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lunes, 29 de junio de 2009

Sobre reduccionismos e ingenuidades. A propósito de la reseña de Cremonte y Roldán

Por. Nancy Elizabeth Bedford, Estados Unidos.

Una amiga, que leyó tanto mi libro La porfía de la resurrección como la reseña del mismo en este sitio por Martín Cremonte y David Roldán, me escribió con su habitual gracia: “Ladran, Sancho, señal de que cabalgamos…” El hecho es que cualquier vez que escribimos algo (y más si tiene la palabra “feminismo” en el subtítulo) siempre hay reacciones, algunas negativas, otras no tanto, pero que al menos muestran que alguien se ha molestado en leer en todo o en parte lo que hemos escrito. Aplicando esta misma lógica, e imaginando que Cremonte y Roldán querrán saber en qué medida sus críticas han sido escuchadas, cuando la gente de Lupa me preguntó si quería responder a la reseña, respondí afirmativamente, y escribí los párrafos que siguen. Después de todo, la que calla otorga, y no sé si estoy dispuesta a “otorgar” demasiado en relación a esta reseña en particular. Sin embargo, de última, creo que lo más efectivo para cualquier lector o lectora sería que leyera el libro y formara su propia opinión.
Los autores critican tres “notables ausencias” en mi libro: el marxismo crítico, la crítica a la primera teología de la liberación y la teología misma. En verdad, a juzgar por su texto, lo que hubieran querido es otro libro, escrito de otra manera, desde otro punto de vista, con otra metodología, otros intereses y otro “espesor conceptual”. Admito que ni podría ni querría escribir el libro que desearían. Sería, por cierto, interesante leerlo y seguramente en algún momento lo escribirán ellos mismos. Mientras tanto, tal vez hubiera sido más provechoso que leyeran el mío con un poco más de cuidado, pues su modo de recortar y pegar citas fuera de contexto para desarrollar su argumentación adolece de la seriedad que se atribuyen y puede confundir al lector o a la lectora que no tenga el libro en la mano. El andamio que desarrollan para construir su crítica presenta varias falencias. Se destacan tres problemas de fondo: En primer lugar confunden un Sitz-im-Leben (lo cotidiano) con un método teológico etnográfico. En segundo lugar, no toman en cuenta las explicaciones que brinda el libro de cómo utilizo los conceptos de “feminismo teológico” y “feminismo”, sino que prefieren basarse en lugares comunes acerca del feminismo como “reduccionista” (cayendo ellos mismos en la trampa del reduccionismo). En tercer lugar, parecen partir de la falsa suposición de que hablar de “particularidades” implica el olvido de lo universal, o de que las pequeñas historias necesariamente se oponen a los grandes relatos. Dados estos tres problemas de fondo, no es sorprendente que “no quede títere con cabeza” en mi librito: la pena es que muchos de los títeres que están decapitando (como el “reduccionismo feminista”) no tienen que ver ni con el contenido ni con los objetivos del libro. Tanto la crítica como la teología están presentes en el libro, si bien no de la manera que ellos quisieran.
La porfía… no es ni pretende ser un tratado formal, sino una colección de ensayos (de allí el subtítulo) escritos en el género literario de la teología ocasional, es decir, como respuesta a diversos pedidos de temas a través de los años. Refleja una búsqueda inductiva acerca de cómo hacer una teología que tome en cuenta explícitamente a la particularidad de las mujeres y su realidad material, sin excluir a los varones, en diálogo con la Biblia y la tradición teológica. En continuidad con la primera teología latinoamericana de la liberación, busca mediaciones socio-analíticas que la ayuden a “hacerse cargo de la realidad” de un modo confesadamente transdisciplinario, es decir, enfocado en todo lo que pueda ayudar a la teología a “ver” de una manera fructífera. En el caso de mi trabajo teológico en general, he elegido basarme sobre todo en la teoría feminista como mediación, lo que constituye una discontinuidad con las mediaciones preferidas por la primera teología de la liberación latinoamericana. Creo que el uso de diversas teorías feministas ayuda a esclarecer algunos aspectos de la realidad ante los cuales la teología cristiana a veces ha preferido mirar al costado. No me parece necesario repetir todo lo que la teología latinoamericana ha dicho por ejemplo sobre la utilización de la teoría crítica; en general lo presupongo, a no ser que quiera distanciarme de algún aspecto en particular, como por ejemplo del sesgo androcéntrico de algunos teóricos. Tampoco me interesa hacer un análisis pormenorizado de todo lo que han escrito los “padres” de la teología latinoamericana. Si me resulta iluminador, lo utilizo; si hace falta, explico en qué difiero del autor en ese punto. El resultado ha sido sin dudas desparejo e imperfecto, pero mi propuesta no es la de una lectura definitiva de ninguna doctrina teológica, sino simplemente de proponer algunas vías tentativas para seguir dialogando y caminando. El acercamiento inductivo (y el tiempo pasado entre la escritura de algunos de los ensayos) implica necesariamente la presencia de “desplazamientos” conceptuales que no he querido hacer desaparecer, ya que atestiguan al camino sinuoso (y a veces pedregoso) que es la teología hecha de esta manera.
Tal vez Cremonte y Roldán tengan razón cuando escriben que tengo una visión demasiado “ingenua” del poder, pero no en el sentido que ellos piensan: acaso resulte ingenuo pensar que no haga falta ya desangrarse en el altar de los “padres” de la teoría crítica europea para que un texto sea considerado conceptualmente viable. El hecho es que el instrumental crítico que ellos quisieran ver reflejado más cabalmente en mi texto no necesariamente me permitiría articular los temas que me interesan. Por otra parte, sus apreciaciones brillan por la inconsistencia: por ejemplo resulta sorprendente que por un lado presuman que alguna referencia suelta (por ejemplo a Franz Hinkelammert) suponga la aceptación de todo su escatología y su ética, pero que las referencias a otros autores (por ejemplo a Jürgen Moltmann) no reflejen influencia alguna. Su acercamiento se vuelve más confuso todavía porque hay varias contradicciones en su texto. Por ejemplo, por un lado, escriben que “Bedford más bien parece intentar una continuidad con la teología de Jon Sobrino, digamos, que asumir completamente los presupuestos teóricos y filosóficos de pensadores posmodernos.” (¿Habrá alguien que haga teología que realmente quiera “asumir completamente” esos presupuestos teóricos?). Por el otro, hacia el final del artículo me critican precisamente por claudicar ante las pautas de la postmodernidad y del capitalismo tardío. ¿En qué quedamos? ¿Asumo esas perspectivas “insuficientemente” o “demasiado”?
Creo que vale la pena repasar en mayor detalle algunas de las críticas esbozadas por Cremonte y Roldán para tratar de ver a qué apunta su propio aporte. Comentan, por ejemplo que “Bedford ha decidido presentar su perspectiva de género dentro de la escritura, por así decirlo, de la observación etnológica de la cotidianeidad a la manera de Néstor García Canclini. Pero no siempre las vivencias cotidianas aportan una materia sólida para la reflexión teológico-política.” Me resulta extraño que los autores confundan un método etnográfico (que no aplico) con el simple hecho de describir el desde dónde estoy escribiendo en un momento dado. Agregan, en referencia al mismo escrito: “Bedford se limita a señalar que Willard “a los 53 años aprendió a andar en bici (sin rueditas auxiliares)”. Me pregunto ¿por qué no leen hasta el final de ese pequeño ensayo, donde precisamente critico la postura de Willard como insuficiente y por eso hago referencia a June Jordan? ¿Será que June Jordan no pertenece al olimpo de la teoría crítica europea y por lo tanto no se merece una mención?
Un punto que se repite más de una vez es que supuestamente yo reemplazo la “precomprensión de los pobres” de la teología de la liberación por la “precomprensión feminista”. En este contexto, citan la sentencia de Ireneo “gloria Dei, vivens homo” (la gloria de Dios es el que el ser humano viva) y dan a entender que hago propia sin más la “gloria Dei, vivens mulier” (la gloria de Dios es que la mujer viva) de Elizabeth Johnson. Añaden que “la re-interpretación feminista produce una especificación que, en sí misma, es discriminatoria.” Como en el punto sobre Willard, los autores parecieran no seguir leyendo una vez que encuentran una frase que les molesta. El hecho es que en mi ensayo tomo en cuenta a Ireneo, Romero (‘la gloria de Dios es que viva el pobre – vivens pauper) y Johnson para desarrollar una propuesta propia, de orden no solamente antropológico, sino vinculado a la doctrina de la creación, es decir, cosmológico: “gloria Dei, vivens creatio” (la gloria de Dios es que la creación viva). Los autores no explican en qué sentido podría ser “discriminatoria” la frase de Johnson, y mucho menos la mía (que ni siquiera mencionan).
Lo que permite una hermenéutica feminista de la sospecha es precisamente descubrir en qué medida un teólogo como Ireneo no abarca totalmente al género humano aunque hable del “ser humano”, sino que aplica una mirada masculina que por momentos es sumamente excluyente o a veces despectiva acerca de la realidad de las mujeres (por ejemplo en las partes de Adversus Haereses donde habla de los roles respectivos de Adán, Eva, María y Jesús). Lo que permite entonces una hermenéutica feminista del rescate es, luego de mostrar cómo las mujeres han sido excluidas o marginalizadas del discurso, tomar también los mejores elementos de un teólogo como Ireneo y reformularlos de manera más inclusiva. De esta manera se puede aplicar la crítica a una corriente teológica y a la vez dialogar con ella o inclusive estar en continuidad con ella, al menos en parte. No se trata en el libro, pues, de descartar la idea de la “precomprensión de los pobres,” sino de pensar qué es lo que la palabra “pobres” en sus usos más comunes suele ocultar (por ejemplo, la materialidad de las vivencias de las mujeres) para entenderla mejor y recuperarla desde otra perspectiva. En ese mismo capítulo (y en muchos otros escritos) subrayo explícitamente que el eje de género aplicado de manera reduccionista no sería útil para la teología, sino que se complementa con otros ejes de análisis; pareciera entonces que lo que les molesta a los autores de la recensión es sencillamente cualquier cosa que tenga que ver con lo “feminista”, no importa cómo se trabaje.
A continuación, en un salto lógico algo difícil de seguir, pero de todas maneras revelador, los autores luego toman mi lectura “cautelosa” de Ruether como prueba de que “la teología feminista gira en torno a una diferencialismo reduccionista” a diferencia de una “teología pluralista” (¿con la que se identificarían? No queda del todo claro). El hecho es que hay muchas teologías feministas, algunas de ellas más “pluralistas” que otras. Precisamente Ruether en sus trabajos se precia de tomar en cuenta “las tradiciones soteriológicas extra-cristianas” (ver su clásico Sexism and Godtalk), por lo que resulta difícil entender a qué apunta esta crítica. Es como si los autores tuvieran una definición del feminismo en mente (por cierto no las que yo propongo en mi libro, que no se dignan en mencionar) que automáticamente desemboca en el “reduccionismo”. Con Ruether, que es una de las “madres” de la teología feminista del s. XX, procedo de la misma manera que con los “padres” de la TL: si me resulta iluminador lo que propone, lo utilizo; si me tengo que distanciar de sus ideas, lo hago. Supongo que se podría llamar un acercamiento “cauteloso” pero no es distinto del que aplicaría ante cualquier fuente.
Acto seguido, los autores critican mi “aversión contra el pensamiento conceptual” porque subrayo el carácter abstracto de las categorías de “pobre” y “mujer”. Me pregunto cuál será exactamente el “pensamiento conceptual” al que se refieren los autores como el ideal al cual no he podido ascender; sospecho que sería una forma de pensar en la que no cabe precisamente la particularidad de las mujeres, y que de alguna manera ese es el meollo del asunto. Mi interés pasa por tratar de descubrir cuál es la realidad plural y material que a menudo oculta por ejemplo el concepto de “mujer” (que suele esconder, precisamente, un reduccionismo bastante problemático, no feminista precisamente). Este interés por las particularidades materiales humanas nace en mi caso de la cristología, y en particular de la doctrina de la encarnación: el Hijo Eterno de Dios no se hace un ser humano “genérico” sino un ser humano en toda su particularidad: un hombre que nunca conoce la vejez, judío, viviendo en una época y un lugar que ya no son los nuestros. En esa particularidad contingente de Jesús se ven representadas todas nuestras particularidades, por lo que prestarles atención no tiene que ver con escribir una teología para cada grupito, sino con construir una teología que tanto se haga cargo de las particularidades y –justamente por eso- tenga algo que contribuir a todos y todas. Por parafrasear a Ireneo, Atanasio y los Capadocios: Dios se hizo un ser humano (particular) para que los seres humanos (en nuestras particularidades) podamos ser (como) Dios. Se trata de la vieja doctrina de la theosis o divinización, que tan extraña suena a los oídos occidentales, pero que tan central fue para los primeros siglos de la teología cristiana, y que cobra nueva vida desde la perspectiva del feminismo teológico. La cristología desde siempre ha tratado de dar cuenta tanto de la particularidad como de la universalidad del hecho de Jesús. Los autores comentan: “Si un teólogo como W. Pannenberg se hubiera sometido a este perspectivismo reductor debería haber escrito varias teologías sistemáticas.” De hecho, Pannenberg, a pesar de su encomiable erudición, escribe desde su propia particularidad sin revelarla, sino asumiéndola falsamente como universal (esto se ve claramente en su antropología teológica, que es sumamente androcéntrica y en general desconoce otra realidad que la occidental). ¿Es un androcentrismo que se desconoce a sí mismo una buena noticia para la teología?
Los autores subrayan que les “parece poco riguroso aceptar la existencia de una epistemología feminista” y agregan que es “fácil admitir la existencia, por ejemplo, de una epistemología del psicoanálisis o de las ciencias sociales, pero no de una epistemología de pelirrojos, filipinos, ancianos o, en fin, de una ‘epistemología feminista’”. Está claro que aquí no se refieren en realidad a la epistemología vinculada a alguna teoría feminista en particular, sino que se refieren a las mujeres (por lo que en vez de pelirrojos, filipinos o ancianos podrían haber escrito “mujeres”). Lo que me interesa recalcar en el libro no es explorar la posibilidad de que las mujeres tengan una epistemología dada por el hecho de ser mujeres, sino la posibilidad que mujeres y varones que tomen en cuenta las diversas teorías feministas puedan “entender” de una manera que no ha sido la hegemónica. Esta posibilidad aparece en las diversas disciplinas: no es lo mismo la epistemología de Lacan que la de Irigaray, por ejemplo, aunque ambos utilicen categorías psicoanalíticas.
Según los autores, su principal objeción a mi trabajo es que “falta” análisis de opresión de clase en mis escritos. Escriben que “todo proyecto político clasista y universal deberá alcanzar necesariamente a las mujeres, los ancianos, los niños, los inmigrantes y otras víctimas.” En esta frase muestran por qué es necesaria la epistemología feminista: pareciera que los “ancianos,” los “niños” y los “inmigrantes” son imaginados como varones (o bien las mujeres están subsumidas en esas categorías, pero de manera bastante invisible) y después están “las mujeres”. ¿Quiénes son “las mujeres” de las que hablan? En realidad concuerdo con la importancia del análisis de clase, pero no me convence que “necesariamente” (palabra de los autores) los proyectos “universales” alcancen liberadoramente a las mujeres – porque en general la universalidad que promueven no es tal en realidad. O por decirlo en lenguaje teológico: el pecado por cierto se manifiesta en lo económico y estructural, pero también se actúa poderosamente en el sexismo y el racismo. Una cosa no quita la otra. Si a Cremonte y Roldán les preocupa el reduccionismo, ¿por qué no son conscientes del propio?
A continuación los autores me critican por usar la categoría de “blanca” cuando me describo a mí misma, como si yo aceptara esa categoría de manera esencialista. Todo lo contrario: me parece que las categorías “raciales” son construcciones ideológicas (con un historial trágico en la modernidad), pero que tienen fuerza en la realidad (una vez más aparece aquí la hamartiología: el pecado de la inequidad tiene fuerza real en este mundo). En mi nota me refería entonces a mi deseo de tomar en cuenta cómo funciona el “privilegio blanco” que hace que una persona de tez clara como la mía sea tratada mejor en muchas situaciones y países que aquellos que no la tienen. Todas las mujeres nos topamos con el androcentrismo y la inequidad de género, pero de diferentes maneras y con diversas consecuencias (justamente por cuestiones de clase social, nivel socio-educativo, etnicidad, posibilidades materiales, acceso al ejercicio de nuestros derechos, y así sucesivamente). Es sano que analicemos en qué medida nos beneficiamos o somos cómplices de los sistemas de opresión, para ejercer una verdadera autocrítica (los autores me citan erróneamente al escribir “autocráticamente”). Tomar en cuenta el clasismo o el sexismo no nos exime de tomar en cuenta el racismo; esto es algo que me lo han enseñado en particular las compañeras afro-descendientes e indígenas.
Cuando los autores critican mi análisis de “cristología nocivas” o “tóxicas” frente a cristologías “saludables” consideran que es como si “se tratara de un diagnóstico higienista y positivista a la manera del peor José Ingenieros”. Como en otras partes de su artículo, da la impresión de que no se hubieran molestado en leer mi texto con atención. Mi propuesta no es “positivista” en cuanto lo que trata de buscar son modos fluidos de hacer cristología que no resulten en injusticia u opresión. Esto requiere atención a las consecuencias materiales de una cristología, no solamente a su construcción conceptual “ortodoxa”. Muchas cristologías desarrolladas con las mejores intenciones han tenido consecuencias nocivas, y vale la pena tomarlo en cuenta y buscar maneras de evitarlo – maneras que por definición no pueden ser rígidas ni preestablecidas. Esto permite –una vez más- la autocrítica en nuestros intentos de hacer teología. Dado que la cristología puede servir tanto para oprimir como para liberar, nos compete prestar atención a los factores que llevan a una cosa o a la otra en diversos contextos.
En uno de los pasajes más jugosos de su reseña, los autores escriben que “una teología radical debe asumir dialécticamente la productividad del pecado. El pecado es condición de posibilidad de la cultura humana tanto como de una espiritualidad superior. En este sentido una crítica radical debería descartar cualquier visión naïf (sic) del poder.” ¿Acaso formará parte de una visión ingenua del poder preguntarse a quién(es) exactamente beneficia este tipo de planteo y quién(es) se perjudica(n) más con esa supuesta “productividad del pecado”? ¿Es esta formulación una manera indirecta de postular que el fin justifica los medios? ¿En qué consistirá esa “espiritualidad superior”? ¿Tendrá algo que ver con el evangelio de Jesús? ¿Será un error pensar que –desde Jesús y desde una dinámica trinitaria- es posible pensar tanto las particularidades como un horizonte normativo de justicia? En mis escritos siempre parto de un cierto horizonte de normatividad sin el cual no sería posible hacer teologías liberadoras. El problema suele ser quiénes se atribuyen el derecho de articular ese horizonte y de qué manera; no creo que analizarlo tenga que ver con ingenuidad alguna ante el fenómeno del poder. Los autores escriben: “Ciertamente la defensa de la igualdad de los derechos de las mujeres y de los gays es una lucha incesante contra las costumbres conservadoras pero esto no quiere decir que estos discursos, necesarios en el plano de las reformas éticas de nuestras sociedades, puedan servir de base o incluso de inspiración principal para la producción teológica ni para un genuino proyecto emancipador.” Aquí también es revelador analizar las presuposiciones implícitas de la frase: los “discursos” de “las mujeres” y “los gays” (presumiblemente varones; las lesbianas no se sabe en cuál de las dos categorías entrarían) –es decir de dos grupos que se presentan como “diferentes” a los varones heterosexuales- no pueden “inspirar” ni “servir de base” a la teología. ¿Será ingenuo preguntarse, pues, los “discursos” de quiénes sí pueden servir de base o de inspiración principal para la teología o la política liberadora según estos autores? ¿Cómo se define “discurso” aquí? ¿Cómo se determina lo “genuinamente” emancipador? ¿Será ingenuo pedirles a los autores que apliquen una hermenéutica de la sospecha y del rescate a su propio discurso filosófico o teológico?
Para terminar, quisiera reconocer la pertinencia de una de las críticas, a saber, que “falta teología”. Cremonte y Roldán se refieren a mi libro, claro, pero lo mismo podría decirse de su propia reseña, que no se interesa demasiado por las propuestas teológicas que el libro de hecho ofrece. No obstante, tienen razón en este punto: queda mucho por pensar y mucho por hacer teológicamente, así como mucho que por las limitaciones materiales propias de nuestros países jamás formará parte de un libro publicado en papel, pero que podemos trabajar en otros medios. Si bien algunos de los temas que me reclaman (como por ejemplo el de María Magdalena y la resurrección o un análisis más pormenorizado del pensamiento de Rosi Braidotti) los he trabajado en otras publicaciones, por cierto nos queda mucha tela para cortar: a mí, y a toda la gente para la cual hacer teología tiene sentido. A cabalgar, Sancho…

Fuente: Nancy Elizabeth Bedford, publicado por www.lupaprotesante.com

Catedrática en el Garrett-Evangelical Theological Seminary www.garrett.edu

El libro: La porfía de la resurrección lo puede conseguir www.kairos.org.ar//index.php

domingo, 28 de junio de 2009

Una cierta tendencia de la teología feminista en América (a propósito de Nancy Bedford)

Por. David Roldan y Martín Cremonte, Argentina*

Luego de muchos años de gestación, se publicó el primer libro de Nancy Bedford, La porfía de la resurrección. Ensayos desde el feminismo teológico latinoamericano (Buenos Aires, Ediciones Kairós, 2009).1 Este acontecimiento constituye un momento oportuno para realizar un balance crítico sobre el alcance emancipador, teológico y conceptual de la teología feminista en América Latina.
Podemos anticipar, sin ningún rodeo, que nuestra visión es francamente negativa en un punto clave: desde la apertura de una hermenéutica liberacionista, gracias a la producción teórica de los maestros de la Teología de la Liberación, a principios de los 70, este horizonte crítico no se ha profundizado ni ampliado, como a primera vista parecería imaginar la teoría feminista y sus ideas posmodernas implícitas.2
El ensayo de Nancy Bedford cosiste en una compilación de artículos que se subdivide en tres partes: I. “La cotidianeidad desde lo femenino” contiene cinco capítulos que versan sobre distintos aspectos de la vida cotidiana, en los cuales la autora intenta pensar teológicamente. II. “El feminismo teológico en la danza del Espíritu” consta también de otros cinco capítulos, pero de mayor extensión (141 páginas, en comparación con las 34 de la primera parte). III “Reflexiones metodológicas” abarca dos capítulos, de 46 páginas en total.
El primer aspecto que suscita interés es el punto de partida desde la vida cotidiana. Bedford ha decidido presentar su perspectiva de género dentro de la escritura, por así decirlo, de la observación etnológica de la cotidianeidad a la manera de Néstor García Canclini. Pero no siempre las vivencias cotidianas aportan una materia sólida para la reflexión teológico-política. Un ejemplo claro de ello lo encontramos en el punto I.2 “Andar en bici y escribir poesías” en donde Bedford cita una programática frase de Frances Willard, “En cada cristiano existe un/a socialista y en cada socialista un/a cristiano/a”; pero, en lugar de actualizar el sentido de este posicionamiento ideológico, de este proyecto inconcluso, Bedford se limita a señalar que Willard “a los 53 años aprendió a andar en bici (sin rueditas auxiliares)”. Esta referencia cotidiana a la locomoción eclipsa, en el resto del libro, a cualquier intento de pensar con profundidad la cuestión del socialismo en nuestra época.
Para ilustrar la manera en que la autora integra de manera auto-referencial diálogos cotidianos a su escritura, vale la pena citar el siguiente intercambio con sus hijas:
“¿Pero este es un libro escrito nada más que por vos?—pegunta Sofía, que se acuerda que muchas otras veces escribo capítulos para libros colectivos
-Sí, este sí.
-¿Y vas a poner nuestros nombres? —pregunta Carolina.
-Sí, claro.
-¿Y también se lo vas a dedicar al conejo?
-No, al conejo, no” (pp.249-250).
Más allá del método de partir de la cotidianeidad, son muy reveladoras las inspiraciones teóricas de Bedford: a pie de página el lector podrá comprobar la abundante bibliografía de teoría feminista que Bedford ha tenido en cuenta, pero lo curioso es que en general las ideas posmodernas (pos-estructuralistas, deconstructivistas, neo-nietzscheanas, etc.) que subyacen en las autoras citadas no llegan a explicitarse completamente. Bedford más bien parece intentar una continuidad con la teología de Jon Sobrino, digamos, que asumir completamente los presupuestos teóricos y filosóficos de pensadores posmodernos. Prima facie, podemos concluir que se trata de una solución de compromiso entre la teoría feminista y la teología propiamente dicha.
Y aquí encontramos uno de los puntos más débiles de la propuesta de nuestra teóloga, a saber: la creencia en que la mera “sustitución” de la “precomprensión de los pobres” de la Teología de la Liberación por la “precomprensión feminista” significa una verdadera ganancia conceptual. Nótese, por ejemplo, los absurdos que se comenten, como la propia autora señala, en el intento de cambiar la consigna de Ireneo, “Gloria Dei, vivens homo” (“La gloria de Dios es el hombre vivo”), por “Gloria Dei, vivens mulier”. Mientras que la sentencia de Ireneo incluye al género humano (ya que no dice “vir” sino “homo”), la re-interpretación feminista produce una especificación que, en sí misma, es discriminatoria.
Desde nuestro punto de vista, el ejercicio de la teología debería ser sinónimo de producción de conceptos teológicos; luego, la invención de dichos conceptos implica, ante todo, la formulación de problemas. Ahora bien: la propia Bedford es cautelosa con uno de los enunciados más representativos de la teología feminista, a saber: “¿Puede un salvador varón salvar a las mujeres?”. Este planteo que fue introducido por Rosemary Radford Ruether, (ver p. 94), difícilmente pueda proporcionarnos algún punto de partida fecundo para desarrollos conceptuales. Nótese en este ejemplo el estrecho camino de la teología feminista: mientras que la “teología pluralista” 3nos desafía a pensar la universalidad de la revelación a través del generoso desafío de comprender las tradiciones soteriológicas extra-cristianas, la teología feminista gira en torno a una diferencialismo reduccionista.
La aversión contra el pensamiento conceptual se patentiza en la página 225, donde se rechazan por “abstractas” las categorías de “pobre” y “mujer”.4 Este giro posmoderno hacia las “historias mínimas” implica, además del uso y abuso del recurso a lo cotidiano y al lenguaje coloquial5, la construcción de micro-perspectivas estrechas. Si un teólogo como W. Pannenberg se hubiera sometido a este perspectivismo reductor debería haber escrito varias teologías sistemáticas: una para los varones, otra para las mujeres, otra para las mujeres negras, otra para las mujeres chicanas, otra para las mujeres mexicanas que trabajan en las maquiladoras de Ciudad Juárez, etc. Por cierto, a propósito de esto último, cuando la autora se refiere varias veces a esta problemática, lo hace desde las demandas feministas, sin destacar la pertenencia de esas mujeres a la clase obrera (pp. 143-149).
En esta misma línea de crítica, nos parece poco riguroso aceptar la existencia de una “epistemología feminista” (p. 220), cuando en realidad el “instrumental feminista”, en el mejor de los casos, permitiría justificar teóricamente la perspectiva de género pero no una flexión sobre la condición de posibilidad de cierto saber científico. Es fácil admitir la existencia, por ejemplo, de una epistemología del psicoanálisis o de las ciencias sociales, pero no de una epistemología de pelirrojos, filipinos, ancianos o, en fin, de una “epistemología feminista”.
Nuestra objeción principal a Bedford se funda en los siguientes principios. Todo proyecto emancipador que se pretenda tal no puede prescindir de la explotación de clase como referencia central para las otras formas de opresión. Las luchas contra las distintas formas de injusticia sólo tienen sentido si se fundan en el cuestionamiento de la explotación de clase. En esta línea, todo proyecto político clasista y universal deberá alcanzar necesariamente a las mujeres, los ancianos, los niños, los inmigrantes y otras víctimas. Sin esta subordinación de las micro-emancipaciones a la lucha contra la opresión de clase, no existiría una politización de las denuncias. Los discursos de micro-liberación se transformarían en reclamos éticos que se expresarían en meras campañas culturales útiles para la educación, etc. pero no para constituir un verdadero proyecto emancipador.
En este sentido nuestra autora no escapa al reduccionismo de aceptar, de entrada, un punto de vista sexista y biologicista sobre el lugar de las mujeres en el mundo actual. Particularmente, cuando Bedford expresa lo siguiente: “Trato de hacerme cargo autocráticamente como persona blanca…, etc.” (p. 113, nota 111, negritas añadidas), ipso facto nuestra autora acepta la condición biológica como un factor de crítica política.6 Sin embargo, Tzvetan Todorov fue lo suficiente explícito al cuestionar las expresiones de un “racismo invertido” en la obra de Lévi Strauss así como en gran parte de los discursos diferencialistas7.
Cuando el feminismo se autonomiza del proyecto emancipador clasista y universal, queda justamente expuesto a transformarse en crítica moralista. Ciertamente, es muy elogiable la idea de una campaña cultural contra el “sentido común patriarcal”, pero el punto crítico es que, al mismo tiempo y sin advertirlo, Bedford ha aceptado el “sentido común posmoderno”, es decir, al abrazar la micro-discurso feminista ha aceptado acríticamente fragmentar el discurso emancipador en reclamo parcial de minorías. Este discurso, según la crítica de Elisabeth Roudinesco a Jacques Derrida, se configuran en una suerte de higienismo puritano8. De esta manera, “logocentrismo”9, “androcentrismo”, “falocentrismo” se convierten en fáciles consignas contra una entidad maléfica que carece de entidad conceptual. Así, por ejemplo, Bedford se refiere a “cristología nocivas” o “tóxicas” frente a cristologías “saludables” (p. 90 y ss.), como si se tratara de un diagnóstico higienista y positivista a la manera del peor José Ingenieros.
Acaso por esa razón, advertimos tres notables ausencia en las 250 páginas de La Porfía: el marxismo crítico, la Teología de la Liberación y la teología misma. Bedford no emprende la necesaria crítica del más sólido proyecto emancipatorio de la tradición socialista, es decir, el marxismo crítico y la Teoría Crítica de la Escuela de Frankfurt10. Advertimos que en la página 207 nuestra autora despacha a Habermas y no se ocupa de en ningún momento de los grandes teóricos del marxismo: la generación contemporánea a la revolución de octubre: G. Lukács, E. Bloch, K. Korsch, A. Gramsci y L. Trotsky. Tampoco Bedford se refiere siquiera a M. Horkheimer, T. Adorno, K. Lowith, W. Benjamín, H. Marcuse y al propio J. Habermas11.
En segundo lugar, respecto a la Teología de la Liberación, Bedford no retoma los logros más importantes de esta tradición ni emprende una necesaria crítica de los maestros (J. Porfirio Miranda, J. Míguez Bonino, G. Gutiérrez, J. L Segundo, los hermanos Boff, H. Assmann, E. Dussel, etc.). Tampoco nuestra autora ha considerado una obra clave, en el terreno de la historia de las ideas, sobre la Teología de la Liberación; nos referimos a Guerra de dioses. Religión y política en América Latina de Michael Löwy.12
Bedford sencillamente juega a una sustitución de palabras13: de la perspectiva legítima y fecunda Gloria Dei, vivens pauper cree que puede pasar a Gloria Dei, vivens mulier. Con esta aparente continuidad con la Teología de la Liberación, Bedford en la práctica deja de lado la articulación entre ésta y el marxismo crítico. La herencia, en lugar de vivificarse, parece un intercambio de citas y de cortesías que se alejan de la genuina búsqueda de un proyecto intelectual común. Como se puede comprobar en la cita de la nota 299, Bedford no niega la explotación de clase, sólo que la considera una más entre distintas formas de opresión, como otro ingrediente añadido a “la vidriera de los cambalaches”.
En tercer lugar, como anticipará el lector, tampoco la fuerza de la teología misma sale beneficiada con el método de la cotidianeidad. Los comentarios anecdóticos y auto-referenciales de Bedford no tienen la lucidez de la semiología de un Barthes o un Umberto Eco (“A medida que voy escribiendo este artículo voy experimentando literalmente cientos de interrupciones de mis tres niñas, que trato de vivir como interrupciones de la vitalidad de la voz del espíritu”, etc. p. 213) ni de las sociologías de la vida cotidiana (H. Lefebvre, J., A. Heller, J. J. Sebreli etc.) En cambio, los sólidos aportes de J. Möltmann y de W. Pannenberg, para poner dos de nuestros más admirados teólogos, no se recuperan ni desarrollan en ninguna parte del texto. Esto nos preocupa especialmente por el triste lugar en que nuestra época posmoderna ha confinado a la producción teológica. Bedford parece claudicar en el uso del concepto y en el ejercicio pleno de la teología en favor de las modas culturales. Agreguemos a lo anterior, que el “instrumental” de las ciencias sociales con que opera Bedford no se apoya en el trabajo de los grandes proyectos de investigación, es decir, en los “clásicos”: K. Marx, E. Durkheim, M. Weber, S. Freud, o bien en F. Braudel, E. Goffman, Berger-Luckmann, N. Chomsky o N. Luhmann. Se diría que la lista de autores feministas no contribuye al espesor conceptual del instrumental de Bedford. Si no, obsérvense las dificultades que se manifiestan en el cierre de “la parte teórica” del libro —los “ensayos sistemáticos”— en páginas 197-198, donde se nos invita a la amistad y al “sabor” de la teología. En este final no se logra trasponer el nivel metafórico-cotidiano hacia el nivel conceptual.
De hecho, el problema de la resurrección no es planteado en ningún lado con el espesor teórico que dicho debate tuvo en la teología del siglo XX. Ni tampoco se dilucida la decisiva contribución de María Magdalena y de las primeras mujeres cristianas en la elaboración y transmisión del relato de la resurrección, es decir, nada menos que en la creación del cristianismo post-pascual. Esta omisión es tanto más significativa cuanto que el título de la obra, como la ilustración de la tapa (una miniatura del siglo XII, que muestra a María Magdalena anunciando la resurrección de Jesús a los once discípulos), sugieren que este núcleo (mujeres/resurrección) será el tema principal del ensayo.14
Y last but not least, es necesario considerar la teoría del poder implícita en todo el texto, es decir, cierta visión ingenua del poder que expresa Bedford. Una vez que nuestra autora ha optado por el eticismo y el reclamo público contra la coerción patriarcal, su concepción del poder asume contenidos un tanto pobres del poder político. Desde luego que en su narración resulta muy digno el compromiso de la autora contra la política bélica de Bush.
Sin embargo, al no haber emprendido Bedford una crítica sistemática a los maestros de la Teología de la Liberación, reproduce algunos desarrollos fallidos. Por ejemplo, nuestra autora incurre en un maniqueísmo acrítico al aceptar el esquema dualista de la teoría de la dependencia de Franz Hinkelammert en todas sus variantes: modernidad europea versus tercer mundo, sacrificio destructivo de Edipo versus el pacifista no-sacrificio de Isaac, occidente victimario y genocida frente al resto del mundo victimizado, etc.15 Bedford retoma aquí los aspectos más ingenuos del eticismo de Hinkelammert. Por el contrario, contra este moralismo maniqueo, creemos que una teología radical debe asumir dialécticamente la productividad del pecado. El pecado es condición de posibilidad de la cultura humana tanto como de una espiritualidad superior. En este sentido una crítica radical debería descartar cualquier visión naife naïf del poder.
Contra la concepción política de “alma bella”, debemos recordar aquí la importancia de la “seriedad de lo negativo” que reclamaba Hegel16. La dialéctica del amo y del esclavo no es una parábola evangélica para indicar que existe la oposición de un agente puro-bueno contra un agente perverso-malvado, sino que se trata de una dialéctica compleja de autoconstitución. Para trasladar el símil, digamos que no podemos condenar en bloque a la violencia de la “modernidad”17, al “imperialismo romano”18 o a la “tecnocracia helenística” (De Jong19) como encarnaciones maléficas sino como estadios importantes de la conciencia occidental. Así, por ejemplo, no deberíamos lamentarnos de que la cultura griega naciera de una sociedad esclavista y patriarcal sino considerar justamente que las contradicciones dialécticas de las sociedades producen las creaciones culturales más interesantes20.
Así, pues, la crítica sentimentalista a la violencia no puede basarse en una mera condena maniquea En todo caso, para pensar en una práctica realista de resistencia contra toda opresión, Bedford debió fortalecer el punto hermenéutico de la explotación de clase articulándolo con los fenómenos más extremos de violencia en el siglo XX: los genocidios históricos. Una perspectiva crítica y realista de la violencia, necesariamente debe contar con una teoría comparada de los genocidios que incluya la tecnología de los campos de concentración (incluidos los de Stalin, Mao, etc.). Pero esta problemática ni siquiera asoma en el texto de nuestra teóloga. La condena a los genocidios —nos animamos a decir—, en el discurso de la actual teología latinoamericana, sólo se basa en la retórica eticista o en la denuncia moral sin bases ideológicas conceptuales. Acaso el único investigador en lengua castellana que se ha propuesto construir una reflexión teórica sobre el fenómeno de los genocidios sea Daniel Feierstein21.
Finalmente, deseamos destacar una coincidencia estructural con Bedford respecto a la necesaria implicación entre teología y amistad (capítulo 10). Ciertamente la pasión por la teología y la filosofía nos inclina a valorar el estilo de la propia Bedford y su “jardín en Babilonia” aún en la más franca disidencia.
Al menos nosotros, una fracción de teólogos y filósofos (la generación de nacidos circa 70, digamos) intentamos romper el relativismo light, los “pequeños discursos”22, el eclecticismo, porque en esta noche posmoderna en la que “todos los gatos son pardos”, tenemos como shibboleth la fe dialéctica en el concepto.
Y en este sentido es que no podemos evitar concluir el presente texto con la siguiente tesis: este libro de Bedford no refleja tanto el mérito o demérito de la autora sino que es un síntoma del estado (o de la claudicación) de la post-Teología de la Liberación en los tiempos de la posmodernidad o del capitalismo tardío.
La “diversificación” de la teología de la liberación después de los 90, digamos, en las corrientes ecologistas, feministas, reivindicaciones de minorías, etc. indican una pérdida del proyecto emancipador por cuanto estos discursos se “agregan” como aparentes “ampliaciones” al núcleo socialista cuando, en rigor, el cóctel de tendencias no representa en absoluto una articulación conceptual aceptable, a la vez que dicho núcleo ha desaparecido.
Ciertamente la defensa de la igualdad de los derechos de las mujeres y de los gays es una lucha incesante contra las costumbres conservadoras pero esto no quiere decir que estos discursos, necesarios en el plano de las reformas éticas de nuestras sociedades, puedan servir de base o incluso de inspiración principal para la producción teológica ni para un genuino proyecto emancipador.
Por lo que hemos expuesto, tenemos la convicción de que ha llegado la hora de pensar si estas corrientes no representan la causa más visible de la precariedad teórica de gran parte de la actual teología latinoamericana.
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1 Queremos expresar nuestro agradecimiento a las incondicionales Mariana Fernández y Natalia Baez, bibliotecarias del ISEDET, por habernos facilitado rápidamente en préstamo un ejemplar del libro.
2 Este desarrollo representa una retractación parcial de lo afirmado en Roldán, David “La mujer en la educación teológica”, en Encuentro y Diálogo 16 (2003), pp. 331-134”, cuando uno de los autores del presente artículo creía todavía promisorio el punto de partida feminista.
3 Francesc Torradeflot, “La Teologia de les religions pluralista”, en Qüestions de Vida Cristiana nº 189. Publicaciones de L'Abadia de Monserrat, Barcelona; 1998
4 Esto quizá se deba a la endeble selección de autores, como Rosi Braidotti, una pensadora que sostiene que es posible desafiar la categoría de subjetividad moderna con la del Cyborg. Cf. Rosi Braidotti: Sujetos nómades. Corporización y diferencia sexual en la teoría feminista contemporánea. Buenos Aires, Paidós, 2000, pp. 109-130.
5 Por ejemplo, en p. 46 cuando la autora confiesa que sobre ciertos temas le ha ido “cayendo la ficha”.
6 Los desplazamientos teóricos no se hacen esperar; mientras que en gran parte del libro la autora da a entender que los planteos en perspectiva ontológica son “tóxicos” o “nocivos”, y que el ser varón o mujer son una construcción social, en la p. 212 prefiere la expresión “ser mujer”, en lugar de decir “he decidido ser mujer”.
7 Todorov, Tzvetan (1989). Nosotros y los otros. México: Siglo XXI, 2003. Ver especialmente la crítica al relativismo anti-humanista de Lévi-Strauss y sus aporías pp. 83-112.
8 Roudinesco, Elisabeth y Derrida Jacques. Y mañana qué. México, FCE, 2003. Roudinesco asume una posición crítica frente a criterios multiculturalistas que pretenden instaurar formas de censura con la excusa de la political correctness. En especial, Roudinesco se opuso a cierta corriente “revisionista” y “puritana” que pretendía expurgar a la obra de Freud de su “falocentrismo”, etc. Derrida fue el inspirador de este puritanismo. Precisamente en el diálogo con Roudinesco el filósofo reivindica “una ética general de la vigilancia” contra “la violencia falocéntrica, etnocéntrica o racista” (pp. 35-39). En esta declaración se puede observar este eticismo cuasi policial, el cual presupone un alto grado de despolitización.
9 Corneliuis Castoriadis fue quien mejor advirtió las implicancias de la “ideología francesa” de la “filosofía de la diferencia”. Al calificar de “burrada” al concepto de “logocentrismo” el pensador griego señalaba la insuficiencia de ese término para referirse al “proyecto de autonomía” nacido en Grecia, etc. Ver Castoriadis, Cornelius (1975). La institución imaginaria de la sociedad, 2 tomos, Tusquets, Barcelona, 1993, así como muchos de sus artículos posteriores.
10 Ya hemos señalado este descuido de la tradición marxista en Ivan Petrella: Roldán, David “Teología Crítica de la Liberación: a propósito de Ivan Petrella (proyecto de trabajo)”, en http://www.teologos.com.ar/arch/Teologia_Critica_de_la_Liberacion_-a_proposito_de_ivan_petrella.pdf
11 Jay, Martin: La imaginación dialéctica. Madrid: Ed. Taurus, 1974.
12 Löwy, Michael: Guerra de dioses. Religión y política en América Latina. México: Siglo XXI, 1999. Bedford cita, sin profundizar, otro texto clave del mismo autor: Löwy, Michael (1988), Redención y utopía. El judaísmo libertario en Europa central. Buenos Aires, El cielo por asalto, 1997.
13 “Si colocamos ‘mujeres’ donde dice pobres nos acercamos a la ‘precomprensión’ feminista; y si leemos ‘mujeres pobres’ agregamos a la teología feminista la necesaria dimensión de la hermenéutica de la sospecha desde la iniquidad económica” p. 207, nota 269. En p. 211 afirma “Es preciso egresar de la metonimia mujer-naturaleza para ingresar al terreno de la metáfora: la mujer es y no es como la naturaleza; el varón es y no es como la naturaleza (…)”.
14 Cfr. Schüssler, Elisabeth Fiorenza: En memoria de ella. Una re-construcción teológico-feminista de los orígenes del cristianismo. Bilbao: Desclée de Brouwer, 1989. Schottroff, Luise: Mulheres no Novo Testamento. Exegese numa perspectiva feminista. Sao Paulo: Paulinas, 1995. Tunc, Suzanne: También las mujeres seguían a Jesús. Santander: Sal Terrae, 1999. Crossan, John Dominic: El nacimiento del cristianismo. Santander: Sal Terrae, 2002. Tamez, Elsa: Las mujeres en el movimiento de Jesús, el Cristo. Quito. CLAI, 2003. Sobre el debate en torno a la resurrección podemos señalar que fue central para el pensamiento de teólogos tales como R. Bultmann, K. Barth, W. Pannenberg, J. Míguez Bonino y J. Hick.
15 Ver principalmente, Hinkelammert, Franz: La fe de Abraham y el Edipo Occidental. San José de Costa Rica: DEI, 1989 y Hinkelammert, Franz: Sacrificios humanos y sociedad occidental: Lucifer y la bestia. San José de Costa Rica: DEI, 1991. Al abandonar la crítica de la ideología, por una suerte de crítica inmanente de la fetichización y de una concepción sacrificial de la economía, Hinkelammert ha caído, paradójicamente, en el cierto mito dualista de las fuerzas del bien y del mal enfrentadas, etc.
16 Cfr. Hegel, G. F. W.: Fenomenología del espíritu. México: FCE, 2005, apartado VI, C, c, 2, donde se desarrolla la figura del “Alma bella” y también el punto “La virtud y el curso del mundo” en Fenomenología V, B, c.
17 Cfr. Habermas, Jürgen: El discurso filosófico de la modernidad. Madrid: Taurus, 1991.
18 El tópico liberacionista de contraponer el estado romano a la crítica profética no debería descuidar que aquel “imperialismo” dentro del modo producción esclavista no es el mismo que el imperialismo del estado norteamericano en el modo de producción neo-capitalista, etc. Un mero rechazo anacrónico de la estatalidad romana no nos deja valorar adecuadamente el aporte histórico de la “civilización romana”. Cfr. Anderson, Perry: Transiciones de la Antigüedad al Feudalismo. México: Siglo XXI, 1999.
19 De Jong, Stephan, "‘¡Quítate de mi sol!’. Eclesiastés y la tecnocracia helenística”. RIBLA 11 (1992) 75-85. Cierta corriente “anti-helénica” tiene una larga y consolidada tradición en los estudios bíblicos. Incluso esta tendencia se apoya en una postura “racialista” en las que ciertas categorías semíticas puras son contaminadas por el pensamiento griego.
20 Mondolfo, Rodolfo. El genio helénico y los caracteres de sus creaciones espirituales. Universidad Nacional de Tucumán, 1943.
21 Feiestein, Daniel. El genocidio como práctica social. Buenos Aires: FCE, 2007.
22 Lyotard, Jean-Francois (1979). La condición posmoderna. Madrid: Cátedra, 1989. Podemos considerar que este autor fue el ideólogo más acabado de las corrientes posmodernas y de la “filosofía de la diferencia”.

Martín Cremonte es licenciado en letras y licenciado en filosofía (ambos títulos por la Universidad de Buenos Aires, UBA). Se desempeña como profesor de Historia de la Cultura I y II en el Instituto Teológico FIET. Integra hace años un grupo de investigación sobre filosofía poshegeliana en la UBA.
David A. Roldan es licenciado en teología (ISEDET) y candidato a los doctorados en filosofía y en teología. Es decano del Instituto Teológico FIET. Integra hace años un grupo de investigación sobre filosofía poshegeliana en la UBA, y es editor de la Revista Teología y Cultura, en www.teologos.com.ar
Fuente: Lupaprotestante
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