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lunes, 1 de enero de 2018

Un virus recorre las iglesias evangélicas, aquí y allá

Por. Ignacio Simal, España
Si eres un disidente, normalmente te ignoran. 
Si no pueden ignorarte y no pueden responderte, 
te desacreditan.” 
Noam Chomsky
Triste, lamentable la falta de apertura al diálogo teológico que recorre instituciones e iglesias tanto en España como allende los mares. Todos nos parapetamos en la trinchera de la verdad que creemos poseer, y desde ella disparamos a todo lo que se mueve fuera de los ámbitos de nuestras certezas. Triste y lamentable.
Muchos nombres podría citar que han sufrido los ataques inmisericordes de los “profetas” y “profetisas” de una pretendida ortodoxia que no siempre ha sido en la historia del pueblo de Dios. En los últimos tiempos hemos visto como personas queridas y respetadas han sido vilipendiadas públicamente por supuestas herejías. Triste y lamentable.
Hoy recibo un carta de un buen amigo, Ángel Manzo, ya exrector del Seminario Bíblico Alianza (Ecuador), en la que explica que le acaban de comunicar su despido del puesto desde el que ha servido a la Iglesia, como él mismo expresa, “con fuerza, entrega, pasión y energía”, y un servidor añade, y lo ha hecho ¡con alegría! Esa alegría de la que ha hecho partícipe a todos los que le conocemos. Triste y lamentable.
Un virus recorre las iglesias evangélicas aquí y allá, en España y en América Latina, y parece que no encontramos un antídoto lo suficientemente eficaz para eliminar la belicosidad del fundamentalismo evangélico. Un virus de creación humana, no divina, a la que se añade un potenciador de malignidad a través de medios de comunicación que lo propagan entre hombres y mujeres de buena fe. Triste y lamentable.
Cuando fundé Lupa Protestante tenía la intención de dar voz a aquellas ideas y reflexiones a las que se niega su difusión en otros medios. Siempre desde una línea progresista que no condena al “infierno” a nadie, sea conservador o progresista. Eso sí, guardando un escrupuloso respeto a los Derechos Humanos en todo lo que se publica, hemos alentado, y lo seguimos haciendo, la diversidad de pensamiento, la tolerancia y el respeto. Decimos, remedando a John Wesley, aunque su frase la descontextualicemos, que “pensamos y dejamos pensar” ¡faltaría más!
Nuestra pasión, como la de todas aquellas personas defenestradas por pensar diferente y atreverse a expresarlo y vivirlo, es el Evangelio de la asombrosa gracia de Dios que a todos y a todas nos abraza. Mi deseo para el año que vamos a iniciar en pocos días es que descubramos una vacuna eficaz para el malvado virus que recorre las iglesias evangélicas aquí y allá.
Mi abrazo más que solidario a mi amigo y hermano Ángel Manzo, y para todas las personas que en los últimos tiempos han sufrido los zarpazos del virus de los partidarios y partidarias del pensamiento único y la intolerancia hacia los que piensan y hacen diferente.
Soli Deo Gloria


Fuente: Lupaprotestante

jueves, 11 de junio de 2015

¿Autoridad de la Biblia o el poder transformador de la Palabra?



Por. Víctor Hernández, España*
Notas sobre el uso de las Escrituras en los problemas éticos contemporáneos
La incertidumbre es quizá la manera más común de experimentar la “modernidad líquida” en la cual vivimos[1]: todo parece demasiado ligero, susceptible de anularse o esfumarse. Esa incertidumbre parece la contraparte a una libertad que se asocia con el individualismo moderno. Si suponemos que hay libertad para elegir, la incertidumbre resulta también de no saber qué es lo correcto o lo bueno.
Vivimos en una sociedad diversa, compleja y que tiene como una de sus condiciones el relativismo[2]: frente a esa condición plural y relativista de la sociedad, muchos pueden seguir los usos y prácticas de su entorno o las modas del momento, pero siempre queda la cuestión de cuáles son los criterios éticos que guían sus decisiones o que permiten legitimar sus acciones. Lo mismo sucede si, frente a la condición relativista se asume una posición crítica o contra cultural: tarde o temprano hay que explicitar los criterios que responden a la pregunta básica: ¿qué hacer? ¿Cómo actuar en las diversas encrucijadas de la vida que nos corresponde vivir?
En este pequeño texto abordo una perspectiva de la ética desde el punto de vista cristiano, frente a esta complejidad de problemas éticos contemporáneos. Y dentro de esta perspectiva me limitaré al ámbito evangélico o protestante[3] y a una práctica muy concreta que tiene lugar en la vida de las comunidades e individuos cristianos: me refiero al uso de la Biblia para hallar orientación o fundamentar lo que decidimos hacer, aquello que tiene un valor moral y ético[4].
El uso de la Biblia: ¿entre el fundamentalismo y el relativismo?
¿Cómo se utiliza la Biblia, por parte de creyentes de iglesias evangélicas, al tomar decisiones para actuar? ¿Influye de manera decisiva ese uso de las Escrituras en tales decisiones o se subordina a otros principios éticos de la cultura (o subcultura) de la que se forma parte? ¿Se reflexiona bíblicamente, por parte de los creyentes, para analizar cuestiones morales o simplemente se siguen los dictados de pastores y líderes de sus iglesias? Son preguntas que apuntan a la dimensión práctica que tiene el uso de la Biblia en las iglesias, puesto que se asume que cada creyente (y cada comunidad) lee la Biblia y ejercita la libre interpretación, sin tener que someterse a autoridades eclesiásticas.
El uso de la Biblia en la historia del protestantismo se cruza inevitablemente con el debate entre fundamentalismo y liberalismo teológico: frente a la teología liberal (siglos XIX y parte del XX)  tiene lugar una reacción que considera fundamental la lectura literal de la Biblia, la proclamación de su inerrancia y un uso imperativo de la misma. En no pocas ocasiones se usa la Biblia como un “arma” para atacar “apóstatas” o se hace de la Biblia casi un icono o sacramento de fe (lo que algunos han llamado “Bibliolatría”).
En realidad las cosas son más complejas y tienen diversos matices en la manera como el fundamentalismo se ha situado en el mundo evangélico (es necesario conocer sus orígenes en el mundo anglosajón de Gran Bretaña y los EEUU[5]; como también resulta valioso analizar los efectos de este fundamentalismo en la historia de las iglesias evangélicas en otras latitudes, como América Latina[6] o España) pero ciertamente los posicionamientos se acompañan de una animosidad que tiende a expulsar a quienes no asumen el mismo uso de la Biblia.
Si tenemos en cuenta la condición posmoderna en la que vivimos, frente a esa “impotencia moral” (Zygmunt Bauman) que prevalece para casi todos, es muy comprensible que se reaccione contra las posiciones éticas relativistas: ¿cómo actuar de manera responsable desde una ética cristiana? ¿Qué significa que la Biblia es nuestra “norma de fe y conducta”, como se dice en las profesiones de fe evangélicas, si hay tantas opiniones y argumentaciones a favor y en contra de cada tema cotidiano? ¿Cómo atenuar la incertidumbre y, sobre todo, cómo ofrecer respuestas sólidas a nuestros hijos?
¿Es verdad que el debate fundamentalismo – relativismo nos obliga a escoger entre unos y otros? ¿Sólo es posible seguir la Biblia en las decisiones éticas si aceptamos los principios fundamentalistas que exigen una práctica “autoritativa” de la Biblia y una interpretación literal de la misma[7]? ¿O acaso la Biblia es tan sólo un conjunto de principios de valor diverso y relativo con respecto a los problemas éticos contemporáneos?
Los relativistas son “cristianos de café”… y los fundamentalistas también
En su libro “La Biblia al pie de la letra” (The Year of Living Biblically)[8], A. J. Jacobs, escritor estadounidense, judío y agnóstico, da cuenta de su experiencia de vivir un año de su vida tratando de seguir todos los mandamientos de la Biblia “al pie de la letra” (literally).
La lectura de este libro es una experiencia curiosa: un agnóstico que se dedica a poner en práctica los mandamientos bíblicos en Nueva York, que intenta cumplirlos al menos una vez (como apedrear algún adúltero), en su vida íntima (no se sienta donde se ha sentado su esposa cuando ella tiene la menstruación), que conversa con muchos líderes religiosos para preguntarles sobre su manera de interpretar la Biblia[9] y ponerla en práctica, y que al final de cuentas dice cosas sorprendentes (si piensas que son dichas por un escritor agnóstico): «La letra de la Biblia es eterna, pero no así su interpretación» o «Se ha interpretado tanto a los evangelios que hemos empezado a atender sólo a las interpretaciones y no a lo que dijo Jesús»; y sobre la oración dice: «La oración es un buen medio para enseñarme el concepto del sacrificio de mi tiempo por un bien superior».
Aunque A. J. Jacobs también dice cosas como éstas: «Si de verdad sigues todas las reglas, acabarás por pasar todo el tiempo comportándote como un loco.» o, refiriéndose a ciertas posiciones fundamentalistas sobre el origen de las Escrituras: «La Biblia salió del horno de Dios como un pastel cocinado en su punto».
Hay una conclusión de A. J. Jacobs que me resulta muy interesante. El autor dice que los grupos más fundamentalistas suelen criticar a sus opositores diciendo que son “cristianos de café”: es decir, que solamente escogen ciertos textos de la Biblia para avalar sus posiciones de moda o que siguen ciertas interpretaciones para acomodarlas a sus puntos de vista. Pero, al final de su experiencia de tratar de cumplir todos los mandatos bíblicos de manera literal (y de haberse entrevistado con todo tipo de creyentes en la Biblia), Jacobs afirma que todos, sean fundamentalistas u opositores de los fundamentalistas, todos son “cristianos de café”, porque unos y otros eligen ciertos textos bíblicos por sobre otros o porque inevitablemente usan determinados criterios de interpretación de los textos y usan ciertos criterios de aplicación de los textos bíblicos en su vida. Nadie puede aplicar literalmente todos los mandamientos de la Biblia en su vida.
Esta conclusión, en realidad, no es novedosa, pues la manera de interpretar y de vivir la Biblia, así como la reflexión teológica que le sigue, siempre supone una “pre-comprensión” de las Escrituras y siempre hace uso de un “canon dentro del canon”. En el caso de los cristianos, la Biblia entera se lee a partir de Jesús el Cristo, la revelación plena de Dios. Para los cristianos la Biblia tiene sentido a partir de y en Jesucristo, quien es la Palabra que se ha hecho carne, habitando entre nosotros (Juan 1). En este acercamiento a la Biblia, el/la cristiano/a se plantea los problemas éticos desde la perspectiva de su experiencia de fe y en el propósito de cumplir la voluntad de Dios
Los factores no–teológicos en los debates de una ética cristiana
Sin embargo, frente a las cuestiones éticas contemporáneas, los creyentes evangélicos no simplemente pueden acercarse a la Biblia para saber cómo ésta puede guiarles en sus preguntas éticas, sino que también están en juego otros factores. Es lo que llamo “los factores no–teológicos”. Los factores no–teológicos consisten en aquello que subyace como entorno o condición en la vida de las comunidades evangélicas: la pertenencia a una determinada familia evangélica, la cultura religiosa de la que se forma parte, las formas de organización del poder, la manera como se toman decisiones, el cómo se legitiman las prácticas.[10]
Esto condiciona la manera de posicionarse ante una cuestión ética: ¿Qué aconsejar a una adolescente con un embarazo no deseado? ¿Es ético tener el dinero de la iglesia en un banco que invierte en la industria armamentista? ¿Las mujeres pueden ser pastoras con plenos derechos en la iglesia? ¿Se puede ser homosexual y cristiano evangélico? ¿Se deben negar la participación en los sacramentos a una persona divorciada? ¿Se deberían aceptar las ofrendas de personas que explotan a sus empleados con sueldos indignos o condiciones precarias? ¿Es ético que se prometan bendiciones divinas a cambio de ofrendas o diezmos?
El papel que juegan estos factores no–teológicos es importante porque una persona no siempre puede opinar o preguntar con entera libertad, porque hay posicionamientos morales o éticos ya asumidos en su iglesia como institución o en la cultura religiosa de la que forma parte. Esto suele ser más evidente en los temas de ética sexual (las prácticas sexuales, la identidad de género, etc.), por razones que afectan la historia de la moral sexual cristiana[11].
Los mismos pastores no tienen entera libertad de dialogar sobre temas éticos o al menos no pueden hacerlo de manera pública. Si un pastor hace preguntas o plantea abrirse a un diálogo en una cuestión ética determinada puede incluso poner en riesgo su lugar en la institución o puede ocurrir que un pastor se quede sin trabajo y que ninguna comunidad le acepte si ha sido pillado con “aires liberales”[12]. Y entonces ya no importa que haga una exégesis adecuada del texto bíblico o que pretenda una interpretación más flexible de algunos “mandamientos bíblicos”.
La Biblia: ¿conjunto de normas o Palabra que transforma?
El creyente (e incluso el no creyente) busca en la Biblia. ¿Qué busca? Un camino para sus inquietudes espirituales, un sentido para su vida y las miles de dificultades, pequeñas o grandes, que enfrenta cotidianamente. En el mundo evangélico o protestante está claro que nos acercamos a la Biblia desde la experiencia de fe, a partir del encuentro con Dios por medio de Jesucristo. Esa experiencia espiritual da lugar a una manera de vivir transformada por el Espíritu Santo. Lo que no está siempre claro es la manera como la Biblia ilumina las cuestiones éticas y el modo en que afecta las decisiones para actuar éticamente. A veces parece haber un divorcio entre la experiencia de fe en Jesús y la manera de responder a los desafíos éticos, guiados por la Palabra y el Espíritu Santo.
No pretendo resolver algo tan complejo, como es la relación entre el creer y el actuar cristianos. Pero me parece que básicamente hay tres maneras (dos, en realidad) de “usar” la Biblia frente a las cuestiones éticas.
  • Una manera consiste en reconocer que por medio del evangelio de las Escrituras tenemos la experiencia de encuentro con Jesús, y esas Escrituras alimentan nuestra vida espiritual y nos permiten crecer en la fe, pero en el momento de responder a las cuestiones éticas (¿Qué hacer? ¿Qué puede guiar mis decisiones ante X situación?), entonces buscamos en la Biblia las reglas o las normas que se pueden aplicar en el presente. Se suelen dejar de lado las reglas más extravagantes (no mezclar tejidos de ropa) o ilegales o algunas normas se aplican en unas familias evangélicas y en otras no, o hay reglas que se dejan de aplicar en las iglesias, pero frente a problemas vigentes se mantiene más o menos la misma operación: considerar que en la Biblia hay unas normas, unas reglas, que responden a las cuestiones éticas que nos aquejan. Este es el modo que llamaría imperativo, que consiste en asumir que en la Biblia hay unas leyes o normas que tienen vigencia por sí mismas (esto es importante: por sí mismas, quiere decir, sin necesidad de vincularlas con la experiencia con Dios por medio de Jesucristo) para la ética de los creyentes.
  • Hay una segunda forma, que en realidad no es sino la simple negación de la anterior, que podemos llamar relativista total, y que consiste en renunciar a tomar cualquier regla o mandamiento de la Biblia como algo que se relacione con la vida contemporánea. En ésta posición, la Biblia sólo nos permite conocer a Dios por medio de Jesucristo, pero no tenemos forma alguna de articular una ética bíblica, puesto que las normas de la Biblia eran para otros contextos, del pasado. Entonces, el creyente sólo tiene acceso a una experiencia espiritual individual, pero en términos éticos se queda sin ayuda alguna por parte de las Escrituras: ha de fiarse sólo de la razón y de algunas de las argumentaciones filosóficas o del humanismo que le rodea, para fundamentar lo ético[13].
  • La tercera forma, o la segunda en realidad, consiste en que la Biblia vuelva a nosotros como Palabra viva. Esto quiere decir no tomar la Biblia como conjunto de normas, sino asumir que en ella somos encontrados por una Palabra viva que transforma nuestra realidad y nos capacita para la acción ética. En ésta perspectiva, la Palabra tiene un poder transformador sobre la historia, sobre las condiciones de la historia y sobre las personas que tienen una experiencia de comunión con Dios por medio de Jesucristo.
Me gustaría ejemplificar esto, de manera muy breve, contraponiendo estas dos formas básicas de “usar” la Biblia en el camino ético: por un lado el uso imperativo de la Biblia que hace el fariseo y, por otro lado, la obediencia de la voluntad de Dios que hallamos en Jesús el Cristo.
La autoridad de la Biblia como el camino ético del fariseo
No quiero plantear la figura del fariseo del modo habitual, que tiene un sentido negativo: el fariseo como un legalista hipócrita. Por el contrario, el fariseo es un hombre piadoso de manera genuina y es, por tanto, una persona de fe. Sobre todo, es un hombre de las Escrituras, en las cuales halla la estructura de la vida buena, es decir los fundamentos de una vida ética. El fariseo hace lo mismo que hace todo ser humano frente a las decisiones que la vida exige: ejercita su juicio sobre lo que es bueno y lo malo, sobre lo correcto y lo incorrecto, aplicando las Escrituras. En el fariseo se expresa claramente un rasgo típicamente humano: el saber sobre el bien y el mal (Gen 3:5).
Bonhoeffer, en un texto llamado “El amor de Dios y la decadencia del mundo”[14], señala que el fariseo es “digno de admiración, sitúa su vida entera bajo su conocimiento del bien y el mal, que por tanto es duro juez tanto de sí mismo como de su prójimo para mayor gloria de Dios, a quien agradece humildemente ese sacrificio (Lc 18:11)”. El fariseo, dice Bonhoeffer, no es soberbio y es capaz de mostrarse indulgente, pues sabe hacer “distinciones entre el pecador y el que se esfuerza por el bien, entre aquel que se convierte en transgresor de la Ley a causa de una situación culpable y aquel que procede de una situación de necesidad” (p. 243).
Dos aspectos destacables del uso que hace el fariseo de las Escrituras: 1) las utiliza para exigir respuestas ante los conflictos de la vida y por eso los fariseos prueban a Jesús una y otra vez, con preguntas que apelan a los textos bíblicos (Bonhoeffer dice: “Léase tan sólo el capítulo 22 del evangelio de Mateo, con la cuestión del dinero del censo [Mt 22:15–22], de la resurrección de los muertos [Mt 22:23–33], del primer mandamiento de la Ley [Mt 22:34–40], además la historia del samaritano compasivo [Lc 10:25!] y la disputa sobre la santificación del sábado [Mt 12:1ss]…[15]). Y, 2) los fariseos usan las Escrituras para hallar una solución a los conflictos éticos, sin darse cuenta de que en realidad están repitiendo la tentación del diablo, que consiste en adjudicarle al ser humano la capacidad de saber sobre el bien y el mal, sin necesidad de confiar en Dios (Gen 3:1; cf. también las tentaciones del diablo a Jesús, citando las Escrituras, Mt 4:1–11).
El camino ético de Jesús es la obediencia de la voluntad de Dios
Por el contrario, Jesús actúa con una sorprendente sencillez, ejerciendo una insólita libertad. Jesús no busca entre las diversas posibilidades o alternativas éticas, no se pregunta por lo bueno y por malo, no se plantea qué es pecado y qué no lo es, sino que busca una sola cosa: hacer la voluntad de Dios. Jesús, nos dice Bonhoeffer, “llama alimento suyo el hacer esta voluntad (Jn 4:34). Esta voluntad de Dios es su vida. Vive y obra partiendo de la voluntad de Dios y no del conocimiento sobre el bien y el mal.”[16]
La diferencia más radical entre Jesús y los fariseos consiste en que éstos, reconocen la autoridad de la Biblia pero la utilizan imperativamente y no pueden sino partir de la inevitable tendencia a juzgar entre el bien y el mal. En cambio Jesús mira la Escritura como Palabra, no está situado en esa condición dividida y divisora (separación entre “bueno y malo”), sino en un vínculo de comunión con su Padre, el Dios que perdona sin medida alguna (¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí? Las cosas que yo os digo no las digo por mi propia cuenta. El Padre, que vive en mí, es el que hace su propia obra. Creedme que yo estoy en el Padre y el Padre en mí; si no, creed al menos por las propias obras. Jn 14: 10 y 11).
Por tanto los fariseos, por más que se esfuerzan, sólo alcanzan a ver que Jesús no cumple los mandatos de las Escrituras (permite que los discípulos coman en sábado espigas del campo, cura a una enferma en sábado sin que fuera algo urgente, etc) y concluyen que Jesús es “un nihilista, un hombre que sólo conoce y toma en cuenta su propia ley, un ególatra, un blasfemo de Dios”[17].
La Palabra como poder en la ética cristiana: “en Jesús el Cristo”
A partir de la experiencia de encuentro con Dios por medio de Jesús (su vida, muerte y resurrección), el creyente y la comunidad de creyentes, experimentan una nueva unidad (la vida reconciliada) que permite una vida espiritual que puede enfrentarse a las decisiones sin confiarse en su saber, renunciando a medir su vida y la de los demás a partir de su saber sobre lo bueno y lo malo: “no juzguéis para que no seáis juzgados” (Mt 7:1). Pero el creyente sólo puede hacer esto “en Jesús el Cristo”, puesto que sólo puede actuar sin juzgar dentro de la experiencia de una vida reconciliada, en el perdón experimentado por medio de Jesucristo.
El creyente, y la comunidad de creyentes, pueden enfrentarse a muchos dilemas éticos, experimentarán las exigencias de la vida con sus contradicciones y se verán sometidos a todo lo cambiante e inestable de una sociedad posmoderna o una modernidad líquida, como lo dice Bauman. Y ante tales desafíos no necesita hacer uso de la Biblia de manera imperativa, puesto que está llamado a tener otra relación con las Escrituras: una relación espiritual con la Palabra, que le hace poner siempre los ojos en Jesús el Cristo, de manera que ya no se fía de sus juicios sobre el bien y el mal.
En suma, el creyente –dice Bonhoeffer– “se halla dentro de un nuevo conocimiento, en el que ha superado el saber del bien y del mal. Se halla en el saber de Dios, y ya no equiparado a Dios, sino como aquel que lleva la imagen de Dios. Ya no conoce sino a ‘Jesucristo crucificado’ (1 Cor 2:2), y en él sabe todo. Como ignorante conoce solamente a Dios y en él ha llegado a conocerlo todo.  Quién conoce a Dios en su revelación en Jesucristo, quien conoce al Dios crucificado y resucitado, quien sabe todo eso sabe todo lo que hay en el cielo, en la tierra y bajo la tierra (Fil 2:10)”.[18]
Acompañados por la Palabra, el camino ético  sigue abierto
Las preguntas éticas fundamentales (¿qué hacer? ¿Cómo decidir frente a las encrucijadas éticas?) siguen siendo un desafío para todos. No hay respuestas fáciles y no existe un manual de instrucciones con soluciones prefabricadas. La Biblia no es un manual de ordenanzas o al menos no es así como se la entiende cuando nos hemos dejado encontrar, en esas Escrituras, por la Palabra encarnada que es Jesús el Cristo. En el seguimiento de Jesucristo esa misma Palabra nos promete que seremos iluminados por su Espíritu y que, sobre todo, podemos caminar sin temor, sin miedo a condenación alguna, sin miedo al juicio de fariseo alguno.
Todos, como experiencia espiritual, descubrimos a posteriori ese fariseo en nosotros, una vez que experimentamos el perdón y la aceptación incondicional por parte del Dios de Jesús. También es cierto que ese fariseo nos sigue tentando a volver al conocimiento del bien y del mal de manera legalista, es decir a la definición de leyes que establezcan claramente dónde está el pecado y donde no, quién quebranta la Ley de Dios y quién no.
La ética cristiana es un camino, lo que significa que los creyentes vivimos en una tensión constante porque cambian las situaciones y la historia no se detiene. Tampoco son iguales las respuestas éticas de los creyentes y las comunidades, según las épocas y según las culturas[19]. Pero eso no quiere decir que se trate de una ética situacional, sino que se trata de una ética teológica, es decir, una ética configurada por el poder de la Palabra: esto quiere decir caminar “en Cristo”, buscando en la Biblia y en el Espíritu, el discernimiento de la voluntad de Dios[20] para cada situación, para cada contexto.
Decir que el camino ético, para los creyentes evangélicos de hoy, sigue abierto quiere decir que en la Biblia escuchamos una Palabra que nos convoca a desear que se haga la voluntad de Dios en la tierra como en el cielo, a discernir esa voluntad y actuar de manera obediente. Esto lo hace el creyente siempre “en Cristo”, lo que significa “en la relación común de los que han sido incorporados en la nueva vida, es decir en la comunión de los creyentes”[21]; guiados por el Espíritu Santo, en un propósito más grande, que es el deseo de Dios de hacer una nueva creación, de establecer un mundo nuevo en el que reine la justicia, donde Dios sea todo en todos.
Este horizonte que la Biblia llama Reino de Dios es siempre el horizonte de toda ética cristiana. Frente a ese horizonte, tienen sentido las cuestiones éticas y las respuestas que intentamos por medio de acciones obedientes. O, como lo dice José Míguez Bonino: “para el cristiano, la esperanza del Reino, que sabe que Dios está preparando ya en nuestra historia, lo impulsa a vivir y tratar de crear la vida que Dios espera. Y a la vez las tareas diarias lo llevan a esperar con mayor intensidad aún la venida del Reino.”[22]
A modo de conclusión: ¿Usar los versos de la Biblia o ser iluminados por la Palabra para hacer la voluntad de Dios?
Ahora bien, en términos prácticos, nadie parte “de cero” y actúa en “el vacío” en las cuestiones éticas: los evangélicos comparten el contexto cultural y social de los demás y, en su vida diaria, actúan y justifican sus acciones echando mano de diversos repertorios discursivos y morales[23].
Es cierto que estos principios y argumentos discursivos provienen de sus comunidades de fe, otros de sus familias, o de su clase social o su grupo cultural de pertenencia. Pero esto no quiere decir que esté anulada la potencia del evangelio: el poder de la Palabra que interviene en la historia, como llegada del Reino de Dios en Jesús, sigue siendo capaz de salvación, es decir de transformación de la realidad, por medio de las acciones éticas de los cristianos.
Las cuestiones éticas son muy diversas y pueden incluir aspectos de marcada actualidad: como por ejemplo las políticas económicas y sus efectos sobre el mundo global[24], la participación política de los evangélicos en la sociedad[25], las cuestiones de ética en el trabajo, la responsabilidad ética por el cuidado del medio ambiente y otras cuestiones así, del llamado ámbito público de la sociedad.
Por otra parte, hay cuestiones éticas que afectan más aquello que se asocia con la esfera privada, como es la ética sexual: temas como la homosexualidad, la homofobia, las prácticas de formación de pareja como la unión libre o el pluriamor. Aunque se ha de reconocer, por otra parte, que estos temas tienen una dimensión no privada en el sentido de que afectan la visión sobre los modelos de familia y las formas de educación de la afectividad en las generaciones venideras.
Apunto todo esto sin pretender responder a ninguna cuestión ética en particular, de momento, sino únicamente para señalar que en todo ello, los cristianos tenemos la Biblia como fundamento de nuestra acción ética. En sentido estricto, no me parece que esto suponga una ventaja particular por sobre los demás: no es que los creyentes tengamos un saber ético que esté por encima de nadie, puesto que estamos situados igual que todos en la “incertidumbre” posmoderna. Pero, al igual que todos (creyentes de otras confesiones o no creyentes), los cristianos  también tomamos decisiones éticas cada día y reflexionamos sobre el uso de nuestra libertad. En nuestro caso, lo hacemos, o intentamos hacerlo, desde la experiencia de fe y desde el llamado común a ser testigos de Jesucristo en el mundo.
Lo intentamos y lo hacemos, los creyentes evangélicos, desde la Biblia. Pero me parece que una cosa es hacerlo desde una autoridad de la Biblia que se usa como conjunto de mandatos, como normas que operan por sí mismas, como unas reglas que se tienen que aplicar de modo más o menos directo sobre los dilemas que enfrentamos.
Es diferente, por otro lado, hacerlo desde una perspectiva que busca ser iluminada por la Palabra revelada (Jesucristo) para discernir y obedecer la voluntad de Dios en el tiempo presente. En esta perspectiva ética la Biblia no es un manual de reglas ni ofrece simplemente unas instrucciones para el “diseño humano” que Dios ha aplicado en nosotros. En esta perspectiva acudimos a la Biblia como aquel escriba o como aquel padre de familia que saca de su tesoro cosas nuevas y cosas viejas (Mt 13:52).
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[1] Cf . Zygmunt Bauman, Modernidad líquida, Buenos Aires: FCE, 2003; Amor líquido. Acerca de la fragilidad de los vínculos humanos, Buenos Aires: FCE, 2005.
[2] Cf. Zygmunt Bauman, Ética posmoderna, Madrid: Siglo XXI, 2009. Allí Bauman explica que a pesar de que sabemos mucho más en la actualidad sobre los problemas éticos (tenemos una gran “sabiduría posmoderna”) estamos cada vez más limitados, o impedidos, para darle una aplicación práctica de ese saber en nuestras acciones morales (Bauman lo llama “impotencia posmoderna”).
[3] La bibliografía es inmensa. Remito a dos libros de autores protestantes: José Míguez Bonino, Ama y haz lo que quieras. Una ética para el hombre nuevo, Buenos Aires: La Aurora, 1971; Dietrich Bonhoeffer, Ética, Madrid: Trotta, 2000.
[4] Entiendo por “moral” ese conjunto de normas, prácticas, actitudes y representaciones que se hacen dentro de una cultura sobre lo que es bueno o correcto. Lo moral tiene un carácter histórico y un condicionamiento cultural, pero también se ha debatido sobre el alcance universal de determinados valores (no matar, no robar, no mentir, etc.).
La ética es la reflexión de las acciones humanas con relación a tales principios, sus condiciones de posibilidad y la problemática y complejidad que suponen. Otros dirían, más bellamente, que la ética es el arte de vivir, hacia lo que es bueno o conveniente (Fernando Savater) o, con más precisión, que la ética es “tender a la vida buena, con y para el otro, en instituciones justas” (Paul Ricoeur). Para Michel Foucault, la ética es el ejercicio reflexivo de la libertad.
[5] Cf. George E. Marsden, Fundamentalism and American Culture: the Shaping of Twentieth–Century Evangelicalism: 1870 – 1925, 2nd ed, Nueva York, Oxford: Oxford University Press, 2006.
[6] Cf. José Míguez Bonino, Rostros del protestantismo latinoamericano, Buenos Aires, Grand Rápids: Nueva Creación y William E. Eerdmans Publishing Co, 1995. Especialmente el capítulo 2: “El rostro evangélico del protestantismo latinoamericano”.
[7] La interpretación literal de la Biblia tiene un sentido positivista: los versos de la Biblia se consideran datos que se comprueban por la observación y el sentido común. Es sabido que este modo de usar los versos bíblicos tiene su origen, en el fundamentalismo anglosajón, en la escuela filosófica escocesa del llamado “realismo del sentido común”, cf. George E. Marsden, op. cit., pp. 14–16, 110–116.
[8] Cf. A. J. Jacobs, La Biblia al pie de la letra, Barcelona: Ediciones B, 2008.
[9] El autor consultó y se entrevistó con pastores y líderes del más amplio espectro del protestantismo norteamericano (luteranos, pentecostales, etc.), y también con rabinos, sacerdotes, testigos de Jehová, etc.
[10] Respecto a las prácticas que tienen lugar en las iglesias, como formas de ejercitar un poder sobre otros, son valiosos los análisis de Michel Foucault sobre la “pastoral cristiana” en el cristianismo, cf. La hermenéutica del sujeto. Curso en el Collège de France (1981–1982), Madrid: Akal, 2005. Sobre el nacimiento del “poder pastoral” y sobre la “dirección de la consciencia”, con una finalidad benéfica, tanto en el Oriente mediterráneo, como en muchos textos bíblicos que comenta Foucault, cf. su seminario Seguridad, territorio, población. Curso en el Collège de France (1977–1978), Madrid: Akal, 2008, pp. 129–136.
[11] Sobre la historia de la moral sexual cristiana, desde una perspectiva crítica, cf. Uta Ranke– Heinemann, Eunucos por el Reino de los cielos, Madrid: Trotta, 1994.
[12] También puede ocurrir lo contrario: conozco el caso de un pastor que no fue contratado para trabajar en una comunidad evangélica porque él mismo no está de acuerdo en que la mujer “tenga autoridad en la iglesia o en su casa”; se ve que en dicha comunidad no usan la Biblia para hacer que las mujeres se sometan a la autoridad masculina.
[13] Hay que aclarar, por cierto, que no es poca cosa el trabajo ético desde fuera del cristianismo, pues resultan muy importantes los diversos esfuerzos por fundamentar una ética desde distintas tradiciones filosóficas contemporáneas, por ejemplo en España son valiosos los trabajos de la profra. Adela Cortina, cf. su libro Para qué sirve la ética, Barcelona: Paidós, 2013. Es un contexto más global, considero valioso el trabajo de Enrique Dussel, Ética de la liberación. En la edad de la globalización y la exclusión, Madrid: Trotta, 1998. Y sobre el humanismo, que a veces se denosta con facilidad, quiero mencionar una anécdota del filósofo Franz Hinkleammert, que relata cómo su padre, que era un conservador humanista, le educó cuando era niño para que no repitiera las canciones antisemitas que escuchaba en la calle, en la Alemania nazi, cf. Estela Fernández Nadal y Gustavo David Silnik, Teología profana y pensamiento crítico. Conversaciones con Franz Hinkelammert, Buenos Aires: CICUS, CLACSO, 2012, pp. 99–100.
[14] Cf. Dietrich Bonhoeffer, Etica, op. cit, pp 235–264. El texto “El amor de Dios y la decadencia del mundo” fue escrito a finales de 1942, cuando estaba próximo a ser detenido por la policía nazi.
[15] Ibid, p. 244.
[16] Ibid, p. 245.
[17] Ibid, p. 245.
[18] Ibid, p. 248.
[19] En otras épocas, muchos cristianos evangélicos apoyaron la esclavitud, hallando sustento en la Biblia para ello, pero hoy día es dudoso que alguien use la Biblia para apoyar la esclavitud de personas. Si uno conversa en España con creyentes mayores de edad, te explican cómo crecieron con prohibiciones morales que, supuestamente, se fundaban en la Biblia y se exigían como parte de la moral de sus comunidades (no ir al teatro o el cine, que las mujeres no se pongan pantalones, etc.) y que hoy día ya no se practican. Asimismo, en la cultura mediterránea se incluye el vino como bebida, sin considerarlo pecado, pero esto suele prohibirse (aduciendo que es pecado y que la Biblia lo prohíbe) en iglesias evangélicas de América Latina o del África (aunque no en todas la familias denominacionales).
[20] Para un cuidadoso estudio, en el Nuevo Testamento, del discernimiento cristiano cf. José María Castillo, El discernimiento cristiano. Por una consciencia crítica, Salamanca: Sígueme, 1984.
[21] Cf. José Míguez Bonino, Ama y haz…, op. cit, p. 72.
[22] Ibid, p. 93.
[23] Sobre las diversas maneras que las personas utilizan para explicar y justificar sus acciones morales es recomendable leer Luc Boltanski y Laurent Thevenot , De la justification. Les économies de la grandeur, Paris: Gallimard, 1991.
[24] Así por ejemplo, la la Alianza Mundial de Iglesias Reformadas durante el Concilio General num. 24 celebrado en Accra, República de Ghana, en 2004, formuló una confesión (conocida como la “confesión de Accra) en la cual se hace una declaración de fe (faith stance) conjunta (confessing together), en la cual se condenan los valores del capitalismo económico: se rechaza el egoísmo competitivo del mercado global neoliberal (cf http://goo.gl/7ckAqr). De las iglesias evangélicas de España, esta confesión fue apoyada por la Iglesia Evangélica Española.
[25] Entre las familias evangélicas de España no suele producirse mucha reflexión teológica sobre la ética política, lo cual no significa que no haya acciones colectivas que tienen una posible significación política. Cf. por ejemplo el premio “Unamuno, amigo de los protestantes”, otorgado al ministro de justicia, Alberto Ruíz Gallardón, en febrero de 2014 (http://goo.gl/b8NZCB). Cf. también el discurso de la candidata del PP, Esperanza Aguirre, que recientemente  dirigió a los evangélicos de la comunidad de Madrid en un encuentro de realizado en la Primera Iglesia Bautista de Madrid (http://goo.gl/oqf5rQ).

*Víctor Hernández. Doctor en psicología y licenciado en teología. Pastor de la Iglesia Evangélica Española. Actualmente se dedica a la psicoterapia y psicología clínica, es también pastor de la Església Evangélica Betlem en Barcelona.

Fuente: Lupaprotestante, 2015.

miércoles, 3 de junio de 2015

Fundamentalismo y homofobia

Por. LUIS RIVERA-PAGÁN, Puerto Rico.
Oigo unas voces confusas
y enigmáticas
que tengo que descifrar…
Dicen que soy un hereje y un blasfemo;
y otros aseguran que he visto la cara de Dios.
León Felipe

En este breve ensayo nos ocuparemos de la manera en que el fundamentalismo cristiano, apoyándose en una lectura monolítica y rígida de las escrituras sagradas canónicas, se convierte en apologista principal del discrimen contra la comunidad LGBTTQ.
Fundamentalismo e intolerancia
El fundamentalismo cristiano nació dentro de la tradición evangélica estadounidense como un rechazo a múltiples cambios culturales que sectores religiosos conservadores catalogaban de secularismo y alejamiento de las normas sociales ordenadas por Dios. Sus puntos de disputa y polémica han sido diversos: las investigaciones históricas críticas de las escrituras sagradas que ponen en duda su inspiración divina, inerrancia e infalibilidad; las interpretaciones metafóricas de ciertos dogmas teológicos (nacimiento virginal de Jesús, su resurrección, su retorno triunfal al cabo de los tiempos); el darwinismo y la teoría de la evolución, que parece afectar la visión de la creación narrada en el Génesis bíblico; la diversificación de las estructuras familiares y de relaciones entre parejas; la apelación al consenso social para regular los códigos jurídicos y las normas éticas comunitarias (Barr, 1978; Marsden, 2006).
Diversos autores protestantes conservadores publicaron entre 1910 y 1915 una serie de tratados bajo el título general de Los fundamentos (The Fundamentals) (Torrey et al., 1994). Esos tratados tuvieron, gracias al apoyo financiero de algunos acaudalados magnates, amplia difusión y generaron polémicas intensas y amargas en el seno de las agrupaciones religiosas y eclesiásticas. De su título – Los fundamentos – nació la designación del movimiento: fundamentalismo. Los fundamentalistas se perciben como guerreros de la fe; cruzados del cristianismo evangélico ortodoxo.
Se trataba de defender los pilares tradicionales de la fe cristiana del temido efecto revisionista de los análisis críticos bíblicos y la teología liberal y modernista. Pero, esos debates teológicos, al interior de las iglesias, se acompañaron pronto de otra preocupación: el preservar y proteger la cultura y civilización cristiana occidental de los supuestos efectos nocivos germinados por la creciente secularización de la sociedad. De ahí, por ejemplo, las fuertes batallas contra las teorías de la evolución de la especie humana, el feminismo y sus reclamos de igualdad para la mujer, incluyendo los derechos reproductivos femeninos y su posible ordenación al ministerio o sacerdocio, y, más recientemente, los reclamos de reconocimiento jurídico y dignidad social de la comunidad LGBTTQ.
Mark Juergensmeyer (2000) detecta, en muchos grupos que reclaman legitimidad religiosa para su intolerancia moral, una pretensión de reactivar el patriarcado heterosexista. En el contexto social liberal de la modernidad tardía, esa postura conduce a una amarga hostilidad contra las señales de lo que esos grupos tildan como “degeneración moral”. La homosexualidad es uno de los blancos de crítica y ataque de integristas y fundamentalistas de distintas tradiciones religiosas: cristianas, judías, islámicas, hindúes. Su retórica ética y su praxis social se impregnan de homofobia. El homoerotismo deja de ser, en esa perspectiva teológica, una conducta protegida por el derecho a la intimidad individual, y se convierte en acción diabólica, en símbolo privilegiado del imperio de Satanás.
Fundamentalismo y homofobia en Puerto Rico
En los últimos años, las iglesias puertorriqueñas han descubierto que representan un sector considerable de la sociedad y que pueden intentar determinar matices y dimensiones significativas de la vida colectiva. Es un error estimar como perversa esa intención. Su objetivo sincero es mitigar la crisis de valores que ellos perciben en la ética comunitaria. Es indudable, sin embargo, que muchas de sus intervenciones en el ámbito público se restringen a asuntos de moralidad sexual: la educación sexual, los derechos reproductivos femeninos, la disponibilidad de medios anticonceptivos, la interrupción voluntaria de los embarazos, los prontuarios atrevidos de algunos cursos universitarios y el homoerotismo. Sin duda, muchas participaciones en el ámbito público de varios líderes religiosos tienen que ver primordialmente con lo que el escritor Luis Rafael Sánchez ha tildado “las grescas que acontecen al sur del ombligo” (Sánchez, 1999, p. 111).
Algunos líderes religiosos parecen nuevos Torquemadas buscando herejes y heterodoxos a quienes quemar en la cruel hoguera de la opinión pública. Se proclaman sagrados fisgones y auditores de la intimidad personal. Siguiendo a pie juntillas el ejemplo de los fundamentalistas estadounidenses, de quienes reciben aliento, inspiración e ideas, buena parte de estos líderes han hecho de la guerra contra los homosexuales, gais y lesbianas pilar central de sus diatribas y censuras (McNeill, 1993; Seow, 1996; Wink, 1999).
Líderes eclesiásticos prominentes hacen de la polémica contra la homosexualidad un signo distintivo de su ministerio en la palestra pública. Esgrimen los horrores legendarios de Sodoma y Gomorra para estigmatizar toda propuesta de liberar las normas legales de prejuicios atávicos. No tienen problema alguno en convertir la Biblia en una antología de “textos del terror”. Se trata de una peculiar idolatría de la letra sagrada. Cuando se menciona a Sodoma, por lo general se pasa por alto el texto profético de Ezequiel 16: 49, donde el pecado de esta legendaria ciudad se formula de una manera distinta a la que acostumbramos oír – “Este fue el crimen de tu hermana Sodoma: orgullo, voracidad, indolencia de la dulce vida tuvieron ella y sus hijas; no socorrieron al pobre y al indigente”.
La homofobia ha sido la obsesión que ha caracterizado las intervenciones públicas de los fundamentalistas boricuas durante los inicios de este nuevo siglo. En Puerto Rico, la conducta homosexual se consideraba delito grave, según el código penal vigente por décadas. En el 2003, en un proceso de revisión de las leyes penales del país para ponerlas al día en consonancia con las normas jurídicas modernas, destacados juristas desarmaron críticamente los fundamentos en derecho del artículo 103 del código penal puertorriqueño, el bastión de la discriminación legal de los homosexuales (Álvarez González, 2001). Ese artículo afirmaba lo siguiente: “Toda persona que sostuviere relaciones sexuales con una persona de su mismo sexo o cometiere el crimen contra natura con un ser humano será sancionada con pena de reclusión por un término fijo de diez (10) años.”
Aunque esa disposición legal nunca se aplicaba, ya que nadie era arrestado ni acusado por violarla, los apologistas de la criminalización de las relaciones homosexuales defendían su vigencia alegando sus supuestas virtudes religiosas y morales. Eliminarlo, alegaban, equivalía a legitimar las relaciones entre parejas del mismo sexo y a degradar el matrimonio tradicional. Un nutrido grupo de líderes religiosos asumieron vigorosamente el liderato, en la discusión pública, de la oposición contra la posible descriminalización de las relaciones homosexuales. El pueblo puertorriqueño presenció durante meses la intensa polémica pública entre juristas, sociólogos, sicólogos u otros peritos, por un lado, que propugnaban eliminar del código penal la criminalización de la homosexualidad, registrada en ese artículo 103, y líderes de distintas confesiones y agrupaciones religiosas, citando versículos bíblicos que a su entender expresan el repudio divino absoluto de la homosexualidad.
Los argumentos centrales de esos religiosos fueron, reducidos a lo esencial, dos: los mandamientos bíblicos, alegados reflejos de la voluntad divina, y la naturaleza de la sexualidad humana, tal como Dios la ha supuestamente diseñado. De acuerdo al primero, los mandamientos bíblicos, la cosa parece sencilla: la Biblia, se alega, condena la homosexualidad. El problema es que si se toma el sendero de los “textos del terror”, los resultados pueden ser sencillamente aterradores. La Biblia, por ejemplo, ordena matar las brujas (Éxodo 22: 18) y las desposadas no vírgenes (Deuteronomio 22: 20-21). Ambos textos no quedaron en el vacío. Hombres con poder social y mentalidad patriarcal los leyeron con mucha atención, antes de proceder a cegar atribuladas vidas femeninas. En el siglo diecinueve, los defensores norteamericanos de la esclavitud encontraron en la Biblia un arsenal muy útil para sus pretensiones de conservar intactas las leyes que convertían a unos seres humanos en propiedad y mercancía de otros seres humanos (Haynes, 2002).
Por siglos, textos canónicos atribuidos a san Pablo proporcionaron argumentos muy convenientes para los opositores de la equidad en derechos de las mujeres. Las tradiciones patriarcales de la cristiandad, hoy tan criticadas pero no totalmente superadas en las iglesias, tienen un innegable anclaje bíblico. Los siguientes versículos de la primera epístola de Pablo a Timoteo fueron, durante centurias, baluartes sólidos de una profunda tradición social de misoginia patriarcal:

“Que las mujeres escuchen la instrucción en silencio, con todo respeto. No permito que ellas enseñen, ni que pretendan imponer su autoridad sobre el marido: al contrario, que permanezcan calladas. Porque primero fue creado Adán, y después Eva. Y no fue Adán el que se dejó seducir, sino que Eva fue engañada y cayó en el pecado. Pero la mujer se salvará, cumpliendo sus deberes de madre, a condición de que persevere en la fe, en el amor y en la santidad, con la debida discreción” (Primera epístola de Pablo a Timoteo 2: 11-15)

Citando esos versículos como alegada expresión fiel y autorizada de la voluntad divina teólogos y filósofos de la cristiandad defendieron durante casi dos milenios la prioridad ontológica del varón sobre la mujer (“porque primero fue creado Adán, y después Eva”), la responsabilidad femenina del terrible pecado original que rige como perversa maldición sobre toda la historia humana (“no fue Adán el que se dejó seducir, sino que Eva fue engañada y cayó en el pecado”), la reclusión de la mujer en sus funciones maternales (“la mujer se salvará, cumpliendo sus deberes de madre”) y su sumisión perpetua al silencio y la obediencia (“Que las mujeres escuchen la instrucción en silencio… No permito que ellas enseñen, ni que pretendan imponer su autoridad… al contrario, que permanezcan calladas.”) Sólo cuando biblistas y teólogos comenzaron a estudiar ese rígido mandato en su contexto histórico específico; a saber, como manifestación ideológica de una sociedad helenística patriarcal ya superada culturalmente y no como expresión de la voluntad divina (Schüssler Fiorenza, 1983), pudo iniciarse la lenta superación de la subordinación femenina, la cual, dicho sea de paso, aún no concluye.
Lo anterior no quiere decir que la Biblia sea un texto insignificante para la reflexión ética. Todo lo contrario. Las escrituras sagradas hebreo cristianas presentan desafíos constantes y complejos de lectura e interpretación. Es imposible leer la Biblia, con la mente libre de prejuicios, sin percibir el predominio en ella de la convocatoria profética a la solidaridad con los desvalidos y marginados. “Abre tu boca en favor de quien no tiene voz y en defensa de todos los desamparados… y defiende la causa del desvalido y del pobre” (Proverbios 31: 8-9); “¡Defended al desvalido y al huérfano, haced justicia al oprimido y al pobre, librad al débil y al indigente, rescátenlos del poder de los impíos!” (Salmo 82: 3-4). Las condenas en la Biblia, frecuentes en los profetas y en los Evangelios, se dirigen, en su gran mayoría, contra quienes usan el poder público – político, económico y religioso – para la injusticia y la opresión. Ejemplo destacado es el amargo juicio que Jeremías hace de la conducta de Joaquín, rey de Judá (Jeremías 22: 13-16):
“!Ay del que edifica su casa sin justicia, y sus salas sin equidad, sirviéndose de su prójimo de balde, y no dándole el salario de su trabajo!… ¿No… hizo [tu padre] juicio y justicia, y entonces le fue bien? El juzgó la causa del afligido y del menesteroso… ¿No es esto conocerme a mí? dice Jehová.”

O el profeta Miqueas (Miqueas 3: 1-4), apostrofando a los gobernantes de Israel por su injusticia y el abuso del poder:

“Oíd ahora, príncipes de Jacob, y jefes de la casa de Israel: ¿No concierne a vosotros saber lo que es justo? Vosotros que aborrecéis lo bueno y amáis lo malo, que les quitáis su piel y su carne de sobre los huesos; que coméis asimismo la carne de mi pueblo, y les desolláis su piel de sobre ellos, y les quebrantáis los huesos y los rompéis como para el caldero, y como carnes en olla. Entonces clamaréis a Jehová, y no os responderá; antes esconderá de vosotros su rostro en aquel tiempo, por cuanto hicisteis malvadas obras.”

O Jesús en su amarga confrontación con los líderes religiosos de su época, quienes intentaban imponer sobre la conciencia humana sus restrictivos códigos de pureza (Mt. 23: 27-28):

“¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!, porque sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera, a la verdad, se muestran hermosos, pero por dentro están llenos de… toda inmundicia. Así también vosotros por fuera, a la verdad, os mostráis justos a los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía…”

Así como una vez se reconoció, al menos por las voces más ilustradas y sensatas, la impertinencia e insensatez de usar la Biblia como arsenal contra la teoría heliocéntrica, la evolución de las especies, el gobierno republicano, la abolición de la esclavitud, la tolerancia del pluralismo religioso o la igualdad de las mujeres, hoy debemos evitar emplearla como instrumento de discrimen y persecución contra quienes defienden su derecho a la intimidad de sus orientaciones sexuales. Los auténticos lectores de la Biblia encuentran en ella horizontes cada vez más amplios de solidaridad y respeto a la diversidad humana como reflejo temporal de la trascendencia eterna divina. Por algo la hermenéutica bíblica ha nutrido toda otra hermenéutica académica y, en general, la crítica literaria secular (Auerbach, 2003).
El segundo argumento clásico en la tradición cristiana contra la homosexualidad, proviene de una valoración de la sexualidad hoy considerada obsoleta y atávica. Ciertos textos de san Pablo, ligados a la teoría de la concupiscencia desarrollada por san Agustín, ensombrecieron moralmente la sexualidad. Se vio en ella la señal máxima del pecado. Se le estigmatizó moralmente, adjudicándole una exclusiva función permisible – la procreación, la reproducción de la humanidad. La castidad, el celibato, la virginidad se convirtieron en virtudes primarias de la cristiandad (Brown, 1988). La relación sexual se limitó a la esfera marital y exclusivamente con el propósito de proseguir la especie humana. Si la única justificación admisible para la sexualidad era la procreación humana, toda actividad sexual que no tuviese esa finalidad era severamente condenada. No queda lugar, en este esquema conceptual, para el placer infértil, sobre todo aquél que no puede enmarcarse en la dualidad de “varón y hembra” tan reiterada en la escrituras sagradas.
Todavía resuenan en muchos documentos eclesiásticos oficiales, al igual que en muchos púlpitos, los residuos de esa valoración negativa del placer sexual. De aquí la larga e inútil batalla contra el llamado onanismo, así catalogado en referencia al texto veterotestamentario sobre Onán (Génesis 38: 6-10). Su costo ha sido elevado: la agonía mental y espiritual de innumerables jóvenes hondamente angustiados por su incapacidad de vivir a la altura de esas normas de abstinencia corporal. Nuestra sociedad e incluso la mayoría de la cristiandad ya no se rigen por ese riguroso ascetismo corporal. Cada vez más, se reconoce la legitimidad y autonomía del placer sexual. La obsesión por la concupiscencia deja de dominar la reflexión ética de los principales centros de formación teológica.
Nos encontramos en un momento en la historia humana en que se debaten perspectivas muy disímiles sobre la familia y la sexualidad humana, sus múltiples configuraciones, matices y dimensiones (Ruether, 2000). Las leyes, en una sociedad democrática y liberal, deben proteger la pluralidad de visiones y conducir a que los debates y conflictos entre ellas se conduzcan de maneras civiles y dialógicas. La idea jurídica del alegado “crimen contra natura” supone un consenso social que ya no existe. El pluralismo ideológico, ético y religioso es elemento esencial de toda democracia moderna. Eso requiere de todos abandonar los repudios absolutos y aprender a reconocer, respetar y, si posible, disfrutar la dignidad de las diferencias, la equidad en las diversidades (Sacks, 2002).
A la sombra de la alegada “naturaleza” humana con excesiva frecuencia se consideró, citando a autoridades distinguidas de la cultura occidental como Aristóteles, san Pablo y Tomás de Aquino y esgrimiendo ciertos versículos bíblicos, que unos seres humanos eran inferiores en racionalidad y espíritu que otros – los esclavos en comparación con sus amos, las mujeres en comparación con los varones, los indígenas americanos en comparación con los blancos europeos. Pocas cosas son tan naturales como la idea de la naturaleza humana. Las teorías críticas feministas han logrado evidenciar la contingencia del sexo, las disposiciones sexuales y la identidad de género. Han desmantelado su aparente arraigo en una “naturaleza” humana perenne y han mostrado su carácter de construcciones culturales, regidas por normas sociales reproductivas heteronormativas (Butler, 1990). El discrimen que padece la comunidad LGBTTQ, además de jurídicamente arcaico, constituye un atavismo filosófico y teológico.
La criminalización de la homosexualidad inscrita en el código penal puertorriqueño se abolió como efecto secundario de la decisión del tribunal supremo estadounidense en el caso de Lawrence et al. v. Texas, emitida el 26 de junio de 2003. Pero en 2007 se fraguó otro debate intenso en Puerto Rico, producto de una alianza entre políticos oportunistas y religiosos conservadores y fundamentalistas. En noviembre de ese año el Senado de Puerto Rico aprobó la resolución concurrente número 99, presentada y propugnada por uno de los políticos más corruptos en nuestra historia: Jorge de Castro Font. El propósito de esa resolución era poner en práctica en nuestro país una estrategia similar a la seguida en diversos estados norteamericanos: enmendar la constitución estatal para regular como única y exclusiva relación conyugal legítima el matrimonio entre un hombre y una mujer, atajando de esa manera uno de los reclamos de la comunidad homosexual – el reconocimiento jurídico de sus relaciones de amor. La enmienda a la constitución leería de la siguiente manera: “El matrimonio es una institución civil, que se constituirá sólo por la unión legal entre un hombre y una mujer en conformidad con su sexo original de nacimiento. Ninguna otra unión, independientemente de su nombre, denominación, lugar de procedencia, jurisdicción o similitud con el matrimonio, será reconocida o validada como un matrimonio.”
La Cámara de Representantes, afortunadamente, no dio paso al proyecto. Pero durante varios meses líderes religiosos fundamentalistas y conservadores insistieron públicamente, utilizando todos los medios de comunicación masiva a su disposición, en la necesidad de aprobar esa enmienda a la constitución como medida indispensable para evitar la supuesta degeneración moral de la familia como institución pilar de la sociedad. La alternativa, varios de ellos insistieron, era la reiteración en Puerto Rico del legendario cataclismo acontecido en Sodoma y Gomorra. Líderes políticos de dudosa reputación ética, como los senadores Jorge de Castro Font y Roberto Arango, se convirtieron en apologistas de esa posible enmienda constitucional, a cambio del apoyo de las iglesias conservadoras y fundamentalistas en las primarias de su partido político y luego en las elecciones generales de noviembre de 2008. Lo lograron, aunque ambos políticos luego tuvieron que renunciar a sus escaños senatoriales por acciones nada honorables.
Las intervenciones de muchos líderes religiosos en ese debate intenso, con escasas y honorables excepciones, fueron lamentables. Intentaron estigmatizar a unos seres humanos – la comunidad LGBTTQ – como prevaricadores que repudian la voluntad divina y amenazan la salud moral de la sociedad puertorriqueña. Poco les importó las consecuencias que esas imputaciones podrían tener para las vidas de unas personas cuya distinta manera de sentir y vivir el amor debía, por el contrario, ser motivo de reconocimiento, respeto e incluso regocijo en la diversidad. Tampoco le han explicado al pueblo su alianza, en esa campaña homofóbica, con algunos de los políticos de menor integridad ética en la historia de nuestro país.
La homofobia fundamentalista encarna una lógica discursiva nada novedosa. Siempre que las sociedades modernas han asumido el desafío conflictivo y complejo de abolir y superar ciertas restricciones jurídicas y hábitos sociales que evitan la plena y equitativa participación en los procesos decisionales democráticos por razones de nacionalidad, raza, etnia, religión, educación o identidad sexual, han surgido voces que de manera estridente advierten sobre sus alegadas posibles consecuencias nocivas. La historia de la libertad humana ha tenido que recorrer siempre el tortuoso sendero de amarguras, labrado con obstinación y terquedad por quienes se empeñan en que el futuro humano se limite a los paradigmas del pasado, idílico para algunos, profundamente doloroso y trágico para muchos otros.
El debate/diálogo en el interior de las comunidades religiosas y la sociedad puertorriqueña general debe conducirse en un contexto de respeto recíproco por parte de las distintas perspectivas éticas, teológicas y filosóficas. Ese ambiente no puede lograrse plenamente mientras se anatemice una de esas perspectivas sobre lo que es recto y justo permitir en la sociedad y en las iglesias. De ello se han dado cuenta un número creciente de iglesias en diversas partes de nuestro orbe, las cuales insisten en que las leyes de un país no deben usarse para criminalizar y discriminar sectores minoritarios. Otras incluso han dado un paso más adelante, aprobando la ordenación a su ministerio o sacerdocio de seres humanos de diversas orientaciones sexuales y diseñando celebraciones litúrgicas para sus matrimonios no tradicionales (Johnson, 2006). En la teología y los estudios religiosos surgen voces elocuentes que con sólido rigor intelectual analizan de manera novedosa las diversas posibles configuraciones legítimas del amor, la sexualidad y la familia, libres del lastre discriminatorio de la homofobia (Ellison & Douglas, 2010). En los estudios críticos de los escrituras sagradas y en la hermenéutica bíblica se cuestionan, con rigurosidad académica, las traducciones e interpretaciones de textos adobadas con cierto matiz homofóbico (Lings, 2011).
La mayoría de las iglesias cristianas se enfrascan hoy en un proceso complejo de reflexión y evaluación sobre la homosexualidad, como antes lo hicieron respecto a la abolición de la esclavitud y la igualdad de derechos de las mujeres. Es un sendero que seguramente conducirá, como ocurrió en esas instancias anteriores, a la reinterpretación de los textos sagrados, a la creación de un orden social más igualitario y democrático y a la eliminación de leyes obsoletas y discriminatorias. El discrimen que padece la comunidad LGBTTQ ha motivado debates intensos al interior de muchas iglesias, con sectores crecientes que pugnan por liberar su devoción piadosa del lastre de la homofobia (Silva Gotay y Rivera Pagán, 2015). Es un proceso de emancipación que, como otros similares en el pasado, progresa lenta y pausadamente, pero que esperamos concluya en un ambiente jurídico y social de reconocimiento y apreciación de la equidad en las diversidades que enriquecen la humanidad.
Todavía nos queda mucho que recorrer en el sendero que conduce a la superación de la homofobia fundamentalista. Lo esencial a recordar es la perspectiva profética y evangélica central en las escrituras sagradas judeocristianas, la cual tan bien expresara en una de sus geniales intuiciones el gran poeta y patriota cubano José Martí…
“¡Son como siempre los humildes, los descalzos, los desamparados, los pescadores, los que se juntan frente a la iniquidad hombro a hombro, y echan a volar, con sus alas de plata encendidas, el Evangelio! ¡La verdad se revela mejor a los pobres y a los que padecen!” (El cisma de los católicos en Nueva York, 1887).

*Luis Rivera-Pagán, PhD. Profesor emérito del Seminario Teológico de Princeton. Es autor de varios libros, entre ellos, Evangelización y violencia: La conquista de América (1992), Entre el oro y la fe: El dilema de América (1995), Mito exilio y demonios: literatura y teología en América Latina (1996), Diálogos…

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REFERENCIAS
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Wink, Walter. (Ed.). (1999). Homosexuality and Christian Faith: Questions of Conscience for the Churches. Minneapolis: Fortress Press.

Nota: Artículo publicado con anterioridad en la revista 80grados &Lupaprotestante