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domingo, 27 de septiembre de 2015

Calvino, profeta de la era industrial, de André Biéler (II)



Por. Leopoldo Cervantes-Ortiz, México
André Biéler fue un reconocido pastor y economista suizo que colaboró en diversos proyectos eclesiales en su país y fuera de él. Autor prolífico, fue un calvinólogo que dedicó varios volúmenes al estudio del reformador francés (El humanismo social de Calvino, en español: 1973, Hombre y mujer en la moral calvinista. La doctrina reformada sobre el amor, el matrimonio, el celibato, el divorcio, el adulterio y la prostitución, en francés, y el libro que ahora nos ocupa Calvino, profeta de la era industrial. Fundamento y método de la ética calviniana de la sociedad, 1964), además de su famosa tesis doctoral (1959). Otras de sus títulos son: El mensaje social de la Iglesia en la economía. Federación de Iglesias Protestantes Suizas, 1950; Liturgia y arquitectura: el templo de los cristianos. Nota de Karl Barth. Labor et Fides, 1961; Una política de la esperanza [1970], prefacio de Hélder Cámara, Paulinas, 1972; El desarrollo loco. Un grito de alarma de los expertos y un llamado a las iglesias. Prefacio de Philip Potter, Labor et Fides, 1973, Cristianos y socialistas ante Marx. Labor et Fides, 1982; Las iglesias y la economía. Labor et Fides,‎ 1983, y La fuerza escondida de los protestantes. ¿Oportunidad o amenaza para la sociedad?, 1995. De 1965 es su texto “De Calvin à l’aide au tiers-monde” (De Calvino a la ayuda al tercer Mundo), publicado en la Revue économique et sociale : bulletin de la Société d'Etudes Economiques et Sociales.
Fue profesor de Ética Social en Ginebra y Lausana, pastor en Ginebra, miembro de la comisión de la Federación Protestante Suiza para asuntos sociales. En ocasión del 400º aniversario de la muerte de Calvino, urgió a la asamblea de dicha federación a reducir los gastos en armamento para utilizar esos recursos en la ayuda para el desarrollo. Representó a esa federación en las conferencias ecuménicas mundiales de 1966 y 1968. Ese último año, junto con Lukas Vischer y Max Geiger, lanzó la Declaración de Berna que solicitaba invertir 3% del PIB para el desarrollo, propuesta que fue desechada. En 1971 contribuyó a establecer el Instituto de Ética Social de la citada federación, y más adelante, con otros amigos, denunció las políticas comerciales de la compañía Nestlé.1
Una semblanza habla de él en los siguientes términos:

Si existe tal caracterización de un hombre del Renacimiento en términos de un manejo total del conocimiento humano y la cultura, entonces André Biéler fue el epítome del hombre de la Reforma: su vida fue coherente expresión de una erudición meticulosa y activa, un compromiso efectivo con el mundo de la economía y la política, informado todo ello por una límpida espiritualidad. Sólo debido a sus muy protestantes sencillez y discreción fue que no se volvió un gurú para su generación, pero sí un admirado y respetado hombre de ideas e ideales, que no sólo inspiró sino también estimuló y guió otras iniciativas de investigación social.2

Desde su retiro en la ciudad de Morges, saludó así la nueva edición en inglés de su libro más conocido: “Aquellos que se proponen leer los escritos de Calvino son doblemente seducidos. Primero, porque suponen cuán rico es el lenguaje y aprecian su llamada, sus raíces ancladas en la latinidad, claro que con su característico toque moderno francés. Entonces descubren una teología que no se contenta con reflexionar sobre la existencia de Dios: esta forma de escuchar la palabra divina ilumina la totalidad de nuestra vida”.3
Con estas convicciones en mente, Biéler afrontó la tarea de esbozar los fundamentos y el método de ética social calviniana, para lo cual, en el primer capítulo de Calvino, profeta de la era industrial, se ocupa de definirla como una auténtica ética cristo-céntrica, pues como explica enfáticamente:

En la teología reformada, la ética no tiene autonomía. Recibe toda su sustancia y su vida de la teología, de la cual depende a este respecto totalmente. La ética no existe sin la teología. De la misma manera, no existe teología evangélica (nada de fe cristiana viva) sin ética. La ética calviniana no tiene fundamentos, ni siquiera parciales, en el derecho o en la moral natural, a pesar de ciertas citas muy frecuentes a las que Calvino hace referencia (y esto lo hace a causa de las confirmaciones útiles que estas disciplinas aportan a la ética cristiana desde el punto de vista didáctico). Por el contrario, los modos de aplicación de esta ética, y su forma histórica, son tributarios de las realidades socioeconómicas contingentes. Y le son tributarios enteramente. No hay ética cristiana válida que, bajo esta relación, sea independiente de la historia profana.4

Esta toma de posición preside toda la obra y le sirve para establecer que, debido a esta falta de autonomía, la ética social calviniana no busca solamente el membrete de “bíblica”, como sucede en los círculos más conservadores, sino que lo demuestra a partir de sus resultados teóricos y en sus búsquedas de aplicación concreta. En eso, Biéler es muy claro, pues no basta con predicar las Escrituras y suponer que se está ejerciendo una noble fidelidad hacia ella; es preciso “aterrizar” las enseñanzas y arriesgarse creativamente para ponerlas por obra: “Es necesario que este testimonio se actualice penetrando en la vida profana; por la reflexión ética, primeramente; y luego, por una acción concertada que haga pasar esta ética, para comenzar, en la vida privada de los creyentes y, luego, en la vida de toda la sociedad” (p. 28). Solamente así será posible afirmar que se está poniendo a prueba la eficacia de los postulados éticos de la fe cristiana, en el terreno de los hechos, espacio de la prueba máxima.
Calvino intentó este tipo de aplicación del mensaje predicado durante sus dos estancias en Ginebra y conservó hasta su muerte “la visión de una formación global de la vida humana por la Palabra de Dios; abrazando todos los sectores de la existencia”. Para él, no existía un “humanismo verdadero” que no comenzase “por la experiencia de la vida nueva ofrecida por Dios al hombre que entra en comunión con Él por la mediación de Jesucristo”. Ese sería el fundamento de una nueva praxis ética dentro de la sociedad. Las buenas obras producidas por la justificación debían tener un carácter social pues “esta ética no se contenta [únicamente] con acciones ‘caritativas’ individuales, pues abarca toda la vida política colectiva en el sentido más amplio del término, englobando las actividades económicas y todas las relaciones sociales” (p. 30). Esta ética será bíblica, según el capítulo 2 de la obra, si además, está “acorde con el dinamismo de la historia”, es decir, que, en consonancia con la acción del Espíritu Santo como supremo instigador de la palabra divina, impulsa también la acción global de los creyentes. La afirmación de Biéler sobre las dificultades para acceder al contenido de las Escrituras en este proceso es contundente:

Sin embargo, la revelación bíblica es una obra humana, contingente e histórica, cuya sustancia es divina y no la letra. Eso, como veremos, tiene también una gran importancia para la elaboración de la ética. Si la Biblia, en efecto, es “el registro auténtico” del que Dios se ha servido para “depositar su verdad” [Institución, I, 6, 3], Él ha expresado esta verdad no en su propia lengua (que nos hubiera sido incomprensible), sino en el lenguaje de los seres humanos, y en el lenguaje de ciertos hombres, de cierta época (p. 33).

Simultáneamente a su advertencia sobre la incapacidad humana para comprender la totalidad de la revelación escrita, Calvino se atrevió, audazmente, a notar la naturaleza contingente de la Biblia, un libro “escrito en cierto momento de la historia; y cuya ética, en su formulación legal, está ligada a una civilización y a una sociedad concreta” (p. 34). Para comprender la enseñanza ética de la Escritura, será necesario “conocer el medio social en el que vivieron los testigos bíblicos” y, por supuesto, también “analizar las estructuras políticas y los mecanismos económicos de su época”. Estas exigencias hermenéuticas conducen a Biéler a incluir en este capítulo una breve exposición de los llamados “tres usos de la ley”, puesto que la ética, bien entendida a partir de la obra redentora efectuada por Jesucristo, viene a ser “una expresión concreta de la libertad cristiana” (p. 37). Y el manejo de la ley no es discrecional sino, por el contrario, es resultado de un genuino discernimiento espiritual: “La sustancia de la ley es, pues, permanente; pero nosotros no estamos de ninguna manera ligados a su letra. Inspirándonos en su espíritu, tenemos toda la libertad para adaptar las aplicaciones éticas a las circunstancias, según los lugares y los momentos de la historia” (p. 41).
Como consecuencia de su análisis, Biéler sentencia sin ninguna duda, apuntando hacia una práctica responsable e informada de dicho discernimiento, de la cual Calvino fue un excelente ejemplo al distinguir con suficiente claridad lo contingente o aleatorio de la Revelación misma y de los acontecimientos como tales:

Calvino ha sido considerado el teólogo que mejor ha mostrado la modernidad de su espíritu y que ha dado a su método ético un carácter de universalidad y de permanente actualidad. En una época donde semejantes concepciones eran absolutamente raras, supo discernir, a la vez, la contingencia histórica de la revelación bíblica (atada a un dato cultural temporal del que hay que liberarla); y el dinamismo fluctuante de la historia en la cual esta Revelación (separada de su contingencia original), debe ser reactualizada.

Referencias bibliográficas
1 En el sitio de la Radio y Televisión Suiza puede escucharse el reportaje “André Biéler, un théologien donneur d’alerte” dedicado a Biéler, transmitido el 9 de diciembre de 2013: www.rts.ch/espace-2/programmes/helvetica/5402502-andre-bieler-un-theologien-donneur-d-alerte-1-5-09-12-2013.html
2 J.-P. Thévenaz y E. Dommen, “André Biéler (1914-2006)”, en Reformed World, vol. 57, núm. 1, marzo de 2007, p. 78.
 3 “A greeting from André Biéler on the translation of Calvin’s Economic and Social Thought”, en A. Biéler, Calvin’s Economic and Social Thought, Ginebra, Alianza Reformada Mundial-Consejo Mundial de Iglesias, 2005, p. xix. 4 A. Biéler, Calvino, profeta de la era industrial. Fundamentos y método de la ética calviniana de la sociedad. Pres. y trad. de Luis Vázquez Buenfil, pról. de Marta García-Alonso y posfacio de Edward Dommen. México, Casa Unida de Publicaciones, 2015, p. 27.

Fuente: Protestantedigital, 2015.

sábado, 26 de septiembre de 2015

Calvino, profeta de la era industrial, de André Biéler (I)



Por. Leopoldo Cervantes-Ortiz, México
La Casa Unida de Publicaciones de México, benemérita institución evangélica, dirigida actualmente por el periodista Óscar Báez, retoma la senda editorial que durante varias décadas la ha caracterizado y lanza un volumen de singular importancia para el ámbito protestante. Se trata nada menos que de Calvino, profeta de la era industrial. Fundamentos y método de la ética calviniana de la sociedad, del teólogo y economista suizo André Biéler (1914-2006), traducido y presentado por Luis Vázquez Buenfil, con prólogo de la doctora Marta García Alonso, de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (España), y posfacio del profesor cuáquero suizo Edward Dommen, egresado de las universidades de Oxford y Yale, y principal promotor de las ediciones inglesas de Biéler. Esta conjunción de esfuerzos ha rescatado casi del olvido la pequeña edición de la obra publicada por Labor et Fides en 1964 como parte de su colección Débats. Biéler es recordado por ser el autor de la tesis doctoral El pensamiento económico y social de Calvino (1959), reeditada en francés hace algunos años y publicada en inglés, por fin, por el Consejo Mundial de Iglesias y la Alianza Reformada Mundial en 2006.1 De esa obra magna existe traducción al portugués y el propio Vázquez Buenfil se ha enfrascado en la traducción castellana.
El traductor y presentador es un sociólogo y periodista radicado desde hace más de 20 años en Suiza, ex dirigente de la Asociación de Mexicanos de Ginebra (Amegi). Doctor en sociología por la Universidad de Ginebra (con una tesis sobre el movimiento neozapatista, 2004) y maestro en Teología por la Universidad de Estrasburgo, Francia (2011), buscó a los editores y a la familia de Biéler para autorizar la traducción y la publicación en México del pequeño volumen (74 pp. en el original), que reproduce fielmente en 92 pp. el texto inicial. Verificó cuidadosamente la pertinencia de la terminología utilizada y agregó el texto que aparece como pórtico. Sobre la importancia de esta obra, advierte:

Tanto para García-Alonso como para Dommen, obras como la que ahora presentamos son el fruto de un laborioso trabajo parecido al de un “monje benedictino”. Porque se extraen las “pepitas” económicas y sociales de la gran masa de comentarios contenidos en las Opera Calvini (el magno trabajo de compilación de los escritos del reformador publicado en el siglo XIX en Francia). Ése es uno de los grandes méritos de Biéler quien, con esta pequeña obra, y con otras similares, muestra la apasionante actualidad de un Calvino que hoy llamaríamos “sociólogo” y “economista”. (p. 9)

Antes, ha citado a Dommen para responder la pregunta: “¿Por qué leer a Calvino en pleno siglo XXI?”, quien responde: “Porque entre los reformadores del siglo XVI, es quien más reflexionó sobre los problemas económicos y sociales. Partiendo de la premisa de que todo es un don, un regalo de Dios, Calvino tomó el sentido contrario del neoliberalismo, muy de moda actualmente” (p. 8). Y el golpe dado lo amplifica: ¿Que no soy realista? No soy más realista que los postulados neoliberales. El pensamiento de Calvino no sólo es más simpático que el de los teóricos actuales de la economía, sino que es mucho más profundo. El don de Dios es abundante, el ser humano es rico antes de nacer. Estamos muy lejos, pues, de la hipótesis neoliberal que hace hincapié en la escasez, fuente de combates incesantes y mortales. Ahora, si somos ricos desde antes de nacer, no es por nuestros hermosos ojos. Es por la gracia divina. Pero, a cambio de ese don, todo el mundo tiene la obligación de hacer algo para que esa riqueza sea distribuida equitativamente entre los pobres (Énfasis agregado.)
Vázquez Buenfil concluye: “Medio siglo después de publicado en su lengua original, Calvino, profeta de la Era Industrial, vuelve a la circulación. Pero esta vez en lengua española, idioma en el que el reformador francés es escasamente conocido. Se trata de un libro pequeño, sintético y original, que contiene un excelente resumen de las concepciones calvinianas que estuvieron, en parte, en el origen de esa gran mutación religiosa llamada Reforma Protestante hace cerca de 500 años”. García-Alonso, conocedora profunda del pensamiento del reformador franco-ginebrino, en “El fundamento bíblico de la ética social”, sintetiza la importancia de su labor: “La reforma de Calvino no fue tan sólo una reforma eclesiológica o dogmática, ni mucho menos una revolución económica basada en un dogma concreto, sino que tuvo en su punto de mira la reconstrucción cristiana de la sociedad en su conjunto.
Y cuando nos referimos a sociedad, lo hacemos pensando no sólo en la sociedad civil sino también en sus instituciones mediadoras: el Estado y la Iglesia” (p. 13). Y, específicamente sobre el método de la ética calviniana, afirma: “De modo que si Calvino pudo renovar constantemente su teología, si consiguió aplicar las normas éticas bíblicas a la realidad social en que vivió, como bien dice Biéler, en los dos casos fue porque acertó a convertir los preceptos morales en jurídicos (sean estos político-económicos, eclesiales…)” (p. 16).
En la “Introducción”, Biéler discute las implicaciones del título del libro, más concretamente, el riesgo de incurrir en un anacronismo al referirse a la “era industrial” como un periodo de la historia ante el cual Calvino tendría muy poco que decir. El propósito es muy diferente al de imponer las ideas del reformador a un tiempo tan distante: “Quisiéramos simplemente mostrar, de una manera breve (y que, en consecuencia, es un poco sumaria), hasta qué punto Calvino fue un innovador en el dominio de la ética social, cómo supo discernir los problemas del desarrollo económico de Occidente y cuánto (a causa de esto), su método de interpretación de la Escritura y de elaboración de la ética social continúa adaptado a las nuevas condiciones del mundo industrial moderno” (p. 19).
 Porque si Calvino fue, entre los pensadores de su tiempo, uno de los que más se preocupó por responder a las necesidades emergentes a causa del cambio que progresivamente se estaba dando, sus aportaciones pueden ser iluminadoras al momento de aterrizar en las nuevas realidades económicas los postulados del Evangelio cristiano, las cuales no pueden aplicarse indiscriminadamente a las condiciones que no se conocían en la antigüedad. Por todo ello, la aportación teológica y ética de Calvino ante las transformaciones socio-económicas y el surgimiento de nuevas estructuras es muy clara:

…cuando estas antiguas estructuras comienzan a caerse para dar lugar a los marcos y a las instituciones dinámicas del mundo industrial moderno (con sus mutaciones en cadena cuya aceleración ya no se detiene más), el teólogo cristiano que parece haberles impreso la marca más sensible y la más durable es un teólogo que dejó deliberadamente de lado las construcciones intelectuales fundadas sobre las problemáticas bases de la teología natural, de la filosofía especulativa y del derecho natural; y que estableció su pensamiento, inspirador de su acción, sobre el doble fundamento de un conocimiento riguroso de la revelación bíblica, por una parte; y de un análisis lúcido de la realidad socioeconómica, por otro lado (p. 20, énfasis original).

Con esto en mente es posible acometer el análisis de los postulados bíblicos y éticos de Calvino para valorar su posible uso en la nueva situación humana generada por los sistemas económicos vigentes, para adaptarlos de manera responsable y así tratar de alcanzar un equilibrio doctrinal, ideológico y práctico en el mundo que nos toca vivir. Los comportamientos individuales y colectivos producidos por el capitalismo originario no pueden dejarse de lado en un análisis como éste. Por el contrario, la presencia innegable de la pobreza, por un lado, y de las enormes ganancias de las clases sociales dominadoras, por el otro, obligan a valorar “la dimensión ‘política’ de la ética” (p. 22), desde una perspectiva genuinamente cristiana que no desprecie el lugar que el Evangelio otorga al prójimo.
Biéler apunta hacia una discusión desapasionada, pero justa del tema en cuestión y en esa dirección continúa a lo largo de su libro:

Ahora bien, lo que debe retener nuestra atención, es que Calvino, contrariamente a sus contemporáneos, y a la mayoría de los teólogos cristianos de los siglos siguientes, parece haber bien presentido (de manera ocasional, en todo caso; si no es que de manera sistemática), este nuevo aspecto de las relaciones sociales de la Era Moderna en el umbral donde se encontraba. Y supo adaptar su método de elaboración de la ética a esta nueva percepción de la situación. Ciertamente ese es uno de los aspectos de su genio. Eso es lo que, con toda seguridad, lo convierte en un contemporáneo que tiene todavía mucho que enseñarnos (p. 24).

Para tal fin, recurre a cuatros aspectos que constituyen la columna vertebral de su libro:
1. La ética social calviniana está sólidamente anclada en la teología; depende enteramente del misterio central de la fe evangélica, de la persona y de la obra de Cristo. Es una ética teológica Cristo-céntrica.
2. Ella no sólo procede de un conocimiento riguroso de la revelación bíblica sino también de una interpretación muy dinámica de ella, a la luz de las fluctuaciones históricas de la sociedad. Es una ética bíblica acorde al dinamismo de la historia.
3. Ella se actualiza, concretamente, por un análisis lúcido de las coyunturas siempre en evolución. Comporta un método racional de análisis de los hechos socio-económicos.
4. Ella obtiene una eficacia histórica excepcional porque propone una acción adaptada a las circunstancias y, sin cesar, renovada al contacto con la realidad. Es un método dialéctico para la acción (p. 26).

1 Cf. L. Cervantes-O., “El pensamiento de Calvino”, en Magacín, de Protestante Digital, 1 de octubre de 2006, recogido completo en Idem, Un Calvinolatinoamericano para el siglo XXI. Notas personales. México, Centro Basilea-CUPSA-El Faro-Federación de Iglesias Protestantes Suizas, 2010, pp. 151-163.

Fuente: Protestantedigital, 2015.

jueves, 16 de julio de 2015

Lutero según Lucien Febvre: un destino reformador alemán desde una mirada francesa



Por. Leopoldo Cervantes-Ortiz, México.
Se acercan vertiginosamente las celebraciones por los 500 años de la Reforma Protestante, y luterana en particular, en 2017. Proliferan por doquier, los preparativos académicos y eclesiásticos para conmemorar esa fecha tan importante para la historia de Occidente y de la cristiandad. Las múltiples interpretaciones de los sucesos se actualizarán y debatirán apasionadamente durante estos años y se vislumbran nuevas perspectivas de análisis que cuestionarán de raíz mucho de lo discutido en estos casi cinco siglos de controversia. La figura de Martín Lutero estará muy visible y su legado, una vez más, será revisado por defensores y detractores por igual. Buena parte de ellos se ocupará de establecer distinciones históricas, ideológicas, culturales y religiosas a fin de llegar a algunas conclusiones parciales. Uno de los temas álgidos es el que tiene que ver con el papel desempeñado por el reformador como parte del proceso de surgimiento de un rostro diferente para el cristianismo ante las puertas de la tan traída y llevada modernidad.
¿Qué hemos de celebrar, entonces, la emergencia de una experiencia personal de cambio espiritual o la instalación de un nuevo régimen eclesiástico en el continente cristiano dividido y desgarrado por las corrientes teológicas que buscaban airear la vida de fe de las personas y comunidades? ¿O, acaso, como siempre se ha dicho, seguiremos enfrascados en discusiones inútiles sobre la superioridad de una u otra manera de entender la fe y la doctrina? Quien escribe estas líneas ha comenzado ya un periplo que abarca una antología de textos alusivos a Lutero, así como la traducción de algunos ensayos que analizan su huella. Para comenzar una nueva serie de artículos, se rescata el presente, redactado en 2001, ahora con algunas modificaciones, dedicado a una de las mejores biografías existentes.
o juzgamos a Lutero. ¿Qué Lutero, además, y según qué código? ¿El nuestro?, ¿o el de la Alemania contemporánea? Prolongamos sencillamente, hasta los extremos confines de un tiempo presente que estamos mal preparados para apreciar con sangre fría, la curva sinuosa, y que se bifurca, de un destino póstumo.[1]
Biografía de la Reforma Protestante: el caso de Lucien Febvre 1.
1. La biografía de Lutero en el contexto de la Reforma
Acometer la biografía del Reformador por antonomasia, cuyo nombre es sinónimo, para algunos, de rebelión, de protesta, plenamente justificadas, y para otros, el extremismo, la pasión insana por el cisma, es un gran doble riesgo. Primero, como en cualquier biografía, porque la reconstrucción de una vida lejana en el tiempo implica sumergirse en el cúmulo de las interpretaciones previas acerca del ambiente y de las mentalidades de su época, y segundo, porque biografiar la Reforma Protestante, sobre todo si se es historiador, implica tomar un partido, no sólo metodológico, en cuanto a la relación entre la macro y la microhistoria, sino también en cuanto a la postura religiosa o ideológica propia. Me atrevería a decir que existen pocos personajes famosos tan vilipendiados como Lutero (o Calvino, dentro de los grandes nombres de la Reforma), a causa de las biografías tan tendenciosas de las que han sido objeto, pergeñadas por autores católicos que sienten la obligación de demostrar que su influencia ha sido perniciosa. Hay que decir, también, que muchos de los biógrafos protestantes han incurrido en excesos que no le hacen ningún favor, ni al personaje, ni a la realidad, por su interés panegirista a ultranza.
La Reforma Protestante es uno de esos episodios de la historia universal que partieron en dos las circunstancias en las cuales se dio como fenómeno, como realidad. Esto es algo que nadie discute, pero a la hora de exponer los cruces de caminos entre los grandes sucesos históricos, sujetos continuamente a análisis, y las vidas personales, irrepetibles, de todos quienes fueron contemporáneos de dichos sucesos, pero, sobre todo, de quienes fueron protagonistas directos de los mismos, afloran una serie de mitos, preconceptos y deformaciones. Mitos, porque las figuras y personalidades originales, se desfiguran para servir de tiempo completo a la causa que los ha hecho famosos; preconceptos, porque entran, sin más, a la categoría de personajes predestinados a cumplir la función que el gran suceso les ha asignado; y deformaciones, porque sus vidas reales, auténticas, se vuelven prácticamente inaccesibles por lo sepultadas que quedan bajo la montaña de dogmas, orgullos, estructuras e intereses creados alrededor de los sucesos convertidos en instituciones o monumentos.
Al decir esto, no trato de ubicar la biografía de Martín Lutero que el historiador francés Lucien Febvre publicó en 1927, dentro del conjunto de intentos de desmitificación que periódicamente vemos a nuestro alrededor. Lo que pretendo señalar es cómo resulta imprescindible conocer exhaustivamente los marcos históricos que ayuden a explicar el surgimiento de un personaje. Ésa fue una de las razones que llevaron al libro de Febvre, a quien conocía ya como un atento investigador de los sucesos relacionados con las reformas religiosas del siglo xvi en Europa. Mi primer contacto con él fue Una puntualización. Esbozo de un retrato de Juan Calvino, recogido en un libro de ensayos acerca de Erasmo, la Contrarreforma y el mundo moderno,[2] en donde ensaya una semblanza del reformador francés con peculiar perspicacia. En dicho libro, Febvre, como buen francés, trata, en tres trabajos, de puntualizar algunos aspectos mal conocidos (y entendidos) acerca de la Reforma en su país, oscurecida por lo sucedido en Alemania y en Suiza, pero que para Febvre fue un episodio relevante, entre otras cosas porque el propio Calvino nació en Francia. Para tal fin, en su esbozo, no sigue a Calvino hasta Ginebra, sino que se concentra en el tiempo que pasó en Estrasburgo, años fundamentales para su formación y consolidación como dirigente eclesiástico.
2. ¿Cuestión de idiosincracias?
En esa misma línea, es seductora la posibilidad de leer cómo un francés acometía la biografía del reformador alemán, sobre todo por la clásica oposición de caracteres, tiempos y circunstancias, tan repetida por la historiografía: Lutero, el pobre sajón, apasionado, violento, arrebatado, fundador del movimiento y cabeza de una rebelión incontenible; Calvino, el frío, el cerebral, quien sólo vino a consolidar una obra ya iniciada. El propio Febvre anota algo al respecto, refiriéndose al estilo de ambos:
Idiosincrasia alemana: amontonamiento, acumulación, minucia; Alberto Durero y la liebre del Albertina. Todos los pelos del animal descritos minuciosamente, uno por uno (se podrían contar), con una especie de candor y de ingenuidad en su aplicación que es imposible ponerse frente a esta asombrosa obra maestra sin conmoverse profundamente. Y digo Durero. Pero aun artistas menores: un Hans Baldung, pongamos, un Schongauer antes que éste. Y, digámoslo también, en nuestro terreno de hoy, un Lutero. Idiosincrasia francesa: eliminación, esclarecimiento, elección. No busquemos más, repitámoslo: Juan Calvino.[3]
Ya en la biografía de Lutero, Febvre no deja de incluir, con relativa frecuencia, las observaciones sobre la idiosincrasia alemana, junto a eso sí— la minuciosa descripción del ambiente, de las mentalidades y de la situación específica. No obstante, hay un momento en el que se detiene y lo dice expresamente, refiriéndose al énfasis que puede guiar a un historiador u observador de lo que pasaba en Alemania: Sí, ironizar es fácil. Pero el francés que ha nacido malicioso, o el anti-luterano que se mofa, ¿son buenos guías para comprender a un Lutero, y a través de él la Reforma alemana, y más lejos aún a través de él, uno de los aspectos más impresionantes del germanismo en la historia? (226). Justamente, la irrupción del germanismo en un momento tan crucial en la historia de Europa, se le presenta a Febvre para colocar, rigurosamente, la vida de Martín Lutero, no tanto al servicio de dicho movimiento ligado al elemento racial-nacionalista, sino como la posibilidad de llevar a cabo un corte transversal, diacrónico, en la marcha de dicho movimiento, para encontrarse con una vida específica, personal, irrepetible: la de un monje agustino que poco a poco va saliendo del anonimato para verse a sí mismo, muchas veces a su pesar, al frente de un gran movimiento de renovación eclesiástica, con consecuencias políticas y sociales inimaginables. El hombre alemán de la fecha clave, 1517, para cuyo surgimiento contribuirá sustancialmente (94), será su colaborador anónimo cuando el movimiento sea visto como la irrupción del nacionalismo germano contra las imposiciones transnacionales del papado de la época. Febvre siempre será un francés muy atento a los riesgos de la explosión de la veta nacionalista en la lucha de Lutero, pero restringirá la conciencia de dicho impulso en la mente de un Lutero dominado por las preocupaciones religiosas. Sin embargo, el historiador-biógrafo, al poner su atención en este hecho, logra exponer la forma en que Lutero ya desde su época fue tomado como estandarte de nacionalistas como Hutten, quien sin ambages se dirigió a él, diciéndole cosas tales como: En cuanto a mí, Martín, acostumbro a menudo a llamarte Padre de la Patria. Y eres digno de que te erijan una estatua de oro, digno de que te consagren una fiesta diaria, tú que has osado el primero hacerte el vengador de un pueblo alimentado de criminales errores (131). Con singular habilidad, Febvre logra aislar este tipo de excesos de las metas que conscientemente alimentaba Lutero, y con ello logra superar los lugares comunes que explican a Lutero como un efluvio incontrolable de la naturaleza germánica que sólo buscaba venganza por los oprobios recibidos. Con todo, Febvre no deja de introducir elementos que apoyarían la idea del aparente revanchismo alemán de la época de Lutero, interiorizado por él y expresado de la siguiente manera: Es ist khein vercahter Nation denn die Deutsch! ¡No hay ninguna nación más despreciada que la alemana! Italia nos llama bestias; Francia e Inglaterra se burlan de nosotros; todos los demás también (104).
La Reforma en Alemania, mostrará ampliamente Febvre, surge del alma de Lutero, quien contagió a sus paisanos y contemporáneos de la pasión que lo movió, y pudo darle cauce a la protesta que se venía gestando en los corazones de los cristianos europeos desde varios siglos atrás. Asimismo, demuestra que no es lo mismo historiar que biografiar la Reforma, puesto que antes y después de él, muchos historiadores pasan de un plumazo por la personalidad y los conflictos interiores de Lutero, dándolos por entendidos, atribuyéndoles todo o despreciándolos porque, supuestamente, la marcha de los acontecimientos es tan inevitable que no obliga a detenerse en la persona de sus protagonistas, simples peones al servicio de la Historia, con mayúscula. Sin caer en el error contrario, Febvre acompaña a su personaje y nos deja una lección de rigor que consigue colocarse por encima de la filiación personal, de las simpatías del historiador y de los vaivenes interpretativos, siempre cambiantes. De modo que, viniendo de un francés, esta biografía tiene un valor doble: primero, porque es testimonio del esfuerzo de alguien que trató de comprender dos de las vertientes fundamentales de la Reforma Protestante, la calvinista y la luterana, y segundo, porque se atreve a traspasar los límites del idioma y de la nacionalidad, aplicando el rigor propio de la perspectiva historiográfica al tema de estudio. Ambas virtudes hacen que la lectura del libro sea un auténtico paseo por la historia de un siglo, el xvi, tan convulsionado por sucesos que transformaron radicalmente la visión del mundo que se tenía hasta ese momento, de un país, Alemania, y de una persona, Lutero, que requieren, todos ellos, una revisión amplia, dados los malos entendidos de que han sido objeto.
Construir la vida de Lutero: los primeros tiempos
1. Algunos aspectos metodológicos
Aunque este punto podría identificarse casi por completo con una indagación acerca de la metodología que utiliza Febvre para construir la vida de su personaje, y sin dejar de incluir elementos estrictamente metodológicos que expresamente aparecen a lo largo del libro, lo que se pretende, más bien, es destacar la manera en que el biógrafo se ubica ante un monumento histórico visitado muchas veces y de distintas maneras, y que ha sido institucionalizado por un organismo religioso oficial, de carácter nacional, y por toda una tradición religiosa repartida en varios países. Con el paso de los años y de los correspondientes debates dogmáticos, dicha tradición se ha transformado en algo muy diferente a lo que su fundador hubiera imaginado, aspecto que el biógrafo no descuida y al que le dedica toda una sección, la final del libro (Luterismo y luteranismo (255-263). Dos cosas saltan a la vista: la renuncia a la minucia biográfica, al lado de la voluntad de asumir el destino reformador de Lutero como principio. A cada paso de la vida de Lutero, y sobre todo en aquellos aspectos que se han vuelto lugares comunes, Febvre se deslinda de la obsesión por contar el detalle con minuciosidad y casi morbo. Calificando su libro no como una biografía, sino como un juicio, Febvre puntualiza claramente cuál es su intención:
Dibujar la curva de un destino que fue sencillo pero trágico; situar con precisión los pocos puntos verdaderamente importantes por los que pasó; mostrar cómo, bajo la presión de qué circunstancias, su impulso primero tuvo que amortiguarse y su trazo primitivo desviarse; plantear así, a propósito de un hombre de una singular vitalidad, el problema de las relaciones del individuo con la colectividad, de la iniciativa personal con la necesidad social, que es, tal vez, el problema capital de la historia: tal ha sido nuestro intento (9).
Así, la soberbia del historiador se somete ante las características de la empresa que tiene por delante: biografiar en la vida de un hombre clave, un episodio fundamental de la historia de Occidente, de Europa y de Alemania, amén de la historia de la Iglesia. En este punto es donde Febvre polemizar con los autores que le han precedido, especialmente con aquellos que chocan frontalmente con su objetivo. En las palabras que preceden a la segunda edición de la obra (1944, ¡en plena guerra mundial!), Febvre da cuenta de lo sucedido en 1933: al celebrarse los 450 años del natalicio de Lutero, la propaganda alemana habló del surgimiento de un nuevo Lutero, inaccesible para los franceses, los extranjeros. El biógrafo reacciona: Un Lutero tal, que deberíamos considerar sin validez casi toda la literatura que fue consagrada antes de 1933 al Reformador. Un Lutero en el que se quiere que veamos no a una personalidad religiosa sino, esencialmente, una personalidad política cuyo estudio imparcial estaría calificado para comunicarnos una comprensión nueva de la verdadera naturaleza del pueblo alemán (14).
Lutero ahora era objeto de manipulación por parte del nazismo. Otro biógrafo, cuyo nombre no menciona Febvre, plegándose a la línea sociopolítica de interpretación de los hechos, dominada por el ambiente político de la época, llega a decir que las cuestiones que planteaba la historia de aquel que era llamado antes el Reformador, no pertenecían, por inesperada que esta afirmación pueda parecer, al dominio religioso, sino al dominio social, político, incluso económico’”.
Y añadía, agrega Febvre, que la doctrina misma es lo menos interesante que hay en la historia de Lutero y del luteranismo y que es infantil (Idem). Contra estas afirmaciones, Febvre va a apuntar una observación que le va a guiar durante todo el desarrollo de su libro: la doctrina de Lutero reviste tal interés, que es imprescindible para una justa comprensión de la psicología colectiva y de las reacciones colectivas de un pueblo, el pueblo alemán, y de una época, la de Lutero, a la que siguieron muchas otras: todas ellas teñidas igualmente de luteranismo (Idem). Este enfoque, el de la importancia de la doctrina de Lutero, es de crucial relevancia para Febvre, pues en la biografía se va conformando de acuerdo, en gran medida, con las experiencias del ex-monje agustino. No se trata de una relación mecánica, pero en la personalidad de Lutero aparecen muchas claves para comprender su pensamiento.

Fuente: Protestantedigital, 2015.