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viernes, 9 de noviembre de 2012

Acerca de la igualdad, la desigualdad… y Obama

En la vida política de hoy hay quienes siguen creyendo en los valores feudales, la idea de igualdad les molesta.
El triunfo de Barack Obama en las elecciones que acaban de celebrarse en los Estados Unidos me ha traído a la memoria la experiencia de mi primera visita a ese país en junio de 1959.
Iba yo con la curiosidad y expectativa propia de quien ha escuchado a los misioneros evangélicos estadounidenses alabar a su país y su constitución. También recordaba mi lectura de ese bestseller de las décadas de 1940 y 1950 por el británico H.G. Wells Breve historia del mundo, en el cual muchos lectores de mi generación, contemplamos un resumen magistral de la historia universal. En un capítulo acerca de los Estados Unidos, Wells decía que esa sociedad era el experimento social más audaz que se había emprendido en la historia del mundo, refiriéndose a la extensión de su territorio, a la confluencia de personas de todas las clases y razas, y a la tendencia igualitaria de la cultura que se proponía hacer llegar a todos los habitantes productos culturales como la literatura o la música, que en Europa habían sido privilegio exclusivo de las élites y la aristocracia .
Cuando luego de unas semanas nos preparábamos con mi esposa para dejar Estados Unidos y volver al Perú, tuvimos que viajar en autobús desde Nueva York hasta Miami, un viaje de más de veinte horas, de norte a sur a lo largo de la costa atlántica. Habíamos llegado con minutos de retraso y el conductor del autobús guardó nuestro equipaje y nos abrió la puerta de muy mala gana. El autobús estaba lleno de pasajeros de diversas razas y tuvimos que tomar los asientos de la última fila.
Después de tres horas de viaje por los estados de Nueva York, Nueva Jersey y Pennsylvania, entramos al estado de Virginia, primer estado “del Sur” . El autobús paró para comer. Y allí nos dimos con la gran sorpresa de nuestra vida: los comedores, servicios y salas de espera eran de dos clases: “Para blancos” y “Para negros”. Como no soy blanco, con una risita nerviosa le dije a mi esposa “¿A cuál voy yo?” Fuimos al de blancos y no pasó nada. Pero al embarcarnos de nuevo, con una sonrisa inesperada, el conductor nos indicó que podíamos sentarnos donde quisiéramos en los asientos de adelante. A partir de ese punto todos los pasajeros negros pasaron a sentarse en las últimas filas. ¡El conductor me consideraba blanco honorario! Muchas otras experiencias nos mostraron lo que era la profunda e increíble segregación racial en los estados del Sur.
En mis posteriores visitas a Estados Unidos, en las décadas de 1960 y 1970 fui testigo de las tensiones sociales que había empezado a generar la lucha de los negros por poner fin a la abierta y cruel segregación racial que practicaban los blancos, y que la mayoría de los protestantes conservadores o “evangélicos” aceptaban pasivamente . Fue la década en que surgió la figura heroica de Martín Luther King y su lucha no violenta, que consiguió atraer a una generación, y acabar con la segregación legal en el Sur. Como destaca su biógrafo español, el pastor Emmanuel Buch, tres cosas definían a King: era pastor, bautista y negro. Dice Buch: “Las contribuciones sociales de Martin L. King no pueden ser comprendidas en lo que tuvieron de más peculiar a menos que se las estudie en el impulso cristiano y bíblico de las que brotaron.” [i]
El asesinato de King en 1968 es evidencia de la resistencia de los sectores racistas blancos de Estados Unidos a aceptar la igualdad social. Y hay que recordar que los protestantes evangélicos de ese país tardaron mucho en aceptar a la persona de King y convencerse de la justicia de su causa.
Como nos recuerda Juan Francisco Martínez en su columna de Protestante Digital esta semana , las encuestas muestran que hoy en día el racismo como actitud personal básica sigue presente en la mentalidad de muchos, y que formas extremas de ese racismo tuvieron también su influencia en las elecciones de este año 2012 .
Cuando en 1985 fui invitado como profesor a los Estados Unidos el Seminario Bautista del Este estaba en pleno proceso de integración. Más del 40% de los alumnos eran negros, y había buen número de estudiantes latinos y asiáticos. Tuvimos que reconocer los hechos e ir integrando no sólo el alumnado sino también la administración, el cuerpo docente y el currículo del Seminario. Aprendimos mucho en el proceso sobre lo que significa luchar como cristianos contra la injusticia y tratar de cambiar el mundo con la verdad y la esperanza que brotan de la fe en Jesucristo. Tuvimos que combatir contra la inercia, la pasividad y la desesperanza vestidas con lenguaje piadoso, y creo que todos fuimos creciendo en ese proceso.
Muchas de las ventajas de lo que aquí en España se llama “estado del bienestar” parten de una convicción acerca de la igualdad básica de los seres humanos .
La sociedad católica feudal de la Edad Media no creía en la igualdad fundamental de los seres humanos: había señores y siervos y el orden social reflejaba la superioridad innata de unos sobre los otros. Llevó tiempo, creatividad y una lucha en la que el Protestantismo jugó papel decisivo, el cambiar la mentalidad de la Europa feudal
En la vida política de hoy hay quienes siguen creyendo en los valores feudales, la idea de igualdad les molesta y creen que hay que ir desmontando las instituciones que se basan en el principio de igualdad .
Como evangélicos recordemos la enseñanza paulina . En su discurso del Areópago en Atenas el apóstol Pablo afirmó “El Dios que hizo el mundo y todas las cosas que en él hay…de una sangre ha hecho todo el linaje de los hombres, para que habiten sobre toda la faz de la tierra…” (Hch 17: 24, 26). Y en su enseñanza pastoral sobre lo que ha de ser la vivencia de la comunidad de creyentes en Cristo, afirma de manera rotunda: “Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Gal. 3:28).
La convicción bíblica sobre la igualdad alcanza un tono ético comprometedor en unas palabras de Job, cuando éste defiende su integridad : “Si hubiera tenido en poco el derecho de mi siervo y de mi sierva, cuando ellos contendían conmigo, ¿qué haría yo cuando Dios se levantase? Y cuando él preguntara, ¿qué le respondería yo? El que en el vientre me hizo a mí, ¿no lo hizo a él? ¿y no nos dispuso uno mismo en la matriz” (Job 31: 13-15).
Le esperan años difíciles de gobierno al presidente Barack Obama en esta nueva etapa. Muchas de las medidas que propugna su programa parten del principio de igualdad que está escrito hasta en la propia constitución de los Estados Unidos. No digo que toda su agenda sea representativa de valores cristianos. Pero cosas como poner la salud y una buena educación al alcance de todos son una manera de aplicar el principio de igualdad. Sin embargo, quienes hacen de la codicia la pieza fundamental de sus ideas de cómo hay que organizar la sociedad, no quieren una agenda igualitaria. Así pues, los evangélicos en los Estados Unidos tienen planteado un tremendo desafío ético y político para los años que vienen .
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[i] Emmanuel Buch Camí, Martin Luther King , Fundación Emmanuel Mounier, Madrid, 3ra ed. 2001, p. 13.
Autores: Samuel Escobar
©Protestante Digital 2012

lunes, 5 de noviembre de 2012

Reforma Protestante: reflexión del día después

Por. Samuel Escobar, España*
Los protestantes de habla hispana hemos de celebrar a nuestros abuelos de la reforma clásica como Lutero y Calvino; sin olvidar a nuestros padres: pietistas, metodistas y avivamientistas.
Una vez más en este 31 de octubre de 2012 muchos evangélicos en España nos hemos unido a la rememoración de aquel día de 1517 en que Lutero clavó sus 95 tesis en la puerta de la iglesia de Wittemberg. Pero es importante recordar que el Protestantismo que se ha extendido más en los países de habla hispana, y que sigue creciendo no es el que desciende directamente de Lutero y Calvino. Este Protestantismo fue mediado por el de los misioneros evangélicos que eran parte de una corriente misionera fuertemente influida por el Pietismo de Europa central, el Avivamiento Wesleyano en las islas británicas y el Gran Avivamiento en los Estados Unidos .
Y la forma de Protestantismo que podríamos describir como “popular”, porque ha arraigado mayoritariamente entre las masas populares en América Latina es el movimiento Pentecostal.
Aunque muchos evangélicos de habla hispana, y también muchos pentecostales, vean a Lutero y Calvino como figuras patriarcales de su historia espiritual, en realidad los antecesores inmediatos del Protestantismo latinoamericano fueron los pietistas, los moravos y los metodistas del siglo 18, precursores del gran movimiento misionero evangélico que iba a florecer en el siglo 19. Es importante recordar que en estos movimientos hay claros antecedentes del movimiento pentecostal que ha florecido durante el siglo veinte .
Es por eso que cuando se trata de imaginar como ha de ser la misión cristiana en el siglo 21 cabe plantearse las preguntas
- ¿Qué pueden aprender los evangélicos de habla hispana de sus antepasados en la fe?
- y también ¿qué pueden aprender de ese Protestantismo popular que se ha multiplicado?
Si se observa las creencias y forma de vida de los evangélicos latinoamericanos, por ejemplo, el parentesco con los pietistas, moravos y metodistas - nuestros padres en la fe - es más evidente que el que podamos tener con Lutero y Calvino - nuestros abuelos en la fe. Sin embargo, generalmente invocamos más a los abuelos que a los padres.
La revisión de nuestra herencia puede ser un factor importante cuando, mirando al futuro, consideramos el desafío misionero específico que se nos plantea en pleno siglo veintiuno: la participación de los evangélicos de habla hispana en la misión cristiana a escala global. Este examen histórico clarifica una cuestión importante para la misión: la relación entre creencia sobre el contenido de la fe, experiencia de la fe y estructura para la propagación de la fe, tal como se ha dado en las diversas formas del Protestantismo.
Este es precisamente el punto que cabe destacar, porque tanto el gran movimiento misionero protestante de los siglos dieciocho y diecinueve, como el dinamismo misionero de los evangélicos y pentecostales latinoamericanos en el siglo veinte se relacionan directamente con el concepto y la práctica del sacerdocio universal de los creyentes .
Este concepto fue formulado primero por Lutero y si lo leemos en contexto suponía un rechazo de dos males predominantes en la cristiandad que él buscaba reformar: el sacramentalismo y el clericalismo. Por un lado el poder exclusivo que reclamaba la institución eclesiástica para administrar la gracia divina mediante prácticas exteriores, a pesar de la condición moral corrupta en la cual la propia institución había caído. Por otro lado el monopolio de los clérigos respecto a las tareas propias de la vida de la Iglesia en la cual los fieles venían a ser simples espectadores.
Lo que Lutero no llegó a crear fueron estructuras nuevas que facilitasen la participación de todos los creyentes como sacerdotes de Dios en el ministerio mutuo. Un siglo después de Lutero las propias iglesias luteranas parecían haber caído en el sacramentalismo y el clericalismo. El Pietismo y los Avivamientos en Europa fueron movimientos de renovación espiritual que llegaron a crear estructuras y prácticas nuevas y contextuales que facilitaron el sacerdocio universal de los creyentes . Este concepto fundamental de la fe evangélica no se puede separar de una visión de la obra del Espíritu Santo en el mundo y de los dones que el Espíritu da a todos los creyentes, verdades que son fundamentales para la práctica y la teología de la misión.
Por eso en un libro dedicado a este tema [1] me permití plantear lo siguiente como tesis que vale la pena investigar: que el vigor misionero evangélico de los siglos dieciocho y diecinueve provenía del Espíritu Santo y se pudo manifestar cuando se crearon estructuras que permitían el ejercicio de los dones de todos los creyentes y su participación en la misión .
De la misma manera, el vigor misionero de las iglesias evangélicas populares latinoamericanas en el siglo veinte viene de un impulso del Espíritu Santo, que encuentra iglesias dispuestas a reconocer que el Espíritu da dones a todos y a estructurarse para permitir que el impulso del Espíritu se manifieste.
Nuestra reflexión tendrá que encaminarse por dos vías. Por un lado la consideración detenida del proceso histórico que permite establecer con cierta claridad la continuidad entre pietismo, avivamiento wesleyano , misiones evangélicas, protestantismo de habla hispana, y movimiento pentecostal. Por otro lado hemos d comprender el curso de la reflexión misionológica que durante el siglo 20 fue redescubriendo la importancia de reconocer, comprender y seguir la acción del Espíritu Santo en la misión cristiana
Como ya se dijo, los evangélicos latinoamericanos estamos mucho más cerca de los pietistas y avivamientistas de los siglos dieciocho y diecinueve que de los reformadores del siglo dieciséis. Y cuando queremos reflexionar acerca de nuestra participación en la misión será mejor que exploremos esa parte de nuestra herencia con más detenimiento. Lo que hemos recibido del Pietismo, del movimiento Moravo y de los Avivamientos puede ayudarnos en la forja de modelos misioneros para el siglo 21.
En más de una ocasión me he referido por extenso a la precisión con que el historiador Justo L. González nos ofrece una descripción de los orígenes del moderno movimiento misionero que se desarrolló durante el siglo dieciocho, como algo nuevo en la historia del protestantismo. El interés en las misiones iba vinculado con "un despertar de la religiosidad individual ". Una nota que destaca González es que "los dirigentes de este nuevo despertar protestaban contra la rigidez de la vieja ortodoxia protestante , y aunque ellos mismos eran por lo general teólogos debidamente adiestrados, tendían a subrayar por encima de las fórmulas teológicas la importancia de la vida cristiana práctica ". [2] Además de este pragmatismo, los pietistas insistían en la experiencia personal de conversión y en la obediencia individual a los mandatos divinos. No tenían espíritu sectario, ya que permanecían en el seno de sus propias iglesias o denominaciones, a fin de ser algo así como una levadura de renovación. Como aclara González: "Si en algunas ocasiones éste no fue el resultado de tales movimientos, ello no se debió tanto al espíritu cismático de sus fundadores como a la rigidez de las iglesias dentro de las cuales surgieron." [3]
El pietismo alemán de Spener y Francke, hombres de gran saber y de gran piedad, influyó sobre promotores celosos de la misión como el Conde Zinzendorf, y luego sobre Wesley en las islas británicas y el llamado "Gran Avivamiento" en América del Norte. En consecuencia, la expansión misionera protestante llevó consigo las marcas del pietismo y los movimientos que le siguieron: "los misioneros protestantes del siglo XIX tendían a subrayar la necesidad de una decisión individual por parte de los conversos mucho más de lo que antes lo habían hecho los misioneros católicos y aun los primeros misioneros protestantes". [4]
Otro conocido historiador de las misiones cristianas, Kenneth Scott Latourette, estableció las mismas vinculaciones históricas en las conferencias Carnahan que presentó en Buenos Aires, en 1956. Luego de trazar un cuadro magistral del protestantismo contemporáneo y de los desafíos que lo confrontaban en ese momento, Latourette nos recordaba que "Las minorías vitales de protestantes en Europa son en gran parte de tradición puritano-pietístico-evangélica. A la misma corriente obedece más aun el crecimiento en números e influencia fuera de Europa. Esto significa que el protestantismo mundial tiene más y más una complexión puritano-pietístico-evangélica." [5] Estas tres notas descriptivas, puritano, pietista y evangélico que vienen a ser la marca del protestantismo misionero se vinculan con las notas teológicas propias de la Reforma del siglo dieciséis. Latourette señala cómo al expandirse por medio de esta corriente misionera durante el siglo diecinueve, en la vida práctica el movimiento protestante pasó a acentuar doctrinas como la justificación por la fe, el sacerdocio universal de los creyentes y el derecho y deber del juicio individual en la decisión religiosa y concluye: " Y al hacer esto se acerca más que nunca en su testimonio al corazón del Evangelio ." [6]
Los elementos que he subrayado en estas descripciones son algunas de las características propias de los evangélicos de habla hispana. Aspectos extremos de ellas como el individualismo excesivo se han criticado con frecuencia utilizando términos como "pietista" en sentido siempre negativo.
Sin embargo quiero destacar que los evangélicos muestran esas notas pietistas de entusiasmo espiritual, conversión personal, y atención a la práctica visible de la fe más que a las formulaciones doctrinales, y a ellas va unido el fervor misionero. Mi tesis aquí es que las iglesias populares de tipo pentecostal que han crecido en América Latina muchas veces encarnan las notas del dinamismo misionero de los moravos y pietistas mejor que otras iglesias evangélicas que se consideran guardianes de la herencia protestante. Me refiero a la práctica de estas iglesias populares más que a su capacidad de repetir un discurso teológico formal .
Con esto quiero decir también que el protestantismo renovado y pietista que forjó el movimiento misionero del siglo dieciocho y diecinueve creó estructuras que permitieron la realización práctica del sacerdocio universal de los creyentes, mejor que las iglesias luteranas o calvinistas del siglo dieciséis. También el movimiento protestante popular ha creado en Latinoamérica estructuras que facilitan su misión.
Sin embargo, también es importante aclarar que las iglesias protestantes populares de hoy expresan esas notas evangélicas y ese dinamismo misionero dentro de las condiciones propias de la cultura de la pobreza en que se mueven. Es decir, el movimiento pentecostal es una expresión contextual y popular del Protestantismo del siglo dieciséis, surgida en el mundo de la pobreza tanto en Norteamérica y Europa como en América Latina . En ambos casos lo protestante fue mediado por el movimiento evangelizador o misionero de marca pietista y avivamientista. Le cabe el nombre de Protestantismo Popular porque la contextualización se ha dado en forma creativa respondiendo a las notas propias del mundo de la pobreza.
Aquí creo muy necesaria una nota aclaratoria. Primero insistir en que no me estoy refiriendo aquí a las mega-iglesias neo-carismáticas o pos-denominacionales aparecidas en las décadas más recientes y que constituyen un fenómeno que habrá que estudiar también. Me refiero a las iglesias populares relacionadas con el movimiento pentecostal clásico, como las Asambleas de Dios, por ejemplo.
En conclusión, los protestantes de habla hispana hemos de celebrar a nuestros abuelos de la reforma clásica como Lutero y Calvino. Pero no debemos olvidarnos de nuestros padres: pietistas, metodistas y avivamientistas. Porque en su herencia hay claves para la misión en el siglo 21.  En un próximo artículo exploraré un tema íntimamente vinculado a esta recapitulación histórica: el de la misión cristiana y la teología del Espíritu Santo.
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[1] Samuel Escobar Tiempo de misión , Semilla-Clara, Guatemala-Bogotá, 1999.
[2] . Justo L. González y Carlos Cardoza Orlandi Historia general de las misiones CLIE, Viladecavalls 2008; p.138.
[3] . Ibid.
[4] . Ibid. p. 141.
[5] . Kenneth S.Latourette Desafío a los protestantes La Aurora, Buenos Aires 1957; p.78.
[6] . Ibid.

Autores: Samuel Escobar

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domingo, 5 de agosto de 2012

The Liberating Mission of Jesus: Dario López en inglés

Por. Samuel Escobar, España*
Como es bien sabido la literatura evangélica en el mundo de habla castellana es en un alto porcentaje traducida del inglés. En el ámbito académico se traduce también del francés y del alemán. De manera que es un verdadero acontecimiento cuando un libro evangélico escrito originalmente en castellano se traduce al inglés, cosa que no sucede con mucha frecuencia.
Hoy quiero celebrar la aparición en inglés del libro The Liberating Mission of Jesus. The Message of the Gospel of Luke (Picwick Publications, Eugene, Oregon, 2012) cuyo título en castellano es La misión liberadora de Jesús. Una lectura misiológica del Evangelio de Lucas (Ediciones Puma, Lima, 1997).
Como nos cuenta su autor, este libro empezó como material de clases y predicaciones bíblicas en la Iglesia Monte Sinaí, una congregación de la Iglesia de Dios del Perú, ubicada en Villa María del Triunfo, un barrio popular en la periferia sur de Lima, la capital peruana. Este libro forma parte de una serie dedicada al tema de los Pentecostales, la Construcción de la Paz y la Justicia Social.
El pastor Darío López se graduó primero como Ingeniero Pesquero, pero luego de trabajar por unos años como asesor de la Asociación de Grupos Evangélicos universitarios del Perú (AGEUP), descubrió una vocación pastoral que lo llevó a formarse en Teología, habiendo obtenido su doctorado en la Open University de la Gran Bretaña. Ampliamente conocido por su labor pastoral y docente López fue elegido Presidente del Concilio Nacional Evangélico del Perú , la entidad representativa de los protestantes peruanos, cargo que ocupa al presente.
Aunque activo en diversas instancias del protestantismo peruano y latinoamericano, y profesor invitado en universidades de su denominación en Estados Unidos, Bolivia, Ecuador y Puerto Rico, López ha seguido siendo pastor de su Iglesia Monte Sinaí ubicada en una calle de tierra de Villa María del Triunfo. Tratándose de una denominación pentecostal López también ha publicado dos estudios que son reflexiones sistemáticas sobre su práctica: Pentecostalismo y transformación social (Ed. Kairós, Buenos Aires, 2000) y El nuevo rostro del pentecostalismo latinoamericano (Ediciones Puma, Lima 2002).
La creciente participación de evangélicos en la política peruana lo llevó a publicar un trabajo que contiene análisis social cuidadoso, investigación histórica y una reflexión pastoral La seducción del poder . Los evangélicos y la política en el Perú de los noventa (Ediciones Puma, Lima, 2004). En el prólogo de este libro, el Dr. Daniel Levine, especialista en estudios latinoamericanos y profesor de la Universidad de Michigan en Estados Unidos, afirma: “Desde el primer momento me impactó el trabajo de Darío López por el alto grado de realismo de su análisis sociopolítico combinado con un fuerte compromiso con su fe y con sus comunidades…creo que el autor da también pruebas de las grandes reservas humanas y morales de la comunidad evangélica y de su capacidad para contribuir a la construcción de una sociedad mejor.”
En el libro que acaba de aparecer en inglés sobre la misión liberadora de Jesús Darío López, nos ofrece un repaso sistemático de trabajos muy diversos de exégesis moderna que insisten en una clave especial en el Evangelio de Lucas, “uno de los ejes teológicos que articula la perspectiva lucana de la misión es el especial interés de Jesús por los pobres y los marginados (publicanos, samaritanos, leprosos, mujeres, niños y enfermos). ” [i]
López nos recuerda que la oposición a Jesús de parte de las élites de poder religioso, político, financiero y militar era una reacción de quienes sentían disgusto y se veían amenazados por esta preferencia de Jesús hacia los pobres. Es fácil olvidar que en veinte siglos de historia cristiana los movimientos de renovación y avance misionero han venido precisamente de entre los sectores pobres e insignificantes, ricos en piedad y conscientes de su necesidad.
Otro tema clave de su libro es lo que se conoce como la “opción galilea” de Jesús. Hemos de recordar que Galilea era en su tiempo un símbolo de la periferia cultural, social, política y teológica, un lugar despreciado por quienes detentaban el poder religioso-político en Israel
Como lo han señalado varios estudiosos latinoamericanos, a quienes López considera en el segundo capítulo de su libro, el hecho de que Jesús viniese de Galilea y no de Jerusalén estaba cargado de un profundo sentido teológico . Este tema adquiere especial importancia ahora que el impulso misionero viene más de las iglesias que están en la periferia del mundo más bien que en los centros de poder comercial, financiero y militar.
Hay que felicitar a los editores que se hayan interesado en una obra escrita originalmente en el Perú para hacerla llegar a los lectores de habla inglesa en todo el mundo. El misionero Ricardo Waldrop ha sido el traductor de este libro, aunque lamentablemente los editores se han equivocado al referirse a la traducción. Confiamos que el Señor le dé al pastor Darío López muchos años más de docencia y pastoral en su iglesia de Villa María del Triunfo y en el mundo.
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[i] Darío López, La misión liberadora de Jesús. Una lectura misiológica del Evangelio de Lucas , Lima: Editorial Puma, 1997; p. 16.

Autores: Samuel Escobar
©Protestante Digital 2012

lunes, 28 de mayo de 2012

Teología de la indignación (II): Dios como indignado

Por. Samuel Escobar, España
Si bien la revelación cristiana nos habla del amor y la paciencia de Dios, también nos habla de la indignación de Dios frente al pecado y la injusticia.

Vimos el pasado domingo que Hessel nos presenta una visión trágica de la historia. Esta visión pesimista que ve la historia terminando en tragedia, ve la aventura humana como un túnel sin salida.
Y eso me lleva a la visión cristiana de la historia, porque si como cristianos creemos que Jesús resucitó no podemos adoptar una visión trágica y pesimista de la historia humana. Tanto la enseñanza de Jesús como la de los apóstoles está marcada por la nota de la esperanza, que es una nota que nos lleva a vivir el presente como luz y sal en el mundo, con gozo a pesar de las aflicciones, y a mirar el futuro con la esperanza de un mundo cualitativamente diferente, de una nueva creación : “Ya no habrá muerte, ni llanto, ni lamento ni dolor, porque las primeras cosas han dejado de existir” (Ap 20:4).
UNA VISIÓN CRISTIANA DE LA HISTORIA
La fe cristiana es histórica, toma en serio la Historia , le da sentido y la transforma y encierra una visión de la historia. Para la enseñanza del Nuevo Testamento, tan real e importante como la encarnación y la muerte de Jesús en la cruz es el hecho de la resurrección del Señor crucificado. Escribiendo a la Iglesia de Corinto acerca de este tema, el apóstol Pablo afirma rotundamente: “Y si Cristo no ha resucitado nuestra predicación no sirve para nada, como tampoco vuestra fe” (1 Cor. 15: 14). Los cuatro Evangelios culminan con la historia de la sorpresa de las discípulas y los discípulos ante la tumba vacía, y la experiencia del encuentro con Jesús resucitado. La realidad de esta experiencia es el marco en que se da el mandato a los discípulos para lanzarse al mundo con sentido de misión. Lo ha dicho el teólogo uruguayo Mortimer Arias en un magistral estudio sobre la Gran Comisión:
El hecho histórico, verificable, de la experiencia pascual es el surgimiento de una nueva comunidad, la Iglesia, poseída de un sentido de misión universal. Surge de entre las cenizas, como el Ave Fénix, en medio de un pequeño grupo marginal, aplastado por la condena y crucifixión de Jesús, disperso y desalentado, que de pronto se levanta para testificar de la presencia y el poder de Cristo obrando en ellos y a través de ellos. [1]
La resurrección de Jesús es el triunfo de la vida sobre la muerte, es la vindicación de la víctima, es la confirmación de que con la llegada de Jesús una realidad nueva, aquello que Jesús llamaba el Reino de Dios, ha hecho su irrupción en la historia humana .
Las fuerzas hostiles que se sintieron amenazadas por la presencia y el estilo de Jesús le presentaron oposición desde el comienzo mismo de su ministerio público . Esta oposición creciente de la cual los Evangelios dan cuenta significa un continuo conflicto, una oposición a las obras de Jesús. La popularidad de su enseñanza atrajo las burlas y envidia de fariseos y escribas , los maestros religiosos oficiales. Sus milagros y la novedad de su mensaje fueron percibidos como una amenaza por los saduceos , administradores del templo, símbolo de la institución religiosa dominante, y los sacerdotes sus funcionarios. Los encargados de imponer el orden imperial romano, gobernadores como Poncio Pilato o reyezuelos como Herodes, lo vieron como una amenaza al férreo orden brutalmente impuesto por la fuerza del Imperio. Todos ellos coincidieron en una confabulación para deshacerse de Jesús de manera expeditiva y sin el menor criterio de justicia . Cualquiera que esté familiarizado con la historia de los imperios, desde los faraones hasta nuestros días, sabe que la historia de la pasión de Jesús es verosímil, porque historias de injusticia parecida se repiten continuamente.
Sin embargo lo distintivo de la historia de Jesús es el sentido que él mismo atribuye a su muerte y el hecho de que la tumba no pudo retenerlo ni la muerte callarlo para siempre. Aquel que en la agonía de la cruz clamó “Dios mío, Dios mío ¿por qué me has desamparado?” (Mc. 15: 34), fue levantado de entre los muertos por el poder de Dios. La fe en el Cristo resucitado fue motivación para la misión pero ese hecho por sí solo no explica el avance de la Iglesia desde la periferia de un rincón del imperio romano hasta la realidad global de nuestros días. El Padre y el Hijo como Señor resucitado envían al Espíritu Santo como el acompañante y la fuerza del poder que abrirá caminos para los misioneros y misioneras en el mundo y los sostendrá en medio de toda clase de conflictos y sufrimientos. Según la enseñanza de Jesús mismo el Espíritu Santo acompañaría a los apóstoles (enviados) como consejero y consolador (Jn. 14: 16), les llevaría a la comprensión de la propia persona de Cristo (Jn. 14: 25-26) a quien glorificaría (Jn. 16: 13-15), actuaría en el mundo con su propio poder, “convencerá al mundo de su error en cuanto al pecado la justicia y el juicio” (Jn. 16: 8). La presencia de Jesús prometida como compañía a sus mensajeros hasta el fin del mundo (Mt. 28: 20) o donde dos o tres se reúnen en su nombre (Mt. 18: 20) se hace realidad por la presencia y ministerio del Espíritu Santo.
EL PODER DE LA NO VIOLENCIA
Hessel convoca a los jóvenes a la indignación y también a la no violencia . Sartre citado por Hessel, había dicho: “Y si es cierto que el recurso a la violencia contra la violencia corre el riesgo de perpetuarla, también es verdad que es el único medio de detenerla.” Hessel dice que la no violencia es un medio más eficaz para detener a la violencia: “Estoy convencido de que el porvenir pertenece a la no violencia, a la conciliación de las diferentes culturas. Es por esta vía que la humanidad deberá superar su próxima etapa.” (p. 21). Ofrece dos ejemplos de no violencia: “El mensaje de un Mandela, de un Martin Luther King encuentra toda su pertinencia en un mundo que ha sobrepasado la confrontación de las ideologías y el totalitarismo conquistador.”
La referencia a Martin Luther King me trae a la memoria la famosa carta que escribió este pastor bautista desde su celda en la cárcel de Birmingham . El gobierno racista de Alabama lo había encarcelado por sus actividades no violentas en defensa de los derechos de los negros. Nos cuenta su biógrafo Emmanuel Buch que un grupo de ocho pastores, obispos y rabinos habían publicado una carta pública pidiéndole que detuviera su activismo y que “había que esperar”. Dice Buch: “Acusaron su intervención de extremista, inoportuna, desestabilizadora, arriesgada e impropia de un pastor…” [2] King les respondió desde la cárcel con una frase que llegaría a ser el título de uno de sus libros: “Por qué no podemos esperar”. Había sido la indignación frente a la lacra del racismo la que hizo de este pastor bautista un abanderado de los derechos civiles.
Quienes querían que todo siguiese como estaba, pasivos e indiferentes ante la injusticia y la discriminación, aconsejaban esperar y no meterse. King escribió:
“…cuando se ha visto cómo muchedumbres enfurecidas linchaban a su antojo a madres y padres, y ahogaban a hermanas y hermanos por puro capricho; cuando se ha visto cómo policías rebosantes de odio insultaban a los nuestros, cómo maltrataban e incluso mataban a nuestros hermanos y hermanas; cuando se ve a la gran mayoría de nuestros veinte millones de hermanos negros asfixiarse en la mazmorra en el aire de la pobreza, en medio de una sociedad opulenta… Llega un momento en que se colma la copa de la resignación, y los hombres no quieren seguir abismados en la desesperación.” [3]
Fue la indignación frente a la violencia y el racismo la que dio fuerzas y llevó a King a su lucha por la justicia y fue su fe en Cristo y su visión de la historia la que lo sostuvo .
El 3 de abril de 1968 en el templo Clayton de la ciudad de Memphis, King predicó y en su sermón dijo estas palabras: “Al igual que cualquier otra persona me gustaría tener una larga vida. La longevidad tiene el rango que merece. Pero no me preocupa eso ahora. Sólo quiero cumplir la voluntad de Dios. Y Él me ha permitido subir a la montaña y he tendido la vista en derredor y he visto la Tierra Prometida. Tal vez no llegue a ella con vosotros pero quiero que sepáis esta noche que nosotros como pueblo llegaremos a la Tierra Prometida. Por eso esta noche soy feliz. Nada me preocupa. No temo a ningún hombre. Mis ojos han visto la gloria de la venida del Señor.” [4] Al día siguiente una bala asesina le quitó la vida. Pero su causa triunfó y su país fue transformado por la fuerza de la no violencia.
INDIGNACIÓN DEL SEÑOR
Hemos de reconocer que si bien la revelación cristiana nos habla del amor y la paciencia de Dios, también nos habla de la indignación de Dios frente al pecado y la injusticia.
Basta recordar el tono indignado en que hablan profetas como Isaías, Jeremías, Ezequiel y Amós .
Y también recordar a Jesús . Hay una escena que me ha llamado mucho la atención últimamente. En el comienzo del cap. 21 de Lucas Jesús se ha detenido a observar como ofrendaba la gente “y vio a los ricos que echaban sus ofrendas en el arca del templo. También vio a una viuda pobre que echaba dos moneditas de cobre. Os aseguro – dijo – que esta viuda pobre ha echado más que todos los demás. Todos ellos dieron sus ofrendas de lo que les sobraba pero ella, de su pobreza, echó todo lo que tenía para su sustento.” (Lc 21: 1-4). Aquí está el Maestro reconociendo el tremendo valor de las pequeñas acciones de fe y de obediencia. Esta escena está precedida de otra en los versículos finales del cap. 20. “Mientras todo el pueblo lo escuchaba, Jesús dijo a sus discípulos. – Cuidaos de los maestros de la ley: Les gusta pasearse con ropas ostentosas y les encanta que los saluden en las plazas, ocupar el primer puesto en las sinagogas y los lugares de honor en los banquetes.” (Lc 20: 45-46). Y luego, en lo que me parece un crescendo de santa indignación, Jesús agrega: “Devoran los bienes de las viudas y a la vez hacen largas plegarias para impresionar a los demás. Éstos recibirán peor castigo.” (Lc. 20: 47)
Es que nuestro Salvador y Maestro nunca permaneció indiferente ante la injusticia o la necesidad y muchas veces fue conmovido por la indignación o la compasión . No encuentro base para compartir la visión hegeliana de la historia y el optimismo de Hessel. Pero le doy la razón respecto a lo fatal que puede ser la indiferencia. Dice él: “Yo les digo a los jóvenes: buscad un poco, encontraréis. La peor actitud es la indiferencia, decir ‘paso de todo, ya me las apaño’. Si os comportáis así perdéis uno de los componentes esenciales que forman al hombre. Uno de los componentes indispensables: la facultad de indignación y el compromiso que la sigue.” (p. 31).
En mis largos años de ministerio en cinco continentes he conocido chicas y muchachos a quienes su fe renovada en Cristo los hizo sensibles y les enseñó a indignarse frente a la injusticia y la necesidad .
Su nueva visión de la historia, centrada en Cristo, los llevó a entregar la vida en el servicio misionero a los pobres, en la lucha por la justicia, en el ejercicio consciente de su profesión, en la formación de familias ejemplares en tiempos difíciles, en la mediación en conflictos, en el desarrollo económico, en la predicación y la enseñanza al servicio del Reino de Dios.
Con ellos oro, con profundo sentido de la historia: “Venga Tu Reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.”

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[1] Mortimer Arias, La gran comisión, CLAI: Quito, 1994; pp. 13-14.
[2] Emmanuel Buch, Martin Luther King , Sinergia: Madrid, 3ra. Ed., 2001; p. 59.
[3] Ibid., pp. 60-61.
[4] Ibid., p. 91.

Autores: Samuel Escobar
Fuentes: El eco bautista

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lunes, 21 de mayo de 2012

Teología de la indignación (I): Hessel y su visión histórica de la indignación

Por. Samuel Escobar, España*
Predica a sus jóvenes lectores: “Os deseo a todos, a cada uno de vosotros, que tengáis vuestro motivo de indignación”.
Tiempo atrás escribí un artículo sobre la diferencia entre domesticar y educar , en la vida de las iglesias evangélicas. Partía de la acertada y elocuente distinción entre estas dos formas de concebir la educación, que debemos al pedagogo brasileño Paulo Freire, fallecido en 1997. En el año 2001 la editorial española Morata, especializada en pedagogía, publicó un libro póstumo de Freire con el título de Pedagogía de la indignación. Es el título que escogió la viuda de Freire para estas cartas y ensayos que son una muestra elocuente del talante cuestionador y utópico del famoso brasileño.
Lo he traído a colación para explicar el título de esta serie de dos artículos míos: “Teología de la indignación”. Porque he de confesar que la lectura del celebérrimo libro ¡Indignaos! del pensador y activista social francés Stéphane Hessel, que ha tenido tanta repercusión en España, me llevó a una reflexión que terminó siendo teológica, creo yo. Aquí la comparto con la esperanza de que me lleve a tener algún diálogo fraterno que me anime, me confirme o me corrija.
Publicado por el autor en 2010, a sus noventa y tres años, este panfleto de 60 páginas ha tenido una repercusión increíble en Francia donde lo han leído más de un millón y medio de personas. La edición en español, prologada por José Luis Sampedro, otro anciano y vigoroso luchador, había llegado ya a 400,000 lectores en España, cuando compré mi ejemplar de la octava reimpresión, en mayo del 2011.*Ya es materia de dominio público la repercusión del movimiento de los indignados en España, en los meses finales del año pasado y los primeros de este 2012.
LA PRÉDICA DE LA INDIGNACION
Estas páginas son para el autor como una herencia que deja a las nuevas generaciones, y empieza en tono casi de nostalgia: “Noventa y tres años. Es algo así como la última etapa. El final ya no está muy lejos.” (p. 20). Hace luego memoria de su vida política, especialmente de su participación en el movimiento de resistencia francesa contra la ocupación nazi a partir de 1941. Ve en los postulados de ese movimiento el origen y fundamento de algunos de los aspectos más apreciados en la Francia democrática de hoy: la seguridad social; la organización racional de la economía que garantice la subordinación de los intereses particulares al interés general; la enseñanza para todos, sin discriminación; la libertad de la prensa, su honor y su independencia. Hessel ve con alarma que todos estos logros están amenazados en la Europa de hoy: “son los cimientos de las conquistas sociales de la resistencia lo que hoy se pone en tela de juicio.” (p. 24). Ante esa amenaza Hessel llama especialmente a los jóvenes a la indignación y la resistencia.
Hessel que es judío y sobrevivió al campo de concentración nazi de Buchenwald, hace un resumen de cómo la indignación frente al nazismo lo sostuvo en el cautiverio y lo llevó a escapar y embarcarse luego con la resistencia francesa. Y al final de la segunda guerra mundial tomó parte en el esfuerzo por luchar contra las causas de la guerra, por construir un nuevo orden internacional, por formular la Declaración Universal de los Derechos Humanos y participar activamente como diplomático en la reconstrucción de Europa.
Ello le lleva a predicar a sus jóvenes lectores: “Os deseo a todos, a cada uno de vosotros, que tengáis vuestro motivo de indignación. Es un valor precioso. Cuando algo te indigna como a mí me indignó el nazismo, te conviertes en alguien militante, fuerte y comprometido. Pasas a formar parte de esa corriente de la historia, y la gran corriente debe seguir gracias a cada uno.” (p. 26).
El folleto culmina con una apelación : “Apelemos todavía a ‘una verdadera insurrección pacífica contra los medios de comunicación de masas que no proponen otro horizonte para nuestra juventud que el del consumo de masas, el desprecio hacia los más débiles y hacia la cultura, la amnesia generalizada y la competición a ultranza de todos contra todos.’ A aquellos que harán el siglo XXI, les decimos, con todo nuestro afecto: ‘Crear es resistir, resistir es crear’” (pp. 47-48).
En muchas publicaciones evangélicas, he leído palabras pastorales que advierten contra los mismos males: el consumismo incontrolado, el desprecio a los débiles y los diferentes, el olvido de las virtudes básicas para la convivencia, la competición insensible e inhumana. En nuestras filas evangélicas esto se constituye en un llamado a recordar el ejemplo de vida de Jesús, los principios éticos de la vida cristiana presentados tan claramente en la Biblia, y la renovación de nuestra identidad evangélica y la vivencia de sus valores.
UNA VISIÓN DE LA HISTORIA
Es cuando Hessel hace referencia a una visión de la historia, cuando me lleva a la exploración teológica. Como citaba hace un momento nos dice que la indignación es un valor precioso: “te conviertes en alguien militante, fuerte y comprometido. Pasas a formar parte de esa corriente de la historia, y la gran corriente debe seguir gracias a cada uno.” Una sección de su escrito articula dos visiones de la historia. Nos cuenta que cuando llegó a ser estudiante de la famosa Escuela Normal, en 1939, el filósofo Sartre, su “condiscípulo mayor”, lo llevó a asumir la noción de libertad y responsabilidad, pero su propio talante lo llevó a otra postura: “Pero mi optimismo natural, que quiere que todo aquello que es deseable sea posible, me llevaba hacia Hegel. El hegelianismo interpreta que la larga historia de la humanidad tiene un sentido: es la libertad del hombre que progresa etapa por etapa. La historia está hecha de conflictos sucesivos, la aceptación de desafíos. La historia de las sociedades progresa y, al final, cuando el hombre ha conseguido su libertad completa, obtenemos el Estado democrático en su forma ideal.” (p. 29).
Hessel se quedó con Hegel y no adoptó la visión de Karl Marx, discípulo de Hegel que veía la historia como una continua lucha de clases que llevaría por fin a la revolución proletaria que instauraría una sociedad sin clases, feliz, que ya no necesitaría el consuelo de la religión. La utopía que nunca llegó.
La otra visión de la historia que Hessel nos presenta es una visión trágica: “Los progresos alcanzados por la libertad, la competitividad, la carrera del ‘siempre más’, todo esto puede vivirse como un huracán destructor.” (p. 29). Cita entonces al filósofo alemán Walter Benjamin, amigo del padre de Hessel, que tenía esa otra visión: “Para Benjamin, quien se suicidó en setiembre de 1940 para huir del nazismo, el sentido de la historia es la marcha inevitable de catástrofe en catástrofe.” (p. 29). Esta visión pesimista que ve la historia terminando en tragedia, ve la aventura humana como un túnel sin salida. Cuando leo a algunos columnistas de diarios españoles de hoy sospecho que en el fondo tienen una visión parecida, y que la nota de desencanto y hasta de cierto cinismo refleja una pérdida total de la esperanza. Y eso me lleva a la visión cristiana de la historia, porque si como cristianos creemos que Jesús resucitó no podemos adoptar una visión trágica y pesimista de la historia humana.
Tanto la enseñanza de Jesús como la de los apóstoles está marcada por la nota de la esperanza, que es una nota que nos lleva a vivir el presente como luz y sal en el mundo, con gozo a pesar de las aflicciones, y a mirar el futuro con la esperanza de un mundo cualitativamente diferente, de una nueva creación: “Ya no habrá muerte, ni llanto, ni lamento ni dolor, porque las primeras cosas han dejado de existir” (Ap 20:4). Y esto nos lleva a una teología cristiana de la indignación. Pero esto lo veremos la próxima semana. Esperelo!!!

* Stéphane Hessel, ¡Indignaos! Ediciones Destino: Barcelona, 2011.
*Autores: Samuel Escobar
Fuentes: El eco bautista

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