¡Vos podes ayudarnos!

---
;
Mostrando entradas con la etiqueta humanidad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta humanidad. Mostrar todas las entradas

domingo, 27 de diciembre de 2015

Spielberg y el trato a los enemigos



Por. José de Segovia, España
No sé si la nueva película de Spielberg trata sobre Guantánamo, pero nos revela que la humanidad se muestra en la forma en que tratamos a nuestros enemigos. Como Jesús dice, no hay nada especial en ser favorable a los tuyos, hablar bien de los que piensan como tú y ser generoso con tus amigos. Naturalmente, amamos a los que nos aman, pero el amor que Dios nos presenta en Cristo Jesús, alcanza al enemigo, camina la milla extra, pone la otra mejilla y busca la paz, dando la vida por el otro (Mateo 5:38-48). En ese sentido, “El puente de los espías” es un gran relato de Navidad.  
Pocas películas hay en la cartelera, tan a contra corriente, como esta. Parece de otra época. Tiene el ritmo y el aire de cuando el cine era otra cosa, no un espectáculo vacuo de entretenimiento para adolescentes, sino un retrato complejo de personajes adultos. La maestría que Tom Hanks demuestra en la interpretación de este abogado de Brooklyn, James Donovan, inmerso en las entrañas de la Guerra Fría, nos demuestra que un actor es algo más que alguien que hace de sí mismo. Se trata de construir una personalidad –en este caso, histórica–, sin los reduccionismos del que recurre a la caricatura de una figura de cartón piedra.
El respetado crítico de New Yorker, Richard Brody, observa en el personaje algo de Spielberg mismo. Muchos le han acusado de acabar con el nuevo Hollywood que aparece a finales de los sesenta, cuando los grandes estudios llegaron a hacer películas tan oscuras como “Easy Rider”, “El Padrino”, “Chinatown” o “Taxi Driver”. Lo cierto es que “Tiburón” sigue siendo una de las obras más estudiadas de la Historia del cine. Spielberg supo jugar con las reglas del sistema, mostrando una táctica y habilidad, no exenta de empatía y bonhomía, que ha ganado el aprecio de directores como Martin Scorsese o Paul Thomas Anderson.  
El verdadero Rudolf Abel es prodigiosamente interpretado por el actor de teatro británico Mark Rylance
La escena que abre el filme, ha sido enormemente elogiada por la crítica, por su ingeniosa expresividad. Un encuadre panorámico, muestra en el centro de la composición a un pintor que acaba su autorretrato de espaldas al espectador. A la izquierda, distinguimos su rostro en el espejo, donde estudia sus facciones y nos devuelve la mirada. Vemos al hombre reflejado dos veces, en el cristal y en la pintura. Se trata del impresionante actor de teatro británico, Mark Rylance, haciendo de un supuesto espía ruso, que intenta escapar a continuación, en una prodigiosa secuencia de persecución en el metro de Nueva York, que recuerda tantas maravillosas películas de los setenta, como “French Connection”.
DESDOBLAMIENTO
El desdoblamiento del personaje de Rudolf Abel, acusado de espionaje por la CIA –algo que él, nunca reconoció–, nos introduce en la doble vida que hace fascinantes, estos relatos. Como tantos otros, Spielberg admira “El espía que surgió del frío” (1965), la desoladora obra de Martin Ritt sobre la novela de John LeCarré, interpretada por un complejo Richard Burton. Para él, no es sólo la mejor adaptación de un libro de Le Carré, considerado por Graham Greene como la mejor novela de espías, sino que para Spielberg, es su película favorita de espías de todos los tiempos.
En la película, Tom Hanks hace de un abogado que tiene que defender a un hombre, acusado espionaje
Mi pasión por los relatos de espías nace en la adolescencia, cuando la distancia entre lo que uno aparenta, y el mundo interno que ocultas, se agiganta a pasos descomunales. Como ha dicho Javier Marías, el espía encarna la dualidad del ser humano. Si nos interesan, es porque no son lo que parecen. Detrás de la aburrida vida gris de un abogado de seguros como Donovan, hay un mundo oscuro y complejo, donde nada es lo que aparenta. Las historias de espías nos preguntan quiénes somos, cuál es la verdad, qué es la lealtad y si hay alguien realmente inocente.
Donovan no es ningún ángel. Tom Hanks nos lo presenta intentando dividir la indemnización del seguro de un conductor accidentado entre los cinco que han sufrido daños, que deberían recibir cada uno, la misma cantidad. Es en esos términos que busca preservar la vida de su defendido, como posible canje por algún prisionero americano, al otro lado del Telón de Acero. Es alguien que fuerza las reglas, para conseguir el beneficio que busca. Y no es el devoto padre de familia que al principio imaginamos. La chica que interpreta la hija del cantante de U2 (Eve Hewson), cuando tirotean la casa, su padre se acerca para consolarla, pero ella pasa de largo, corriendo a los brazos de su madre (Amy Ryan), una esposa al estilo de las que hacía Donna Reed en el Hollywood clásico.
¿QUÉ HACEMOS CON NUESTROS ENEMIGOS?
El protagonista de “El puente de los espías” no sólo cree en el poder de la palabra, sino que también busca reconocerse en el otro, el enemigo declarado. El cristianismo de Jesús tampoco confía en la violencia, sino en el poder del Espíritu que obra con la Palabra, el cambio que te permite amar al enemigo. Al descubrirnos tal y cómo somos, pecadores como los demás, no mejores que otros, nos podemos identificar con aquel que en principio, sólo produce nuestro rechazo. Nos compadecemos de él y podemos amarle, por la obra sobrenatural del Espíritu de Dios.
El puente de los espías es en cierto sentido, un relato de Navidad
Eso es lo que hizo Dios con nosotros, al venir a este mundo. Al hacerse hombre, “sufrió nuestra contradicción de pecadores contra sí mismo” (Hebreos 12:3). Por lo que nada humano, le es ahora ajeno. Conoce todas nuestras debilidades, aunque no tuviera falta. Puede identificarse con nosotros y saber lo que pensamos o sentimos. Esa es la maravilla de la Encarnación, algo que ninguna religión conoce, que hace diferente al cristianismo del pensamiento judío o griego. Si nuestra fe no nos hace identificarnos con otros, ni sentir compasión por ellos, tenemos que dudar si nos estamos comportando como discípulos de nuestro Maestro.
¿Por qué los cristianos muestran tanto rechazo y agresividad? Basta navegar las redes sociales, para ver el lenguaje ofensivo con que arremeten contra todo aquel que se desvía del camino correcto. Los defensores de la “sana doctrina” se comportan a menudo, como fanáticos, llenos de odio e intolerancia, para el que no piense como ellos. Cuando alguien tiene un estilo de vida, que no corresponde a la fe cristiana, se complacen en anunciarle el juicio divino y la condenación eterna. No tienen ningún reparo en contradecir la profesión de fe de cualquier persona, por su simple apariencia, o impresión personal. Y si encima se declara ateo, o satisfecho de su conducta no cristiana, no recibirá más que palabras llenas de rencor y enemistad… ¿dónde está el amor por nuestros enemigos?
AMOR INMERECIDO
Si defendemos lo que es justo, tendremos enemigos. Podemos justificar nuestra hostilidad, pero Jesús nos dice: ¡ámalos, de todas formas! Quien te rechaza, espera que te pongas en contra de él. Jesús dice: “¡sorpréndele!, ¡hazle bien!” (Lucas 6:35). Nuestro amor tiene que ser algo más que bonitas palabras. Se ha de mostrar en la práctica. Cuando dices que amas al homosexual, aunque rechazas su pecado, si tu actitud no es más que de juicio y condenación, no sé dónde está ese amor del que hablas.
El mundo está dividido por muros que Dios derriba, pero el hombre levanta de nuevo
Si nuestras convicciones políticas son tan excluyentes, que no puedes dejar de denigrar al contrario, tu ideología es de odio y no de amor al prójimo. Cuando tenemos buenas relaciones con las autoridades, porque buscamos algo a cambio, no estamos prestando nada, sino esperando una contrapartida. El amor tiene un coste. Y ese no es esperar nuestra recompensa en este mundo. 
Los enemigos tienen poder para quitar, pero no para devolver lo quitado. Jesús, sí. Nuestro futuro está en sus manos, no en las de ellos. En su amor inmerecido, nos promete el galardón que el mundo no puede darnos. Es paciente y misericordioso para con nosotros. Vemos una y otra vez, su bondad, en que siendo malos e ingratos, se ha entregado por nosotros hasta el final, dándonos a su propio Hijo, hasta morir en la cruz. Así hemos de amar a nuestros enemigos.

Fuente: Protestantedigital, 2015

viernes, 6 de abril de 2012

LA ANTIGUA HUMANIDAD FUE CRUCIFICADA CON JESUCRISTO (Ro 6.1-14)

Por. Leopoldo Cervantes-Ortiz, México.
…sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado (sunestauróthe) juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido (katargethê), a fin de que no sirvamos más al pecado.
Romanos 6.6
El Verbo, cuando fue hecho carne, pasó de la ubicuidad al espacio, de la eternidad a la historia, de la dicha sin límites a la mutación y a la muerte…[1] J.L. Borges, “Tres versiones de Judas”
1. Pablo frente a la cruz de Jesús
Uno de los primeros conflictos que debió enfrentar el antiguo fariseo Pablo de Tarso en relación con la realidad de la cruz de Jesús fue la afirmación de Dt 21.22-23 sobre la maldición para quien muere en un madero. Su conciencia religiosa, formada en el más estricto apego a la ley, debió confrontarse con la cruda visión de la fe cristiana acerca de los momentos climáticos de la muerte de Jesús en el madero del Gólgota, una imagen intolerable para la perspectiva judía sobre el ajusticiamiento de una persona. En ese caso, Jesús no había sido ejecutado como blasfemo sino como un enemigo de la paz pública y del Estado romano. Cuando tuvo la visión cerca de Damasco, seguramente el choque debió ser brutal para él:
¡A quien él perseguía, era precisamente el Mesías, de quien Dios mismo daba testimonio resucitándolo de entre los muertos y glorificándolo, como los cristianos perseguidos por él testimoniaban! Pablo creyó en Jesús, pero tuvo que replantearse el problema de su muerte. Si Jesús, pues, no era un ‘maldito de Dios’, ¿por qué su muerte en la cruz? La comunidad de Damasco, que le acogió, le dio la primera respuesta: ‘murió por nuestros pecados’, según testimoniaban las Escrituras”.[2]
Esta creencia, que Pablo repite modificada varias veces, se deriva de una lectura cristológica de Isaías 53.5a (“Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados…”), y formaba parte de las primeras afirmaciones de fe de las comunidades creyentes. La mirada realista acerca de un instrumento de tortura secular usada por los garantes de estabilidad social, los militares romanos, contrasta con la interpretación del proyecto divino de salvación que progresivamente elaboró el apóstol. Poco antes de desarrollar su teología de la cruz propia, formula preguntas tan acuciantes como en I Co 1.13: “¿Acaso crucificaron a Pablo por ustedes?” para demostrar que sólo quien pasó por la cruz podía atribuirse la propiedad de la iglesia. Para él, todos los seres humanos, tanto judíos como gentiles, son irredentos, por lo que su necesidad de apelar a esa muerte es obligada.
En Gálatas 3.13-14 se refiere explícitamente a Dt 21.23: “Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (porque está escrito: Maldito todo el que es colgado en un madero), para que en Cristo Jesús la bendición de Abraham alcanzase a los gentiles, a fin de que por la fe recibiésemos la promesa del Espíritu”. Ridderbos comenta: “El texto afirma que Cristo, al dejarse crucificar por nosotros, se hizo maldición por nosotros, para que la bendición de Abraham pudiera comunicarse a los gentiles por medio de la fe, y no en base a las obras”.[3] “Así, ellos pueden ahora recibir mediante la fe lo que no estaban capacitados para recibir por medio de la ley”.[4]
Probablemente Pablo esté acá reflejando su sensibilidad pre-cristiana: ¿cómo puede alguien decir que Jesús es enviado de Dios, si Dios lo ha maldecido en la cruz? Esta paradoja sólo alcanza su sentido con la fe en la resurrección: “Dios lo resucitó” (1.1); es decir: la cruz es signo de que Dios ha maldecido a Jesús, pero la resurrección es signo de que lo ha bendecido. Llegando a lo profundo de la maldición (haciéndose maldito), Jesús llega al extremo de la debilidad, de hacerse nada (kénosis), para así poder llegar a todos, no sólo a los que tienen poder o fuerza. Llegando hasta lo más profundo, liberándonos de la ley, la bendición “a todas las naciones” que Dios hizo a Abraham (Gen 12.3) llega ahora a los paganos (3.14).[5]
Procesando así esta enorme paradoja pudo san Pablo relanzar la imagen salvífica de un “malhechor rehabilitado” que, condenado por la ley antigua, podía funcionar como salvador en el nuevo esquema de Dios. De ahí que su lenguaje asuma las metáforas jurídicas de la redención y la justificación, por igual, para referirse a los logros de la cruz de Jesucristo, que él vería ya como centro y razón de ser de cualquier comprensión de la obra salvadora de Dios, porque “el fin de cualquier teología de la ley es Cristo, y no otro que el crucificado, en el sentido de la expresión paulina, ‘palabra (o mensaje) de la cruz’”.[6]
2. Crucificados/as con Jesús para una vida nueva
La carta a los Romanos representa uno de los momentos más altos en la reflexión paulina sobre la fe y la actuación de Dios en Cristo. En el cap. 6, el apóstol desarrolla, como algunos estudiosos han observado, dos lenguajes simultáneos, el cúltico o jurídico, y el participativo o “místico”, acerca de la muerte de Jesús por la humanidad. Eso se puede resumir con una fórmula: “Es la distinción entre decir que Cristo murió por los creyentes y que ellos mueren con Cristo, entre decir que los cristianos/as son santificados y justificados, y que ellos han muerto con Cristo al poder del pecado”.[7] De este modo, la muerte de Jesús en la cruz sirvió para dos propósitos: tratar con el castigo y las consecuencias del pecado humano y, al mismo tiempo, con su poder: “La muerte de Cristo consiguió la absolución y para hacer posible la participación en su muerte al poder del pecado”.[8]Explorar el primer énfasis, el legal o litúrgico, conduce inevitablemente al segundo, el participativo, en el que según este pasaje, cada creyente se identifica profundamente con la muerte de Cristo en el rito bautismal, pues “al quedar unidos a Cristo Jesús en el bautismo, quedamos unidos a su muerte” (v. 3); “por el bautismo fuimos sepultados con Cristo, y morimos” (v. 4); “nos hemos unido a Cristo en una muerte como la suya” (v. 5); “lo que antes éramos fue crucificado con Cristo” (6.6); “nosotros hemos muerto con Cristo” (v. 8). Esa identificación nos lleva a vivir de otra manera: “para ser resucitados y vivir una vida nueva” (v. 4); “para que el poder de nuestra naturaleza pecadora quedara destruido y ya no siguiéramos siendo esclavos del pecado” (v. 6); “muertos respecto al pecado, pero vivos para Dios en unión con Cristo Jesús” (v. 11). “La lógica de este cambio es bastante sencilla: ‘Porque, cuando uno muere, queda libre del pecado’ (6.7), y de cualquier otra cosa que pudiera mantenemos ‘enganchados’ del sistema pecador, de la obligación y la ‘vida muerta’”.[9]En el bautismo, según Pablo, “nos hemos despedido simbólico-políticamente de este mundo pecador/de muerte, confiados en que pronto compartiremos la otra vida manifestada en la resurrección de Cristo, una vida libre de temor, de odio, de resentimiento, de tanta falta de satisfacción”.[10] Y ya es posible disfrutar de esta nueva forma de existencia, aun cuando su plenitud no se alcance, pues nuestra vida es, desde ahora, la “semilla de otro reino”. “Lo que hace de la muerte de Cristo uno de los símbolos más aptos de la vida cristiana, en cuanto “liberada” del poder del pecado y de la muerte, y por ello capaz de enfrentarse sin miedo o temor al porvenir, es la relación que tiene para Pablo la imagen de la cruz con la ‘espiritualidad’ de lucha y perseverancia, que en Ro 8 se presenta como la base del proyecto cristiano.[11]Gálatas 2.19-20 retoma la experiencia de estar crucificados con Cristo y allí crucifica al yo, “que es pecador por estar sometido al legalismo”. En Ro 6.6a, “nuestro hombre viejo quedó juntamente crucificado con él; es decir: fue aniquilado el cuerpo carnal poseído por el pecado (el individuo pecador, 6b); de este modo ha sido quebrantado el poder del pecado (6.2; 6.6c)”.[12] De modo paralelo, en Gál 6.14 todo esto se expresa con una fórmula cósmica: “por la cruz de Cristo el ‘mundo’, de tentador del poder, fue crucificado en favor del yo creyente, y por otra parte el yo fue entregado a la muerte para afrenta del mundo, ya que pierde su base de operaciones […] Los creyentes, transformados en propiedad de Cristo, han crucificado su carne con sus pasiones y deseos desordenados (Gál 5.24)”.[13]Desde esta perspectiva “mística”, lo que los creyentes han hecho es “compartir es una condición presente similar a la del Cristo crucificado y resucitado como resultado de haber roto radicalmente con el pecado junto a su Señor a fin de vivir para Dios”.[14] Y todo ello acontece, efectivamente, mediante la incorporación al cuerpo de Cristo por la fe y el bautismo. Mueren junto con Cristo y se identifican con la condición suya de estar “muertos al pecado” y a la era presente. En la cruz muere la vieja humanidad y se anuncia el surgimiento de una nueva en la resurrección de Cristo, quien ha ganado para quienes “son sepultados con él” (4a) por el bautismo una “vida nueva” para andar en ella (4c, kainóteti zoēs peripatésomen). Ya no hay identificación esencial con el mundo de hoy sino con la vida experimentada desde la cruz y resurrección de Cristo. La “visión mística”, entonces, exige una aplicación ética para lograr la superación de los valores contrarios al Reino de Dios. ¡Es la preeminencia de la gracia, sí, pero que reclama un compromiso en todos los órdenes de la vida!
Además, la actualización de la crucifixión exige ampliar los contextos para la aplicación de la muerte de Jesús, pues la experiencia humana sigue produciendo crucificados: “La Semana Santa traiciona la pasión cuando es algo sólo emocional, folclórico y festivo. Es memoria de la cruz y toma de conciencia de que muchos conciudadanos están viviendo una pasión, crucificados por los poderes de este mundo. Cuando esto se concientiza y compromete a los cristianos, entonces es cuando la celebración es actual y tiene fuerza”.[15] El Viernes Santo, lamentablemente, es la situación permanente de muchas personas en nuestras sociedades, por lo que el salto al Domingo de Resurrección para ellas es de una urgencia pasmosa.[16]
***
Ante la cruz

viene el recuerdo otra vez
el impacto de esos días ambiguos
cuando un hombre transparente
fue asesinado por amor a la causa divina:
paladeó el dolor como pocos
y abrió la puerta universal de la fraternidad/
subió a un madero ignominioso
y ganó una salvación desde el abandono

ese recuerdo golpea paredes y conciencias
convoca rituales ceremoniosos
mas sobre todas las cosas
viene desde un tiempo pleno
a decir que la justicia es un derecho
para todos/ su camino de sangre
lo han recorrido millones de seres
que soñaron y sueñan con un reino de paz

su voz maltrecha en el suplicio
apeló y apela a la ausencia de Dios
pero resuena en la concavidad del cielo:
recordar su martirio atribulado
sin sumarse a las huestes de fe
es un flaco homenaje a su lucha
al amor inobjetable que lo habitó
e incluyó a sus enemigos

hoy su cruz nos llama a todos
(LC-O)

--------------------------------------------------------------------------------
[1] Cf. Winston Enrique Sabogal, “La deuda con Judas”, en El País, 5 de abril de 2012, http://blogs.elpais.com/papeles-perdidos/2012/04/en-deuda-con-judas.html Agradezco la referencia al maestro Sergio Cárdenas.
[2] Ángel Pérez Gordo, “La cruz interpretada por San Pablo (II). Las fiestas de Israel, tipo de las nuevas realidades”, en Staurós. Teología de la Cruz, núm. 27, 1997, p. 17,
www.pasionistas.net/documentos/stauros/stauros_indice.html
[3] H. Ridderbos, El pensamiento del apóstol Pablo. Grand Rapids, Libros Desafío, 2000, p. 216.
[4] D. Brondos, Paul on the cross. Reconstructing the apostle’s story of redemption. Minneapolis, Fortress, 2066, p. 148. Gracias a Rosa Hamdan por el acceso a este volumen.
[5] E. de la Serna, “Gálatas: la novedad de estar en Cristo”, en RIBLA, núm. 62,
http://claiweb.org/ribla/ribla62/eduardo.html
[6] E. Brandenburger, “Cruz”, en L. Coenen et al., Diccionario Teológico del Nuevo Testamento. I. Salamanca, Sígueme, 1990, p. 365.[7] E.P. Sanders, Paul and palestinian judaism. Filadelfia, Fortress, 1977, p. 520, cit. por D. Brondos, op. cit., p. 103.
[8] Ibid., p. 507.
[9] Leif E. Vaage, “Redención y violencia: el sentido de la muerte de Cristo en Pablo. Apuntes hacia una relectura”, en RIBLA, núm. 18,
http://claiweb.org/ribla/ribla18/redencion%20y%20violencia.html.
[10] Idem
[11] Idem.[12] E. Branderburger, op. cit., p. 366.
[13] Idem.
[14] D. Brondos, op. cit., p. 175.
[15] J.A. Estrada Díaz, “¿Es actual la Semana Santa?”, en Diario de Sevilla, 4 de abril de 2012, www.diariodesevilla.es/article/opinion/1225535/es/actual/la/semana/santa.html.
[16] Juan José Tamayo Acosta, “Viernes Santo en la sociedad del bienestar social. La experiencia del mal desde la perspectiva de las víctimas”, en Moralia, núm. 22, 1999, pp. 223-252, en Staurós, núm. 37, primer semestre de 2002,
www.pasionistas.net/documentos/stauros/stauros_indice.html
---------------------------------------------------------------------------
Sergio Cárdenas, “Ante tu cruz”