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miércoles, 6 de enero de 2016

Ni tres, ni reyes, ni magos



Por. Antonio Cruz, España
El relato evangélico no especifica que los reyes magos fueran tres. Mateo sólo escribe “unos magos”, con lo cual deja abierta la puerta a la especulación. Tampoco que fuesen reyes o que se dedicasen a hacer magia, en el sentido moderno del término que supone sacar conejos de una chistera. Su número se dedujo sobre todo de los presentes que ofrecieron -oro, incienso y mirra- pero esto no resulta del todo concluyente para determinar cuántos eran en realidad. De manera que los populares personajes, Melchor, Gaspar y Baltasar, que reaparecen en España escalando balcones la fría noche del cinco de enero, son pura invención del folklore posterior. Una tradición -eso sí- que produce felicidad a los niños y a todos aquellos que subsisten a expensas del consumismo exacerbado que caracteriza nuestra sociedad.
Es curioso comprobar cómo el ser humano disfruta haciendo conjeturas indemostrables. Trescientos años después de Cristo, la cantidad de los magos que adoraron a Jesús variaba sin parar. Algunos afirmaban que sólo habían sido dos. En los frescos rudimentarios de las catacumbas de Roma, durante el siglo IV d.C., aparecen unas veces cuatro magos y otras hasta seis. La Iglesia siria y armenia creía que lo lógico es que hubieran sido doce ya que ese era un número singular en las Escrituras: el de las tribus de Israel y también el de los apóstoles. Sin embargo, los coptos de Egipto estaban convencidos de que debieron ser sesenta los magos de Oriente que se pusieron de acuerdo para buscar al rey de los judíos. Ante semejante progresión aritmética de magos, tuvo que intervenir Orígenes en la primera mitad del siglo tercero para centrar las cosas y determinar que lo más sensato era quedarse sólo con tres, en base a los tres regalos mencionados en el evangelio de Mateo.
Los nombres propios de estos tres personajes aparecieron por primera vez en un mosaico bizantino del siglo VI d.C. localizado en la ciudad italiana de Rávena. No se sabe quién se los inventó pero, desde luego, Baltasar, Melchor y Gaspar no aparecen en la Biblia. Algunos dicen que quizás Baltasar podría ser una europeización de Belsasar, el último rey del imperio babilónico. Pero lo cierto es que la etimología de tales nombres no está clara. Tradiciones posteriores afirman que se convirtieron en discípulos de Tomás; que se hicieron obispos y murieron como mártires; que sus reliquias fueron llevadas a la ciudad alemana de Colonia, donde aún hoy se conservarían en un relicario bizantino de la catedral. En fin, leyenda sobre leyenda para construir un castillo de naipes sin fundamento alguno.
Por supuesto, tampoco fueron reyes. A alguien se le debió ocurrir que las connotaciones paganas de unos magos que venían del Oriente dejaban mucho que desear. ¡Cómo pretendían unos gentiles agoreros adorar al Niño! Tertuliano, en el siglo III y basándose en una tradición anterior, fue el primero en decir que se trataba de reyes sabios. Esta denominación les proporcionaba mayor prestigio, al mismo tiempo que les alejaba del denostado mundo de la magia y la adivinación. Sin embargo, el evangelio emplea expresamente al término “magos”. ¿Quiénes eran tales magos en realidad? Muy probablemente se trataba de “sacerdotes” pertenecientes a las tradiciones religiosas de origen medo-persa. Eran profesantes del zoroastrismo cuyo oficio se podría comparar al de los levitas en Israel. Se dedicaban al culto, a los ritos de esa religión y a la astrología. Actuaban de mediadores entre la divinidad y los seres humanos.
Hay una cita en el Antiguo Testamento que se refiere expresamente a estos magos que vivían en el reino babilónico de Belsasar. Fueron contemporáneos de Daniel y también aspiraban a interpretar sueños y presagios. Sin embargo, el poder de sus predicciones resultó inferior al que Dios le concedió a Daniel. Tuvo que ser la propia reina quien advirtiera al rey: “En tu reino hay un hombre en el cual mora el espíritu de los dioses santos, y en los días de tu padre se halló en él luz e inteligencia y sabiduría, como sabiduría de los dioses; al que el rey Nabucodonosor tu padre, oh rey, constituyó jefe sobre todos los magos, astrólogos, caldeos y adivinos” (Dn. 5:11). Resulta pues que el propio Daniel, el cuarto de los profetas mayores de Israel, llegó a ser jefe de los magos o sacerdotes del rey Nabucodonosor. Estos magos solía vestir de blanco y portaban en la cabeza un gran turbante que les cubría también las mejillas. Adoraban a los cuatro elementos fundamentales: aire, tierra, agua y fuego. Hoy diríamos que eran unos ecologistas radicales ya que se oponían a toda forma de contaminación de dichos elementos físicos. Según cuenta el historiador griego Heródoto, los cadáveres no se quemaban para no contaminar el aire; tampoco se enterraban para no contaminar la tierra; no se podían arrojar al mar ni quedar expuestos al aire por la misma razón. Lo que se hacía con ellos era ofrecerlos a las alimañas sobre las llamadas “torres del silencio”.
No es extraño pues que, como consecuencia de la proximidad geográfica, estos sacerdotes hubieran oído hablar acerca de la esperanza de un Mesías libertador que restauraría al pueblo hebreo. El judaísmo era una religión bien conocida en todo Oriente, así como su anhelo tradicional de un soberano que habría de reinar sobre todo el mundo. Por lo tanto, es comprensible que semejante conocimiento, unido a la señal astronómica descubierta en el firmamento, fuera lo que movilizara a estos astrólogos paganos en su viaje a Jerusalén.
La conclusión evangélica de tal historia es que aquellos misteriosos personajes orientales, superando todas las diferencias culturales y demás dificultades, se pusieron de acuerdo para localizar a Jesús. Encontraron la casa, vieron al niño junto a su madre María, se postraron, lo adoraron y le ofrecieron sus presentes. De la misma manera hoy, más de dos mil años después, todavía existen criaturas que acuden a los pies de Cristo, lo descubren por primera vez en su vida y deciden adorarlo eternamente. Postrarse para siempre ante su persona. Inclinar la vida entera y consagrarla en señal de amor, aceptación y respeto. Esta es la verdadera adoración que no cesará jamás. Toda la vida del cristiano está llamada a ser como un continuo acto de adoración que no terminará con la muerte. Se trata de algo para la eternidad, pues tiene al Creador del tiempo como su objeto fundamental. De manera que no debemos dejar de adorar a Dios, a través de nuestra existencia cotidiana, porque es así como él nos perfecciona.
Es probable que, después de todo, los Tres Reyes Magos ni fueran tres, ni reyes, ni tampoco practicasen la magia. Sin embargo, acertaron al descubrir lo más maravilloso y real que el ser humano puede llegar a conocer de manera personal: a Jesucristo, el Hijo del Altísimo.

Fuente: Protestantedigital, 2016

sábado, 4 de julio de 2015

¿Hubo evolución química de la vida?



Por. Antonio Cruz, España
El problema del origen químico de la vida sigue siendo irresoluble. Muchas preguntas y planteamientos hipotéticos, pero ninguna solución plenamente satisfactoria.
Darwin estaba convencido de que la vida podía haberse originado a partir de reacciones químicas ocurridas por casualidad en algún charco templado de la Tierra primitiva. Mediante los rudimentarios microscopios ópticos que existían en aquella época no era posible observar y comprender la complejidad existente en el interior de cualquier célula, por simple que ésta fuera. Los naturalistas decimonónicos creían que las células constituyentes de los seres vivos eran simplemente como minúsculas gotitas de gelatina que poseían sólo un oscuro núcleo en su interior. No fue hasta la década de 1930, gracias al invento del microscopio electrónico, que la citología empezó a descubrir las múltiples estructuras y complejas funciones que albergaba el interior celular. Hoy se conocen la mayoría de los componentes celulares, aunque todavía se siguen descubriendo detalles que no dejan de sorprender a los investigadores. Muchos han comparado la célula con una ciudad automatizada ya que las posibles analogías entre los distintos orgánulos citoplasmáticos, o pertenecientes al núcleo, y los artefactos elaborados por la ingeniería moderna son numerosas. Además, se ha podido constatar que la mayor parte de los avances tecnológicos logrados recientemente por el hombre, estaban ya representados y funcionando perfectamente en las células, pero a una escala minúscula. Sobre todo, ciertos mecanismos relacionados con el transporte de sustancias, comunicaciones, eliminación de residuos, defensa inmunológica, etc. Todo esto ha generado la sensación, a medida que se profundiza en el conocimiento del interior celular, de que un habilidoso ingeniero hizo muy bien su trabajo mucho tiempo antes de que los seres humanos empezaran siquiera a diseñar la primera máquina. Pero, lo cierto es que, lo logró mil veces mejor que los ingenieros humanos ya que lo hizo a una escala microscópica.
Teniendo en cuenta lo que se conoce sobre esta increíble complejidad celular, no es sorprendente que las investigaciones acerca del supuesto origen químico de la vida estén en un callejón sin salida. John Maddox, el famoso físico evolucionista inglés que fue director durante más de veinte años de la revista científica Nature, escribió la siguiente declaración: “Sabemos ya cuándo apareció la vida en la superficie de la Tierra, pero aún no sabemos cómo empezó a existir. Ya se están haciendo serios intentos de localizar planetas en órbita alrededor de otras estrellas, capaces de albergar seres vivos de alguna clase. Pero, ¿cómo vamos a saber que hemos encontrado un planeta capaz de sustentar vida, si en general ignoramos cómo surgió la vida espontáneamente en la superficie primitiva de nuestro propio planeta?”.1 El origen de la vida en la Tierra sigue siendo el gran misterio no resuelto de la ciencia contemporánea. A pesar de ello, se han propuesto numerosas hipótesis con la intención de explicar tal enigma sin recurrir al diseño. Básicamente, pueden resumirse en las tres siguientes: auto-organización de la materia, panspermia y evolución química.
¿Es capaz la materia inerte de organizarse a sí misma y generar de manera natural la complejidad que requieren las células vivas? ¿Existe alguna fuerza misteriosa en las entrañas de lo material -todavía por descubrir- que pueda realizar semejante proeza? Lo que sabemos de los procesos naturales sometidos a las leyes físicas y químicas, es que son capaces de generar estructuras complejas como los cristales minerales o las figuras geométricas de los copos de nieve. Sin embargo, más allá de dicha complejidad, no existe constatación experimental de que la materia inorgánica sea capaz de convertirse por sí sola en las macromoléculas imprescindibles de los seres vivos. Existen hipótesis pero no hechos demostrados. La característica fundamental de los componentes que constituyen a los organismos no es sólo la complejidad sino también la especificidad. Además de moléculas complejas, las células vivas requieren que dichas estructuras químicas posean un elevado grado de información biológica que las califica para realizar funciones precisas e inteligentes. Esto es lo que se observa en el ADN, el ARN y las proteínas. El problema es que, a pesar de la creencia indemostrable en el presunto poder de la selección natural, la naturaleza es incapaz de generar estructuras que sean a la vez complejas y específicas. Las leyes físicas y químicas no pueden crear la información que necesita la vida. Por tanto, la idea de la auto-organización espontánea de la materia, hoy por hoy, sigue siendo más un deseo utópico de algunos evolucionistas que una realidad objetiva.
Por lo que respecta a la panspermia, hipótesis que sugiere que la vida puede haber tenido su origen en cualquier parte del cosmos y después viajar a la Tierra en meteoritos o cometas, simplemente decir que semejante propuesta sólo explicaría cómo habrían llegado hasta aquí los gérmenes de la vida, pero no su origen. Si éste no puede explicarse en nuestro propio planeta, ¿cómo hacerlo en cualquier otro lugar del universo del que no se tiene constancia? Aunque parezca un planteamiento reciente, en realidad es una idea que se le ocurrió ya al filósofo griego Anaxágoras y que fue recuperada en los siglos XIX y XX. El hecho de que todavía hoy haya científicos que apelan seriamente a la hipótesis de la panspermia para explicar el origen de la vida, indica hasta qué punto las investigaciones sobre la pretendida evolución química han resultado estériles. Por último, queda esta cuestión fundamental acerca de si la vida pudo surgir al azar por medio de reacciones químicas. Desde los días del científico ruso Alexander Oparin, a principios del siglo XX, hasta la actualidad se han venido realizando incontables experimentos con la intención de demostrar que la primera célula pudo haberse originado de manera fortuita. Sin embargo, ninguno de tales intentos ha logrado su propósito.
A pesar de ello, cuando se ojea alguno de los textos universitarios de biología con los que se forma hoy a los futuros biólogos, se tiene la sensación de que el enigma del origen de la vida esté resuelto. Por ejemplo, el extenso volumen de biología con más de 1.300 páginas de Scott Freeman, usado en las facultades españolas, afirma lo siguiente acerca del famoso experimento sobre el principio del origen de la vida de Miller: “En 1953, un estudiante universitario llamado Stanley Miller realizó un experimento rompedor en el estudio de la evolución química (…). El experimento, producido por la energía del calor y de las descargas eléctricas, había recreado el inicio de la evolución química (…). En estas muestras encontró grandes cantidades de cianuro de hidrógeno y formaldehído. Estos datos fueron asombrosos, ya que tales compuestos son necesarios para las reacciones que conducen a la síntesis de moléculas orgánicas más complejas. De hecho, algunos de los compuestos más complejos ya estaban presentes en el océano en miniatura. Las descargas y el calor habían causado la síntesis de compuestos que es fundamental para la vida: los aminoácidos.”2 Sin embargo, a pesar de semejante euforia bioquímica, hoy sabemos que ningún experimento de laboratorio ha producido jamás aminoácidos con más de tres carbonos -las células de los seres vivos utilizan algunos hasta con seis- y ninguno de tales intentos tipo Miller ha generado nunca ni nucleósidos, ni nucleótidos, que son esenciales para la formación del ADN y ARN.
Es verdad que en los sofisticados centros de investigación actuales, empleando una refinada tecnología, los bioquímicos pueden producir sustancias que forman parte de los ácidos nucleicos de los organismos vivos. Sin embargo, en las rudimentarias condiciones ambientales que se le suponen a la Tierra primitiva no había químicos, ni laboratorios, ni inteligencia para producir tales moléculas vitales. Ningún experto en biología molecular sellaba tubos de ensayo a cien grados centígrados durante 24 horas. Nadie separaba ciertos productos, como el cianoacetaldehído, -sustancia reactiva capaz de combinarse con una gran cantidad de moléculas comunes que podían haber estado presentes en la Tierra primitiva y anular así todo el proceso-. No se eliminaban en el momento oportuno otras moléculas competidoras que aparecían espontáneamente en la reacción. Tampoco había nadie que extrajera y aislara convenientemente aquellas que interesaban, como la citosina -una de las bases nitrogenadas del ADN-, que al reaccionar con el agua se autodestruye. Ningún bioquímico detenía el proceso en el momento oportuno para evitar que los productos obtenidos se descompusieran por la acción de la misma energía que los originó. En fin, hay una profunda diferencia entre el hipotético escenario sin vida de la Tierra original y el de los laboratorios modernos repletos de los últimos recursos tecnológicos. Lo que se consigue en éstos, gracias a la inteligencia humana, no tiene por qué haberse logrado por casualidad al principio.
Volviendo al antiguo experimento de las descargas eléctricas, de Miller-Urey, que tanta repercusión ha tenido en los libros de texto hasta hoy y tan eficazmente ha avivado el naturalismo materialista, es posible decir a la luz de los actuales conocimientos, que se trata de un icono emblemático de la evolución que jamás pudo ocurrir en la realidad.3 El principal inconveniente para ello lo plantean las características de la primitiva atmósfera terrestre. Como la mayor parte de los compuestos orgánicos propios de los seres vivos se oxidan y descomponen en presencia del oxígeno, los primeros investigadores partidarios de la evolución química asumieron que la atmósfera de la Tierra no debió ser al principio como la actual, sino reductora. Es decir, sin oxígeno libre. En lugar de dicho gas se supuso que habría hidrógeno libre. Los principales componente de una atmósfera reductora así deberían haber sido: metano, monóxido de carbono, amoníaco e hidrógeno, en vez del dióxido de carbono y el oxígeno característicos de la actual atmósfera oxidante. ¿Existe evidencia de que la atmósfera primigenia fuera reductora? No solamente no hay evidencia geoquímica de una atmósfera primitiva de metano-amoníaco, sino que además hay mucha en contra de ella.4 En efecto, si hubiera habido metano en cantidad considerable, la irradiación del mismo habría producido muchos compuestos orgánicos hidrófobos que deberían haber sido absorbidos por rocas sedimentarias como las arcillas, muy abundantes en la corteza terrestre. Sin embargo, tales rocas no muestran evidencias de que esto haya sido así.5 No obstante, si la atmósfera terrestre del pasado fue oxidante como la actual, entonces la evolución de la materia habría sido química y termodinámicamente imposible.
El científico evolucionista alemán, Klaus Dose, que fue presidente del Instituto de Bioquímica de la Universidad Johannes Gutenberg de Mainz (Alemania), escribió hace casi tres décadas: “Más de 30 años de experimentos sobre el origen de la vida en los campos de la química y la evolución molecular han conducido a una mejor percepción de la inmensidad del problema de dicho origen en la Tierra antes que a su solución. Actualmente, todas las discusiones sobre las teorías y experimentos principales en ese campo, finalizan en una dificultad insuperable o en la confesión de ignorancia.”6 Puede afirmarse que en la actualidad seguimos prácticamente en la misma situación. En febrero del 2007, el famoso químico, Robert Shapiro, publicó un artículo sobre el origen de la vida en Scientific American, en el que manifestaba que los experimentos como el de Miller habían generado en la sociedad una especie de vitalismo molecular. Una creencia consistente en entender la materia como poseedora de una fuerza innata o impulso misterioso que la conduce inevitablemente a su transformación en células vivas. En relación a este famoso experimento de Miller-Urey, reconoce que provocó un sentimiento de euforia injustificada entre los investigadores y, en un apartado del artículo que titula: La olla de la sopa está vacía, escribe: “Mediante la extrapolación de estos resultados, algunos escritores han dado por supuesto que todos los componentes de la vida se podrían formar con facilidad en experimentos tipo Miller y que estaban presentes en meteoritos y otros cuerpos extraterrestres. Pero no es así.” 7 De manera que, actualmente, el problema del origen químico de la vida sigue siendo irresoluble. Muchas preguntas y planteamientos hipotéticos, pero ninguna solución plenamente satisfactoria. ¿Por qué durante tantos años estas investigaciones han resultado infructuosas? ¿Será porque no se busca en la dirección adecuada o, sencillamente, porque la vida no evolucionó al azar a partir de la materia inorgánica -como asume el darwinismo- sino que fue diseñada inteligentemente? Esto último es lo que propone la teoría del diseño.
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1 J. Maddox, Lo que queda por descubrir, Debate, Madrid, 1999, p. 127.
2 S. Freeman, Biología, Pearson, Madrid, 2009, p. 45.
3 J. Wells, Icons of Evolution, Regnery Publishing, Inc., Washington, 2000, pp. 9-27.
4 D. T. Gish, Especulaciones y experimentos relacionadas con las teorías del origen de la vida: crítica, Portavoz, 1978, p. 14.
5 Ch. B. Thaxton, The Mystery of Life’s Origin, Lewis and Stanley, Dallas, 1992, p. 76.
6 K. Dose, “The Origen of Life: More Questions Than Answers”, Interdisciplinary Science Reviews, vol. 13, nº 14, 1988, p. 348.
7 R. Shapiro, “A Simpler Origin for Life”, Scientific American, February 12, 2007.

Fuente: Protestantedigital, 2015.

domingo, 28 de diciembre de 2014

NI TRES, NI REYES, NI MAGOS



Por Antonio Cruz, España
Aquellos misteriosos personajes orientales, superando todas las diferencias culturales y demás dificultades, se pusieron de acuerdo para localizar a Jesús.
El relato evangélico no especifica que los reyes magos fueran tres. Mateo sólo escribe “unos magos”, con lo cual deja abierta la puerta a la especulación. Tampoco que fuesen reyes o que se dedicasen a hacer magia, en el sentido moderno del término que supone sacar conejos de una chistera. Su número se dedujo sobre todo de los presentes que ofrecieron -oro, incienso y mirra- pero esto no resulta del todo concluyente para determinar cuántos eran en realidad. De manera que los populares personajes, Melchor, Gaspar y Baltasar, que reaparecen en España escalando balcones la fría noche del cinco de enero, son pura invención del folklore posterior. Una tradición -eso sí- que produce felicidad a los niños y a todos aquellos que subsisten a expensas del consumismo exacerbado que caracteriza nuestra sociedad.
Es curioso comprobar cómo el ser humano disfruta haciendo conjeturas indemostrables. Trescientos años después de Cristo, la cantidad de los magos que adoraron a Jesús variaba sin parar. Algunos afirmaban que sólo habían sido dos. En los frescos rudimentarios de las catacumbas de Roma, durante el siglo IV d.C., aparecen unas veces cuatro magos y otras hasta seis. La Iglesia siria y armenia creía que lo lógico es que hubieran sido doce ya que ese era un número singular en las Escrituras: el de las tribus de Israel y también el de los apóstoles. Sin embargo, los coptos de Egipto estaban convencidos de que debieron ser sesenta los magos de Oriente que se pusieron de acuerdo para buscar al rey de los judíos. Ante semejante progresión aritmética de magos, tuvo que intervenir Orígenes en la primera mitad del siglo tercero para centrar las cosas y determinar que lo más sensato era quedarse sólo con tres, en base a los tres regalos mencionados en el evangelio de Mateo.
Los nombres propios de estos tres personajes aparecieron por primera vez en un mosaico bizantino del siglo VI d.C. localizado en la ciudad italiana de Rávena. No se sabe quién se los inventó pero, desde luego, Baltasar, Melchor y Gaspar no aparecen en la Biblia. Algunos dicen que quizás Baltasar podría ser una europeización de Belsasar, el último rey del imperio babilónico. Pero lo cierto es que la etimología de tales nombres no está clara. Tradiciones posteriores afirman que se convirtieron en discípulos de Tomás; que se hicieron obispos y murieron como mártires; que sus reliquias fueron llevadas a la ciudad alemana de Colonia, donde aún hoy se conservarían en un relicario bizantino de la catedral. En fin, leyenda sobre leyenda para construir un castillo de naipes sin fundamento alguno.
Por supuesto, tampoco fueron reyes. A alguien se le debió ocurrir que las connotaciones paganas de unos magos que venían del Oriente dejaban mucho que desear. ¡Cómo pretendían unos gentiles agoreros adorar al Niño! Tertuliano, en el siglo III y basándose en una tradición anterior, fue el primero en decir que se trataba de reyes sabios. Esta denominación les proporcionaba mayor prestigio, al mismo tiempo que les alejaba del denostado mundo de la magia y la adivinación. Sin embargo, el evangelio emplea expresamente al término “magos”. ¿Quiénes eran tales magos en realidad? Muy probablemente se trataba de “sacerdotes” pertenecientes a las tradiciones religiosas de origen medo-persa. Eran profesantes del zoroastrismo cuyo oficio se podría comparar al de los levitas en Israel. Se dedicaban al culto, a los ritos de esa religión y a la astrología. Actuaban de mediadores entre la divinidad y los seres humanos.
Hay una cita en el Antiguo Testamento que se refiere expresamente a estos magos que vivían en el reino babilónico de Belsasar. Fueron contemporáneos de Daniel y también aspiraban a interpretar sueños y presagios. Sin embargo, el poder de sus predicciones resultó inferior al que Dios le concedió a Daniel. Tuvo que ser la propia reina quien advirtiera al rey: “En tu reino hay un hombre en el cual mora el espíritu de los dioses santos, y en los días de tu padre se halló en él luz e inteligencia y sabiduría, como sabiduría de los dioses; al que el rey Nabucodonosor tu padre, oh rey, constituyó jefe sobre todos los magos, astrólogos, caldeos y adivinos” (Dn. 5:11). Resulta pues que el propio Daniel, el cuarto de los profetas mayores de Israel, llegó a ser jefe de los magos o sacerdotes del rey Nabucodonosor. Estos magos solía vestir de blanco y portaban en la cabeza un gran turbante que les cubría también las mejillas. Adoraban a los cuatro elementos fundamentales: aire, tierra, agua y fuego. Hoy diríamos que eran unos ecologistas radicales ya que se oponían a toda forma de contaminación de dichos elementos físicos. Según cuenta el historiador griego Heródoto, los cadáveres no se quemaban para no contaminar el aire; tampoco se enterraban para no contaminar la tierra; no se podían arrojar al mar ni quedar expuestos al aire por la misma razón. Lo que se hacía con ellos era ofrecerlos a las alimañas sobre las llamadas “torres del silencio”.
No es extraño pues que, como consecuencia de la proximidad geográfica, estos sacerdotes hubieran oído hablar acerca de la esperanza de un Mesías libertador que restauraría al pueblo hebreo. El judaísmo era una religión bien conocida en todo Oriente, así como su anhelo tradicional de un soberano que habría de reinar sobre todo el mundo. Por lo tanto, es comprensible que semejante conocimiento, unido a la señal astronómica descubierta en el firmamento, fuera lo que movilizara a estos astrólogos paganos en su viaje a Jerusalén.
La conclusión evangélica de tal historia es que aquellos misteriosos personajes orientales, superando todas las diferencias culturales y demás dificultades, se pusieron de acuerdo para localizar a Jesús. Encontraron la casa, vieron al niño junto a su madre María, se postraron, lo adoraron y le ofrecieron sus presentes. De la misma manera hoy, más de dos mil años después, todavía existen criaturas que acuden a los pies de Cristo, lo descubren por primera vez en su vida y deciden adorarlo eternamente. Postrarse para siempre ante su persona. Inclinar la vida entera y consagrarla en señal de amor, aceptación y respeto. Esta es la verdadera adoración que no cesará jamás. Toda la vida del cristiano está llamada a ser como un continuo acto de adoración que no terminará con la muerte. Se trata de algo para la eternidad, pues tiene al Creador del tiempo como su objeto fundamental. De manera que no debemos dejar de adorar a Dios, a través de nuestra existencia cotidiana, porque es así como él nos perfecciona.
Es probable que, después de todo, los Tres Reyes Magos ni fueran tres, ni reyes, ni tampoco practicasen la magia. Sin embargo, acertaron al descubrir lo más maravilloso y real que el ser humano puede llegar a conocer de manera personal: a Jesucristo, el Hijo del Altísimo.

Fuente: Protestantedigital, 2014

viernes, 21 de noviembre de 2014

Los nacionalismos en la era de la globalización



Por. Antonio Cruz, España*
El dominio globalizador es precisamente el germen de tanto nacionalismo contemporáneo.
Desde la noche de los tiempos, el ser humano ha experimentado una irresistible tendencia a creerse el centro del mundo. Ya de niños, aprendemos a sentirnos miembros de un grupo, a identificarnos con él, absorber sus valores y también a considerarlos -casi inconscientemente- como superiores a los de otros grupos humanos. Quizás este proceso de aprendizaje sea algo natural e incluso necesario para desarrollar nuestra propia identidad cultural. Sin embargo, cuando la educación posterior se reduce a este maniqueísmo de creer que todo lo nuestro es bueno, mientras que lo de los otros grupos es malo, entonces se convierte inmediatamente en perniciosa para el desarrollo y la adecuada madurez de la persona.
Si pienso en mi propia formación escolar, durante las décadas de los sesenta y setenta del siglo XX en aquella Barcelona franquista del momento, vienen a mi mente imágenes que son como ecos de un pasado en el que se inculcaba a los niños un determinado “espíritu nacional” mediante ideas como, por ejemplo, que “ser español es una de las pocas cosas serias que se pueden ser en el mundo”. Lo que implicaba, por contrapartida, que ser extranjero no era, ni mucho menos, tan serio o importante. El súmmum de la egolatría made in Spain lo había alcanzado, me parece a mí, el escritor don Ramiro de Maeztu en su Defensa de la Hispanidad, que aunque era hijo de padre vasco y madre inglesa, se permitió escribir: “El mundo no ha concebido ideal más elevado que el de la hispanidad”. ¡Ni siquiera admitía la posibilidad de que a lo largo del globo terráqueo pudieran existir otros ideales comparables al gestado en la madre patria! Si a tales concepciones excluyentes se añade la represión posterior de la dictadura, los maltratos físicos, culturales, lingüísticos, ideológicos y económicos perpetrados sobre todo en aquellas regiones españolas con una identidad cultural propios, es comprensible el creciente desafecto y los anhelos secesionistas que se observan en la actualidad.
Era lógico, por tanto, que ante semejante menosprecio por los demás pueblos periféricos, éstos reaccionasen de manera parecida. El tradicional nacionalismo español había fomentado así otros nacionalismos excluyentes dentro de la misma piel de toro de la geografía hispana. Tal como reflejaban ya las palabras del gran poeta y escritor catalán del siglo XIX y principios del XX, Joan Maragall: “Lo característico del sentimiento catalán es ser a la vez un amor y un desamor: un amor a Cataluña que es desamor a Castilla”.1 A pesar de que tales palabras fueron escritas hace más de un siglo, perfectamente se podrían haber dicho hoy, pues reflejan bien la actual confrontación de nacionalismos: el centralista contra el catalán, el vasco, el valenciano o el mallorquín. No obstante, ¿tiene sentido tal confrontación nacionalista en un mundo dominado por la globalización? Yo creo que es precisamente este dominio globalizador, el germen de tanto nacionalismo contemporáneo.
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Lo que implicaba, por contrapartida, que ser extranjero no era, ni mucho menos, tan serio o importante. El súmmum de la egolatría made in Spain lo había alcanzado, me parece a mí, el escritor don Ramiro de Maeztu en su Defensa de la Hispanidad, que aunque era hijo de padre vasco y madre inglesa, se permitió escribir: “El mundo no ha concebido ideal más elevado que el de la hispanidad”. ¡Ni siquiera admitía la posibilidad de que a lo largo del globo terráqueo pudieran existir otros ideales comparables al gestado en la madre patria! Si a tales concepciones excluyentes se añade la represión posterior de la dictadura, los maltratos físicos, culturales, lingüísticos, ideológicos y económicos perpetrados sobre todo en aquellas regiones españolas con una identidad cultural propios, es comprensible el creciente desafecto y los anhelos secesionistas que se observan en la actualidad. Era lógico, por tanto, que ante semejante menosprecio por los demás pueblos periféricos, éstos reaccionasen de manera parecida. El tradicional nacionalismo español había fomentado así otros nacionalismos excluyentes dentro de la misma piel de toro de la geografía hispana. Tal como reflejaban ya las palabras del gran poeta y escritor catalán del siglo XIX y principios del XX, Joan Maragall: “Lo característico del sentimiento catalán es ser a la vez un amor y un desamor: un amor a Cataluña que es desamor a Castilla”.(1)
A pesar de que tales palabras fueron escritas hace más de un siglo, perfectamente se podrían haber dicho hoy, pues reflejan bien la actual confrontación de nacionalismos: el centralista contra el catalán, el vasco, el valenciano o el mallorquín. No obstante, ¿tiene sentido tal confrontación nacionalista en un mundo dominado por la globalización? Yo creo que es precisamente este dominio globalizador, el germen de tanto nacionalismo contemporáneo. La mundialización constituye la última etapa de un proceso que se inició, en realidad, con la conquista de América, el desarrollo de la navegación y las comunicaciones alrededor del mundo. Pero esta relación cada vez más estrecha entre todas las partes del planeta, no sólo permitió el auge de la industria y la economía sino sobre todo un cambio importante en la concepción del propio ser humano. En medio de las tinieblas de una época cruel caracterizada por el racismo, la esclavitud y la colonización, los pueblos conquistadores se fueron dando cuenta progresivamente que los conquistados eran también personas como ellos mismos. Así, por ejemplo, el cura español, Bartolomé de las Casas, consiguió convencer al clero católico en España de que los indígenas de América tenían alma y que, por lo tanto, Cristo había muerto por ellos. El filósofo y político francés del Renacimiento, Michel de Montaigne, reconoció, en el siglo XVI, que la civilización occidental no era necesariamente superior a las demás. El humanismo de la Ilustración desarrolló la idea de que todos los hombres eran iguales en derechos, aunque tal concepción no consiguió la abolición de la esclavitud hasta bien entrado el siglo XIX. Y, por último, las deseos internacionalistas empezaron a vislumbrar unos Estados Unidos de Europa que fuesen el preludio de unos futuros Estados Unidos del mundo.
Pues bien, al margen de antecedentes históricos, hoy vivimos en un planeta que en ciertos aspectos está cada vez más globalizado, pero en otros se nacionaliza a marchas forzadas.
Asistimos a un movimiento contradictorio de expansión y retraimiento. Vemos como el mercado se mundializa y, al mismo tiempo, los espíritus buscan la identidad de la patria chica, del idioma familiar, el dialecto o las tradiciones regionales. Los nacionalismos desentierran sus antiguas reivindicaciones particulares y culpabilizan de la crisis actual a la globalización salvaje e insolidaria. Quizás esta búsqueda de identidades sea un mecanismo defensivo frente a tanta confusión como impera hoy por doquier. Las personas necesitan saber quiénes son y adónde pertenecen. De ahí este afán por redescubrir la historia, la lengua, la raza, el color, el género, la religión, la cultura exclusiva, etc. La gente quiere que los líderes políticos respeten y, si es posible, compartan estos valores o sentimientos nacionales.
Amar la tierra que nos ha visto nacer es algo natural y deseable en la condición humana. Respetar las costumbres y tradiciones que no atenten contra nuestros principios; identificarse con la idiosincrasia, la manera de ser y las particularidades culturales de nuestro pueblo, forma parte de eso que nos une y nos asemeja a los demás. Pero cultivar todo esto no tiene por qué estar en contradicción con el respeto a la diversidad de quienes no son ni piensan como nosotros. Y aquí es precisamente donde pueden aparecer los problemas sociales.
El peligro de los nacionalismos estriba en la sacralización de las particularidades. Cuando los pueblos se refugian en sus diferencias porque las consideran sagradas y superiores a todo lo demás, es fácil que aparezcan sentimientos de menosprecio u odio frente a lo foráneo. Es entonces cuando el nacionalismo traspasa las fronteras de lo político para convertirse en una forma de religiosidad civil. Las banderas se consideran reliquias sagradas; las festividades y conmemoraciones nacionales constituyen el universo santoral que se rememora puntualmente; las constituciones, estatutos y declaraciones de derechos se veneran como si se tratasen de auténticos textos sagrados. En el fondo, toda esta simbología esconde casi siempre la fe en un acontecimiento más o menos histórico que poco a poco se ha ido mitificando. Cuando se antepone la pureza de lo propio a la impureza de los demás, el choque con los vecinos resulta entonces inevitable. Se confrontan costumbres, creencias, lenguas y etnias. Lo de uno tiende a mitificarse, mientras lo de otros se vuelve tabú. El prójimo se convierte en enemigo y pronto sobrevienen los fantasmas del racismo, la xenofobia o la lucha armada. Llegado este extremo, cada patria se convierte en un mito particular que descubre en la parafernalia militar de la guerra su lugar de culto y sacrificio. Por desgracia, la historia reciente está preñada de tales ejemplos. Existen actualmente más de diez mil grupos étnicos, lingüísticos o religiosos, repartidos por todo el planeta, que habitan territorios que no coinciden con las fronteras políticas y esto genera una constante fuente de conflictos. Las tres cuartas partes de las guerras recientes en el mundo se deben a tales motivos de identidad.
¿Dice algo la Biblia acerca de las naciones y los nacionalismos? Mucho más de lo que, a primera vista, pudiera parecer. Curiosamente las “naciones” aparecen en la Escritura como el resultado de una profunda división de la humanidad, consecuencia de la dispersión de Babel. Es la rebeldía humana la principal causa de los particularismos y las divisiones. A pesar de lo cual, Yahvé toma a una nación de en medio de las demás naciones para que viva de manera diferente, como pueblo santo. Un idioma, una religión y una tierra caracterizarán a una nación separada de las demás y llamada a ser única. “Porque eres pueblo santo a Jehová tu Dios, y Jehová te ha escogido para que le seas un pueblo único de entre todos los pueblos que están sobre la tierra” (Dt. 14:2). Esta concepción positiva de nación referida a Israel se distingue notablemente de las demás naciones que no conocen a Dios. El pueblo elegido debía mantenerse apartado de ellas para no contaminarse de su impureza moral y espiritual. La idolatría y la inmoralidad de los pueblos periféricos son denunciadas frecuentemente. “Y no andéis en las prácticas de las naciones que yo echaré de delante de vosotros; porque ellos hicieron todas estas cosas, y los tuve en abominación” (Lv. 20:23). Desde luego, todo esto contribuyó al característico sentimiento exclusivista de los judíos en relación a su etnia, idioma, religión y costumbres ya que Israel tenía la obligación de mantenerse separado de los gentiles.
No obstante, ¿a qué obedecían tales mandamientos de segregación del pueblo elegido? Según la Biblia, Israel había sido apartado por voluntad divina para recibir la salvación y transmitirla en su momento a todas las naciones de la tierra. Dios le prometió a Abraham que su descendencia constituiría una nación grande y fuerte con la finalidad principal de llegar a ser de bendición para las demás naciones (Gn. 18:18). El exclusivismo inicial no era un fin en sí mismo sino que su sentido fundamental fue desembocar en el universalismo del amor de Dios hacia la humanidad entera. Al Mesías se le habían prometido todas las naciones por herencia (Sal. 2:8) y que llegaría un día en el que todos los pueblos le servirían (Sal. 72:11). El profeta Isaías recalca también esta misma idea haciendo énfasis en la universalidad de la salvación (Is. 2:2-4) porque desde la creación del mundo, Dios ha querido la bendición de la humanidad y que todas las personas, independientemente de su identidad étnica, llegaran al conocimiento de la verdad.
La Escritura predice un futuro glorioso para los ciudadanos de todo linaje, lengua y nación que se conviertan a Dios a través de su Hijo Jesucristo. Pero, al mismo tiempo, se refiere a un terrible juicio que espera a aquellos que persistan en sus rebeliones personales, su inmoralidad, su injusticia, su incredulidad o su indiferencia. Aunque no nos gusten, no podemos eliminar estas páginas de la Biblia porque lo cierto es que Dios juzgará al mundo con justicia. ¡Qué inmenso privilegio el de aquellas criaturas que, aunque jamás formaron parte de la nación hebrea elegida, llegaron por la gracia divina a ser parte de esa otra nación santa, del pueblo adquirido por Dios para anunciarle ante los hombres y para pasar de las tinieblas a la luz! Una nación que no conoce los nacionalismos excluyentes ni las luchas fratricidas sino que está formada por una gran multitud incontable, de todas las naciones, tribus, pueblos y lenguas que clama: “La salvación pertenece a nuestro Dios que está sentado en el trono, y al Cordero” (Ap. 7:10). ¡Yo deseo ser un nacionalista más de esa singular nación!
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(1) Citado en Marina, J. A., 2000, Crónicas de la ultramodernidad, Anagrama, Barcelona, p. 159-160.

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Fuente: Protestantedigital, 2014.