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jueves, 1 de septiembre de 2016

¿Cómo responder al ateísmo de Nietzsche?



Por. Will Graham, España
Después de explicar el contexto histórico de “la muerte de Dios” en el pensamiento de Nietzsche la semana pasada, ahora queremos contestar uno por uno sus ocho objeciones clave contra la fe cristiana.
¡A disfrutar!
1. El cristianismo es un crimen contra la vida.
Nietzsche opina que la fe cristiana promueve una actitud perniciosa hacia la vida, la tierra y el cuerpo humano. Se opone a lo físico y a lo vital. Pero francamente no sabemos de qué tipo de cristianismo nos estará hablando el alemán. Si hubiese leído más el Nuevo Testamento, se habría dado cuenta de que uno de los propósitos del Mesías fue traer sanidad física y restauración en todos los sentidos. El Cristo fantasma era producto del gnosticismo griego, no de la Biblia hebrea. Cristo fomentaba los valores de la vida a lo largo de su ministerio terrenal. Comía, bebía y se gozaba.
Aun antes de llegar al Nuevo Pacto, Génesis revela que Dios el Padre es el creador de la vida. Es Él quien coloca en nosotros deseos, pasiones, sentimientos, etc. No quiso que fuésemos máquinas impersonales. Y el Espíritu, tal cual se nos describe en las Escrituras, es el Espíritu de vida. Dios es pro-vida.
Es pro-cuerpo también. No nos olvidemos de que el cuerpo tiene un papel importante en la historia de la salvación del Dios de vida. En el Edén Dios creó a dos seres corporales. Hace dos mil años, su Hijo se encarnó físicamente. Y en el futuro escatológico, creemos en la resurrección corporal de los muertos. La visión bíblica es muy distinta a la imagen que nos indica Nietzsche. Dios es pro-vida, pro-tierra y pro-cuerpo. Sólo nos pide que no abusemos de aquello que nos ha concedido.
Tal vez Nietzsche, en vez de mirar hacia los millones de árboles de los cuales podía comer, sólo podía ver aquél que le fue prohibido. Bajo ningún pretexto se puede considerar al cristianismo bíblico como contrario a la vida. De hecho, si no fuese por la bondad del Dios bíblico no habría vida en el cosmos. Ni siquiera Nietzsche hubiera experimentado la dulce sensación de estar vivo si no fuese por la gracia del Todopoderoso.
2. El cristianismo se posiciona a favor de los débiles, los enfermos.
Nuestra respuesta a esta objeción es: ¡gloria a Dios! ¡Dios es bueno! Nos alegramos mucho de que el cristianismo se preocupe por los débiles y los enfermos. ¿Acaso no necesitaba Nietzsche depender de la compasión de su madre cuando era un bebé indefenso y del amor de su hermana mientras ella le cuidó durante los últimos once años de su vida? Menuda ironía.
En esta línea de pensamiento escribió el alemán, “Dios en la cruz, ¿entendéis ya la horrible segunda intención que hay oculta detrás de este símbolo? Todo lo que sufre, todo lo que está colgado de la cruz, es divino” (El anticristo, §51). La identificación de Dios con el sufrimiento no nos resulta “horrible” a los creyentes sino gloriosa. Para nosotros es un gran consuelo que Dios se preocupe por los que sufren. Significa que el Señor nos entiende y nos consuela cuando sufrimos.
¿Cómo podría el hombre (la mujer) relacionarse con un Dios que fuese ajeno al sufrimiento? Sería un ser frío, mecánico, distante, lejano, cerrado. Ese tipo de ‘Dios’ que construye Nietzsche es un monstruo. Moltmann (1926-) lo expresó bien, “Un Dios que no puede sufrir es más desgraciado que cualquier hombre. Pues un Dios incapaz de sufrimiento es un ser indolente. No le afectan sufrimiento ni injustica. Carente de afectos, nada le puede afectar, nada conmoverlo. Pero el que no puede sufrir, tampoco puede amar. O sea que es un ser egoísta. El Dios de Aristóteles no puede amar”.1
El Dios de Aristóteles no puede amar. El ‘Dios’ de Nietzsche tampoco. De nuevo, nos alegramos de que el Dios cristiano sea un Dios de amor y compasión y no una deidad filosófica.
3: El cristianismo produce una moral de esclavos e hipócritas resentidos.
Nietzsche no se da cuenta de que Jesús criticaba a los hipócritas resentidos también. ¿Cuántas veces se metió el Señor con los fariseos y saduceos por su doblez y fingimiento en las cosas de Dios? El mismo Jesús era aun más vehemente que el propio Nietzsche en condenar la religiosidad vacía (leed Mateo 23 si no me creéis). De todas formas, se podría usar este mismo argumento de Nietzsche contra el ateísmo ya que hay muchos ateos hipócritas que dicen una cosa y viven otra.
El problema principal para el alemán es que no entiende que hay muchas personas que quieren servir a Dios con todo su corazón. Cuando Nietzsche piensa en un creyente, se le viene a la mente la idea de un esclavo atado, es decir, alguien que actúa únicamente por temor.
Pero los cristianos no somos prisioneros aterrorizados. ¿Quién nos obliga a leer la Biblia, a orar y a asistir a la Iglesia? ¡Nadie! Todo esto se da como fruto de la nueva vida del Espíritu que Dios puso en nosotros. Nadie nos está forzando a hacer cosas contra nuestra voluntad. Servimos y obedecemos a Dios porque nos da gozo hacerlo. Bertrand Russell (1872-1970), el renombrado ateo inglés, criticó a Nietzsche porque el alemán no era capaz de creer en la existencia de creyentes gozosos.
Russell escribió, “Hay dos clases de santos: el santo por naturaleza y el santo por temor. El primero tiene un amor espontaneo a la humanidad; hace el bien porque el hacerlo lo hace feliz. El santo por temor, como hombre que se abstiene de robar sólo por miedo a la policía, sería un malvado si no se viera refrenado por el pensamiento de los fuegos del infierno y por la venganza del prójimo. Nietzsche sólo puede imaginar esta clase de santo; se siente tan lleno de temor y de odio que el amor espontáneo a la humanidad le parece imposible. Nunca ha concebido un hombre que, con toda la ausencia de temor del superhombre y su enorme orgullo, no cause, sin embargo, ningún dolor porque no sienta el deseo de hacerlo”.2
4. El cristianismo es un mal moral
Es sumamente problemático cuando Nietzsche apela al concepto del mal para desacreditar la fe cristiana. Después de todo –según su lógica- el bien y el mal en realidad no existen. Son inventos del hombre. Por lo tanto, Nietzsche no está siendo coherente con su filosofía cuando condena al cristianismo como un mal moral. El mal, según el alemán, es cien por cien relativo.
A lo mejor, Nietzsche considera al cristianismo como algo malo. Pero habrá otros (como yo) que opinan que es algo deseable y bueno. Entonces, ¿quién es Nietzsche para que le demos crédito? ¿Por qué hay que seguir su interpretación subjetiva tocante al bien y al mal? Hace falta una base racional más sólida que las convicciones personales de Nietzsche para desarrollar una ética social. Un Legislador moral como Dios puede ofrecernos semejante base.
5. El cristianismo está a favor de la democracia
De nuevo, repetimos ¡gloria a Dios! ¿No sería esta acusación más bien una razón para aceptar la fe cristiana que rechazarla? Al fin y al cabo, ¿qué sistema político nos puede ofrecer Nietzsche en lugar de la democracia? ¿Una especie de Estado gobernado por una clase de superhombres que crean sus propios valores y pisotean a los demás? Como me comentó el profesor evangélico Benjamín Gálvez, “El mismo Nietzsche en tanto y cuanto enfermo y demente debería haber sido destruido por su superhombre. No hay sitio para débiles, ni enfermos en su pensamiento”.
El siglo XX nos ha enseñado una y otra vez la gran necesidad que hay de restringir al hombre. Nos acordamos de lo que pasó en Alemania bajo Hitler, en la Unión Soviética bajo Stalin, en Camboya bajo Pol Pot, etc. El ser humano es un ser peligroso. En términos del filósofo inglés Thomas Hobbes: el hombre es un lobo para el hombre.
Dada la corrupción socio-política del hombre, la democracia es una de las mejores formas de salvaguardar a una sociedad de las manos de la tiranía. Nos alegramos de que Nietzsche hiciese una conexión tan estrecha entre la fe cristiana y la democracia. Pero lejos de ser un argumento para rechazar la fe cristiana, es una razón de abrazarla.
6. El cristianismo es absolutista
A Nietzsche no le gusta el cristianismo porque es una confesión de fe que se atreve a afirmar verdades absolutas. El cristiano cree que en el sentido de la vida, en el bien y el mal y en la universalidad de la verdad. No obstante, el gran problema con esta objeción de Nietzsche es que su filosofía acaba siendo igual de absolutista que el cristianismo que procura reemplazar. Si uno empieza a leer cualquier página de cualquier libro de Nietzsche, enseguida encuentra frases absolutistas.
Tengo a mi lado el libro El viajero y su sombra (1880). Lo voy a abrir al azar y a ver qué frase absolutista encuentro. Espera un segundito…
Bueno, he abierto el libro por la página 44 y la segunda frase pone, “La moral es, ante todo, un procedimiento para conservar la comunidad y para preservarla de su destrucción”.3 ¿Qué es esto sino una frase absolutista? Es una afirmación dogmática que el lector tiene que aceptar. Es así o es así.
Interesantemente Nietzsche escribe libros con el fin de enseñar que la verdad no existe. No obstante, para llevar a cabo tal meta, tiene que emplear frases verdaderas para transportarnos hacia su conclusión. Quiere decirnos que no hay tal cosa como sentido en la vida, sin embargo, espera que su lector capte el sentido de sus razonamientos.
En la filosofía de Nietzsche el sentido de la vida es que los fuertes prosperen e inventen sus propias verdades y principios morales. No deja de ser un sentido absolutista. Al condenar el cristianismo por ser absolutista Nietzsche se está disparando en el pie ya que su propia cosmovisión es totalmente absolutista.
7. Yo sólo creería en un Dios que supiera bailar
“Yo sólo creería en un Dios que supiera bailar” es una frase conocida de Nietzsche puesta en la boca de Zaratustra. El significado es que Nietzsche no quería seguir al Dios muerto, estancado y estático del cristianismo. Un Dios verdadero tendría que ser pro-vida, pro-cuerpo, pro-pasión, pro-baile. Paradójicamente, es precisamente ese el tipo de Dios que se da a conocer en los escritos bíblicos.
Como ya hemos explicado, el Dios de la Biblia es pro-vida, pro-cuerpo y pro-tierra. Y en cuanto al tema del baile, la Escritura proclama que, “El Señor está en medio de ti, poderoso, Él salvará; se gozará sobre ti con alegría, callará de amor, se regocijará sobre ti con cánticos” (Sofonías 3:17). La idea en el hebreo es que Dios da vueltas bajo gran emoción demostrando su amor hacia su pueblo. Ahora bien, reconocemos que ese Dios no fue bien representado en la Alemania del siglo XIX; pero Nietzsche tendría que haber leído más las Escrituras.
Más allá de Sofonías 3:17 y otros textos parecidos está el concepto teológico del pericoresis. Se refiere a la forma dinámica en la cual las personas de la bendita trinidad se relacionan entre sí. En castellano, la mejor definición sería algo como ‘recirculación’. En la deidad, hay un movimiento continuo, libre, fresco, emocionante. Dios no es un abuelo aburrido que pasa todo el día sentado en su sillón favorito.
Es un Señor repleto de vigor, energía y pasión. El meollo de la fe cristiana gira alrededor de este concepto de Dios. Evidentemente es un Dios con el cual Nietzsche no estuvo familiarizado. Tim Keller explica algo de esta naturaleza bailadora de Dios, “Sin demandas específicas que obliguen a esa relación, cada una de las tres personas integrantes orbita voluntariamente alrededor de las otras dos, haciendo manifiesto su amor en deleite y adoración. Cada una de las tres personas de la Trinidad ama, adora, respeta y se regocija en las otras dos, resultando en una danza dinámica y vibrante de gozo y amor”.4
Keller prosigue citando un pasaje precioso del apologeta norirlandés C.S. Lewis, “En el cristianismo, Dios no es un ser impersonal, ni un objeto estático, ni tampoco una única persona hecha manifiesta, sino una actividad dinámica y vibrante, una vida con energía propia, una representación con personajes reales, una dimensión que, si se me permite decirlo sin parecer irreverente, tiene algo de danza tripartita en divina coreografía […] [Con un] patrón relacional que es […] fuente de tremenda energía y belleza, irrumpiendo con fuerza incomparable en el centro mismo de la existencia”.5
Nietzsche dijo que sólo creería en un dios que supiera bailar. Podemos responderle: “Conocemos al Dios a quién buscas, Fredi… ¡Nuestro Dios baila!”
8. Dios está muerto
El último punto es la aseveración nietzscheana de que “Dios está muerto”. A pesar de entender el concepto como un análisis socio-cultural de la Europa de su generación, hay un pasaje bien revelador en el cuarto tomo de Así habló Zaratustra que podría expresar la verdadera razón por la cual Nietzsche quiso descartar a Dios de su vida.
Zaratustra, el protagonista del libro, va andando por el camino hasta llegar a un reino de muerte. “Surgían por doquier peñascos negros y rojos y no había pasto, árboles ni canto de pájaros. Pues se trataba de un valle del que todos los animales del bosque huían, incluso las bestias feroces; sólo una especie de repelentes y gruesas serpientes verdes iba allá a morir cuando se habían hecho viejas.
De ahí que los pastores llamaban a este valle “Sepulcro de Serpientes”.”6 De repente, en medio del Sepulcro, Zaratustra ve a un hombre en la distancia. Aquél hombre era espantoso. Nietzsche lo llama ‘el más feo de todos los hombres’. El hombre más feo le pregunta a Zaratustra, “¿Quién soy?”
Zaratustra, mirándolo atentamente, se da cuenta de quién es: “Bien te reconozco: ¡tú eres el asesino de Dios!” Luego el más feo de todos los hombres prosigue explicando la razón por la cual mató a Dios.
Dice, “Pero, Ése [Dios] debía absolutamente morir. Veía con ojos que veían todo; veía las profundidades y fondos del hombre, toda su ignominia y fealdad ocultas. Su compasión desconocía la vergüenza; se metía en mis más sórdidos rincones. Ese harto curioso, importuno, demasiado compasivo, debía morir sin remisión. Siempre me miraba; estaba yo resuelto a vengarme de tal testigo o morir yo mismo. ¡El Dios que veía todo, incluso al hombre, tenía absolutamente que morir! ¡El hombre no soporta a testigo de esa naturaleza!”.7
El más feo de todos los hombres, entonces, asesinó a Dios por razones morales. No podía soportar la luz de la mirada penetrante de los ojos divinos. El hombre mata a Dios porque quiere ser libre para vivir conforme a sus propios caprichos. No quiere tener que rendir cuentas a nadie. Tal vez sería bueno volver a leer este pasaje del más feo de todos los hombres a la luz de la vida de Nietzsche. ¿Acaso se trata de un párrafo autobiográfico? ¿Nietzsche quitó a Dios de su vida porque no podía soportar la santidad del Señor?
Conclusión
Después de analizar la crítica nietzscheana de Dios lanzada hacia el cristianismo, vemos que se basa mucho en la subjetividad del filósofo. En primer lugar, en ninguna parte intenta el alemán comprobar la no existencia de Dios. En segundo lugar, sus argumentos contra el cristianismo y el Dios del cristianismo tampoco son convincentes por las razones antes desarrolladas.
Nietzsche proclamó que Dios había muerto en su generación. Pero a la luz del gran mover del Espíritu en Asia, África y algunas partes de Sudamérica en nuestros días, sociológicamente hablando, Dios está ahora más vivo que nunca.
Ahora bien, es verdad que Nietzsche llevó la razón en algo, a saber, que Dios ha muerto. Pero el alemán se olvidó del otro lado del viernes santo: ¡qué Dios también ha resucitado!
La semana que viene:
Confesiones de un viejo maldito

Fuente: Protestantedigital, 2016

miércoles, 13 de abril de 2016

Jürgen Moltmann en sus noventa años



Por. Leopoldo Cervantes-Ortiz, México
Moltmann ha seguido y sigue siendo protestante, pero su teología desborda los límites confesionales, de manera que ha podido influir casi por igual en protestantes y católicos (y casi más en los católicos). Una parte considerable de la teología del último tercio del siglo XX habría sido impensable sin su influjo y su palabra, sin su presencia y testimonio creyente.1 Xabier Pikaza
Reconocido como uno de los mayores teólogos protestantes de la segunda mitad del siglo XX, Jürgen Moltmann llega este 8 de abril a los 90 años de edad. Nacido en Hamburgo en 1926 en el seno de una familia protestante bastante secularizada, según sus palabras (su padre era masón), tuvo que alistarse en las Fuerzas Aéreas Auxiliares y participó con el ejército terrestre en la Segunda Guerra Mundial en 1944.
Al año siguiente fue prisionero en Bélgica, donde presa de una fuerte falta de esperanza en la cultura germana, un capellán estadunidense le obsequió un Nuevo Testamento para que, más tarde, se adhiriera a un grupo cristiano. Recuerda esos años con estas palabras: “Yo no encontré a Cristo, fue Él quien me encontró a mí”. Llevado a Escocia, colaboró con otros prisioneros en tareas de reconstrucción.
Allí leyó su primer libro teológico: La naturaleza y el destino del hombre, de Reinhold Niebuhr, que le impactó profundamente. En uno de los campos donde estuvo preso, recuerda Stepehen Brown, se llevaron a cabo programas educativos que contaron con la visita de Willem Visser’t Hooft, secretario general del Consejo Mundial de Iglesias (CMI), el cual estaba entonces en formación. “Las experiencias que Moltmann tuvo de la iglesia comenzaron en el extranjero y desde el principio fueron ecuménicas”, señala su biógrafo, Geiko Müller-Fahrenholz, “Por lo que desde el principio este ecumenismo fue el sello de su teología”.2
De nuevo en su ciudad natal, la que encontró en ruinas, reclamó el deber de la teología de llegar a los supervivientes de su generación, con lo que siguió las huellas de la Iglesia Confesante, la que se opuso a los dictados del nazismo desde1934. Su frustración fue grande al notar que muchos deseaban enterrar totalmente ese periodo. Luego de unirse a un movimiento de estudiantes cristianos, en Göttinga, donde algunos profesores como Otto Weber (1902-1966) y Hans Joachin Iwand, discípulos de Karl Barth, habían sido parte de esa Iglesia. Luego de doctorarse en 1952, se ordenó ministro de la Iglesia Reformada.
Fue pastor en Bremen-Wasserhorst y después se dedicó a la docencia y la reflexión en Wuppertal y en la Universidad de Bonn (1963), para luego ejercer en Tubinga (1967), donde trabajó hasta su jubilación en 1994, y en la que tuvo estrecho contacto con Hans Küng, pues ambos laboraron en el Instituto de Teología Ecuménica. Fue miembro de la Comisión de Fe y Constitución del CMI entre 1963 y 1983 y en 2000 ganó el Premio Grawemeyer por La venida de Dios: escatología cristiana. Está casado con la también teóloga Elisabeth Wendel desde 1952, con quien ha escrito un par de libros.
Entre sus influencias destaca Ernst Bloch (quien lo inspiraría para escribir Teología de la esperanza). Algunos de sus volúmenes son: Teología de la esperanza (1968), Planificación y esperanza de futuro (1977), El Dios crucificado (1972), Antropología cristiana en los conflictos del presente (1974), Conversión al futuro (1974), La iglesia en el poder del Espíritu (1975), El experimento esperanza (1976), Trinidad y reino de Dios (1980), Un nuevo estilo de vida: sobre la libertad, la alegría y el juego (1981), Diaconía en el horizonte del Reino de Dios (1987), Dios en la creación (1987); Teología política. Ética política (1987), La iglesia, fuerza del Espíritu (1989), ¿Qué es la teología hoy? (1992), El camino de Jesucristo (1993), Hablar de Dios como mujer y como hombre (1995, con E. Wendel), Cristo para nosotros hoy (1997), El Espíritu de la vida. Una pneumatología integral (1998), El Espíritu Santo y la teología de la vida (2000), En el fin el principio (2004), La venida de Dios. Escatología cristiana (Salamanca 2004), Pasión por Dios: una teología a dos voces (2007, con E. Wendel), Ética de la esperanza (2011).
ürgen Moltmann, uno de los mayores teólogos protestantes de la segunda mitad del siglo XX.
Así resume Xabier Pikaza la importancia de su trabajo: “Moltmann es uno de los maestros de la teología dogmática contemporánea; ha contribuido a la renovación del pensamiento protestante y ha ejercido una gran influencia sobre la teología católica, en especial en Latinoamérica, por su compromiso al servicio de una reflexión de una praxis abierta a la esperanza trascendente, pero comprometida con el cambio social e histórico de los hombres, en línea de evangelio”.3 En todos sus libros se trasluce una gran pasión teológica, “una forma de pensar provocadoramente excéntrica en la cultura secularizada de la posmodernidad y por ello mismo muy actual, a pesar de las apariencias”.4
Es famosa su relación con la teología latinoamericana de la liberación desde los años 70 del siglo pasado, cuando escribió una “Carta abierta” a José Míguez Bonino, en la que reprochó abiertamente la escasa presencia de autores latinoamericanos y externó duramente su opinión sobre algunas obras que prácticamente lo descalificaban: “De Latinoamérica no ha llegado, hasta el momento, una teología que como la japonesa o la africana replanteen los intereses y el arte de pensar de los europeos Escuchamos fuertes críticas a la teología occidental, pero en realidad, lo que en dichas críticas se nos ofrece no es sino parte del pensamiento de Marx y Engels, como genuino descubrimiento latinoamericano”.5 Antes, en la primavera de 1967, presentó como ponencia “El cristianismo como religión de libertad”, verdadero manifiesto sobre un tema que lo ocuparía intensamente.6
Desde entonces, el diálogo con esta corriente le permitió abordar temas que no había considerado e incluso participó en 1977 en un congreso en la Ciudad de México, donde discutió directamente con teólogos como Hugo Assmann, Jorge Pixley, Enrique Dussel, James Cone y Orlando Costas.7
Un fruto no menor de ese intenso debate fue que dirigiría la tesis doctoral de Reinerio Arce (hijo de Sergio Arce, teólogo y pastor cubano) sobre las aportaciones religiosas presentes en la obra de José Martí, que publicaría más tarde el Consejo Latinoamericano de Iglesias.8
Acerca de ese contacto fecundo y mutuamente crítico, agrega Pikaza: “Moltmann es el teólogo de la esperanza, entendida de forma receptiva y activa, como expresión de una Palabra de Dios (que es promesa de futuro) y como principio impulsor de una palabra humana, que ha de expresarse como protesta contra lo que existe y como impulso de perdón y reconciliación futura.
Portada del último libro de Jürgen Moltmann.
De esa manera ha vinculado el mejor protestantismo (teología de la gracia) con el impulso de la modernidad, que se ha expresado en los movimientos de liberación de los siglos XIX y XX”.9 Circula mucho la leyenda que cuenta que, en noviembre de 1989, cuando fueron asesinados varios profesores jesuitas de la Universidad Centroamericana de El Salvador, un ejemplar de El Dios crucificado terminó empapado de la sangre de Ignacio Ellacuría, teólogo de la liberación también.
Una de sus apariciones más recientes aconteció en el seminario de Princeton en 2015, adonde acudió a la Conferencia Anual sobre Karl Barth.10 En febrero pasado, el Consejo Mundial de Iglesias lanzó The living God and the fullness of life (El Dios viviente y la plenitud de la vida) y lo invitó a su sede en Ginebra a presentarlo.11 El libro es una “una serie de meditaciones sobre lo que significa vivir, pensar y esperar en la presencia del amor de Dios con las que Moltmann […] reflexiona sobre los temas tratados en sus obras durante su larga carrera teológica”.12
En el libro, señala: “En los seres humanos, el conocimiento del ‘Dios viviente’ despierta sed y hambre de vida […] les hace sentirse insatisfechos con lo que son y los impulsa a buscar un futuro en que entrará más vida en las vidas que ya tienen”. Según Brown, la insistencia en esa insatisfacción que tiene la mirada puesta en el futuro y se inspira de lo divino ha estado presente en la teología de Moltmann desde la publicación de Teología de la esperanza en 1964.
Y extrae una cita de ese libro: “El que espera en Cristo no puede conformarse ya con la realidad dada, sino que comienza a sufrir a causa de ella, a contradecirla. Paz con Dios significa discordia con el mundo, pues el aguijón del futuro prometido punza implacablemente en la carne de todo presente no cumplido”.
Ese mensaje estuvo inscrito en la turbulenta década de 1960, marcada por el surgimiento de grandes movimientos sociales, aunque, más de 50 años después, sigue siendo de inspiración para muchos. Tal como sugiere la arzobispa Antje Jackelén, de la Iglesia de Suecia, antigua alumna de Moltmann en la Universidad de Tubinga: “El discurso de la esperanza, lo que se puede esperar y la manera en que hablamos de la esperanza de forma realista son tan importantes en la actualidad. Rara vez puede uno citar cosas que se escribieron hace 50 años”. Ella ha escrito en Time and eternity (Tiempo y eternidad), una valoración crítica de la obra de Moltmann.
Fuerte impacto tuvo también su reflexión en la República Democrática Alemana, de lo que da testimonio Heino Falcke, un teólogo que dedicó muchos años a promover cambios en ese país:
“Para mí y para mis amigos de la RDA la teología de Moltmann fue literalmente reveladora, sobre todo teniendo en cuenta su enfoque contextual y su conocimiento de la situación contemporánea. En los años 60, después de la construcción del muro de Berlín, su obra nos animó, a pesar de todo, a esforzarnos por lograr un socialismo abierto a la historia, capaz de cambiar y de hacerse más humano.13 Sin embargo, como se lamentó el propio Moltmann en Ginebra, después de 1989 los teólogos han centrado su atención en la comunidad académica, pero la teología cristiana, agregó, “debe mantener unidas a las comunidades cristiana, pública y académica como una función del reino de Dios que todo lo abarca”.

Fuente: Protestantedigital, 2016.