de los falsos profetas, lobos vestidos de ovejas (7:15) y a conocer a todos por sus frutos (7:16-16-20), no por su palabrería espiritual (7:21-23).
Según Juan 7:24 Jesús nos manda "juzgar con justo juicio" (cf. Lc 7.43; cf. 12:57); a los corintios, San Pablo les exhortó "juzgad vosotros mismos" (10:15; 11:13) y les avisa que "el espiritual juzga todas las cosas; pero él no es juzgado de nadie" (ni de "apóstoles" ni de "profetas"; 1Cor 2:15; cf. 1 Jn 2:27)
Con su supresión anti-bíblica de la sana crítica, estos líderes se aseguran un espacio casi ilimitado para la manipulación de sus feligreses. Y es curioso, estos líderes (profetas, "apóstoles"), igual que los fariseos, se atribuyen la más amplia libertad para criticar a otros, sin que otros los puedan criticar a ellos.
Nuestra sociedad actual, en su tránsito de la modernidad a la postmodernidad, vive una profunda crisis de la autoridad. Se reconoce cada vez menos la autoridad extrínseca, por el puesto o el título que uno ostenta. En el futuro, los líderes tendrán que ganar cada vez más una autoridad intrínseca, por lo que realmente son, lo que piensan y lo que hacen.
Pensar con cabeza propia es a veces arriesgado e incómodo, y en la confusión de los cambios rápidos de nuestra época muchas personas buscan la seguridad en autoridades que pensarán por ellos. Pero eso no es sano y no es la voluntad del Señor. El autoritarismo no tiene futuro.
Una expresión especial de este autoritarismo manipulador es la supuesta autoridad incuestionable de los "profetas". Casi siempre, estos "profetas" comunican una actitud autoritaria, que su profecía es de origen divino y sería pecado cuestionarla. A menudo la expresión de su cara dice, "Yo soy profeta, que no me cuestione nadie".
Pero lo bíblico es todo lo contrario: todos ustedes tienen el Espíritu, juzguemos e interpretemos todos juntos esta palabra que he recibido (1Tes 5:20-21; 1Cor 14:29). Se repite muy livianamente la fórmula "en el nombre del Señor", como si el Señor estuviera a la orden y disposición incondicional de estas personas.
Recuerdo un artículo en Apuntes Pastorales, en que el hermano Pablo Finkenbinder calculó que más o menos 95% de las profecías en las iglesias le parecían de origen humano y no revelación divina. He conocido casos en que ese origen humano era de prejuicios, resentimientos o intereses propios. La profecía auténtica, como palabra viva del Señor para la iglesia y las naciones, es un don precioso, muy importante y necesario para hoy, pero jamás debe pervertirse para manipular a la gente.
Algunos ejemplos más: Cuando reconocemos nuestra responsabilidad como pueblo de Dios y comenzamos a analizar lo que está pasando en la iglesia, descubrimos muchos ejemplos de manipulación, algunos inconscientes o por costumbre pero otros con clara intención de engañar.
Un problema, mayormente sin intención de manipular, es el abuso del Amén, tan extendido en casi todas las iglesias. Cuando se pregunta, "¿Cuántos dicen Amén", se está presionando a la gente a expresar su acuerdo con lo dicho, reduciendo su posibilidad de discrepar o aun de asentir espontáneamente. Es una táctica para inducir asentimiento artificialmente. Hoy día "la cultura del Amén" está haciendo mucho daño a la iglesia. A veces uno ve en las congregaciones personas que dicen su "Amén" antes de que el predicador haya terminado la frase que está pronunciando, para poder saber qué es lo que están afirmando con su Amén.
"Amén" es un signo de exclamación, y nunca debe ser una pregunta con signo de interrogación.
Igualmente cuestionable es la costumbre de decir, "Repita después de mí" o "Diga a la persona que está a su lado" tal o cual cosa. Es tratar al público como a tontos, incapaces de pensar con cabeza propia. A veces llega hasta lo ridículo. Una vez oí a un predicador decir "Wow" y después "Repitan todos conmigo, Wow".
Mucho se manipulan a la gente durante la invitación evangelística. Hace muchos años escuché a un famoso evangelista decir, "Levante su mano, nadie te está mirando, no le voy a pedir nada más", para decir después, "Ahora no yo sino el Espíritu Santo le pide a usted pasar adelante al altar". Personalmente creo inconveniente ofrecer cosas, como por ejemplo un libro, a todos los que pasen adelante. Es excelente dárselo, pero malo anunciarlo porque muchos pasarán adelante sólo para recibir el libro.
Como ejemplo final podemos mencionar la manipulación de las escrituras para que digan lo que queremos o lo que ayude más a nuestro sermón. A veces buscamos la traducción más bonita, o más de acuerdo con nuestro concepto, en vez de la más fiel. La meta principal de todo sermón, sea doctrinal o evangelístico, no es primordialmente impactar a los oyentes sino ser fiel y hacer escuchar la Palabra de Dios.
En ese sentido, Bernard Ramm ha escrito, "el ministro debe tratar su texto exegéticamente antes de tratarlo homiléticamente" (Hermenéutica, T.E.L.L. 1976). Utilizar las escrituras en servicio del éxito personal u otros intereses es manipular el texto sagrado.
Conclusión: Frente a sus rivales y detractores en Corinto, que desconocían su apostolado y preferían la elocuente retórica de Apolos (1Cor 1:12; 3:4-6; 4:6; Hch 18:24-19:1), Pablo no responde desde una posición de poder sino de una impresionante sinceridad y vulnerabilidad:
Cuando fui a vosotros para anunciaros el testimonio de Dios, no fui con excelencia de palabras o de sabiduría... Estuve entre vosotros con debilidad, y mucho temor y temblor; y ni mi palabra ni mi predicación fue con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y poder, para que vuestra fe no esté fundada en la sabiduría de los hombres sino en el poder de Dios. (1Cor 2:1-5)
Estas palabras, que llegan hasta la motivación más profunda del apóstol, revelan dos cualidades que deben caracterizar a todo siervo y sierva de Dios: la humildad y la integridad. Ese carácter, y esas actitudes, jamás permitirían una vida de manipulación. Gracias a Dios, ha habido y hay muchos miles de personas cuyas vidas y ministerios son auténticos y fieles. Aún en alguien tan famoso y "exitoso" como Billy Graham, y con todos sus defectos y errores, encontramos esa humildad básica y una profunda integridad.
Con tristeza tenemos que reconocer que los valores del mundo de hoy se han infiltrado en la iglesia, tanto de los predicadores y líderes como de los creyentes en las bancas. Entre los famosos predicadores en sus megaiglesias y sus programas de televisión, con todo su éxito, es mucho más difícil encontrar esos grandes valores espirituales de los gigantes del pasado.
Aunque gracias a Dios hay excepciones muy notables, muchos (diría que la mayoría) de estas personalidades públicas parecen soberbias, con la arrogancia que les otorga su "éxito". Muchos también dan la impresión de estar jugando algún papel, más como actores de teatro que como siervos del Señor de señores.
¡Cómo quisiera estar equivocado en este análisis tan poco halagador! De todas maneras, la iglesia de hoy necesita mucha oración.

[1]   Mientras Mr 4:24 exhorta "Mirad lo que oís", Lc 8:18 pone el énfasis en cómo uno oye: cuidadosa y responsablemente (Fitzmyer Luke II:718-20).

Fuente: Protestantedigital, 2017

miércoles, 28 de junio de 2017

¿Cristianos manipulados?



Por. Juan Stam, Costa Rica
Analizar el tema delicado y controversial de "Mecanismos de manipulación en las iglesias" es una realidad que muchos hemos observado pero poco se ha analizado. Por eso me permito resumir algunos aspectos del problema, sin pretender agotar el tema (1).
En sentido literal, según el Diccionario de la Academia Real, "manipular" significa "operar con las manos o con cualquier instrumento" (¿algo así como "manosear"?).
En su significado que nos interesa, se define como "acto de intervenir con medios hábiles y, a veces, arteros, en la política, en el mercado, en la información, etc., con distorsión de la verdad o la justicia, y al servicio de intereses particulares". Esencial al concepto es el irrespeto a la persona, al derecho y la autodeterminación de su víctima. Manipular es jugar con el pensamiento, sentimiento y conducta de otras personas.
Un buen punto de partida puede ser un análisis sicológico del fenómeno de la sugestión.
Aquí el sentido de "sugestionar" que nos interesa es el proceso sicológico mediante el cual una persona busca dominar la voluntad de alguien, llevándolo a pensar o actuar de determinada manera (Real Academia; Wikipedia).
Según La Guía de Psicología, "la sugestión es un estado psíquico provocado en el cual el individuo experimenta las sensaciones e ideas que le son sugeridas y deja de experimentar las que se le indica que no sienta."
Las formas extremas de la sugestión son el hipnotismo y el lavado de cerebro. Pero una forma mucho más común, que permea toda nuestra sociedad moderna, es la propaganda, tanto comercial como política, a veces subliminal (inconsciente; "por debajo del umbral de la conciencia").
La foto de un guapo señor bebiendo una copa de cerveza, rodeado de bellas mujeres y otros símbolos de éxito, insinúa la ridícula idea de que beber tal cerveza producirá lo mismos resultados en los televidentes.
La propaganda nos evoca, con tremenda sutileza, las ganas de comprar cosas que no necesitamos para nada.
La propaganda política gasta millones de dólares para hacernos pensar, sin más razones que sus mentiras, que tal candidato o tal proyecto social es lo mejor o lo peor, según el caso.
En los 1980s, muchas caricaturas de Daniel Ortega lo representaban con un cigarro grandote, para identificarlo implícitamente con Fidel Castro (aunque Ortega no era fumador y los dos son muy diferentes).
La ciencia de la propaganda fue perfecionada por Adolfo Hitler y su ministro de propaganda, Paul Joseph Goebels, para llevar el mundo a la guerra.
El mandamiento de Jesús, "Mirad, pues, cómo oís" (Lc 8.18; Mr 4:24), nos impone el deber de estar alerta y no dejarnos engañar por ninguna propaganda.
Cuando uno se despierta a estas realidades, comienza a ver que en las iglesias también hay sugestión, métodos de propaganda y técnicas hipnotizantes.
A veces una prolongada repetición rítmica de determinada frase, a gritos o con variaciones de tono, produce su deseado resultado de una histeria colectiva. Creo que cualquier sicóloga, competente en estos temas, lo podría reconocer y analizar.
Por otra parte, las maratónicas de TV Enlace son un constante ejemplo de sugestión. ¿Cómo es posible que en cada maratónica, los locutores y predicadores puedan anunciar invariablemente que "hay una tremenda unción aquí, se siente poderosamente la presencia de Dios aquí"?
Cabe la sospecha legítima que es más bien sugestión, con miras a crear la impresión de algo misterioso y maravilloso para que la gente envíe sus ofrendas,
Queda sumamente vago en qué consiste esa "unción", cómo saben que está presente, y cómo puede ser tan predecible e invariable.
Jesús dijo que el Espíritu sopla donde quiere, lo que Lutero parafraseó, "El Espíritu Santo actúa cuando, donde y como él quiere" y no cada vez que nosotros lo decidamos y después producimos por sugestión las sensaciones correspondientes.

(1) Sociedades Bíblicas de Costa Rica patrocinan cada mes un Foro Bíblico para líderes de las iglesias evangélicas de Costa Rica. Estos foros han sido un gran éxito y están haciendo un aporte muy significativo a la vida teológica y espiritual del país. Para el mes de julio (2010) me pidieron, junto con el historiador y teólogo Juan Carlos Sánchez, analizar el tema delicado y controversial de "Mecanismos de manipulación en las iglesias".

Fuente: Protestantedigital, 2017

lunes, 15 de agosto de 2016

Iglesias que abusan



Por. Alfonso Ropero, España
Un drama amenazador
Admitimos con cierta resignación que hay pastores que abusan, falsos pastores que no sienten ningún amor al rebaño, porque están vacíos de Dios. No nos sorprende porque ya fue predicho por Jesús y anunciado por Pablo a los ancianos de Éfeso: “Yo sé que después de mi partida entrarán en medio de vosotros lobos rapaces, que no perdonarán al rebaño” (Hch. 20:29). Nos consolamos pensando que quizá sean sólo unos pocos. Pero nos cuesta trabajo reconocer que no sólo hay pastores que abusan, sino también iglesias que abusan. Eso ya es más serio y preocupante, pues desvirtúa el cristianismo en su misma raíz, base y fundamento. Hace de la Iglesia, cuerpo de Cristo, una cueva de ladrones, un cubil de extorsionadores. En lugar de ser una comunidad de adoración y salud, se convierte en un espacio enfermizo de manipulación y muerte. Lejos de ser liberadora, abierta, terapéutica[1], se vuelve opresora, cerreada, sectaria[2].
La teología pastoral siempre ha sido consciente del poder de la iglesia para ayudar o para dañar. “La Iglesia del Nuevo Testamento —escribe Daniel G. Bagby—, fue diseñada para ser una familia redentora, pero a la vez es una institución humana y uno no puede hacerse ilusiones con respecto a su capacidad para hacer lo malo”[3]. Por eso la buena teología se ha preocupado de resaltar el papel sanador de la iglesia como comunidad reunida para adorar a Dios y para fortaleces los lazos de amistad y comunión entre los creyentes[4].
Pero en los últimos años se ha producido el alarmante fenómeno de “iglesias que abusan”, el cual en lugar de ir en descenso va en aumento. Iglesias auténticamente tóxicas, que en lugar de sanar, envenenan. “¿Son realmente nacidos de nuevo los que deliberadamente desean hacer daño y controlar a otros en la familia de Dios?”, se pregunta Marc A. DuPont[5].
Según el el Dr. Ronald Enroth, las iglesias abusadoras tienen un estilo de liderazgo orientado hacia el control. Los líderes de este tipo de iglesias usan la manipulación para lograr la sumisión total de sus miembros. Mantienen un estilo de vida rígido y legalista que involucra numerosos requisitos y detalles minuciosos de la vida diaria. Para evitar que sus miembros presten atención a las criticas de que son objeto, los líderes se adelantan desaprobando al resto de iglesias. Una táctica claramente sectaria.
Las iglesias que abusan crean un complejo de persecución y consideran que son perseguidas por el mundo, los medios y otras iglesias cristianas. Esto dificulta que los miembros descontentos caigan en la tentación de salir de estas iglesias, un proceso que suele estar marcado por el dolor social, psicológico o emocional[6].
Existen, además, muchas otras manera de abuso espiritual, más difíciles de detectar, debido a la sutileza con que se presenta[7].
¿Cómo hemos llegado a esta situación?
De la manada pequeña a la gran manada
La Iglesia cristiana nació como una comunidad de personas congregadas por los apóstoles en torno a la figura y memoria de la persona de Jesús. Bien pronto, el dinamismo interno de estas comunidades da origen a otras comunidades que se expanden por todo el mundo mediterráneo, comenzando desde Jerusalén y Galilea. Perseguidas y rechazadas en su calidad de culto “nuevo”, nada había en el mundo antiguo más menospreciado la idea “novedosa”, le creencia “nueva”. La autoridad de las creencias residía en la tradición de los ancianos, en lo viejo, en antiguo, en lo venerado desde tiempos inmemoriales. Lo nuevo era una transgresión a lo recibido de los padres. Los judíos tenían a Moisés, ¿qué iba a aportarles el humilde Jesús? Lo griegos tenían al gran Homero, y los romanos a sus dioses ancestrales.
Los primeros misioneros cristianos se vieron rechazados por sus compatriotas, los judíos, e igualmente por la gentilidad en su generalidad.
En una de sus primeras cartas, el apóstol Pablo expresa su dolor y su preocupación por la persecución de la que son objeto los miembros de la joven comunidad de Tesalónica, a la vez que se gloría en la paciencia y la fe en todas las persecuciones y tribulaciones que soportan (2 Tes. 1:4). Parte del ministerio apostólico consistía en fortalecer a los de ánimo caído por las adversidades y persecuciones de los que eran objetos: “Fortaleciendo los ánimos de los discípulos, exhortándolos a que perseveraran en la fe, y diciendo: Es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios” (Hch. 14:22).
De algún modo las persecuciones contribuyeron a mantener lejos de las iglesias muchas personas indeseables. Había que tener fe verdadera para arriesgar la vida al identificarse con una fe no lícita y con una gente que era menospreciada y perseguida. Aún con todo, la fe, el ánimo y la red de obras sociales de las comunidades cristianas fuese abriéndose un hueco en la sociedad romana. De manera que, pese a las pruebas y hostilidades, las iglesias fueron creciendo y expandiéndose por todo el mundo antiguo.
Fue un crecimiento gradual, pero no espectacular. La cosa cambio con la “conversión” del emperador romano Constantino. De repente, la Iglesia mártir, la iglesia despreciada, se convirtió, en Iglesia reconocida, victoriosa. Nobles y hacendados imitaron el gesto de su supremo gobernante y en masa se hicieron cristianos. El cristianismo se volvió en una “religión de éxito”.
El peligro del éxito
El éxito, naturalmente, atrae a las masas. ¿Quién quiere ser parte de un grupo de perdedores? Pero el éxito tiene sus peligros. Jesús lo entendió perfectamente cuando Satanás le pidió que convirtiese las piedras en pan. ¡Qué grande multitud de hambrientos no le habrían seguido! Multiplicó los panes y los peces y la gente se sació, pero no creyó. Durante un tiempo le siguieron por este tipo de milagros, porque “comieron pan y se saciaron” (Jn. 6:26-27). Pero nada más.
El “éxito” de Felipe se convirtió en un gran peligro como Simón el mago aceptó la palabra del evangelista (Hch. 8:13), no por su contenido espiritual, sino por las maravillas que realizaba y que él era incapaz de hacer. Estuvo dispuesto a pagar una gran suma de dinero (v. 18) a cambio de esos dones asombrosos, que le asegurarían el favor de las multitudes.
A principios del siglo XX el movimiento pentecostal era un fenómeno marginal, propio de personas de los barrios marginales de las grandes ciudades, con escasa educación y poca proyección social. No tiene nada de extrañada que fueran menospreciados y calificados de mil maneras negativas por su hermanos conservadores. En la década de los 60 algo comenzó a cambiar. Algunos pastores de las iglesias tradicionales y mayoritarias se abrieron al fuego del Espíritu y desde entonces, el fenómeno no ha parado de crecer, hasta el punto de convertirse en una “religión de éxito”, que atrae por igual a personas sencillas como sofisticadas; campesinos y profesionales; de clase obrera y de la burguesía. El crecimiento ha sido espectacular. El mayor registrado en los anales de la historia del cristianismo.
Aparecen los lobos
El éxito de masas, con todo lo que esto significa de poder económico y de influencia, atrae a los buitres y a los vividores. ¿Acaso habrá algo más fácil que aprenderse la jerga carismática y rentar un almacén donde comenzar cada cual su propia iglesia, atrayendo a los incautos con promesas de sanidad, prosperidad y éxito sin límites? Al crecer el número de imitadores, de falsos apóstoles, aumenta la oferta según las leyes del mercado y del circo: ¿Quién da más? Vengan y vean lo más imposible todavía. El camino de la impostura y de la codicia no conoce freno; es una pendiente que se desliza hacia un abismo sin fin. El carismatismo actual vive, sufre y padece las consecuencias del éxito. La facilidad con que un mensaje pseudo cristiano es capaz de atraer y embaucar a la gente en que en un momento de dificultades y en medio de la inseguridad busca algo o alguien que le garantice el azaroso presente, que le saque de la menesterosidad y aporte algo de color a su vida. De esto se aprovechan los falsos pastores y apóstoles. Bayardo Levy denuncia en su libro ¿Ministros o trasquiladores?, que “gran parte de las iglesias se han vuelto un negocio altamente lucrativo. Muchos líderes levantan una congregación con una mano delante y otra detrás (quiero decir, sin dinero) y en poco tiempo los vemos en una gran abundancia económica; algunos hasta con escoltas y en carros lujosos. Nunca fueron empresario, pero de la iglesia crearon una gran empresa”[8].
Cuando falta amor, amor a Dios y al prójimo, la tendencia natural del ser humano es aprovecharse de su prójimo, abusar de él, lucrarse a su costa.
El principio edificación
Conociendo el misterio de la unidad tan íntima de Cristo y su Iglesia, a la que san Pablo no duda en llamar “cuerpo de Cristo”, se hace más detestable la existencia de iglesias, grupos e instituciones llamados cristianos que se aprovechan del buen nombre de Cristo y de su Iglesia para abusar de la gente; para intoxicar la mente y el corazón de los que caen bajo su influencia; para explotar económicamente la codicia de unos y la credulidad de otros.
¿Cómo podemos enfrentar esta situación?
En primer lugar, poniendo en práctica el discernimiento de espíritus, lo que conlleva responsabilidad por parte de los ministros y madurez por parte de los miembros. Es del todo necesario una labor de educación de los creyentes para que por sí mismos puedan discernir la enseñanza recibida dentro y fuera de su congregación. También aquí nos encontramos con un problema de “abuso”, consistente en la creación de dependencia de los miembros respecto al pastor. Cuanto más maduros y preparados sean los miembros de una iglesia mayor será la defensa contra desviaciones y abusos de una u otra parte.
En segundo lugar, hay un criterio apostólico muy útil para discernir y contrarrestar las situaciones de abuso en todas sus variantes.
Se trata de la “edificación”, metáfora tomada del mundo de la construcción, presente también en otros aspectos de la vida cristiana[9]. La Iglesia es representada como un edificio espiritual (1 Cor. 3:9; Ef. 2:21), del que cada miembro es un piedra viva (1 Ped. 2:5). El crecimiento y el desarrollo del carácter de los creyentes es presentado bajo la metáfora de la “edificación” (Hch. 9:31; 1 Cor. 8:1; 10:23; 14:4, 17; 1 Tes. 5:11). Los ministros de la Iglesia tienen por meta la edificación de los creyentes en el fundamento que es Jesucristo (1 Cor. 3:10, 12, 14; Ef. 2:20; Col. 2:7; Jud. 20). La vida cristiana es una labor continua y progresiva de edificación, de modo que hasta los dones milagrosos carecen de importancia si no contribuyen a la edificación de la comunidad (cf. 1 Cor. 14:4). El amor es el elemento clave de esta edificación (1 Cor. 8:1).
La regla por la que ha de medirse una iglesia, y la vida cristiana en general, es si edifica o no edifica (1 Cor. 10:23). Soren Kierkegaard decía que si una reunión cristiana no contribuye a edificar, es acristiana, por más que se realice en nombre de Cristo y con la Biblia en la mano. “La regla cristiana, en efecto, quiere que todo, todo, sirva para edificar. Una especulación que no lo consigue es, de golpe, acristiana”[10].
La edificación del cuerpo del Cristo compete a todos, pastores y fieles por igual. “Animaos unos a otros, y edificaos unos a otros, así como lo hacéis” (1 Tes. 5:11), escribe el apóstol Pablo. Una iglesia sana es una iglesia que busca la edificación de sus componentes, la realización personal de cada cual, la formación del hombre nuevo en Cristo Jesús. Cuenta para ello con la Palabra y con el Espíritu.
Un ministerio sano es un ministerio que edifica. Uno de los requisitos que el apóstol Pablo exige de los pastores es que sepan administrar bien la Palabra de Dios (2 Tim. 2:15). El Señor Jesucristo habló del Reino de Dios y dijo que “todo escriba docto en el reino de los cielos es semejante a un padre de familia, que saca de su tesoro cosas nuevas y cosas viejas” (Mat. 15:32). Juan Calvino saca de estos textos la lección que los maestros y predicadores cristianos tienen deber de dividir o cortar la Palabra de Dios, como si un padre, al dar alimento a sus hijos, estuviese dividiendo o partiendo el pan en pequeños pedazos. “Algunos la mutilan, otros la rompen, otros la torturan, otros la parten en pedazos, otros, quedándose en la superficie, jamás penetran hasta la médula de la doctrina. A todas estas faltas, contrapone “el dividir bien”, es decir, la forma de explicar que se adapte para la edificación; porque ésa es la norma por la cual debemos regular toda interpretación de la Escritura” (Calvino, Comentario a las Epístolas Pastorales. La cursivas son nuestras). E insiste al comentar 2 Tim. 3:15, que toda Escritura inspirada por Dios es “util”. “La Escritura contiene la regla perfecta para vivir una vida buena y dichosa. Cuando Pablo dice esto, enseña que esta es corrompida por el abuso pecaminoso, cuando no se persigue esta utilidad. Y así él indirectamente critica a esos hombres sin principios que alimentan a la gente con vanas especulaciones, como con aire. Por esta razón, podemos, en la actualidad, condenar a todos aquellos que, pasando por alto la edificación, causan disputas que, aunque son ingeniosas, son también inútiles. Siempre que las ingeniosas bagatelas de esa naturaleza se presentan, deben ser detenidas con este escudo: “La Escritura es provechosa”. De aquí se sigue que es ilícito tratarla en una forma no provechosa; porque el Señor, cuando nos dio las Escrituras, no trató de satisfacer nuestra curiosidad, ni de animarnos a la ostentación, o de darnos ocasión para charlar y parlotear, sino de hacernos bien; y por consiguiente, el uso correcto de la Escritura debe siempre dirigirse hacia lo que es provechoso” (Calvino, las cursivas son nuestras).
Cuando el pueblo de Dios es edificado, la comunidad se enriquece, se promueve el bienestar general, el Espíritu actúa y la Palabra se hace realidad. Este bienestar general incluye la denuncia de los falsos apóstoles y profetas que dividen el cuerpo de Cristo.
En pocos años se producirá una “campo quemado” para la misión y el evangelismo, provocado por los abusos mencionados, que conocemos y que nos preocupa, en el cual tendremos muchas dificultades para que renazca la fe y la confianza en el mensaje del Evangelio.
Es urgente tomar medidas ahora que es tiempo, predicando la palabra; insistiendo a tiempo y fuera de tiempo; redarguyendo y reprendiendo a los que trafican y comercian con la Palabra de Dios, aplicando a la tarea mucha fe, mucha paciencia y mucha instrucción (2 Tim. 4:2). Creando espacios de libertad y crítica desde la fe. Formando personas maduras en su relación con Dios, evitando así situaciones de dependencia, o clientelismo, respecto a falsos pastores, maestros o apóstoles.
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[1] Véase Pedro Álamo Carrasco, La Iglesia como comunidad terapéutica. CLIE, Barcelona 2005.
[2] Véase Jaime Mirón, ¿Está su iglesia convirtiéndose en una secta? Tyndale House Publishers, Illinois 2012.
[3] Daniel G. Bagby, El poder de la Iglesia para ayudar o dañar, p. 6. Casa Bautista de Publicaciones, El Paso 1992.
[4] Véase Alberto Daniel Gandini, La Iglesia como comunidad sanadora. Casa Bautista de Publicaciones, El Paso 1989.
[5] Marc A. DuPont, Toxic Churches, p. 17. Chosen Books, Grand Rapids 2004.
[6] Ronald M. Enroth, Churches That Abuse (Zondervan, Grand Rapids 1993);
[7] Véase David Johnson y Jeff van Vonderen, El sutil poder al abuso espiritual. Cómo reconocer y escapar de la manipulación espiritual y de la falsa autoridad dentro de la Iglesia (Vida, Miami 2010); Mary Alice Chrnalogar, Escrituras Torcidas. Liberándose de las iglesias que abusan (Vida, Miami 2006).
[8] Bayardo Levy, ¿Ministros o trasquiladores?, pp. 7-8. Palibrio, Bloomington 2011.
[9] Véase “Edificar, edificio”, en A. Ropero, ed., Gran Diccionario Enciclopédico de la Biblia. CLIE, Barcelona 2014.
[10] Soren Kierkegaard, “Prólogo” a La enfermedad mortal. Trotta, Madrid 2008.

Fuente: Lupaprotestante, 2016.