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miércoles, 10 de enero de 2018

Feminismo radical, ideología de género y manipulación política

Por. Alex Roig, España
Suena siniestro leer que tras la ideología de género se encuentra el marxismo cultural y el feminismo radical, amén de otros agentes, empeñados en acabar con la familia tradicional y el mundo occidental tal como lo conocemos.
¿En relación a qué es “radical” el feminismo así calificado? Según sus críticos es “radical” en relación al feminismo moderado o tradicional de las primeras feministas, las cuales fueron buenas chicas que portaron el estandarte de la liberación femenina con justas reivindicaciones sociales como un salario digno o acceso a profesiones consideradas exclusivamente de hombres. Un feminismo al cual nada se puede objetar, sino todo lo contrario. Pero a finales de los años sesenta surge en Estados Unidos un grupo de feministas radicales que empieza a desmarcarse de lo que hasta ese momento había sido el movimiento feminista reivindicativo en todo el mundo, dando lugar al feminismo agresivo contra el hombre y toda su cultura patriarcal, cuyo germen debe buscarse en la nueva izquierda surgida después de mayo del 68[1]. “El corpus de esta ideología totalitaria incluye el sexo libre, el aborto, y la desaparición del matrimonio, la familia y la religión por ser instituciones opresoras”[2].
A juzgar por lo extremado de las afirmaciones de algunas de sus representados es fácil satanizar el feminismo radical, sin pararse a pensar en sus causas y razones reivindicativas, tras las que se esconden muchas experiencias de dolor, como la de, por ejemplo, la escritora estadounidense y activista Andrea Dworkin, cuya vida es todo un rosario de abusos. Para empezar, abusos por parte de su padre, abusos de su primer marido. A los 18 años fue arrestada durante una protesta contra la guerra del Vietnam y estuvo en la cárcel de mujeres del Village, donde sufrió abusos de dos médicos. Todos estos factores dominaron sus batallas subsiguientes contra toda forma de violencia contra la mujer. Tras licenciarse en Literatura en 1968 por el Bennington College, dedicó todas sus fuerzas a la lucha feminista. Básicamente, fueron batallas contra la pornografía, la pedofilia, la violencia contra la mujer y la conducta sexual del hombre como referente de la desigualdad imperante, ahondando en la utilización del sexo por el hombre como vehículo del poder patriarcal. En 1999, a los 53 años, fue drogada y violada en un hotel de París, un suceso que le hizo un daño enorme, agravado, además, porque hubo quien no creyó su historia[3].
Es evidente que muchas mujeres no han llegado al feminismo radical por pura teoría ni por promover caprichosamente una ideología de género, sino sencillamente como consecuencia de su propia experiencia de vejación y dolor. Se entiende perfectamente que sea una mujer, monja y teóloga católica, Ivone Gebara, la que pueda escribir una teodicea teológica hasta aquí no tratada por ningún teólogo o filósofo masculino, me refiero a El rostro oculto del mal. Una teología desde la experiencia de las mujeres (Trotta, Madrid 2002)[4].
Ciertamente, la experiencia de violencia sexual o machista no justifica necesariamente las posiciones extremas o radicales, pero ayuda a comprenderlas y obliga a buscar otras perspectivas y hermenéuticas más comprensivas, según el principio cristiano destacado por San Ignacio, de que antes de condenar la posición contraria, hay que intentar salvarla. Así es como se es fiel a aquel que dijo, “no he venido a condenar al mundo, sino a salvarlo” (Jn 12, 47).
Cuando cada día somos testigos del abuso de la mujer, que en estos últimos meses ha tenido por protagonista a la industria del espectáculo de Hollywood, pero que es una realidad cotidiana que muchas niñas —y niños— llevan sufriendo desde la más tierna infancia en el seno mismo de su familia[5]. Es triste comprobar que la violencia contra la mujer está presente en tanto en ámbitos privados como públicos; en el hogar y en trabajo; en la economía canalla de la prostitución, la pornografía y la trata de blancas; en la violencia física directa; en los feminicidios[6], que muchas veces quedan impunes.
Los que señalan los años ’60 como génesis de la ideología de género, deben recordar que aquellos fueron marcados no solo por el movimiento feminista radical, sino también por protestas internacionales contra la guerra en Vietnam y contra la aceptación y hasta el apoyo de brutales dictaduras en Latinoamérica. Parte de aquella juventud se radicalizó al no ver posibilidades de eliminar esta violencia institucional. Protestaba por igual contra la violencia política y todo tipo de violencias, entre ellas la violencia de género.
Dicho esto, hay que aclarar que este tipo feminismo radical de los años 60-70 ya apenas si existe, excepto en Estados Unidos, donde siempre ha contado con grandes representantes, cuyo pensamiento fluctuó entre lo radical y lo moderado. Hoy muchas feministas abogan más por la cooperación que por la confrontación. En la actualidad, se puede decir con María Blanco, que «nadie tiene el monopolio de lo que piensan las mujeres, ni del feminismo auténtico, ni de la feminidad» (Afrodita desenmascarada. Una defensa del feminismo liberal. Deusto Ediciones, Barcelona, 2017).
Cathy Young, escribiendo a mediados del 2016 para The Washington Post, afirmaba que casi nadie niega la realidad histórica de la dominación masculina, pero la solución al problema, que ha creado un gran fractura en nuestra cultura, pasa no sólo por la guerra entre sexos. “Para formar parte de la curación, el feminismo debe incluir a los hombres, no sólo como aliados sino como socios, con una misma voz y una misma humanidad”[7].
Después de una década complicada, la Conferencia Episcopal Española reconocía que el tiempo transcurrido desde la publicación Directorio de la Pastoral Familiar en España (2003), donde los obispos llamaban la atención sobre las nuevas circunstancias en las que se desarrollaba la vida familiar, y la presencia en la legislación española de presupuestos que devaluaban el matrimonio, en la actualidad “permite advertir que, desde entonces, no son pocos los motivos para la esperanza. Junto a otros factores se advierte, cada vez más extendida en amplios sectores de la sociedad, la valoración positiva del bien de la vida y de la familia; abundan los testimonios de entrega y santidad de muchos matrimonios y se constata el papel fundamental que están suponiendo las familias para el sostenimiento de tantas personas, y de la sociedad misma, en estos tiempos de crisis”[8].
Los múltiples desafíos al concepto cristiano de la sexualidad y la familia están ahí, pero para responder a esta problemática, amplia y compleja, a la Iglesia no le queda otra vía que volver a reflexionar las viejas creencias a la luz de las nuevas realidades. Su labor es la búsqueda de la paz y el bien en cada nuevo contexto y en cada nuevo momento de la historia, sanar el egoísmo visceral que nos lleva a preferir siempre nuestros intereses en detrimento de los demás. El ser humano, debido a lo arraigado de su pecado, ha construido una sociedad injusta y discriminadora, donde las esclavitudes antiguas da lugar a nuevos tipos de esclavitud, donde en última instancia todo se reduzca a mantener la diferencia entre los de arriba y los de abajo, entre la élite y la no-élite; entre los nuestros y los otros. “Establecemos —como dice Ivone Gebara—, colores y etnias superiores unas a otras, sexos superiores a otros, orientaciones sexuales más normales que otras. Y quien está del lado del poder y de la normalidad no duda en mantener relaciones excluyentes y culpabilizar a «los diferentes» por muchos males del mundo”.
La Iglesia no es inmune a estos combates históricos entre la igualdad y la desigualdad, lo que en la Biblia se describe como “acepción de personas”, intolerable para el creyente. La Iglesia tiene miedo de las feministas radicales y la feministas tienen miedo de la Iglesia. “Las feministas —escribía Alicia Miyares—, sabemos que los valores, tanto morales como políticos, de la igualdad y la libertad son falazmente cuestionados por discursos religiosos que pretenden interrumpir de continuo la marcha de la humanidad hacia modelos de democracia más perfectos” (“Que Dios nos coja confesadas).
Los últimos papas, comenzando por Juan Pablo II, pasando por Benedicto XVI y llegando a Francisco, se han pronunciado inequívocamente contra la “ideología de género”, esto no se puede negar. En la exhortación apostólica postsinodal Amoris laetitia sobre el amor a la familia, publicada en marzo de 2016, el Papa Francisco advierte: “Otro desafío surge de diversas formas de una ideología, genéricamente llamada gender, que niega la diferencia y la reciprocidad natural de hombre y de mujer. Esta presenta una sociedad sin diferencias de sexo, y vacía el fundamento antropológico de la familia. Esta ideología lleva a proyectos educativos y directrices legislativas que promueven una identidad personal y una intimidad afectiva radicalmente desvinculadas de la diversidad biológica entre hombre y mujer. La identidad humana viene determinada por una opción individualista, que también cambia con el tiempo” (n. 86). Con ello no hace sino defender la enseñanza sustentada en la Escritura y la Tradición sobre las relaciones hombre-mujer y el matrimonio.
Pero, téngase en cuenta una nota importante. Para Francisco, denunciar la ideología de género no implica negar ayuda o compañía a los homosexuales, no cierra los ojos a la urgencia de una teología pastoral adecuada, sensible y atenta a la realidad.
En la habitual conferencia de prensa que concede en el retorno de sus viajes internacionales, específicamente en el vuelo de Azerbaiyán a Roma, el Papa señaló que “las personas se deben acompañar como las acompaña Jesús. Cuando una persona que tiene esta condición llega hasta Jesús, Jesús no le dirá seguramente vete porque eres homosexual. No. Lo que yo he dicho, es esa maldad que hoy se hace en el adoctrinamiento de la teoría del género”. “Antes que nada, yo he acompañado en mi vida como sacerdote, obispo y también como Papa, he acompañado personas con tendencia homosexual y también con prácticas homosexuales. He acompañado, los he acercado al Señor, algunos no podían, pero yo he acompañado y nunca he abandonado a nadie, esto que quede claro”.
Anteriormente, el 26 junio 2016, Francisco se había atrevido a decir que la Iglesia católica debería disculparse con las personas gays por la forma en que las ha tratado. Fue durante el vuelo de regreso al Vaticano tras su visita a Armenia. El Papa hizo estas declaraciones cuando le preguntaron si estaba de acuerdo con los comentarios del cardenal alemán Reinhard Marx, quien dijo que la Iglesia debía disculparse con los homosexuales por haberlos “marginado”. Francisco respondió literalmente: “Creo que la Iglesia no sólo debe pedir disculpas a una persona homosexual que ofendió, sino que hay que pedir perdón a los pobres, a las mujeres que han sido explotadas, a los niños obligados a trabajar, pedir perdón por haber bendecido tantas armas”.
Por si fuera poco, el 3 de octubre de 2016, de nuevo a bordo de un avión, de regreso de su viaje a Georgia y Azerbaiyán, Francisco aseguró que Jesús no abandonaría a un homosexual o un transexual. Fue en respuesta a la pregunta sobre qué opinaba de las personas transexuales, de aquellas con disfunciones hormonales o aquellas que cambiaban de sexo porque no aceptaban su cuerpo de hombre o mujer. “Cuando una persona con esta condición llega delante de Jesús, nunca le dirá vete porque eres homosexual”, dijo y agregó: “A las personas hay que acompañarlas cómo hace Jesús siempre”.
A la luz de estas declaraciones “en vuelo”, no es de extrañar que el Papa Francisco haya sido reconocido por la comunidad gay como el papa más “clemente” de los últimos años. El escritor colombiano Giuseppe Caputo, aunque no cree que es para echar las campanas al vuelo, reconoce que “ha habido un cambio, dentro del estrecho margen de cambio que un discurso de derecha como el católico puede tener: el suyo es un gesto sutil, muy sutil, pero ha demostrado ser simbólico y, sobre todo, beneficioso. Definitivamente no es lo mismo que una institución con tanto poder de influencia hable de hogueras y penalización a que pida abiertamente que los gays no sean marginados. Que la extrema derecha rechace las declaraciones de Francisco, evidencia que ha habido un giro: las personas homosexuales, señores creyentes, no pueden ser discriminadas ni tratadas con violencia, lo pide el papa”[9].
Esta es lo diferencia de la crítica papal de la “ideología de género” de la crítica de los que la instrumentalizan para sus intereses particulares, principalmente políticos. En todos los países latinoamericanos, con nula educación política en general, muchos políticos debeladores de la “ideología de género” la utilizan interesadamente como un instrumento muy importante para ganarse la voluntad que pueblo, siempre dispuesto a defender la moral tradicional y sus creencias religiosas, al tiempo que también, cómo no, excitan los prejuicios, odios y fobias populares, con el fin de conseguir su voto, o al menos, el rechazo de aquellos partidos zurdos señalados como defensores de la subversiva “ideología de género”. Muchos pastores, principalmente de las iglesias evangélicas fundamentalistas, pentecostales y carismáticas, se suman a con tal fervor a este discurso que arrastran tras de sí a toda su congregación, llegando a traspasar el límite del rechazo a la homosexualidad por causas doctrinales, para caer en el odio más visceral al que es tildado de abominable y digno de la pena de muerte, según la ley de Moisés. Imagino que aderezado con amor por la salvación del alma.
En estos casos, la “ideología de género” se convierte en una nube de humo que no solo oculta los problemas del pueblo de carácter social y económico, y desvía la atención del subdesarrollo y la corrupción política, sino lo que es mucho más grave, oculta por completo el mensaje evangélico de gracia y misericordia. El humo generado por muchos críticos de la “ideología de género” impide ver el sentido cristiano de la gracia y la reconciliación. En lugar de ser portadores de esperanza, se convierten en mensajeros de odio y miedo. Han pisado el umbral de la gracia, sí, pero se han quedado en la antesala de ley; pertenecen más en la escuela del Juan Bautista tronante que del apacible Jesús de Nazaret. Amelia Valcárcel, desde su posición de observadora, estos predicadores evangélicos pentecostistas son más veterotestamentarios que neotestamentarios; son capaces de sacar enseñanzas de los versículos más abstrusos del Antiguo Testamento, por el que tienen especial predilección. Los Evangelios se escuchan poco, pero JosuéJueces, Esdras, Reyes, o Ezequiel son citados de continuo[10].
Lamentablemente, los rigoristas e integristas, “convierten la defensa de la moral, de la vida y familia en una ideología e ideologización que les lleva a despreocuparse o legitimar, al mismo tiempo, otros males e injusticias sociales-globales. Como son el hambre y la pobreza, la precariedad (explotación) laboral, el trabajo basura e indecente y el paro, la pena de muerte, las guerras, armas e industria militar, las violencias y destrucción ecológica.
”Es la parcialización e ideologización de la fe y la moral que cae en la moralina burguesa e individualista, obsesionada por las cuestiones personales como la familia o la sexualidad. Sin enmarcarlas y responsabilizarse por las otras cuestiones sociales y éticas, que o bien no les preocupan o quieren justificar dichas injusticias sociales. Para ser una moral coherente, hay que defender la vida en todas sus fases, dimensiones y aspectos, desde el inicio con la concepción-fecundación, durante toda la existencia humana con el bien común, la dignidad y derechos de las personas hasta el final de la misma”[11].
En la Carta a los obispos de la Iglesia católica sobre la atención pastoral a las personas homosexuales, publicada en 1986 durante el papado de Juan Pablo II y que estuvo a cargo del cardenal Joseph Ratzinger, entonces prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, se afirma con rotundidad que los actos homosexuales son “intrínsecamente desordenados” y que en ningún caso pueden recibir aprobación — enseñanza que recogía la anterior declaración sobre la “Persona humana” y la ética sexual, del 29 de diciembre de 1975—, sin embargo en dicha carta el cardenal Ratzinger, advierte con no menos énfasis, que “es de deplorar con firmeza que las personas homosexuales hayan sido y sean todavía objeto de expresiones malévolas y de acciones violentas. Tales comportamientos merecen la condena de los pastores de la Iglesia, dondequiera que se verifiquen” (n. 10). Importante nota pastoral que muchos parecen ignorar. Lo grave es que aquí no están en juego ciertas doctrinas o ideas, sino las personas, las mismas que estamos llamados a servir con amor y diligencia.
Seguiremos.
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[1] Mario Cely, Ideología de género y feminismo radical (CLIR, Costa Rica 2016); Clementino Martínez Cejudo, La ideología de género y la crisis de Occidente (Ediciones De Buena Tinta, 2015); Francisco Serrano, La Dictadura de Género (Almuzara, Córdoba 2012); Jesús Trillo-Figueroa, La ideología de género (LIBROSLIBRES, Madrid 2009); Juan Varela, Origen y desarrollo de la Ideología de Género, Alianza Evangélica Española, Barcelona 2017.
[2] Magdalena del Amo, “Feminismo de género, una ideología totalitaria”, http://blogs.periodistadigital.com/opinion.php/2011/07/15/feminismo-de-genero-una-ideologia-totali
[3] Isel Rivero, “Andrea Dworkin, feminista polémica”, https://elpais.com/diario/2005/04/13/agenda/1113343209_850215.html
[4] En esta obra se analiza el mal en sus diversas manifestaciones, oculto en la familia, en los hogares, en los prostíbulos, en los conventos, en las Iglesias y en las teologías. Este mal no sólo sale aquí a la luz pública, sino que se convierte en objeto de investigación científica e irrumpe en el mundo académico.
[5] A este respecto es de felicitar la publicación del libro Rompamos el silencio. Prevención y tratamiento de la violencia en la familia, de María Elena Mamarian (Kairós, Bs. As. 2010), donde alza la voz y pone una luz en la oscuridad de las relaciones violentas en la familia.
[7] C. Young, “Las feministas tratan mal a los hombres” https://elpais.com/elpais/2016/07/04/opinion/1467635693_524761.html.
[8] “La verdad del amor humano. Orientaciones sobre el amor conyugal, la ideología de género y la legislación familiar”, XCIC Asamblea Plenaria de la CEE, Madrid, 26 de abril de 2012.
[9] G. Caputo, “El papa Francisco y el arcoíris”
[10] Amelia Valcárcel, “Religiones, sectas y ganancias morales. El atractivo del fundamentalismo y la desconfianza hacia el feminismo, en Feminismo, género e igualdad, Pensamiento Iberoamericano, p. 212. Madrid, Septiembre 2011.
[11] Agustín Ortega, “Con Francisco y su moral liberadora ante el rigorismo e integrismo”, http://blogs.periodistadigital.com/accion-formacion.php/2017/10/23/con-francisco-y-su-moral-liberadora-ante


Fuente: Lupaprotestante, 2018.

jueves, 4 de enero de 2018

Marxismo, ideología de género y la Santa Alianza

Por. Alex Roig, España
Aunque la Alianza Evangélica Española (AEE) no es la Conferencia Episcopal Española (CEE), juega a serlo. Con la reciente publicación del documento Origen y desarrollo de la Ideología de Género, escrito por Juan Varela, de la Comisión de Familia, la AEE pretende ofrecer al lector evangélico un manual breve que de forma sencilla y asequible informe de los peligros que nos acechan en medio de una sociedad cada vez más alejada de los principios de la Palabra, donde poderosos agentes sociales están imponiendo la ideología de género en las políticas de la mayoría de sus países occidentales.
El autor no pretende ser alarmista, sin embargo afirma que las doctrinas impositivas de los colectivos LGTBI se está cebando principalmente en la población cristiana y particularmente en la familia natural a la que se quiere destruir, como parte de una corriente de pensamiento totalitario dentro del nuevo orden mundial. Tan grave es la situación, dice, que supera cualquier otro tiempo anterior. “Nunca en la historia de la humanidad, ni siquiera las ideologías nazis o los regímenes comunistas más severos, se había logrado imponer a extremos como los que hoy empezamos a vivir, una ideología con pretensiones de destruir al ser humano en sus bases ontológicas y crear una nueva civilización de seres mutantes capaces de redefinirse y reinventarse al capricho objetivo de cada individuo” (Varela, p. 4).
Para el autor, no hay duda que “la ideología de género es una ideología política de corte neomarxista y sesgo totalitario, que defiende que las diferencias entre el hombre y la mujer, a pesar de la obviedad anatómica y biológica, no corresponden a una naturaleza fija, sino que son construcciones culturales y convencionales, que responden a roles y estereotipos que a lo largo de la historia la sociedad ha ido creando” (p. 8). Varela coincide en su diagnóstico con muchos otros autores y colectivos conservadores y recalcitrantes que señalan el marxismo como origen de este nuevo mal que va absorbiendo la mente de nuestros pueblos. Hace par de años, el obispo de San Sebastián, José Ignacio Munilla presidía, proclamó que la “ideología de género” no es sino una metástasis del marxismo, asumida ahora por la cultura secularizada, mayoritaria en Occidente.
A principios de siglo José Ángel Agejas, profesor de la Universidad Francisco de Vitoria, administrada por los Legionarios de Cristo, asentó. “Se puede comprobar fácilmente cómo la dialéctica marxista de supresión de la diferencia por la lucha se aplica, paso por paso, a este caso del género”[1]. Es a esta tesis a la que se suma el Sr. Varela: “Se sustituyó la lucha de clases por la lucha de sexos, y la lucha contra el capitalismo burgués por la lucha contra el sistema familiar tradicional” (p. 9). “El marxismo cultural ha invadido todos los aspectos de las sociedades democráticas occidentales actuales. Hoy observamos con asombro y estupor cómo la estrategia se redefine y reinventa a lo largo de la historia: del obsoleto comunismo del s. XIX, se pasa al marxismo cultural del s. XX, y de ahí evoluciona a la ideología de género del s. XXI” (Varela, p. 14).
La identificación de la llamada ideología de género con la izquierda marxista, a la que se añade el feminismo “radical”, y otros, como el presidente de Hazte Oir, Ignacio Arsuaga, incluyen la masonería más esotérica[2], e incluso el judaísmo sionista, da mucho que pensar. Obedece al pensamiento integrista que durante siglos lleva considerando el desarrollo de la historia moderna como una conspiración de élites destructivas que operan en las sombras[3]. Y sorprende más todavía que la Gran Conspiración se centre ahora en la ideología de género, como última maniobra contra la sociedad tradicional. “Aquí se producen las reivindicaciones de los lobbys LGTBI, la legalización del matrimonio homosexual, la cultura del aborto, los intereses de organizaciones internacionales preocupadas por el control de la natalidad y los recursos alimenticios, junto con diversos intereses comerciales. Todo ello, como ya se ha mencionado, financiado por poderosas asociaciones y fundaciones filantrópicas” (Varela, p. 12).
Para completar el cuadro, el abogado argentino Nicolás Márquez y el escritor y politólogo Agustín Laje, lanzan su libro El libro negro de la nueva izquierda: Ideología de género o subversión cultural, donde hablan de la transformación que ha llevado a la izquierda a dejar de reclutar obreros explotados porque estos habían encontrado oportunidades en el desarrollo capitalista de sus países, para dedicarse a capturar “almas atormentadas o marginales” a fin de lanzarlas contra el orden establecido. A la postre, este marxismo cultural es el origen del movimiento ecológico, el feminismo radical, el indigenismo militante y de la actual ideología de género que es el centro de los debates en varios países del mundo.
Aquí aparece un nuevo personaje en la escena conspiracionista: “el movimiento ecológico”, bestia negra del capitalismo mundial y de todos los negacionistas del cambio climático. Y en medio de este bestiario apocalíptico moderno, la “ideología de género”, el agente de cambio más subversivo de todos. “Su contenido constituye la prioridad militante en esta izquierda desarmada que resolvió canalizar su odio por medio de grupos marginales o conflictuados que aquella captura y adoctrina para sí, con el fin de vehiculizarlos de manera funcional a su causa y, de esta forma, dominar la academia, hegemonizar la literatura, monopolizar las artes, manipular los modos del habla, modificar hábitos e influir en los medios de comunicación. La nueva izquierda no busca más secuestrar empresarios sino el sentido común; no persigue tomar una fábrica sino la cátedra, y no se trata de confiscar cuentas bancarias sino la manera de pensar: «todo lo demás vendrá por añadidura», vaticinan sus cultores”[4].
No deja de ser sospechoso que Agustín Laje recibiera una beca para estudiar contraterrorismo en el Center of Hemispheric Defense Studies de la National Defense University (Washington DC), que es una institución de educación mayor del Departamento de Defensa de los Estados Unidos, cuya meta es facilitar la formación de alto nivel, educación y desarrollo de estrategias de seguridad nacional y políticas de gobierno. La misión de dicha universidad es preparar a los líderes militares y civiles de los Estados Unidos y otros países para abordar los desafíos nacionales e internacionales de seguridad[5].
Una vez más, todo esto de la “ideología de género” nos suena a una cortina de humo creada por la ideología liberal-conservadora de la extrema derecha estadounidense que busca manipular los prejuicios y odios de cierto sector de la población para desviar la atención de los verdaderos problemas del pueblo, que no coinciden, precisamente, con esa ideología del neoliberalismo económico.
¿Qué hay de verdad en eso de que el marxismo cultural, o como quiera llamársele, está en el origen de la “ideología de género”?
En el escrito de la Alianza Evangélica Española se nos dice que “cuando Marx, desde su modelo de lucha de clases, proclama que la religión es el opio del pueblo, Engels publica El origen de la familia, la propiedad privada y el estado, y Nietzsche, desde el nihilismo sentencia la “muerte de Dios”, se constata el resquebrajamiento de los fundamentos sociales, morales y éticos que contenían principios normativos y universales” (Valera, p. 9). Esta misma referencia al Engels de El origen de la familia, aparece las páginas web de este estilo de plataformas, pero sin referencias concretas y ciertamente sin haber leído la obra culpable del delito. Los más ilustrados mencionan la siguiente frase: “El derrocamiento del derecho materno fue la gran derrota histórica del sexo femenino en todo el mundo. El hombre empuñó también las riendas en la casa; la mujer se vio degradada, convertida en la servidora, en la esclava de la lujuria del hombre, en un simple instrumento de reproducción”[6]. Si aquí hay algún indicio de “ideología de género”, que venga Dios y lo vea.
Los hechos son los hechos, y es un hecho que Karl Marx apenas trató el tema de la sexualidad. En la correspondencia privada entre Marx y Engels a menudo dicen cosas muy crudas sobre el tema, que reflejan los prejuicios sexistas y racistas de sus contemporáneos. Cuando Karl Heinz Ulrichs (1825-1895) escribió la primera defensa de la homosexualidad que conocemos, en un libro que envió a Marx y Engels, esperando encontrar apoyo en ellos, Marx no le prestó atención y Engels, más familiarizado con temas culturales, lo calificó de “suciedad convertida en teoría”[7].
A nivel político, muchos estados socialistas consideraron que la homosexualidad era el resultado de la decadencia de la sociedad capitalista burguesa. La homosexualidad fue un delito común en algunas Repúblicas soviéticas durante los años 1920. En 1933 Stalin añadió el Artículo 121 al código penal de toda la Unión Soviética, que hizo de la homosexualidad masculina un delito punible con hasta cinco años de prisión y trabajos forzados. A los homosexuales les fue denegada la afiliación o fueron expulsados de partidos comunistas de muchos países del mundo durante gran parte del siglo XX, como fue el caso de Jaime Gil de Biedma o Pier Paolo Pasolini.
Para concluir este punto. La Santa Sede, igual que hace la santa Alianza Evangélica, defiende un concepto casi idéntico del matrimonio y las relaciones sexuales, y en la cuestión de la homosexualidad el Catecismo de la Iglesia católica dice expresamente: “Apoyándose en la sagrada Escritura que los presenta como depravaciones graves, la Tradición ha declarado siempre que «los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados». Son contrarios a la ley natural. Cierran el acto sexual al don de la vida. No proceden de una verdadera complementariedad afectiva y sexual. No pueden recibir aprobación en ningún caso” (n. 2357). Sin embargo, la Santa Sede no olvida de añadir una nota positiva, pastoral: “Los hombres y mujeres con atracción sexual hacia el mismo sexo deben ser acogidos con respeto, compasión y delicadeza. Se evitará, respecto a ellos, todo signo de discriminación injusta. Estas personas están llamadas a realizar la voluntad de Dios en su vida, y, si son cristianas, a unir al sacrificio de la cruz del Señor las dificultades que pueden encontrar a causa de su condición” (2358).
Es esta misma nota pastoral la que hemos echado en falta en el documento de la Alianza Evangélica Española, una falta total de visión cristiana, de pastoral elemental, de generosidad humana, de simpatía hacia todas aquellas personas que por su orientación sexual han sido y siguen siendo discriminados, violentados, asesinados; todos aquellos y aquellas que sufren en silencio un calvario personal que en muchos casos termina en suicidio.
¿Es que el cristianismo no es una fuerza liberadora; acaso no está el evangelio por la promoción de la persona subsumida en la persona de Cristo, el Nuevo Ser que hace nuevas todas las cosas? ¿Va el cristianismo a aliarse con las fuerzas recalcitrantes y opresoras de este mundo sin pararse a pensar en esa fuerza de la gracia que se caracteriza por la ruptura de velos, muros y vallas que dividen y enfrentan a los seres humanos? ¿Acaso es tan miope el cristianismo que no es capaz de ejercer su propia crítica, desde la fe de Jesús, y ofrecer una respuesta desde sus mismos planteamientos de amor y aceptación?
Seguiremos.
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[1] José Ángel Agejas Esteban, “La ideología de género en la opinión pública”, en María Lacalle Noriega y Patricia Martínez Peroni, coordinadoras, La ideología de género. Reflexiones críticas, p. 193. Ciudadela, Madrid 2009.
[2] La Dra. Margaret Welge, filósofa y teóloga argentina asegura que “en 1717 un grupo ocultista, incluyendo a los masones, se propusieron desconstruir la sociedad: atacar a la Iglesia con la ideología de género”. http://argentinatoday.org/2017/03/07/el-origen-de-la-ideologia-de-genero/
[3] “Como ya ha ocurrido con todas las teorías que han asaltado la civilización natural y cristiana —y sus principios básicos de Tradición, Familia y Propiedad— desde el Renacimiento y el Protestantismo (pasando por la Revolución francesa, el comunismo y la revolución cultural del 68), también en este caso nos hallamos frente a una masificación de ideas que en su origen estaban reservadas a un restringido círculo de personas” (Ángel Expósito Correa, “La ideología de género al asalto de la civilización natural y cristiana”, http://www.arbil.org/119expo.htm).
[4] Nicolás Márquez y Agustín Laje, El libro negro de la nueva izquierda: Ideología de género o subversión cultural. Grupo Unión, Madrid 2016. Cf. María Isabel Magaña, “Un investigador afirma que la ideología de género reclama campos de concentración para hombres”, https://www.actuall.com/entrevista/familia/la-ideologia-de-genero-reclama-legalizar-la-pedofilia-o-campos-de-concentracion-para-hombres/
[6] Friedrich Engels, El origen de la familia, la propiedad privada y el estado, p. 30. Alianza Editorial, Madrid 2008 (original 1884).
[7] Engels, Homophobia and the Left, http://www.columbia.edu/~lnp3/mydocs/sex_gender/engels_homophobia.htmSobre Ulrichs, véase Hubert Kennedy, Ulrichs: The Life and Works of Karl Heinrich Ulrichs, Pioneer of the Modern Gay Movement (Alyson, Boston 1988).


Fuente: Lupaprotestante, 2018