Una ensalada de consejos vagos, sugerencias
abstractas y exhortaciones muy generales, aunque vengan maquillados con
textos bíblicos, no es un sermón, mucho menos palabra de Dios.
Por. Juan Stam, Costa Rica*
El mensaje de la cruz es una locura para los que se pierden;
en cambio, para los que se salvan, es decir, para nosotros, este mensaje
es el poder de Dios... Ya que Dios, en su sabio designio, dispuso que
el mundo no lo conociera mediante la sabiduría humana, tuvo a bien
salvar, mediante la locura de la predicación, a los que creen... Este
mensaje es motivo de tropiezo para los judíos, y es locura para los
gentiles, pero para los que Dios ha llamado, es el poder de Dios y la
sabiduría de Dios. Pues la locura de Dios es más sabia que la sabiduría
humana, y la debilidad de Dios es más fuerte que la fuerza humana... Yo mismo, hermanos, cuando fui a anunciarles el testimonio de
Dios, no lo hice con gran elocuencia y sabiduría. Me propuse, más bien,
estando entre ustedes, no saber de alguna cosa, excepto de Jesucristo y
de éste crucificado (1 Cor 1:18-2:2).
La predicación, en su sentido bíblico y teológico, es mucho más
que sólo la entrega semanal de una homilía religiosa, con todo respeto
por la importancia del sermón. Es más que una conferencia teológica o
una charla sicológica o social. Es aún más que un estudio bíblico,
elemento esencial de toda la vida cristiana. Entonces, ¿En qué consiste
la esencia y el sentido de la predicación?
El griego del NT emplea básicamente tres términos para la predicación.
PROCLAMAR
El más común es kêrussô (proclamar), y su forma substantivada, kêrugma, ambos derivados de kêrux (heraldo; cf. 1 Tm 2:7; 2 Tm 1:11; 2 P 2:5).
En el vocabulario teológico moderno se ha creado también el adjetivo "kerigmático", lo que tiene que ver con la proclamación del kêrugma.
Otros conjuntos semánticos son euaggelizô (anunciar buenas nuevas), junto con euaggelion (evangelio) y euaggelistês (evangelista) y kataggellô (anunciar) también de la raíz aggelô (llevar una noticia; Jn 20:18) y aggelos (ángel, mensajero).
En todos esos vocablos se destaca el sentido de proclamar una noticia o entregar un mensaje.
La predicación no consiste esencialmente en comunicar nuevas ideas sino
en narrar de nuevo una historia, la de la gracia de Dios en nuestra
salvación, y esperar que por esa historia Dios vuelva a hablar y a
actuar.
LA PREDICACIÓN Y EL REINO DE DIOS
Al estudiar los aspectos y dimensiones de esta tarea
kerigmática, nada mejor que comenzar donde comienza el NT. Juan el
Bautista vino predicando en el desierto, "Arrepiéntanse, porque el reino
de los cielos está cerca" (Mt 3:1), y Jesús llegó con el idéntico
mensaje, según Mt 4:17 (cf. Mr 1.14-15).
Jesús comisionó a los doce a proclamar el mismo mensaje (Mt 10:7; Lc
9:2). Más adelante el primer evangelista, escribiendo para los judíos,
describe el ministerio de Jesús con las palabras, "Jesús recorría todos
los pueblos y aldeas, enseñando (didaskôn) en las sinagogas, anunciando
(kêrussôn) el evangelio del reino, y sanando toda enfermedad" (Mt 9:35;
Lc 8:1; cf. 4:43).
Según Lucas, el Cristo Resucitado también enseñó a los discípulos
durante cuarenta días "acerca del reino de Dios" (Hch 1:3) y de la
misión de proclamar ese reino hasta lo último de la tierra, hasta su
venida (1:1-11).
El tema central de los tres primeros evangelios es la llegada del reino de Dios,
que con seguridad refleja el mensaje original de Jesús. Muy relacionado
con el tema del reino, Jesús proclamó también la libertad y la igualdad
del Jubileo (Lc 4:18-19; cf. 7:22).
Aunque el tema del reino es menos presente en Pablo y en el
cuatro evangelio, por las nuevas circunstancias culturales y políticas
de su misión, sigue siendo muy importante (cf. Jn 3:3,5;
18:36). La labor misionera de Pablo se describe como "andar predicando
el reino de Dios" (Hch 20:25), y en la fase final de su misión, ya como
preso en Roma, Pablo "predicaba el reino de Dios y enseñaba acerca del
Señor Jesucristo" (Hch 28:31). Es más, Jesús mismo, en su sermón
profético, anuncia que "este evangelio del reino se predicará en todo el
mundo" hasta el fin de la historia (Mt 24:14).
La expectativa del reino mesiánico pertenecía hacía siglos a la
tradición judía; lo novedoso del evangelio del reino consistía en
anunciar su inmediata cercanía (Mt 3:1; 4:17). Para Jesús, el
reino no sólo está cerca sino que, en su persona, el reino se ha hecho
presente (Mt 12:28; Lc 4:21; 11:20). Los apóstoles también proclamaban
que los tiempos del reino habían llegado (Hch 2:16; 1 Cor 10:11; 1 Jn
2:18).
Por eso, predicar es "decir la hora" para anunciar que el reino de Dios
ha llegado ya. La predicación es la proclamación de este hecho para
interpretar bajo esta nueva luz el pasado, el presente y el futuro. "La
predicación pone siempre en presencia de un hecho que plantea una
cuestión" (Léon Dufour 1973:711). Esta nueva realidad exige una
respuesta específica: arrepentimiento, fe y la búsqueda del reino de
Dios y su justicia (Mat 6:33), o en una palabra, la conversión.
En conclusión: la proclamación del reino es parte central de la
predicación, y también, la predicación es parte esencial de la dinámica
del reino y un agente importante de su realización. Como
señala González Nuñez, "La palabra de Dios es poder activo en la
historia. Pero, además, ejerce en el mundo actividad creadora, empujando
todas las cosas hacia su respectiva plenitud. Visto al trasluz de la
palabra, el mundo se hace transparente... Creadora en el mundo,
salvadora en la historia, la palabra de Dios es una especie de sustento,
necesario para que la vida lo sea plenamente " (Floristán 1983:678). La
palabra creativa de la predicación va acompañando la marcha del reino
de Dios.
LA PREDICACIÓN Y EL EVANGELIO
Si bien el tema "reino de Dios" predomina en los evangelios
sinópticos, en las epístolas paulinas, por razones relacionadas con su
misión, apenas se menciona el reino y son muy típicas las frases "el
evangelio" y "predicar el evangelio". Sin embargo, las
epístolas de Pablo, por lo menos la mayoría de ellas cuya paternidad
paulina no es cuestionada, son anteriores cronológicamente a los
evangelios sinópticos. En ese sentido, la enseñanza del reino antecede a
las epístolas (por venir del tiempo de Jesús) y a la vez es posterior a
ellas (por la fecha en que fueron redactados los sinópticos). Eso
refuta la tesis de que la iglesia había abandonado, o disminuido casi
totalmente, el tema del reino y lo había sustituido con "el evangelio". "Reino" y "evangelio" son dos lados de la misma moneda.
La proclamación de las buenas nuevas de salvación es esencial a la tarea de predicación,
tan urgente que Pablo una vez exclamó, "¡Ay de mí si no predico el
evangelio!" (1 Cor 9:16). Más adelante en la misma epístola, Pablo
define "el evangelio que les prediqué", y que él había recibido, como el
mensaje de la muerte, sepultura y resurrección de Jesús (1 Cor 15:1-4).
El anhelo de toda la vida de Pablo fue el de "proclamar el evangelio
donde Cristo no sea conocido" (Rom 15:20). Toda predicadora fiel puede
afirmar con Pablo, sin titubeos, "no me avergüenzo del evangelio, pues
es poder de Dios para la salvación de todos los que creen" (Rom 1:16).
La predicación evangélica es en primer lugar "predicar a Jesucristo" y "el evangelio de Jesucristo"
(Hch 20:24; 2 Cor 4:5; cf. 11:4), como Hijo de Dios (1 Cor 1:19; Hch
9:20), crucificado (1 Cor 1:23; Gal 3:1) y resucitado (1 Cor 15:11-12;
Hch 17:18). En Gálatas 3:1, Pablo describe su predicación como si fuera
dibujar el rostro de Cristo ante los ojos de los oyentes (kat'
ofthalmous Iêsous Jristos proegrafê estaurômenos). En algunos pasajes se
llama "el evangelio de Dios" (1 Ts 2:9; 2 Cor 11:7) o "el evangelio de
la gracia de Dios" (Hch 20:24). Con una terminología levemente distinta,
se llama también "el mensaje de la fe" (Rom 10:8; cf. Gal 1:23) o "el
mensaje de la cruz" (1 Cor 1:18). En Efesios 2:17, Pablo describe a
Cristo mismo como predicador del Shalom de Dios (cf. Hch 10:36). En
conjunto, estos textos nos dan el cuadro de un evangelio integral en la
predicación.
LA PREDICACIÓN Y LA PALABRA DE DIOS
Esa relación dinámica entre la proclamación y el evangelio del
reino implica también la relación inseparable entre la predicación y la
Palabra de Dios. Por eso, se repite a menudo que los apóstoles y
los primeros creyentes "predicaban la palabra de Dios" (Hch 8:25 13:5;
15:36; 17:13), o sinónimamente, "la palabra de evangelio" (1 P 1:25) o
"la palabra de verdad" (2 Tm 2:15). Otras veces se dice lo mismo con
sólo "predicar la palabra" (Hch 8:4). El encargo de los siervos y las
siervas del Señor es, "predique la palabra" (2 Tm 4:2), lo cual es mucho
más que sólo pronunciar sermones.
La frase "palabra de Dios" tiene diversos significados en las
escrituras y en la historia de la teología. La palabra de Dios por
excelencia es el Verbo encarnado (Jn 1:1-18; Heb 1:2; Apoc 19:13, Cristo es ho logos tou theou).
En las escrituras tenemos la palabra de Dios escrita, que da testimonio al Verbo encarnado (Jn 5:39).
Pero la palabra proclamada, en predicación o en testimonio, se llama también "palabra de Dios",
donde no se refiere ni a Jesucristo ni a las escrituras (Hch 4:31; 6:7;
8:14,25; 15:35-36; 16:32; 17:13; cf. Lc 10.16). Cristo es la máxima y
perfecta revelación de Dios, quien después de hablarnos por diversos
medios, "en estos días finales nos ha hablado por medio de su Hijo" (Heb
1:1-2, elalêsen hêmin en huiô, "nos habló en Hijo"). El lenguaje
supremo de Dios es "en Hijo" y las escrituras son el testimonio
inspirado de esa revelación, definitivamente normativas para toda
proclamación de Cristo. Pero esa proclamación oral es también "palabra
de Dios", según el uso bíblico de esa frase.
Esta comprensión de las tres modalidades de la palabra de Dios,
y por ende de la predicación como palabra de Dios cuando es fiel a las
escrituras, fue expresada en lenguaje muy enfático por Martín Lutero y
reiterado con igual énfasis por Karl Barth (KB 1/1 107; 1/2
743,751). Según la Confesión Helvética de 1563, "la predicación de la
palabra de Dios es palabra de Dios" (praedicatio verbi Dei est verbum
Dei). Lutero se atrevió a afirmar que cuando el predicar proclama
fielmente la palabra de Dios, "su boca es la boca de Cristo". Karl Barth
hace suya esta teología de la predicación, para afirmar que la
predicación es en primer término una acción de Dios (1/2 751) en la que
es Dios mismo, y sólo Dios, quien habla (1/2 884).
Para muchas personas, que suelen entender "palabra de Dios" como sólo
la Biblia, este descubrimiento tiene implicaciones revolucionarias para
la manera de entender la predicación. Por un lado, magnifica
infinitamente la dignidad del púlpito y el privilegio de ser portador de
la palabra divino. También aumenta infinitamente nuestra expectativa de
lo que Dios puede hacer por medio de su palabra, a pesar de nuestra
debilidad e insuficiencia. Es una vocación demasiada alta y honrosa para
cualquier ser humano. Así entendido, el carácter de la predicación como
palabra de Dios nos dignifica y nos humilla a la vez.
Aquí vale para nuestra predicación la doble consigna de la Reforma de tota scriptura y sola scriptura.
Pablo nos da el ejemplo de proclamar "todo el consejo de Dios" (Hch
20:20,27; Col 1:2), sin quitarle nada, y tampoco añadirle "nada fuera de
las cosas que los profetas y Moisés dijeron..." (Hch 26:22). Quitamos de las escrituras cuando sólo predicamos sobre ciertos temas o de ciertos libros y pasajes de nuestra preferencia.
En ese sentido, predicar desde el calendario litúrgico tiene dos
grandes ventajas: obliga al predicador a exponer toda la amplísima gama
de enseñanza bíblico, y liga la predicación con la historia de la
salvación (no sólo navidad y semana santa, sino ascensión, domingo de
Pentecostés, etc.). Pero esa práctica no debe desplazar la predicación
expositiva de libros enteros, teniendo cuidado de incluir en la
enseñanza los diferentes estratos y géneros de la literatura bíblica.
Aún mayor es la tentación en la predicación de añadir al texto, como si él no fuera suficiente.
Un sermón fiel a la Palabra de Dios parte del texto bíblico y no sale
de él sino profundiza en su mensaje hasta el Amén final (Hch 2:14-36;
8:35). Muchos predicadores se dedican más bien a sacar inferencias del
texto, que aún cuando fueren totalmente válidas lógicamente, no son
bíblicas y puede hasta contradecir el sentido del texto. Una
ensalada de consejos vagos, sugerencias abstractas y exhortaciones muy
generales, aunque vengan maquillados con textos bíblicos, no es un
sermón, mucho menos palabra de Dios. El sermón no debe ser una
simple antología de ilustraciones, anécdotas y ex abruptos
sensacionalistas. El sermón tampoco es el lugar para ventilar las
opiniones personales del predicador, que no surgen de la palabra de Dios
ni se fundamentan en ella. En la predicación contemporánea priva un
"opinionismo" que raya con el sacrilegio.
El humor debe tener su debido lugar en la predicación (la Biblia misma
es una fuente rica de humor), pero siempre en función del texto y no
como fin en si mismo. El humor debe iluminar el mensaje del texto. Jugar
con la palabra de Dios es pecado, como lo es también volverla aburrida.
Los predicadores tienen que saber moverse entre la frivolidad por un
lado, y la rutina seca y el aburrimiento por otro lado. La jocosidad
frívola puede ayudar para el "éxito" del sermón y la popularidad del
predicador, pero será un obstáculo que impida la eficacia del sermón
como palabra de Dios. Hay dos peligros que evitar en la predicación: la
frivolidad, y el aburrimiento.
La predicación es una tarea bíblica, es decir, exegética y hermenéutica. Bien ha dicho Bernard Ramm (1976:8) que la
primera preocupación del predicador no debe ser homilética (¿Cómo
predico un buen sermón?) sino hermenéutica (¿Cómo oigo la palabra de
Dios, y la hago oír?). Antes del sermón la predicadora se
encuentra con Dios en y por el texto, luchando con Dios y el texto hasta
recibir de Dios una palabra viva que sea a la vez fiel y contextual. Al
presentarse ante la comunidad, plasma ese encuentro en un sermón para
compartir ese encuentro con los demás y buscar juntos la presencia del
Señor y escuchar juntos su voz.
La única meta del sermón, la mayor responsabilidad del
predicador y el criterio exclusivo del resultado de la predicación,
todos responden a la pregunta central, si se proclamó fielmente la
palabra de Dios. El predicador no predica para complacer a los
oyentes, para manipular sus emociones ni para lograr cambios religiosos y
morales en ellos. Su tarea es proclamar la palabra de Dios; no predica
buscando esa transformación sino esperándola como resultado indirecto
por la obra del Espíritu Santo. Mucho menos debe predicar con la
motivación de lograr éxito y fama como orador o erudito bíblico.
Atreverse a predicar como Dios quiere, es un acto de amor, de humildad y
de abnegación. William Willimon ha señalado que el verdadero predicador
tiene que amar más a Dios que a su congregación. Es una gran tentación
para el predicador buscar en su ministerio la realización de sus propios
intereses y metas. La predicación fiel comienza en el corazón del
predicador. Es un corazón con un supremo amor a Dios y su palabra, aun
más que a la congregación y mucho más que a sí mismo.
PELIGROS DE LA FALSA PREDICACIÓN
Pasa con la predicación igual que con la profecía: la
predicación fiel siempre va acompañada por la predicación falsa, que
busca complacer a la gente, se dirige por las expectativas del público y
les enseña a decir "Señor, Señor" pero no a hacer la voluntad del Padre
celestial (Mt 7:21-23). Por eso, la iglesia debe vigilar su
púlpito con todo celo en el Espíritu. No debe dejar a cualquiera que
"habla lindo" ocupar ese lugar sagrado sino sólo a los que se han
demostrado maduros, bien centrados en la Palabra y consecuentes en sus
vidas. No cabe duda que el descuido en este aspecto ha producido
desviaciones y aberraciones en las últimas décadas, produciendo daños
muy serios en la iglesia.
Es urgente también ir enseñando a las congregaciones lo que bíblicamente deben esperar de un predicador y de un sermón.
Mucho del desorden de las últimas décadas se debe a la gran falta de
discernimiento de los mismos oyentes. A pesar del exagerado número de
horas que pasan escuchando sermones, en general no se logra una adecuada
formación bíblica y teológica para discriminar entre predicación fiel y
predicación "bonita", conmovedora o sensacionalista pero no bíblica.
Hace años el destacado orador evangélico, Cecilio Arrastía -- ¡un
verdadero modelo de predicador fiel! -- hablaba de la congregación como
comunidad hermenéutica en que todos sepan interpretar la palabra y
distinguir entre lo bueno y lo malo en la predicación (1 Ts 5:21; Hch
17:11; 1 Cor 14:29).
¡Imploremos al Espíritu de Dios que unja a nuestros
predicadores y congregaciones con amor a la palabra y discernimiento
acertado ante estos abusos!
La próxima semana veremos la relación de la predicación con el
Espíritu de Dios, los sacramentos, el culto y como voz profética.
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