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miércoles, 1 de mayo de 2013

¿Cómo se hacen discípulos de Jesucristo? (I)

Por. C. René Padilla, Argentina
Si el propósito central de la misión cristiana es hacer discípulos, según la Gran Comisión que Jesucristo dio a sus discípulos, según Mateo 28:16-20, cabe la pregunta: ¿Cómo se hacen discípulos de Jesucristo? Para empezar, precisamos tomar en cuenta que un discípulo es primordialmente un aprendiz, alguien que está en proceso de formación que tiene como fin que el aprendiz llegue a ser como su maestro. Desde esta perspectiva, el mandamiento a “hacer discípulos” es un mandamiento a formar personas que lleguen a ser como Jesucristo.
Por cierto, esta afirmación no coincide con una enseñanza que se difundió en círculos evangélicos hace unos años, según la cual la tarea del quien realiza la tarea discipular es formar discípulos a su propia imagen y semejanza. No creo que esa haya sido la intención del mandamiento. El Maestro por excelencia a quien todos los cristianos estamos llamados a seguir es Jesucristo. El apóstol Pablo reconoce esto cuando, escribiendo a los creyentes en Galacia, les dice: “Queridos hijos, por quienes vuelvo a sufrir dolores de parto hasta que Cristo sea formado en ustedes” (Gálatas 4:19). Eso no niega, sin embargo, que sólo quien toma en serio su propio discipulado cristiano está en condiciones de formar discípulos de Cristo. Es por eso que el mismo apóstol exhorta a los creyentes en Corinto: “Imítenme a mí como yo imito a Cristo” (1 Corintios 11:1). En la tarea de hacer discípulos, como en la de criar hijos, la pedagogía más efectiva es la que depende mucho más del ejemplo que de las palabras.
Volviendo a nuestra pregunta inicial, ¿cómo se hacen de Jesucristo? Ya observamos en el artículo anterior que en nuestro texto el verbo matheteúsate (“hagan discípulos” en modo imperativo) va acompañado por tres formas verbales (gerundios), dos de las cuales responden directamente a esta pregunta: “bautizándolos” y “enseñándoles”.
El bautismo es el rito de iniciación en el discipulado. Este no es el lugar para profundizar en el tema de la tradicional controversia entre quienes practican el bautismo de infantes como señal del pacto y quienes lo practican como un acto consciente de identificación con Cristo por parte de personas creyentes. Para nuestro propósito basta señalar que en la Gran Comisión se da por sentado que el discipulado se inicia con el bautismo y que éste es “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (v. 19).
Con el bautismo se inicia todo ese proceso al cual nos hemos referido anteriormente: el proceso de formación del aprendiz para que llegue a ser como Jesucristo. Si no se toma en cuenta esto, se corre el riesgo de hacer del bautismo lo único que importa. ¿No fue esto lo que sucedió con la conquista ibérica de nuestro continente? Los conquistadores llegaron con un profundo sentido de misión, con la convicción de haber sido enviados por Dios. La cruz llegó acompañada por la espada, los soldados llegaron seguidos por los frailes misioneros. Y para “convertir” a los aborígenes al cristianismo se esforzaron por bautizar a miles y miles de ellos. Bautizaron pero no hicieron discípulos. Y así nacieron nuestros países: con masas bautizadas pero no evangelizadas. La pregunta es si hoy los evangélicos no corremos el riesgo de hacer lo mismo, impulsados por el afán de incrementar el número de miembros de nuestras iglesias pero sin el debido énfasis en la misión de hacer discípulos.
Sigue en pie la pregunta: ¿cómo se hacen discípulos de Jesucristo? La forma verbal “bautizándolos” es apenas parte de la respuesta, y es inseparable de lo que sigue: “enseñándoles a obedecer todo lo que les he enseñado a ustedes”.
 
Fuente: El blog de René Padilla, Fundación Kairós, 2013

sábado, 20 de abril de 2013

El mandamiento de hacer discípulos

Por. C. René Padilla, Argentina.
En la Gran Comisión según Mateo 28:16-20, la afirmación de la autoridad universal del Señor Jesucristo precede la definición de la misión de la iglesia representada por lo rodeaban en ese momento: “Se me ha toda autoridad en el cielo y en la tierra, Por tanto, vayan y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a obedecer todo lo que les he mandado a ustedes” (vv. 18b-20). Sobre la base de este pasaje es claro que el señorío universal de Jesucristo es la base de la misión global de la iglesia.
Esa misión se resume en el mandamiento: “hagan discípulos”. Curiosamente, para expresar esta idea, el Evangelio según Mateo usa el verbo matheteúsate, que en el Nuevo Testamento sólo aparece cuatro veces, tres de éstas en este Evangelio (13:52, 27:57 y 28:19) y una sola vez en Hechos de los Apóstoles (14:21). En contraste con el verbo matheteuein (“discipular”), el sustantivo mathetes (“discípulo”) es común en los Evangelios y en Hechos, aunque no se encuentra en ningún otro libro del Nuevo Testamento. Tal expresión es característica de los Evangelios para referirse a los seguidores de Jesucristo: aparece setenta y tres veces en Mateo, cuarenta y seis en Marcos y treinta y siete en Lucas.
Para entender debidamente el sentido del mandamiento es indispensable dar atención en un detalle gramatical que no siempre se toma en cuenta: en el texto griego de nuestro pasaje, matheteúsate es el único verbo en modo imperativo. Las otras tres formas verbales ligadas al verbo matheteúsate (“vayan”, “bautizándoles y “enseñándoles”) están en el texto griego en forma de gerundio y su función es calificar lo que expresa el verbo principal en modo imperativo: “hagan discípulos”. La frase, por lo tanto, podría traducirse: “Pónganse en marcha: hagan discípulos”. Los otros dos gerundios responden a la pregunta: ¿cómo se hacen discípulos? La respuesta es: “bautizándolos y “enseñándoles”.
En conclusión, el foco de la Gran Comisión no es otro que el mandamiento de hacer discípulos de Jesucristo. Esta es la misión que Cristo legó a su iglesia, la tarea central de la iglesia hasta el fin del mundo. La conexión entre esa tarea y el señorío universal de Jesucristo la establece una expresión que aparece al comienzo del versículo 19: “Por tanto”. En otras palabras, porque Jesucristo es el Señor de toda la creación y de todos los aspectos de la vida humana, la iglesia recibe el mandamiento de hacer discípulos, o sea, formar personas que reconozcan ese señorío y vivan a la luz de ese reconocimiento. Jesucristo es el Señor de todos: por tanto, todos deben reconocerlo como tal y demostrar tal reconocimiento en su vida práctica.
Si tomamos en cuenta que, durante su ministerio terrenal, Jesucristo dedicó mucho de su tiempo a la formación de sus discípulos, es evidente que la misión que él confió a sus discípulos poco antes de su ascensión fue la misión de continuar lo que él mismo había hecho. La misión de la iglesia, representada por el cuerpo apostólico, es la de prolongar la misión de Jesucristo, y esta prolongación se basa en un discipulado misionero comprometido para continuarla hasta el fin del mundo.
La esfera de acción para este trabajo de hacer discípulos abarca a todas las naciones. Puesto que la autoridad de Jesucristo está presente “en el cielo y en la tierra”, la misión que él delega a sus discípulos es igualmente global: se extiende a todas las naciones.
 
Fuente: El blog de René Padilla, Fundación Kairós, 2013.