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miércoles, 6 de enero de 2016

Ni tres, ni reyes, ni magos



Por. Antonio Cruz, España
El relato evangélico no especifica que los reyes magos fueran tres. Mateo sólo escribe “unos magos”, con lo cual deja abierta la puerta a la especulación. Tampoco que fuesen reyes o que se dedicasen a hacer magia, en el sentido moderno del término que supone sacar conejos de una chistera. Su número se dedujo sobre todo de los presentes que ofrecieron -oro, incienso y mirra- pero esto no resulta del todo concluyente para determinar cuántos eran en realidad. De manera que los populares personajes, Melchor, Gaspar y Baltasar, que reaparecen en España escalando balcones la fría noche del cinco de enero, son pura invención del folklore posterior. Una tradición -eso sí- que produce felicidad a los niños y a todos aquellos que subsisten a expensas del consumismo exacerbado que caracteriza nuestra sociedad.
Es curioso comprobar cómo el ser humano disfruta haciendo conjeturas indemostrables. Trescientos años después de Cristo, la cantidad de los magos que adoraron a Jesús variaba sin parar. Algunos afirmaban que sólo habían sido dos. En los frescos rudimentarios de las catacumbas de Roma, durante el siglo IV d.C., aparecen unas veces cuatro magos y otras hasta seis. La Iglesia siria y armenia creía que lo lógico es que hubieran sido doce ya que ese era un número singular en las Escrituras: el de las tribus de Israel y también el de los apóstoles. Sin embargo, los coptos de Egipto estaban convencidos de que debieron ser sesenta los magos de Oriente que se pusieron de acuerdo para buscar al rey de los judíos. Ante semejante progresión aritmética de magos, tuvo que intervenir Orígenes en la primera mitad del siglo tercero para centrar las cosas y determinar que lo más sensato era quedarse sólo con tres, en base a los tres regalos mencionados en el evangelio de Mateo.
Los nombres propios de estos tres personajes aparecieron por primera vez en un mosaico bizantino del siglo VI d.C. localizado en la ciudad italiana de Rávena. No se sabe quién se los inventó pero, desde luego, Baltasar, Melchor y Gaspar no aparecen en la Biblia. Algunos dicen que quizás Baltasar podría ser una europeización de Belsasar, el último rey del imperio babilónico. Pero lo cierto es que la etimología de tales nombres no está clara. Tradiciones posteriores afirman que se convirtieron en discípulos de Tomás; que se hicieron obispos y murieron como mártires; que sus reliquias fueron llevadas a la ciudad alemana de Colonia, donde aún hoy se conservarían en un relicario bizantino de la catedral. En fin, leyenda sobre leyenda para construir un castillo de naipes sin fundamento alguno.
Por supuesto, tampoco fueron reyes. A alguien se le debió ocurrir que las connotaciones paganas de unos magos que venían del Oriente dejaban mucho que desear. ¡Cómo pretendían unos gentiles agoreros adorar al Niño! Tertuliano, en el siglo III y basándose en una tradición anterior, fue el primero en decir que se trataba de reyes sabios. Esta denominación les proporcionaba mayor prestigio, al mismo tiempo que les alejaba del denostado mundo de la magia y la adivinación. Sin embargo, el evangelio emplea expresamente al término “magos”. ¿Quiénes eran tales magos en realidad? Muy probablemente se trataba de “sacerdotes” pertenecientes a las tradiciones religiosas de origen medo-persa. Eran profesantes del zoroastrismo cuyo oficio se podría comparar al de los levitas en Israel. Se dedicaban al culto, a los ritos de esa religión y a la astrología. Actuaban de mediadores entre la divinidad y los seres humanos.
Hay una cita en el Antiguo Testamento que se refiere expresamente a estos magos que vivían en el reino babilónico de Belsasar. Fueron contemporáneos de Daniel y también aspiraban a interpretar sueños y presagios. Sin embargo, el poder de sus predicciones resultó inferior al que Dios le concedió a Daniel. Tuvo que ser la propia reina quien advirtiera al rey: “En tu reino hay un hombre en el cual mora el espíritu de los dioses santos, y en los días de tu padre se halló en él luz e inteligencia y sabiduría, como sabiduría de los dioses; al que el rey Nabucodonosor tu padre, oh rey, constituyó jefe sobre todos los magos, astrólogos, caldeos y adivinos” (Dn. 5:11). Resulta pues que el propio Daniel, el cuarto de los profetas mayores de Israel, llegó a ser jefe de los magos o sacerdotes del rey Nabucodonosor. Estos magos solía vestir de blanco y portaban en la cabeza un gran turbante que les cubría también las mejillas. Adoraban a los cuatro elementos fundamentales: aire, tierra, agua y fuego. Hoy diríamos que eran unos ecologistas radicales ya que se oponían a toda forma de contaminación de dichos elementos físicos. Según cuenta el historiador griego Heródoto, los cadáveres no se quemaban para no contaminar el aire; tampoco se enterraban para no contaminar la tierra; no se podían arrojar al mar ni quedar expuestos al aire por la misma razón. Lo que se hacía con ellos era ofrecerlos a las alimañas sobre las llamadas “torres del silencio”.
No es extraño pues que, como consecuencia de la proximidad geográfica, estos sacerdotes hubieran oído hablar acerca de la esperanza de un Mesías libertador que restauraría al pueblo hebreo. El judaísmo era una religión bien conocida en todo Oriente, así como su anhelo tradicional de un soberano que habría de reinar sobre todo el mundo. Por lo tanto, es comprensible que semejante conocimiento, unido a la señal astronómica descubierta en el firmamento, fuera lo que movilizara a estos astrólogos paganos en su viaje a Jerusalén.
La conclusión evangélica de tal historia es que aquellos misteriosos personajes orientales, superando todas las diferencias culturales y demás dificultades, se pusieron de acuerdo para localizar a Jesús. Encontraron la casa, vieron al niño junto a su madre María, se postraron, lo adoraron y le ofrecieron sus presentes. De la misma manera hoy, más de dos mil años después, todavía existen criaturas que acuden a los pies de Cristo, lo descubren por primera vez en su vida y deciden adorarlo eternamente. Postrarse para siempre ante su persona. Inclinar la vida entera y consagrarla en señal de amor, aceptación y respeto. Esta es la verdadera adoración que no cesará jamás. Toda la vida del cristiano está llamada a ser como un continuo acto de adoración que no terminará con la muerte. Se trata de algo para la eternidad, pues tiene al Creador del tiempo como su objeto fundamental. De manera que no debemos dejar de adorar a Dios, a través de nuestra existencia cotidiana, porque es así como él nos perfecciona.
Es probable que, después de todo, los Tres Reyes Magos ni fueran tres, ni reyes, ni tampoco practicasen la magia. Sin embargo, acertaron al descubrir lo más maravilloso y real que el ser humano puede llegar a conocer de manera personal: a Jesucristo, el Hijo del Altísimo.

Fuente: Protestantedigital, 2016

miércoles, 30 de diciembre de 2015

La Na(ti)vidad como modelo de iglesia



Por Samuel Lagunas, México
Cuando Francisco de Asís, el 24 de diciembre de 1223, celebró la misa delante de un heterodoxo escenario –un buey, un asno, heno y un pesebre– no sólo consiguió representar ante los ojos, el tacto y el olfato de los fieles el glorioso momento del nacimiento de Cristo, sino también dejó constancia de la vida cotidiana de los primeros frailes. El belén, entonces, surgió como testimonio eclesial poniendo énfasis en la sencillez y austeridad predicadas y vividas por Francisco. Más allá de lo anecdótico de esta representación en Greccio y de su trascendencia icónica dentro de la tradición cristiana, el acontecimiento de la Natividad bien puede ser un modelo que ilumine con nueva fuerza la misión de la iglesia en la actualidad. Recordemos que para Sallie McFague un modelo «es una metáfora con “capacidad de permanencia”» y que más que una definición, funciona como «un esquema plausible […] abierto al cambio»[i]. Y, en este sentido, me gustaría apuntar algunos rasgos derivados de los relatos del nacimiento de Jesús (Mt. 2, 1-12; Lc. 2, 1-20) que creo pertinentes para afrontar como iglesias las situaciones que vivimos como sociedad.
Na(ti)vidad: congregación de personas diferentes
El nacimiento del Mesías reunió a hombres y mujeres que de otro modo difícilmente hubieran coincidido. Pastores de ovejas, sabios de oriente y, si tenemos en cuenta el relato del Protoevangelio de Santiago, en la escena aparecerían también una comadrona y Salomé, una mujer cuya actitud de incredulidad es análoga a la de Tomás ante el Cristo Resucitado: «si no palpo, no creeré»; todos alrededor de una familia poco convencional. Ateniéndonos únicamente a los relatos canónicos, no deja de asombrarnos la polaridad de los espectadores centrales: los pastores y los sabios. Sobre los primeros, el texto bíblico señala que «estaban en unos campos cercanos, pasando la noche a la intemperie cuidando de sus rebaños» (Lc. 2,8). Joseph Ratzinger apunta al respecto que, al nacer Jesús fuera de la ciudad, era lo más lógico que ellos fueran los primeros llamados a la gruta y, añade luego, que ellos «formaban parte de los pobres, de las almas sencillas, a los que Jesús bendeciría, porque a ellos está reservado el acceso al misterio de Dios»[ii]. Como contraste, los sabios eran astrónomos vinculados de alguna manera a la clase sacerdotal persa poseedores de conocimientos religiosos y filosóficos. Su riqueza se ha inferido no sólo de los presentes que dieron al niño, sino también de que su historia ha sido leída tradicionalmente a la luz del Salmo 72,10 y de Isaías 60. Ellos estuvieron dispuestos a ir más allá de sus creencias convencionales en pos de una revelación nueva y proveniente del lugar menos esperado. Poco importa si pastores y sabios coincidieron realmente en la gruta de Belén; más importante, en cambio, es el hecho de que dos estamentos tan diferentes se congregaran con una actitud compartida: la esperanza, y un propósito común: la honra y la alabanza del recién nacido.
El eclecticismo posmoderno poco ha propiciado que la iglesia se muestre como una comunidad de diferentes. Allende las diferencias doctrinales –que intuyo cada vez son menos relevantes a la hora de elegir una iglesia–, se observan con más frecuencia iglesias sectarias condicionadas por la clase social, la orientación sexual, el grupo etario, la indumentaria y aún la preferencia política. Iglesias homogéneas y homogeneizantes se vislumbran como la norma. Pero ante el acontecimiento de la navidad, se impone una reacción crítica ante el fenómeno de la fragmentación y la homogenización. ¿Es nuestro salario, nuestra vida sexual, nuestra edad, nuestros gustos o nuestra ideología lo que debe primar en el momento de decidir participar en una iglesia? ¿Acaso no es precisamente la esperanza mesiánica, la expectativa y la construcción del Reino lo que debe congregarnos en torno al Salvador? Es claro que abundan quienes señalan que no se puede tener lo segundo sin lo primero; no obstante, la Navidad sigue modelando la diferencia: la congregación de pastores y sabios, de pobres y ricos, de cultos e incultos, de profesionales y artesanos, de locales y extranjeros[iii].   
Na(ti)vidad: testigos de la alabanza universal
Los pastores y los sabios fueron testigos de hechos que sobrepasaron su entendimiento: la aparición de los ángeles y la estrella en el Oriente. Así, el nacimiento de Cristo fue reconocido no sólo por los hombres, sino también por la creación y por las jerarquías celestes. En la Encarnación el centro de la Historia es revelado y ese acontecimiento no se puede pasar por alto en el universo; el antiguo himno cristiano citado en la epístola a los Colosenses da espléndido testimonio del hecho (Col. 1, 15-20). Que la naturaleza muestra al Creador y al Redentor es algo en lo que los teólogos y teólogas han hecho hincapié desde San Bernardo hasta Leonardo Boff pero que ya los evangelistas quisieron dejarnos bien claro.
Los pastores presenciaron con temor la aparición de los ángeles, pero el anuncio escuchado los llenó de alegría y los movió a la acción. Apresurados, sabios y pastores, acudieron a Belén y fueron testigos de cómo la estrella se posaba encima de la ciudad y de cómo las palabras del ángel eran verdaderas. En un sentido semejante, Agustín de Hipona señala que el hecho de que Jesús yazca en un pesebre no es vano pues allí era donde los animales comían; siendo así, el Jesús del pesebre simboliza al pan que nutre de vida a los hombres, a los animales y a la creación entera.  Es este hecho, principio del misterio pascual, el que anima la alabanza de los ancianos y de las bestias en el Libro del Apocalipsis (Ap. 4, 2-11).
La Navidad, en este sentido, nos devuelve a nuestra posición de criaturas y nos llama, como iglesias, a la humildad y a una nueva forma de solidaridad con toda la creación, ya que en la Navidad reconocemos que los seres humanos no somos los únicos, ni los más importantes, que rendimos tributo al Señor. La Navidad nos llama a presenciar una alabanza que trasciende a la iglesia y a unirnos a ella con actitud de gozo por la promesa cumplida: ¡todo lo que respira alaba al Señor!
Na(ti)vidad: recordar y volver a la misión
Los albores de la iglesia los encontramos en Belén, en una gruta donde pacía el ganado. Es imperioso recordar constantemente esta verdad a fin de no apartarnos de nuestra misión esencial: el anuncio de la salvación.
En las ciudades actuales coexisten distintas tradiciones decembrinas: la cena en Nochebuena, el intercambio de regalos, el personaje de Santaclaus, la diversidad de villancicos. Esto, lo sabemos bien, ha suscitado, entre los evangélicos posiciones que van del rechazo a la aceptación. Sobre la cena en Nochebuena,  el mexicano Jorge Fernández Granados –uno de los poetas vivos más destacados– ha escrito el siguiente poema:

“Nochebuena
nos sentamos a la mesa
Impecables
cada uno en su monólogo
impecable
de siempre en esta noche de tantas
impecables
navidades en la vida que es todo menos
impecable
y de pronto una de las velas que arden en la mesa chisporrotea
y cae
su llama se apaga con un chasquido justo sobre la fuente aún intacta de la
accidentada
cena la costumbre nuestros monólogos el blindado bienestar se rompen
por un súbito silencio inexplicable compartido
e impecable.”

Las dos estancias del poema están marcadas por la contraposición del adjetivo «impecable» en la primera estrofa con verbos que evidencian la fragilidad del disfraz de Nochebuena en la segunda. No obstante, la fugacidad de la apariencia de armonía y concordia que intenta impregnar la Navidad, la buena intención es infructuosa y el día de Navidad suele pasar, incluso en las iglesias, dejando todo como estaba. Ese efecto es totalmente contrario de aquella noche en Belén que atestiguó el nacimiento del Redentor. Los sabios de Oriente volvieron a su hogar por otro camino, desafiando la autoridad de Herodes protegiendo la vida del niño. Los pastores anunciaron el mensaje del ángel y luego volvieron transformados a sus quehaceres cotidianos. La alegría de todos ellos halló un nuevo motivo pues habían alcanzado la promesa (Heb. 11,40). Los ancianos Simeón y Ana, corolarios de la escena navideña, verbalizaron esa alegría en sendas alabanzas (Lc. 3, 27-30, 39) que escucharon «todos los que esperaban la liberación» (Lc. 3,39). La liberación es el contenido del anuncio de salvación. María, la madre de Jesús lo expresa así en su famoso cántico (Lc. 1,46-55). La Navidad, en tanto modelo de iglesia, nos insta a renovar nuestra esperanza, a recordar lo esencial de nuestra misión y a verternos en la alabanza que día y noche entona el universo. Asimismo, nos desafía a construir espacios que cada vez se asemejen a esa no tan lejana noche en la que el Verbo se despojó de su gloria y habitó entre nosotros.
_____________________________________
[i]  McFague, Sallie. Modelos de Dios. Teología para una era ecológica y nuclear. Santander: Sal Terrae, 1994. p. 73.
[iii] Continuar la vía de la Navidad como modelo de iglesia lleva a reimaginar también la figura del pastor a partir del niño en el pesebre quien pastoreó desde su inocencia y su bajeza a hombres tan distintos a él y tan diferentes entre sí.

Fuente: Lupaprotestante, 2015.

martes, 29 de diciembre de 2015

Como vivir la Navidad en una sociedad de consumo



Por. Víctor Rey Riquelme
Hoy la navidad sufre una gran distorsión en su sentido real. Cuando pensamos en la navidad inmediatamente vienen a nuestra mente Santa Claus o el Viejito Pascuero, los regalos y toda la fiebre consumista que se origina en torno a esta festividad.  Todo esto nos produce una alta carga de estrés y también de angustia.  Es necesario encontrar el verdadero sentido y compartirlo con las personas que en esta fecha se encontrarán solas y deprimidas. Por otro lado, hay que vivirlo con los más empobrecidos, los más vulnerables y los que se encuentran sin esperanza.
Seguimos viendo que la realidad en nuestras ciudades se va empeorando, las expectativas y la realidad de nuestro pueblo siguen estando marcadas por los signos de la antivida. Las profundas desigualdades sociales, las contradicciones socioeconómicas y la desesperanza están marcando el paso en la vida cotidiana.
La experiencia de los pastores en la fría noche de navidad vuelve a convertirse en una realidad. Nuestro mensaje y nuestra acción deben cargarse de mucha esperanza. La gente desea escuchar buenas noticias, noticias que construyan, estimulen e impulsen la vida plena.  Queremos escuchar buenas noticias que sean de gozo para todo el pueblo.
Esta buena noticia no es sólo un sistema de ideas que se contrapone a otros sistemas vigentes en el mundo. No se trata de una ideología más en el supermercado intelectual y religioso del momento. Se trata de un poder, de una forma de vivir y de plantarse frente al mundo. Se trata de una comunidad que trasciende barreras.
Para recuperar el sentido vigoroso de un estilo de vida cristiano hay que sacar el Evangelio de manos de los vendedores profesionales que lo han convertido en un producto comercial inocuo que se ofrece al mejor postor y de las de los religiosos de turno que han sacado del centro de la navidad a Jesús. Dondequiera que haya un ser humano que invoque el nombre de Cristo, debe atreverse a vivir por él, a esforzarse en practicar sus demandas de amor, justicia, servicio y arrepentimiento, y a alzar sus ojos con esperanza y vencer el temor. Allí es donde está avanzando el Evangelio.
La navidad nos recuerda y nos hace reflexionar sobre la vida de Jesús y el estilo de vida que vino a inaugurar. Este hecho nos pone en guardia contra los apetitos económicos erigidos en deidad. Con él aprendemos a sospechar también: “Dónde ustedes tengan sus riquezas, allí también estará su corazón”, “No se puede servir a Dios y al dinero”.
Vivir el Evangelio y el espíritu de la navidad es, en primer lugar, vivir la libertad de la idolatría materialista de los apetitos económicos. Es hacer de Jesús el modelo de vida y entrar a un género de vida que ve lo económico como un campo en el cual se pone en práctica la obediencia a Dios, el dador de todo lo que el humano posee. Cuando nos damos cuenta de que nuestros propios apetitos invaden nuestros pensamientos y nuestras palabras, relativizando lo justo y auténtico de nuestros proyectos más amados, descubrimos también que Jesús puede renovar nuestras vidas y purificarlas para que den fruto.  El hombre nuevo con su hambre de sed y justicia ya empieza a manifestarse en la disposición de cambiar nosotros mismos para que el mundo cambie.
Rescatar el verdadero sentido de la navidad es vivir el Evangelio, sin caer en la trampa del mercado y de la sociedad de consumo. El problema con la ideología del libre mercado es que nos hace aceptar su utopía como un axioma que no necesita demostración. Es decir, se asume acríticamente que el único camino aceptable actualmente es el de la Economía de Libre Mercado. Nuestra vida y nuestra acción no sirven para nada a menos que estén al servicio de esa ideología.  Con ese mismo criterio se juzga la historia de la Iglesia, la historia del mundo e incluso a Jesús mismo.
Se trata de no caer en esa trampa, no aceptar esa utopía, esa idolatría del mercado como un axioma, ni tampoco aceptar como “científico” un análisis que, por un lado, se alimenta de la opresión de los más pobres y, por otro, reduce al hombre y a la mujer a seres que solo sirven para consumir. Por lo tanto, debemos proclamar, en primer lugar, que la norma que juzga la vida y la acción de los hombres y de las mujeres no es el éxito, ni la cantidad de cosas que posean, sino el designio de Dios revelado en Jesús. Descubrimos también que, para tener valor y eficacia, las acciones humanas no necesitan ser exitosas.  La vida es mucho más que la economía.  La fidelidad a Dios se da dentro de una variedad inmensa de marcos de servicio.
Una buena noticia para el mundo de hoy, que trae la presencia de Jesús en esta navidad, es que se acaba el temor.  Hoy vivimos bajo el signo del miedo y esta parece ser la característica más notoria de esta época. La mentalidad de los hombres y mujeres del siglo I estaba plagada de temores: a las potencias espirituales de los aires, a los principados y potestades, a los espíritus elementales. En medio de ellos el Evangelio era el anuncio de la victoria cósmica de Dios, que ponía en evidencia la debilidad de estas fuerzas que aterrorizaban a los hombres y a las mujeres.
Hoy en día, los temores tienen otros nombres, pero son muy parecidos en sus efectos sobre el corazón de las personas. Los medios de comunicación modernos han  desarrollado una jerga que conjura el temor y la sensación de un fatalismo frente al cual el hombre y la mujer parecen impotentes. Hoy se tiembla ante las fuerzas oscuras que dominan el mercado de valores, ante los sistemas políticomilitares, ante las mafias de todo signo, que parecen obrar con impunidad y crecer como pulpos infernales.
El Evangelio que Jesús nos ha traído y que recordamos en navidad, sigue siendo el Evangelio de la victoria de Dios sobre todo aquello que se opone a su designio, que es el amor, la justicia, la paz y la vida abundante para los hombres y las mujeres. Cierto que esa victoria pasó por el sufrimiento de la cruz, por la agonía, la soledad y lo que a todas luces parecía el fracaso y la impotencia del justo contra la maldad del mundo.
La buena noticia del Evangelio es negarse a permitir que los temores que sobrecogen a la humanidad nos atemoricen también a nosotros.  Es poner la mira en Dios, alzar la vista y vivir en obediencia a su ejemplo, con gozo y confianza en la victoria final, cualquiera que sea el curso de la peripecia del hoy. Jesús, Pablo y Pedro nos enseñaron que esta manera de vivir el Evangelio no es la arrogancia insultante frente al verdugo ni la búsqueda casi masoquista del sufrimiento.
En nuestro tiempo implica la desmitologización de todas las idolatrías modernas y de los poderes terrenos, en el entendimiento de estas fuerzas dentro de su limitada dimensión humana, o quizás aun en su exageración demoníaca. Pero esto implica también el propósito de seguir haciendo aquello que entendemos que es el bien, aunque ello acarree la persecución o la amenaza. Por esto la buena noticia de la navidad, y lo que le da sentido, es que nada nos puede separar del amor de Dios, y ese amor ha triunfado para siempre.

Fuente: Lupaprotestante, 2015.

sábado, 26 de diciembre de 2015

Jesús: concebido por el espíritu y nacido de la virgen



Por. Will Graham, España
Me encanta el Credo apostólico. 
Así es. Me encanta. Tanto su profundidad doctrinal como su claridad de expresión son abrumadoras. No es de extrañar que haya pasado a la historia de la iglesia como una obra de grandeza incomparable.
Ya que la Navidad está a la vuelta de la esquina, quiero examinar la famosa frase del Credo que habla sobre la encarnación de Jesús - "concebido por el Espíritu Santo, nacido de la virgen María"- y explicar su denso significado teológico. 
1.- Concebido por el Espíritu
Esta frase pretende ser fiel a los textos bíblicos tales como Mateo 1:18-20 y Lucas 1:35 donde el nacimiento de Jesús de Nazaret se atribuye exclusivamente a la mano del Espíritu de Dios. 
1.1- El hombre pecador no pinta nada
La simiente de José no tenía nada que ver con eso. Fue un asunto totalmente divino. Incluso María fue completamente pasiva en todo el evento. Ella no hizo nada. Todo era del Señor. La Navidad, entonces, se trata de lo que Dios obró. Es por eso que Él recibe toda la gloria por la encarnación. El Espíritu de Dios vino sobre María y, de alguna forma misteriosa, concibió para que el Hijo eterno de Dios asumiese la naturaleza humana en el vientre de la joven sierva del Señor. El hombre fue dejado a un lado mientras Dios desplegaba su exorbitante gloria.
1.2.- El Hijo y el Espíritu andan juntos
Otro elemento a destacar es la manera en que el Hijo y el Espíritu trabajan juntos en la encarnación. Si el precioso ruaj (Espíritu) no hubiese obrado en la virgen, no se habría dado la unión hipostática. El Hijo de Dios y la naturaleza humana entran en contacto por el soplo del Espíritu. Y gracias al Hijo, el ser humano es reconciliado con Dios el Padre. Esta observación tiene una trascendencia especial para cualquier hombre o mujer nacido(a) de Dios. Nosotros, los seres humanos entramos en comunión con el Padre por medio de los ministerios del Hijo y el Espíritu de Dios. 
En cierto sentido, la encarnación de Cristo es una analogía de lo que sucede durante la regeneración (nuevo nacimiento) del ser humano. El Espíritu nos une de modo eficaz al Verbo. El apóstol Juan conecta estas dos ideas (la encarnación de Cristo y el nuevo nacimiento) en Juan 1:12-14. Tanto la encarnación de Cristo como la regeneración son eventos cien por cien trinitarios. Gracias al Hijo y al Espíritu, ahora vivimos de verdad delante de Dios.
1.3.- El Espíritu trae revelación e iluminación
El hecho de que el Credo apele a la concepción por el Espíritu Santo también significa que es por el Espíritu Santo que Dios se revela a los hombres. En el caso de Jesús el Espíritu hace que el Mesías sea un portador de la revelación, mientras que en nuestro caso nos convertimos en receptores de dicha revelación. Nadie puede conocer la verdad sino por el Espíritu. Él es quien nos abre los ojos, los oídos y transforma nuestro corazón de piedra en uno de carne para que creamos su anuncio. Como Pablo dijo, "Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios. Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios” (1 Corintios 2:10-11). Es sólo mediante el Espíritu que podemos tener verdadero conocimiento del Altísimo. En palabras del exégeta Gordon Fee, “La clave para comprender la sabiduría de Dios estriba en el Espíritu. […] Los seres humanos por su propia cuenta no poseen la cualidad que les posibilitaría conocer a Dios o la sabiduría de Dios”.
1.4.- Algo más allá de lo empírico
El cuarto punto que me gustaría subrayar es que la concepción del Espíritu Santo nos muestra que lo que le sucedió a Jesús va mucho más allá de los límites modernos de la biología, la química y la física. No puede haber una explicación materialista de lo que ocurrió en el seno de María. La encarnación no es un evento para ser analizado matemáticamente sino algo para impulsarnos a adorarle al Señor con reverencia.
Tal misterio nos debe cautivar en temor reverente. ¿Cómo puede ser que el Verbo descendiese a la tierra? ¿O que Dios caminara entre nosotros? ¿O que el Hijo se encarnase? Cuando Dios se mueve, ocurren milagros. Sus manos no están atadas por leyes humanas. La ciencia, al fin y al cabo, no es la madre del Señor sino su hija, su sierva. En el vientre de una virgen, el Espíritu hace lo imposible y engendra vida. ¿Habrá algo demasiado difícil para Dios?
1.5- Conclusión
Esta Navidad, asegúrate de recordar que 1) la encarnación es de origen completamente divino; 2) que el ser humano se reconcilia con Dios por medio de los ministerios del Hijo y el Espíritu; 3) que es a través del Espíritu que Dios trae revelación e iluminación; 4) que el aliento libre de Dios no está limitado por principios materialistas. ¡Si Dios está obrando, no hay nada imposible!
Gloria in excelsis Deo.
2.- Nació de la virgen María
Después de afirmar que Jesús fue "concebido por el Espíritu Santo", el Credo apostólico continúa diciendo que "nació de la virgen María". Ahora vamos a echar un vistazo al contenido teológico de esta declaración en seis puntos.
 2.1- Era “virgen” pero no para siempre
En primer lugar, debo señalar que María no fue virgen toda su vida. Después de dar a luz a Jesús, tuvo hijos con su esposo José y formó así una preciosa familia (Mateo 1:25; 12:46; 13:55; Juan 7:10; Hechos 1:14; Gálatas 1:19). Menciono esto porque algunos sectores del Catolicismo Romano todavía mantienen que la virginidad de María fue perpetua, dado que el celibato es considerado como una especie de llamamiento “más santo” o “más elevado”. La Biblia para nada condena el sexo (excepto cuando se practica fuera de los límites del matrimonio heterosexual). María fue virgen cuando Cristo fue concebido; pero no permaneció virgen después de su primogénito.
2.2- La pasividad del ser humano en la revelación
La virginidad de María es importante porque nos enseña que el hombre (mujer) es totalmente pasivo cuando Dios se revela. Nuestra hermana María no tenía capacidad innata para dar a luz al Hijo de Dios en este mundo. Fue totalmente la obra del Señor. El vientre vacío de María habla de la incapacidad del hombre para estar en el lugar de Dios. La semilla de José era inútil. Sólo el Espíritu de Dios podría preparar el camino para Jesús. Dios se tiene que revelar a sí mismo. De lo contrario, no hay ni habrá ninguna revelación. El hombre puede correr y sudar y torturarse a sí mismo casi hasta la muerte, pero a menos que el Señor baje o descienda para revelar su gloria, no habrá manifestación de Dios. La revelación es toda de gracia.
2.3- Dios se da a conocer en lugares inesperados
También vemos cómo Dios usa las cosas insignificantes cuando se trata de revelar su sabiduría. Si yo fuera Dios, habría elegido que mi amado Hijo naciera como un hijo del emperador romano o en alguna sabia secta filosófica de la antigua Grecia o Egipto, pero Dios elige el vientre despreciado de una mujer humilde que podía sólo darse el lujo de ofrecer dos tórtolas en su tiempo de purificación ritual. ¿Qué pinta la Palabra de Dios en un apestoso pesebre que olía a estiércol y orina de vaca y burro? ¿Es esto, de alguna manera, digno del Rey de reyes? Pero, he aquí ¡qué humildad y qué bajeza! Dios elige a las pequeñas cosas para confundir la sabiduría del hombre (1 Corintios 1:28). Sin el Espíritu Santo, ¿quién puede comprender esta incomprensible sabiduría de Dios? La gloria y la grandeza del Señor estaban escondidas en una tierra de esterilidad, en el vientre de una virgen judía.
2.4- Cristo nace sin pecado original
Otro punto teológico importante a destacar es que la virginidad de María liberó a Jesús de haber nacido manchado por el pecado original. La maldición de Adán se transmite de generación en generación a través de la semilla del hombre, pero puesto que Cristo fue de origen divino, Él no quedó afectado por la caída. En este sentido, Jesús se convirtió en un segundo Adán, un nuevo comienzo. No obstante, algunos han preguntado: "Pero si Jesús participó de la naturaleza de María, ¿eso no le constituye pecador desde su nacimiento?" La respuesta es no. De alguna manera soberana y misteriosa, el Espíritu Santo protegió la naturaleza humana de Cristo para que no heredase la naturaleza pecaminosa de su madre según la carne. Martyn Lloyd-Jones lo explicó de la siguiente manera: "Todo lo que sabemos es que algo fue tomado, fue limpiado y quedó liberado de toda contaminación, de manera que su naturaleza humana era sin pecado y completamente libre de todos los efectos y resultados de la caída. Tal fue el efecto de la operación del Espíritu Santo sobre [María]". Jesús nació perfectamente sin pecado.
2.5- Cristo no era un fantasma gnóstico
El hecho de que la Palabra eterna de Dios también participara de la naturaleza humana de María es una afirmación vital para combatir herejías neo-gnósticas que niegan que Jesús fuese verdaderamente humano. El docetismo fue ferozmente condenado por el apóstol Juan como una obra del anticristo. "Todo espíritu que no confiesa que Jesucristo ha venido en carne, no es de Dios: y éste es el espíritu del anticristo" (1 Juan 4:2) y de nuevo: "Porque muchos engañadores han salido por el mundo, que no confiesan que Jesucristo ha venido en carne. Este es el engañador y el anticristo." (2 Juan 7). El nacimiento virginal es una salvaguardia doctrinal contra dichas teologías que buscan convertir a Jesús en un fantasma etéreo. Jesús asumió un cuerpo humano real y un alma racional para que los hombres y las mujeres pudiesen ser redimidos en su totalidad.
2.6- La renovación de todas las cosas
Un último punto que vale la pena notar es que por medio del nacimiento virginal Dios hace que algo nuevo surja de lo antiguo. Jesús rompe con el pasado pecaminoso de la humanidad caída y esclavizada. Toma la humanidad sobre sí mismo con el fin de devolver todas las cosas a la obediencia de Dios. 
Esto explica la razón por la que no me siento cómodo cuando algunos pensadores proponen que la encarnación de Jesús sea análoga a la creación en el Génesis. Estoy totalmente en desacuerdo. La creación inicial fue ex-nihilo. En otras palabras, en el principio Dios creó todo a partir de la nada. Pero, en la encarnación, Dios está haciendo algo nuevo a partir de algo que ya existía. En este sentido, para ser más fiel a la Biblia –como ya destacamos antes- la encarnación es más bien análoga al nuevo nacimiento cuando Dios convierte almas depravadas en trofeos de su gracia y misericordia. Dios convierte lo viejo en nuevo. Él resucita lo que está muriendo y languideciendo. Transforma el desierto en un paraíso abundante. Las cadenas se convierten en libertad en la gloriosa economía de Dios.
2.7- Conclusión 
Yo no sé vosotros, pero yo estoy muy feliz por el nacimiento virginal. Me alegro de que Dios revele a Dios, que el Señor escoja lo vil e insignificante, que Jesús sea libre del pecado, que Jesús sea verdadero hombre y que Dios haga algo hermoso de las viejas vestiduras de Adán. Esta Navidad vamos a dar gracias a Dios por la bendita encarnación y por todas las preciosas verdades que conlleva. ¡A Dios sea la gloria!
¡Acabo deseándoos a todos una muy feliz Navidad!
Gracias por todo el apoyo y amor que me habéis demostrado a lo largo del último año. ¡Sigamos peleando la buena batalla de la fe hasta que vuelva aquél que fue concebido por el Espíritu y nacido de la virgen!
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1 FEE, Gordon, Primera epístola a los corintios (Nueva Creación: Buenos Aires, 1994), pp. 125-126.

Fuente: Protestantedigital, 2015.