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lunes, 2 de octubre de 2017

Jesús y el amor al enemigo: ¿Qué significa "amar" bíblicamente? ¿Cómo amaba Jesús a sus enemigos?



Por. Juan Stam, Costa Rica
Jesús nos mandó amar a nuestros enemigos, pero viendo sus acciones, según los evangelios, surge una pregunta muy seria y muy difícil: ¿amaba Jesús mismo a los enemigos suyos?
Podemos estar seguros de que sí, pues él no era de los que decían una cosa pero hacían otra (cf. Mat 23:2,3). Entonces podemos formular mejor la pregunta: ¿Cómo amaba Jesús a sus enemigos?
Eso lleva a una pregunta más profunda: ¿Cómo entendía Jesús el amor?, o aún otra más amplia, ¿Qué significaba "amar" bíblicamente? ¿Cómo difiere de nuestro concepto moderno del amor, y por qué?
Constatemos primero un hecho que nos puede sorprender: Jesús tenía enemigos y los trataba como tales. En un solo discurso (Mat 23), inmediatamente después de citar el mandamiento de amar al prójimo (22:18) y aparentemente sin percibir la menor contradicción, Jesús lanza contra los escribas y fariseos un asalto verbal de epítetos nada amables.
¡Qué lejos del Jesús domesticado, inocuo e inofensivo, de mucha tradición religiosa! [1]
En ese discurso, según San Mateo 23, Jesús pronunció siete "ayes" sobre sus enemigos (una cosa muy solemne en esa época, un lamento fúnebre) y siete veces los denunció como hipócritas.
Los llamó "hijos del infierno" (23:15), "guías ciegos" (23:16; cf. 23:17,19,24), "insensatos" (23:17), "llenos de robo y de desenfreno" (23:25), "sepulcros blanqueados... llenos de huesos de muertos y de podredumbre" (23:27) y lo peor, "¡Serpientes! (23:33; "generación de víboras").
En una feroz polémica con los judíos que no creían en él, Jesús los tildó de hijos del diablo al decirles, "Ustedes son de su padre el diablo" (Juan 8:44). Cuando los maestros de la ley insistieron en atribuir a Satanás los milagros de Jesús, él los acusó del pecado contra el Espíritu Santo, "que nunca tendrá perdón" (Mr 3:29).
De hecho, en toda su vida Jesús nunca les "perdonó" a ellos ni les pidió perdón por el lenguaje tan fuerte de sus denuncias.
Jesús denunciaba a sus enemigos por una gran variedad de razones. Entre los pecados que Jesús denunció aparecen la injusticia social y económica (23.23-26; Mr 12.40; Lc 20.47), pero se destacan también los abusos religiosos (hipocresía, legalismo, el pecado imperdonable, etc.)
A Pedro lo llamó "Satanás" por proponer una cristología sin cruz (Mat 16:23) y llamó "generación perversa y adúltera" a los que buscaban señales del fin del mundo (Mat 16:4).
A los mercaderes que profanaban el santo templo los llamó "cueva de ladrones" (Mat 21:13). Solía decir que "el celo por la casa de mi padre me consume".
En estas relaciones de Jesús con sus enemigos, sorprende tanto la ferocidad de su lenguaje como también la amplia variedad de las conductas condenadas.
En la última semana de su vida, Jesús se portó de una manera que parece contradictoria.
Comenzó la semana encabezando una subversiva marcha triunfal que provocó la furia de las autoridades cívicas. Después entró en el templo y echó fuera a los vendedores y cambistas, a los que tildó de "cueva de ladrones". En esta práctica profética, como en toda su vida, su protesta vehemente iba contra la injusticia y la impiedad de toda índole.
Pero poco después, ante las falsas acusaciones en su contra, Jesús "no abrió su boca", ni para defenderse contra las mentiras (Mt 26:63; 27:12,14) , y desde la cruz suplicó a Dios perdón para los que lo mataban sin entender su acción (Lc 23:34; se refería a la turba manipulada por los sacerdotes).[2]
Observemos de paso que esta conducta de Jesús es contraria a la nuestra: nos callamos cuando se trata de injusticia contra los demás, pero cuando nos toca personalmente, no tardamos en defendernos.
En los evangelios los escribas y fariseos son hostiles contra Jesús desde un principio y Jesús no hace ningún esfuerzo por lograr una "reconciliación mutua" con ellos. A sus enemigos, y a veces a sus amigos, lanzaba epítetos fuertes sin pelos en la lengua, pero nunca les pidió perdón por haberlos insultado.
En la cruz pide a Dios perdonar a la multitud manipulada que, sin saber lo que hacían, clamaba por su muerte. En cambio, los escribas y fariseos sí sabían lo que estaban haciendo y por eso Jesús los denunciaba sin reparos.
La denuncia tajante parece ser la forma que tomó su amor hacia sus enemigos.
Esta forma de denunciar no se limita a Jesús. La misma conducta, con variantes, aparece en los profetas hebreos, en Juan el Bautista, Pablo, Santiago, Juan y el Apocalipsis. De hecho, es la característica fundamental de la profecía bíblica.
Estos hechos provocan preguntas profundas sobre el significado bíblico (y antiguo en general) del término "amor".
Una ley de la teología bíblica es entender cada término bíblico en su más estricto sentido exegético, a diferencia de sus significados y connotaciones modernos. Términos como "paz", "verdad" y "justicia", en su significado bíblico, eran significativamente diferentes a los mismos términos hoy en castellano. Lo mismo pasa con los vocablos "amor, amar".
Hoy día los significados de "amar" se concentran en el terreno de las emociones; se trata de los sentimientos. "Amar" hoy significa "tener cariño", "ser amable" (en sentido moderno) y en general no ofender a los demás (por lo menos, a "los nuestros"). Esos son valores importantes, con mucha validez, pero creo que este concepto de amor es moderno, desconocido hasta la modernidad y el surgimiento del capitalismo burgués individualista, y los conceptos modernos de privacidad, tolerancia, etc. Pregunto si alguien puede demostrar ese sentido sentimental de "amar" en las escrituras y la historia pre-moderna de la teología.
En 1 Juan 3:11-18 encontramos una valiosa clave al sentido bíblico del amor: Después de reiterar el clásico "mandamiento del amor" (3:11), hace una clara distinción entre "amor de palabras" y "amor de hecho": Conocemos lo que es el amor porque Jesucristo dio su vida por nosotros; Así también, nosotros debemos dar la vida por nuestros hermanos. Pues si uno es rico y ve que su hermano necesita ayuda, pero no se la da, ¿Cómo puede tener amor de Dios en su corazón? Hijitos míos, que nuestro amor no sea solamente de palabra, sino de hecho y en verdad (1 Jn 3:16-18).
El amor de Jesús por sus enemigos lo llevó a dar su vida por ellos. El amor nuestro a nuestros enemigos, y a todos, debe ser igual. Si bien pocos de nosotros/as seremos llamados a dar la vida, el amor nuestro nacerá más bien en el corazón de nuestra cuenta bancaria.
Amaremos a amigos y enemigos, en el sentido bíblico del amor, cuando ponemos nuestra vida por los demás, haciendo de toda nuestra vida un proyecto de servicio al prójimo (Mt 16:24); cuando compartimos generosamente nuestros recursos materiales con los que tienen necesidad.
Ya lo dijo el viejo refrán: "Hechos son amores, y no buenas razones".

[1] Tomás Muenzer, a diferencia del  "Jesús dulce" de Lutero, encontró en los evangelios un "Jesús agrio". La dulzura no es una virtud cristiana. Somos sal, no azúcar.

Fuente: Protestantedigital, 2017

jueves, 24 de marzo de 2016

Jesús y el amor al enemigo



Por. Juan Stam, Costa Rica
Jesús nos mandó amar a nuestros enemigos, pero viendo sus acciones, según los evangelios, surge una pregunta muy seria y muy difícil: ¿amaba Jesús mismo a los enemigos suyos?
Podemos estar seguros de que sí, pues él no era de los que decían una cosa pero hacían otra (cf. Mat 23:2,3). Entonces podemos formular mejor la pregunta: ¿Cómo amaba Jesús a sus enemigos?
Eso lleva a una pregunta más profunda: ¿Cómo entendía Jesús el amor?, o aún otra más amplia, ¿Qué significaba "amar" bíblicamente? ¿Cómo difiere de nuestro concepto moderno del amor, y por qué?
Constatemos primero un hecho que nos puede sorprender: Jesús tenía enemigos y los trataba como tales. En un solo discurso (Mat 23), inmediatamente después de citar el mandamiento de amar al prójimo (22:18) y aparentemente sin percibir la menor contradicción, Jesús lanza contra los escribas y fariseos un asalto verbal de epítetos nada amables.
¡Qué lejos del Jesús domesticado, inocuo e inofensivo, de mucha tradición religiosa! [1]
En ese discurso, según San Mateo 23, Jesús pronunció siete "ayes" sobre sus enemigos (una cosa muy solemne en esa época, un lamento fúnebre) y siete veces los denunció como hipócritas.
Los llamó "hijos del infierno" (23:15), "guías ciegos" (23:16; cf. 23:17,19,24), "insensatos" (23:17), "llenos de robo y de desenfreno" (23:25), "sepulcros blanqueados... llenos de huesos de muertos y de podredumbre" (23:27) y lo peor, "¡Serpientes! (23:33; "generación de víboras").
En una feroz polémica con los judíos que no creían en él, Jesús los tildó de hijos del diablo al decirles, "Ustedes son de su padre el diablo" (Juan 8:44). Cuando los maestros de la ley insistieron en atribuir a Satanás los milagros de Jesús, él los acusó del pecado contra el Espíritu Santo, "que nunca tendrá perdón" (Mr 3:29).
De hecho, en toda su vida Jesús nunca les "perdonó" a ellos ni les pidió perdón por el lenguaje tan fuerte de sus denuncias.
Jesús denunciaba a sus enemigos por una gran variedad de razones. Entre los pecados que Jesús denunció aparecen la injusticia social y económica (23.23-26; Mr 12.40; Lc 20.47), pero se destacan también los abusos religiosos (hipocresía, legalismo, el pecado imperdonable, etc.)
A Pedro lo llamó "Satanás" por proponer una cristología sin cruz (Mat 16:23) y llamó "generación perversa y adúltera" a los que buscaban señales del fin del mundo (Mat 16:4).
A los mercaderes que profanaban el santo templo los llamó "cueva de ladrones" (Mat 21:13). Solía decir que "el celo por la casa de mi padre me consume".
En estas relaciones de Jesús con sus enemigos, sorprende tanto la ferocidad de su lenguaje como también la amplia variedad de las conductas condenadas.
En la última semana de su vida, Jesús se portó de una manera que parece contradictoria.
Comenzó la semana encabezando una subversiva marcha triunfal que provocó la furia de las autoridades cívicas. Después entró en el templo y echó fuera a los vendedores y cambistas, a los que tildó de "cueva de ladrones". En esta práctica profética, como en toda su vida, su protesta vehemente iba contra la injusticia y la impiedad de toda índole.
Pero poco después, ante las falsas acusaciones en su contra, Jesús "no abrió su boca", ni para defenderse contra las mentiras (Mt 26:63; 27:12,14) , y desde la cruz suplicó a Dios perdón para los que lo mataban sin entender su acción (Lc 23:34; se refería a la turba manipulada por los sacerdotes).[2]
Observemos de paso que esta conducta de Jesús es contraria a la nuestra: nos callamos cuando se trata de injusticia contra los demás, pero cuando nos toca personalmente, no tardamos en defendernos.
En los evangelios los escribas y fariseos son hostiles contra Jesús desde un principio y Jesús no hace ningún esfuerzo por lograr una "reconciliación mutua" con ellos. A sus enemigos, y a veces a sus amigos, lanzaba epítetos fuertes sin pelos en la lengua, pero nunca les pidió perdón por haberlos insultado.
En la cruz pide a Dios perdonar a la multitud manipulada que, sin saber lo que hacían, clamaba por su muerte. En cambio, los escribas y fariseos sí sabían lo que estaban haciendo y por eso Jesús los denunciaba sin reparos.
La denuncia tajante parece ser la forma que tomó su amor hacia sus enemigos.
Esta forma de denunciar no se limita a Jesús. La misma conducta, con variantes, aparece en los profetas hebreos, en Juan el Bautista, Pablo, Santiago, Juan y el Apocalipsis. De hecho, es la característica fundamental de la profecía bíblica.
Estos hechos provocan preguntas profundas sobre el significado bíblico (y antiguo en general) del término "amor".
Una ley de la teología bíblica es entender cada término bíblico en su más estricto sentido exegético, a diferencia de sus significados y connotaciones modernos. Términos como "paz", "verdad" y "justicia", en su significado bíblico, eran significativamente diferentes a los mismos términos hoy en castellano. Lo mismo pasa con los vocablos "amor, amar".
Hoy día los significados de "amar" se concentran en el terreno de las emociones; se trata de los sentimientos. "Amar" hoy significa "tener cariño", "ser amable" (en sentido moderno) y en general no ofender a los demás (por lo menos, a "los nuestros"). Esos son valores importantes, con mucha validez, pero creo que este concepto de amor es moderno, desconocido hasta la modernidad y el surgimiento del capitalismo burgués individualista, y los conceptos modernos de privacidad, tolerancia, etc. Pregunto si alguien puede demostrar ese sentido sentimental de "amar" en las escrituras y la historia pre-moderna de la teología.
En 1 Juan 3:11-18 encontramos una valiosa clave al sentido bíblico del amor: Después de reiterar el clásico "mandamiento del amor" (3:11), hace una clara distinción entre "amor de palabras" y "amor de hecho": Conocemos lo que es el amor porque Jesucristo dio su vida por nosotros; Así también, nosotros debemos dar la vida por nuestros hermanos. Pues si uno es rico y ve que su hermano necesita ayuda, pero no se la da, ¿Cómo puede tener amor de Dios en su corazón? Hijitos míos, que nuestro amor no sea solamente de palabra, sino de hecho y en verdad (1 Jn 3:16-18).
El amor de Jesús por sus enemigos lo llevó a dar su vida por ellos. El amor nuestro a nuestros enemigos, y a todos, debe ser igual. Si bien pocos de nosotros/as seremos llamados a dar la vida, el amor nuestro nacerá más bien en el corazón de nuestra cuenta bancaria.
Amaremos a amigos y enemigos, en el sentido bíblico del amor, cuando ponemos nuestra vida por los demás, haciendo de toda nuestra vida un proyecto de servicio al prójimo (Mt 16:24); cuando compartimos generosamente nuestros recursos materiales con los que tienen necesidad.
Ya lo dijo el viejo refrán: "Hechos son amores, y no buenas razones".
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[1] Tomás Muenzer, a diferencia del  "Jesús dulce" de Lutero, encontró en los evangelios un "Jesús agrio". La dulzura no es una virtud cristiana. Somos sal, no azúcar.

Fuente: Protestantedigital, 2016.

domingo, 27 de diciembre de 2015

Spielberg y el trato a los enemigos



Por. José de Segovia, España
No sé si la nueva película de Spielberg trata sobre Guantánamo, pero nos revela que la humanidad se muestra en la forma en que tratamos a nuestros enemigos. Como Jesús dice, no hay nada especial en ser favorable a los tuyos, hablar bien de los que piensan como tú y ser generoso con tus amigos. Naturalmente, amamos a los que nos aman, pero el amor que Dios nos presenta en Cristo Jesús, alcanza al enemigo, camina la milla extra, pone la otra mejilla y busca la paz, dando la vida por el otro (Mateo 5:38-48). En ese sentido, “El puente de los espías” es un gran relato de Navidad.  
Pocas películas hay en la cartelera, tan a contra corriente, como esta. Parece de otra época. Tiene el ritmo y el aire de cuando el cine era otra cosa, no un espectáculo vacuo de entretenimiento para adolescentes, sino un retrato complejo de personajes adultos. La maestría que Tom Hanks demuestra en la interpretación de este abogado de Brooklyn, James Donovan, inmerso en las entrañas de la Guerra Fría, nos demuestra que un actor es algo más que alguien que hace de sí mismo. Se trata de construir una personalidad –en este caso, histórica–, sin los reduccionismos del que recurre a la caricatura de una figura de cartón piedra.
El respetado crítico de New Yorker, Richard Brody, observa en el personaje algo de Spielberg mismo. Muchos le han acusado de acabar con el nuevo Hollywood que aparece a finales de los sesenta, cuando los grandes estudios llegaron a hacer películas tan oscuras como “Easy Rider”, “El Padrino”, “Chinatown” o “Taxi Driver”. Lo cierto es que “Tiburón” sigue siendo una de las obras más estudiadas de la Historia del cine. Spielberg supo jugar con las reglas del sistema, mostrando una táctica y habilidad, no exenta de empatía y bonhomía, que ha ganado el aprecio de directores como Martin Scorsese o Paul Thomas Anderson.  
El verdadero Rudolf Abel es prodigiosamente interpretado por el actor de teatro británico Mark Rylance
La escena que abre el filme, ha sido enormemente elogiada por la crítica, por su ingeniosa expresividad. Un encuadre panorámico, muestra en el centro de la composición a un pintor que acaba su autorretrato de espaldas al espectador. A la izquierda, distinguimos su rostro en el espejo, donde estudia sus facciones y nos devuelve la mirada. Vemos al hombre reflejado dos veces, en el cristal y en la pintura. Se trata del impresionante actor de teatro británico, Mark Rylance, haciendo de un supuesto espía ruso, que intenta escapar a continuación, en una prodigiosa secuencia de persecución en el metro de Nueva York, que recuerda tantas maravillosas películas de los setenta, como “French Connection”.
DESDOBLAMIENTO
El desdoblamiento del personaje de Rudolf Abel, acusado de espionaje por la CIA –algo que él, nunca reconoció–, nos introduce en la doble vida que hace fascinantes, estos relatos. Como tantos otros, Spielberg admira “El espía que surgió del frío” (1965), la desoladora obra de Martin Ritt sobre la novela de John LeCarré, interpretada por un complejo Richard Burton. Para él, no es sólo la mejor adaptación de un libro de Le Carré, considerado por Graham Greene como la mejor novela de espías, sino que para Spielberg, es su película favorita de espías de todos los tiempos.
En la película, Tom Hanks hace de un abogado que tiene que defender a un hombre, acusado espionaje
Mi pasión por los relatos de espías nace en la adolescencia, cuando la distancia entre lo que uno aparenta, y el mundo interno que ocultas, se agiganta a pasos descomunales. Como ha dicho Javier Marías, el espía encarna la dualidad del ser humano. Si nos interesan, es porque no son lo que parecen. Detrás de la aburrida vida gris de un abogado de seguros como Donovan, hay un mundo oscuro y complejo, donde nada es lo que aparenta. Las historias de espías nos preguntan quiénes somos, cuál es la verdad, qué es la lealtad y si hay alguien realmente inocente.
Donovan no es ningún ángel. Tom Hanks nos lo presenta intentando dividir la indemnización del seguro de un conductor accidentado entre los cinco que han sufrido daños, que deberían recibir cada uno, la misma cantidad. Es en esos términos que busca preservar la vida de su defendido, como posible canje por algún prisionero americano, al otro lado del Telón de Acero. Es alguien que fuerza las reglas, para conseguir el beneficio que busca. Y no es el devoto padre de familia que al principio imaginamos. La chica que interpreta la hija del cantante de U2 (Eve Hewson), cuando tirotean la casa, su padre se acerca para consolarla, pero ella pasa de largo, corriendo a los brazos de su madre (Amy Ryan), una esposa al estilo de las que hacía Donna Reed en el Hollywood clásico.
¿QUÉ HACEMOS CON NUESTROS ENEMIGOS?
El protagonista de “El puente de los espías” no sólo cree en el poder de la palabra, sino que también busca reconocerse en el otro, el enemigo declarado. El cristianismo de Jesús tampoco confía en la violencia, sino en el poder del Espíritu que obra con la Palabra, el cambio que te permite amar al enemigo. Al descubrirnos tal y cómo somos, pecadores como los demás, no mejores que otros, nos podemos identificar con aquel que en principio, sólo produce nuestro rechazo. Nos compadecemos de él y podemos amarle, por la obra sobrenatural del Espíritu de Dios.
El puente de los espías es en cierto sentido, un relato de Navidad
Eso es lo que hizo Dios con nosotros, al venir a este mundo. Al hacerse hombre, “sufrió nuestra contradicción de pecadores contra sí mismo” (Hebreos 12:3). Por lo que nada humano, le es ahora ajeno. Conoce todas nuestras debilidades, aunque no tuviera falta. Puede identificarse con nosotros y saber lo que pensamos o sentimos. Esa es la maravilla de la Encarnación, algo que ninguna religión conoce, que hace diferente al cristianismo del pensamiento judío o griego. Si nuestra fe no nos hace identificarnos con otros, ni sentir compasión por ellos, tenemos que dudar si nos estamos comportando como discípulos de nuestro Maestro.
¿Por qué los cristianos muestran tanto rechazo y agresividad? Basta navegar las redes sociales, para ver el lenguaje ofensivo con que arremeten contra todo aquel que se desvía del camino correcto. Los defensores de la “sana doctrina” se comportan a menudo, como fanáticos, llenos de odio e intolerancia, para el que no piense como ellos. Cuando alguien tiene un estilo de vida, que no corresponde a la fe cristiana, se complacen en anunciarle el juicio divino y la condenación eterna. No tienen ningún reparo en contradecir la profesión de fe de cualquier persona, por su simple apariencia, o impresión personal. Y si encima se declara ateo, o satisfecho de su conducta no cristiana, no recibirá más que palabras llenas de rencor y enemistad… ¿dónde está el amor por nuestros enemigos?
AMOR INMERECIDO
Si defendemos lo que es justo, tendremos enemigos. Podemos justificar nuestra hostilidad, pero Jesús nos dice: ¡ámalos, de todas formas! Quien te rechaza, espera que te pongas en contra de él. Jesús dice: “¡sorpréndele!, ¡hazle bien!” (Lucas 6:35). Nuestro amor tiene que ser algo más que bonitas palabras. Se ha de mostrar en la práctica. Cuando dices que amas al homosexual, aunque rechazas su pecado, si tu actitud no es más que de juicio y condenación, no sé dónde está ese amor del que hablas.
El mundo está dividido por muros que Dios derriba, pero el hombre levanta de nuevo
Si nuestras convicciones políticas son tan excluyentes, que no puedes dejar de denigrar al contrario, tu ideología es de odio y no de amor al prójimo. Cuando tenemos buenas relaciones con las autoridades, porque buscamos algo a cambio, no estamos prestando nada, sino esperando una contrapartida. El amor tiene un coste. Y ese no es esperar nuestra recompensa en este mundo. 
Los enemigos tienen poder para quitar, pero no para devolver lo quitado. Jesús, sí. Nuestro futuro está en sus manos, no en las de ellos. En su amor inmerecido, nos promete el galardón que el mundo no puede darnos. Es paciente y misericordioso para con nosotros. Vemos una y otra vez, su bondad, en que siendo malos e ingratos, se ha entregado por nosotros hasta el final, dándonos a su propio Hijo, hasta morir en la cruz. Así hemos de amar a nuestros enemigos.

Fuente: Protestantedigital, 2015