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martes, 29 de noviembre de 2016

Apocalipsis, contexto histórico: conclusión



Por. Juan Stam, Costa Rica
Como preso y como pastor de siete congregaciones amenazadas por el imperio, a Juan no le convenía inmiscuirse en temas que no afectaban directamente a la iglesia, como por ejemplo el militarismo o los precios de los granos básicos.
Pero como profeta, no pudo callarse.
De la misma manera en que levantó la voz por todas las víctimas de la violencia, sean cristianas o no (18:24), también pronunció su palabra profética sobre los graves problemas sociales de su tiempo.
Juan vivía con el corazón en el cielo y los pies bien puestos en la tierra.
Tuvo visiones de Dios, y muchas, pero también tuvo una visión muy realista de las crudas realidades del imperio romano.
En el cielo oyó el cántico de millones de ángeles (5:11-12), pero en la tierra, donde vivía, escuchaba con compasión el clamor de los hambrientos y empobrecidos (6:3-6).
Realizó su misión profética entre dos tronos, uno que estaba en Roma y el otro en el cielo, establecido y firme por los siglos de los siglos.
Su clara visión del trono eterno transformó su visión del trono imperial.
¡Que Dios nos ayude a seguir el valiente ejemplo de este héroe de la fe!

Fuente: Protestantedigital, 2016

sábado, 5 de noviembre de 2016

La ramera, su fornicación y borrachera



Por Juan Stam, Costa Rica
El simbolismo del relato de la ramera (Ap 17-18) plantea unas preguntas un poco curiosas: ¿Cómo pudieron los reyes de la tierra fornicar con una ciudad (Babilonia, la ramera; 17:2,18)? ¿Qué significa que las naciones "bebieron el excitante vino de su adulterio" y se emborracharon (18:3)?
Pablo Richard (1994:159) señala la relación de las palabras pornê (prostituta), porneia (prostitución), y porneuô (prostituirse) con el verbo extra-bíblico de pernêmi, vender, venderse.
Richard percibe esa misma connotación comercial en este texto: los reyes se prostituyen en Roma, donde se venden por una cuota de poder y riqueza. Como comenta Pikaza (1999:191), Roma era "un mundo que se vuelve compra-venta" de vidas y almas, poder y riqueza.
En el AT, especialmente en los escritos proféticos, el adulterio (o fornicación) y la prostitución fueron símbolos muy comunes para diversas formas de desobediencia y pecado, mayormente de Israel pero también de otras naciones.
La frecuente idolatría de Israel se describía como adulterio, por ser infidelidad a su pacto con Dios, entendido como un matrimonio (Dt 31:16; Is 57:3-13; Jer 5:7; Ezq 43:7,9 y algunos otros pasajes).
En dos casos los profetas acusan a otras naciones de prostitución. Isaías, después de denunciar a Tiro larga y vehementemente por su explotación comercial de otros países, lo tilda de ramera (23:17-18).[20]
En los mismos términos, Nahum denuncia a Nínive, capital del poderoso imperio asirio, como "ciudad sedienta de sangre... insaciable en su rapiña (3:1), "esa ramera de encantos zalameros, esa maestra de la seducción" (3:4). Nahum condena también el comercio de Nínive ("Aumentaste tus mercaderes más que las estrellas del cielo", 3:16) y a sus dignatarios y oficiales (3:17).
Franz Delitzsch describe la "prostitución" que menciona Isa 23:17-18 como "actividad comercial" que "con miras sólo a la ganancia material, no reconoce ningún límite divinamente establecido, sino realiza un tráfico promiscuo con todo el mundo, como una prostitución del alma".[21]
Swete también lo comenta en este sentido: "Aunque la acusación de ‘fornicación’ podría justificarse ampliamente por las condiciones morales de Roma bajo el imperio, es probable que se refiere principalmente a la total venalidad de la capital, que estaba dispuesta en cualquier momento a vender cuerpo y alma por un buen precio" (1951:184).
Puesto que el énfasis central de Apoc 18 es fuertemente comercial y económico, parece que la "fornicación" de 17:2 y 18:3 se refiere particularmente al espíritu mercantil de la capital imperial.
Peor aún, Roma ha exportado su corrupción y su consumismo a todo el imperio, haciéndoles a las naciones beber del vino de su pasión impura (14:8 griego; Swete) y embriagándolos con el influjo intoxicante de su lujo, su vicio y su idolatría (17:3).
Roma estaba ebria con la euforia de su riqueza y su poderío (18:7) y seducía y emborrachaba a las naciones con el mismo espíritu.[22]
El desarrollo posterior de este texto demuestra claramente que la prostitución y la borrachera de la ramera consistía en la seducción embriagante de sus lujos: "ella se entregó a la vanagloria y al arrogante lujo" (18:7) y "los reyes de la tierra cometieron adulterio con ella y compartieron su lujo" (18:9).
Fue mediante este comercio internacional de lujos ("frutos codiciados, cosas suntuosas y espléndidas", 18:14) que "sus comerciantes eran los magnates de la tierra" (18:23; cf. 18:3,15). Era una especie de "lujolatría" muy parecida al consumismo desenfrenado de nuestro tiempo.
EL LAMENTO DE LOS COMERCIANTES
Lo más explícitamente económico de todo el libro del Apocalipsis es la endecha de los comerciantes (18:11-17) y de los transportistas marítimos (18:17-19) por la destrucción de Babilonia.
Junto con los reyes aliados, que lloran la pérdida de su poder político (18:9-10), los comerciantes internacionales del imperio lamentan a gritos la pérdida de la gran fuente de su fortuna.El pasaje es largo, sumamente detallado y específico, y con fuerza abrumadora denuncia el comercialismo y la lujolatría del Imperio Romano. Juan reproduce, como si fuera el "registro de cargamento" de un barco, la lista de casi 30 productos del más exquisito lujo. Tanto detalle hace sospechar que Juan frecuentaba los muelles de Éfeso para conversar con los marineros.
Ezequiel, en un pasaje muy parecido que sin duda le inspiró a Juan, desglosa una lista aún más larga de los productos del comercio de Tiro (Ezq 27:3-36; ¡51 productos!). Lo sorprendente es que las dos listas son distintas, porque cada una corresponde al comercio de su momento histórico. De la lista de Ezequiel, Apocalipsis omite unos 25 productos, entre ellos ciertas maderas (pinos, encinas, cipreses); algunos bordados y telas; tres metales (hierro, estaño, plomo); ébano, topacio, corales, rubíes; mulas y chivos. La lista del Apocalipsis añade unos diez productos: perlas, seda, escarlata, mármol, mirra, harina refinada, carruajes y esclavos.
Estos productos procedían de todo el mundo conocido, desde Inglaterra hasta la China; llegaban a Roma comerciantes y embajadas aun de los pueblos orientales.Augusto había organizado muy bien la patrulla marina que controlaba la piratería, haciendo posible el constante movimiento comercial.Plinio informa que una flota de más de 100 barcos viajaba constantemente al Mar Rojo y a la India (Hist.Nat. 12.41).El tráfico marítimo entre Alejandría y Roma, con duración de unos 10 días, era especialmente nutrido.Un eficiente sistema bancario y crediticio, y la unidad monetaria del imperio, facilitaban mucho ese gran comercio.
DATOS DE LA MAGNITUD DE ESTE COMERCIO.
Según Plinio (Hist.Nat. 12,41,2), cada año el imperio gastaba cien millones de sestercios[23] en perlas de Arabia, India y China. Se practicaba la minería en España, Bretaña, y al norte del Danubio; las minas generalmente pertenecían al estado, y los mineros eran en su mayoría esclavos.
El lino venía de Egipto, la púrpura de Fenicia (extractada por un proceso sumamente laborioso y costoso), y la seda de China. La "madera olorosa" (citum, o tuya), traída desde Argelia, se utilizaba en muebles lujosos, que a veces tenían un precio equivalente a un latifundio de 122 hectáreas por una sola mesa (Plino, Hist.Nat. 13,20,30). El cinamomo de China valía unos 300 denarios por libra, y el amomo de India y otros lugares costaba unos 60 denarios por libra. También venían coches, a veces adornados con plata.
Llama poderosamente la atención que tanto la lista de Ezequiel como la de Juan corresponde detalladamente a su contexto, a los productos de lujo que de hecho se transportaban en su época. En el año 95 d.C. la lista no pudo ser igual que la de Ezequiel en el año 600 a.C.Por supuesto, sería muy diferente una lista de productos de lujo de nuestro siglo XXI (automóviles Mercedes Benz, relojes Rolex, televisoras, microondas, computadoras).
Tampoco es posible espiritualizar los productos, para interpretarlos simbólicamente. Estos hechos muestran a las claras que Juan estaba pensando económicamente, con mucho conocimiento del tema, y que también aquí, casi llegando a finales de su libro, Juan sigue pensando en el imperio romano.
NOTAS AL PIE
[20] Ezequiel tiene denuncias parecidas contra Tiro (Ezq 26-29) con énfasis en su injusto enriquecimiento por medio del comercio marítimo. En contraste con Israel, que tenía poco acceso a las costas mediterráneas, Tiro era un puerto importante y lucrativo. "Sus comerciantes eran príncipes, y sus negociantes reconocidos en la tierra" (Is 23:8).
[21] Isaiah (Edinburgo: T&T Clark, 1867), Vol.1, pp.412ss.
[22] Es posible que la "hechicería" de 18.23 se refiera a este contagioso espíritu mercantilista. Swete (p.241) la interpreta como la seducción de la lujuria romana, "la brujería del vicio alegre y lujoso".Cf. Nah.3:1-4; Isa. 47:7-9.Pero el término puede indicar también la dimensión demoníaca del imperialismo romano: "Roma coqueteó con los poderes malignos para corromper al mundo entero", Barclayop.cit. (n.5), p.416; cf.cap. 13, y 18:2.Si 18:24 va unido con 18:23, señala el precio sangriento del imperialismo; cf.Ezeq 24:6-8,13.La motivación del culto al emperador, y la consiguiente persecución, no fue de ninguna manera sólo religiosa, sino más bien política, económica e imperialista.
[23] El sestercio valía un cuarto de denario.

Fuente: Protestantedigital, 2016

lunes, 24 de octubre de 2016

La marca de la bestia

Por. Juan Stam, Costa Rica
Al fin del capítulo 12 el dragón es arrojado del cielo, y en el capítulo 13 moviliza todas sus fuerzas para su encarnizada lucha contra la descendencia de la mujer.
El capítulo 13 es una descripción del poder político (13:1-10), poder ideológico (13:11-15) y el poder económico (13:16-18) del satánico imperio. Sorprende un tanto que el capítulo 13 termine precisamente con la opresión económica, como su punto culminante.
Sorprende también que la horrenda "marca de la Bestia", que planteaba una opción de vida y muerte para los cristianos, tenga en su contexto un solo punto de referencia, de carácter económico: el poder comprar y vender. [17]
La función de la marca es una sola, el controlar en forma total la vida económica de todos, de la cual depende la existencia misma de cada uno. Representa un boicoteo de los negocios y el control del empleo de los que no se afilian a la Bestia. Significa la deshumanización y la muerte lenta, mediante las fatales sanciones económicas, que se aplican en servicio de un sistema injusto, discriminatorio, que es a la vez sacralizado y diabólico. Aplasta al no-conformista y al des-adaptado, que no lleva las "marcas" del sistema opresor.
El imperio romano nunca practicó este tipo de bloqueo ideológico discriminatorio para estrangular económicamente al sector de la población que discrepaba de su sistema.[18] Tampoco aparece nada parecido en otros escritos apocalípticos. Ese hecho revela la originalidad de Juan y su marcada concentración en los temas económicos. Muy lamentablemente, desde el siglo pasado se ha comenzado a aplicar este tipo de bloqueo económico discriminatorio sólo por el delito de no estar de acuerdo con la ideología oficial de determinado país.  
NOTAS AL PIE
[17] En todos los pasajes, la marca va yuxtapuesta con la adoración a la Bestia: 13:15-18; 14:9,11; 16:2; 19:20; 20:4.Pero la única función operativa que se asigna a la "marca" es la de la sanción comercial. Lo económico va inseparablemente vinculado con lo religioso y lo ideológico.A la vez, la conformidad o inconformidad con el sistema económico viene a ser una prueba de los que adoran o no a la Bestia.
[18] Este tipo de embargo no es lo mismo que el estado de sitio, como una táctica militar contra toda una población enemiga sin ser ideológicamente discriminatoria.


Fuente: Protestantedigital, 2016

martes, 11 de octubre de 2016

Trasfondo social y político de Apocalipsis (II)



Por. Carlos Martínez García, México
El libro de Apocalipsis refleja el trasfondo de la persecución contra el pueblo cristiano. No fue prohijado en la etapa persecutoria más dura, sin embargo Juan de Patmos deja entrever que los cristianos y cristianas que solamente están dando su lealtad a Cristo van a sufrir ostracismo y, en algunos casos, pagar con la vida por no rendirse ante el César en turno y sus símbolos.
El libro de Nelson Kraybill (Apocalipsis y lealtad: culto, política y devoción en el libro de Apocalipsis), cuyo comentario iniciamos la semana pasada, acota que Juan posiblemente estaba exiliado en la Isla de Patmos como consecuencia de “haber proclamado la palabra de Dios y por haber dado testimonio de Jesús” (Apocalipsis 1:9, La Palabra). Habría sido enviado por negarse a reconocer la supremacía imperial y no venerar al emperador romano Domiciano.
Juan, al presentarse como hermano (1:9), estaba recordando a los destinatarios originales que en situaciones de orfandad y desamparo en que dejaban las familias o grupos sociales a los cristianos por ir a contracorriente de los convencionalismos sociales, políticos y religiosos, anota Kraybill, eran parte de un entramado afectivo y solidario que les protegería: “Los súbditos romanos a veces se desatendían de los miembros de la familia que adoptaban el cristianismo, y los creyentes podían perder su puesto de trabajo por su fe. Era una necesidad práctica que los seguidores de Jesús funcionasen como hermanas y hermanos entre sí. El propio Jesús, cuando le preguntaron acerca de su familia, pareció restar importancia a la sangre y hallar su parentesco más estrecho con aquellos que compartían su pasión por la obediencia a Dios (Marcos 3:31-35)”.
En cuanto al imaginario que recorre el Apocalipsis, el autor de la obra que estamos glosando observa que Juan manejaba el hebreo y conocía bien el Antiguo Testamento. De éste libro no hay en el Apocalipsis citas directas, pero Juan refiere a su contenido más de cuatrocientas ocasiones. Ante esto es ineludible saber el significado veterotestamentario original de lo evocado por Juan y las transposiciones que hace en el último libro de la Biblia que para sus lectores originales tenían cargas de sentido muy específicas.
La escritura de Juan fue situada, es decir realizada desde un contexto social, político, religioso, intelectual y emocional que no podemos, ni debemos, desconocer. En consecuencia, Nelson Kraybill nos invita a que nos acerquemos al Apocalipsis de Juan leyéndolo holísticamente, con todo el ser, porque: “Está escrito para oírlo leer, pero el drama que cuenta involucra los cinco sentidos tradicionales. Juan ve chispazos de relámpagos, oye el sonido de muchas aguas, adora a Dios en medio de una nube de incienso, siente la cercanía de un calor abrasador y se come un rollo de escritura que sabe a miel. El Apocalipsis es un drama de inmersión total, pensado para experimentar, más que para analizar. Sigue teniendo interés hoy para nosotros leer el libro en voz alta, de vez en cuando entero de corrido, sin parar. Tenemos que poder sentir cómo fluye, absorber la agonía y el júbilo, tomar nota de los periodos de silencio, oler el incienso, postrarnos en adoración”.
Una herramienta a la que recurre Kraybill para desentrañar el significado de las imágenes del Apocalipsis es la semiótica, disciplina que estudia cómo funcionan los signos en las sociedades. Hay signos universales, pero es un craso error transportar el significado de un cierto signo usado en una determinada época y cultura humana hacia otra época y sitio, pretendiendo que va a significar lo mismo que en su contexto original.
En el Apocalipsis hay íconos, indicadores y símbolos. Los primeros “son signos que comunican por tener un parecido reconocible al objeto o la idea que representan”. Kraybill ejemplifica, para que comprendamos lo que es un ícono, con la ilustración de un bote de basura (papelera de reciclaje) que aparece en la pantalla de la computadora/ordenador donde podemos deshacernos de documentos que deseamos desechar. También es un ícono la línea sinuosa de una señal de tráfico, advierte de varias curvas en el tramo vial/carretero de más adelante.
En cuanto a los indicadores, éstos son señales que comunican porque se ven afectados o cambiados por el propio fenómeno que indican. Por ejemplo: “La veleta cambia materialmente de dirección según de donde sopla el viento; las manchas de sangre en el lugar de un crimen dan evidencia de lo que sucedió. Tanto el cambio de dirección de la veleta como las manchas de sangre vienen causadas por las circunstancias sobre las que comunican”.
Respecto a los símbolos, los elementos más problemáticos en la lectura del Apocalipsis, su construcción cultural les convierte en señales que “comunican sencillamente porque los que los usan en un grupo o una cultura determinada, han acordado que tengan ese significado arbitrario”. En algún momento alguien decidió que la luz roja de los semáforos signifique alto, y la luz verde continuar avanzando. Entre los cristianos primitivos el símbolo del pez funcionó como clave para reconocerse entre ellos. 
Por deshistorizar los símbolos que aparecen en el Apocalipsis, su lectura ha llevado a temeridades hermenéuticas de consecuencias trágicas. Es por ello que Kraybill nos provee de ciertas preguntas que debemos tener presentes en el acercamiento a este libro: “Son los símbolos del Apocalipsis lo que más se presta a despistar al lector moderno. Por cuanto nuestra cultura dista de la del mundo de la antigüedad donde esos símbolos tenían su significado concreto. Para descubrir el mensaje de la visión de Juan, tendremos que preguntar qué simbolizaban esos símbolos en el siglo I. ¿Tiene el símbolo algún antecedente en el Antiguo Testamento? ¿En el pensamiento judío o pagano de la propia época de Juan? ¿En las prácticas del Imperio Romano, como el culto al emperador? Si no hiciéramos esas preguntas, sería fácil atribuir a los símbolos que emplea Juan un significado que difiere de su mensaje”.

Fuente: Protestantedigital, 2016