¡Vos podes ayudarnos!

---
;
Mostrando entradas con la etiqueta Jacqueline Alencar. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Jacqueline Alencar. Mostrar todas las entradas

martes, 2 de mayo de 2017

Mackay y el Seminario teológico de Princeton



Por. Jacqueline Alencar, España
En 1936, Mackay fue invitado para asumir la presidencia del Seminario de Princeton. Animado otra vez por Robert E. Speer. Para él el seminario fue un campo misionero. "La idea de comunidad era central en mis decisiones como rector", afirmó.
Dice Mackay que "El seminario teológico es, o debe ser, un semillero de la cultura verdadera... orgánicamente arraigado en la tradición cristiana que proveerá la dirección para la restauración de la cultura... El seminario ha de ser el lugar donde el futuro pastor forme una amistad con las grandes ideas de la herencia de la fe cristiana... y donde se casa, en el sentido  de Miguel de Unamuno, con la idea suprema, que es más que una idea, Jesucristo". 
Y también señala que "la teología es el entendimiento de Dios que nace en la comunión con Dios y nos lleva a la contemplación y discusión de todas las cosas humanas y divinas a la luz de  Dios". Y el teólogo es un caminante que se ha encontrado con Dios en un encuentro que ha cambiado profundamente toda su perspectiva.
Anteriormente ya había comentado que para él "la teología hoy tiene una tarea, la de devolver el sentido a la vida, la de restaurar os cimientos sobre los cuales se puede construir toda vida verdadera y pensamientos verdaderos". Y leyendo sobre todas estas cosas, me interesé por su llegada y estancia al Seminario de Princeton, en los Estados Unidos, allá por 1936. Quizá recordando las lecturas de "Vida en comunidad" de Bonhoeffer.
Y dice Mackay que el teólogo que logra producir una mente iluminada y un corazón ardiente es aquel que ha recorrido el mismo Camino de Emmaús y allí, a la luz del crepúsculo, se ha encontrado con el Otro. En aquella Persona, el pensamiento y la acción cristiana serán una sola cosa. Obrará como hombre de pensamiento y pensará como hombre de acción". (Del libro Prefacio a la Teología cristiana, que he estado mencionando).
Interesante es también el capítulo del citado libro Prefacio a la teología cristiana titulado 'La verdad es en orden a la bondad', donde hay una afirmación de Archibald Alexander, fundador del seminario Telógico de Princeton, quien sentía una preocupación en su época por lo que se llamaba 'ortodoxia muerta'. Cita Mackay lo que dice Alexander en su libro 'The Log College': "Hay hombres que pueden seguir manteniendo en teoría un credo ortodoxo, y, sin embargo, pueden mostrar tan mortal hostilidad a la piedad vital, que deben ser considerados como enemigos de la causa de Dios y de la obra del Espíritu Santo". Y agrega Mackay que Alexander sentía con dolor que necesitaba una gracia especial para ser teólogo. Y, que en verdad nadie necesita tanto de la gracia de Dios como el hombre que vive, se mueve y tiene su ser en un Seminario Teológico.
Dice Sinclair, uno de los biógrafos de Juan Mackay, que cuando éste llegó al Seminario de Princeton, tuvo que enfrentar un cuerpo de pensamiento teológico del siglo XIX llamado 'la teología de Princeton'. Y que "Princeton no estaba en la frontera del pensamiento teológico de sus tiempos. Al contrario, se había quedado atrás por razón de sus horizontes tan limitados. Se creía que la Biblia era para el teólogo lo que la naturaleza es para el científico...". (The Princeton Theology)
Sinclair nos recuerda que Mackay había sido estudiante en Princeton de 1913 a 1915. Había llegado de Escocia para "oír algunas de las mismas controversias teológicas que había escuchado en su tierra durante su niñez y su juventud. Las luchas entre los exclusivistas y los inclusivistas en los Estados Unidos fueron semejantes a los debates entre la familia presbiteriana del siglo XIX en Escocia. A pesar de que su profesor de Inverness le había animado a estudiar con B.B. Warfield, el joven Mackay no se quedó contento con el enfoque teológico tradicional de Princeton. "Él soñaba con un seminario de una nueva orientación y con nuevos horizontes".
Se dice que cuando llegó al Seminario en 1936, tuvo que enfrenar los resultados tristes de la controversia en que el profesor J. Gresham Machen y otros profesores se habían separado de la institución. Y se preguntaba sobre qué tratamiento iba a prescribir para sanar las heridas y traer salud a la institución.
Sinclair señala que "Para Mackay, criado en un hogar donde la oración y la lectura de la Biblia fue de suma importancia, la defensa de la fe más indicada fue por el lado de los sentimientos, y no por el lado racional o intelectual". En su discurso al principio del año académico en septiembre de 1936, citó a Jonathan Edwards: "La verdadera y última perfección del cristianismo consiste en una expresión sincera y práctica de los afectos religiosos, por medio del amor hacia Dios y al semejante... Es muy posible afirmar todas las declaraciones salvíficas de Dios, afirmar las creencias más ortodoxas acerca de Jesucristo, el Redentor, pero es posible también no ser cristiano y quedarse completamente exento de una amistad personal con Dios".
En el discurso inaugural en Princeton del siguiente año, en febrero de 1937, con el título de 'Restauración de la Teología', usó una frase de Kierkegaard sobre el profesor como testigo de la Crucificción: "Entonces como maestros y estudiantes de la teología cristiana, compartimos el compañerismo de Sus Penas y seguimos al Maestro en humilde y amorosa obediencia en las tareas que Él nos entrega en la vida cotidiana...". Y además añadió estas palabras de Barth: "... a Dios le hacen falta personas, no individuos llenos de frases ruidosas y novedosas. A Dios le faltan 'perros', cuyas narices husmeen la realidad del día de hoy, y en ello olfateen el rastro de la Eternidad...".
Y al final E. Speer le dijo a él: "Edifique su vida en estos muros". Y así lo hizo, como cualquiera que se siente comprometido con la misión encomendada. Para mí sería el summum del compromiso...
Esto apenas es una pincelada sobre esta etapa de la vida de este teólogo, escritor, periodista..., quien sabe a alguien le interese buscar y leer algún libro de Mackay y profundizar más. Yo apenas soy una atrevida que osa meterse en temas quizá muy elevados para ella, pero es como si no pudiera perderme el próximo capítulo de la novela de la sobremesa. Por eso me quedo con cosas sencillitas como por ejemplo que Mackay y su esposa Jane optaron por elegir una casa espaciosa y elegante, y se rumoreó que lo hacían por prestigio, pero en realidad no era para ostentar sino para poder recibir a profesores y estudiantes del Seminario. Estaban convencidos que el primer paso para curar las heridas era crear un sentido de familia, de comunidad. Su propio hogar iba a ser el lugar de encuentro de la familia seminarista. Y comenta Sinclair que para la familia Mackay esto significó sacrificar gran parte de su vida privada. O sea que sabía dónde se estaba metiendo. Que un ministerio de este calibre implica sacrificios...
Me extraña que un hombre con tantas responsabilidades no les dijera a los estudiantes 'arréglense como puedan', 'son libres para decidir por donde ir'... 'Yo ya tengo bastante con mi familia'.  Es muy complicado. Me pongo en su piel.
Otro detalle que me llama la atención fue un comentario que cita Sinclair: "La fortaleza del seminario se debe hoy al hecho de que Mackay asumió  un mando personal de la situación desde 1936. Y que fue igualitario en su administración. Insistía en que todo el mundo conversara con otros en el Seminario. El estudiante con el estudiante; el profesor con estudiantes; y todos con el personal administrativo y de servicio. También hizo que los nombres, fotografías y deberes de toda la comunidad del seminario aparecieran en el directorio del Seminario por orden alfabético y según su función: 'profesor de historia', 'oficinista', 'jardinero' y 'rector".
"Mackay fue amigo de los estudiantes y trataba a todos por igual", comenta Sinclair. Tenía una palabra de orientación para ellos en lo que se refiere al llamamiento al pastorado local. Transformó el Seminario en un centro ecuménico con la llegada de profesores y estudiantes de otros países y tradiciones cristianas. Dice que antes de la llegada de Mackay a Princeton, había algunos estudiantes y profesores del extranjero y de otras iglesias reformadas, pero siempre en un número reducido y su presencia en el Seminario no respondía a un plan global de internacionalización del mismo.
En 1944 se empezó a publicar la revista Theology Today (La Teología hoy día), cuyo lema era: 'La vida del hombre a la luz de Dios'. Leo que Mackay señaló que había concebido la idea de esta revista cuando caminaba por el río Delaware. En la misma se vislumbraba, en sus artículos y orientación editorial, los nuevos aires que corrían por el Seminario de Princeton: una teología de compromiso con la sociedad. Mackay fue su redactor desde 1944 hasta el 51.
En 1942 organizó el Instituto Teológico de Princeton para pastores y laicos durante el verano. Y continuó escribiendo y publicando libros, entre ellos, Prefacio a la teología cristiana (1941), Herencia y destino (1943), Cristianismo en la frontera (1950), Orden de Dios y Desorden del Hombre. Carta a los Efesios (1957), y El sentido presbiteriano de la vida (1960).
En 1944 fundó la Facultad de Educación Cristiana para la preparación de personas, en su mayor parte mujeres, para ser directores de educación cristiana y misioneras. Para ello se compró una propiedad, donde también se reacondicionaron dos edificios de apartamentos para estudiantes casados.
Durante esta etapa también participó en el desarrollo del movimiento ecuménico, tratando siempre de incorporar en dicho movimiento el fuego de su propio celo evangélico, como comenta Samuel Escobar. También realizó actividades en beneficio de su propia denominación.
Entre 1945 y 1948 pastores que habían servido como capellanes durante la Segunda Guerra Mundial volvieron al seminario para un año de estudios de postgrado. Y en 1949 se materializó el sueño de Mackay de construir el Centro Estudiantil del Seminario, un edificio con un gran comedor y salones para reuniones y actividades sociales. Siguiendo su visión de un lugar de encuentro para una comunidad cristiana; durante su gestión también se construyó la Biblioteca Speer.
Estos datos los he extraído de la Biografía que sobre Mackay escribió John Sinclair. También se puede ampliar leyendo el ensayo 'El legado misionero de Juan A. Mackay', escrito por el teólogo Samuel Escobar, que se publicó en la tercera edición del Otro Cristo español, de 1991.
Mackay ocupó la cátedra de ecumenismo durante todos los años de su rectoría. Su curso de 'Introducción al Ecumenismo' fue obligatorio para todos los estudiantes. Ninguno pudo librarse de tener contacto con el pensamiento misionero de Mackay. El contenido general del material académico que Mackay presentó en su curso, dio lugar al libro El Ecumenismo: Ciencia de la Iglesia Universal, publicado en 1964.
Me llama la atención que, después del fin de la Segunda Guerra Mundial, cuando uno de los principales inventores de la bomba atómica, el doctor Robert Oppenheimer, fue designado director del prestigioso Instituto de Estudios Superiores de Princeton, y siendo éste considerado persona non-grata en el pueblo, Mackay ofreció un lugar en el Seminario para una reunión pública con el fin de recibir al científico como residente del pueblo y vecino del Seminario. Es más, nos cuenta Sinclair que también trataba a su vecino el doctor Albert Einstein con la misma cortesía y amistad.
Para Mackay todos los seres humanos, incluyendo a los doctores Oppenheimer y Einstein, a pesar de su posición política o religiosa, deben ser respetados en su dignidad porque son criaturas de un mismo Dios y miembros de una sola familia humana, comenta.
La verdad es que esta afirmación de Mackay, que ya he citado en otra ocasión me interpela. Con lo que me cuesta dar la otra mejilla...  O dar después que te han lanzado la bomba atómica.
Y, mientras leía esto, recordé que en Prefacio a la teología cristiana Mackay menciona, en el capítulo titulado 'La Iglesia y el orden social', lo siguiente: "En los círculos eclesiásticos los nombres de Edimburgo, Estocolmo, Lausana, Jerusalén, Oxford, Madrás, están vinculados con la aparición de una expresión colectiva del cristianismo tal como la Iglesia Cristiana no había conocido eclesiásticamente desde el sisma entre las iglesias Oriental y Occidental, ni étnicamente desde los comienzos de la era cristiana". Me llamó la atención el nombre de la ciudad suiza de Lausana que rápidamente asocié con ese gran congreso de evangelización mundial de 1974. Pero no, aquí él se refiere a la segunda reunión que salió de Edimburgo 1910, tal como lo señala Samuel Escobar en un artículo publicado en P+D (mayo de 2010): "de Edimburgo salió la conferencia de Fe y Orden, cuyo propósito era estudiar los temas relativos a la doctrina y el ministerio entre las diferentes Iglesias Protestantes. Su agenda era el diálogo teológico en busca de un acercamiento para encontrar terreno común entre las diferentes iglesias y denominaciones y explorar también la razón de ser de las diferencias. Su primer encuentro se dio en Lausana en 1927, seguido de muchos otros. Cuando se realizó un encuentro en Latinoamérica para tratar los temas de bautismo, ministerio y eucaristía, la reunión se realizó en Lima, Perú, en 1982. La Iglesia Católica fue invitada al primer encuentro pero rechazó consistentemente la participación".
En realidad, todo lo anterior me hizo retrotraerme a ese encuentro también realizado en Lausana, pero en el año 1974, de ahí el nombre de lo que se denomina el Movimiento Lausana, que empezó a gestarse en otro gran Encuentro Mundial de Evangelización llevado a cabo en Berlín, en 1966, y se materializó con el Congreso Internacional de Evangelización Mundial en la ciudad suiza de Lausana. En octubre de 2010 tuvo lugar el III Congreso de Lausana en Ciudad del Cabo (Sudáfrica) y de ahí resultó el Documento llamado Compromiso de Ciudad del Cabo, que viene a ser una hoja de ruta para la misión cristiana. Y donde se proponen 34 grandes temas, entre ellos el de la Educación Teológica y la Misión.
Así que, al mencionar lo que nos dice Mackay acerca de los seminarios... me sentí estimulada a abrir nuevamente la Guía de Estudio sobre el Compromiso de Ciudad del Cabo, editada por Andamio (también puede leerse aquí), para recordar lo que nos dice acerca de la Educación Teológica. Cito solo un fragmento: "Somos llamados a hacer discípulos, no simplemente convertidos. La misión global de la Iglesia no puede definirse únicamente en términos evangelísticos o ministerios de compasión hacia necesidades humanas. Debe abarcar también la creación de comunidades de fe donde las personas pueden crecer en su fe y la provisión de estructuras adecuadas para la educación teológica de los que llegan a conocer a Cristo a través del testimonio integral de la iglesia. De esta asociación entre la educación teológica y la misión se ocupa la última sección del Compromiso de Ciudad del Cabo". Os invito a leerla. Hay muchas cosas buenas para retener. Siempre a la luz de la Palabra.

Fuente: Protestantedigital, 2017

martes, 11 de abril de 2017

El poder transformador de la palabra LXXI



Por. Jacqueline Alencar, España
Hace ya algún tiempo, aunque no soy una experta en el asunto, me refería en algunos escritos a los olvidados hermanos de la Reforma protestante. Por ello, con sumo gozo presencio todas las celebraciones y menciones que se hacen hoy, y se harán, en torno a ellos y al movimiento reformador que generaron y alentaron en este mundo.
Y en tal sentido, me gustaría, a través de la pluma y el pensamiento de un escritor de nuestro ámbito, Juan Mackay, recordar también a los místicos españoles que, según mi modesto entender, también habrían puesto un mínimo granito de arena para traer nuevos aires en la vida espiritual de España y otras latitudes.
Transcribo lo que de ellos nos cuenta Mackay en su libro El otro Cristo español (en 1952 se realizó la primera versión en español por G. Báez-Camargo, de la primera edición inglesa de 1933).
EL OTRO CRISTO ESPAÑOL EN EL SIGLO DE ORO DE ESPAÑA (Capítulo VII de El otro Cristo español)
El Cristo que se naturalizó en Sudamérica no es, por fortuna, el único Cristo en la historia espiritual del pueblo ibérico. Hay una tradición religiosa española que tras una larga historia subterránea empieza de nuevo a aflorar en la superficie.
El estudio de dicha tradición nos ense­ñará lo que podría haber acontecido y todavía puede acon­tecer en la vida de España y Sudamérica. Ninguna visión completa de la situación religiosa del mundo hispánico puede pasarla por alto, ninguna política religiosa cons­tructora para Sudamérica puede hacerla a un lado.
a) La Fuente de una Tradición Perdida
En la tradición religiosa y vida presente de España hay otro Cristo. Un Cristo distinto del de la fe popular y la propaganda oficial. Nos encontramos con Él primera­mente en el siglo trece, en Raimundo Lulio.(1)
Aparece más tarde en la vida y escritos de los grandes místicos del siglo dieciséis.(2) Se destaca en alto relieve en el pensa­miento y obra de los grandes hombres que en ese mismo siglo se pusieron del lado de la Reforma Protestante. Vol­vemos a hallarlo en muchos grandes rebeldes religiosos de los siglos subsecuentes.
En la España moderna este Cristo ha hallado santuario en la vida de los dos precursores de la España nueva, nacida con las instituciones republicanas en 1931: don Francisco Giner de los Ríos y don Miguel de Unamuno.
Este Cristo y la pura y religiosa pasión que ha desper­tado en muchos corazones españoles en el siglo dieciséis, esplenden en el más sublime soneto de la literatura dé España, famoso poema cuyo autor es desconocido:
No me mueve mi Dios para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.
Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido;
muéveme ver tu cuerpo tan herido,
muévenme tus afrentas y tu muerte.
Muéveme, en fin, tu amor, en tal manera
que aunque no hubiera cielo yo te amara,
y aunque no hubiera infierno te temiera.
No tienes que me dar porque te quiera,
porque aunque cuanto espero no espera,
lo mismo que te quiero te quisiera.
La dinámica del poeta es Cristo crucificado. "Al con­templar la excelsa cruz" —como dice el conocido himno evangélico— su corazón queda cautivo para siempre. De ahí en adelante, el amor de Cristo será el móvil que im­pulsará su vida y no la esperanza de recompensa o el temor del castigo, sea en esta vida, sea en la por venir.
He aquí una religión que es calidad de vida y no la simple prolongación de la existencia. Es la apasionada respuesta del amor y no una sórdida ambición de cosas. Cuán dife­rente es esto del sentimiento que contiene la popular can­ción de cuna:
Dame una limosna, Cara de Rosa,
o hurtaréte las perlas que el Niño llora. (3)
En Raimundo Lulio, el cortesano catalán de Mallorca, que después de convertido vino a ser uno de los misione­ros cristianos más grandes de todos los tiempos, descubri­mos también al otro Cristo.
Cuán dulcemente suena a nuestro oído la música del libro místico de Lulio, El Libro del Amigo y del Amado. Y cuan ricamente sugestivo es también su famoso dicho: "El que no ama no vive, y el que vive por la Vida no puede morir".
Para Lulio, como para el anónimo autor del soneto antes citado, la salvación es cualitativa y no simplemente la prolongación sin término de una serie temporal. Cristo es para él nuestra Vida, nuestra nueva y eterna Vida.
Cristo no inmortaliza la vida tal cual es, sino la transforma en lo que debe ser. Además, la evidencia de que no mori­remos jamás no está en que creemos en nuestra inmor­talidad sino en que amamos.
Raimundo Lulio es el precursor de un notable grupo de escritores místicos que florecieron en España en el siglo dieciséis, y al cual Havelock Ellis ha denominado "la más poderosa e influyente escuela de pasión religiosa que pue­de exhibir el mundo europeo".
Los místicos españoles eran generalmente grandes al­mas solitarias cuya influencia recíproca, si exceptuamos la amistad entre Juan de la Cruz y la gran Teresa, era muy leve. Sin duda, jamás ha sido superada la intensidad de su pasión religiosa, pero, por tristísima y sumamente trágica ironía de la historia del cristianismo, no se dejó germinar en la vida espiritual de la Península aquella potencia incalculable de la experiencia religiosa de los místicos.
Los más grandes de ellos, fray Luis de Granada, San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Jesús y fray Luis de León, vivieron bajo constante sospecha de heterodoxia, y todos ellos, salvo Teresa, pasaron un tiempo en las pri­siones de la Inquisición. La gran Teresa misma apenas sí escapó al encarcelamiento, y eso tan sólo por ser mujer.
Éstas seráficas almas cristianas representaban un movi­miento espontáneo de reforma dentro de la Iglesia Cató­lica española de su época. En su celo reformador, Juan de la Cruz y Teresa la monja Carmelita, recorrieron con grandes penalidades el país fundando nuevas casas reli­giosas con votos más rigurosos, o reformando las anti­guas.
Objeto de la desconfianza y la persecución por parte de las autoridades eclesiásticas, y ejerciendo muy leve influencia sobre la gente, terminaron sus días en la soledad. En el siguiente siglo fueron canonizados y Santa Teresa se ha convertido en la patrona de España.
Pero no puede decirse que, fuera de un círculo muy limitado, la pasión espiritual de la santa haya sido una influencia, o sus ideas hayan fructificado en la vida religiosa de Es­paña. Y lo mismo podría decirse de los otros místicos españoles del siglo dieciséis. Sólo en años recientes los han descubierto y los leen algunos laicos educados.
Azorín, uno de los principales devotos de la literatura espa­ñola clásica, nos cuenta cómo fue hasta hace poco cuando despertó a las bellezas de Luis de Granada. El movimiento y las tendencias representados por estas grandes almas, y otros centenares de almas de su época, se convirtió en corriente subterránea en la vida religiosa de la Península, y la obra empezada por ellas quedó trunca en la encruci­jada de los destinos de España.
De los escritos de estos santos españoles podemos entresacar el retrato de un Cristo cuyos ojos jamás ha contemplado España, un Cristo cuyo nombre es Jesús, un Salvador, Amante y Amigo. Se requeriría demasiado es­pacio para ofrecer un retrato completo del Cristo de los místicos españoles y de su relación con la vida religiosa. Hemos de contentarnos con obtener unos cuantos vistazos de Él, según se revela a la luz del pensamiento y la ex­periencia de los místicos. En cada caso se erigen la su­prema devoción a Cristo como norma de la vida y la unión con Él como meta de todas las aspiraciones.
b) El Cristo que Transfigura
La obra lírica más grande de la literatura española, y una de las más grandes de la literatura mundial, es el Cántico Espiritual de Juan de la Cruz, en que el autor místico interpreta el Cantar de los Cantares en términos de su propia experiencia. Como el Progreso del Peregri­no, de Juan Bunyan, es obra producida en la prisión, pro­bablemente cuando el autor estuvo prisionero en Toledo, condenado por el Santo Oficio. Sólo las Cartas de Samuel Rutherford pueden compararse con este inigualado poema como expresión de la pasión mística por Cristo.
Descríbese el comienzo de este drama de amor en un exquisito poema menor conocido popularmente como En una Noche Oscura. Ha caído la noche, y al amparo de su sombra y su silencio, el alma sale en busca del Amado:
En una noche oscura
con ansias en amores inflamada,
¡oh dichosa ventura!
salí sin ser notada,
estando ya mi casa sosegada.
Su única luz y guía es el fuego que arde en su cora­zón. Pero este fuego hace que la noche brille más que la aurora, de modo que tal parece que es la noche misma quien la guía sin extravíos a donde está el Amado. Bello símbolo de ese instinto del alma por buscar a Cristo en las tinieblas de sus extremos. El Amado es hallado, pero torna a ocultarse, y la apasionada búsqueda prosigue en el Cántico:
Descubre tu presencia
y mátame tu vista y hermosura;
mira que es la dolencia
de amor, que no se cura
sino con la presencia y la figura.
Cuando el alma, transverberada de amor, oye la voz del Amado llamándola desde la altura, y puede al fin unirse a Él, la naturaleza entera se torna fresca y dulce y toma parte en la melancolía del perfecto amor. La be­lleza del Amado se comunica al mundo. En su luz, el alma ve luz y belleza dondequiera. Y así exclama:
Mi Amado, las montañas,
los valles solitarios numerosos,
las ínsulas extrañas,
los ríos sonoros
el silbo de los aires amorosos
.......................................................
Gocémonos, Amado
y vámonos a ver en tu hermosura
al monte y al collado.
Esta experiencia espiritual de que la unidad del alma con Dios en Cristo la hace sentirse a sus anchas en la naturaleza, nos recuerda la experiencia de Saúl Kane, en el poema de John Masefield, "La Eterna Misericordia".
Después de experimentar las "ardientes cataratas de Cris­to", y de caer por tierra la "puerta con cerrojos", Kane sabía que "había terminado para siempre con el pecado" y que Cristo lo había hecho nacer "para hermanarse con todas las almas de la tierra". Y entonces brota de sus la­bios este canto:
"Oh qloria de la mente iluminada,
cuán muerto he estado, y cuán torpe y ciego;
a mis ojos, ya nuevos, el arroyo
parecía brotar del Paraíso;
y el agua tumultuosa de la lluvia
cantaba a mis oídos:
¡Cristo ha resucitado!
Toda la naturaleza exhalaba ahora para él una nueva fragancia y tenía nuevo esplendor, "y toda ave y toda bestia debería compartir las migajas del banquete". Unir­se espiritualmente con ese Cristo significa siempre "con­siderar los lirios" con ojos nuevos, y contemplar con un nuevo sentido de lo maravilloso los pájaros del campo.
En la experiencia que se describe en el Cántico, Juan de la Cruz trasciende el monasticismo y asceticismo de su medio religioso y aun de su propia vida religiosa. Su alma de poeta va en pos de un Cristo que, según la frase de Luis de León, "vive en los campos", como Señor y transfigurador de todo lo que tiene ser.
Si nos esforzamos por seguir a Juan de la Cruz por la "noche oscura del alma" hacia las cumbres del "Monte Carmelo", lo perdemos de vista cuando llega al empíreo de la perfecta unión de amor. Consideramos solamente algunas de las palabras características que pronuncia en el camino acerca de Cristo.
Para él, Cristo es "el Amante dulcísimo de todas las almas fieles". Aconseja mantener la imagen de Cristo pura y clara en el alma. En otra de sus cartas hallamos estas palabras: Jesús sea en sus almas, hijas mías... Pues yo iré allá y verán cómo no me olvida­ba, y veremos las riquezas ganadas en el amor puro y sendas de la vida eterna y los pasos hermosos que dan en Cristo, cuyos deleites y corona son sus esposas: cosa digna de no andar por el suelo rodando, sino de ser to­mada en las manos de los ángeles y serafines, y con reve­rencia y aprecio la pongan en la cabeza de su Señor. (4)
Cristo es el todo para San Juan de la Cruz, y el ritual significa poco. Encarece a los que principian la vida es­piritual que se cuiden de los que "se cargan de imágenes y rosarios bien curiosos" y andan "arreados de agnusdei y reliquias y nóminas, como los niños con dijes". (5)
Les advierte también contra quienes hacen romerías o pere­grinaciones "más por recreación que por devoción". (6) Y les encarece no despilfarrar en el ornato de sus oratorios el tiempo que deberían dedicar a la oración y el reco­gimiento interior.
c) Amante y Señor
A Teresa de Jesús se le ha llamado con razón un "al­ma de fuego". El símbolo clásico con que se la representa es aquella escena de su visión en que un ángel le trans­verbera el corazón con un dardo ardiente. Su concepto y experiencia de Cristo se caracteriza por una pasión in­candescente.
Cristo es su "Esposo Divino", y por lo ge­neral se refiere a Él llamándole "Señor" y "Su Divina Majestad". Tan fuerte y viva es su conciencia de que Cristo le pertenece, que en uno de sus poemas habla de Él como su "cautivo". Y el estar Él cautivo dentro de su corazón, hace a éste libre. (7)
Igual de vigorosa es la conciencia que Teresa tiene de pertenecer a Cristo y ser inseparablemente una con Él. Esta mutua compenetración halla su expresión más per­fecta en el relato de una visión en que Teresa ve su pro­pia alma como un espejo muy claro en que Cristo se ma­nifiesta a ella. "Y también este espejo —añade Teresa— (yo no sé decir cómo) se esculpía todo en el mismo Señor, por una comunicación, que yo no sabré decir, muy amo­rosa". Cuando el alma está en pecado, este espejo se cubre "de gran niebla" y ya no puede verse en él al Señor. (8)
En otro bello pasaje, Teresa describe el origen y acti­vidad de la oruga que se metamorfosea en mariposa como símbolo de que ella tiene que morir para que Cristo nazca en ella. Teresa amaba apasionadamente las flores, porque éstas, como todos los objetos naturales, eran obra de las manos de su Divino Esposo.
El Cristo de Santa Teresa es un Ser vivo activo; po­deroso y amoroso, que demanda que el alma no tenga co­mercio con el pecado si ha de estar en comunión con Él. La pasión seráfica de Teresa no la incapacitaba, sin em­bargo, en lo mínimo, para el cumplimiento de la rutina de los negocios de la vida. Era la más práctica de las mujeres.
El Señor ayuda, tal había ella aprendido por ex­periencia, en el desempeño de las tareas más ordinarias. "Pues ea, hijas mías, —dice a sus monjas— no haya des­consuelo; mas cuando la obediencia os trajere empleadas en cosas exteriores, entended, que si es en la cocina, entre los pucheros anda el Señor, ayudándoos en lo interior y exterior". (9)
No obstante, es de lamentarse grandemente que Te­resa, teniendo como tenía un concepto muy espiritual y a la vez sumamente ético y práctico, de Cristo y la religión, haya limitado la expresión de ésta a la actividad monás­tica. Aunque conocía a un Cristo que era para el mundo, un Cristo que era poco más que un extranjero en el país de ella, lo hizo prisionero de su corazón, o de los con­ventos que fundó.
De un valor religioso mucho más ele­vado que la transverberación del corazón de Teresa son los estigmas de las manos de San Francisco, marcas y símbolos del precio a que el varón de Asís servía a los hombres por amor a Jesús.
Hasta hallamos a Teresa, a momentos, teñida de una pasión por el Cristo material de Tánger, el Cristo de tierra. Era devota de lo que llama "la sacratísima Humanidad de Jesús". Por esto entiende la santa —nos explica un distinguido escritor sudamerica­no— no el carácter humano del Maestro ni su manera de vivir como hombre, sino la parte corpórea, física y material de su persona, preocupación que culminó por fin en la adoración idólatra de su corazón carnal". (10)
d) El Cristo que es Jesús
En los escritos del monje agustino Luis de León, este Cristo, a quien Teresa conocía y con quien comunicaba sólo objetivamente, a quien tenía prisionero en su cora­zón o en sus conventos, rompe los muros de su confina­miento y se hace plenamente objetivo para la devoción y el pensamiento. El Cristo de la experiencia se convirtió en el Jesús de la historia y el Cristo de la fe.
La nota que Luis de León suena es que a Cristo le debe conocer en el más pleno sentido paulino y juanino. "Sa­ber mucho de Cristo", es el consejo que da. "Y la propia y verdadera sabiduría del hombre —dice en la introduc­ción a su gran obra— es saber mucho de Cristo".
Esta "es la más alta y más divina sabiduría de todas; porque en­tenderle a él es entender todos los tesoros de la sabiduría de Dios, que, como dice San Pablo, están en él encerra­dos". (11)
Para Fray Luis, la religión es la respuesta de la natu­raleza entera del hombre a Cristo, la contestación del in­telecto así como del corazón. Santa Teresa, como la Mag­dalena ante la tumba abierta, de buena gana se recrearía para siempre en una experiencia física de su Señor.
Fray Luis entiende el sentido de las palabras: "Asciende a mi Padre". Tiene de Cristo un concepto esencialmente obje­tivo. Lo considera no solamente como la fuente y centro de toda su vida, sino también como el centro de toda vida e historia, y del universo mismo. Su Cristo es el Señor de la realidad creada.
En Los Nombres de Cristo, que Menéndez y Pelayo llama el más perfecto monumento en prosa de la literatura española, Fray Luis expone su concepto de Cristo. Este libro está escrito en forma de diálogo.
Un grupo de ami­gos se reúne para comentar las ideas de uno de ellos, pero no dentro del recinto de un monasterio u otro edi­ficio religioso, sino en un bello sitio a la ribera del manso Tormes, el río de Salamanca. Porque como dice el autor, "vive en los campos Cristo".
He aquí el concepto de una religión al aire libre. Si con Juan de la Cruz, el amor de la naturaleza no era más que un pasajero estado de ánimo, o como lo reputan al­gunos críticos, un recurso puramente literario para imitar el colorido naturalista del Cantar de los Cantares, para Luis de León la naturaleza era una pasión.
La sentía y la amaba como Wordsworth, y muchos de sus incomparables poemas líricos, rivaliza en realismo emotivo con la poesía de la naturaleza del célebre autor de Tintern Abbey. (12) No fue otro que el más grande de los poetas líricos españoles quien escribió
Los Nombres de Cristo, e hizo a sus per­sonajes discurrir a la orilla de un río, en un prado que cantaba con la voz de los pájaros. Y sin embargo —¡cruel ironía!— este libro fue compuesto durante los cinco años que su autor pasó en una mazmorra de Valladolid! Lo había encarcelado el Santo Oficio, por la terrible ofensa de haber traducido el Cantar de los Cantares al español.
u suprema pasión era pecado mortal a los ojos de los di­rectores religiosos de su país. ¡Se había atrevido a eman­cipar la realidad religiosa de los contérminos entumecedores de una lengua desconocida y de las paredes consa­gradas. "Cristo para el mundo", cantaba Fray Luis.
Los nombres de Cristo cuya significación expone el gran místico español, son ora los títulos del Mesías en el Antiguo Testamento, ora los nombres simbólicos de Jesús en el Nuevo. Trata de catorce de éstos. Cristo es la Vara, la Faz de Dios, el Camino, el Pastor, la Montaña, el Padre de la Edad Futura, el Brazo del Señor, el Rey, el Prín­cipe de Paz, el Esposo, el Hijo de Dios, el Cordero, el Amado, y Jesús.
Entre lo mucho de rico y sugestivo que se dice de Cristo en este gran libro, notemos muy brevemente algo de lo más significativo. Jesucristo, el "brazo del Señor" no representa la fuerza militar o el valor del guerrero.
"Los hechos hazañosos de un cordero tan humilde y tan manso, como es el que en este lugar Isaías pinta, no son hechos de esta guerra que vemos, adonde la soberbia se enseñorea y la crueldad se despierta, y el bullicio y la cólera y la rabia y el furor menean las manos. No tendrá, dice, cólera para hacer mal ni a una caña quebrada.
Y antójasele al error vano de estos mezquinos que tiene de trastornar el mundo con guerras. (13) El símbolo de tal Cristo mal podría convertirse en estandarte guerrero de Pizarro o Cortés o el Duque de Alba, o en mesa del Santo Oficio en el Perú.
Como "Rey", Cristo es a la vez Redentor y Legislador. Por sus obras y sacrificio hizo méritos del espíritu y virtud de los Cielos para los suyos, comunicándole éstos a la voluntad de ellos, "imprimiendo en ella inclinación y ape­tito de aquello que merece ser apetecido por bueno, y, por el contrario, engendrándole aborrecimiento de las cosas torpes y malas". (14)
La religión es así para Fray Luis ex­presión de un principio interior de vida, en tanto que "sola la predicación del Evangelio, que es decir la virtud y la palabra de sólo Cristo, es lo que siempre ha deshecho la adoración de los ídolos". (15) Particularmente significativas son sus palabras sobre Cristo como el "Cordero". "Cristo es universal principio de santidad y virtud, de donde nace toda la que hay en las criaturas santas, y bastante para santificar todas las criadas, y otras infinitas que fuese Dios continuamente criando, y ni más ni menos es la víc­tima y sacrificio aceptable y suficiente a satisfacer por todos los pecados del mundo y de otros mundos sin nú­mero". Cristo salva, en el más absoluto sentido, a los hombres.
Es, sin embargo, en la última parte de su estudio donde hallamos la expresión más plena v característica del con­cepto de Luis de León. Cristo es "Jesús". En el significado del nombre Jesús, halla la clave del más profundo signifi­cado de Cristo y la más adecuada forma en que expre­sarlo. Siendo "Jesús", Cristo es salud, que también quiere decir salvación.
A Fray Luis le encanta insistir en la idea de que Cristo es completa salud, la cual comunica a los hombres. La vida cristiana es salud espiritual perfecta. El cristiano es el hombre perfeccionado, el hombre que ha sido sanado de sus enfermedades y restaurado a la salud por Cristo, quien posee el remedio de todo mal. Su naturaleza se hace una "templada armonía", una "santa concordia".
Llena su alma una "ordenada paz", y su principal ambición es "hacerse uno con Cristo, esto es, tener a Cristo en sí, transformándose en él". Como Pablo y Agustín, Fray Luis "se vestiría del Señor Jesús".
Cristo es su todo y en todos. "Yo, Señor, me desecho, me des­pojo de mí, me huyo y desamo, para que, no habiendo en mí cosa mía, seas tú solo en mí todas las cosas: mi ser, mi vivir, mi salud, mi Jesús".
Al final de este maravi­lloso capítulo, el autor se regocija del hecho de que Jesu­cristo es también el Logos y que, como tal, es salud cós­mica. A Él le deben su salud los ángeles de los Cielos y la naturaleza toda.
El fuerte acento ético y el énfasis en el orden y equi­librio de la vida del alma, que caracterizan el concepto de Cristo y de la vida cristiana, según Fray Luis, son eco de la idea de justicia de Platón, y de la idea paulina de la vida llena del Espíritu.
Toda vida y doctrina religiosas deben someterse a la prueba ética. "Habernos de tener por cosa ciertísima que la (doctrina) que no mirare a este fin de salud, la que no tratare de desarraigar del alma las pasiones malas que tiene, la que no procurare criar en el secreto de la orden, templanza, justicia, por más que de fuera parezca santa, no es santa, y por más que se pre­gone de Cristo, no es de Cristo".
Tampoco pueden la más escrupulosa práctica de los ritos religiosos ni la imposición de las penitencias más severas, ser sustitutos de la salud espiritual interior. Pues "aunque haya (uno) aprovechado en el ayuno, sepa bien guardar el silencio y nunca falte a los cantos del coro; y aunque ciña el cilicio, y pise sobre el hielo desnudos los pies, y mendigue lo que come y lo que viste paupérrimo, si entre esto bullen las pasiones en él, si vive el viejo hombre y enciende sus fuegos, si se atufa en el alma la ira, si se hincha la vana­gloria, si se ufana el propio contento de sí, si arde la mala codicia; finalmente, si hay respectos de odios, de envidias, de pundonores, de emulación y ambición. . . téngase por dicho que aún no ha llegado a la salud, que es Jesús".
NOTAS
(1) V. Raimundo Lulio: Explorador y Mártir de Noráfrica, por S. M. Zwemer. México: Casa Unida de Publicaciones. (N. del Trad.)
(2) V. Los Místicos Españoles del Siglo XVI, por Cl. Gutiérrez-Marín. México: Casa Unida de Publicaciones. (N. del Trad.)
(3) Refiérese a la Virgen y al Niño.
(4) Carta V, Obras (Edit. Séneca, México), pág. 1005.
(5) Noche Oscura, Lib. I, Cap. IV (pág. 429, de la ed. cit.).
(6) Subida del M. Carmelo, Lib. III, Cap. XXXVI (pág. 389, ed. cit.
(7) V. Cap. I.
(8) Vida, Cap. XL, 4.
(9) Libro de las Fundaciones, Cap. V, 7.
(10) Julio Navarro Monzó, Santa Teresa de Jesús y la Vida Espiritual
Cristiana, pág. 26.
(11) Los nombres de Cristo, Calleja, Madrid, 1917, pág. 33.
(12) La Abadía de Tintern.
(13) Op. cit., págs. 230, 231.
(14) Op. cit., pág. 293.
(15) Op. cit., pág. 313.

Fuente: Protestantedigital, 2017