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jueves, 14 de abril de 2016

La muerte y resurrección de Jesús, el más antiguo de los relatos



Por. CLAUDIO GARRIDO SEPULVEDA, España
Por siglos, el interrogante que titula esta reflexión ha despertado el interés tanto de cristianos devotos como de críticos radicales del Nuevo Testamento. Sin duda, el atractivo de la pregunta reside en que intuitivamente asumimos que la credibilidad de un relato, como mínimo, depende de la cercanía con el hecho del que testifica.
Durante el siglo XIX, por ejemplo, no era nada extraño hallar a eruditos de la talla de Ferdinand Christian Baur abogando por una datación sumamente tardía de los evangelios con argumentos basados en la dialéctica hegeliana. Pero hoy, gracias a la evidencia textual, sería impensable datar los evangelios a partir de presuposiciones filosóficas.
Sin embargo, aun cuando desde la evidencia histórica y filológica es posible ubicar los evangelios a pocas décadas de la crucifixión de Jesús, tales testimonios no son necesariamente los más antiguos. Trabajos como Les premières confessions de foi chrétiennes (1943) de Oscar Cullman marcaron un precedente en lo que sería un despliegue de investigaciones en que comenzó a reconocerse el registro de tradiciones orales incluso anteriores a los primeros escritos neotestamentarios. Tal vez el caso más fascinante lo hallamos en 1 Corintios 15:3-7:
“Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras; y que apareció a Cefas, y después a los doce. Después apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales muchos viven aún, y otros ya duermen. Después apareció a Jacobo; después a todos los apóstoles”.
Hay amplio consenso en cuanto a que este texto sería un credo primitivo que habría circulado a tan solo unos años de la ejecución de Jesús. Por lo mismo, este parece ser el relato más antiguo sobre su muerte y resurrección.
El análisis textual permite reconocer ciertas marcas lingüísticas que apuntan en esta dirección. Primero, a modo de preludio, Pablo se vale de dos verbos griegos paralambáno (“recibir”) y paradídomi (“entregar o transmitir”) que evocan los términos hebreos especializados —qibbel min y masar le, respectivamente— con que los rabíes se referían a la transmisión de una tradición sagrada. El apóstol, entonces, comunica que, más que haber redactado de su propia inventiva esta declaración, lo que está haciendo es transmitir o reproducir una fuente antigua.
Segundo, el empleo de frases como “por nuestros pecados”, “conforme a las Escrituras”, “fue resucitado”, “al tercer día”, “apareció” (lit. “fue visto”) y “a los doce” es un tanto ajeno al idiolecto de Pablo, es decir, hay un contraste de estilos que no solo se asoma en relación con el contexto inmediato de la carta a los Corintios, sino además en relación con el resto de los escritos paulinos.
Tercero, lo más llamativo es que hay, en el credo, indicadores textuales que parecen evocar moldes comunicativos arameos. Por ejemplo, la triple fórmula kai hoti (“y que”) que era muy común en la literatura aramea y en la narrativa de la Mishna hebrea, la repetición con carácter autoritativo de la frase preposicional “conforme a las Escrituras” o la referencia a Pedro como “Cefas”, nombre que es una transliteración al griego desde el arameo.
Por lo mismo, los especialistas, casi sin importar su adscripción a facciones más conservadoras o más liberales, tienden a coincidir en que Pablo está citando un credo muy antiguo. Este consenso incluso se extiende a la atribución de una fecha. La datación más verosímil que se ha propuesto es la primera década después de la crucifixión.
La mayoría considera que Pablo pudo haber aprendido este credo cuando “subió a Jerusalén para ver a Pedro” (Gálatas 1:18), hecho que ocurrió tres años después de su conversión. En este texto, el infinitivo griego historésai, traducido como “para ver”, denota la idea de “investigar”, “examinar” u “obtener conocimiento”, y sugiere que, en esta reunión, Pablo obtuvo información de primera mano sobre Jesucristo.
A partir del mismo relato de Gálatas, queda claro que el evangelio fue el tema de conversación central en este encuentro en Jerusalén. Por lo mismo, habría sido una instancia propicia para que Pablo se familiarizara con esta y —presumiblemente— con otras tradiciones orales mediante las cuales los discípulos mantenían activo el recuerdo de las enseñanzas del Maestro, de su andar por la tierra, de su muerte y resurrección. Como apoyo adicional a esta idea, no parece ser mera casualidad que los mismos dos hombres mencionados en el credo estuvieran presentes en la reunión: Pedro y Jacobo, el hermano de Jesús (Gálatas 1:19).
Esto significa que, si se toma como punto de referencia el año 30 d.C. como fecha probable para la muerte de Jesús, el credo pudo haber estado en plena circulación en torno al año 33 d.C. En otras palabras, estamos frente a un reporte que exhibe noticias de último minuto.
Aunque hay diferentes perspectivas sobre la posible extensión original del credo, los investigadores concuerdan en que abarca por lo menos los versículos 3 al 5. Si consideramos solo estos versículos, podemos notar que el registro organiza el contenido proposicional del evangelio aportando dos hechos objetivos y sus evidencias: (1a) Jesús murió por el pecado, (1b) fue sepultado, (2a) resucitó al tercer día y (2b) fue visto por muchos testigos, tanto individuales como grupales.
Más de una implicación hay en el hecho de que la fe cristiana, en sus líneas fundamentales, es reconocible como tal desde apenas un par de años después de la cruz. Cuando menos, desafía el recelo de quienes eluden el verismo que acompaña los relatos de la muerte y resurrección del carpintero de Nazaret. Pero, por supuesto, los cristianos no pretendemos fundar nuestra fe sobre la garantía de una demostración transferible a un artículo académico. Simplemente, tras escuchar las palabras del evangelio, hemos reconocido la voz de Aquel que no necesita más que su poder para infundirnos vida en abundancia.

*Claudio Garrido Sepúlveda – Doctorando en Fil. Española – Barcelona (España)

Fuente: Protestantedigital, 2016.

lunes, 28 de marzo de 2016

Centralidad de la resurrección de Cristo Jesús



Por Juan Stam, Costa Rica
San Pablo, en su respuesta a los corintios que negaban la resurrección del cuerpo, hace una declaración muy radical:
Si Cristo no ha resucitado, nuestra predicación no sirve para nada, como tampoco la fe de ustedes. Aún más, resultaríamos falsos testigos de Dios por haber testificado que Dios resucitó a Cristo, lo cual no habría sucedido, si los muertos no resucitan. Porque si los muertos no resucitan, tampoco Cristo ha resucitado.  Y si Cristo no ha resucitado, la fe de ustedes es ilusoria y todavía están en sus pecados. Si la esperanza que tenemos en Cristo fuera solo para esta vida, seremos los más desdichados de todos los mortales (1Cor 15:14-19 NVI).
El evangelio nos proclama que Jesús murió y fue sepultado, pero resucitó y fue visto por muchos testigos oculares, de los que Pablo fue el último (1Cor 15:1-8).
Si Cristo no resucitó, insiste Pablo, nuestra esperanza es ilusoria y nuestra predicación no vale para nada. Eso es el evangelio, y sin la resurrección de Cristo de los muertos, no hay evangelio.
Pero, además, sin la resurrección la historia de Cristo pierde su sentido y su coherencia.
Veamos:
(1) La encarnación y la deidad de Cristo (Jn 1:1-3,14): La encarnación significa que Dios mismo nació y vivió como ser humano, sin dejar de ser Dios.  Como el "DiosHombre" Jesucristo murió en la Cruz, pero como afirma el sermón pentecostal de Pedro, Dios lo resucitó, "porque era imposible que la muerte lo retuviera bajo su dominio... No dejarás que mi vida termine en el sepulcro" (Hch 2:24,27).
Si Jesús murió y no resucitó, no era el Dios encarnado y la muerte lo hubiera vencido. Si él es Dios, es de esperar que su cadáver no se descomponga en la tumba sino que salga como Vencedor de la muerte para siempre.
El prólogo del cuarto evangelio (Jn 1:1-18) es una aplastante refutación del idealismo anti-materialista del platonismo medio y del proto-gnosticismo. Para ellos el Logos y la Sofía eran las emanaciones más inmediatas de Dios (Theós) pero como tales no podían tener nada que ver con la creación ni con la materia. La materia fue creada por el error de una emanación muy inferior, el mal-nacido Demiurgo, un semi-mini-cuasi-diosito. Fue un rechazo radical de todo lo material, incluso del cuerpo.
Juan comienza su prólogo empleando los mismos términos de los platónicos: "el Logos estaba con Dios y el Logos era Dios". ¡Excelente!, dirían ellos; ¡este hombre es de los nuestros! Pero inmediatamente viene la puñalada: "Todas las cosas, sin excepción, fueron creados por el Logos" y no por el desgraciado Demiurgo.
Y para colmo de escándalos, "El mismo Logos fue hecho carne (sarx)". No podría haber una refutación más contundente del anti-materialismo ni una afirmación más positiva del valor esencial del cuerpo.
Esa afirmación radical del cuerpo físico se reafirma definitivamente en la resurrección de Cristo de entre los muertos. Negar la resurrección es suponer que podemos ser plenamente humanos sin el cuerpo.
 Durante su vida Jesús resucitó a varios muertos, anticipando su propia victoria sobre la muerte, y anunció tres veces su propia resurrección. Si al fin no resucitara, sería mucha la contradicción y fatal su error.
(2) El cuerpo resucitado de Jesús: San Lucas narra que Jesús, en la tarde del mismo domingo de su resurrección, sale a caminar hacia Emaús. En el camino ve dos de sus seguidores y acelera sus pasos para alcanzarlos. Camina con ellos, conversa (con un simpático sentido de humor), les enseña y "parte el pan" con ellos (Luc 24:13-29). ¡El Resucitado sigue siendo plenamente humano!
En eso, según el relato, el Resucitado desaparece y ellos vuelven solos a Jerusalén, a pie como habían venido (24:31-35). Reunidos ellos con los apóstoles, Jesús "se puso en medio de ellos" (24:36). Como ellos creían que él era un espíritu, el Resucitado pidió comida y la comió ante los ojos de ellos (24:36-42). Para Lucas, el cuerpo resucitado es un cuerpo liberado del "reino de la necesidad" de que hablaba el joven Marx.
La resurrección de Jesús fue un acontecimiento único e irrepetible para nosotros, porque Jesús también era un ser humano único e incomparable (Barth, Moltmann, Cullmann). Pero la resurrección de Jesús anticipa, en el centro de la historia, la resurrección nuestra al final de la historia (1Cor 15:20; Jn 5:28-29). Igual que el primer fruto de la siembra, la resurrección de Jesús garantiza y a la vez anticipa y modela la resurrección final nuestra.
(3) Ascensión y Pentecostés: Por cuarenta días, según Hechos 1, el Resucitado convivía con sus discípulos, comía con ellos y les enseñaba. Después ascendió visiblemente ante los ojos de ellos hasta que una nube lo quitó de su vista. Sin la resurrección de Cristo con cuerpo visible, la ascensión, tan importante para la teología del reino, sería inexplicable.
Hoy día está de moda decir "yo creo en la resurrección, pero de otro modo". Igual de como Romero prometió resucitar en el pueblo salvadoreño (eso, porque él creía en la resurrección de Jesús), les gusta decir que Jesús resucitó en la iglesia, o en la fe de los discípulos, etc. Obviamente nada de eso cuadra con los datos del N.T. ¡La fe de los discípulos o su "esperanza utópica" no ascendió al cielo después de cuarenta días!
Antes de ascender, Cristo prometió derramar sobre todos el Espíritu que él recibiría del Padre. Por eso, el Pentecostés era una confirmación de la Ascensión: "Exaltado por el poder de Dios, y habiendo recibido del Padre el Espíritu Santo prometido, ha derramado esto que ustedes ven y oyen" (Hch 2:33). En la lógica del relato lucano, si no hay resurrección del cuerpo no hay ascensión, y sin ascensión no hay pentecostés.  (¡Lo sentimos, hermanos pentecostales!)
(4) La venida de Cristo (Apoc 1:7): La esperanza del regreso de Jesús, tan central al mensaje del Nuevo Testamento, es totalmente inconcebible sin su resurrección corpórea. Su retorno, igual que su resurrección, se describe como visible y tangible.
Sería absurdo hablar de "la segunda venida de la fe de los discípulos", de la esperanza o de la iglesia misma. Pero la iglesia primitiva, en todas sus variantes, esperaba gozosa el regreso de su Señor y Salvador.
(5) La resurrección final: Juan 5:28-29 enseña que en el "todavía no" del reino de Dios tanto los justos como los injustos saldrán de sus sepulcros para resurrección de vida y resurrección de condenación respectivamente.
Según 1Tes 4:16 la resurrección de los fieles coincide con el retorno de Cristo, lo que Apoc 20:5 llama "la primera resurrección" seguida posteriormente por "la segunda muerte" (20:6). De esa manera la resurrección de Jesús garantiza y prefigura la resurrección nuestra.
La visión final del mensaje bíblico no es la de un vuelo del alma al cielo sino de personas (¡nosotros y nosotras!) con cuerpos transformados y liberados que viven sobre una tierra nueva, bajo cielos nuevos, en una comunidad nueva llamada "la Nueva Jerusalén" ¡Gloria al Dios que hace nuevas todas las cosas!
El centro vital de toda esta esperanza es la resurrección de Cristo. "Porque él vive, viviré mañana", reza un himno favorito de muchos cristianos.
CONCLUSIÓN
La resurrección corpórea es la afirmación más elocuente del valor imperecedero del cuerpo físico. Recordemos que la esperanza no termina en el cielo sino en una nueva tierra para personas con cuerpos resucitados en una comunidad nueva. De hecho, todo el mensaje bíblico, desde el pacto con Abraham hasta la nueva tierra, es una especie de materialismo histórico.
Esta interpretación cristológica y realista no es literalismo. El literalismo consiste en priorizar a priori, con o sin evidencias exegéticas, las interpretaciones literales. En estos textos, las razones exegéticas favorecen la interpretación corpórea y realista.

Fuente: Protestantedigital, 2016.

miércoles, 22 de abril de 2015

Alma y cuerpo, resurrección y misión



La primera condición de una evangelización genuina es la crucifixión del evangelista. Sin ella el evangelio se convierte en verborragia y la evangelización en proselitismo.
Por. Juan Stam, Costa Rica
Se ha dicho, con mucha razón, que acostumbramos predicar el evangelio a las personas como si fueran sólo “almas” y no tuvieran cuerpo. ¿Qué significa la resurrección de la carne para la misión y la proclamación de la iglesia hoy?
1) Primero, significa una evangelización afirmativa.
Según 2Cor.1:20 Jesucristo es el Sí y el Amén de Dios. Y en la resurrección de Cristo, y la nuestra, vemos que la vida no termina con un “no”, ni con signo de interrogación. Termina con un “sí” enfático, y desde ese sí afirmativo debe de nacer nuestra evangelización. Debemos ser gente positiva porque Cristo resucitó. Hay mucho de negativo, y tenemos que ser realistas, pero lo negativo nunca debe de prevaler ni en nuestra vida ni en nuestra evangelización. El “amén”, que es el “Sí” de Dios y el “sí” nuestro a Dios, debe de expresar toda la realidad de la resurrección en nosotros.
2) Nuestra misión debe realizarse en el poder de la resurrección.
En una oración verdaderamente sorprendente, cargada de superlativos y sinónimos enfáticos, Pablo pida a Dios que nos permita conocer “la supereminente grandeza del poder de Dios para con nosotros los que creemos, según la operación del poder de su fuerza, la cual operó en Cristo, resucitándole de los muertos...:” (Ef 1.19s)
¡Qué increíble! El mismo poder con que Dios resucitó a Cristo, nos ha resucitado de nuestra muerte espiritual (2:1) y opera en nosotros ahora, aunque no lo reconozcamos. Pablo pide a Dios abrirnos los ojos (1:18) para darnos cuenta de nuestros recursos poderosos en Cristo. Por eso Pablo afirma que hemos muerto y resucitado con Cristo. En otra oración Pablo expresa su supremo deseo de “conocerle a Él y el poder de su resurrección, siendo partícipe de sus sufrimientos” (Fil 3:10s), que él describe como “la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús” (3.8). El poder de la resurrección de Cristo no es solamente futuro, que en el día final el poder de Dios nos va a resucitar. Ese poder opera en nosotros ahora. Entonces en la fuerza de la resurrección de Cristo llevamos el poder de la vida y de la salvación a otras personas. No tenemos que confiar en poderes nuestros (retórica, medios técnicos, encuestas); el poder de la evangelización tiene que ser el poder que nació en una tumba vacía. Paradójicamente, como indica Pablo en Fil 3.10, el único camino al poder de la resurrección es la Cruz. Antes de entrar en ese poder hay que asumir la cruz.
Es dramático el caso de los dos testigos de Apoc. 11. Mientras soplaban fuego y castigaban la tierra con toda clase de plagas (11.5s), no lograban nada sino atormentar a la gente (11.10). Tenían que morir con Cristo, llevando su vituperio (11.7-10), y resucitar con él a novedad de vida y poder (11.11s). Entonces muchos “dieron gloria al Dios del cielo” (13) [11] Aunque Cristo no figura en el relato (sólo se menciona en 11.8 para identificar a Jerusalén), él es de hecho el personaje central. Si hemos de tener poder en tiempos de tribulación, la pasión de Jesús tiene que “duplicarse” en nuestra propia muerte y resurrección con él.[12]
René Padilla tiene una frase muy impactante en su libro Misión Integral: La primera condición de una evangelización genuina es la crucifixión del evangelista. Sin ella el evangelio se convierte en verborragia y la evangelización en proselitismo (p.25). Hoy día muchos esfuerzos de evangelización comienzan más bien con la exaltación y promoción del evangelista. La evangelización no puede basarse en la imagen de glamour o éxito, elocuencia o importancia, del evangelista.
De su propia “campaña evangelística” en Corinto, San Pablo dijo que no había ido con elocuencia ni sabiduría sino con debilidad y mucho temor y temblor. Si Pablo hubiera venido así a alguno de nuestros grandes estadios, lo tendríamos por un fracaso y el año entrante invitamos mejor a Apolos. Pero Pablo se propuso no saber nada sino a Cristo y éste crucificado, y el poder de su resurrección. Muy difícilmente se va a manifestar el poder de la cruz y resurrección en un esquema personalista. El poder de la evangelización tiene que ser el poder de la cruz y la resurrección, y sólo eso.
3) Debe ser una evangelización encarnada.
Nuestra Biblia comienza con la creación del cuerpo humano, termina con la resurrección de la carne, y en su centro vital proclama el hecho increíble de que el mismo Creador se hizo carne. Para salvarnos, Dios se manifestó en una vida humana, de carne y hueso como nosotros. La encarnación fue el método supremo de Dios tanto para su propia revelación como para la salvación nuestra (Jn 1:12ss, 16) [13].
Y el Verbo fue hecho carne y habitó entre nosotros, y vimos su gloria como gloria del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad...A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer (Jn 1.14,18). Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros tiempos nos ha hablado por el Hijo (Gr: “en Hijo”)...habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo... (Heb 1:1-3; cf 1Tm 3:16). Porque lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne... (Rm 8:3). Y a vosotros....ahora os ha reconciliado en su cuerpo de carne, por medio de su muerte, para presentaros santos y sin mancha.... (Col 1:21s). El Hijo fue enviado en carne, hecho una vida humana, y de la misma manera él nos envía a nosotros (Jn 20:21). Nuestra evangelización comienza con la presencia manifiesta de Cristo en nosotros, haciendo acto de “residencia” en medio de la comunidad humana y reflejando su gloria, gracia e integridad (Jn 1:14). Evangelizar no es sólo hablar, ni comienza con palabras. Comienza con una vida que encarna el amor y el poder del Crucificado y Resucitado.
 4) La resurrección implica también una evangelización humanizadora, que no deshumaniza sino humaniza.
Esto se basa tanto en la encarnación como en la resurrección. Cristo se hizo humano para hacernos humanos a nosotros. Como hemos visto, el Cristo resucitado era impresionantemente humano en su presencia entre los discípulos. Aun ahora, a la diestra del padre, el sigue siendo el Mediador, “Jesucristo hombre” (1 Tm 2:5). También el evangelio debe hacernos más humanos a nosotros. Nuestra evangelización no siempre ha tenido esta característica. A veces una “conversión” puede convertir una persona en un fanático religioso, menos humano de lo que era antes. Especialmente preocupante es el nivel de prejuicio e intolerancia en algunos círculos cristianos, especialmente fundamentalistas. Eso, en nombre del evangelio, puede deshumanizarnos más bien. Si el evangelio nos hace menos humanos, ¿qué evangelio va a ser? Don Kenneth Strachan, en su brillante libro El llamado ineludible, sugiere que el fundamental punto de partido para toda evangelización es algo que compartimos con todos los demás: nuestra común humanidad. Cuánto más rica y profunda sea nuestra humanidad en Cristo, más auténtica será nuestra evangelización.
5) La resurrección nos convoca a una evangelización en pro de la vida.
La resurrección es una afirmación de la vida humana y del cuerpo. Por eso la evangelización debe promover la salud integral de la persona, pues la resurrección nos librará al fin de toda dolencia. Esa salud perfecta escatológica se prefiguraba ya en los milagros de sanidad de Jesús, que anticipaban la resurrección del cuerpo.[14] Cada sanación que Jesús hacía era ya un signo de la resurrección del cuerpo, libre para siempre de enfermedad y muerte. Y la iglesia debe ser un instrumento de sanidad, un vehículo de salud y de Shalom. Si Dios sana por su palabra poderosa en nombre de Cristo, a su nombre gloria. Si Dios sana por una clínica que levanta una iglesia, a su nombre gloria. Un médico dijo: “Dios es quien sana y nosotros solo cobramos”. Dios cura por la medicina o por su palabra sanadora, a como sea su voluntad. Pero hay también iglesias malsanas, que enferman a la gente, y la iglesia no está para eso. Una vez la esposa de un profesor universitario me preguntó: “Hermano Juan, ¿qué hago? Metí a mi hija en un colegio evangélico y le han atemorizado con eso de la gran tribulación y con el infierno. La pobre grita en la noche y no puede dormir, porque le han inculcado un mensaje patológico”. Una evangelización desde la resurrección es una evangelización por la vida.
En Centroamérica estamos en una lucha entre vida y muerte. Jesucristo es vida y verdad, el diablo es muerte y mentira (Jn 8:44). Dice Julia Esquivel: “Vivo cada día para matar la muerte”. Cristo es “muerte de nuestra muerte y vida de nuestra vida”. Nosotros debemos vivir para darle muerte a la muerte, y vida abundante a todos los que nos rodean:
Vivo cada día para matar la muerte,
muero cada día para parir la vida;
y en esta muerte de la muerte muero mil veces
y resucito otras tantas
desde el amor que alimenta de mi pueblo la esperanza.
6) Como mensaje de la resurrección, nuestra misión es misión esperanzadora.
Los que creemos en la resurrección debemos ser contagiosos de esperanza. La resurrección nos muestra que la escatología cristiana, lejos de ser primordialmente un mensaje de amenaza o terror, es un mensaje profundo de esperanza. La gente que se han encontrado con nosotros no pueden no esperar; el esperar nace naturalmente de la resurrección. La fe en la resurrección será un contagio evangelizador. Hay un himno del himnólogo argentino Federico Pagura, que remacha todos los temas que hemos visto en este capítulo:
Porque El entró en el mundo y en la historia,
porque quebró el silencio y la agonía,
porque llenó la tierra con su gloria
porque fue luz en nuestra noche fría,
Porque El nació en un pesebre oscuro
porque vivió sembrando amor y vida,
porque partió los corazones duros
y levantó las almas abatidas,
Porque atacó ambiciosos mercaderes
y denunció maldad e hipocresía.
Porque exaltó los niños y mujeres,
rechazó a los que de orgullo ardían,
porque El cargó la cruz de nuestras penas
y saboreó la hiel de nuestros males
porque aceptó sufrir nuestra condena
y así morir por todos los mortales.
Por eso es que hoy tenemos esperanza,
por eso es que hoy luchamos con porfía,
por eso es que hoy miramos con confianza,
el porvenir en esta tierra mía y nuestra.
¡Que Dios nos de fe y alegría en la resurrección de nuestro Señor, y mucha esperanza!

Referencias bíblicas:
[11] Es notable que éste es el único pasaje del Apoc donde la gente responde positivamente. En los demás pasajes el resultado es que “sin embargo no se arrepintieron” (9:21; 16:21)
[12] Ver nuestro artículo, “La misión en el Apocalipsis” en Bases bíblicas de la misión, René Padilla ed. (Grand Rapids: Nueva Creación 1998), pp. 368-372.
[13] Cf W. Dayton Roberts, “Encarnación” en Diccionario Ilustrado de la Biblia, Wilton M. Nelson ed (Miami: Caribe 1974), p.197.
[14] Cf Oscar Cullmann, “El rescate anticipado del cuerpo humano según el N.T.” en del evangelio a la formación de la teología cristiana (Salamanca: Sígueme 1972), pp. 135-150.

Fuente: Protestantedigital, 2015.