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lunes, 28 de mayo de 2012

Teología de la indignación (II): Dios como indignado

Por. Samuel Escobar, España
Si bien la revelación cristiana nos habla del amor y la paciencia de Dios, también nos habla de la indignación de Dios frente al pecado y la injusticia.

Vimos el pasado domingo que Hessel nos presenta una visión trágica de la historia. Esta visión pesimista que ve la historia terminando en tragedia, ve la aventura humana como un túnel sin salida.
Y eso me lleva a la visión cristiana de la historia, porque si como cristianos creemos que Jesús resucitó no podemos adoptar una visión trágica y pesimista de la historia humana. Tanto la enseñanza de Jesús como la de los apóstoles está marcada por la nota de la esperanza, que es una nota que nos lleva a vivir el presente como luz y sal en el mundo, con gozo a pesar de las aflicciones, y a mirar el futuro con la esperanza de un mundo cualitativamente diferente, de una nueva creación : “Ya no habrá muerte, ni llanto, ni lamento ni dolor, porque las primeras cosas han dejado de existir” (Ap 20:4).
UNA VISIÓN CRISTIANA DE LA HISTORIA
La fe cristiana es histórica, toma en serio la Historia , le da sentido y la transforma y encierra una visión de la historia. Para la enseñanza del Nuevo Testamento, tan real e importante como la encarnación y la muerte de Jesús en la cruz es el hecho de la resurrección del Señor crucificado. Escribiendo a la Iglesia de Corinto acerca de este tema, el apóstol Pablo afirma rotundamente: “Y si Cristo no ha resucitado nuestra predicación no sirve para nada, como tampoco vuestra fe” (1 Cor. 15: 14). Los cuatro Evangelios culminan con la historia de la sorpresa de las discípulas y los discípulos ante la tumba vacía, y la experiencia del encuentro con Jesús resucitado. La realidad de esta experiencia es el marco en que se da el mandato a los discípulos para lanzarse al mundo con sentido de misión. Lo ha dicho el teólogo uruguayo Mortimer Arias en un magistral estudio sobre la Gran Comisión:
El hecho histórico, verificable, de la experiencia pascual es el surgimiento de una nueva comunidad, la Iglesia, poseída de un sentido de misión universal. Surge de entre las cenizas, como el Ave Fénix, en medio de un pequeño grupo marginal, aplastado por la condena y crucifixión de Jesús, disperso y desalentado, que de pronto se levanta para testificar de la presencia y el poder de Cristo obrando en ellos y a través de ellos. [1]
La resurrección de Jesús es el triunfo de la vida sobre la muerte, es la vindicación de la víctima, es la confirmación de que con la llegada de Jesús una realidad nueva, aquello que Jesús llamaba el Reino de Dios, ha hecho su irrupción en la historia humana .
Las fuerzas hostiles que se sintieron amenazadas por la presencia y el estilo de Jesús le presentaron oposición desde el comienzo mismo de su ministerio público . Esta oposición creciente de la cual los Evangelios dan cuenta significa un continuo conflicto, una oposición a las obras de Jesús. La popularidad de su enseñanza atrajo las burlas y envidia de fariseos y escribas , los maestros religiosos oficiales. Sus milagros y la novedad de su mensaje fueron percibidos como una amenaza por los saduceos , administradores del templo, símbolo de la institución religiosa dominante, y los sacerdotes sus funcionarios. Los encargados de imponer el orden imperial romano, gobernadores como Poncio Pilato o reyezuelos como Herodes, lo vieron como una amenaza al férreo orden brutalmente impuesto por la fuerza del Imperio. Todos ellos coincidieron en una confabulación para deshacerse de Jesús de manera expeditiva y sin el menor criterio de justicia . Cualquiera que esté familiarizado con la historia de los imperios, desde los faraones hasta nuestros días, sabe que la historia de la pasión de Jesús es verosímil, porque historias de injusticia parecida se repiten continuamente.
Sin embargo lo distintivo de la historia de Jesús es el sentido que él mismo atribuye a su muerte y el hecho de que la tumba no pudo retenerlo ni la muerte callarlo para siempre. Aquel que en la agonía de la cruz clamó “Dios mío, Dios mío ¿por qué me has desamparado?” (Mc. 15: 34), fue levantado de entre los muertos por el poder de Dios. La fe en el Cristo resucitado fue motivación para la misión pero ese hecho por sí solo no explica el avance de la Iglesia desde la periferia de un rincón del imperio romano hasta la realidad global de nuestros días. El Padre y el Hijo como Señor resucitado envían al Espíritu Santo como el acompañante y la fuerza del poder que abrirá caminos para los misioneros y misioneras en el mundo y los sostendrá en medio de toda clase de conflictos y sufrimientos. Según la enseñanza de Jesús mismo el Espíritu Santo acompañaría a los apóstoles (enviados) como consejero y consolador (Jn. 14: 16), les llevaría a la comprensión de la propia persona de Cristo (Jn. 14: 25-26) a quien glorificaría (Jn. 16: 13-15), actuaría en el mundo con su propio poder, “convencerá al mundo de su error en cuanto al pecado la justicia y el juicio” (Jn. 16: 8). La presencia de Jesús prometida como compañía a sus mensajeros hasta el fin del mundo (Mt. 28: 20) o donde dos o tres se reúnen en su nombre (Mt. 18: 20) se hace realidad por la presencia y ministerio del Espíritu Santo.
EL PODER DE LA NO VIOLENCIA
Hessel convoca a los jóvenes a la indignación y también a la no violencia . Sartre citado por Hessel, había dicho: “Y si es cierto que el recurso a la violencia contra la violencia corre el riesgo de perpetuarla, también es verdad que es el único medio de detenerla.” Hessel dice que la no violencia es un medio más eficaz para detener a la violencia: “Estoy convencido de que el porvenir pertenece a la no violencia, a la conciliación de las diferentes culturas. Es por esta vía que la humanidad deberá superar su próxima etapa.” (p. 21). Ofrece dos ejemplos de no violencia: “El mensaje de un Mandela, de un Martin Luther King encuentra toda su pertinencia en un mundo que ha sobrepasado la confrontación de las ideologías y el totalitarismo conquistador.”
La referencia a Martin Luther King me trae a la memoria la famosa carta que escribió este pastor bautista desde su celda en la cárcel de Birmingham . El gobierno racista de Alabama lo había encarcelado por sus actividades no violentas en defensa de los derechos de los negros. Nos cuenta su biógrafo Emmanuel Buch que un grupo de ocho pastores, obispos y rabinos habían publicado una carta pública pidiéndole que detuviera su activismo y que “había que esperar”. Dice Buch: “Acusaron su intervención de extremista, inoportuna, desestabilizadora, arriesgada e impropia de un pastor…” [2] King les respondió desde la cárcel con una frase que llegaría a ser el título de uno de sus libros: “Por qué no podemos esperar”. Había sido la indignación frente a la lacra del racismo la que hizo de este pastor bautista un abanderado de los derechos civiles.
Quienes querían que todo siguiese como estaba, pasivos e indiferentes ante la injusticia y la discriminación, aconsejaban esperar y no meterse. King escribió:
“…cuando se ha visto cómo muchedumbres enfurecidas linchaban a su antojo a madres y padres, y ahogaban a hermanas y hermanos por puro capricho; cuando se ha visto cómo policías rebosantes de odio insultaban a los nuestros, cómo maltrataban e incluso mataban a nuestros hermanos y hermanas; cuando se ve a la gran mayoría de nuestros veinte millones de hermanos negros asfixiarse en la mazmorra en el aire de la pobreza, en medio de una sociedad opulenta… Llega un momento en que se colma la copa de la resignación, y los hombres no quieren seguir abismados en la desesperación.” [3]
Fue la indignación frente a la violencia y el racismo la que dio fuerzas y llevó a King a su lucha por la justicia y fue su fe en Cristo y su visión de la historia la que lo sostuvo .
El 3 de abril de 1968 en el templo Clayton de la ciudad de Memphis, King predicó y en su sermón dijo estas palabras: “Al igual que cualquier otra persona me gustaría tener una larga vida. La longevidad tiene el rango que merece. Pero no me preocupa eso ahora. Sólo quiero cumplir la voluntad de Dios. Y Él me ha permitido subir a la montaña y he tendido la vista en derredor y he visto la Tierra Prometida. Tal vez no llegue a ella con vosotros pero quiero que sepáis esta noche que nosotros como pueblo llegaremos a la Tierra Prometida. Por eso esta noche soy feliz. Nada me preocupa. No temo a ningún hombre. Mis ojos han visto la gloria de la venida del Señor.” [4] Al día siguiente una bala asesina le quitó la vida. Pero su causa triunfó y su país fue transformado por la fuerza de la no violencia.
INDIGNACIÓN DEL SEÑOR
Hemos de reconocer que si bien la revelación cristiana nos habla del amor y la paciencia de Dios, también nos habla de la indignación de Dios frente al pecado y la injusticia.
Basta recordar el tono indignado en que hablan profetas como Isaías, Jeremías, Ezequiel y Amós .
Y también recordar a Jesús . Hay una escena que me ha llamado mucho la atención últimamente. En el comienzo del cap. 21 de Lucas Jesús se ha detenido a observar como ofrendaba la gente “y vio a los ricos que echaban sus ofrendas en el arca del templo. También vio a una viuda pobre que echaba dos moneditas de cobre. Os aseguro – dijo – que esta viuda pobre ha echado más que todos los demás. Todos ellos dieron sus ofrendas de lo que les sobraba pero ella, de su pobreza, echó todo lo que tenía para su sustento.” (Lc 21: 1-4). Aquí está el Maestro reconociendo el tremendo valor de las pequeñas acciones de fe y de obediencia. Esta escena está precedida de otra en los versículos finales del cap. 20. “Mientras todo el pueblo lo escuchaba, Jesús dijo a sus discípulos. – Cuidaos de los maestros de la ley: Les gusta pasearse con ropas ostentosas y les encanta que los saluden en las plazas, ocupar el primer puesto en las sinagogas y los lugares de honor en los banquetes.” (Lc 20: 45-46). Y luego, en lo que me parece un crescendo de santa indignación, Jesús agrega: “Devoran los bienes de las viudas y a la vez hacen largas plegarias para impresionar a los demás. Éstos recibirán peor castigo.” (Lc. 20: 47)
Es que nuestro Salvador y Maestro nunca permaneció indiferente ante la injusticia o la necesidad y muchas veces fue conmovido por la indignación o la compasión . No encuentro base para compartir la visión hegeliana de la historia y el optimismo de Hessel. Pero le doy la razón respecto a lo fatal que puede ser la indiferencia. Dice él: “Yo les digo a los jóvenes: buscad un poco, encontraréis. La peor actitud es la indiferencia, decir ‘paso de todo, ya me las apaño’. Si os comportáis así perdéis uno de los componentes esenciales que forman al hombre. Uno de los componentes indispensables: la facultad de indignación y el compromiso que la sigue.” (p. 31).
En mis largos años de ministerio en cinco continentes he conocido chicas y muchachos a quienes su fe renovada en Cristo los hizo sensibles y les enseñó a indignarse frente a la injusticia y la necesidad .
Su nueva visión de la historia, centrada en Cristo, los llevó a entregar la vida en el servicio misionero a los pobres, en la lucha por la justicia, en el ejercicio consciente de su profesión, en la formación de familias ejemplares en tiempos difíciles, en la mediación en conflictos, en el desarrollo económico, en la predicación y la enseñanza al servicio del Reino de Dios.
Con ellos oro, con profundo sentido de la historia: “Venga Tu Reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.”

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[1] Mortimer Arias, La gran comisión, CLAI: Quito, 1994; pp. 13-14.
[2] Emmanuel Buch, Martin Luther King , Sinergia: Madrid, 3ra. Ed., 2001; p. 59.
[3] Ibid., pp. 60-61.
[4] Ibid., p. 91.

Autores: Samuel Escobar
Fuentes: El eco bautista

©Protestante Digital 201

lunes, 21 de mayo de 2012

Teología de la indignación (I): Hessel y su visión histórica de la indignación

Por. Samuel Escobar, España*
Predica a sus jóvenes lectores: “Os deseo a todos, a cada uno de vosotros, que tengáis vuestro motivo de indignación”.
Tiempo atrás escribí un artículo sobre la diferencia entre domesticar y educar , en la vida de las iglesias evangélicas. Partía de la acertada y elocuente distinción entre estas dos formas de concebir la educación, que debemos al pedagogo brasileño Paulo Freire, fallecido en 1997. En el año 2001 la editorial española Morata, especializada en pedagogía, publicó un libro póstumo de Freire con el título de Pedagogía de la indignación. Es el título que escogió la viuda de Freire para estas cartas y ensayos que son una muestra elocuente del talante cuestionador y utópico del famoso brasileño.
Lo he traído a colación para explicar el título de esta serie de dos artículos míos: “Teología de la indignación”. Porque he de confesar que la lectura del celebérrimo libro ¡Indignaos! del pensador y activista social francés Stéphane Hessel, que ha tenido tanta repercusión en España, me llevó a una reflexión que terminó siendo teológica, creo yo. Aquí la comparto con la esperanza de que me lleve a tener algún diálogo fraterno que me anime, me confirme o me corrija.
Publicado por el autor en 2010, a sus noventa y tres años, este panfleto de 60 páginas ha tenido una repercusión increíble en Francia donde lo han leído más de un millón y medio de personas. La edición en español, prologada por José Luis Sampedro, otro anciano y vigoroso luchador, había llegado ya a 400,000 lectores en España, cuando compré mi ejemplar de la octava reimpresión, en mayo del 2011.*Ya es materia de dominio público la repercusión del movimiento de los indignados en España, en los meses finales del año pasado y los primeros de este 2012.
LA PRÉDICA DE LA INDIGNACION
Estas páginas son para el autor como una herencia que deja a las nuevas generaciones, y empieza en tono casi de nostalgia: “Noventa y tres años. Es algo así como la última etapa. El final ya no está muy lejos.” (p. 20). Hace luego memoria de su vida política, especialmente de su participación en el movimiento de resistencia francesa contra la ocupación nazi a partir de 1941. Ve en los postulados de ese movimiento el origen y fundamento de algunos de los aspectos más apreciados en la Francia democrática de hoy: la seguridad social; la organización racional de la economía que garantice la subordinación de los intereses particulares al interés general; la enseñanza para todos, sin discriminación; la libertad de la prensa, su honor y su independencia. Hessel ve con alarma que todos estos logros están amenazados en la Europa de hoy: “son los cimientos de las conquistas sociales de la resistencia lo que hoy se pone en tela de juicio.” (p. 24). Ante esa amenaza Hessel llama especialmente a los jóvenes a la indignación y la resistencia.
Hessel que es judío y sobrevivió al campo de concentración nazi de Buchenwald, hace un resumen de cómo la indignación frente al nazismo lo sostuvo en el cautiverio y lo llevó a escapar y embarcarse luego con la resistencia francesa. Y al final de la segunda guerra mundial tomó parte en el esfuerzo por luchar contra las causas de la guerra, por construir un nuevo orden internacional, por formular la Declaración Universal de los Derechos Humanos y participar activamente como diplomático en la reconstrucción de Europa.
Ello le lleva a predicar a sus jóvenes lectores: “Os deseo a todos, a cada uno de vosotros, que tengáis vuestro motivo de indignación. Es un valor precioso. Cuando algo te indigna como a mí me indignó el nazismo, te conviertes en alguien militante, fuerte y comprometido. Pasas a formar parte de esa corriente de la historia, y la gran corriente debe seguir gracias a cada uno.” (p. 26).
El folleto culmina con una apelación : “Apelemos todavía a ‘una verdadera insurrección pacífica contra los medios de comunicación de masas que no proponen otro horizonte para nuestra juventud que el del consumo de masas, el desprecio hacia los más débiles y hacia la cultura, la amnesia generalizada y la competición a ultranza de todos contra todos.’ A aquellos que harán el siglo XXI, les decimos, con todo nuestro afecto: ‘Crear es resistir, resistir es crear’” (pp. 47-48).
En muchas publicaciones evangélicas, he leído palabras pastorales que advierten contra los mismos males: el consumismo incontrolado, el desprecio a los débiles y los diferentes, el olvido de las virtudes básicas para la convivencia, la competición insensible e inhumana. En nuestras filas evangélicas esto se constituye en un llamado a recordar el ejemplo de vida de Jesús, los principios éticos de la vida cristiana presentados tan claramente en la Biblia, y la renovación de nuestra identidad evangélica y la vivencia de sus valores.
UNA VISIÓN DE LA HISTORIA
Es cuando Hessel hace referencia a una visión de la historia, cuando me lleva a la exploración teológica. Como citaba hace un momento nos dice que la indignación es un valor precioso: “te conviertes en alguien militante, fuerte y comprometido. Pasas a formar parte de esa corriente de la historia, y la gran corriente debe seguir gracias a cada uno.” Una sección de su escrito articula dos visiones de la historia. Nos cuenta que cuando llegó a ser estudiante de la famosa Escuela Normal, en 1939, el filósofo Sartre, su “condiscípulo mayor”, lo llevó a asumir la noción de libertad y responsabilidad, pero su propio talante lo llevó a otra postura: “Pero mi optimismo natural, que quiere que todo aquello que es deseable sea posible, me llevaba hacia Hegel. El hegelianismo interpreta que la larga historia de la humanidad tiene un sentido: es la libertad del hombre que progresa etapa por etapa. La historia está hecha de conflictos sucesivos, la aceptación de desafíos. La historia de las sociedades progresa y, al final, cuando el hombre ha conseguido su libertad completa, obtenemos el Estado democrático en su forma ideal.” (p. 29).
Hessel se quedó con Hegel y no adoptó la visión de Karl Marx, discípulo de Hegel que veía la historia como una continua lucha de clases que llevaría por fin a la revolución proletaria que instauraría una sociedad sin clases, feliz, que ya no necesitaría el consuelo de la religión. La utopía que nunca llegó.
La otra visión de la historia que Hessel nos presenta es una visión trágica: “Los progresos alcanzados por la libertad, la competitividad, la carrera del ‘siempre más’, todo esto puede vivirse como un huracán destructor.” (p. 29). Cita entonces al filósofo alemán Walter Benjamin, amigo del padre de Hessel, que tenía esa otra visión: “Para Benjamin, quien se suicidó en setiembre de 1940 para huir del nazismo, el sentido de la historia es la marcha inevitable de catástrofe en catástrofe.” (p. 29). Esta visión pesimista que ve la historia terminando en tragedia, ve la aventura humana como un túnel sin salida. Cuando leo a algunos columnistas de diarios españoles de hoy sospecho que en el fondo tienen una visión parecida, y que la nota de desencanto y hasta de cierto cinismo refleja una pérdida total de la esperanza. Y eso me lleva a la visión cristiana de la historia, porque si como cristianos creemos que Jesús resucitó no podemos adoptar una visión trágica y pesimista de la historia humana.
Tanto la enseñanza de Jesús como la de los apóstoles está marcada por la nota de la esperanza, que es una nota que nos lleva a vivir el presente como luz y sal en el mundo, con gozo a pesar de las aflicciones, y a mirar el futuro con la esperanza de un mundo cualitativamente diferente, de una nueva creación: “Ya no habrá muerte, ni llanto, ni lamento ni dolor, porque las primeras cosas han dejado de existir” (Ap 20:4). Y esto nos lleva a una teología cristiana de la indignación. Pero esto lo veremos la próxima semana. Esperelo!!!

* Stéphane Hessel, ¡Indignaos! Ediciones Destino: Barcelona, 2011.
*Autores: Samuel Escobar
Fuentes: El eco bautista

©Protestante Digital 2012