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martes, 16 de agosto de 2016

Cuando Dios se castigó a sí mismo

Por. Alfonso Ranchal, España
A menudo he podido comprobar cómo los conceptos de pecado, ira, castigo divino y afines provocan posturas polarizadas bien sea ignorándolos o por el contrario incidiendo en ellos de una manera desproporcionada. Es innegable que, si nos centramos en Jesús, su predicación estuvo saturada de compasión, de misericordia y de esperanza. Pero, a la par, también sostuvo que aquellas personas que de alguna manera impedían y resistían este mensaje tendrían que sufrir serias consecuencias. En Jesús encontramos tanto palabras de consuelo y ánimo como de reprobación y condena.
Para el Maestro de Galilea la situación del ser humano era desesperada. Este estado era por él entendido como proveniente del pecado y apuntaba a que el mismo no se encontraba en determinada institución o estructura de gobierno sino en el mismo centro de la persona, en su corazón. De allí es que procedían los homicidios, los adulterios, la mentira y todo el mal que rodeaba y corrompía cualquier sociedad. El problema del ser humano era el propio ser humano.
El Maestro no era un idealista, por el contrario era tremendamente realista en su visión de la vida. Negar que cualquier propuesta de convivencia, de la índole que sea, finalmente se traducirá en el beneficio de unos pocos y en la explotación de otros muchos es vivir en otro planeta.
Esto, además, es tremendamente fácil de comprender ya que si se defiende el derecho de una persona automáticamente debe denunciarse a aquella otra que procura quitarle ese derecho. Jesús llamó a esta forma de actuar, del hombre para con el hombre, pecado. Es precisamente de este pecado del que vino a liberarnos.
Como quiera que se entienda lo que normalmente se ha denominado “pecado original” lo que este concepto nos quiere dar a entender es que existe algo en nuestro interior que, más tarde o más temprano, nos llevará a una acción moralmente condenable. Este acto que tuvo su origen en nuestro pensamiento provocará en otra persona un daño que en muchas ocasiones puede ser evaluable pero que, en otras tantas, es tan profundo que no existe una manera de medirlo debido a los estragos que produce. Esto en las Escrituras es considerado como una afrenta contra Dios mismo quien es en primera y última instancia el Creador de todo lo existente y, en concreto, del ser humano al que considera lo más digno de cuanto realizó con sus manos.
Ahora bien, como apuntaba al principio, los negacionistas de toda esta cosmovisión deben o bien saltarse a propósito una enorme cantidad de textos bíblicos o sencillamente explicarlos como parte de un cuerpo cultural profundamente religioso del cual participaba Jesús y del que se hacía eco sus palabras. El gran escollo de esta posición es que aquellos que dicen ser cristianos, e interpretan así la realidad escritural, dejan sin sentido y propósito precisamente la vida y mensaje de Jesús. Sin cruz y sin resurrección no existe un cristianismo auténtico.
En el otro extremo están aquellos que podríamos denominar legalistas y que de continuo están hablando de juicio, condenación, infierno e ira divina. Ellos se ven a sí mismos como los defensores de la correcta interpretación bíblica, como los auténticamente ortodoxos. Pero curiosamente, en este tema, ambos leen la Biblia de la misma forma. Se han quedado en el Antiguo Testamento con todo su sistema sacrificial de donde toman una determinada significación y llegan así al Nuevo y se la aplican.
Como consecuencia, el sacrificio de Jesús en la cruz se presenta de la siguiente forma: el Padre estaba airado contra el ser humano pecador y así es que descargó su castigo sobre Jesús. Si usamos el lenguaje jurídico se trataría del juez, Dios Padre, que dará el veredicto de condena a nuestra raza pero dicha condena es colocada sobre las espaldas de Cristo, es el reo, y así él sufre esta pena en nuestro lugar. Por supuesto se agrega que de esta manera las personas son declaradas justas o es expiado su pecado.
La imagen de un Dios que demanda sangre, la muerte para aplacar su ira, o de la un juez que exige la condena eterna de toda la humanidad se desprende de la anterior presentación. Unos la rechazan, otras la defienden, pero ambos están leyendo perfectamente bien el Antiguo Testamento pero no así el Nuevo. De hecho, se trata de una desviación interpretativa motivada por una incomprensión de lo que es la justicia en términos divinos. Así se coloca el molde humano y en vez de dejar que sea precisamente la Biblia la que nos enseñe se le impone una estructura ajena a ella.
La redención logrado por Jesús no constaba de tres partes involucradas como eran las personas por un lado, Jesús por otro y finalmente el Padre. Únicamente hay dos: Dios y el ser humano. Y esto es clave para comprender el sorprendente giro que la idea de expiación presenta el Nuevo Testamento.
Cuando decimos que Dios castigó el pecado en la cruz estamos significando que Dios se castigó a sí mismo y todos los beneficios fueron para nosotros. No es cierta la imagen del Dios Padre que descarga su ira sobre Jesús por llevar éste los pecados de la humanidad. Lo que ocurrió es que Dios descargó su ira sobre él mismo. ¿Acaso no era Jesús la encarnación de la deidad? Desde la más estricta ortodoxia, ¿es Jesús Dios o no? Es por ello que romper la deidad en un Padre airado por el pecado y un Jesús que asume esa ira es un despropósito. En la cruz Dios, en su seno, está sufrimiento toda la maldad y el desprecio de la humanidad. No es un Dios anhelante de sangre que se satisface con su propio Hijo con el derramamiento de la misma. Se trata de un Dios en profunda agonía porque entiende que el único camino es la encarnación y la pasión[1]. Getsemaní presenta a Jesús en una profunda depresión ante el destino que ve acercarse. Como ser humano está hundido anímicamente pero, ¿no es esto también una ventana abierta que nos permite acceder y comprender el estado emocional de Dios mismo?
Dice Jack V. Rozell:
“¿Sabía usted que el cristianismo es la única religión en todo el mundo que tiene un Dios que se preocupa lo suficiente para convertirse en hombre y morir de dolor y sufrimiento humano?”[2].
Toda la angustia de esta situación, Dios cargando sobre sí el pecado y su profundo desagrado por el mismo, se lleva a cabo dentro de la deidad. El ser humano únicamente recibe los beneficios y así es limpiado, aceptado, redimido.
El grito de Jesús en la cruz tiene sentido precisamente en ese estallido de dolor que procede de dentro, de su relación con Dios, esto es del Dios encarnado con el Padre celestial. Jesús es un hombre sufriente, por supuesto, pero no es un hombre abandonado, es la realidad visible de lo que estaba sucediendo en Dios mismo.
Jesús nos sustituyó y su muerte se debió a la traición, la incomprensión, los celos, la envidia… Fue él el que cargó la maldad, el dolor, la desesperación de la raza humana. Repito, en todo esto no hay tres partes, sólo dos. Así es la justicia divina, tan distinta de la nuestra. En palabras de Donald MacLeod:
“Jesús y el Padre eran uno (Juan 10:30) […] Sobre el Calvario, Yahvé condena al pecado. Lo maldice. Lo saca fuera (Hebreos 13:12). Sin embargo, de igual manera, lo soporta. Se lo imputa a Sí mismo. Recibe la paga. Se convierte en su propiciación. Se convierte en el rescate del pecador. Se convierte hasta en el abogado del pecador: Dios con nosotros. Ciertamente no podemos ignorar ni opacar la distinción entre Dios Padre y Dios Hijo. De la misma manera, sin embargo, tenemos que evitar el más grave peligro de considerar al Padre y al Hijo como seres diferentes. En último análisis, Dios expresa su amor por nosotros sin poner a otro a sufrir en nuestro lugar, sino tomando él mismo nuestro lugar. Asume todo el costo de nuestro perdón en sí mismo, extrayéndolo de sí mismo. Demanda el rescate. Provee el rescate. Se convierte en el rescate. Ese es el amor”.[3]
En la misma línea dice John Stott:
“Quienes comienzan de este modo se exponen a llegar a conclusiones seriamente distorsionadas de la expiación y de este modo desacreditan la doctrina de la sustitución. Algunos consideran que la iniciativa fue de Cristo, y otros, de Dios. En el primer caso, sostienen que Cristo intervino con el propósito de pacificar a un Dios airado y de arrebatarle una salvación entregada de mal grado. En el otro, la intervención se le atribuye a Dios, quien procede a castigar al inocente Jesús en lugar de nosotros los pecadores culpables que merecíamos el castigo.
En ambos casos se los separa a Dios y a Cristo entre sí: Cristo persuade a Dios o Dios castiga a Cristo. Lo que tienen en común estas interpretaciones es que ambas denigran al Padre. Una lo muestra reacio a sufrir él mismo y por eso elige como víctima a Cristo. La otra lo muestra reacio a perdonar, y es Cristo quien lo convence a hacerlo. Dios aparece en las dos alternativas como un ogro despiadado cuya ira tiene que ser aplacada o cuya inercia tiene que ser vencida, por medio del amoroso autosacrifico de Jesús.
Estas son interpretaciones groseras de la cruz. Sin embargo, siguen presentes en algunas de nuestras ilustraciones evangélicas.
[…]
Por lo tanto no debemos decir que Dios castigó a Jesús o que Jesús persuadió a Dios. Hacerlo equivale a contraponerlos entre sí como si hubieran actuado en forma independiente o hubiese habido algún conflicto entre ellos. No debemos convertir a Cristo en objeto del castigo de Dios o a Dios en objeto de la persuasión de Cristo. Tanto Dios como Cristo fueron sujeto y no objetos, y tomaron conjuntamente la iniciativa de salvar a los pecadores.”[4]
Ya traté en su momento todo este asunto desde otra perspectiva y que aquí sería complementaria[5]. Debido a esta idea tan errada de confrontar a Jesús y a Dios es que se llega incluso a no comprender la misma cruz de Cristo. Y es que, sin duda, es el amor de Dios encarnado en Jesús la clave para entender toda la revelación divina.
“Porque era Dios el que reconciliaba consigo al mundo en Cristo, sin tener en cuenta los pecados de los hombres…” (2 Corintios 5:19).
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[1] “Grasset, Paris 1978, nos aconseja que no hagamos de la muerte de Jesús una especie de auto-inmolación morbosa. Jesús acepta morir para denunciar la violencia que reina entre los hombres e intenta ponerle fin”. Nota 12 al pie de página en A. MARCHADOUR, Muerte y vida en la biblia (Estella, Editorial Verbo Divino, 1987) 49.
[2] JACK V. ROZELL, Asesoría Cristiana (Missouri, Global University, 2003) 300.
[3] Citado en C. J. H. WRIGHT, El Dios que no entiendo (Miami, Editorial Vida, 2010) 150.
[4] J. STOTT, La cruz de Cristo (Barcelona, Ediciones Certeza, 1996) 169-171.

Fuente: Lupaprotestante, 2016.

jueves, 14 de abril de 2016

La muerte y resurrección de Jesús, el más antiguo de los relatos



Por. CLAUDIO GARRIDO SEPULVEDA, España
Por siglos, el interrogante que titula esta reflexión ha despertado el interés tanto de cristianos devotos como de críticos radicales del Nuevo Testamento. Sin duda, el atractivo de la pregunta reside en que intuitivamente asumimos que la credibilidad de un relato, como mínimo, depende de la cercanía con el hecho del que testifica.
Durante el siglo XIX, por ejemplo, no era nada extraño hallar a eruditos de la talla de Ferdinand Christian Baur abogando por una datación sumamente tardía de los evangelios con argumentos basados en la dialéctica hegeliana. Pero hoy, gracias a la evidencia textual, sería impensable datar los evangelios a partir de presuposiciones filosóficas.
Sin embargo, aun cuando desde la evidencia histórica y filológica es posible ubicar los evangelios a pocas décadas de la crucifixión de Jesús, tales testimonios no son necesariamente los más antiguos. Trabajos como Les premières confessions de foi chrétiennes (1943) de Oscar Cullman marcaron un precedente en lo que sería un despliegue de investigaciones en que comenzó a reconocerse el registro de tradiciones orales incluso anteriores a los primeros escritos neotestamentarios. Tal vez el caso más fascinante lo hallamos en 1 Corintios 15:3-7:
“Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras; y que apareció a Cefas, y después a los doce. Después apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales muchos viven aún, y otros ya duermen. Después apareció a Jacobo; después a todos los apóstoles”.
Hay amplio consenso en cuanto a que este texto sería un credo primitivo que habría circulado a tan solo unos años de la ejecución de Jesús. Por lo mismo, este parece ser el relato más antiguo sobre su muerte y resurrección.
El análisis textual permite reconocer ciertas marcas lingüísticas que apuntan en esta dirección. Primero, a modo de preludio, Pablo se vale de dos verbos griegos paralambáno (“recibir”) y paradídomi (“entregar o transmitir”) que evocan los términos hebreos especializados —qibbel min y masar le, respectivamente— con que los rabíes se referían a la transmisión de una tradición sagrada. El apóstol, entonces, comunica que, más que haber redactado de su propia inventiva esta declaración, lo que está haciendo es transmitir o reproducir una fuente antigua.
Segundo, el empleo de frases como “por nuestros pecados”, “conforme a las Escrituras”, “fue resucitado”, “al tercer día”, “apareció” (lit. “fue visto”) y “a los doce” es un tanto ajeno al idiolecto de Pablo, es decir, hay un contraste de estilos que no solo se asoma en relación con el contexto inmediato de la carta a los Corintios, sino además en relación con el resto de los escritos paulinos.
Tercero, lo más llamativo es que hay, en el credo, indicadores textuales que parecen evocar moldes comunicativos arameos. Por ejemplo, la triple fórmula kai hoti (“y que”) que era muy común en la literatura aramea y en la narrativa de la Mishna hebrea, la repetición con carácter autoritativo de la frase preposicional “conforme a las Escrituras” o la referencia a Pedro como “Cefas”, nombre que es una transliteración al griego desde el arameo.
Por lo mismo, los especialistas, casi sin importar su adscripción a facciones más conservadoras o más liberales, tienden a coincidir en que Pablo está citando un credo muy antiguo. Este consenso incluso se extiende a la atribución de una fecha. La datación más verosímil que se ha propuesto es la primera década después de la crucifixión.
La mayoría considera que Pablo pudo haber aprendido este credo cuando “subió a Jerusalén para ver a Pedro” (Gálatas 1:18), hecho que ocurrió tres años después de su conversión. En este texto, el infinitivo griego historésai, traducido como “para ver”, denota la idea de “investigar”, “examinar” u “obtener conocimiento”, y sugiere que, en esta reunión, Pablo obtuvo información de primera mano sobre Jesucristo.
A partir del mismo relato de Gálatas, queda claro que el evangelio fue el tema de conversación central en este encuentro en Jerusalén. Por lo mismo, habría sido una instancia propicia para que Pablo se familiarizara con esta y —presumiblemente— con otras tradiciones orales mediante las cuales los discípulos mantenían activo el recuerdo de las enseñanzas del Maestro, de su andar por la tierra, de su muerte y resurrección. Como apoyo adicional a esta idea, no parece ser mera casualidad que los mismos dos hombres mencionados en el credo estuvieran presentes en la reunión: Pedro y Jacobo, el hermano de Jesús (Gálatas 1:19).
Esto significa que, si se toma como punto de referencia el año 30 d.C. como fecha probable para la muerte de Jesús, el credo pudo haber estado en plena circulación en torno al año 33 d.C. En otras palabras, estamos frente a un reporte que exhibe noticias de último minuto.
Aunque hay diferentes perspectivas sobre la posible extensión original del credo, los investigadores concuerdan en que abarca por lo menos los versículos 3 al 5. Si consideramos solo estos versículos, podemos notar que el registro organiza el contenido proposicional del evangelio aportando dos hechos objetivos y sus evidencias: (1a) Jesús murió por el pecado, (1b) fue sepultado, (2a) resucitó al tercer día y (2b) fue visto por muchos testigos, tanto individuales como grupales.
Más de una implicación hay en el hecho de que la fe cristiana, en sus líneas fundamentales, es reconocible como tal desde apenas un par de años después de la cruz. Cuando menos, desafía el recelo de quienes eluden el verismo que acompaña los relatos de la muerte y resurrección del carpintero de Nazaret. Pero, por supuesto, los cristianos no pretendemos fundar nuestra fe sobre la garantía de una demostración transferible a un artículo académico. Simplemente, tras escuchar las palabras del evangelio, hemos reconocido la voz de Aquel que no necesita más que su poder para infundirnos vida en abundancia.

*Claudio Garrido Sepúlveda – Doctorando en Fil. Española – Barcelona (España)

Fuente: Protestantedigital, 2016.

viernes, 25 de marzo de 2016

¿Por quién pidió perdón Cristo en la cruz?



Por. Juan Stam, Costa Rica
"Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen" Lucas 23:24
 ¿Quiénes eran los que crucificaron a Jesús sin saber lo que hacían? ¿A quiénes se refería Jesús con estas palabras?
¿Los soldados romanos, que ejecutaron la sentencia?
¿Las autoridades imperiales que decretaron la sentencia?
¿La turba judía que gritaba por la muerte de Jesús?
¿Los líderes judíos (escribas, fariseos, ancianos) que tramaron todo el complot?
(1) Para las tropas romanas, la crucifixión de Jesús era otra operación militar más, ignorando el mega-drama en que la historia los había involucrado. Obviamente ignoraban el significado espiritual y eterno de la muerte de su víctima. Es muy posible que Cristo los incluyera entre los que "no saben lo que hacen". Uno de ellos reconoció después que Jesús era Hijo de Dios (Mr 15:39).
(2) Tanto Pilato como Herodes dan testimonio de la inocencia de Jesús. Vieron la situación como problema político y se sometieron a los gritos de las masas. De ellos también se podría decir que "no saben lo que hacen".
(3) La presión masiva de una "turba" fue decisiva para el resultado de este proceso. Fueron movilizados y manipulados por los sacerdotes (Mt 26:47,55-59; 27:17,20; Mr 15:1). Todo indica que eran ellos los que no sabían lo que hacían y que Jesús pidió al Padre perdonarlos.
(4) Según los evangelios, los líderes judíos (escribas, fariseos, ancianos) eran los autores intelectuales de todo el criminal drama, que sabían muy bien lo que estaban tramando. Desde inicios del ministerio público de Jesús, con diabólica malicia, habían buscado matarlo (Mr 3:6). Es difícil imaginar que Jesús les declarara inocentes a ellos o que tratara de minimizar su culpa.
Hasta la última semana de su vida, Jesús denunciaba categóricamente a estos líderes. Nunca ofreció perdonarlos, ni les pidió perdón por sus vehementes denuncias. Tampoco buscó reconciliarse con ellos.
Si ahora, después de su arresto, les exculpara afirmando que no saben lo que hacen, todas sus denuncias serían una injusticia y un error que condujo a su muerte. Hubiéramos esperado que lo corrigiera en vida y no desde la cruz.
La interpretación más probable de este texto es que desde su cruz Jesús pide a Dios perdonar a la multitud manipulada que, sin saber lo que hacían, clamaba por su muerte.
Que pidiera perdón por los líderes judíos es una interpretación mucho menos probable. Ellos sí sabían lo que estaban haciendo y por eso Jesús los denunciaba sin reparos hasta los últimos días de su vida y ministerio.
Con sus palabras desde la cruz Jesús no se retractó de sus denuncias con una especie de “amnistía general”, un perdón fácil y barato, sin arrepentimiento, sino que pidió perdón por aquellos que habían actuado sin entender lo que estaba sucediendo.

Fuente: Protestantedigital, 2016.

lunes, 1 de abril de 2013

Al pie de la cruz: Dios se sacrificó por la humanidad sufriente

Por. Leopordo Cervantes - Ortiz, México*
Jesús no muere como un filósofo que pide con estoicismo y serenidad el veneno que merece: su muerte es consecuencia de un complot humano contra la justicia de Dios ejecutado sádicamente por los poderes religiosos y militares en contubernio.                                       
Para Alberto F. Roldán, con afecto y profunda empatía

Precisamente a eso han sido llamados: a seguir las huellas de Cristo, que padeciendo por ustedes, les dejó un modelo que imitar: Cristo, que ni cometió pecado ni se encontró mentira en sus labios . Cuando lo injuriaban, no respondía con injurias, sino que sufría sin amenazar y se ponía en manos de Dios, que juzga con justicia. Cargando sobre sí nuestros pecados, los llevó hasta el madero para que nosotros muramos al pecado y vivamos con toda rectitud. Han sido, pues, sanados a costa de sus heridas… I Pedro 1.21-24
EL ANTI-EVANGELIO: PALABRAS DE ENEMIGOS Y VERDUGOS
El evangelista Lucas no se ahorra ni nos ahorra las palabras de los enemigos y verdugos de Jesús, por el contrario, las consigna y con ello es posible contrastar el vigor de la actuación de Jesús, la pasividad de sus seguidores (Pedro entre ellos, “Pero todos los que conocían a Jesús… se quedaron allí, mirándolo todo de lejos”, v. 49) y la fidelidad de las mujeres al pie de la cruz (“numerosas mujeres que lloraban y se lamentaban por él”, v. 27b; “y las mujeres que lo habían acompañado desde Galilea, se quedaron allí, mirándolo todo de lejos.”, v. 49). El pueblo, amorfo, acompañó todo como un testigo entre curioso, incrédulo y morboso (“Lo acompañaba mucha gente del pueblo”, v. 27a; “La gente estaba allí mirando”, v. 35a).
Desde el principio, los falsos acusadores sueltan su veneno: “Hemos comprobado que este anda alborotando a nuestra nación. Se opone a que se pague el tributo al emperador y, además, afirma que es el rey Mesías” (v. 1); “Con sus enseñanzas está alterando el orden público en toda Judea. Empezó en Galilea y ahora continúa aquí” (v. 5).
Y aparece la multitud, enardecida y ciega, varias veces: “¡Quítanos de en medio a ese y suéltanos a Barrabás!”, “¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!” (vv. 18b, 19b). Luego, las autoridades religiosas: “Puesto que ha salvado a otros, que se salve a sí mismo si de veras es el Mesías, el elegido de Dios” (v. 35b).
Los soldados se unieron a este coro fatuo: “Si tú eres el rey de los judíos, sálvate a ti mismo” (v. 37). Y uno de los criminales al lado suyo, hizo lo propio, insultándolo: “¿No eres tú el Mesías? ¡Pues sálvate a ti mismo y sálvanos a nosotros!” (v. 38b). Todo ello agravaba la ignominia, la hacía más insoportable y el drama crecía inexorablemente.
LAS PALABRAS DEL OTRO COMPAÑERO DE JESÚS EN LA CRUZ
Como contrapeso, el otro criminal colgado y crucificado increpa al tercero y le pregunta: “¿Es que no temes a Dios, tú que estás condenado al mismo castigo?”, para luego afirmarle: “Nosotros estamos pagando justamente los crímenes que hemos cometido, pero este no ha hecho nada malo”.
Y finalmente, se dirige a Jesús en un clamor desesperado y urgente, toda una súplica de fe para salvación: “Jesús, acuérdate de mí cuando vengas como rey”. (vv. 40b-42).
J.L. Borges, atento lector del Evangelio, plasmó este momento en unos versos magníficos y propuso una sensible interpretación:
LUCAS, XXIII
Gentil o hebreo o simplemente un hombre
cuya cara en el tiempo se ha perdido;
ya no rescataremos del olvido
las silenciosas letras de su nombre.
Supo de la clemencia lo que puede
saber un bandolero que Judea
clava a una cruz. Del tiempo que antecede
nada alcanzamos hoy. En su tarea
última de morir crucificado
oyó, entre los escarnios de la gente,
que el que estaba muriéndose a su lado
era Dios y le dijo ciegamente:
Acuérdate de mí cuando vinieres
a tu reino, y la voz inconcebible
que un día juzgará a todos los seres
le prometió desde la Cruz terrible
el Paraíso. Nada más dijeron
hasta que vino el fin, pero la historia
no dejará que muera la memoria
de aquella tarde en que los dos murieron.
Oh amigos, la inocencia de este amigo
de Jesucristo, ese candor que hizo
que pidiera y ganara el Paraíso
desde las ignominias del castigo,
era el que tantas veces al pecado
lo arrojó y al azar ensangrentado .[1]
LAS PALABRAS DEL MESÍAS Y MÁRTIR LIBERADOR
Al ver a las mujeres que lo acompañaban en el viacrucis más cerca que nadie, Jesús se dirige a ellas para consolarlas y anunciar la actuación de Roma contra el pueblo, citando al profeta Oseas y sin dejar de referirse a sí mismo, en un lenguaje apocalíptico: “Mujeres de Jerusalén, no lloren por mí; lloren, más bien, por ustedes mismas y por sus hijos. Porque vienen días en que se dirá: ‘¡Felices las estériles, los vientres que no concibieron y los pechos que no amamantaron!’. La gente comenzará entonces a decir a las montañas: ‘¡Caigan sobre nosotros!’; y a las colinas: ‘Sepúltennos!’. Porque si al árbol verde le hacen esto, ¿qué no le harán al seco?” (vv. 28-31). “Jesús emite una severa advertencia para que los habitantes de Jerusalén se arrepintieran de su rechazo a él, justo e inocente, el profeta de Dios. De no hacerlo, el castigo de Dios caería sobre ellos. Sin embargo, como muestra el modelo del profeta rechazado, el castigo no es la última palabra de Dios para su pueblo. En 23.34a, como en las predicaciones de Hechos, mostrará Lucas que Dios extiende de nuevo el ofrecimiento del perdón a quienes habían rechazado a Jesús”.[2]
En efecto, Jesús, ya crucificado, se dirige al Padre para pedir el perdón para quienes “no saben lo que hacen”, una oración congruente con sus enseñanzas(exclusiva de Lucas) pues, como sugiere en ese momento el Maestro, ¡Dios podrá perdonar incluso el crimen de su Hijo! Nada menos.
“Esta oración de Jesús es parte esencial de la teología lucana del profeta rechazado y de un Jesús que enseña y pone en obra el amor a los enemigos (6.27-28; 17.4). […] Jesús, que había venido a llamar al arrepentimiento a los pecadores, continúa su ministerio hasta el final” ( Idem ). A continuación, al escuchar las palabras del malhechor arrepentido, Jesús emitirá un juicio definitivo para él: “Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso” (v. 43), con lo que garantiza su cercanía salvífica para aquel hombre que se ha convertido in extremis: “Es una absolución emitida por aquel que ha sido ‘establecido por Dios para ser juez de vivos y muertos’” ( Idem) . Escuchar esas palabras en la mismísima cruz es testimonio de una salvación rotunda y consecuente con el mensaje de Jesús.
Por último, Jesús exclama, repitiendo las palabras del salmo 31: “Padre, en tus manos encomiendo [pongo] mi espíritu” (v. 46b). Es la oración de un justo que sufre inocentemente y que se entrega totalmente a los designios de su Padre luego de beber, íntegro, el cáliz del sufrimiento, el dolor y el abandono.
A diferencia de Marcos y Mateo, quienes consignan el grito d abandono del salmo 22, Lucas presenta una visión un tanto más serena, aunque sin disminuir la dimensión trágica del hecho en su contexto completo. Aún así, Jesús no muere como un filósofo que pide con estoicismo y serenidad el veneno que merece: su muerte es consecuencia de un complot humano contra la justicia de Dios ejecutado sádicamente por los poderes religiosos y militares en contubernio.
No es una muerte venial ni complaciente: es Dios mismo quien padece en la cruz y se sacrifica por la humanidad sufriente. La muerte paradójica del Hijo de Dios por manos humanas es el signo mayor de la salvación que pudo ofrecer el creado y sustentador del cosmos entero. Éstas son pues las únicas tres frases de Jesús en la cruz según este evangelio de Lucas.
Y entonces surge la palabra evangélica de un verdugo romano, que alaba a Dios y exclama, desde una fe inédita que da testimonio de la verdad: “¡Seguro que este hombre era inocente!”(v. 47b). ¿Acaso el afán propagandístico de Lucas lo lleva a congraciarse con el imperio como han sugerido algunos? ¿O más bien el impacto de la cruz golpea a este militar extranjero e indiferente que cumple su labor y lo convence de la verdad salvífica que estaba presenciando? ¿Es un no judío que se convence de la verdad redentora de la cruz en el momento supremo de la entrega del Hijo de Dios? ¿O todo al mismo tiempo?
Testigo del poder extraordinario de la debilidad de un hombre inocente que muere para redimir a la humanidad, el soldado romano absuelve de golpe a Jesús y contradice a todos sus enemigos. Se pasa de su lado y confirma que la comprensión de la historia de la salvación no es sólo patrimonio de lo judíos sino que se abre a toda la humanidad receptiva y atenta. El oficial del ejército invasor percibe cómo “el poder y la misericordia de Dios, para beneficio de los seres humanos, acontecen en la muerte de un ser desprovisto de todo poder” ( Ibid., p. 199) . La inocencia de Jesús es afirmada, contradictoriamente, por un representante del imperio que lo ha asesinado cruelmente.
LAS PALABRAS DEL YA APÓSTOL PEDRO
Pedro aprendió la lección desde lejos y en silencio. En la pasividad de su lejanía en los momentos determinantes de la cruz, Pedro el discípulo caminaba lenta, muy lentamente, hacia su nuevo oficio, el de apóstol, con el que más tarde predicaría autorizadamente en la misma ciudad de Jerusalén con palabras que quizá nunca imaginó, pero que hablarían de la fe que recompuso su vocación, pues parece que se trata de otra persona.
En Hch 2.14-36 predicaría el “sermón pentecostal” que sigue toda la línea de Lc 23. Primero citará la profecía de Joel sobre la venida del Espíritu, luego expondrá la persona de Jesús nazareno y resumirá inicialmente el mensaje: “...el hombre a quien Dios avaló ante ustedes con los milagros, prodigios y señales que, como bien saben, Dios realizó entre ustedes a través de Jesús. Dios lo entregó conforme a un plan proyectado y conocido de antemano, y ustedes, valiéndose de no creyentes, lo clavaron en una cruz y lo mataron. Pero Dios lo ha resucitado, librándolo de las garras de la muerte” (vv. 22-24). Lo conecta con la genealogía de David ligándolo con el tema de la ascensión y vuelve a la carga: “Pues bien, a este, que es Jesús, Dios lo ha resucitado, y todos nosotros somos testigos de ello. El poder de Dios lo ha exaltado y él, habiendo recibido del Padre el Espíritu Santo prometido, lo ha repartido en abundancia, como ustedes están viendo y oyendo. […] Por consiguiente, sepa con seguridad todo Israel que Dios ha constituido Señor y Mesías a este mismo Jesús a quien ustedes han crucificado.” (vv. 32-33, 36).
¡Ya es un apóstol de Jesucristo consumado! ¡Y moriría casi como su Señor, en una cruz invertida!El proceso se cumpliría completamente y el anuncio de la vida, muerte y resurrección de Jesús cobraría toda su vigencia en las palabras de su epístola, donde remite al ejemplo portentoso del Señor, quien sin abrir la boca para injuriar a sus enemigos, se entregó por cada uno de nosotros en un día como el que recordamos hoy: Jesús “sufría sin amenazar y se ponía en manos de Dios, que juzga con justicia. Cargando sobre sí nuestros pecados, los llevó hasta el madero para que nosotros muramos al pecado y vivamos con toda rectitud. Han sido, pues, sanados a costa de sus heridas…”. Amén y amén.
Concluyo con el poema de mi amigo Alberto F. Roldán, escritas este viernes santo en la madrugada, en la ciudad de Buenos Aires, y que me envió amablemente hace unas cuantas horas:
¿POR QUÉ MURIÓ JESÚS?
La pregunta taladra mi mente,
agudiza mi ingenio,
estremece mi sentimiento.
El dolor del pálido Nazareno
rechazado por su pueblo,
negado por Pedro,
traicionado por Judas.
Pende su cuerpo sobre el madero romano,
es azotado y escupido.
No ofrece resistencia.
¿Por qué murió Jesús?
La pregunta sigue
martillando mi cabeza.
El establishment religioso
le tiende una trampa,
pronuncia la blasfemia intolerable:
es un mero hombre y se proclama Dios.
Los romanos lo consideraron subversivo:
¡el Imperio no tolera otro César!
¿Por qué murió Jesús?
La respuesta de San Pablo
surge desde la penumbra:
“Cristo murió por mí”.
Acaso allí esté la clave del enigma
que exige mi fe y mi entrega
más allá de las dudas
que seguirán carcomiendo mi conciencia .[3]

Ramos Mejía, Viernes de pasión, 29 de marzo de 2013. 4.20 hrs.

[1]J.L. Borges, “Lucas, XXIII”, en El hacedor (1960), Obra póética 1923-1977. 6ª ed. Madrid-Buenos Aires, Alianza Editorial-Losada, 1990, pp. 157-158.
[2]Robert J. Karris, “Evangelio de Lucas”, en E. Brown, J.A. Fitzmyer y R.E. Murphy, eds., Nuevo comentario bíblico San Jerónimo. Nuevo Testamento y artículos temáticos. Estella, Navarra, 2004, pp. 197-198.
[3]A.F. Roldán, “¿Por qué murió Jesús?”, en el blog Teología, política y sociedad, http://teologiapoliticaysociedad.blogspot.mx/2013/03/por-que-murio-jesus.html?spref=fb .

Autores:Leopoldo Cervantes-Ortiz
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