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viernes, 25 de marzo de 2016

¿Por quién pidió perdón Cristo en la cruz?



Por. Juan Stam, Costa Rica
"Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen" Lucas 23:24
 ¿Quiénes eran los que crucificaron a Jesús sin saber lo que hacían? ¿A quiénes se refería Jesús con estas palabras?
¿Los soldados romanos, que ejecutaron la sentencia?
¿Las autoridades imperiales que decretaron la sentencia?
¿La turba judía que gritaba por la muerte de Jesús?
¿Los líderes judíos (escribas, fariseos, ancianos) que tramaron todo el complot?
(1) Para las tropas romanas, la crucifixión de Jesús era otra operación militar más, ignorando el mega-drama en que la historia los había involucrado. Obviamente ignoraban el significado espiritual y eterno de la muerte de su víctima. Es muy posible que Cristo los incluyera entre los que "no saben lo que hacen". Uno de ellos reconoció después que Jesús era Hijo de Dios (Mr 15:39).
(2) Tanto Pilato como Herodes dan testimonio de la inocencia de Jesús. Vieron la situación como problema político y se sometieron a los gritos de las masas. De ellos también se podría decir que "no saben lo que hacen".
(3) La presión masiva de una "turba" fue decisiva para el resultado de este proceso. Fueron movilizados y manipulados por los sacerdotes (Mt 26:47,55-59; 27:17,20; Mr 15:1). Todo indica que eran ellos los que no sabían lo que hacían y que Jesús pidió al Padre perdonarlos.
(4) Según los evangelios, los líderes judíos (escribas, fariseos, ancianos) eran los autores intelectuales de todo el criminal drama, que sabían muy bien lo que estaban tramando. Desde inicios del ministerio público de Jesús, con diabólica malicia, habían buscado matarlo (Mr 3:6). Es difícil imaginar que Jesús les declarara inocentes a ellos o que tratara de minimizar su culpa.
Hasta la última semana de su vida, Jesús denunciaba categóricamente a estos líderes. Nunca ofreció perdonarlos, ni les pidió perdón por sus vehementes denuncias. Tampoco buscó reconciliarse con ellos.
Si ahora, después de su arresto, les exculpara afirmando que no saben lo que hacen, todas sus denuncias serían una injusticia y un error que condujo a su muerte. Hubiéramos esperado que lo corrigiera en vida y no desde la cruz.
La interpretación más probable de este texto es que desde su cruz Jesús pide a Dios perdonar a la multitud manipulada que, sin saber lo que hacían, clamaba por su muerte.
Que pidiera perdón por los líderes judíos es una interpretación mucho menos probable. Ellos sí sabían lo que estaban haciendo y por eso Jesús los denunciaba sin reparos hasta los últimos días de su vida y ministerio.
Con sus palabras desde la cruz Jesús no se retractó de sus denuncias con una especie de “amnistía general”, un perdón fácil y barato, sin arrepentimiento, sino que pidió perdón por aquellos que habían actuado sin entender lo que estaba sucediendo.

Fuente: Protestantedigital, 2016.

sábado, 6 de febrero de 2016

Gólgota y Misión Integral



Por. Juan Stam, Costa Rica.
La última consecuencia de la identificación de Jesús con pecadores fue, precisamente, su muerte en la cruz. "Como había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin" (Jn 13.1). Habiendo tomado forma de siervo y condición de hombre, fue "obediente hasta la muerte, y muerte de cruz" (Fil 2.8).
El Verbo Encarnado nos redimió, no por rechazarnos y condenarnos, sino por solidarizarse con nosotros. Ese fue el camino de su misión. Hecho uno con nosotros, llevó esa solidaridad hasta lo último: se dejó identificar hasta con nuestro pecado (2 Co 5.21; Gal 3.13) y nuestra muerte (Heb 2.14s).
El himno de Fil 2.5-11 nos señala el camino de la misión para Jesús y para nosotros (cf 2.5): el camino del "anonadamiento" (la kenosis) y de la cruz.
El mundo y los poderosos no pueden entender (ni algunos cristianos tampoco) que ese escándalo de la cruz es el poder y la sabiduría de Dios (1 Cor 1.18-24). Por eso, agrega Pablo, Dios no ha llamado a muchos sabios según la carne, ni poderosos, ni nobles sino lo débil de este mundo, lo vil y menospreciado, "y lo que no es, para deshacer lo que es" (1 Cor 1.25-28). Es claro que esta paradoja del anonadamiento kenótica debe seguir siendo el paradigma cristológico para la misión nuestra también hoy.
Cuando la misión de la iglesia degenera en una búsqueda de poder o prestigio en medio de la sociedad, o cuando privilegia a los ricos y poderosos para dirigirse con preferencia a ellos (Stg 2.1-7), cae en contradicción flagrante con el modelo del Crucificado.
Cuando hace del "éxito" la summum bonum de su escala de valores y la meta de sus esfuerzos, ha traicionado a su misión en el preciso momento de creer cumplirla. La iglesia del Crucificado no está llamada a ser la "Iglesia gran Señora", rica y poderosa, sino la "Iglesia Sierva", que sigue los pasos de su Maestro, el Señor que se dignó volverse Siervo Sufriente (Fil 2.7). La misión de la iglesia tiene carácter kenótico.
Muchas veces la iglesia cae en el mismo error fatal (satánico) de Pedro. Pedro confesó con gran claridad, y quizá con algo de triunfalismo, que Jesús era el Cristo, el Hijo del Dios viviente (Mat 16.16). Pero cuando el Señor en seguida anunció su crucifixión, Pedro se atrevió a darle algunos "consejos", para que la cruz no tocara al Mesías, ni mucho menos a Pedro mismo y los demás discípulos (16.22).
Pedro quería tener a un Cristo Salvador y vencedor, pero no crucificado; le atraía el evangelio de la gracia barata y las ofertas. En su respuesta, Cristo impuso esa cruz que Pedro repudiaba no sólo sobre sus propios hombros sino sobre los hombros de Pedro mismo y de todo verdadero discípulo del Señor (16.24s).
La misión a la manera de Jesús significa para el discípulo negarse a sí mismo y andar con Cristo gozosamente el camino hacia el Calvario. Misión conforme a Jesús significa vivir en discipulado radical e integral e invitar a otros a seguir al Crucificado de la misma manera.
El relato de los dos testigos en Apoc 11 nos ilustra esta verdad en forma dramática. Mientras ellos soplaban fuego y realizaban toda clase de portentos (11.5s: la "iglesia de poder"), sólo lograban enfurecer a los impíos (11.10). Pero cuando murieron con Cristo y resucitaron con él, muchos glorificaron a Dios (11.13). Los dos testigos experimentaron en carne propia lo que fue también el gran anhelo de Pablo: "conocerle a él, y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos, llegando a ser semejante a él en su muerte" (Fil 3.10). En esas palabras el misionero más grande de la época apostólica nos enseña el significado de la cruz para nuestra misión.
René Padilla ha expresado lo mismo en palabras que a primera vista parecen paradójicas y chocantes: "La primera condición de una evangelización genuina es la crucifixión del evangelista. Sin ella el evangelio se convierte en verborragia y la evangelización en proselitismo" [1986:25].
Sólo el mensaje de la cruz nos puede salvar de caer en una evangelización egoísta, o en el "culto a la personalidad" de nuestros televangelistas. Igual que los dos testigos, la fidelidad de nuestra misión brota desde la muerte de nosotros "juntamente crucificados con Cristo" (Gal 2.20), dispuestos como los dos testigos a llevar con Cristo el escarnio y el vituperio, la burla y el aparente fracaso, para vencer con él en el poder paradójico de su resurrección.
La cruz fue para Cristo el punto final de su camino de identificación con "la gente mala": publicanos, leprosos, gentiles, y hasta "una mujer de la ciudad". Su pecado de ser "amigo de publicanos y pecadores" (Lc 15.1) lo hizo insoportable a los fariseos, y fue una de las razones principales por las cuales se empeñaron en buscar su muerte.
Hoy, también, la iglesia se encuentra tentada a asumir la actitud de los fariseos y convertir su misión en simple proselitismo elitista. Nuestro modelo tiene que ser Aquel que fue crucificado por estar tan cerca de los pecadores que la "gente buena" lo confundía con ellos como un pecador más. El ejemplo de Jesús nos desafía a hacernos amigos de los rechazados y los despreciados de nuestra sociedad, acercándonos tan atrevidamente a ellos como para ser también rechazados y despreciados como lo fue Jesús. Jesús "fue hecho pecado" para hacernos justicia de Dios en él (2 Cor 5.21).
No cabe duda que tomar en serio esta perspectiva bíblica levantará muchas inquietudes que complicarán nuestra misión. Para mencionar unos ejemplos: ¿Cómo se haría Jesús "amigo de los drogadictos" si viviera en nuestra sociedad? Otro caso: hoy las calles de San José están prácticamente "tomadas" por prostitutas, de ambos sexos y tanto hétero como homosexuales. ¿Cuál sería la actitud de Jesús hacia ellos y ellas? ¿Cómo podemos nosotros verlos a ellos, en la esquina de nuestra calle, con los ojos de Jesús? ¿Y qué de las víctimas del SIDA, sea por homosexualidad, por drogadicción o simplemente por una mala transfusión de sangre? ¿Una "pastoral del Sida" (como se ha organizado en algunos países de América Latina) pertenecería a la misión que Dios nos ha encomendado?
¿Qué significa hoy ser "amigos" de todas estas personas y muchos otros (precaristas, pandilleros, guerrilleros, y todos los rechazados)? En realidad, el ejemplo de Jesús parece muy peligroso.

Fuente: Protestantedigital, 2016.