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miércoles, 6 de enero de 2016

Ni tres, ni reyes, ni magos



Por. Antonio Cruz, España
El relato evangélico no especifica que los reyes magos fueran tres. Mateo sólo escribe “unos magos”, con lo cual deja abierta la puerta a la especulación. Tampoco que fuesen reyes o que se dedicasen a hacer magia, en el sentido moderno del término que supone sacar conejos de una chistera. Su número se dedujo sobre todo de los presentes que ofrecieron -oro, incienso y mirra- pero esto no resulta del todo concluyente para determinar cuántos eran en realidad. De manera que los populares personajes, Melchor, Gaspar y Baltasar, que reaparecen en España escalando balcones la fría noche del cinco de enero, son pura invención del folklore posterior. Una tradición -eso sí- que produce felicidad a los niños y a todos aquellos que subsisten a expensas del consumismo exacerbado que caracteriza nuestra sociedad.
Es curioso comprobar cómo el ser humano disfruta haciendo conjeturas indemostrables. Trescientos años después de Cristo, la cantidad de los magos que adoraron a Jesús variaba sin parar. Algunos afirmaban que sólo habían sido dos. En los frescos rudimentarios de las catacumbas de Roma, durante el siglo IV d.C., aparecen unas veces cuatro magos y otras hasta seis. La Iglesia siria y armenia creía que lo lógico es que hubieran sido doce ya que ese era un número singular en las Escrituras: el de las tribus de Israel y también el de los apóstoles. Sin embargo, los coptos de Egipto estaban convencidos de que debieron ser sesenta los magos de Oriente que se pusieron de acuerdo para buscar al rey de los judíos. Ante semejante progresión aritmética de magos, tuvo que intervenir Orígenes en la primera mitad del siglo tercero para centrar las cosas y determinar que lo más sensato era quedarse sólo con tres, en base a los tres regalos mencionados en el evangelio de Mateo.
Los nombres propios de estos tres personajes aparecieron por primera vez en un mosaico bizantino del siglo VI d.C. localizado en la ciudad italiana de Rávena. No se sabe quién se los inventó pero, desde luego, Baltasar, Melchor y Gaspar no aparecen en la Biblia. Algunos dicen que quizás Baltasar podría ser una europeización de Belsasar, el último rey del imperio babilónico. Pero lo cierto es que la etimología de tales nombres no está clara. Tradiciones posteriores afirman que se convirtieron en discípulos de Tomás; que se hicieron obispos y murieron como mártires; que sus reliquias fueron llevadas a la ciudad alemana de Colonia, donde aún hoy se conservarían en un relicario bizantino de la catedral. En fin, leyenda sobre leyenda para construir un castillo de naipes sin fundamento alguno.
Por supuesto, tampoco fueron reyes. A alguien se le debió ocurrir que las connotaciones paganas de unos magos que venían del Oriente dejaban mucho que desear. ¡Cómo pretendían unos gentiles agoreros adorar al Niño! Tertuliano, en el siglo III y basándose en una tradición anterior, fue el primero en decir que se trataba de reyes sabios. Esta denominación les proporcionaba mayor prestigio, al mismo tiempo que les alejaba del denostado mundo de la magia y la adivinación. Sin embargo, el evangelio emplea expresamente al término “magos”. ¿Quiénes eran tales magos en realidad? Muy probablemente se trataba de “sacerdotes” pertenecientes a las tradiciones religiosas de origen medo-persa. Eran profesantes del zoroastrismo cuyo oficio se podría comparar al de los levitas en Israel. Se dedicaban al culto, a los ritos de esa religión y a la astrología. Actuaban de mediadores entre la divinidad y los seres humanos.
Hay una cita en el Antiguo Testamento que se refiere expresamente a estos magos que vivían en el reino babilónico de Belsasar. Fueron contemporáneos de Daniel y también aspiraban a interpretar sueños y presagios. Sin embargo, el poder de sus predicciones resultó inferior al que Dios le concedió a Daniel. Tuvo que ser la propia reina quien advirtiera al rey: “En tu reino hay un hombre en el cual mora el espíritu de los dioses santos, y en los días de tu padre se halló en él luz e inteligencia y sabiduría, como sabiduría de los dioses; al que el rey Nabucodonosor tu padre, oh rey, constituyó jefe sobre todos los magos, astrólogos, caldeos y adivinos” (Dn. 5:11). Resulta pues que el propio Daniel, el cuarto de los profetas mayores de Israel, llegó a ser jefe de los magos o sacerdotes del rey Nabucodonosor. Estos magos solía vestir de blanco y portaban en la cabeza un gran turbante que les cubría también las mejillas. Adoraban a los cuatro elementos fundamentales: aire, tierra, agua y fuego. Hoy diríamos que eran unos ecologistas radicales ya que se oponían a toda forma de contaminación de dichos elementos físicos. Según cuenta el historiador griego Heródoto, los cadáveres no se quemaban para no contaminar el aire; tampoco se enterraban para no contaminar la tierra; no se podían arrojar al mar ni quedar expuestos al aire por la misma razón. Lo que se hacía con ellos era ofrecerlos a las alimañas sobre las llamadas “torres del silencio”.
No es extraño pues que, como consecuencia de la proximidad geográfica, estos sacerdotes hubieran oído hablar acerca de la esperanza de un Mesías libertador que restauraría al pueblo hebreo. El judaísmo era una religión bien conocida en todo Oriente, así como su anhelo tradicional de un soberano que habría de reinar sobre todo el mundo. Por lo tanto, es comprensible que semejante conocimiento, unido a la señal astronómica descubierta en el firmamento, fuera lo que movilizara a estos astrólogos paganos en su viaje a Jerusalén.
La conclusión evangélica de tal historia es que aquellos misteriosos personajes orientales, superando todas las diferencias culturales y demás dificultades, se pusieron de acuerdo para localizar a Jesús. Encontraron la casa, vieron al niño junto a su madre María, se postraron, lo adoraron y le ofrecieron sus presentes. De la misma manera hoy, más de dos mil años después, todavía existen criaturas que acuden a los pies de Cristo, lo descubren por primera vez en su vida y deciden adorarlo eternamente. Postrarse para siempre ante su persona. Inclinar la vida entera y consagrarla en señal de amor, aceptación y respeto. Esta es la verdadera adoración que no cesará jamás. Toda la vida del cristiano está llamada a ser como un continuo acto de adoración que no terminará con la muerte. Se trata de algo para la eternidad, pues tiene al Creador del tiempo como su objeto fundamental. De manera que no debemos dejar de adorar a Dios, a través de nuestra existencia cotidiana, porque es así como él nos perfecciona.
Es probable que, después de todo, los Tres Reyes Magos ni fueran tres, ni reyes, ni tampoco practicasen la magia. Sin embargo, acertaron al descubrir lo más maravilloso y real que el ser humano puede llegar a conocer de manera personal: a Jesucristo, el Hijo del Altísimo.

Fuente: Protestantedigital, 2016

domingo, 28 de diciembre de 2014

NI TRES, NI REYES, NI MAGOS



Por Antonio Cruz, España
Aquellos misteriosos personajes orientales, superando todas las diferencias culturales y demás dificultades, se pusieron de acuerdo para localizar a Jesús.
El relato evangélico no especifica que los reyes magos fueran tres. Mateo sólo escribe “unos magos”, con lo cual deja abierta la puerta a la especulación. Tampoco que fuesen reyes o que se dedicasen a hacer magia, en el sentido moderno del término que supone sacar conejos de una chistera. Su número se dedujo sobre todo de los presentes que ofrecieron -oro, incienso y mirra- pero esto no resulta del todo concluyente para determinar cuántos eran en realidad. De manera que los populares personajes, Melchor, Gaspar y Baltasar, que reaparecen en España escalando balcones la fría noche del cinco de enero, son pura invención del folklore posterior. Una tradición -eso sí- que produce felicidad a los niños y a todos aquellos que subsisten a expensas del consumismo exacerbado que caracteriza nuestra sociedad.
Es curioso comprobar cómo el ser humano disfruta haciendo conjeturas indemostrables. Trescientos años después de Cristo, la cantidad de los magos que adoraron a Jesús variaba sin parar. Algunos afirmaban que sólo habían sido dos. En los frescos rudimentarios de las catacumbas de Roma, durante el siglo IV d.C., aparecen unas veces cuatro magos y otras hasta seis. La Iglesia siria y armenia creía que lo lógico es que hubieran sido doce ya que ese era un número singular en las Escrituras: el de las tribus de Israel y también el de los apóstoles. Sin embargo, los coptos de Egipto estaban convencidos de que debieron ser sesenta los magos de Oriente que se pusieron de acuerdo para buscar al rey de los judíos. Ante semejante progresión aritmética de magos, tuvo que intervenir Orígenes en la primera mitad del siglo tercero para centrar las cosas y determinar que lo más sensato era quedarse sólo con tres, en base a los tres regalos mencionados en el evangelio de Mateo.
Los nombres propios de estos tres personajes aparecieron por primera vez en un mosaico bizantino del siglo VI d.C. localizado en la ciudad italiana de Rávena. No se sabe quién se los inventó pero, desde luego, Baltasar, Melchor y Gaspar no aparecen en la Biblia. Algunos dicen que quizás Baltasar podría ser una europeización de Belsasar, el último rey del imperio babilónico. Pero lo cierto es que la etimología de tales nombres no está clara. Tradiciones posteriores afirman que se convirtieron en discípulos de Tomás; que se hicieron obispos y murieron como mártires; que sus reliquias fueron llevadas a la ciudad alemana de Colonia, donde aún hoy se conservarían en un relicario bizantino de la catedral. En fin, leyenda sobre leyenda para construir un castillo de naipes sin fundamento alguno.
Por supuesto, tampoco fueron reyes. A alguien se le debió ocurrir que las connotaciones paganas de unos magos que venían del Oriente dejaban mucho que desear. ¡Cómo pretendían unos gentiles agoreros adorar al Niño! Tertuliano, en el siglo III y basándose en una tradición anterior, fue el primero en decir que se trataba de reyes sabios. Esta denominación les proporcionaba mayor prestigio, al mismo tiempo que les alejaba del denostado mundo de la magia y la adivinación. Sin embargo, el evangelio emplea expresamente al término “magos”. ¿Quiénes eran tales magos en realidad? Muy probablemente se trataba de “sacerdotes” pertenecientes a las tradiciones religiosas de origen medo-persa. Eran profesantes del zoroastrismo cuyo oficio se podría comparar al de los levitas en Israel. Se dedicaban al culto, a los ritos de esa religión y a la astrología. Actuaban de mediadores entre la divinidad y los seres humanos.
Hay una cita en el Antiguo Testamento que se refiere expresamente a estos magos que vivían en el reino babilónico de Belsasar. Fueron contemporáneos de Daniel y también aspiraban a interpretar sueños y presagios. Sin embargo, el poder de sus predicciones resultó inferior al que Dios le concedió a Daniel. Tuvo que ser la propia reina quien advirtiera al rey: “En tu reino hay un hombre en el cual mora el espíritu de los dioses santos, y en los días de tu padre se halló en él luz e inteligencia y sabiduría, como sabiduría de los dioses; al que el rey Nabucodonosor tu padre, oh rey, constituyó jefe sobre todos los magos, astrólogos, caldeos y adivinos” (Dn. 5:11). Resulta pues que el propio Daniel, el cuarto de los profetas mayores de Israel, llegó a ser jefe de los magos o sacerdotes del rey Nabucodonosor. Estos magos solía vestir de blanco y portaban en la cabeza un gran turbante que les cubría también las mejillas. Adoraban a los cuatro elementos fundamentales: aire, tierra, agua y fuego. Hoy diríamos que eran unos ecologistas radicales ya que se oponían a toda forma de contaminación de dichos elementos físicos. Según cuenta el historiador griego Heródoto, los cadáveres no se quemaban para no contaminar el aire; tampoco se enterraban para no contaminar la tierra; no se podían arrojar al mar ni quedar expuestos al aire por la misma razón. Lo que se hacía con ellos era ofrecerlos a las alimañas sobre las llamadas “torres del silencio”.
No es extraño pues que, como consecuencia de la proximidad geográfica, estos sacerdotes hubieran oído hablar acerca de la esperanza de un Mesías libertador que restauraría al pueblo hebreo. El judaísmo era una religión bien conocida en todo Oriente, así como su anhelo tradicional de un soberano que habría de reinar sobre todo el mundo. Por lo tanto, es comprensible que semejante conocimiento, unido a la señal astronómica descubierta en el firmamento, fuera lo que movilizara a estos astrólogos paganos en su viaje a Jerusalén.
La conclusión evangélica de tal historia es que aquellos misteriosos personajes orientales, superando todas las diferencias culturales y demás dificultades, se pusieron de acuerdo para localizar a Jesús. Encontraron la casa, vieron al niño junto a su madre María, se postraron, lo adoraron y le ofrecieron sus presentes. De la misma manera hoy, más de dos mil años después, todavía existen criaturas que acuden a los pies de Cristo, lo descubren por primera vez en su vida y deciden adorarlo eternamente. Postrarse para siempre ante su persona. Inclinar la vida entera y consagrarla en señal de amor, aceptación y respeto. Esta es la verdadera adoración que no cesará jamás. Toda la vida del cristiano está llamada a ser como un continuo acto de adoración que no terminará con la muerte. Se trata de algo para la eternidad, pues tiene al Creador del tiempo como su objeto fundamental. De manera que no debemos dejar de adorar a Dios, a través de nuestra existencia cotidiana, porque es así como él nos perfecciona.
Es probable que, después de todo, los Tres Reyes Magos ni fueran tres, ni reyes, ni tampoco practicasen la magia. Sin embargo, acertaron al descubrir lo más maravilloso y real que el ser humano puede llegar a conocer de manera personal: a Jesucristo, el Hijo del Altísimo.

Fuente: Protestantedigital, 2014

viernes, 21 de noviembre de 2014

Los nacionalismos en la era de la globalización



Por. Antonio Cruz, España*
El dominio globalizador es precisamente el germen de tanto nacionalismo contemporáneo.
Desde la noche de los tiempos, el ser humano ha experimentado una irresistible tendencia a creerse el centro del mundo. Ya de niños, aprendemos a sentirnos miembros de un grupo, a identificarnos con él, absorber sus valores y también a considerarlos -casi inconscientemente- como superiores a los de otros grupos humanos. Quizás este proceso de aprendizaje sea algo natural e incluso necesario para desarrollar nuestra propia identidad cultural. Sin embargo, cuando la educación posterior se reduce a este maniqueísmo de creer que todo lo nuestro es bueno, mientras que lo de los otros grupos es malo, entonces se convierte inmediatamente en perniciosa para el desarrollo y la adecuada madurez de la persona.
Si pienso en mi propia formación escolar, durante las décadas de los sesenta y setenta del siglo XX en aquella Barcelona franquista del momento, vienen a mi mente imágenes que son como ecos de un pasado en el que se inculcaba a los niños un determinado “espíritu nacional” mediante ideas como, por ejemplo, que “ser español es una de las pocas cosas serias que se pueden ser en el mundo”. Lo que implicaba, por contrapartida, que ser extranjero no era, ni mucho menos, tan serio o importante. El súmmum de la egolatría made in Spain lo había alcanzado, me parece a mí, el escritor don Ramiro de Maeztu en su Defensa de la Hispanidad, que aunque era hijo de padre vasco y madre inglesa, se permitió escribir: “El mundo no ha concebido ideal más elevado que el de la hispanidad”. ¡Ni siquiera admitía la posibilidad de que a lo largo del globo terráqueo pudieran existir otros ideales comparables al gestado en la madre patria! Si a tales concepciones excluyentes se añade la represión posterior de la dictadura, los maltratos físicos, culturales, lingüísticos, ideológicos y económicos perpetrados sobre todo en aquellas regiones españolas con una identidad cultural propios, es comprensible el creciente desafecto y los anhelos secesionistas que se observan en la actualidad.
Era lógico, por tanto, que ante semejante menosprecio por los demás pueblos periféricos, éstos reaccionasen de manera parecida. El tradicional nacionalismo español había fomentado así otros nacionalismos excluyentes dentro de la misma piel de toro de la geografía hispana. Tal como reflejaban ya las palabras del gran poeta y escritor catalán del siglo XIX y principios del XX, Joan Maragall: “Lo característico del sentimiento catalán es ser a la vez un amor y un desamor: un amor a Cataluña que es desamor a Castilla”.1 A pesar de que tales palabras fueron escritas hace más de un siglo, perfectamente se podrían haber dicho hoy, pues reflejan bien la actual confrontación de nacionalismos: el centralista contra el catalán, el vasco, el valenciano o el mallorquín. No obstante, ¿tiene sentido tal confrontación nacionalista en un mundo dominado por la globalización? Yo creo que es precisamente este dominio globalizador, el germen de tanto nacionalismo contemporáneo.
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Lo que implicaba, por contrapartida, que ser extranjero no era, ni mucho menos, tan serio o importante. El súmmum de la egolatría made in Spain lo había alcanzado, me parece a mí, el escritor don Ramiro de Maeztu en su Defensa de la Hispanidad, que aunque era hijo de padre vasco y madre inglesa, se permitió escribir: “El mundo no ha concebido ideal más elevado que el de la hispanidad”. ¡Ni siquiera admitía la posibilidad de que a lo largo del globo terráqueo pudieran existir otros ideales comparables al gestado en la madre patria! Si a tales concepciones excluyentes se añade la represión posterior de la dictadura, los maltratos físicos, culturales, lingüísticos, ideológicos y económicos perpetrados sobre todo en aquellas regiones españolas con una identidad cultural propios, es comprensible el creciente desafecto y los anhelos secesionistas que se observan en la actualidad. Era lógico, por tanto, que ante semejante menosprecio por los demás pueblos periféricos, éstos reaccionasen de manera parecida. El tradicional nacionalismo español había fomentado así otros nacionalismos excluyentes dentro de la misma piel de toro de la geografía hispana. Tal como reflejaban ya las palabras del gran poeta y escritor catalán del siglo XIX y principios del XX, Joan Maragall: “Lo característico del sentimiento catalán es ser a la vez un amor y un desamor: un amor a Cataluña que es desamor a Castilla”.(1)
A pesar de que tales palabras fueron escritas hace más de un siglo, perfectamente se podrían haber dicho hoy, pues reflejan bien la actual confrontación de nacionalismos: el centralista contra el catalán, el vasco, el valenciano o el mallorquín. No obstante, ¿tiene sentido tal confrontación nacionalista en un mundo dominado por la globalización? Yo creo que es precisamente este dominio globalizador, el germen de tanto nacionalismo contemporáneo. La mundialización constituye la última etapa de un proceso que se inició, en realidad, con la conquista de América, el desarrollo de la navegación y las comunicaciones alrededor del mundo. Pero esta relación cada vez más estrecha entre todas las partes del planeta, no sólo permitió el auge de la industria y la economía sino sobre todo un cambio importante en la concepción del propio ser humano. En medio de las tinieblas de una época cruel caracterizada por el racismo, la esclavitud y la colonización, los pueblos conquistadores se fueron dando cuenta progresivamente que los conquistados eran también personas como ellos mismos. Así, por ejemplo, el cura español, Bartolomé de las Casas, consiguió convencer al clero católico en España de que los indígenas de América tenían alma y que, por lo tanto, Cristo había muerto por ellos. El filósofo y político francés del Renacimiento, Michel de Montaigne, reconoció, en el siglo XVI, que la civilización occidental no era necesariamente superior a las demás. El humanismo de la Ilustración desarrolló la idea de que todos los hombres eran iguales en derechos, aunque tal concepción no consiguió la abolición de la esclavitud hasta bien entrado el siglo XIX. Y, por último, las deseos internacionalistas empezaron a vislumbrar unos Estados Unidos de Europa que fuesen el preludio de unos futuros Estados Unidos del mundo.
Pues bien, al margen de antecedentes históricos, hoy vivimos en un planeta que en ciertos aspectos está cada vez más globalizado, pero en otros se nacionaliza a marchas forzadas.
Asistimos a un movimiento contradictorio de expansión y retraimiento. Vemos como el mercado se mundializa y, al mismo tiempo, los espíritus buscan la identidad de la patria chica, del idioma familiar, el dialecto o las tradiciones regionales. Los nacionalismos desentierran sus antiguas reivindicaciones particulares y culpabilizan de la crisis actual a la globalización salvaje e insolidaria. Quizás esta búsqueda de identidades sea un mecanismo defensivo frente a tanta confusión como impera hoy por doquier. Las personas necesitan saber quiénes son y adónde pertenecen. De ahí este afán por redescubrir la historia, la lengua, la raza, el color, el género, la religión, la cultura exclusiva, etc. La gente quiere que los líderes políticos respeten y, si es posible, compartan estos valores o sentimientos nacionales.
Amar la tierra que nos ha visto nacer es algo natural y deseable en la condición humana. Respetar las costumbres y tradiciones que no atenten contra nuestros principios; identificarse con la idiosincrasia, la manera de ser y las particularidades culturales de nuestro pueblo, forma parte de eso que nos une y nos asemeja a los demás. Pero cultivar todo esto no tiene por qué estar en contradicción con el respeto a la diversidad de quienes no son ni piensan como nosotros. Y aquí es precisamente donde pueden aparecer los problemas sociales.
El peligro de los nacionalismos estriba en la sacralización de las particularidades. Cuando los pueblos se refugian en sus diferencias porque las consideran sagradas y superiores a todo lo demás, es fácil que aparezcan sentimientos de menosprecio u odio frente a lo foráneo. Es entonces cuando el nacionalismo traspasa las fronteras de lo político para convertirse en una forma de religiosidad civil. Las banderas se consideran reliquias sagradas; las festividades y conmemoraciones nacionales constituyen el universo santoral que se rememora puntualmente; las constituciones, estatutos y declaraciones de derechos se veneran como si se tratasen de auténticos textos sagrados. En el fondo, toda esta simbología esconde casi siempre la fe en un acontecimiento más o menos histórico que poco a poco se ha ido mitificando. Cuando se antepone la pureza de lo propio a la impureza de los demás, el choque con los vecinos resulta entonces inevitable. Se confrontan costumbres, creencias, lenguas y etnias. Lo de uno tiende a mitificarse, mientras lo de otros se vuelve tabú. El prójimo se convierte en enemigo y pronto sobrevienen los fantasmas del racismo, la xenofobia o la lucha armada. Llegado este extremo, cada patria se convierte en un mito particular que descubre en la parafernalia militar de la guerra su lugar de culto y sacrificio. Por desgracia, la historia reciente está preñada de tales ejemplos. Existen actualmente más de diez mil grupos étnicos, lingüísticos o religiosos, repartidos por todo el planeta, que habitan territorios que no coinciden con las fronteras políticas y esto genera una constante fuente de conflictos. Las tres cuartas partes de las guerras recientes en el mundo se deben a tales motivos de identidad.
¿Dice algo la Biblia acerca de las naciones y los nacionalismos? Mucho más de lo que, a primera vista, pudiera parecer. Curiosamente las “naciones” aparecen en la Escritura como el resultado de una profunda división de la humanidad, consecuencia de la dispersión de Babel. Es la rebeldía humana la principal causa de los particularismos y las divisiones. A pesar de lo cual, Yahvé toma a una nación de en medio de las demás naciones para que viva de manera diferente, como pueblo santo. Un idioma, una religión y una tierra caracterizarán a una nación separada de las demás y llamada a ser única. “Porque eres pueblo santo a Jehová tu Dios, y Jehová te ha escogido para que le seas un pueblo único de entre todos los pueblos que están sobre la tierra” (Dt. 14:2). Esta concepción positiva de nación referida a Israel se distingue notablemente de las demás naciones que no conocen a Dios. El pueblo elegido debía mantenerse apartado de ellas para no contaminarse de su impureza moral y espiritual. La idolatría y la inmoralidad de los pueblos periféricos son denunciadas frecuentemente. “Y no andéis en las prácticas de las naciones que yo echaré de delante de vosotros; porque ellos hicieron todas estas cosas, y los tuve en abominación” (Lv. 20:23). Desde luego, todo esto contribuyó al característico sentimiento exclusivista de los judíos en relación a su etnia, idioma, religión y costumbres ya que Israel tenía la obligación de mantenerse separado de los gentiles.
No obstante, ¿a qué obedecían tales mandamientos de segregación del pueblo elegido? Según la Biblia, Israel había sido apartado por voluntad divina para recibir la salvación y transmitirla en su momento a todas las naciones de la tierra. Dios le prometió a Abraham que su descendencia constituiría una nación grande y fuerte con la finalidad principal de llegar a ser de bendición para las demás naciones (Gn. 18:18). El exclusivismo inicial no era un fin en sí mismo sino que su sentido fundamental fue desembocar en el universalismo del amor de Dios hacia la humanidad entera. Al Mesías se le habían prometido todas las naciones por herencia (Sal. 2:8) y que llegaría un día en el que todos los pueblos le servirían (Sal. 72:11). El profeta Isaías recalca también esta misma idea haciendo énfasis en la universalidad de la salvación (Is. 2:2-4) porque desde la creación del mundo, Dios ha querido la bendición de la humanidad y que todas las personas, independientemente de su identidad étnica, llegaran al conocimiento de la verdad.
La Escritura predice un futuro glorioso para los ciudadanos de todo linaje, lengua y nación que se conviertan a Dios a través de su Hijo Jesucristo. Pero, al mismo tiempo, se refiere a un terrible juicio que espera a aquellos que persistan en sus rebeliones personales, su inmoralidad, su injusticia, su incredulidad o su indiferencia. Aunque no nos gusten, no podemos eliminar estas páginas de la Biblia porque lo cierto es que Dios juzgará al mundo con justicia. ¡Qué inmenso privilegio el de aquellas criaturas que, aunque jamás formaron parte de la nación hebrea elegida, llegaron por la gracia divina a ser parte de esa otra nación santa, del pueblo adquirido por Dios para anunciarle ante los hombres y para pasar de las tinieblas a la luz! Una nación que no conoce los nacionalismos excluyentes ni las luchas fratricidas sino que está formada por una gran multitud incontable, de todas las naciones, tribus, pueblos y lenguas que clama: “La salvación pertenece a nuestro Dios que está sentado en el trono, y al Cordero” (Ap. 7:10). ¡Yo deseo ser un nacionalista más de esa singular nación!
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(1) Citado en Marina, J. A., 2000, Crónicas de la ultramodernidad, Anagrama, Barcelona, p. 159-160.

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Fuente: Protestantedigital, 2014.

martes, 29 de julio de 2014

El espejismo de la evolución de Dios

Por. Antonio Cruz Suárez, España*
 Dawkins manifiesta no comprender lo que significa ser Dios. Sin embargo, la teología reconoce desde siempre que entre los múltiples atributos divinos está el de su inmutabilidad. 
El reduccionismo cree que la biología no es más que física y química. Esta forma de pensar niega la posibilidad de que algunos fenómenos biológicos posean propiedades que estén más allá del dominio puro de la química o la física.
Desde tal perspectiva, los seres vivos no son más que agregados de sustancias químicas y éstas no son más que agrupaciones de átomos físicos.
Cuando se intenta enfocar la mente humana mediante semejante microscopio reduccionista, resulta que los procesos mentales  no son más que  interacciones entre las neuronas del cerebro. La psicología  no es más que  neurofisiología. La mente, la conciencia y el “yo” personal  no son más que  la sudoración cerebral.
Por supuesto, el reduccionista que piensa así se cierra también a la posibilidad de la existencia de Dios y a que las personas posean una dimensión trascendente. Creo que el reduccionismo es como un cinturón que aprieta demasiado y ahoga lo mismo la razón que la realidad.
El biólogo reduccionista, Richard Dawkins, niega que Dios pueda existir como el Creador que ha diseñado inteligentemente el universo y la vida. ¿En qué fundamental tal negación? Según él, todo lo que es real debe su existencia a la evolución.
Un ser divino, con la suficiente inteligencia y poder como para crear el mundo, debería ser él mismo también fruto de la evolución. Esto exigiría, a su vez, una explicación evolutiva de la aparición de su inteligencia divina. Y si resulta difícil -por no decir imposible- dar razón del origen evolutivo de la inteligencia humana, cuanto más lo sería en el caso de la inteligencia de Dios.
En este sentido, escribe: “Cualquier inteligencia creativa, con suficiente complejidad como para diseñar algo, solo existe como producto final de un prolongado proceso de evolución gradual. Las inteligencias creativas, tal cual han evolucionado, llegan necesariamente tarde al Universo, y por lo tanto, no pueden ser responsables de su diseño. Dios, en el sentido ya definido, es un espejismo.” [1]
La devoción que Dawkins siente hacia el darwinismo, como motor de todo lo existente en el cosmos, le lleva a pensar que si existiera un Dios creador -posibilidad en la que él no cree- tendría que haber sido originado también por la inexorable evolución gradual.
¿Qué fallos presenta dicho argumento?
En primer lugar, se da por hecho algo que habría que demostrar. Es decir, que la “explicación” reduccionista y atea de la evolución de la inteligencia humana es capaz de explicar también la hipotética evolución de la divinidad.
Dawkins asume que su distinguida inteligencia humana -producto de una larga y lenta evolución al azar- es lo suficientemente competente como para demostrar que Dios no existe. Pero, si resulta que esta asunción reduccionista y materialista, que él hace del origen evolutivo de la inteligencia del ser humano, ni siquiera es capaz de convencernos a todos, ¿cómo podrá demostrar algo en relación con el origen de la Inteligencia Divina?
Si desconocemos cómo hemos alcanzado nosotros mismos el grado de inteligencia de que gozamos para hacer, entre otras cosas, demostraciones metafísicas acerca de si existe o no un Dios creador, entonces no nos sirve de nada decir que la divinidad también se ha originado por evolución como nosotros mismos. Si no sabemos cuál es el origen de nuestra propia inteligencia, ¿cómo vamos a conocer el de la divina? Y esto, suponiendo que dicha inteligencia tuviera un principio, suposición que resulta notablemente sospechosa.
Cree Dawkins que la inteligencia del ser humano ha evolucionado gradualmente mediante mutaciones beneficiosas que nos han ido dotando de aptitudes para sobrevivir en la naturaleza. Caminar erguidos, saltar arroyos, tomar frutas de los árboles, cazar, encender fuego, hablar, escribir, etc., fueron adquisiciones paulatinas necesarias para llegar a donde estamos hoy. Dichas acciones habrían sido imprescindibles para prosperar en la vida y salir adelante. En el contexto de semejante explicación darwinista de la inteligencia, la selección natural habría favorecido aquellas mutaciones que posibilitaban determinadas utilidades concretas, con el fin de realizar tales funciones, pero no otras diferentes que no contribuyeran en nada a la causa adaptativa.
Y aquí es donde nos surge una duda. ¿Por qué tenemos la capacidad de elucubrar acerca de la existencia de Dios? ¿Cómo es que nos interesa conocer lo que hay en el interior de los átomos o de los agujeros negros del universo? Tales cuestiones están completamente fuera de nuestra experiencia cotidiana y son absolutamente innecesarias para una adecuada supervivencia evolutiva de la especie. Si la evolución concede solo aptitudes y habilidades que poseen una utilidad concreta, ¿por qué nos habría dotado con semejantes cualidades que serían muchísimo más potentes de lo que necesitamos para sobrevivir en el medio?
El cerebro humano es capaz de reconocer relaciones de causa y efecto. Puede recordar el pasado y prever el futuro. Suele preguntarse por las causas materiales de los fenómenos que ocurren a nuestro alrededor. Reflexionar sobre asuntos abstractos que no son observables, como los agujeros negros o las características de Dios, y que no tienen nada que ver con la experiencia diaria, ni tampoco suponen ninguna utilidad inmediata. Pienso que la explicación darwinista de la inteligencia humana es incapaz de solucionar dicha cuestión.
Dawkins no puede darnos gato por liebre. No se puede dar por hecho precisamente aquello que hay que demostrar. Él parte de la base de que la evolución explica el origen de todo lo que existe en el mundo real, incluso de la notable inteligencia humana. Inmediatamente, sobre este principio indemostrado, pasa a decir más o menos lo siguiente: “Acabo de demostrar que Dios no existe, puesto que el origen de su inteligencia debería ser el producto de la evolución y eso es algo indefendible. El hecho de que yo haya sido capaz de semejante demostración prueba que la evolución me ha dotado de un cerebro inteligente. Luego, la evolución que me ha hecho a mí no ha podido hacer a Dios. Él no existe”. Obviamente se trata de una artimaña que no demuestra nada.
No estoy diciendo que la evolución, entendida desde la microevolución, no desempeñe un papel importante en la naturaleza o que la selección natural no cumpla también una misión relevante, sobre todo desde el punto de vista de la conservación. Lo que afirmo es que la visión puramente reduccionista y anti-teísta de Dawkins es incapaz de explicar el origen de la inteligencia humana.
Y si esto resulta inexplicable, no puede usarse como principal argumento para demostrar la inexistencia del Creador. Poner ejemplos -como hace él- de otros animales inteligentes, sean chimpancés, delfines o cuervos, no hace más que agravar el problema del origen de su inteligencia. Aparte de la abismal distancia que hay entre un animal pinchando insectos con un palo y Mozart componiendo cualquiera de sus sinfonías, ya no se trata solamente de explicar el problema de la aparición de nuestra mente singular sino también el de cómo pudieron tales animales conseguir la madurez cerebral necesaria, mediante mutaciones aleatorias, en supuestas ramas evolutivas que no tenían nada que ver entre sí.
Una vez más Dawkins manifiesta no comprender lo que significa ser Dios. Sin embargo, la teología ha reconocido desde siempre que entre los múltiples atributos divinos está el de su inmutabilidad.Ningún cambio es posible en el Ser Supremo, ya que cualquier variación conduciría a mejor o a peor.
Pero, si Dios es la absoluta perfección -tal como entendemos- no puede experimentar mejoras o deterioraciones. La Biblia está repleta de citas que corroboran esta característica divina. Desde el salmista que ora:  Ellos perecerán, mas tú permanecerás;
(…)Pero tú eres el mismo,
y tus años no se acabarán (Sal. 102:26-27), hasta la epístola de Santiago en la que se reconoce que:  Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación  (Sant. 1:17), siempre se manifiesta que Dios es eterno y no puede variar como si se tratase de un ser humano o de cualquier organismo terrestre. Por tanto, decir que Dios si existiera se habría originado por evolución es un reduccionismo falso y contradictorio porque Dios no evoluciona. ¡El argumento que Dawkins usa para negar a Dios es un espejismo! 

1Dawkins, R., 2011,  El espejismo de Dios,  ePUB p. 30.
 

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