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martes, 21 de diciembre de 2010

La envidia

Por. Octavio J. Esqueda, EE.UU*
En los Estados Unidos la frase “el jardín del vecino siempre está más verde” es muy común porque ejemplifica correctamente la percepción que la mayoría de la gente tiene de la realidad. No importa lo que uno haga siempre habrá otro que lo haga mejor; no importa lo que uno compre, siempre habrá otro que tenga algo mejor; no importa lo mucho que uno se esfuerce, siempre habrá alguien mejor en alguna área. Esta situación produce algo tan común como destructivo en nosotros, la envidia.
La persona envidiosa tiene resentimiento por los dones de los demás porque son superiores a los suyos. Cuando uno se compara con los demás, esta superioridad resalta lo más doloroso de todo, nuestra inferioridad y, por lo tanto, nuestra falta de amor propio. La envidia normalmente se centra en lo que pensamos que somos y lo inadecuados que nos sentimos aunque se disfrace en cosas exteriores que no poseemos. La envidia es una clara manifestación de nuestra fragilidad y produce una emoción punzante que crea un resentimiento por ver los logros de los demás junto con un deseo por verlos fracasar.
Por ser un pecado enraizado en lo más profundo de nuestro ser y ser capaz de originar muchos más, la tradición cristiana clasificaba a la envidia como uno de los siete pecados capitales. A pesar de que el monje Evagrius Ponticus (345-399 d.C.) no incluyó a la envidia como de los “pensamientos” capitales cuando diseñó la primera lista de pecados centrales que originan otros, desde que Gregorio el Grande (540-604 d.C.) añadió este pecado a la lista, posiblemente porque es un pecado urbano o social ya que la propiedad privada no era común en el desierto en donde el monje Evagrius vivía, la envidia ha sido catalogada como un pecado tan común como destructor.
Así que, la envidia “de la buena” como comúnmente se menciona no existe; la envidia es siempre mala y pecaminosa. Normalmente tenemos la tendencia a envidiar a los que se encuentran cerca de nosotros y quizá inconscientemente consideramos nuestros rivales. Envidiamos a nuestros compañeros de trabajo, el sueldo de nuestro jefe, al otro equipo de fútbol de nuestra ciudad o país, la casa del vecino, el éxito de un familiar o amigo, a nuestros familiares y lo que es peor en ocasiones a nuestros mismos esposos o seres queridos. Somos envidiosos por el deseo de ser superiores ya que erróneamente basamos nuestro valor y autoestima en que los demás no nos ganen y así exhiban nuestras debilidades.
Los celos y la envidia no son lo mismo aunque en muchas ocasiones se pueden confundir. La Biblia nos dice que Dios es un Dios celoso (Éxodo 34:14) ya que los celos pueden representar una indignación justa por algo de lo que se tiene el derecho de reclamar. Dios, como nuestro Creador y Padre amoroso, desea nuestra adoración incondicional. Un esposo puede legítimamente estar celoso del afecto de su esposa. Los celos divinos siempre son buenos y los humanos desgraciadamente en muchas ocasiones se convierten en algo dañino. La envidia siempre es una muestra de impotencia por algo que nos falta e incorrectamente pensamos que tenemos el derecho de poseerlo.
La envidia es un pecado capital porque va totalmente en contra del amor a Dios, al prójimo y a nosotros mismos. La envidia es lo opuesto al amor o caridad y, por lo tanto, al gran mandamiento (Mateo 22:36-40). El orgullo es la base de la envidia porque la persona envidiosa basa su valor equivocadamente en sí misma y no en Dios. La caridad nos une a Dios y a los demás mientras que la envidia nos aísla de nuestro prójimo. Al destruir nuestras relaciones interpersonales, la envidia se aparta del modelo de comunidad del Dios trino en cuya imagen hemos sido creados.
La base para combatir la envidia es reconocer que nuestro valor se encuentra en lo que somos en Dios y no en lo que podamos hacer o adquirir. La Biblia afirma que los que tenemos fe en Cristo tenemos el privilegio de ser hijos de Dios (1 Juan 3:1-2). Somos valiosos por lo que somos y no por lo que hacemos. No necesitamos compararnos con nadie o conseguir algo para que Dios nos ame o ser valiosos. Dios en su gracia nos da dones y habilidades (Efesios 2:10; Santiago 1:17) y solamente él determina nuestra función en su iglesia de acuerdo a los dones que nos dio (1 Co. 12:11). La envidia se centra en lo que carecemos mientras que el amor o caridad se basa en lo que ya somos en Dios.
La envidia es un pecado que se gesta en secreto porque al reconocer que somos envidiosos revelamos nuestro sentimiento de inferioridad. El amor y el contentamiento, por otro lado, se manifiestan en público y dan refrigerio a los que nos rodean. La envidia es un hábito pecaminoso que nos aísla y nunca nos satisface; la gratitud y el contentamiento nos unen y nos dan la oportunidad de vivir la vida a plenitud. La envidia nos esclaviza; el amor a Dios, a nuestro prójimo y a nosotros mismos nos libera. ¿Qué tipo de persona quiere ser usted?

*El Dr. Octavio J. Esqueda es el profesor de Fundamentos de la Educación de Southwestern Baptist Theological Seminary.
Fuente: Obrero fiel

lunes, 20 de diciembre de 2010

Navidad: fiesta, compromiso y transformación

Por. Carlos Martínez García, México*
Tiempo de abrazos, comidas, regalos y listas de buenos propósitos. Las calles, fachadas de las casas e interiores se llenan de luces. En México, donde el calendario está lleno de festividades, y la gente participa en distintos eventos, sin saber con precisión el por qué de una fiesta determinada, de lo que se trata es de pasársela bien, celebrar con estridencia y olvidarse de las dificultades de la vida.




No está mal del todo el ánimo festivo. Un rescate del auténtico sentido de la Navidad, desde la perspectiva bíblica, debe ir por desbordarse de alegría ante el cumplimiento de la milenaria promesa cuyo corazón es la encarnación del Mesías. En un escenario marginal, humilde e insignificante –desde el punto de vista del poder político de entonces– se humaniza el infinito. El Verbo eterno se relativiza para mostrar amor solidario a toda fragilidad humana.
Una lectura panorámica de las narraciones de la natividad de Jesús debe contagiarnos el alma, corazón y mente de diversas formas para hacer fiesta porque el “Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Juan 1:14). La festividad tiene que ser personal y comunitaria, en los ámbitos individual, familiar y social.
La celebración cristiana de la revelación máxima y plena de Dios (Hebreos 1:1-4) tiene que ser proclamada verbalmente y con un testimonio de vida acorde al reconocimiento de Jesús como Salvador y Señor. Una de las formas verbales de anunciar que la luz ha llegado para disipar todas las tinieblas (Lucas 1:79) es cantar con corazones alegres, espíritus desbordados que confiesan musicalmente el milagro de la encarnación.
Ante el anuncio del nacimiento del Cristo que llega a desatar todo yugo de esclavitud, se debe responder entonando himnos de bienvenida y adoración. En el Evangelio de Lucas nos conmueve el canto de María, que exalta al Señor porque llega a subvertir, a poner de cabeza, el orden impuesto por los intereses materiales dominantes.
También, narra Lucas, canta el padre de Juan el Bautista, y reconoce la iniciativa redentora del Señor porque nos ha enviado “un poderoso Salvador”. Zacarías, en su himno, festeja “la entrañable misericordia de nuestro Dios”. De forma poética declara que “nos visitará desde el cielo el sol naciente”, y que su objetivo será “dar luz a los que viven en las tinieblas, en la más terrible oscuridad, para guiar nuestros pasos por las sendas de la paz”.
El tercer himno es el de Simeón, quien “aguardaba con esperanza la redención de Israel” (Lucas 2:25). Lleno del Espíritu, conmovido porque en el pequeño Jesús que toma en sus brazos sus “ojos han visto la salvación”, declara con gozo que ese bebé es “la luz que ilumina a las naciones”. Se cumple así el anuncio de Isaías, que perfila al Mesías/Siervo como el cumplimiento del pacto prometido y camino iluminador de alcances universales: “Para abrir los ojos de los ciegos, para liberar de la cárcel a los presos y del calabozo a los que habitan en tinieblas” (42:6-7).
Otros himnos/poemas que festejan a la cúspide de la revelación progresiva de Dios los encontramos en Filipenses 2:6-11, Efesios 1:3-14, Colosenses 1:15-20, y esa especie de sinfonía grandiosa que es Juan 1:1-18, que concluye el concierto con afirmaciones que deben llevarnos al gozo desbordante: “la gracia y la verdad nos han llegado por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto nunca, el Hijo unigénito, que es Dios y que vive en unión íntima con el Padre, nos lo ha dado a conocer”.

Para que la fiesta no quede nada más en, como decimos en México, pachanga, o como le llaman en otras partes, bochinche; que se agota en el momento mismo que se va el último invitado a la celebración, el festejo de Navidad debe llevarnos al compromiso con Jesús. Porque el pesebre se proyecta hacia la cruz, como bien lo comprendió Jorge Luis Borges: “[…] Dios quiere andar entre los hombres/ Y nace de una madre, como nacen/ Los linajes que en polvo se deshacen,/ Y le será entregado el orbe entero,/ Aire, agua, pan, mañanas, piedra y lirio,/ Pero después la sangre del martirio,/ El escarnio, los clavos y el madero”. Entre el pesebre y la cruz se desarrolla la misión de quien es el “camino, la verdad y la vida” (Juan 14:6).
El compromiso tiene que ser integral, de toda la vida y la vida toda. Nuestra ética personal y comunitaria, para quienes creemos que la Navidad no se agota en una fiesta sino que es una forma de vida, debe moldearse con las enseñanzas de Jesús y su puesta en práctica diariamente. Porque pura verbalización de las normas del Reino, pero sin seguimiento de ellas, es hacer ruidos ensordecedores (1 Corintios 13:1) pero sin la sustancia que da la obediencia a las palabras de Jesús (Mateo 7:24-27).
Nuestras sociedades están ávidas por ver congruencia entre lo proclamado y lo vivido. Los seguidores de Jesús debiéramos aquilatar esa demanda y construir comunidades que contrasten con el mundo en que están insertas. Un compromiso con la proclamación integral, verbal y conductual, del Evangelio es la única forma en que, según el espíritu neotestamentario, se da auténtico testimonio de Jesús.
El compromiso con la ética de Jesús, con la ética del Reino a la que se sujetan los discípulos y discípulas de quien anduvo “sanando toda enfermedad y toda dolencia” (Mateo 9:35), nos lleva, necesariamente a la transformación. Ésta se refleja en nuevas formas de ver a las personas y las circunstancias que les rodean. La transformación valorativa, que inicia en la adoración al nacido en un pesebre, tiene como horizonte el crecimiento constante de nuestro conocimiento y práctica de los principios del Evangelio.
La transformación tiene que hacerse palpable en la transformisión, palabra que no existe en castellano pero que acuñamos para tratar de capturar un llamado al pueblo de Dios. Somos convocados a una misión al estilo de Jesús, a tejer todos los días la misión transformadora que enfrenta toda clase de cautividad que ensombrece vidas y sociedades. La nuestra es una misión, como la de Jesús, consistente en “dar luz a los que viven en las tinieblas, en la más terrible oscuridad, [y] guiar nuestros pasos por las sendas de la paz” (Lucas 1:79).
Para cumplir su transformisión el Dios eterno nos imitó, se hizo ser humano. Nos corresponde ahora imitarle, seguir su ejemplo de entrega por los demás en un mundo dominado por el egoísmo y corroído por las injusticias. La convocatoria es muy clara: “[…] imiten a Dios, como hijos muy amados, y lleven una vida de amor, así como Cristo nos amó y se entregó por nosotros como ofrenda y sacrificio fragante a Dios” (Efesios 5:1). En la Navidad celebramos la encarnación, que es entrega en beneficio de los que viven bajo penumbras, porque “esta luz resplandece en las tinieblas, y las tinieblas no han podido extinguirla” (Juan 1:5).
Hagamos fiesta en Navidad, compartamos cantos, viandas, abrazos y besos. Y continuemos el festejo comprometidos con los valores del Reino encabezado por Jesús, para transformar los horizontes de dolor y desintegración en otros, que no son originados por un proyecto meramente humano. Nuestra tarea es alcanzar lo que otros dicen es imposible: declarar el fin de la servidumbre, hacer de los valles montañas, de los montes y las colinas praderas, enderezar los caminos sinuosos y aplanar los llenos de obstáculos, “para que todo el mundo contemple la salvación que Dios envía” (Isaías 40:1-5, Lucas 3:5-6).

*Carlos Mnez. Gª es sociólogo, escritor, e investigador del Centro de Estudios del Protestantismo Mexicano.

Fuente: © Carlos Martínez García, ProtestanteDigital.com (España, 2010).

domingo, 19 de diciembre de 2010

Navidad, ¿historia o leyenda?

Por Rubén Gil
Aconteció en aquellos días, que se promulgó un edicto de parte de Augusto César, que todo el mundo fuese empadronado. Este primer censo se hizo siendo Cirenio gobernador de Siria.
E iban todos para ser empadronados, cada uno a su ciudad. Y José subió de Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, por cuanto era de la casa y familia de David; para ser empadronado con María su mujer, desposada con él, la cual estaba encinta. Y aconteció que estando ellos allí, su cumplieron los días de su alumbramiento. Dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón.


Perfecta la síntesis de Lucas al describir el nacimiento de Jesucristo. Su relato es, ante todo, concreto y preciso. Es rigurosamente histórico. Nos ofrece nombres, cargos de los gobernantes, de su tiempo y lugares. Lo que ya no es tan cierto es toda la leyenda que se ha tejido alrededor de aquel hecho histórico que conocemos con el nombre de Navidad. Hace varios años el propio Juan Pablo II reconoció que la fecha del 25 de diciembre era convencional, que se eligió para sustituir la fiesta pagana del «Natalis Solis Invicti».
Entre las prohibiciones que practicaban los cristianos primitivos estaba la de no celebrar los cumpleaños, pues, por ser salvos, eran eternos. Consideraban paganos por lo tanto, celebrar lo natividad de Jesucristo; aparte de que «desconocían» el día de su cumpleaños.
EL AÑO DEL NACIMIENTO
Se da por sentado que Jesús nació el año cero de la Era Cristiana, o sea, en el año 753 desde la fundación de Roma, pero no es posible que sea así. Roma databa todos los eventos a partir de su fundación (fundada según la tradición por Rómulo y Remo el 21 de abril de 753 a.C.) Según Mateo 2:1-8, Jesús nació durante el reinado del rey Herodes el Grande. El problema es que Herodes murió en el año 4 a.C., según el calendario romano. Jesús nació probablemente en el año 749 a 750 de ese mismo calendario romano, que varía cuatro o cinco años de la fecha dada en nuestro calendario moderno comúnmente aceptado.
El padre del error cronológico fue Dionisio, un monje apodado «el exiguo», al que el Papa Juan I le encargó (en el año 526) que fijara la fecha del nacimiento de Jesús. Según los eruditos, Dionisio cometió algunos errores. Pero, cuando se descubrió el error, era tarde para rectificar. En el año 644 la iglesia de Inglaterra aceptó la fecha y más tarde toda la cristiandad. Por lo que, siendo rigurosamente históricos, ¡Jesús nació el año seis antes de Cristo!
EL CUMPLEAÑOS DE JESÚS
La Navidad dio pie a los cristianos de Occidente para establecer una fecha para celebrar el nacimiento de Jesús. Hay que entender los factores que los llevaron a escoger el 25 de diciembre. Para los antiguos germanos y los romanos el 25 de diciembre era el «cumpleaños» del Dios Sol, el más importante de los dioses paganos. Ese era el día más celebrado y más festivo del año. Por siglos se había celebrado, prestándose a toda clase de exceso.
Pero para el tercer siglo, los cristianos numeraban más que los paganos. Además, apareció en escena el victorioso general Constantino (274-337) que conquistó a Roma. La historia nos cuenta de su conversión, ocurrida en las afueras de Roma en 312, cuando tuvo la visión de una cruz sobrepuesta al sol, y oyó la voz que le dijo: «Con esta signo venceréis». Se convirtió así en el campeón del cristianismo. En el año 313, con el edicto de Milán, declaró el cristianismo religión oficial del imperio.
No es de extrañarse, pues, que al cristianizarse el mundo, ellos procuraran cambiarle el énfasis a la ofensiva fiesta del Dios Sol. Querían celebrar el cumpleaños de Jesús. No fue que adoptaron como suya la fiesta pagana; lo que hicieron, más bien, fue quitársela a los paganos para convertirla en el día para celebrar el nacimiento de Jesús, que en verdad merecía toda gloria y honor. Hasta había, por cierto, algo de precedente bíblico para hacerlo, pues Malaquías había profetizado: «Más a vosotros que teméis mi nombre, nacerá el Sol de justicia, y en sus alas traerá salvación». (4:2) Nótese el Salmo 84:11: «Porque sol y escudo es Jehová Dios».
Se parecen a los cristianos que más tarde tomarían canciones seculares y las cristianizarían con letra y doctrina bíblica. Lo impresionante es cuán exitosos fueron. ¿Quién hoy día piensa en el 25 de diciembre como el cumpleaños del Dios Sol?

Fuente: Ministerios Logoi

sábado, 18 de diciembre de 2010

Cómo celebrar la Navidad

Por Luis Eduardo Cantero
Celebrar la navidad es una de las fiestas del año que termina., muy importante en el calendario cristiano. Muchos creyentes vemos algo bueno, aunque sabemos que Jesús no nació un 25 de diciembre. Pero, tratamos de comprender esta celebración como una forma de evangelizar y compartir nuestra fe con el no creyentes.
Otros creyentes, minorias, fanáticos, piensan que no, pues creen que estamos detras de la cola del diablo. No sé quien tiene la razón, pero el siguiente articulo del Dr. Thompson nos va a despejar cualquier duda, y sobre todo nos anima a cómo celebrar la Navidad. Les invito a leer este precioso articulo:

Por. Rev. Les Thompson, Ph.D. EE.UU*

La Navidad me encanta. Siempre me ha gustado. ¿Cómo olvidar aquellas reuniones familiares con mis padres y mis hermanos, en nuestro hogar en Cuba, celebrando el nacimiento de Jesús? No era por los regalos que me gustaba la Navidad. Mis padres eran tan pobres que si acaso me regalaban algo era un par de calcetines, una camisa, o, si podían, un par de pantalones (yo hacía mis propios juguetes). Había otro sentido, otra razón. Lo que más recuerdo era el gozo especial de esa temporada del año.

Como el Seminario Los Pinos Nuevos estaba solo, por las vacaciones, teníamos a papá a tiempo completo, sin la interrupción de los estudiantes; y a mamá, cocinando los platos especiales navideños, con un aroma delicioso que invadía toda la casa. Además, por las noches, papá reunía a la familia en círculo para cantar (él cantaba bajo, mi hermana alto, yo tenor) los bellos himnos al Niño Jesús, con la ayuda de una antigua arpa o laúd que tocaba mamá.

¿Cómo olvidar la elocuencia de papá? Biblia en mano, nos contaba las maravillas del nacimiento —el ángel apareciendo a la tímida María; José, lleno de dudas, queriendo dejar a su novia (cómo sufría yo por la indefensa María); los pastores asustados por el coro angelical; los ricos y lujosamente vestidos magos trayendo sus relucientes tesoros a Jesús. Yo, con viva imaginación, veía las escenas como en pantalla de cinemascope. Pero eso fue antaño. Hoy, parece más difícil revivir el espíritu navideño. Aunque no lo es. Lo que tenemos que hacer es usar un poco la imaginación. Tristemente, los entretenimientos modernos vienen tan bien empaquetados que preferimos sentarnos ante la televisión, o comprar algo prefabricado en vez de ser creativos. Para estimular una Navidad más creativa, permítanme sugerir aunque sea una actividad que podría darle un sentido más vivo a la celebración en este año. Quizás esto despierte interés por otras actividades similares que devuelvan a la Navidad el verdadero sentido de celebración y enseñanza espiritual práctica.

Una Navidad memorable

Les propongo un encuentro (útil para hijos entre cuatro y doce años) que servirá para una enseñanza navideña memorable. Invite a sus hijos a un breve paseo. Llévelos a un edificio cuya puerta de acceso esté en lo alto, de modo que para entrar tenga que subir una escalera (por supuesto, antes de la ocasión, usted habrá identificado el sitio apropiado). Al llegar al pie de la escalera deténgase y pídales que esperen hasta que usted alcance la puerta. Ahora, suba la escalera y espérelos al tope de la misma. Antes de que suban, propóngales algo como lo siguiente: «Los llevaré a comer helados si pueden subir a donde estoy yo sin tocar ni pisar la escalera, y sin treparse a los pasamanos».

Enseguida comenzarán a quejarse y a decir que es imposible. Insista: «Si no lo hacen, no saborearán los ricos helados». Seguramente algunos dirán: «Papá, ¿es eso posible?» Asegúreles que sí lo es, que no los engaña. Permita que mediten en alguna solución. Si nadie acierta la solución, baje y colóquese al lado de ellos, inclínese y pídales que, uno por uno, se encaramen sobre sus espaldas y asciendan juntos hasta la puerta. Esa es la única manera de subir sin usar la escalera. Luego, dígales: «Esta es una buena oportunidad para contarles detalladamente la impresionante historia de la Navidad: cómo el Hijo de Dios tuvo que bajar a Belén y de allí ir al Calvario para llevar sobre sus hombros nuestros pecados y conducirnos al cielo.

Nunca olvidarán esta experiencia, y el significado profundo de la encarnación de Cristo quedará grabado en sus mentes. Ingéniese otras maneras de ilustrar este mensaje. Estimule a sus hijos a obsequiar regalos especiales a los niños que no tienen nada, y a aprovechar la ocasión para presentarles a Cristo a quienes no lo conocen, de modo que esta Navidad sea una gran oportunidad para enseñarles, y que aprendan, las grandes y eternas verdades bíblicas.

SOBRE EL AUTOR

*Rev. Les Thompson, Ph.D. Cubano de nacimiento y crianza, el Dr. Thompson ha servido al mundo hispano durante cinco décadas, desde Argentina hasta México. Es fundador de la Universidad FLET y Ministerios LOGOI, autor de trece libros y conocido a lo largo del continente por sus enseñanzas bíblicas y conferencias para pastores. Reside en Miami, Florida con su esposa Carolyn.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

FELGTB inicia campaña con iglesias evangélicas para evitar discriminación hacia homosexuales

La Comisión pretende estudiar la realidad de las personas LGTB en las iglesias evangélicas, aportar un discurso libre de discriminación y evitar casos como el del pasado septiembre, cuando una mujer transexual fue agredida en una iglesia cristiana pentecostal de Madrid.

La Federación Estatal de Lesbianas, Gays, Transexuales y Bisexuales (FELGTB) realiza una ronda de contactos con el objetivo de hacer visible la realidad creyente LGTB y evitar problemas de discriminación en su organización. En el mes de junio, tras varios contactos con personas provenientes de iglesias evangélicas, el Área de Asuntos Religiosos de la FELGTB, creó una comisión de trabajo con la intención de dinamizar la acción sobre otras confesiones cristianas distintas de la católica romana. FELGTB ha contactado a medio centenar de Iglesias Evangélicas presentes en España, tomando como referencia la Federación de Entidades Religiosas Evangélicas de España (FEREDE). Según ellos el objetivo es abrir caminos hacia la visibilización y normalización de las personas LGTB que existen dentro de sus comunidades, y evitar problemas de homofobia y transfobia en su fundación.
La Comisión pretende estudiar la realidad de las personas LGTB en las iglesias evangélicas, aportar un discurso libre de discriminación y evitar casos como el del pasado septiembre, cuando una mujer transexual fue agredida en una iglesia cristiana pentecostal de Madrid. El Área de Asuntos Religiosos, FELGTB, participó en el Congreso de la REFO, Red Evangélica de Fe y Homosexualidad establecida en Italia, este pasado mes de noviembre. La Red trabaja desde hace 10 años en las comunidades protestantes italianas, que se caracterizan por una posición más progresista en lo que concierne al tema de la diversidad sexual.

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martes, 14 de diciembre de 2010

Canadá podría despenalizar la poligamia y dar libertad para casarse con más de una persona

Cerca de la frontera con Canadá se encuentra Bountiful, un poblado de unas 1.200 personas en el que se practica la poligamia abiertamente. Pobladores de este lugar forman parte de una secta Mormona, y creen que el hombre debe casarse con al menos tres mujeres para poder entrar algún día en el cielo.

La nación de Canadá, se enfrenta estos días a un contratiempo legal un tanto inusual. Un juzgado debe decidir si la ley contra la poligamia es contraria a la libertad de religión y considerada o no como delito.

Cerca de la frontera con Canadá se encuentra Bountiful, un poblado de unas 1.200 personas en el que se practica la poligamia abiertamente, desde hace más de 50 años, a pesar de que el código civil canadiense prohíbe tal posibilidad.

Los pobladores de este lugar forman parte de una escisión de una secta Mormona, y creen que el hombre debe casarse con al menos tres mujeres para poder entrar algún día en el cielo. Estas creencias van en contra de la política de la principal de la secta de Mormona, el Movimiento de los Santos de los Últimos Días, que prohibió esta práctica hace más de medio siglo.

En los últimos 20 años, Bountiful, ha sido centro de polémica, ya que han recibido un buen número de acusaciones de abuso de niños, matrimonios forzados y tráfico de novias adolescentes entre Canadá y Estados Unidos.

En 2009, dos líderes rivales de la comunidad, Winston Blackmore y James Oler, fueron llevados a los tribunales por poligamia.

A Blackmore, se le acusó de tener 20 mujeres. Nueve de sus mujeres eran menores de edad cuando se casaron, y cuatro de ellas contaban con 15 años, según la declaración jurada archivada por la Policía Montada de Canadá en 2009. Mientras que Oler fue acusado de tener dos mujeres.

La poligamia es también ilegal en Estados Unidos, y en 2005, las autoridades de ese país y de la Columbia Británica acordaron cooperar para darle seguimiento a las acusaciones de explotación sexual cometidas en grupo. Pero la policía ha reconocido las dificultades de investigar las acusaciones porque las comunidades son secretas y pocas personas están dispuestas a declarar como testigos.

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Fuente: http://www.noticiacristiana.com

lunes, 13 de diciembre de 2010

NAVIDAD Y APOCALIPSIS: “EL HIJO DEL PUEBLO DE DIOS”

Por. Rev. Leopoldo Cervantes-Ortiz


1. Una mirada apocalíptica

Muy en la línea del Cuarto Evangelio, el conflicto entre el Reino de Dios y el de las tinieblas es visto simbólicamente en Apocalipsis (caps. 12-14.5) mediante la visión de las llamadas siete “figuras místicas”, la mujer embarazada, su hijo varón, el ángel Miguel, las bestias del mar y de la tierra, y el Cordero. Se trata de una oposición que, en el cap. 11, se resuelve mediante una fórmula voceada por el ángel de la “séptima trompeta” que celebra la victoria del Hijo de Dios: “Los reinos del mundo han venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo; y él reinará por los siglos de los siglos” (11.15). La aparición de esta “gran señal” en el cielo prepara el esfuerzo de una nueva lectura teológica que expondrá la forma en que Dios protege a su pueblo y revela su proyecto de redención plena para toda la humanidad a través del nacimiento del Mesías: una mujer (según la imagen repetida en los profetas Oseas, Isaías y Jeremías) vestida de sol, con la luna debajo de sus pies, y coronada por 12 estrellas, está embarazada (idea de plenitud que se acerca) y clama con dolores de parto, a punto de dar a luz (sinónimo de debilidad e indefensión) (vv. 1-2). Así comenta X. Pikaza

Donde acaba los caminos de violencia del varón empieza la mujer, como si la historia debiera escribirse de nuevo, a partir de ella. […]

En el principio del gran drama de la historia, como expresión de Dios y sentido de la vida humana, se presenta ella. […] Esta mujer […] es maternidad dolorida. ¿Quién ha cohabitado con ella? ¡No se dice! El varón no aparece. […] ¿Quién es? No es al fin una diosa; es figura del pueblo israelita, pronto a dar a luz a su mesías.[1]

Su contraparte es un dragón rojo con siete cabezas (“perfección perversa”) y diez cuernos (expresión de poder tomada del libro de Daniel, donde los cuernos “son la fuerza destructora de la Bestia que se opone a los santos de Israel”[2]), con cada cabeza coronada, cuya cola arrastraba la tercera parte de las estrellas que arrojó sobre la tierra (vv. 3-4). El dragón es símbolo del enemigo mitológico de Dios en muchos pueblos y aquí es la representación del mal que es capaz de arrastrar y seducir a quienes lo siguen. Es un “principio de muerte, signo del asesinato: vive de matar”.[3] Todo lo contrario de la mujer, símbolo y principio de la vida.

La Mujer que da a luz es Israel, grávida de Dios, en camino de esperanza mesiánica; el Dragón es Satán, enemigo del pueblo elegido; el Hijo que debe nacer es el Mesías”. […] Ap 12 desborda los esquemas judíos, ofreciendo un simbolismo que nos abre a la totalidad de lo humano. […]

Para entender el mal final y describir lo que sucede cuando suena la última trompeta, Ap 12 ha vuelto al principio de la historia, reescribiendo Gén 1-3 desde Jesús. Por eso, superando el mito común y la espera israelita, cuenta en forma cristiana el nacimiento histórico o pascual de Jesús…[4]

Estamos, pues, ante la “versión apocalíptica de la Navidad”, una narración de fuerte matiz histórico-teológico, pues en estos breves trazos simbólicos se describe el máximo acontecimiento salvífico de la historia, vinculado a la manifestación progresiva y sucesiva de un proceso redentor que alcanza su culminación en el nacimiento de Jesús de Nazaret, muestra y anuncio de la victoria divina sobre la muerte y el mal, y de la llegada del reino de Dios al mundo, tal como se anuncia en 11.15.

2. El nacimiento del Mesías, señal del triunfo del bien sobre el mal

La clave de la oposición entre estas “figuras místicas”, dentro de un esquema de superación del mal en la historia, es eminentemente liberadora, pues la característica fundamental de la lucha del dragón contra Dios (manifestada en el cap.13 mediante el surgimiento de una especie de “trinidad satánica”, el dragón y las dos bestias) es su rechazo de la vida, la paz y la justicia, una actitud nociva de destrucción y falta de respeto por los designios de Dios, siempre ligados al mantenimiento de esas prácticas y valores, y a la promoción de la dignidad de las personas. La actualización del mensaje de Ap 12 pasa por la necesaria observación de la forma en que los sistemas sociales pueden adquirir tintes satánicos, pero no vistos de manera esotérica, sino mediante una atenta crítica ideológica, cultural y espiritual. El Mesías nace y trae el anuncio de un reino severo y justo, por lo que es arrebatado (apartado) para Dios y para su trono a fin de garantizar la aplicación de su poder para bien en el mundo (v. 5). No obstante, juntamente con su madre (el pueblo que lo alumbra, ligado a la esperanza de su venida), el niño es objeto de persecución y odio por parte de las fuerzas del mal y es llevado al desierto (espacio tradicional de prueba y tentación, pero también de aprendizaje y fortalecimiento), donde es sustentado por un periodo bien determinado (v. 6).

La persistencia del dragón contra la mujer y su hijo (v. 15), metáfora del abuso de poder contra los débiles muestra de cuerpo entero sus intenciones perversas contra los proyectos de paz y justicia. El comentario de la Biblia Isha es elocuente y sumamente actual, pues marca una línea interpretativa poco abordada por las lecturas escatologizantes en extremo y demasiado imaginativas:

El objetivo preferido de la furia asesina del diablo, como en el capítulo 12 de Apocalipsis, son los niños y sus madres. El infanticidio diabólico es un tema frecuente a través de la Biblia (Éx 2.1-10, Lv 18.21; 20.2-5). […]

Como en el AT el ídolo Moloc estaba detrás de esas guerras contra la niñez, ahora, en el Apocalipsis, aparece el dragón satánico detrás de esta agresión contra la mujer y el niño.

El dragón, en su grosera bestialidad, no tiene reparos en acechar a una mujer encinta para devorar a su hijo. Pero el Dios de la Biblia es Dios de vida y toma partido especialmente a favor de la vida amenazada, auxilia a los niños en alto riesgo y a las mujeres vulnerables, acosadas, violadas y abusadas (p. 1492).

La lucha que continúa más adelante sólo viene a confirmar que Dios está del lado de la mujer y de su hijo, y que impone su poder sobre el dragón al asegurar el bienestar de ambos, el pueblo de Dios y su Mesías, para establecer su reino en el mundo (v.10: “Ahora ha venido la salvación, el poder y el reino de nuestro Dios, y la autoridad de su Cristo…”) y propiciar la esperanza de los asediados y maltratados por la fuerza asesina de los imperios genocidas, contrarios al plan divino. La gran expulsión celestial de Satán, ejemplificada en la gran batalla en el cielo (vv. 7-17) anuncia la superación de todos los males en el mundo, a contracorriente de las voces pseudo-proféticas que anuncian lo contrario. Por eso se anuncia explícitamente la gran derrota del diablo, quien no ceja en su lucha contra la descendencia de la mujer, el pueblo fiel que mantiene la esperanza en la venida del Mesías y se aferra a ella como razón de ser de su vida y fe (v. 17).

¿Quién es hoy esta mujer?
Vestida de sol
Generando vida nueva
Uno, dos, tres de sus hijos fueron arrebatados al cielo
Pero ella continúa su lucha en la tierra
Firme, sin miedo del dragón de tantos nombres
Tus dolores son de parto, no de aborto

Porque tienes fe en el imposible
Ningún dragón disminuirá en ti la insistencia por la vida
Continúas concibiendo, gestando, dando a luz con dolores de parto
Nuevas relaciones de género y poder
Eres mujer-Esperanza
Mujer de las alas de águila
Mujer de la solitud, del desierto
Mujer – Comunidad
Mujer – Pueblo
Mujer – Reino de Dios

María

Lucia Weiler, RIBLA, 46



[1] X. Pikaza, p. 141.

[2] Ibid., pp. 141-142.

[3] Ibid., p. 143.

[4] Idem.