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viernes, 29 de diciembre de 2017

El nacimiento del Mesías

Por. Juan José Tamay, España
El 24 de diciembre de 1999 publiqué en el diario EL PAÍS el artículo “El nacimiento del Mesías”, que tuvo una excelente acogida y provocó un fuerte impacto tanto entre personas creyentes como no-creyentes. 18 años después he hecho consultas sobre la bibliografía reciente en torno al tema y he comprobado que existe una coincidencia básica con los datos expuestos en el artículo de entonces. Por eso he decidido publicarlo de nuevo actualizando algunos análisis e incorporando la siempre lúcida reflexión de Ernst Bloch, que acentúa aspectos sociales del nacimiento de Jesús de Nazaret hoy olvidados en las celebraciones religiosas, que se quedan en la formalidad litúrgica sin creatividad alguna, y en las celebraciones laicas, que con frecuencia no hacen otra que degenerar en consumismo. Como dice el viejo adagio latino: Corruptio optimi pessima.
Las recientes investigaciones sobre el judaísmo de la época de Jesús, y muy especialmente las llevadas a cabo en torno al Nuevo Testamento, han hecho importantes aportaciones en torno al Jesús histórico. Los métodos histórico-críticos (historia de las formas, historia de la redacción) e histórico-sociológicos y antropológicos (antropología cultural, historia social y económica, ciencias sociales) aplicados al estudio de la literatura cristiana primitiva han contribuido a cuestionar algunas de las tradiciones más arraigadas en el cristianismo ya bimilenario. Dos de ellas son la fecha y el lugar de nacimiento de Jesús; la primera se encuentra en la base del calendario de Occidente; la segunda constituye uno de los motivos principales de la Navidad.
Apenas contamos con documentos históricamente fiables que nos informen sobre el nacimiento de Jesús. Por una parte, los historiadores romanos y judíos no nos han dejado ninguno. Por otra, dentro de los escritos del Nuevo Testamento sólo los evangelistas Mateo y Lucas hablan de él en dos textos independientes entre sí, que son conocidos como “relatos de la infancia”. Ellos han alimentado la piedad cristiana popular y el imaginario colectivo de Occidente, y son una importante fuente de inspiración de poetas, artistas y narradores. A su vez, han sido objeto de crítica -también de burla- en entornos culturales racionalistas y secularizados, ajenos al mundo de los símbolos y los mitos. Se trata, en realidad, de dos textos que pertenecen a un género literario peculiar, el de los relatos de nacimiento e infancia de los grandes héroes -tanto judíos como paganos-, que poseen una gran dosis de fantasía, aparecen envueltos en múltiples motivos legendarios y nos familiarizan con el mundo de lo sobrenatural y milagroso: apariciones de ángeles, concepción virginal, estrella que guía la ruta de los magos, precocidad del niño Jesús, escenas truculentas como el asesinato de los inocentes, etc.
Entre ambos relatos se observan importantes divergencias, e incluso contradicciones, por ejemplo, en la información sobre los viajes de María y José, en los esquemas geográficos, que están en la bases de las narraciones sobre el nacimiento de Jesús, etc.-, que ponen seriamente en cuestión su historicidad. Su plan literario responde a una intención teológica bien concreta, que más adelante explicitaré. Son, además, textos aislados, a los que no vuelven a referirse ni los evangelios citados ni los otros dos. Tampoco la primera predicación cristiana incorpora lo descrito en ellos.
Con todo, hay algunos datos que los especialistas tienden a considerar históricos. Este es el caso de la fecha del nacimiento de Jesús. Mateo (2, 1) y Lucas (1, 5) coinciden en que Jesús nació durante el reinado de Herodes el Grande, que gobernó Judea, Idumea, Samaría, Galilea, Perea y otras regiones de Haurán, del año 37 al 4 antes de Cristo. Mateo sugiere que pudo nacer al final de dicho reinado. La fecha más verosímil está entre el 4 y el 6 antes de Cristo. Ésa parece ser la más acorde con otros datos cronológicos de la vida de Jesús proporcionados por los Evangelios.
Sin embargo, nuestro calendario no se atiene a esas fechas. El error se debe al cálculo incorrecto realizado por el monje del siglo VI Dionisio el Exiguo, que fue quien fijó la división de la historia en dos etapas: antes de Cristo y después de Cristo. Él propuso que los cristianos debían establecer la cuenta de los años partiendo del nacimiento de Cristo, y no desde el reinado de Diocleciano, emperador romano que había perseguido a los cristianos con especial severidad, como tampoco desde la fundación de Roma (ab Urbe condita). Pero se equivocó en cuatro o seis años a la hora de fijar la fecha de la muerte de Herodes el Grande y, en consecuencia, también la del nacimiento de Jesús. Si damos por buena la fecha del 6 al 4 antes de Cristo -y parece que hay que darla, porque el consenso entre los expertos es muy elevado-, el dos mil aniversario del nacimiento de Jesús tuvo lugar ya lugar entre el 1994 y 1996.
En cualquier caso, la fecha es solo aproximada. Lo que no debe de extrañar, ya que lo mismo sucede con otros personajes relevantes de la época grecorromana, por ejemplo: Nerva, Trajano, Herodes Antipa, Poncio Pilato. Ahora bien, teniendo en cuenta que Jesús fue, según la certera observación de John P. Meier, “un judío marginal” en la historia grecorromana, esta aproximación cronológica me parece más que suficiente.
Mateo (2,1) y Lucas (2,4-7) coinciden también en señalar a Belén como lugar de nacimiento de Jesús. Sin embargo, este dato no parece histórico. Para esta valoración me atengo al cualificado criterio del prestigioso biblista católico Raymond E. Brown, autor de El nacimiento del Mesías (original: The Birth of the Messiah, Nueva York, 1979, vers. cast.: Cristiandad, Madrid, 1982), para quien “las probabilidades están más frecuentemente en contra de la historicidad que en favor de ella”. Dicho criterio es ampliamente compartido, hoy, por los expertos.
Conviene recordar a este respecto que, fuera de los relatos de la infancia de Mateo y Lucas, Belén no vuelve a ser citado en los Evangelios ni en Hechos de Apóstoles como lugar de nacimiento de Jesús. Sólo en el Evangelio de Juan encontramos un texto que recoge las discusiones de los judíos en torno a la procedencia del “Cristo” y muestra la desconfianza de quienes no aceptaban su origen galileo (7,41-42). Aun dentro de su ambigüedad, dicho texto viene a confirmar que Jesús no era oriundo de Belén, sino de Galilea, zona fronteriza considerada pagana (era llamada “Galilea de los gentiles”) por los judíos ortodoxos e, históricamente, ámbito de importantes movimientos revolucionarios.
El lugar concreto de nacimiento de Jesús parece ser el pueblo de Nazaret, perteneciente a la Baja Galilea. En numerosas ocasiones, los Evangelios y el libro de Hechos de los Apóstoles presentan a Jesús como oriundo de ese pueblo y le llaman el Nazareno. Ahora bien, Nazaret no era una aldea de cuento, un pueblecito de fábula, un lugar de ensueño donde viviera apaciblemente la “sagrada familia”. Era una tierra conflictiva, rebelde, donde se tejieron esperanzas y sueños de liberación, en clave de resistencia frente al Imperio romano. Ahí nació Jesús y en ese clima creció y se educó.
Aun cuando no debemos excluir taxativamente a Belén como lugar de nacimiento de Jesús, creo puede afirmarse con John P. Meier, uno de los más cualificados investigadores en torno al Jesús histórico de nuestra época, que ese dato no debe entenderse como un acontecimiento histórico, sino como una afirmación teológica en la modalidad de un relato histórico -que sólo lo es en apariencia- cuya pretensión es mostrar la mesianidad y el origen davídico de Jesús. (John P. Meier, Un judío marginal, tomo I, EVD, Estella, Navarra, 1998, 230). El Mesías, según el profeta Miqueas, debía nacer en Belén de Judá, patria del rey David. Así respondían los evangelistas a los judíos que no podían creer en un mesías nacido en Galilea.
Mi intención con este artículo ha sido evitar la confusión entre lo histórico, lo legendario y lo mítico en el caso del nacimiento de Jesús de Nazaret, si bien debe reconocerse que los tres niveles se encuentran aquí entremezclados y cada uno ejerce su función no excluyente. No se olvide lo que decía con razón el filósofo de la esperanza Ernst Bloch: “También Prometeo es un mito” y como tal portador de utopía, que creo es aplicable a los relatos del nacimiento de Jesús. Además, aun reconociendo que “Jesús está rodeado por el mito”, afirma la existencia de material histórico en los relatos evangélicos de la infancia y lo comenta de esta guisa:
“Se adora a un niño que ha nacido en un establo. De modo más próximo., más bajo, más secreto no puede hacerse refractar ninguna mirada hacia lo alto Y a la vez el establo es real, nos e ha inventado este origen tan mínimo del fundador. La leyenda no pinta la miseria, y desde luego, ninguna miseria que se prosigue a lo largo de toda una vida. El establo, el hijo del carpintero, el visionario entre la gente humilde, la ejecución del final, todo ello está tejido con material histórico, no con el material dorado que la leyenda prefiere” (El principio esperanza, tomo 3, Trotta, Madrid, 2007, 376)[1].
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Juan-José Tamayo es director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones, de la Universidad Carlos III de Madrid. Sus últimos libros son: Invitación a la utopía. Estudio histórico para tiempos de crisis (Trotta, 2012 + varias reimpresiones); Cincuenta intelectuales para una conciencia crítica (Fragmenta, 2013); Religión, razón y esperanza. El pensamiento de Ernst Bloch (Tirant lo Blanch, 2ª ed., 2015, 2ª ed.); Religión, género y violencia (Dykinson, 2ª ed., 1ª reimpresión); Teologías del Sur. El giro descolonizador, Trotta, septiembre 2017.
[1] El texto citado se encuentra en el epígrafe “Fundador, surgido del espíritu de Moisés y del Éxodo completamente coincidente con su buena noticia: Jesús, Apocalipsis, Reino”, del tomo III de El principio esperanza, que Bloch introduce con el siguiente texto de Thomas Müntzer, el teólogo anabautista de la Revolución de los Campesinos: “A muchas gentes les parece que es una poderosa y gran fantasía. Porque no pueden juzgar sino que es imposible que pudiera ponerse en marcha y ejercitarse tal cosa, que los ateos sean arrojados del sillón del juicio y alzados a él lejos y toscos […]. Que es lo que nos ocurrirá y pasará a todos con la llegada de la fe, que nosotros, hombres de carne y terrenos, nos convertiremos en dioses por haberse hecho hombre Cristo, de tal manera que somos con Él discípulos de Dios, enseñados y deificados por Él mismo, más aún, convertidos total y plenamente en Él, para que la vida terrena gire hacia el cielo” (Filipenses, 3), Thomas Müntzer, “Manifestación explícita”, en Tratados y sermones, introducción y traducción de Lluís Duch, Trotta, Madrid, 2001, 149ss


Fuente: Lupaprotestante, 2017.

sábado, 16 de enero de 2016

La misión en el Evangelio de Lucas



El NT no restringe la visión de "misión integral" del AT sino, al contrario, la amplía más, incluyendo su transformación en misión centrífuga.
Por. Juan Stam, Costa Rica.
"La diferencia decisiva entre el Antiguo Testamento y el Nuevo es la misión. El NT es esencialmente un libro misionero" [Bosch 1991:17, citando a Rzepkowski].
La venida del Mesías transformó la visión centrípeta del AT en una visión centrífuga que enviaba a los discípulos al mundo entero con las buenas nuevas. Podríamos decir que el NT añade a la misión el aspecto principal cuya ausencia habíamos notado en el AT: el envío misionero a ir a evangelizar a otras naciones.
Sin embargo, esa nueva dimensión de ninguna manera desplaza a la visión amplísimamente integral de la misión que ya hemos visto en el AT.
Igual que en otros tantos puntos, la nueva revelación en Cristo no anula lo anterior; más bien, lo engrandece y lo perfecciona. Lo enriquece y le da un "cambio de dirección": ahora la misión será "extravertida", hacia afuera. Ahora la misión se extiende hasta los fines de la tierra (Hch 1.8) y hasta el fin del tiempo (Mat 28.20).
Con frecuencia se enfoca la diferencia entre el AT y el NT de otra manera.
Se pretende establecer una serie de contrastes (o contradicciones) antagónicas entre los dos -el AT material, el NT espiritual; el AT terreste, el NT celestial; el AT histórico, el NT suprahistórico (eterno); el AT un mensaje nacionalista, el NT un mensaje universal y trascendental (idealista). Otros agregarían: el AT político, el NT apolítico.
David Bosch [1991:20; cf 1993:186] cita las palabras del misionólogo Thomas Ohm, para quien Jesús proclamó un reino "puramente religioso, supra-natural, ultra-mundano, predominantemente espiritual e interior".
A esa falacia David Bosch responde que "durante su vida en la tierra, Jesús ministraba, vivía, y pensaba casi exclusivamente dentro del marco del judaísmo del primer siglo" [1991:20].
San Lucas es el único evangelista que nos describe, mayormente en una serie de hermosísimas canciones, los perfiles de la expectativa mesiánica que prevalecía al nacer Jesús.
Lucas le da su sello de aprobación y lo plantea como punto de partida para su propio evangelio. Es muy impresionante la continuidad de estos capítulos con el AT.
La perspectiva que Lucas expresa, sin el menor indicio de desacuerdo, es fuertemente histórica, política, y judía (nacionalista).[4]
Observemos algunas frases lucanas que ubican el ministerio de Jesús firmemente dentro de tales expectativas:

  • Lc 1.32 (anunciación a María): "el Señor Dios le dará el trono de David su padre; y reinará sobre la casa de Jacob".

  • Lc 1.46-55 (el Magníficat de María: ¡toda una proclama de justicia a los oprimidos!): "Quitó de los tronos a los poderosos...A los ricos envió vacíos...Socorrió a Israel su siervo,...acordándose de su pacto con Abraham". ¡Sería muy difícil caracterizar al Magníficat como "puramente religioso, ultra-mundano, espiritual e interior"!

  • Lc 1.68-79 (Benedictus de Zacarías): "el Señor Dios de Israel ha visitado y redimido a su pueblo, y nos levantó un poderoso Salvador en la casa de David su siervo...Salvación de nuestros enemigos, acordándose de su pacto y su juramento que hizo a Abraham nuestro Padre que, liberados de nuestros enemigos, sin temor le serviríamos en santidad y en justicia...Para dar luz a los que habitan en tinieblas ...y encaminar nuestros pies por camino de Shalom.

  • Lc 2.25-32 (Nunc Dimitis de Simeón): Simeón "esperaba la consolación de Israel...han visto mis ojos tu salvación... Luz para revelación a los gentiles, y gloria de tu pueblo Israel" Según Simeón, Jesús "está puesto para caída y para levantamiento de muchos en Israel" (2.34).

La teología que desarrollará Lucas al avanzar con su "evangelio en dos tomos" procederá consecuentemente, sin ruptura, desde este punto de partida.
Lucas, varias décadas después de la resurrección, jamás hubiera podido comenzar su evangelio con estos cánticos si Jesús hubiese venido precisamente para anular aquellas esperanzas tan realistas y temporales y a reemplazarlas con un "evangelio espiritual".
De hecho, un análisis de las enseñanzas cardinales del NT y de su modelo misionero nos confirmará nuestra conclusión: el NT no restringe la visión de "misión integral" del AT sino, al contrario, la amplía más, incluyendo su transformación en misión centrífuga.
Debemos reconocer, por supuesto, que el evangelio se concentra cristológicamente en la cruz y la resurrección de Jesucristo, pero eso no debe entenderse como una concentración excluyente de todos los demás aspectos de la historia de la salvación.

Fuente: Protestantedigital, 2016.

jueves, 3 de diciembre de 2015

Enfermedades y milagros



El término milagro en el nuevo testamento tiene el significado de obras poderosas y literalmente significa “poderes”.
Por. J. M. González Campa, España
Antes de adentrarnos en cuestiones más complejas en cuanto al origen, causas y trastornos de las enfermedades, conviene que analicemos algunos términos que se manejan, mucho, entre las personas en los ámbitos religiosos y que pueden crear confusión y abocar a conclusiones fantásticas o míticas que pretendiendo ser bíblicas, en realidad no lo son.
Se trata de entrar en el ámbito de las desmitificaciones, y traducir lo mítico a términos científicos, sin intención alguna de adulterar la Revelación de Dios.
Hay un término paradigmático, por excelencia, por el que vamos a comenzar nuestro análisis. Se trata del vocablo Milagro o Milagros.
Dicho término deriva del latino Miraculum, y tiene el significado de una realidad “que causa admiración”; en griego, que es la lengua en la que se escribió originalmente el Nuevo Testamento, equivale a la palabra Thaumasión, que no se encuentra en el Nuevo Testamento más que en Mateo 21:15, y que en este texto se traduce por Maravillas (versión Reina Valera del 60).
Analicemos el texto exegéticamente: “Pero los principales sacerdotes y los escribas (maestros de la Ley en aquel tiempo), viendo las maravillas (gr- Thaumasión) que hacía …se indignaron.
En la narración lucana para milagro nos encontramos con un término griego diferente al de Mat 21:15: paradoxa. Así en Lucas 5:26, leemos: “Y todos sobrecogidos de asombro (Lit-gr- y éxtasis se apoderó de todos), glorificaban a Dios; y llenos de temor, decían: Hoy hemos visto maravillas (gr-paradoxa).
Más adelante en el mismo Evangelio de Lucas (Luc. 13:17), para el vocablo maravillas encontramos el término griego Ta endoxa. El texto bíblico dice lo siguiente: “Al decir el estas cosas, se avergonzaban todos sus adversarios; pero todo el pueblo se regocijaba por todas las cosas gloriosas (gr- Ta endoxa= maravillas) hechas por él”.
En el Antiguo Testamento para lo que denominamos milagro se emplea el término m?p?t (portento, prodigio) y que los LXX traduce por Teras.
Citando a la Segtuaginta, nos encontramos, en Hech 2:22 con el siguiente texto: Varones israelitas, oíd estas palabras: Jesús nazareno, varón aprobado por Dios entre vosotros con las maravillas (δυν?μεσι-poderes), prodigios (Τ?ρασι) y señales (σ?με?οις) que Dios hizo entre vosotros por medio de el, como vosotros mismos sabéis …” Y en Hech. 2:43 encontramos: “Y sobrevino temor a toda persona; y muchas maravillas (T?ραtα-prodigios) y señales (σεμεîα) eran hechas por los apóstoles”.
El término milagro en el nuevo testamento se traduce por δυν?μεις, que tiene el significado de obras poderosas y literalmente significa “poderes” (Mat. 7:22). Cuando se relaciona con Dios tiene el sentido de que ÉL es el que activa o da la energía (Fil. 2:13).
Otro término que conviene analizar son los de posesión demoníaca o demónica, que no se encuentran en el Nuevo Testamento.
La introducción de esta denominación, para destacar determinadas alteraciones psicopatológicas (trastornos mentales) en las personas, se la debemos al historiador judío Josefo.
Según este autor la fe personal no parece ser un requisito para que la persona sea curada. Josefo también nos matiza que no toda afección física o mental, de la misma clase, era atribuida a la misma causa. Después de describir diversos trastornos causados por la influencia de “espíritus” (sin duda se trata de complejos o contenidos anímicos ubicados en los estratos inconscientes del corazón o esfera de la intimidad), considera que éstos actúan sobre lo que forma el nexo, entre el cuerpo y la mente (alma-espíritu): el sistema nervioso; y producen diferentes efectos físicos, según la parte del mismo afectada.

Fuente: Protestantedigital, 2015.

miércoles, 21 de octubre de 2015

¡Jesús tenía sentido del humor!



Por. Juan Stam, Costa Rica*
Por supuesto Jesús no era frívolo, pero es claro que a menudo decía cosas bastante chistosas, por mucho que nos sorprenda eso.
Jesús era plenamente humano, aunque sin pecado, y ser humano significa tener sentido de humor. Por lo general tenemos una imagen de Cristo tan poco humano que nos cuesta imaginarlo con una sonrisa, mucho menos riéndose o diciendo algún chiste. Por eso no vemos lo mucho de humor que hay en los evangelios, o peor, tratamos de volverlo serio. Por supuesto Jesús no era frívolo, pero es claro que a menudo decía cosas bastante chistosas, por mucho que nos sorprenda eso.
La forma especial del humor de Jesús era la ironía, algo así como las caricaturas, con la que nos hace pensar en alguna situación chistosamente ridícula. Pensemos por ejemplo en la famosa frase de "pasar un camello por el ojo de una aguja" (Mt 19:24). Yo a lo menos tengo tan mala vista, y la mano tan poco firme, que ni puedo pasar un hilito por la aguja, ¡mucho menos un camello, con todo y joroba! Pero algunos nos quieren decir que no, que eso era una puerta pequeña en el muro de Jerusalén que llamaban "el ojo de la aguja", por lo que sería algo difícil pasar un camello. El único problema es que nunca existió tal puertita con ese nombre. Jesús utilizó una figura bien cómica, de alguien tratando de jalar un pobre camello por esa micro-apertura de una aguja, pero nosotros insistimos en banalizarlo, hasta con teorías e inventos.
Aquí otro sobre los camellos: "Guías ciegos, que colaís el mosquito y tragaís el camello" (Mt 23:24-25). ¡Imagínese el epiglotis que necesitan, para que pase ese camello por su garganta! En el versículo que sigue, Jesús acusa a los escribas y fariseos de limpiar super-bien su taza por fuera, dejando dentro de la taza toda la basura que traía! ¿Para qué limpiar escrupulosamente las afueras de la taza, si por dentro sigue siendo pútrida?
Otro chiste simpático: "echar perlas ante los puercos" (Mt 7:6). En nuestra finca en Sabanilla hemos tenido cerdos, y hemos sabido por experiencia lo cochino que son. Pero cómo sería si yo le dijera a mi esposa, "Mirá, mi querida Doris, vos sabés cuánto quiero a nuestras chanchitas, ¿no me prestarías tus perlas para ponerselas a ellas?" ¡Chistoso, verdad! Igual sería "tirar" las grandes verdades del evangelio y de las escrituras ante personas no aptas para recibirlas.
¿Y qué de este otro? "Nadie prende una lámpara y la pone debajo de una canasta" (Mt 5:15). ¡Qué gran tontería que sería eso! ¿Para qué prender una lámpara, sólo para esconderla? No sólo opacaría toda la luz de la lámpara, sino que correría un peligro serio de causar un incendio. Pero en la vida real, es igualmente ridícula nuestra conducta cuando, habiendo recibido de Cristo la luz de la vida, hacemos todo lo posible por esconderla.
Y piensen en esta figura cómica: los fariseos son "lobos vestidos de oveja" (Mt 7:15). No sólo van los dos simbolismos totalmente contrastantes del lobo y la oveja, sino el de "vestir" a un lobo como una oveja (¿quién se encargaría de tal tarea?), un poco así como Jacob se vistió como su hermano Esaú para engañar a su padre. Literalmente, y sin humor, Jesús hubiera dicho, "esos no son ovejas, son lobos". Pero cuando visualizamos la figura de lobos vestidos (!), y vestidos de oveja, resulta mucho más simpática la expresión.
Jesús se refería algunas veces al ojo humano con fina ironía. "¿Por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo?" (Mt 7:3). Parte de lo simpático aquí es contrastar algo muy común, que todos conocemos, con algo totalmente imposible. Todos hemos experimentado alguna vez una basurita en el ojo, ¿pero todo un palo en un ojo? ¡Difícil imaginarlo! ¡Qué ojote más enorme para que cupiera esa viga! Jesús aprovecha ese contraste tan dramático y exagerado para ridiculizar el espíritu de criticonería de los que juzgan a otros sin examinarse a sí mismos.
Y otro, entre muchos más que quedan: "Si tu ojo derecho te es ocasión de caer, sácalo y échalo de ti... Y si tu mano derecha te es ocasión de caer, córtala y échala de ti" (Mt 5:29). ¡Qué consejo este! Si lo tomáramos en serio, los basureros estarían llenos de órganos extirpados y el mundo, lleno de tuertos y mancos. ¿Estaría hablando Jesús en serio? Sí, y no; está hablando "en broma y en serio", ¡pero demasiado serio! Aunque los verbos van en el modo imperativo, Jesús no nos está ordenando mutilar nuestros cuerpos. Más bien, el contraste tan exagerado, y tan lleno de ironía cómica, nos enseña la terrible gravedad del pecado y la urgencia de santificar nuestras vidas. El Jesús de los evangelios era (y es) plenamente Dios, pero también plenamente humano, con todo y el sentido de humor que aporta tanto a nuestra vida como imagen y semejanza de Dios.

Fuente: Protestantedigital, 2015.

jueves, 12 de marzo de 2015

La resurrección de Jesús fue corporal o no fue



Por. Juan Stam, Costa Rica
¿Cuál es el significado bíblico del término “resurrección”? ¿Cómo lo entendieron los autores bíblicos? Hoy día está de moda entre algunos teólogos liberales afirmar, "Yo creo en la resurrección, pero de otro modo". Para ellos, Jesús resucitó en los recuerdos de los discípulos, en la fe y esperanza de ellos, en la predicación de los apóstoles o en el nacimiento de la iglesia. Casi cualquier cosa, menos su propio cuerpo. De esa manera pueden negar la resurrección física de Jesús pero seguir afirmando que creen en la resurrección. Hace años Oscar Cullmann publicó un artículo titulado, "Inmortalidad del alma o resurrección de los muertos".[1] Muestra que el pensamiento griego, que ve el cuerpo como cárcel del alma ("sôma-sêma", decían, "cuerpo-cárcel"), ve la muerte como la liberación de esa cárcel para volver a la vida inmortal. En tal esquema, es totalmente impensable la resurrección del cuerpo. ¡Sería volver a la cárcel! Pero para la fe judeo-cristiana, el cuerpo es la buena creación de Dios y sin el cuerpo el ser humano queda incompleto. Sólo la resurrección de la carne, como afirma el Credo, puede cumplir la visión bíblica del ser humano.
Cuando San Pablo conversaba con algunos filósofos en la plaza de Atenas y les anunciaba “las buenas nuevas de Jesús y de la resurrección”, unos respondían: “¿Qué querrá decir este charlatán?” y otros comentaban: “Parece que es predicador de dioses extranjeros”. (El theos de la filosofía griega no creó el mundo ni pudo tener nada que ver con la materia). “Se puede saber”, preguntaban, “¿qué nueva enseñanza es esta que usted presenta?.. Nos viene usted con ideas que nos suenan extrañas, y queremos saber qué significan”. En el Areópago San Pablo les predicó al Dios de la creación (17:24-26a) y de la historia (26b-31a; el “Dios desconocido” de ellos) y a Jesús y la resurrección (v.31b).’ Parece que esa mera mención de la resurrección cortó la comunicación y le hizo a Pablo “levantar la sesión” abruptamente: Cuando oyeron de la resurrección, unos se burlaron; pero otros le dijeron: “Queremos que usted nos hable en otra ocasión sobre este tema”. En ese momento Pablo salió de la reunión. Evidentemente algunos creyentes de la congregación de Corinto tenían la misma actitud de los atenienses y negaban la resurrección (1Cor 15:12). A primera vista eso extraña, porque los creyentes de Corinto eran carismáticos “a todo dar” (hoy diríamos “ultrapentecostales”) que practicaban las lenguas, las profecías, las sanidades y otros dones del Espíritu. Si creían en los milagros. ¿por qué no creían en la resurrección?
Parece ser porque despreciaban el cuerpo. Se deleitaban en la vida espiritual presente y en los dones del Espíritu Santo, pero en cuanto a la vida eterna, preferían pasarla sin cuerpo. Pablo responde que la resurrección es esencial al evangelio (15:1-8) y que sin ella nuestra fe es vana y somos los más miserables de la tierra (15:12-15). En todos los evangelios Jesús anuncia su resurrección al tercer día y dos evangelios subrayan su corporeidad física. Lucas narra dos relatos del mismo día de la resurrección, y ambos presentan a un Jesús resucitado maravillosamente humano. En el primero, del camino a Emaús (Lc24:13-35), el Resucitado camina como cualquier ser humano, un pie adelante y otro atrás, y aparentemente tuvo que apurarse para alcanzar a los dos discípulos (Lc 24:15). Con ellos entabla una conversación fascinante, llena de sensibilidad pastoral y sutil humor (nunca les dice quién es). Llegan a la casa y se sientan los tres a comer, que es cuando lo reconocen y él desaparece. Los dos discípulos vuelven al camino para caminar a Jerusalén y compartir su gran noticia con los doce y otros. Mientras ellos conversan “Jesús mismo se puso en medio de ellos” (24:36). Ellos, espantados, creían que estaban viendo un espíritu.
La respuesta de Jesús es revelador: “Miren mis manos y mis pies. ¡Soy yo mismo! Tóquenme y vean: un espíritu no tiene carne ni huesos, como ustedes ven que tengo yo.” Al decirles esto, les mostró las manos y los pies. Como los discípulos, por una mezcla de alegría y asombro, todavía no creían, Jesús pidió comida y la comió delante de ellos. Ahora creyeron y Jesús los comisionó para ser testigos de su resurrección (24:45-46)
La literatura juanina trata al cuerpo resucitado de Jesús también como tangible y visible. Según Jn 20:27 Jesús invitó a Tomás a tocar sus manos y su costado para demostrar que había resucitado.[2] Días después apareció a orillas del mar, y los discípulos lo confundieron con otro pescador más. En los evangelios el Resucitado nunca aparece con rayos de gloria y luz celestial. ¡Era tan humano que lo confundieron con un jardinero, un extranjero y un pescador! Con toda razón dice Pablo que si Cristo no hubiera resucitado (en el sentido verdadero de ese término), nuestra fe sería vana (1Cor 15:13). Para Pablo la resurrección corpórea de Cristo y de nosotros era esencial al evangelio (1Cor 15:1-8) y sin ella “el mensaje que predicamos no vale para nada” (Dios Habla Hoy).
Según el sermón de Pedro en el relato del Pentecostés, era imposible que el cuerpo de Jesús viera corrupción (Hch 2:27,31,32). En lenguaje juanino, el Verbo/Dios que se hizo carne/hombre, no podría ser vencido por la muerte y ver corrupción. Más bien, él mismo es la Resurrección y la Vida, divino Vencedor de la muerte. Además, es obvio que si Cristo no resucitó física y visiblemente, sería imposible su ascensión (también visible, Hch 1:11) y tampoco su venida futura. En verdad, si Cristo no resucito, nuestra fe es vana y somos los más miserables de la tierra. Queda claro que para los primeros seguidores del Resucitado, Cristo había resucitado corporal, visible y tangiblemente. Negar eso no es “otro modo” de creer en la resurrección sino una manera más sutil de negarla.
NOTAS
[1] Oscar Cullmann, del evangelio a la formación de la teología cristiana (Salamanca: Sígueme, 1972) Cap. VIII pp.233-267.
[2] Puede compararse el prólogo de 1 Juan: “lo que hemos visto y nuestras manos han tocado” (1Jn 1:1,2). El prólogo del cuarto evangelio, por su parte da una contundente refutación del idealismo anti-materialista del concepto neo-platónico del Logos (Jn 1;2,14)

Fuente: Protestantedigital