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domingo, 9 de agosto de 2015

“Ciencia y fe son caminos de inspiración”



 “No hay absolutamente ningún problema en combinar una carrera científica con ser creyente”, dice el paleontólogo inglés Simon Conway-Morris.
Por. Belén Díaz, España
Simon Conway- Morris es un paleontólogo inglés, y profesor de Paleobiología Evolutiva en el Departamento de Ciencias de la Universidad de Cambridge. Ha ganado algunos de los premios científicos más prestigiosos, y sus artículos han salido en las revistas científicas más reconocidas. El pasado 21 de abril, el Centro Ciencia y Fe organizó su VI Conferencia Fliedner de Ciencia y Fe bajo el título: ¿Es la humanidad el destino inevitable de la evolución?, con el paleontólogo inglés como conferenciante. En la conferencia, también se presentó el libro “¿Y si la vida volviera a empezar? Los caminos convergentes de la biología” Simon Conway-Morris ha hablado con Evangelical Focus acerca de de la relación entre ciencia y fe, sus teorías de la convergencia evolutiva, su rechazo a las ideas del diseño inteligente, y la influencia que el “Nuevo ateismo” ejerce en nuestra sociedad.
Pregunta. ¿Te ha ayudado la ciencia a entender tu fe mejor?
Respuesta. Esa es una pregunta difícil. Esencialmente, creo que es muy congruente pensar que tanto la fe como la ciencia, de maneras muy diferentes, son caminos de inspiración. Ninguno de ellos representa un cierre completo. Tenemos fe porque deseamos una seguridad en nuestras creencias, y eso es extremadamente importante. Pero por otro lado, cuando lees los Evangelios, y sobre todo el Antiguo Testamente, te das cuenta de que hay muchas cosas que no funcionan, que salen mal, o que no tienen explicación, así que desde mi punto de vista, hay un final abierto, las cosas no son blanco o negro. Lo mismo ocurre con la Ciencia: ha explicado muchas cosas con todo detalle, pero todavía hay muchas, muchas preguntas sin resolver, y probablemente necesitaremos una serie de herramientas de pensamiento completamente nuevas para poder llegar a conseguirlo. Así que, Ciencia y Fe no se superponen, pero tiene muchas más cosas en común de lo que se podría pensar.
P. Entonces ¿no está de acuerdo con aquellos que dicen que creer en Dios es irracional?, ¿puede la ciencia probar que Dios existe, o es solo por fe?
R. Para empezar, y no quiero que suene ofensivo, yo creo que no hay pruebas de la existencia de Dios. Teniendo en cuenta que Dios es, de alguna manera, incognoscible, no vamos a encontrarle a través de un método científico. Por supuesto, el Cristianismo reclama la encarnación, algo que para mí es muy interesante, porque es un hecho histórico que yo estoy convencido que ocurrió. Y eso, en cierta forma, abre nuevas puertas. Pero incluso en tiempos de Jesucristo, cuando apareció tras su resurrección, hubo gente que no creyó o que, al menos, no estaban seguros. Así que, aún teniendo la evidencia delante de ti, puedes no creer en ello. Estoy seguro de que aquellos dos hombres no eran estúpidos, al contrario, pero no fueron capaces de creer de esa manera, así que la cuestión se centra más en si este mundo tiene sentido. ¿Tiene más sentido este mundo, tomando en consideración las ideas religiosas?, ¿realmente la ciencia sugiere que el mundo está bien organizado?, con preguntas así se puede empezar una conversación sobre el tema de ciencia y fe.
P. La convergencia evolutiva es uno de sus principales temas de estudio ¿Cómo explicaría a alguien que no tenga muchos conocimientos científicos, en qué consiste dicha convergencia?
R. En primer lugar, hay que aceptar la evolución. Y en segundo lugar, lo que dice esta teoría es que, al contrario de lo que suele pensarse de que casi todo es posible, en realidad, el número de cosas que realmente funcionan, es sorprendentemente limitado. Le pongo un ejemplo: Si estudiamos la manera de moverse de un insecto, y la manera de moverse de un perro, son remarcablemente parecidas, y eso se debe a que existen restricciones fundamentales en la manera en que las cosas convergen. Parte de esto es debido a la física, parte a la química, y parte a la mecánica, pero de manera colectiva dan a entender que el número de soluciones, de “buenas ideas” en la evolución son muy limitadas. Por ello, no es extraño que estas buenas ideas evolucionen una, y otra, y otra vez. Y eso es la convergencia: simplemente la evolución repetitiva de estructuras similares en animales, plantas, u otros organismos que no están relacionados entre si.
P. Ha manifestado muchas veces su oposición a la teoría del diseño inteligente ¿Qué tiene en contra de esta teoría?
R. La razón por la que me opongo al diseño inteligente es, en primer lugar, que en mi opinión, no es científico. La Ciencia no puede trabajar usando los preceptos y la metodología del diseño inteligente, porque es imposible de contrastar. Además, en mi opinión, el diseño inteligente tiende a considerar a Dios como algo parecido a un súper ingeniero. Existe ese mito popular de ver a Dios como alguien que está en el cielo con una gran barba blanca, y el diseño inteligente ve a Dios como alguien que está en el cielo con una bata blanca de laboratorio, manejando todo a su antojo. De hecho, si nos fijamos en cómo ha evolucionado el universo, como ha fructificado, a mi me hace pensar que Dios es el agente de la creación, y por supuesto para los cristianos es también el autor de la creación, algo que es todavía más interesante. Así que yo creo que hay temas mucho más interesantes para discutir, y no quedarnos en intentar meter a la ciencia en una camisa de fuerza teológica.
P. Hay muchos científicos que se definen como ateos, y defienden lo que se ha dado en llamar “nuevo ateísmo” ¿Qué opina de esa corriente?
R. Creo que es justo decir que Richard Dawkins es totalmente sincero en sus creencias. Él está totalmente convencido de que Dios no existe. De hecho, tanto él, como otros también llamados “nuevos ateos”, llegan incluso a enfadarse al hablar de estos temas, lo cual no tiene mucho sentido, porque, si tienes la razón, no hay motivo para enfadarse. La vida me ha enseñado que hay muy, muy pocas personas estúpidas, pueden estar confundidas, pero no son estúpidos, por eso creo que son sinceros en sus escritos y declaraciones. No acepto lo que dicen en absoluto, creo que no está bien informado sobre algunos aspectos del Cristianismo, y que hay algunos argumentos filosóficos que deberían conocer mejor, pero estas acusaciones ya las han hecho otros en el pasado, así que, no estoy diciendo nada nuevo. Pero también pienso – y he observado esto muchas veces- que este entusiasmo por el ateísmo es bastante religioso. Tiene un enorme entusiasmo, una gran convicción, y piensan que es un tema muy importante. Así que, aunque suene raro, están más cerca del instinto religioso de lo que ellos son capaces de reconocer. Dawkins podría tener razón, no creo que la tenga ahora, pero como científico sé que trabajamos con evidencias provisionales. Uno tiene que ser consciente de que nuestras creencias pueden estar equivocadas, es un riesgo que todos tenemos que correr.
P. Muchos piensan que es imposible tener una carrera científica y mantener la fe ¿Qué le diría a esa gente?
R. Les diría simplemente que están equivocados, no hay absolutamente ningún problema en combinar una carrera científica con ser creyente. No es obligatorio, no creo que sea esencial, pero yo me he dado cuenta de que, en mi caso, la razón por la que soy cristiano se debe, en parte, a que estoy convencido de la veracidad de los evangelios. Creo que lo que allí se cuenta realmente pasó, y no se puede ignorar. Y además, como ya comenté antes, creo que ciencia y religión tienen muchas cosas en común. Ambos son caminos de inspiración, ambos provocan sentimientos de asombro y sorpresa, y te hacen pensar que hablan de cosas increíbles. Y ambos te hacen pensar en nuevos mundos.
En #SelecciónVerano reproducimos, durante el mes de agosto, artículos publicados en Protestante Digital durante el año 2015. La versión original del artículo se encuentra aquí.
Fuente: Protestantedigital, 2015.

sábado, 4 de julio de 2015

¿Hubo evolución química de la vida?



Por. Antonio Cruz, España
El problema del origen químico de la vida sigue siendo irresoluble. Muchas preguntas y planteamientos hipotéticos, pero ninguna solución plenamente satisfactoria.
Darwin estaba convencido de que la vida podía haberse originado a partir de reacciones químicas ocurridas por casualidad en algún charco templado de la Tierra primitiva. Mediante los rudimentarios microscopios ópticos que existían en aquella época no era posible observar y comprender la complejidad existente en el interior de cualquier célula, por simple que ésta fuera. Los naturalistas decimonónicos creían que las células constituyentes de los seres vivos eran simplemente como minúsculas gotitas de gelatina que poseían sólo un oscuro núcleo en su interior. No fue hasta la década de 1930, gracias al invento del microscopio electrónico, que la citología empezó a descubrir las múltiples estructuras y complejas funciones que albergaba el interior celular. Hoy se conocen la mayoría de los componentes celulares, aunque todavía se siguen descubriendo detalles que no dejan de sorprender a los investigadores. Muchos han comparado la célula con una ciudad automatizada ya que las posibles analogías entre los distintos orgánulos citoplasmáticos, o pertenecientes al núcleo, y los artefactos elaborados por la ingeniería moderna son numerosas. Además, se ha podido constatar que la mayor parte de los avances tecnológicos logrados recientemente por el hombre, estaban ya representados y funcionando perfectamente en las células, pero a una escala minúscula. Sobre todo, ciertos mecanismos relacionados con el transporte de sustancias, comunicaciones, eliminación de residuos, defensa inmunológica, etc. Todo esto ha generado la sensación, a medida que se profundiza en el conocimiento del interior celular, de que un habilidoso ingeniero hizo muy bien su trabajo mucho tiempo antes de que los seres humanos empezaran siquiera a diseñar la primera máquina. Pero, lo cierto es que, lo logró mil veces mejor que los ingenieros humanos ya que lo hizo a una escala microscópica.
Teniendo en cuenta lo que se conoce sobre esta increíble complejidad celular, no es sorprendente que las investigaciones acerca del supuesto origen químico de la vida estén en un callejón sin salida. John Maddox, el famoso físico evolucionista inglés que fue director durante más de veinte años de la revista científica Nature, escribió la siguiente declaración: “Sabemos ya cuándo apareció la vida en la superficie de la Tierra, pero aún no sabemos cómo empezó a existir. Ya se están haciendo serios intentos de localizar planetas en órbita alrededor de otras estrellas, capaces de albergar seres vivos de alguna clase. Pero, ¿cómo vamos a saber que hemos encontrado un planeta capaz de sustentar vida, si en general ignoramos cómo surgió la vida espontáneamente en la superficie primitiva de nuestro propio planeta?”.1 El origen de la vida en la Tierra sigue siendo el gran misterio no resuelto de la ciencia contemporánea. A pesar de ello, se han propuesto numerosas hipótesis con la intención de explicar tal enigma sin recurrir al diseño. Básicamente, pueden resumirse en las tres siguientes: auto-organización de la materia, panspermia y evolución química.
¿Es capaz la materia inerte de organizarse a sí misma y generar de manera natural la complejidad que requieren las células vivas? ¿Existe alguna fuerza misteriosa en las entrañas de lo material -todavía por descubrir- que pueda realizar semejante proeza? Lo que sabemos de los procesos naturales sometidos a las leyes físicas y químicas, es que son capaces de generar estructuras complejas como los cristales minerales o las figuras geométricas de los copos de nieve. Sin embargo, más allá de dicha complejidad, no existe constatación experimental de que la materia inorgánica sea capaz de convertirse por sí sola en las macromoléculas imprescindibles de los seres vivos. Existen hipótesis pero no hechos demostrados. La característica fundamental de los componentes que constituyen a los organismos no es sólo la complejidad sino también la especificidad. Además de moléculas complejas, las células vivas requieren que dichas estructuras químicas posean un elevado grado de información biológica que las califica para realizar funciones precisas e inteligentes. Esto es lo que se observa en el ADN, el ARN y las proteínas. El problema es que, a pesar de la creencia indemostrable en el presunto poder de la selección natural, la naturaleza es incapaz de generar estructuras que sean a la vez complejas y específicas. Las leyes físicas y químicas no pueden crear la información que necesita la vida. Por tanto, la idea de la auto-organización espontánea de la materia, hoy por hoy, sigue siendo más un deseo utópico de algunos evolucionistas que una realidad objetiva.
Por lo que respecta a la panspermia, hipótesis que sugiere que la vida puede haber tenido su origen en cualquier parte del cosmos y después viajar a la Tierra en meteoritos o cometas, simplemente decir que semejante propuesta sólo explicaría cómo habrían llegado hasta aquí los gérmenes de la vida, pero no su origen. Si éste no puede explicarse en nuestro propio planeta, ¿cómo hacerlo en cualquier otro lugar del universo del que no se tiene constancia? Aunque parezca un planteamiento reciente, en realidad es una idea que se le ocurrió ya al filósofo griego Anaxágoras y que fue recuperada en los siglos XIX y XX. El hecho de que todavía hoy haya científicos que apelan seriamente a la hipótesis de la panspermia para explicar el origen de la vida, indica hasta qué punto las investigaciones sobre la pretendida evolución química han resultado estériles. Por último, queda esta cuestión fundamental acerca de si la vida pudo surgir al azar por medio de reacciones químicas. Desde los días del científico ruso Alexander Oparin, a principios del siglo XX, hasta la actualidad se han venido realizando incontables experimentos con la intención de demostrar que la primera célula pudo haberse originado de manera fortuita. Sin embargo, ninguno de tales intentos ha logrado su propósito.
A pesar de ello, cuando se ojea alguno de los textos universitarios de biología con los que se forma hoy a los futuros biólogos, se tiene la sensación de que el enigma del origen de la vida esté resuelto. Por ejemplo, el extenso volumen de biología con más de 1.300 páginas de Scott Freeman, usado en las facultades españolas, afirma lo siguiente acerca del famoso experimento sobre el principio del origen de la vida de Miller: “En 1953, un estudiante universitario llamado Stanley Miller realizó un experimento rompedor en el estudio de la evolución química (…). El experimento, producido por la energía del calor y de las descargas eléctricas, había recreado el inicio de la evolución química (…). En estas muestras encontró grandes cantidades de cianuro de hidrógeno y formaldehído. Estos datos fueron asombrosos, ya que tales compuestos son necesarios para las reacciones que conducen a la síntesis de moléculas orgánicas más complejas. De hecho, algunos de los compuestos más complejos ya estaban presentes en el océano en miniatura. Las descargas y el calor habían causado la síntesis de compuestos que es fundamental para la vida: los aminoácidos.”2 Sin embargo, a pesar de semejante euforia bioquímica, hoy sabemos que ningún experimento de laboratorio ha producido jamás aminoácidos con más de tres carbonos -las células de los seres vivos utilizan algunos hasta con seis- y ninguno de tales intentos tipo Miller ha generado nunca ni nucleósidos, ni nucleótidos, que son esenciales para la formación del ADN y ARN.
Es verdad que en los sofisticados centros de investigación actuales, empleando una refinada tecnología, los bioquímicos pueden producir sustancias que forman parte de los ácidos nucleicos de los organismos vivos. Sin embargo, en las rudimentarias condiciones ambientales que se le suponen a la Tierra primitiva no había químicos, ni laboratorios, ni inteligencia para producir tales moléculas vitales. Ningún experto en biología molecular sellaba tubos de ensayo a cien grados centígrados durante 24 horas. Nadie separaba ciertos productos, como el cianoacetaldehído, -sustancia reactiva capaz de combinarse con una gran cantidad de moléculas comunes que podían haber estado presentes en la Tierra primitiva y anular así todo el proceso-. No se eliminaban en el momento oportuno otras moléculas competidoras que aparecían espontáneamente en la reacción. Tampoco había nadie que extrajera y aislara convenientemente aquellas que interesaban, como la citosina -una de las bases nitrogenadas del ADN-, que al reaccionar con el agua se autodestruye. Ningún bioquímico detenía el proceso en el momento oportuno para evitar que los productos obtenidos se descompusieran por la acción de la misma energía que los originó. En fin, hay una profunda diferencia entre el hipotético escenario sin vida de la Tierra original y el de los laboratorios modernos repletos de los últimos recursos tecnológicos. Lo que se consigue en éstos, gracias a la inteligencia humana, no tiene por qué haberse logrado por casualidad al principio.
Volviendo al antiguo experimento de las descargas eléctricas, de Miller-Urey, que tanta repercusión ha tenido en los libros de texto hasta hoy y tan eficazmente ha avivado el naturalismo materialista, es posible decir a la luz de los actuales conocimientos, que se trata de un icono emblemático de la evolución que jamás pudo ocurrir en la realidad.3 El principal inconveniente para ello lo plantean las características de la primitiva atmósfera terrestre. Como la mayor parte de los compuestos orgánicos propios de los seres vivos se oxidan y descomponen en presencia del oxígeno, los primeros investigadores partidarios de la evolución química asumieron que la atmósfera de la Tierra no debió ser al principio como la actual, sino reductora. Es decir, sin oxígeno libre. En lugar de dicho gas se supuso que habría hidrógeno libre. Los principales componente de una atmósfera reductora así deberían haber sido: metano, monóxido de carbono, amoníaco e hidrógeno, en vez del dióxido de carbono y el oxígeno característicos de la actual atmósfera oxidante. ¿Existe evidencia de que la atmósfera primigenia fuera reductora? No solamente no hay evidencia geoquímica de una atmósfera primitiva de metano-amoníaco, sino que además hay mucha en contra de ella.4 En efecto, si hubiera habido metano en cantidad considerable, la irradiación del mismo habría producido muchos compuestos orgánicos hidrófobos que deberían haber sido absorbidos por rocas sedimentarias como las arcillas, muy abundantes en la corteza terrestre. Sin embargo, tales rocas no muestran evidencias de que esto haya sido así.5 No obstante, si la atmósfera terrestre del pasado fue oxidante como la actual, entonces la evolución de la materia habría sido química y termodinámicamente imposible.
El científico evolucionista alemán, Klaus Dose, que fue presidente del Instituto de Bioquímica de la Universidad Johannes Gutenberg de Mainz (Alemania), escribió hace casi tres décadas: “Más de 30 años de experimentos sobre el origen de la vida en los campos de la química y la evolución molecular han conducido a una mejor percepción de la inmensidad del problema de dicho origen en la Tierra antes que a su solución. Actualmente, todas las discusiones sobre las teorías y experimentos principales en ese campo, finalizan en una dificultad insuperable o en la confesión de ignorancia.”6 Puede afirmarse que en la actualidad seguimos prácticamente en la misma situación. En febrero del 2007, el famoso químico, Robert Shapiro, publicó un artículo sobre el origen de la vida en Scientific American, en el que manifestaba que los experimentos como el de Miller habían generado en la sociedad una especie de vitalismo molecular. Una creencia consistente en entender la materia como poseedora de una fuerza innata o impulso misterioso que la conduce inevitablemente a su transformación en células vivas. En relación a este famoso experimento de Miller-Urey, reconoce que provocó un sentimiento de euforia injustificada entre los investigadores y, en un apartado del artículo que titula: La olla de la sopa está vacía, escribe: “Mediante la extrapolación de estos resultados, algunos escritores han dado por supuesto que todos los componentes de la vida se podrían formar con facilidad en experimentos tipo Miller y que estaban presentes en meteoritos y otros cuerpos extraterrestres. Pero no es así.” 7 De manera que, actualmente, el problema del origen químico de la vida sigue siendo irresoluble. Muchas preguntas y planteamientos hipotéticos, pero ninguna solución plenamente satisfactoria. ¿Por qué durante tantos años estas investigaciones han resultado infructuosas? ¿Será porque no se busca en la dirección adecuada o, sencillamente, porque la vida no evolucionó al azar a partir de la materia inorgánica -como asume el darwinismo- sino que fue diseñada inteligentemente? Esto último es lo que propone la teoría del diseño.
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1 J. Maddox, Lo que queda por descubrir, Debate, Madrid, 1999, p. 127.
2 S. Freeman, Biología, Pearson, Madrid, 2009, p. 45.
3 J. Wells, Icons of Evolution, Regnery Publishing, Inc., Washington, 2000, pp. 9-27.
4 D. T. Gish, Especulaciones y experimentos relacionadas con las teorías del origen de la vida: crítica, Portavoz, 1978, p. 14.
5 Ch. B. Thaxton, The Mystery of Life’s Origin, Lewis and Stanley, Dallas, 1992, p. 76.
6 K. Dose, “The Origen of Life: More Questions Than Answers”, Interdisciplinary Science Reviews, vol. 13, nº 14, 1988, p. 348.
7 R. Shapiro, “A Simpler Origin for Life”, Scientific American, February 12, 2007.

Fuente: Protestantedigital, 2015.

lunes, 30 de marzo de 2015

La homosexualidad desde el punto de vista científico y teológico (II)

Por. José Manuel González Campa, España.
Continuamos desarrollando este tema, de máxima actualidad que en un país como España se deviene dialécticamente a todos los niveles.
En el devenir existencial de una persona puede ocurrir que, aunque haya superado de manera adecuada las tres fases del desarrollo psicosexual de su Personalidad (fase Oral, Sádico-anal y Genital), según la concepción psicoanalítica, irrumpa algún proceso morboso y psicopatológico que altere y distorsione ese desarrollo. Si la persona no superó la fase oral, el deseo de satisfacción del instinto sexual va a conseguirse a través de actividades orales: beber, fumar, comer, etc. Esta manera oral de satisfacción de deseos sexuales inconscientes puede dar lugar a diversas patologías de la mayor importancia, que van a dar al traste con la salud de dicha persona: alcoholismo, tabaquismo, obesidad, etc. Si no superó la fase anal o sádico-anal, la realización del instinto sexual va a quedar ligada a la parte final del aparato digestivo (el ano) y la persona puede abocar a una problemática de homosexualidad cuando llegue la adolescencia.
Si el desarrollo psicosexual alcanzó la fase genital, habrá evolucionado, desde el punto de vista de la psicosexualidad, de manera adecuada; pero una enfermedad de naturaleza psicótica (como la esquizofrenia y otro tipo de trastornos, como la neurosis obsesivo-compulsiva) o neurótica, pueden provocar una regresión de la fase genital a otras fases más primarias como la sádico-anal u oral, que también pueden alterar el deseo de realización del instinto sexual heterosexual y hacer que éste intente realizarse por vía homosexual. Así que cuando un enfermo mental, con el diagnóstico de esquizofrenia, tiene prácticas homosexuales, el realizar juicios de valor ético-moral sobre su conducta es, desde el punto de vista científico, inaceptable y, desde el punto de vista cristiano, una aberración y un pecado. La regresión desde la fase genital, a una inmediatamente anterior, es un proceso que se realiza de manera inconsciente y está más allá de la capacidad volitiva de una persona. Si a alguien le correspondiese juzgar esa conducta no sería a ningún ser humano: porque solo Dios conoce lo que se esconde y mueve en la esfera más profunda del corazón o esfera de la intimidad del ser. Dios es un Ser Justo y Misericordioso, que no comete injusticias y que, en la persona de Jesús de Nazaret, nos ha enseñado que “los sanos no necesitan médico, sino los enfermos”.
Ahora bien, para seguir adelante con mis deliberaciones, tenemos que tener en cuenta que los seres humanos somos bisexuales todos, así que no debemos sorprendernos porque una proporción de varones y mujeres sean homosexuales. Esta última aseveración está contemplada y demostrada por la Ciencia y también queda plasmada en las primeras páginas de la Biblia. Ante esta realidad, antropológica, podríamos preguntarnos: ¿si todos somos bisexuales, porqué no somos todos homosexuales? Este aspecto de la realidad psico-bio-sexual necesitaría otro estudio que no es posible abordar en este lugar; pero intentaremos arrojar alguna luz, sobre el mismo, en lo que seguiremos tratando. Hay tres niveles en que somos, inequívocamente, bisexuales:
1) Hay una bisexualidad embrionaria. Y ésta se pone de manifiesto cuando el producto de la concepción del nuevo ser, que vive en el claustro materno, alcanza la edad, el desarrollo y el nivel de feto. Es decir a partir de los tres primeros meses de embarazo. Partiendo de esta realidad fetal ya se dan las condiciones para que el nuevo ser, que va a nacer, sea un niño o una niña. Esta realidad quedará confirmada cuando el embarazo llegue a término a los nueve meses. Ahora bien: ¿quién decide el sexo de una persona, si va a nacer niño o niña? Lo decide el varón, pero no conscientemente. Un ser humano se forma o se engendra por la unión de lo que denominamos gametos. Los gametos son las células que producen los ovarios o los testículos. Las células que producen los ovarios se llaman óvulos, y las que producen los testículos espermatozoides.
Cuando un óvulo es penetrado por un espermatozoide; es decir un espermatozoide entra dentro del óvulo y lo fecunda, ya tenemos todo el equipamiento biogenético necesario para el desarrollo de un nuevo ser. El material genético de las células germinales (óvulo y espermatozoide) se ubica en los cromosomas que se encuentran en el núcleo de dichas células. La especie humana tiene veintitrés pares de cromosomas (46 cromosomas), de los cuales veintidós son autosomas (tienen que ver con el desarrollo del soma, es decir del cuerpo) y un par son cromosomas sexuales (que tienen que ver con el desarrollo de la psico-bio-sexualidad). El par de cromosomas que aporta la mujer es XX y el par de cromosomas que aporta el varón es XY. La mujer siempre aporta un cromosoma X, el varón puede aportar un cromosoma X o un cromosoma Y. Si la conjunción que se establece, cromosómicamente, es XX nacerá una niña y si es XY nacerá un niño. Cuando llega la 12 semana del embarazo el ser humano ya está perfectamente formado y solo tiene que desarrollarse. Todo el programa está en sus genes y estos van a ir dando órdenes a los diferentes órganos de ese cuerpo, y a sus glándulas, para que se desarrollen, funcionen, y produzcan sus hormonas masculinas y femeninas, según el nuevo ser vaya a ser varón o mujer.
El código genético es determinante para que el sexo predominante sea masculino o femenino. Por consiguiente ya se puede realizar un diagnóstico genético de la sexualidad; así como se puede realizar un diagnóstico cromosómico a fin de conocer el sexo del ser que nacerá muchos meses después. Cuando el par de cromosomas sexuales es XX el nuevo ser será una niña, y cuando ese par es XY será un niño. Bien, pero antes de las tres semanas, cuando todavía no hay una diferenciación sexual, ¿con qué nos encontramos? A nivel embrionario nos encontramos con dos cordones constituidos por una parte periférica y una sección central. La evolución de estos cordones embrionarios es la que va a decidir el sexo del ser que se está gestando. De la evolución de estos cordones se derivarán los órganos sexuales de esa persona. De uno de estos cordones se van a derivar los órganos sexuales femeninos o masculinos. Uno de los cordones embrionarios se atrofia, y el que queda activo constituirá la infraestructura de órganos sexuales masculinos o femeninos pero, evidentemente, antes de que este proceso ocurra hay una bisexualidad embrionaria. Esta aseveración científicamente es indiscutible. Esta realidad aunque pueda parecer extraña también está plasmada en la Biblia. Cuando Dios crea al hombre, lo crea como un ser bisexual, como varón y mujer (Gén 1:26-27; Gén 5:1-2), o como varón ( heb = Ish ) y varona ( heb= Ishshah ).+
2) Hay una bisexualidad hormonal. Si se trata de un niño sus gonadas (testículos) producirán hormonas masculinas; por el contrario si es una niña sus gonadas (ovarios) producirán hormonas femeninas. Pero hay un matiz muy importante ninguna mujer tiene en su organismo solo hormonas femeninas, y ningún varón tiene en su cuerpo solo hormonas masculinas. Esto podría explicar, en parte, aunque el asunto pueda afectar más al campo de la psicología que al de la genética, el porqué una mujer puede desarrollar, al mismo tiempo, el rol de madre y padre, y el que un varón pueda hacer de padre y madre de modo semejante. Esto nos lleva a las siguientes consideraciones: cuando los ovarios de una mujer maduran empezarán a producir estrógenos, pero cuando ella nace ya tiene sus ovarios, sus trompas, su útero y su vagina; es decir ya nace dotada con todos los órganos que la definen, claramente, como mujer. En el caso de un niño cuando sus testículos maduran empieza a producir andrógenos, pero ya nace con sus testículos, sus cordones espermáticos, sus vesículas seminales y su próstata; en fin, todos aquellos órganos que cuando llegue a la adolescencia van a madurar y definirle, nítidamente, como varón.
En la adolescencia tanto en el varón como en la mujer se va a producir el desarrollo de los caracteres secundarios (la forma del cuerpo, la distribución de la grasa, la tonalidad de la voz, la manera de andar, de expresarse, la distribución del bello, la aparición de las mamas, etc. etc.). Cada ser humano tiene sobre sus riñones un órgano muy importante: las capsulas suprarrenales. Este órgano es fundamental para la vida. Estas cápsulas están constituidas por tres estratos, en dos de los cuales se producen hormonas indispensables para la vida y la homeostasis bioquímica de un ser: hormonas corticoides (cortisona) mineral-corticoides (adrenalina). Existe, también, un tercer estrato donde se producen hormonas sexuales tanto masculinas, como femeninas. En la niña se producen, a este nivel, más hormonas sexuales femeninas y menos masculinas y en el niño todo lo contrario. Esto quiere decir que hay hormonas sexuales masculinas (testosterona) en el cuerpo de una mujer y hay hormonas sexuales femeninas (estrógenos) en el cuerpo de un varón. Esta realidad hormonal da lugar a que en determinadas circunstancias de daño orgánico, de las glándulas suprarrenales, se pueda dar una feminización de un varón o una virilización de una mujer. La conclusión, por consiguiente, es que no solo hay una bisexualidad embrionaria, sino que también hay una bisexualidad hormonal.
¿Cómo se puede producir una feminización de un varón o una masculinización de una mujer? Estos fenómenos se pueden dar cuando determinadas sustancias alcancen a dañar el estrato de las cápsulas suprarrenales, los testículos o los ovarios. Entre estas sustancias tenemos el alcohol, los corticoides y los psicofármacos. Analicemos, ahora, la feminización de un varón: el alcoholismo crónico puede producir la misma, cuando el alcohol lesiona el estrato de las capsulas suprarrenales que producen hormonas sexuales. Cuando esto ocurre, dicho estrato deja de producir hormonas sexuales masculinas y aumenta la secreción de hormonas femeninas. Como consecuencia se producen una serie de alteraciones morfológicas y bioquímicas en el cuerpo del varón: cambia le distribución de la grasa, los hombros se hacen más estrechos y las caderas más anchas y van tomando las formas de las de una mujer, cambia el timbre de su voz y ésta se torna más atiplada, empiezan a crecer sus mamas haciéndose semejantes a las de una mujer y se produce el fenómeno de la ginecomastia.
Desde el punto de vista de la actividad sexual, aunque pueda tener relaciones sexuales con una mujer no podrá engendrar hijos debido a que disminuye el número de espermatozoides por centímetro cúbico y ninguno de ellos será capaz de fecundar un óvulo. En la mujer ocurre que puede sufrir un fenómeno de masculinización cuando sustancias tóxicas como el alcohol o la exposición a un tratamiento largo con corticoides o psicofármacos dañan y desestructuran el estrato de las glándulas suprarrenales que produce hormonas sexuales. Cuando esto sucede dicho estrato deja de producir hormonas femeninas y aumenta la producción de las masculinas, produciéndose fenomenológicamente las siguientes alteraciones: cambia el timbre de su voz, que se hace más ronca, cambia la distribución de la grasa de su cuerpo y este va tomando una forma masculinizante, cambia la distribución del bello haciéndose semejante a la del varón, se hace más musculosa, etc.
3) Pero no solo hay una bisexualidad embrionaria y hormonal, también se da una bisexualidad psicológica. Explicitaremos este fenómeno con un ejemplo de un cuadro clínico real: se trataba de un varón de 50 años que es travesti desde hace mucho tiempo, pero no desde su infancia, también es homosexual aunque no lo reconoce, y por si fuera poco ahora está desarrollando una tendencia hacia la transexualidad. Esta persona fue sometida a una terapia psicoanalítica durante más de dos años, llegando a comprender la génesis de sus trastornos e intentar cambiar sus tendencias sexuales. A partir de su adolescencia comenzó a vivenciarse, interiormente, como si fuera una mujer. Desde el punto de vista físico (somático) fue un varón siempre normal, también lo fue desde el punto de vista hormonal, así como desde el punto de vista fisiológico. Tenía relaciones sexuales con su esposa, pero nunca pudieron tener hijos. Esta persona no padecía una problemática de alcoholismo crónico, ni había sido tratado con corticoides o psicofármacos a largo plazo. Las infraestructuras que subyacían a su problemática sexual no eran de naturaleza orgánica, ni tóxica, sino psicológica, como quedó clarificado a lo largo de su tratamiento psicoanalítico.
La bisexualidad psicológica, se explica de la siguiente manera: La mente humana (lo que teológicamente denominamos alma-cuerpo o corazón) no constituye un epifenómeno de la materia, sino una realidad anímica y trascendente que utiliza como órgano de expresión el cerebro. Pues bien, la mente humana está constituida por tres niveles o estratos psíquicos definidos, claramente, desde el punto de vista científico (sobre todo en la concepción psicoanalítica de la esfera de la intimidad) y que coinciden con las enseñanzas de antropología y psicología bíblica que encontramos en las Escrituras. Estas estructuras son las siguientes: el Super-YO (es lo que conocemos como conciencia ética o moral y también como conocimiento del bien y del mal), el YO (que se corresponde con la conciencia o consciencia que yo tengo de la realidad entornante y no tiene ninguna connotación ética) y el ELLO, inconsciente o subconsciente. Pues bien, a este ultimo estrato de la esfera de nuestra intimidad, le corresponde el 75% de todos nuestros contenidos mentales y al YO, solo un 25% de los mismos.
En la esfera inconsciente de nuestra personalidad están ubicados casi todos los contenidos y complejos anímico-pneumáticos que mueven nuestra vida noética (pensamientos), emocional (sentimientos) y espiritual (pneumática) y todos aquellos que tienen que ver con nuestra vida instintiva. Allí nacen y de allí emergen a nuestra conciencia (YO) los instintos de la vida, los instintos tanáticos (de la muerte) y de manera muy significativa LOS INSTINTOS SEXUALES. Ahora bien, el instinto sexual no es un instinto único. No hay un instinto único heterosexual. El instinto sexual está subdividido en diversos componentes instintivos: hay un instinto sexual predominante (heterosexual) y hay unos instintos sexuales componentes que acompañan al instinto predominante. En un varón normal desde el punto de vista anatómico, fisiológico, hormonal, cromosómico y genético, el instinto que tiene que predominar es el heterosexual; por consiguiente debiera de buscar su realización sexual con una mujer, pero no siempre ocurre así: ¿porqué? En el devenir existencial de un ser humano pueden darse circunstancias que alteren y modifiquen la tendencia normal heterosexual.
Hay que tener en cuenta, y tomar en consideración, que no hay definición de PERSONA sin tener en cuenta la naturaleza sexual de la misma. Un varón se define como tal, porque existe el otro (el enfrente) que es mujer y viceversa. Es decir para definir la Personalidad hay que pasar por la Psicosexualidad. A parte del instinto de la vida, no existe instinto más poderoso, en el ser humano, que el instinto sexual. El psicoanalista, y discípulo de Freud, Karl Abraham fue quién clarificó, de manera más profunda y didáctica, todo lo que venimos exponiendo en cuanto al instinto sexual predominante y los instintos sexuales componentes. En una de sus obras trata la relación entre la psicosexualidad y el alcoholismo de manera magistral. Porque los efectos del alcohol sobre la corteza cerebral permiten que puedan aparecer algunos de los instintos sexuales componentes. Dentro de los instintos sexuales componentes (homosexualidad, narcisismo, exhibicionismo, sadismo, travestismo, autoerotismo, iconofilia, necrofilia, zoofilia, masoquismo, voyerismo, fetichismo e incesto) el más poderoso y con mayores posibilidades de sustituir al instinto heterosexual es el homosexual.
En condiciones normales el instinto homosexual está reprimido (los demás instintos sexuales también) y el Yo no le permite ascender al campo de la conciencia porque existe el super-yo, que se opone, como realidad represiva de connotaciones ético-morales. Cuando el instinto sexual heterosexual, por las razones que sea (en este apartado siempre psicológicas o psicógenas) no se puede realizar (y todos los instintos sexuales están al servicio del principio del placer) la sexualidad intenta alcanzar su finalidad (el placer) mediante uno de los instintos sexuales componentes. Todas las tendencias instintivas tienen una relación vinculante con la parte del cerebro interno denominada cerebro límbico o cerebro emocional. La corteza cerebral controla las actividades del cerebro emocional y impide que estas se disparen, automáticamente, y que determinados componentes del mismo asciendan a la conciencia (al YO), dando lugar a distintas y complicadas patologías. La energía sexual reprimida (la libido) al no poder alcanzar su satisfacción hedonista, intenta realizarse sustituyendo un instinto por otro.
Cuando el instinto sexual heterosexual no puede alcanzar su realización es suplido por el instinto homosexual. Esta situación aboca a una problemática de homosexualidad. La explicación, de la misma, es la siguiente: en el caso de un problema de alcoholismo o de ingestión de bebidas alcohólicas de una manera puntual, el alcohol (que es un depresor del sistema nervioso central) seda la corteza cerebral y ésta pierde su poder de supervisión sobre el cerebro límbico o emocional, con lo que el instinto homosexual puede ascender a la conciencia y obtener su gratificación por esta vía. Por consiguiente aquí nos encontramos con un problema de homosexualidad como enfermedad y no como vicio. Por lo tanto, existen personas que son normales desde el punto de vista físico, orgánico, hormonal y genético y sin embargo presentan un problema de homosexualidad, debido a alteraciones psicopatológicas de la esfera de su intimidad. Estas personas están emocionalmente enfermas, aunque no lo admitan (seguramente para defenderse de sentimientos de culpa por los condicionamientos del super-yo o conciencia ético- moral) y necesitan atención por parte de profesionales, técnica y científicamente, capacitados para ayudarles a comprender su problemática y a encontrar una superación de la misma.
Entre los argumentos que los homosexuales esgrimen para defenderse de la crítica, en ocasiones despiadada, de una sociedad hipócrita y desalmada, se encuentra el argumento de que la homosexualidad es genética, y que por consiguiente es tan normal ser heterosexual como homosexual. Se están, quizá, inconscientemente, engañando a sí mismos. NO EXISTE NINGÚN GEN DE LA HOMOSEXUALIDAD. La noticia, sobre la existencia de un Gen de la homosexualidad, apareció de manera sensacionalista, asegurando que un gran científico, en el campo de la investigación genética, había descubierto el GEN DE LA HOMOSEXUALIDAD. Pero la verdad es que dicho gen no existe. Para clarificar más este aspecto de la realidad científica, sobre el supuesto gen de la homosexualidad, vamos a traer a colación las palabras del científico Simon Levai, que es quién se supone que descubrió dicho gen: “Ved tras vez me han descrito como alguien que probó que la homosexualidad es genética, y añade, YO NO HICE ESTO NUNCA”.
Por otro lado podemos afirmar que aunque científicamente no se haya descubierto que haya ningún Gen de la homosexualidad, yo no tengo duda alguna que detrás del instinto sexual, tanto del instinto sexual predominante, como de los instintos sexuales componentes, hay Genes que inspiran y conducen la psico- sexualidad. Pero el argumentar que ya se nace con un gen homosexual, específico y concreto, que nos conduce, indefectiblemente, a la praxis de esa conducta, no es cierto. No existe, tampoco, ninguna alteración morfológica cerebral que justifique una conducta homosexual ineludible. Por consiguiente la conducta homosexual, de naturaleza psicológica, hay que considerarla como una opción aparentemente libre, pero que está dirigida por condicionamientos inconscientes más allá de la capacidad volitiva de una persona. Opción que no debemos etiquetar peyorativamente, nos guste o deje de gustarnos. Hay que respetar la conciencia de las personas aunque nosotros no compartamos su comportamiento homosexual. Si las personas no tienen conciencia de que están enfermas, o no quieren reconocerlo, nuestro deber es intentar ayudarlas a salir de su error y superar sus circunstancias.


Fuente: Protestantedigital, 2015.

lunes, 16 de marzo de 2015

El psicoanálisis desde la ciencia y la teología (II)



Por. José Manuel González Campa, España.
Durante mucho tiempo se pensaba que la influencia del medio sobre el organismo humano era la responsable de la modulación del cerebro y de la consiguiente conducta de la persona. Hoy en día, la visión de algunos científicos ha cambiado. Esta nueva concepción la explícita, de manera magistral, el Profesor Rof Carballo en su obra Biología y Psicoanálisis, cuando pone de manifiesto que no se trata tanto de un medio que influye sobre el cerebro, sino de un cerebro que demanda un medio determinado. Esta interpretación científica concuerda con todo lo que hoy conocemos sobre las alteraciones bioquímicas que subyacen al hecho de que se produzcan dependencias psicopatológicas a las drogas (estupefacientes) que generan dependencia psíquica y física. En la historia del conocimiento humano hay dos momentos históricos fundamentales:
1º. Siglo XVI. El aragonés Miguel Servet, eminente médico y profundo teólogo, descubre la circulación pulmonar o circulación menor. Este descubrimiento constituye la infraestructura sobre la que se irán edificando todos los avances que ha llegado a alcanzar la medicina moderna. Para llegar a este descubrimiento parte de presupuestos teológicos que conjuga con los análisis de las biopsias que realizaba en cadáveres. Su gran descubrimiento se da a conocer en su obra De trinitatis erróribus. Por su trascendental descubrimiento de los factores, fundamentales, que informan la vida humana, fue quemado por la Inquisición Protestante en Ginebra con la congratulación de la Inquisición Católica. Al descubrir que el aire (griego = pneuma = espíritu, viento) contenía el oxígeno imprescindible para nuestra vida biológica, estaba apuntando (aunque no fuese consciente de ello) al Espíritu o Hálito Divino que informa nuestro pasado, presente y futuro metafísico.
2º. Siglo XIX. El austriaco-germánico, Sigmund Freud, descubre el Psicoanális y funda la Escuela Psicoanalítica. A partir de los descubrimientos del Dr.Freud, se da un gran avance en el conocimiento del hombre, sobre todo en cuanto a su Psique (alma), a sus contenidos y a su funcionamiento psicodinámico. Aparece por primera vez, en el lenguaje científico occidental, La Psicología del Inconsciente. Freud recoge el conocimiento de los dramaturgos griegos que ya hablaban del Inconsciente, en sus grandes Obras, aunque no lo mencionasen con ese nombre. Tal es el caso de Sófocles en sus obras Edipo Rey y Electra. En Francia el médico Pierre Janet (con el que estuvo formándose Freud) ya manejaba el concepto de Inconsciente. En la época que estamos evocando no existían la Psiquiatría y la Neurología como especialidades separadas. Los profesionales encargados de atender a enfermos neurológicos y psiquiátricos eran neurólogos. Sigmund Freud ejerció como neurólogo y estuvo en el hospital de la Salpetierre, en Francia, aprendiendo las técnicas psicológicas del Dr. Charcot para resolver los problemas de las enfermas histéricas por métodos hipnóticos. Más adelante su maestro Joseh Breuer le cedió una paciente tetraplégica, por causas psicológicas inconscientes, con la que empezó ha practicar el Método de las Asociaciones libres, al fracasar la terapia hipnótica y fue así como nació el Psicoanálisis.
El método psicoanalítico parte de la base de que las enfermedades mentales, que no tienen una etiología (causa) orgánica, están producidas por causas que están ubicadas en niveles inconscientes de la mente; y por consiguiente el paciente desconoce la (o las) razones de su padecimiento. La labor del Psicoanalista consiste en conseguir que el paciente haga consciente lo inconsciente, y así descubra todo aquello que tiene reprimido en su esfera subconsciente (sentimientos, pensamientos, emociones, traumas psíquicos, complejos alienantes, etc.) y qué es la causa de su enfermedad. De esta forma lo inconsciente asciende a su conciencia, liberándose de toda la angustia que constituye el centro y la raíz de sus padecimientos, de su enfermedad (neurosis, psicosis, trastornos de carácter y conducta, etc.).
La Biblia escrita a lo largo de miles de años (desde Moisés hasta el año cien del siglo primero) constituye un tratado extraordinario de Psicología. La Revelación bíblica pone de manifiesto la importancia del mundo de los sueños, la metodología para su interpretación y la relevancia que las pulsiones inconscientes juegan en el devenir de las personas, de las familias y de los pueblos. Existe una realidad, que no podemos pasar por alto, y es el hecho de que Dios escogió hacernos llegar una parte de lo más trascendental y trascendente de la misma actuando sobre la esfera inconsciente de los seres humanos. Para comprender mejor este fenómeno es conveniente recordar la estratificación de la Personalidad, tal y como se concibe desde la antropología bíblica y desde el psicoanálisis:
1. Antropología bíblica veterotestamentaria: el ser humano es concebido como UNO (jamás como un ser tripartito) que se manifiesta en un cuerpo (heb = basar = carne), un alma (heb =nefesh) y un espíritu (heb= ruah). Gén. 2:7 y 23-24. Ecl. 12:7.
2. En el Nuevo Testamento la estratificación de la Personalidad, se explicita de manera muy clara en la 1ª Epístola a los Tesalonicenses: el hombre (gr= antropos =ser humano) se expresa como una unidad psicosomatica en una dimensión corporal (gr = soma = cuerpo), anímica (gr =psique = alma) y espiritual (gr= pneuma= espíritu). El texto de 1ª Tes 5:23, en una lectura más acorde con el texto bíblico original, debería traducirse así: “Y el mismo Dios de paz os santifique por completo (gr= todo, maduro, acabado) y todo, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible en la venida de nuestro Señor Jesucristo”.
3. Desde el punto de vista psicoanalítico, la estratificación de la Personalidad se expresa, también considerando a la persona como UNA UNIDAD PSICORGÁNICA que se deviene, existencialmente, de manera psicodinámica como UNA UNIDAD ALMA-CUERPO. Para el psicoanálisis la Psique humana estaría constituida por tres estratos:

  • El YO (que corresponde a los contenidos conscientes de la mente).
  • El SUPERYO O CONCIENCIA ETICO-MORAL( que corresponde a la censura o capacidad de juzgar nuestras acciones desde el punto de vista ético: conciencia del bien y del mal).
  • El ELLO, ID, INCONSCIENTE O SUBCONSCIENTE.

Algunos de los discípulos de Freud fueron ampliando el campo de conocimientos de su maestro, tal es el caso de C.G. Jung. Este eminente psiquiatra suizo descubrió que no solo hay un inconsciente individual, sino que también existe UN INCONSCIENTE COLECTIVO común a todas las etnias humanas. En el inconsciente colectivo están almacenados todos los complejos psicológicos que denominamos ARQUETIPOS, por ser los tipos o complejos psicológicos más antiguos, los que al nacer ya llevamos impresos en los estratos más profundos de la esfera de nuestra intimidad.
Hoy sabemos que en determinadas circunstancias, los contenidos reprimidos (ya sea a nivel del inconsciente individual o del colectivo) pueden ascender al campo de la conciencia, al yo, y desestructurar el funcionamiento equilibrado de la psique, deviniéndola a un estado de alienación que se configurará en una entidad psicopatológica determinada (neurosis, psicosis, etc.). Pero las cosas no siempre suceden así: muchos contenidos reprimidos que llegan a inundar el campo de nuestra conciencia son liberadores y nos abren el camino a la posibilidad de liberarnos de nuestra angustia y alcanzar un grado de realización existencial del que antes carecíamos, descubriéndonos la causa de nuestra alienación y la posibilidad de liberarnos de ella. En este sentido podemos recordar lo que algunos prohombres dijeron en cuanto a la relación que existe entre la Divinidad y la esfera de la Intimidad del ser humano:
Dietrich Bonhoeffer, pensando en la relación subliminal entre el alma humana y Dios, afirmaba: “Dios está ahí y mucho más allá de ella”. Sin duda estaba pensando en un arquetipo divino contenido en lo más profundo y íntimo de nuestro ser.
Viktor Frankl, otro eminente psiquiatra, discípulo de Sigmund Freud, judío y víctima del nazismo en los campos de concentración, adquirió en sus sufrimientos y en el que descubría en todos sus correligionarios, víctimas del Holocausto, una conciencia de Dios que plasmó en un libro titulado “La presencia ignorada de Dios”. Este libro está fundamentado en la experiencia personal de un hombre excepcional y sobre todo en la enseñanza que encontramos en la Escritura:
Saulo de Tarso en Romanos 1:18 “Porque la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad”. Dos observaciones convienen hacer:
1º que la ira de Dios es contra la injusticia de los hombres y no contra los hombres y 2º que el verbo detener traducido literalmente del original significa reprimir. Esta realidad exegética nos ayuda a comprender por qué la humanidad, aunque es mayoritariamente religiosa, sin embargo pasa de una verdadera búsqueda del Dios que lleva reprimido en lo más profundo de su ser interior. Salomón en Eclesiastés 3:11 nos revela una profunda verdad que ratifica y fundamente la aseveración de Romanos: “Todo lo hizo hermoso en su tiempo (Dios); y ha puesto eternidad (o el deseo vehemente por la eternidad o por la vivencia del tiempo indefinido) en el corazón de ellos, sin que alcance el hombre a entender la obra que ha hecho Dios desde el principio hasta el fin”. Dios ha puesto en el inconsciente del ser humano un deseo de eternidad, para que el hombre se realice, plenamente, colmando ese deseo buscándole a Él. Llegados a este punto tenemos que considerar la importancia de los sueños en la Revelación de Dios.
Una gran parte de la misma se manifestó durante los sueños que tuvieron grandes personajes de la Historia bíblica, durante un periodo de tiempo de miles de años y cuya dimensión escatológica llega hasta nuestros días y los transciende. Es decir, esta parte de la Revelación se manifestó en un estado especial de conciencia, o dicho de otra manera en un estado de conciencia diferente del que tenemos en estado vigil: la conciencia onírica. Durante la actividad onírica se produce una alteración cualitativa de la conciencia: mientras la parte consciente de la mente, el YO, duerme, la dimensión inconsciente, de la misma, trabaja sin cesar. En el libro de Eclesiastés reza la siguiente afirmación, comprobada científicamente:”Porque todos sus días (es una alusión al hombre y su afanoso trabajo debajo del sol) no son sino aflicciones y pesadumbre, y sus trabajos frustraciones; aún de noche su corazón no reposa (Lit: no se acuesta)”. Los ejemplos de esta realidad son múltiples; citaremos algunos que han sido vividos de manera trascendente y trascendental en la Historia humana: el sueño de Jacob ( Gé.n 28:10-17) conocido, científicamente, como el sueño de la escala de Jacob.
Este sueño es un sueño arquetípico, surge del inconsciente colectivo del patriarca y le lleva a tomar consciencia de la realidad inefable de la existencia de Dios y de su influencia en la vida y destino de los hombres. Muchas personas que no son creyentes y que no han leído jamás la Biblia, han tenido y seguirán teniendo este mismo sueño (comprobación empírica en mi trabajo como psicoterapeuta). Dios moviliza los estratos más profundos del inconsciente para que determinados contenidos arquetípicos asciendan al campo de la conciencia (dado que durante el sueño la puerta del inconsciente se abre y el Superyo cesa en su función de censura) y informen al individuo de realidades trascendentes que están reprimidas en lo más profundo de la esfera de su intimidad. Este sueño de la escala de Jacob fue citado y utilizado por Jesús de Nazaret, desde el principio de su ministerio hasta los últimos días de su vida (Juan 1: 51 y Mateo 26:64), en relación con su procedencia divina y con su segunda venida y el establecimiento pleno de su Reino. Los sueños de José hacen referencia a su devenir personal y al de el Imperio egipcio ( Gén 37:1-11). Así podríamos pronunciarnos sobre los sueños del panadero y el copero del Rey y los del mismo Faraón (Gén. 40:1-23 y 41:1-36). En relación a estos sueños no podemos pasar por alto una aseveración, de la mayor importancia, que encontramos explicitada en la misma Escritura: ¿no son de Dios las interpretaciones? (Gén. 40:8).
Las visiones y sueños arquetípicos más importantes son aquellos/as, que en la Revelación bíblica, hacen referencia a la gloria de Dios. Estas realidades reveladas en visiones y sueños arquetípicos se manifiestan en estados de conciencia alterada por la acción del Espíritu de Dios sobre el YO de las personas que han sido elegidas como canales de la Palabra del Logos en la Historia. Estas alteraciones de la conciencia pueden llegar hasta sumir a la persona en un estado de éxtasis. El arquetipo que se percibe en estado de conciencia onírica y con alucinaciones hipnagógicas siempre es el mismo, aunque contemplado desde ángulos diferentes. En cualquier caso este arquetipo tiene, siempre, elementos comunes; de los cuales el más importante es el de una figura, como hijo de hombre, en el centro de la visión. Los personajes que tuvieron esta visión arquetípica (mencionados en la Biblia), fueron Moisés (Éxodo 19:1-20 a 20:1-22 y Éxodo 33:18-23), Ezequiel (Ezeq. 1:1-28), Daniel (Daniel 10:1-12) y el apóstol Juan (Apocalipsis 1:9-20). El análisis exegético riguroso de todos los pasajes citados nos lleva a la conclusión hermenéutica de que todos los que tuvieron una visión de la gloria de Dios, la tuvieron en un estado de conciencia onírica o extática con o sin alucinaciones hipnagógicas. La biblia da una gran importancia a los sueños y a su interpretación, porque en la comprensión de los mismos podemos encontrar un conocimiento de los propósitos de Dios para el presente y para el devenir de toda la Creación. Esto ocurre preferentemente con los denominados sueños escatológicos, como es el caso de los sueños del Rey Nabucodonosor y de Daniel, narrados en el capítulo segundo, cuarto y séptimo del libro del profeta más apocalíptico del Antiguo Testamento.
Los estudiosos de las religiones comparadas, especialmente C.G. Jung, han puesto de manifiesto que las imágenes y visiones arquetípicas se dan en toda clase de personas y culturas con idénticas formas y contenidos (ver los comentarios de Jung al libro de Job y al capítulo primero del libro de Ezequiel). Teniendo en cuenta que todos los seres humanos tenemos un origen común y único, es comprensible que así sea. La Ciencia parece haber demostrado que todos procedemos de una sola hembra (mujer a la que han puesto por nombre Eva), deducción que se deriva del estudio de unas sustancias que albergamos dentro del núcleo de las células de nuestro cuerpo denominadas mitocondrias. La Revelación bíblica, en los tres primeros capítulos del libro de Génesis, ratifica este descubrimiento. Yo sostengo que el Inconsciente nació, en la esfera de la intimidad de los seres humanos (Adán como varón y varona: Gén. 1:26-27; Gén. 2:23-24 y Gén. 3:20), con el hecho de la desetructuración amartica el término griego amartia significa pecado). Desestructuración que es conocida en la terminología de andar por casa como caída. Por otro lado no olvidemos que la entrada del pecado en el antropos dio lugar al nacimiento de la esfera Inconsciente con sus dos dimensiones:
a) el Inconsciente Individual, lleno de contenidos que habitaron primero nuestra Conciencia, nuestro YO, y que por diversas causas fueron reprimidos.
b) el Inconsciente Colectivo con contenidos ARQUETÍPICOS que son trasmitidos de generación en generación por vía genética.
En cuanto a la estratificación o tectónica de la Personalidad y su funcionamiento psicodinámico existe en la revelación bíblica suficiente material para comprobar que no se da contradicción alguna entre los descubrimientos psicoanalíticos y dicha revelación. Para ilustrar esta última aseveración vamos a reproducir unos textos de la carta del Apóstol Pablo a los Romanos y que se encuentran en su capítulo siete:
“Porque lo que hago (lit: pongo por obra), no lo entiendo (verbo griego: conozco); pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco (lit: odio), eso hago. Y si lo que no quiero (lit: deseo), esto hago, apruebo que la ley (estaríamos hablando de la censura, del Superyo, que valora éticamente la conducta y el sentido del bién y del mal) es buena. De manera que ya no Soy YO quien hace aquello, sino el pecado (termino griego amartia que significa, también error, fracaso y frustración) que mora (lit: habita) en mí. Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne (el vocablo griego que se emplea aquí apunta, en mi criterio a los contenidos que habitan en el corazón del hombre y cuando se liberan de la represión a que están sometidos, afloran a su Conciencia a su YO, y contaminan su conducta), no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí. Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí (lit: lo malo está presente conmigo). Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros que se rebela (lit: batalla, guerrea) contra la ley de mi mente, y me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros. ¡Miserable de mí!   ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?”(Romanos 7:15-24).
Para resolver los problemas de la angustia que genera todo tipo de trastornos psicoemocionales y psicopatológicos de los seres humanos el Psicoanálisis ofrece una ayuda psicoterapéutica que permite a la persona hacer consciente lo inconsciente y empezar a resolver sus conflictos intrapsíquicos. Incluso psicoanalistas de la talla de Jan Erenhbal, hablan de que para resolver los conflictos, con raíces más profundas, es necesario llegar a la conversión (no necesariamente en el sentido cristiano). La conversión cristiana va más allá y ofrece satisfacción a las necesidades existenciales (el deseo de eternidad que anida en el centro de nuestro corazón) haciendo consciente la Imagen del Dios reprimido.

Fuente: Protestantedigital, 2015.