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jueves, 2 de octubre de 2014

EL DIABLO, DIOS Y LA POLÍTICA



Por. Dr. Alberto F. Roldán, Argentina*
“La soberbia de creernos santos es la puerta por la que se cuela el diablo.”
José Míguez Bonino
El objetivo del presente artículo es reflexionar sobre lo que es el progresivo interés de los evangélicos por la política. Al afirmar que ese interés fue progresivo, estamos dando por sentado que no siempre fue así y que, por algunas razones que es menester señalar, los evangélicos fueron poniendo en evidencia un creciente interés por esa temática en diversas etapas que aquí sintetizamos en tres.
En primer lugar y, sobre todo en iglesias evangélicas de origen estadounidense o inglés, era común escuchar frases lapidarias como “la política es del diablo”. Si la política pertenece al enemigo, entonces, como hijos de Dios no tenemos nada que ver con ello. Es posible que ese tipo de rechazo a la política obedezca a erróneas lecturas de la Biblia, como es el caso del texto donde Jesús dice: “mi reino no es de este mundo” (Juan 18.36) que leído en forma superficial, pareciera indicar que si el reino de Dios no es de este mundo, por lo tanto, no tiene nada que ver con la política de este mundo. A ese rechazo de la política la he denominado en una tesis de investigación como “teología antimundo” que se especializa por reducir el concepto “mundo” al ámbito de lo diabólico ya que la Biblia dice: “el mundo entero está bajo el maligno” (1era de Juan 5.19). Lo que se ignora es que el Evangelio también dice que “De tal manera amó Dios al mundo” (Juan. 3.16) y que el mundo es, también, un ámbito de la acción reconciliadora de Dios.
Hubo, más recientemente, un cambio profundo (iba a decir “radical”) en la perspectiva de los evangélicos hacia la política. Tomando América Latina como escenario global, podríamos decir que “de la política del diablo” se pasó, sin escalas, a “la política de Dios”, entendida no en sentido bíblico cuyo paradigma es “el Reino” sino en el sentido concreto de la política humana como ámbito de interés de los cristianos. Creo que esa tendencia se puede marcar a partir de los años 1980 que es cuando en América Latina se produce un crecimiento exponencial de los evangélicos, que suscitó estudios sociológicos como la investigación de David Stoll: Is Latin American turning Protestant? (1)  Entusiasmados por el crecimiento numérico de las iglesias, no faltaron líderes prominentes que, desde los púlpitos, instaban a “tomar el poder”, “ser cabeza y no cola”, “estamos llamados a reinar”, “solo cuando los evangélicos tomen el poder político nuestra nación cambiará” y frases por el estilo.
Aquel sueño de tener presidentes evangélicos se hizo efectivo, por lo menos, en un caso: Guatemala. El país centroamericano es uno de los ejemplos más emblemáticos  del crecimiento exponencial de evangélicos (las cifras oscilan entre 30 y 40% de la población) y tuvo, efectivamente, dos presidentes surgidos de las filas de iglesias pentecostales y carismáticas: el Gral. Ríos Mont y el del Ingeniero Serrano Elías. El primero, que accedió a la primera magistratura del país mediante golpe de Estado (avalado incluso por famosos líderes evangélicos latino[1]americanos) y el segundo que, si bien llegó a la presidencia por voto popular, tuvo que abandonar el mandato a raíz de graves problemas de corrupción en su gestión.
La tercera etapa es la de los procesos de democratización de nuestros países latinoamericanos, particularmente en el cono sur, que quizás motorizaron el interés de los evangélicos por la política. Después de años de represión militar y gobiernos de facto, entramos en una etapa de vida democrática que, más allá de sus aciertos y errores, es el mejor modelo para la vida ciudadana en el Estado de derecho. En esta instancia, es posible que, acaso de modo implícito, los evangélicos comenzaran a darse cuenta que la asistencia social y la acción social, dependen de la política. Y que, como decía el teólogo y político protestante Reinhold Niebuhr: “… debe trazarse una aguda distinción entre la conducta social y moral de los individuos y las de los grupos sociales, nacionales, raciales y económicos; y que esta distinción justifica y hace necesarias normas políticas que una ética puramente individualista debe siempre encontrar embarazosas.” (2)
Se trata de una afirmación que muestra en forma clara, que es necesario distinguir la conducta individual de la conducta grupal y que una ética puramente individualista no puede solucionar los problemas sociales, nacionales, raciales y económicos, los que deben encararse mediante normas políticas. El caso de Guatemala es altamente ilustrativo al respecto: el crecimiento numérico de los evangélicos dista de reflejarse en un cambio social profundo y positivo. Ello desmiente el famoso esquema de los evangélicos: “el cambio social ocurrirá en la medida que haya más convertidos.” Se trata de un punto de vista que, en 1974 era cuestionado por C. René Padilla, por ser ingenuo y deshonesto, ya que hay problemas estructurales en el seno de las propias iglesias y, en suma: “La vida social, en cualquier nivel, necesita ser organizada, estructurada, y esto exige la adopción de una política.” (3)
En conclusión: transitando ya varias décadas de política democrática, es de esperar que los evangélicos hayan superado las dos primeras etapas: la de considerar que “la política es del diablo” y la de “tomar el poder para gobernar las naciones” a esta etapa: la de una madura presencia de los evangélicos en la vida política para lo cual es esencial tener claro algunas cosas básicas: la arena política requiere preparación como cualquier otra vocación y profesión; no hay que esperanzarse demasiado  de que si los evangélicos gobiernan no habrá corrupción porque, como bien señala José Míguez Bonino, se trata de una ilusión de que “como somos creyentes: somos incorruptibles […] La soberbia de creernos santos es la puerta por la que se cuela el diablo.” (4)  En tercer lugar, la separación entre Iglesia y Estado que comenzó a gestarse con la Reforma Protestante y se articuló filosóficamente en el siglo XVII, nos enseña que la Iglesia debe respetar al Estado que fija leyes y las aplica por igual para todos los ciudadanos. Por su parte la Iglesia, si bien tiene una función política no debe embarcarse en una política partidaria, ya que ella corresponde a cada cristiano en forma individual, más allá de que la Iglesia deba pronunciarse cuando se vulneran los derechos humanos o la vida es amenazada.
En síntesis: la política entendida como el gobierno de la ciudad no es ni del diablo ni de Dios –más allá de que sea una expresión de su gracia general- sino que pertenece a los seres humanos que buscan el bien común mediante normas políticas que coadyuven al bienestar de los ciudadanos, creyentes o no creyentes.
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(1) David Stoll, Is Latin American turning Protestant? The Politics of Evangelical Growth, University of California Press. Hay version en castellano.
(2) Reinhold Niebuhr, El hombre moral en la sociedad inmoral, trad. Zohar Ramón del Campo, Buenos Aires: Siglo XX, 1966, p. 9. El autor gestó su obra a partir de las injusticias sociales y la explotación que sufrían los obreros de las fábricas automotrices en Detroit, donde era pastor. La editorial Siglo XX era un sello secular y  el hecho de que publicara un libro de un teólogo protestante, pone en evidencia la importancia y trascendencia de su pensamiento.
(3) C. René Padilla, “Iglesia y sociedad en América Latina” en C. René Padilla, compilador, Fe cristiana y Latinoamérica hoy, Buenos Aires: Certeza, 1974, p. 139.
(4) José Míguez Bonino, Poder del Evangelio y poder político, Buenos Aires: Kairós, 1999, p. 14. Cursivas originales.

*Dr. Alberto F. Roldán
Doctor en Teología (Instituto Universitario Isedet)
Máster en Ciencias Sociales y Humanidades (Universidad Nacional de Quilmes)
Maestría en Educación (Universidad del Salvador en Buenos Aires)
Escritor y conferencista internacional
Pastor de la Iglesia Presbiteriana San Andrés

lunes, 16 de septiembre de 2013

SANGRE DENOMINACIONAL ¿Existe la sangre bautista, sangre hermano libre o sangre pentecostal?

Por Alberto Roldán, Argentina*
Si la “ontología denominacional” fuese tan decisiva, ¿qué habría que tomar en cuenta? ¿su origen histórico o su traspaso posterior?  ¿Hasta qué punto cambiaron después? ¿En qué grado cambiaron sustancial y ontológicamente? Aun podríamos problematizar más el tema, preguntando: ¿Será que el signo denominacional, el “ontos eclesial” es tan fuerte que, como en el caso de la teología católica –en su comprensión de los sacramentos– imprime carácter que no se borra nunca? ¿Cómo sabemos que no cambia Todos sabemos que el cristianismo se divide, fundamentalmente, en tres grandes ramas históricas: el catolicismo romano, el protestantismo y la ortodoxia oriental. No es aquí el lugar para abundar en detalles históricos que expliquen cómo se fueron gestando esas ramificaciones. Pero una cosa es cierta: ninguna de ellas se dio por generación espontánea, sino que obedeció siempre a causas históricas, culturales y doctrinales. En lo que hace al ámbito del protestantismo, recordamos que como movimiento histórico surgió en el siglo XVI en el ámbito de Alemania, y el 31 de octubre de 1517 es la fecha liminar que marca el comienzo histórico de ese movimiento religioso, aunque siglos antes, hubo manifestaciones de lo que se dio en llamar “prerreforma” con personajes como Juan Wicliff en Inglaterra y Jan Hus en Bohemia (hoy, República Checa).
Luego, se fueron gestando las diferentes ramificaciones del propio protestantismo, que lejos estuvo de ser un movimiento monolítico uniforme. Hay, ciertamente, muchas diferencias entre luteranos, reformados (calvinistas), anglicanos y, sobre todo, anabaptistas. Y después del siglo XVIII –donde se destaca la figura de Juan Wesley, fundador del metodismo inglés– van surgiendo, casi sin solución de continuidad, las diversas “denominaciones evangélicas”. Es a ellas que queremos referirnos en esta reflexión. La hemos titulado con una pregunta: ¿Existe la “sangre bautista”, “sangre hermano libre” o “sangre pentecostal”? Una manera más filosófica para plantear lo mismo sería: “¿Existe una ontología denominacional?” La ontología, recordamos, es la parte de la filosofía que trata del ser y del ente. Es la búsqueda de las esencias de las cosas y responde a la pregunta tan sencilla como profunda: “¿Qué es esto?” Aplicado a la Iglesia, es relativamente fácil determinar su esencia. Porque a partir de los datos bíblicos, la Iglesia es el cuerpo de Cristo, la esposa de Cristo, la comunidad del Espíritu Santo. Pero lo que no resulta fácil es saber si existe una ontología de las denominaciones. Porque cuando se intenta determinarla, uno encuentra que tanto una denominación como otra pueden tener exactamente las mismas doctrinas y las mismas costumbres.
Tomemos el caso del bautismo. No son una, dos o tres las únicas denominaciones que bautizan por inmersión y en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Lo mismo acontece con la celebración de la Santa Cena, la que es considerada, para la mayoría de las iglesias evangélicas, como un memorial en el nombre de Cristo. Casi todas las iglesias evangélicas la celebran con pan y vino, a pesar de que pertenezcan a distintas denominaciones. Y decimos “casi” porque existen iglesias que no usan vino en la celebración sino jugo de uva, natural o artificial. Porque, argumentan, Jesús convirtió el agua en “jugo de uva”. Y en cuanto a la liturgia, con una cultura globalizada como la que vivimos hoy, cada vez las iglesias se parecen más: cantan las mismas canciones, hacen las mismas oraciones, dan los mismos informes ministeriales, y predican de un modo similar, con pastores que aplican hermenéuticas muy flexibles al texto bíblico sobre el cual, dicho sea de paso, poco hablan. Más bien el énfasis es en experiencias —algunas espectaculares— y mucha insistencia en el compromiso financiero de los oyentes.
¿A qué viene todo esto? Pues al hecho de que no faltan creyentes que, en su fuerte e inocultable tendencia de “superioridad denominacional”, insisten en que su iglesia, es decir, su denominación, es la más pura expresión del Evangelio. Hace unos años me sucedió un hecho insólito, digno de un relato ficcional por la naturaleza increíble del mismo. Un hermano de cierta denominación evangélica me preguntó: “¿Vos, de qué iglesia sos miembro?” Le respondí, “soy de la iglesia A”. Pero como él no conocía la iglesia A, me preguntó: “¿Cómo es la iglesia A?” Entendiendo que quería saber sobre las doctrinas y prácticas le dije: “Bueno, creemos en la autoridad de la Biblia, en la obra expiatoria de Jesucristo, en su resurrección, en la justificación por la fe, en la Trinidad…” Me interrumpió con tono de asombro: “¡Pero esa iglesia es lo más parecida a la iglesia B!” (Evito consignar el adjetivo para no ofender a ningún lector). Y entonces yo le pregunté: “¿Qué importancia tiene eso?” “¡Por supuesto que la tiene, ya que la iglesia B es la que fundó Jesucristo!” –respondió con énfasis. Casi no podía entender lo que oía. Le pedí que repitiera el concepto porque en una de esas yo había entendido mal. Eran las 4 de la madrugada de un viaje que hacíamos desde la provincia de Río Negro hacia Bahía Blanca. Cuando insistió en su tan extraña aseveración, le pregunté dónde está ese dato en la Biblia. “Bueno, bueno…no está así en la Biblia, pero yo te aseguro que la Iglesia B es la que fundó Jesucristo.”
Esto me hizo pensar mucho. Porque de hecho, siempre se ha dado —y cada vez con mayor frecuencia— el traspaso de una denominación a otra. Y uno se pregunta: ¿Será que al traspasar de una iglesia a otra cambia la ontología de ese hermano? ¿Será que existe “sangre bautista”, “sangre hermano libre”, “sangre metodista” o “sangre pentecostal”? Y si es así: ¿Es posible la transfusión de una sangre por otra? ¿Dónde se da la sangre denominacional en estado puro? ¿Existe consanguinidad e incompatibilidad sanguínea?
Yendo a la historia del Protestantismo, encontramos que hombres como Lutero, Calvino y Zuinglio, eran de la iglesia católica. Uno puede preguntarse: cuándo salieron de la Iglesia católica, ¿se produjo en ellos una mutación ontológica tan radical como para cambiar sustancialmente de todos los elementos teológicos y la formación que tenían? Pensando en el metodismo del siglo XVIII: ¿Cómo podría Juan Wesley ser considerado metodista siendo que durante mucho tiempo había sido anglicano? Cuando funda el movimiento metodista: ¿dejó de ser, ontológicamente, un anglicano como lo era?
Por otra parte, no siempre se dan “estados sanguíneos puros”. Por ejemplo, el destacado pionero bautista de la Argentina, Pablo Besson, cuando llegó al país en 1881, era pastor ordenado en la Iglesia Reformada en Suiza. En ese caso, ¿cuál sería la ontología denominacional que habría que tomar en cuenta? ¿La primera o la segunda? La respuesta dependerá, es claro, del interés de cada intérprete, más allá de los datos que cada uno abone para fundamentar su posición. Si buceáramos un poco en las historias personales de destacados líderes denominacionales, encontraríamos que no siempre su fe evangélica se originó en la denominación en la cual llegaron a ser líderes prominentes. Si la “ontología denominacional” fuese tan decisiva, ¿qué habría que tomar en cuenta? ¿su origen histórico o su traspaso posterior? ¿Hasta qué punto cambiaron después? ¿En qué grado cambiaron sustancial y ontológicamente? Aun podríamos problematizar más el tema, preguntando: ¿Será que el signo denominacional, el “ontos eclesial” es tan fuerte que, como en el caso de la teología católica –en su comprensión de los sacramentos– imprime carácter que no se borra nunca? ¿Cómo sabemos que no cambia? Tomemos un caso hipotético, que se ha dado en las últimas décadas en varios casos. Un líder nacido en cierta denominación que después de ciertas experiencias va mutando en sus doctrinas y en sus prácticas. Las mutaciones que ha sufrido son tan profundas que ya se parece en mucho a otro tipo de iglesias o denominaciones.
¿Podríamos decir que porque se originó como evangélico X sigue siendo tal? En fin, nos parece que lo expuesto nos debe hacer pensar seriamente en los peligros del orgullo denominacional, de quienes no consideran que la Iglesia de Cristo es una sola, y que ninguna de sus representaciones históricas es tan perfecta como para agotar su realidad o encarnar su esencia. Y que la unidad por la cual Jesús oró al Padre, siempre será unidad en diversidad. Más importante que plantear una ontología denominacional, es recordar, aceptar y alegrarnos, de que por encima de “sangre bautista”, “sangre hermano libre”, “sangre metodista”, “sangre pentecostal” —el lector puede ampliar esta lista— es que todos somos redimidos por una única sangre preciosa: la de Jesucristo. Y este debe ser nuestro orgullo, nuestro único orgullo.
 
*Dr. Alberto F. Roldán
Doctor en Teología (Instituto Universitario Isedet) Master en Ciencias Sociales y Humanidades (Universidad Nacional de Quilmes) Maestría en Educación (Universidad del Salvador en Buenos Aires) Escritor y conferencista internacional Pastor de la Iglesia Presbiteriana San Andrés
 
Fuente: PastoresxlaGente, 2013