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sábado, 3 de enero de 2015

Predicadores poderosos



Por. Pedro Álamo, España*
Después de escuchar a innumerables personas predicar sobre las Escrituras he observado que algunas lo hacían de forma mecánica, otras se limitaban a leer un texto que habían preparado con mayor o menor acierto, otras articulaban frases más o menos coherentes, otras se esforzaban para intentar comunicar algo, otras daban una clase magistral como si de alumnos de un colegio se tratara…, y otras llegaban a lo más profundo del corazón. Reflexionando en esto he llegado a la conclusión de que solo en la medida en que tenemos un encuentro con la Palabra podremos transmitir el mensaje de Dios por la fuerza del Espíritu.
Predicar es más que hablar en público, más que articular frases ordenadas, más que seguir las reglas de la oratoria… Hablar es lo que hacen los políticos cuando se les llena la boca de promesas que no van a cumplir; hablar es lo que hacen algunos tertulianos en las distintas emisoras de radio cuando son confrontados con una pregunta incómoda y dan vueltas a una idea sin decir absolutamente nada; hablar, en muchas ocasiones, quizás demasiadas, es lo que hacen los que intentan manipular a sus oyentes con palabras persuasivas, buscando sus propios intereses y no los intereses de los demás…
Insisto, predicar es más que hablar, es más que articular palabras de una forma ordenada. Cada vez que escucho un sermón, me pregunto si el orador está llegando a los oyentes, si el mensaje traspasa la corteza cerebral y alcanza lo más profundo de nuestro ser, si ha “tocado” el corazón en el sentido bíblico del término (sede del pensamiento, sentimiento, voluntad e intenciones). También pregunto a la persona con la que comparto mi vida si piensa que el sermón escuchado en la iglesia ha llegado a los demás y, normalmente, hay coincidencia de criterio. Además, hago estas preguntas cuando me ha tocado a mí compartir el mensaje de la Palabra y, siendo honesto, he descubierto momentos en los que he logrado llegar a lo más profundo del corazón y momentos en que he notado barreras propias y ajenas que obstaculizaban la transmisión del mensaje del Señor. En unos casos la predicación ha sido poderosa; en otros, ha sido pobre.
Siguiendo las reglas más básicas de la comunicación, que un mensaje “conecte” depende del orador y del oyente; pero creo que es responsabilidad del que habla captar la atención de su auditorio e intentar transmitir activamente el mensaje. En este sentido, la motivación es clave para lograr el objetivo.
Por ello, vuelvo a recalcar que, solo en la medida en que tengamos un encuentro con la Palabra, podremos transmitir el mensaje de Dios por la fuerza del Espíritu. Por ello, para motivar al auditorio, el orador ha de haber sido persuadido previamente al encontrarse con la Palabra. El término “motivación” proviene del latín “motivus”, movimiento y el sufijo “-ción”, acción. De esta manera, si uno mismo no ha sido motivado, jamás podrá motivar a los demás; si uno no ha sido “movido” en su interior, jamás podrá mover a la acción a los demás.
Moisés se encontró con el Señor y fue comisionado para llevar un mensaje a Israel: “Yo os sacaré de la aflicción de Egipto a la tierra del cananeo…, a una tierra que fluye leche y miel”, dice el Señor (Éxodo 3.17). Más adelante, Moisés llega a Egipto y va a la presencia de Faraón para transmitirle el mensaje de Dios: “Deja ir a mi pueblo” (Éxodo 5.1). Moisés vuelve a tener un encuentro con Dios y le da un recado para transmitir a Israel, un mensaje de esperanza, de futuro (Éxodo 6.1,ss.). El pueblo no escuchó las palabras de Moisés a causa de la congoja que tenía y de las duras condiciones en que trabajaba (Éxodo 6.9). Lo importante de este relato es la capacidad y valentía que demostró Moisés al ir a hablar a un pueblo oprimido, sometido, esclavizado y la osadía que tuvo para enfrentarse a Faraón, Rey de Egipto, uno de los imperios más formidables de la época. El resultado ya lo conocemos. Moisés guió al pueblo de Dios hacia la tierra prometida porque había tenido un encuentro con Dios que había transformado su propio corazón, lo que le llevó a transmitir el mensaje del Señor con poder.
Otro relato trascendente lo encontramos en el segundo libro de los Reyes 22.1,ss., y tiene que ver con el hallazgo del libro de la ley; la profetisa Hulda fue consultada y ésta dio un mensaje de parte de Dios para el Rey Josías: “Por cuanto oíste las palabras del libro, y tu corazón se enterneció, y te humillaste delante de Jehová…” (2º Rey 22.18-19). El Rey Josías mandó llamar al pueblo, desde el más chico hasta el más grande y leyó la Palabra y, después, se puso en pie e hizo pacto delante de Jehová (2º Rey 23.1,ss.). Al tener un encuentro con la Palabra, el rey transmitió el mensaje al pueblo y decidió cambiar las cosas desarrollando una serie de reformas.
Viene a mi mente el encuentro con la Palabra que tuvo el pueblo de Dios cuando Esdras lee la ley ante todos los que podían entender (Neh 8.1,ss.). Hay algunas anotaciones en el texto que merece la pena resaltar. Dedicaban gran parte del día a la lectura de la Palabra y los levitas hacían entender al pueblo la ley” (Neh 8.7) y añade: “Y leían en el libro de la ley de Dios claramente, y ponían el sentido, de modo que entendiesen la lectura” (Neh 8.8). El resultado fue confesión de pecado (Neh 9), compromiso de guardar la ley de Dios (Neh 9.38-10.1,ss.) y celebración (Neh 12.,27,ss.). Tanto el escriba Esdras, como los levitas y el Gobernador Nehemías tuvieron un encuentro con la Palabra y la expusieron al pueblo de Dios; solo así se puede transmitir el mensaje de Dios con poder.
El apóstol Pablo solicita a Timoteo: “Que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina” (2ª Tim 4.2). Hay quien usa el púlpito para transmitir sus propias ideologías, sus pensamientos religiosos, sus preferencias teológicas… Pero eso no es predicar el mensaje de Dios. El apóstol exhorta a predicar la Palabra y, para esto, hay que tener un encuentro con el Dios de la Palabra y, solo entonces, se puede transmitir el mensaje del Señor con la fuerza del Espíritu.
Al tener un encuentro con la Palabra, afectamos a todo el ser personal: pensamientos, sentimientos, voluntad, intenciones, decisiones… Todo queda influido por la Palabra, no nos deja impasibles, nuestro corazón se renueva y efectuamos cambios en nuestra vida. Solo a partir de ese momento estamos en condiciones de compartir el mensaje de Dios con la fuerza del Espíritu. Ahora bien, si nos empeñamos en hablar las Escrituras sin haber sido previamente persuadidos por ellas, sin haber sido “tocados” por el Señor de la Palabra, el mensaje que transmitiremos carecerá del poder de lo alto y su efecto será mínimo.
Hay Comunidades que tienen programas planificados de lectura y textos que sirven de base para los sermones dominicales. Nada en contra de ello siempre y cuando el predicador disponga del tiempo suficiente para tener un encuentro con la Palabra, lo que no siempre se consigue y, por lo tanto, el efecto de su sermón será pobre en los oyentes. Si se predica sobre un texto porque ese día toca hablar sobre ese pasaje determinado corremos el riesgo de hilvanar palabras sin que hayamos tenido un encuentro con la Palabra y, entonces, no se podrá compartir el mensaje de Dios con la fuerza del Espíritu; en este caso, el sermón se convierte en una conferencia fría, distante, separada de las vivencias cotidianas de los oyentes, carecerá de valor espiritual y el efecto será nulo…
Conviene, por tanto, que el predicador tenga un encuentro con la Palabra que afecte a su propia vida y, entonces, estará en condiciones de compartir el mensaje de Dios para llenar las necesidades de sus oyentes llegando a su corazón (pensamiento, sentimiento, voluntad, intenciones, decisiones…). Es preocupante observar cómo, muchas veces, después de un sermón dominical, todo sigue igual, no hay cambios, no se toman decisiones y esto es porque no se ha escuchado la voz de Dios; sí, se ha leído la Biblia, se ha oído un sermón, se ha estado atento a las palabras emitidas por el orador, pero no se ha producido un encuentro con Dios.
Hay predicadores que solo se dirigen a las emociones de los oyentes y otros que solo se dirigen al intelecto. Pero no podemos olvidar que somos seres pensantes y emocionales. Creer no es solo pensar sino, también, sentir; creer no es solo sentir sino, también, pensar. Cuando uno se encuentra con Dios, no solo se piensa, también se siente y la voluntad queda afectada no solo por lo que se piensa sino, también, por lo que se siente. Por ello, el mensaje se ha de dirigir no solo al pensamiento, sino a todo el ser personal, incluyendo los sentimientos, la voluntad, las intenciones…
Predicar es más que hablar. Predicar tiene que ver con un encuentro con el Señor antes del sermón, con pensar en las necesidades de la Comunidad, con prepararse a conciencia para transmitir el mensaje de Dios y con guiar a la iglesia a encontrarse con el Señor, Dios todopoderoso, mediante la fuerza del Espíritu. El pensamiento quedará afectado, los sentimientos serán transformados, la voluntad será renovada y las decisiones de seguir a Jesús serán tomadas porque el Señor habrá hablado y el pueblo tomará conciencia de que tiene que seguir las pisadas del Maestro para construir un mundo mejor mientras espera que él venga para hacer un mundo nuevo.
Solo en la medida en que tengamos un encuentro con la Palabra podremos transmitir el mensaje de Dios por la fuerza del Espíritu y ser canales para operar cambios en el pueblo de Dios. Entonces, la predicación será poderosa y cumplirá su propósito, no de entretener, sino de cambiar el corazón.
*Pedro Álamo es Bachiller en Teología, Licenciado en Psicología, Pastor y Profesor de Teología hasta el año 2001. Actualmente ejerce como delegado comercial en una Compañía de servicios tecnológicos para editoriales. Autor de "La iglesia como comunidad terapéutica" y "Consejería de la persona. Restaurar desde la comunidad cristiana", publicados por la Editorial Clie. Miembro de la Iglesia Betel, en L'Hospitalet de Llobregat, Barcelona. Ha participado en tertulias radiofónicas sobre temas especializados de Teología en Onda Rambla, Barcelona.

Fuente: Lupaprotestante, 2015.

miércoles, 30 de mayo de 2012

Los evangélicos latinoamericanos y la Palabra encarnada

En América Latina los evangélicos somos conocidos como “la gente del Libro”.
Por. Francisco Rodés, CUBA
La Biblia en la mano de los creyentes que asisten al templo es la imagen que nos caracteriza. Y nosotros nos sentimos orgullosos de que esta fue la herencia que hemos recibido de nuestros padres fundadores, los cuales iniciaron sus incursiones por este continente siendo colportores, distribuidores del sagrado texto. Así comenzó nuestra historia como el pueblo del Libro.
Sin embargo, no debemos olvidar que no somos los únicos que se fundamentan en un libro sagrado. Los musulmanes tienen su Corán, el cual no solo estudian, sino que procuran memorizar. Ellos sienten una devoción especial por cada palabra que brota de él. También los judíos tienen una larga tradición de estudio reverente por la Torah o Biblia hebrea.
Estas tres grandes religiones se caracterizan por esta fe de la revelación escrita en un libro. Pero aún, cuando compartimos una devoción por la palabra escrita, aunque parezca paradójico, los cristianos consideramos el Libro como un puente que nos conduce a la revelación definitiva, que no es otra que una persona. ¨Ustedes escudriñan las Sagradas Escrituras –dice Jesús- porque les parece que en ellas tienen la vida eterna ¡Y son ellas las que dan testimonio de mí! (Juan 5.39, versión Lenguaje Actual). Lo importante de las Escrituras es el testimonio que recogen acerca de Jesús, el cual es el centro y la revelación suprema de Dios.
Esto que parece tan simple, tiene grandes implicaciones, porque la Biblia no es un fin en sí misma, ni puede convertirse en objeto de idolatría. La inclinación natural cuando se tiene un objeto sagrado, es convertirlo en un amuleto o talismán con poderes mágicos. Nos consta que hay evangélicos que la tienen como un talismán. No, la Biblia no está para ser idolatrada, sino para ser leída y entendida con reverencia, porque ella nos ilumina el camino a Jesucristo.
El Evangelio de Juan expresa, con un lenguaje que no da lugar a dudas, que la Palabra (también se llama Verbo), se hizo ¨carne y habitó entre nosotros¨ (Juan 1.14). Y en la Epístola de Juan, se afirma ¨lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado, y palparon nuestras manos, referente al verbo de vida¨ (lra. Juan 1.1ª).
Una clara alusión no a una palabra escrita, sino a una vida, una persona humana, que trasmite la revelación divina. Esto que afirmamos en todos los credos, que creemos todos los cristianos, parece no tener un impacto serio en la forma de vivir y cumplir la misión en el mundo de muchos creyentes en América Latina.
Lo que quiero decir es que solo la vida transmite vida. El lenguaje hablado o escrito, por muy importante que sea para la comunicación de un mensaje o una enseñanza, en el caso de la evangelización se queda cojo si no hay detrás de ese lenguaje un testimonio viviente, una vida que sirva de confirmación del mismo. Y, lamentablemente, se cree que difundiendo literatura, apelando a los medios de comunicación y a las técnicas publicitarias más adelantadas se está dando a conocer a Jesucristo al mundo. No, con eso solo estamos promoviendo el consumo de un producto religioso, como se promueve la venta de un perfume o un carro nuevo. No quiero decir que no hagamos distribución de las Sagradas Escrituras o anunciemos nuestras actividades públicamente, lo que quiero decir que podemos equivocarnos si pensamos que en la propaganda radica la eficacia de la evangelización del mundo.
Por ejemplo el testimonio de unidad del pueblo de Dios es, en las propias palabras de Jesús, el respaldo para que el mundo crea (“para que todos sean uno….para que el mundo crea que tú me enviaste”, Juan 17.21) ¨Como el Padre me envió, así yo los envío a ustedes¨ (Juan 20.21). La palabra encarnada en Jesús fue el camino que escogió Dios para revelarse al mundo, es también el modo en que los cristianos están llamados a cumplir la misión en el mundo. Esta encarnación de Dios en la forma de un siervo (Filp. 2) es el modelo para vivir los cristianos la fe. Nada puede sustituir la proclamación que se hace con la propia vida.
La vida nueva se trasmitió en los primeros tiempos del cristianismo por el contagio directo de persona a persona, ganándose la admiración del pueblo que vio a los cristianos como una comunidad diferente, “!miren como se aman!” -decían en la antigüedad de los primeros cristianos. En la vida real de comunidades solidarias, fraternas, comprometidas con las causas justas, que aspiran a un mundo donde mora la justicia¨, que practican el perdón y la reconciliación, es la mejor expresión del mensaje evangélico en el mundo descreído de hoy.
Por supuesto que el camino de la encarnación es el sendero estrecho, es la negación de todo egoísmo, es la disposición a crucificar el yo en la cruz del amor divino. Es más fácil promover un evangelio de ¨bendiciones¨, de seguridades y de prosperidad personal. Es más fácil poner altoparlantes (que ya están siendo una plaga indeseable en los vecindarios), que vivir el amor de Dios que busca al enfermo, al preso, al marginado y al oprimido.
Ser un evangelio viviente, una luz en el sendero oscuro del mundo es mucho más que difundir un libro, es comunicar una vida resucitada que trae esperanza y alegría al mundo. Eso es lo que más necesitamos hoy en América Latina.



jueves, 16 de agosto de 2007

KARL BARTH: 'EL TEÓLOGO DE LA PALABRA ENCARNADA: CRISTO

Por. LUÍS EDUARDO CANTERO, Argentina.
Autografía:
Karl Barth, es considerado uno de los más influyentes teólogos del siglo XX. Nació en Basilea, 1886 1968), su padre Fritz Barth, fue profesor de Nuevo Testamento e historia de la iglesia primitiva. Autor de una obra conocida y útil acerca de los problemas principales relativo a la vida de Jesús. Estudió en las universidades de Berna, Berlín y Tubinga. Una vez graduado, sirvió como pastor durante doce años en un pequeño poblado agrícola-industrial en Suiza.[1] No es por accidente su teología se halla íntimamente unida a la predicación. Su teología surgió de un sentimiento profundo de los misterios y perplejidades que supone la tarea del predicador. Intervino en los conflictos entre patronos y obreros y organizó la acción sindical.
Profundamente afectado por el desastre que había significado en Europa la Primera Guerra Mundial, y desilusionado por el derrumbe de la ética del idealismo religioso, empezó a cuestionar la teología de sus maestros alemanes y sus raíces en el racionalismo y el historicismo.[2] Esto lo llevó a unirse al Partido Social Demócrata, lo que provoco que los obreros de Safenwil le llamaran “el compañero o camarada pastor.” Y sus enemigos lo tildaran de “el pastor rojo”.[3] En febrero 14 de 1915, ofreció una conferencia bajo el titulo de Guerra, socialismo y cristianismo cuya tesis se resumía en que “un verdadero cristiano debe hacerse socialista, si realmente está por la renovación del cristianismo; y un verdadero socialista debería hacerse cristiano si seriamente apoya una renovación del socialismo.” Como vemos, Barth mantuvo una relación muy estrecha entre su teología y su ética con contenido social y político.[4]
En 1919 se publica en Berna, su obra principal, Carta a los Romanos, y en 1922 reaparece una versión totalmente reformada que señalaba ya su orientación teológica futura. En el año 1921, Barth es invitado a llenar la cátedra de Teología Reformada en la Universidad de Gotinga y cuatro años mas tarde fue a la Universidad de Münster (1925). En 1930 fue nombrado profesor de la Universidad de Bonn, y a partir de entonces empiezan a aparecer los primeros tomos de su Dogmática eclesial.[5] En la cual reflexionó sobre el contenido de la palabra evangelio como fuerza de Dios para salvación de quien en Él cree, como buena noticia eficaz para el ser humano angustiado y perdido entre dos guerras mundiales. Pero en 1935 es separado de su cátedra por el Gobierno Nazi, por no aceptar el juramento de lealtad al Füher, pasando a ser profesor en Basilea, donde permaneció hasta su muerte. Para Barth, la teología es servicio de la Palabra de Dios.
Su tarea es la de escudriñar el mensaje de la iglesia, viendo su concordancia o discordancia con la revelación cuyo testimonio se halla en la Biblia; y corregir tal proclamación cuando se haya apartado del camino debido.[6] Como dice Calvino, todo verdadero conocimiento de Dios nace de la obediencia. Y la dogmática es un acto de fe obediente, un acto que ocurre a la vista de Dios[7]. No hay técnica alguna para convertirse en maestro efectivo de esta dogmática. Solo cuando Dios desea revelárnoslas es que podemos conocer las cosas divinas. Solo en actitud de ovación puede llevarse a cabo la verdadera tarea dogmática.
En su obra y pensamiento, Karl Barth manifiesta una gran independencia. Su labor teológica lleva la impronta de un retorno a la Biblia, de un contacto vivo con los problemas actuales de la iglesia y la sociedad, y de una labor continua en contacto inmediato con el pueblo. Su doctrina está en constante evolución. En su trato con la Biblia, Barth descubre a Cristo como el centro de la Revelación. Su teología será cristología. Veamos algunos puntos claves de su teoría:
Barth descubre pronto que toda la teología liberal allí adquirida no lo capacitaba para hablar de “la Palabra de Dios”, para aplicarla a la realidad cotidiana. Como lo expresamos en su la biografía, la ruptura categórica con las facetas más liberales de la teología evangélica se hacen efectivos por medio del Comentario a la Epístola a los Romanos, escrita en 1919. La actitud de Barth será también de confrontación cuando el poder nazi pretendió transformar la raza aria en la culminación de la revelación. En este caso, el no de Barth es rotundo; y se hace también manifiesto en el Sínodo de Barmen. En el mismo se pronuncia: “Jesucristo, según el testimonio que de él nos dan las Sagradas Escrituras, es la única Palabra de Dios”[8] A partir de su “Introducción a la Teología Evangélica”, la teología Barthiana será tachada de “dialéctica”, “neo-ortodoxa”, y como “teología de crisis”[9]
Para Barth, la gracia es aquella Palabra que nos hace reconocer como pecadores, que abre luz sobre nuestras almas y deja ver el pecado. Sólo por gracia de Dios, es que vemos nuestro error, y por su misma sola Gracia es que estamos invitados a “volvernos al Señor”. Barth la comprende como el mensaje que nos hace ver como pecadores, aún en nuestros momentos de mayor gloria. Incluso cuando el hombre crea estar actuando con mayor justicia estará incurriendo en pecado, y allí también se introduce la Palabra del Señor, recordándonos que como seres humanos, somos pecadores por naturaleza. Pero aún así, Dios no deja de poner su Palabra en nosotros, de proyectar luz en la oscuridad, de hacernos ver como verdaderos pecadores. Como sabemos, el perdón divino viene con el arrepentimiento del hombre; pero este arrepentimiento no sale del ser humano, sino que es puesto por Dios en nosotros. Ergo; sólo por la Gracia de Dios nos conocemos a nosotros mismos, vemos nuestra falencia y nos reconocemos como pecadores.[10]
En 1934 escribió un ensayo (Nein! Antwort an Emil Brunner-¡No! Respuesta a Emil Brunner), en el que denunciaba a los antisemitas "Cristianos Alemanes," que intentaban pervertir el cristianismo histórico por medio de adaptar la teología a la nueva ideología nazi. Mientras el lema de éstos era "Cristo y Hitler", Karl Barth interviene decisivamente oponiendo el señorío absoluto de Cristo en su doctrina de la relación Iglesia-Estado. Desde la ascensión de Hitler al poder, Barth mantuvo una verdadera lucha por la iglesia. Contra los esfuerzos del régimen nazi de establecer una iglesia 'cristiana alemana', Karl Barth funda junto con otros (Dietrich Bonhoeffer) la llamada Iglesia Confesante como reacción vigorosa e indignante contra el régimen nazi. En 1934 tiene lugar el Sínodo de Barmen, cuya Declaración, preparada por Karl Barth, expresa la convicción de que el único modo de ofrecer resistencia a la secularización y paganización de la Iglesia en la Alemania nazi es adherirse firmemente a la doctrina cristiana.
Aunque era ciudadano suizo, Karl Barth no pudo ser inmune a la persecución; su rechazo a una alianza incondicional con el Führer le costó en 1935 la cátedra de teología en Bonn. Sin embargo, rápidamente le fue ofrecida la cátedra de teología en su ciudad natal, Basilea. Desde entonces hasta el final de la guerra, Karl Barth continuó luchando por la causa de la Iglesia Confesante, la causa de los judíos y la de los oprimidos en general. Después de la guerra, siguió manteniéndose muy interesado en la teología de su tiempo, y su autoridad y prestigio ejercieron una profunda impresión cuando dirigió su discurso inaugural en la Conferencia del Concilio Mundial de Iglesias celebrado en Ámsterdam en 1948. También, años más tarde visitó Roma para seguir el Concilio Vaticano II (1962-1965), acerca del cual escribió con característica gracia y humor Ad limina apostolorum.
En 1957, el teólogo católico Hans Küng efectúa su tesis doctoral en teología en la Sorbona de París con el tema: Justificación. La doctrina de Karl Barth y una reflexión católica. En su autobiografía Libertad Conquistada, Hans Küng explica por qué elige para su tesis doctoral a Karl Barth:
“Ningún teólogo protestante de este siglo cuenta, por razón de su lucha contra el nazismo, con una autoridad más grande; ninguno con una obra más amplia y más profunda por amor de su ingenio y su incansable trabajo. Personalmente me siento ampliamente pagado por mi trabajo sobre la justificación de 1957: me aporta cosas decisivas para toda mi vida, para mi espiritualidad y mi concepción de la libertad del cristiano. No hay cosa más emocionante que conversar con una persona de su carácter, sabiduría y fe, de su humanidad y humor.
De un golpe aparece en mi vida entera lo liberador y consolador de este mensaje que espero conservar siempre: la fe confiada del cristiano. Que al final y definitivamente yo sea justificado no depende de lo que decidan sobre mí mi entorno o la opinión pública. Tampoco depende de la facultad o la universidad, ni del Estado o de la Iglesia. No depende tampoco del Papa; y menos todavía de mi propio juicio. Sino de una instancia totalmente otra: del propio Dios oculto, en cuya misericordia puedo, a pesar de todo, yo, que no soy un hombre ideal sino una persona humana e incluso demasiado humana, tener hasta el final una confianza absoluta. "In te, Domine, speravi, et non confundar in aeternum", como se dice al final del himno Te Deum: "En tí Señor, puse mi esperanza; que no me vea confundido para siempre."
[11]
Quiero concluir con una frase de Karl Barht:
"¿Buena fe? Nunca me la permitiría. Cuando sea llamado ante mi Dios y Señor, no me voy a presentar con una cesta a la espalda llena con mis obras completas; todos los ángeles se echarían a reír. Ni tampoco diría para mi justificación: siempre tuve buena intención, 'buena fe'. No, me presentaré allí con las manos vacías y solo me parecerá oportuno decir: 'Dios, ten misericordia de este pobre pecador'"

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[1] Hugo, Mackintosh. Corrientes teológicas contemporáneas. Shleiermacher hasta Barth. Buenos Aires: METHOPRESS, 1964. Pág. 245
[2] Sergio, Arce Martínez. Teología sistemática. Prolegómenos. Quito: Departamento de comunicaciones CLAI, 2002. Pág., 66.
[3] Ibíd., pág. 69.
[4] Ibíd., Pág. 66 – 67.
[5] Mackintosh, op, cit. Págs. 245 – 246.
[6] La teología cristiana, y con ella su servicio a la comunidad, así como su derecho a una existencia peculiar entre otras ciencias, depende únicamente de que, teóricamente reivindique el honor de la autoridad de la Biblia tal como queda definida y prácticamente, la haga fecunda. Kart, Barth. Ensayos teológicos. Traducción Gancho. Barcelona: Herder, 1978. Pág. 188
[7] Karl, Barth. “La palabra soberana de Dios y la decisión de fe”, en la restauración posliberal y la teología dialéctica. Pág. 111.
[8] José Míguez Bonino, “La introducción al texto” Karl, Barth, Introducción a la teología evangélica, Buenos Aires, Aurora, 1986, p. 11 – 12.
[9] Luis Eduardo Cantero, Karl Barth: su aporte a la teología latinoamericana ¿podrá existir una relación entre Barth y hoy?, Buenos, Aires, Material inédito, 2006.
[10] Míguez Bonino, Op, cit. pp. 41 – 49.
[11] Hans Küng, Justificación. La doctrina de Karl Barth y una reflexión católica, Trotta, 2003

Por. LUÍS EDUARDO CANTERO.
Nota: Se me habia olvidado colocarle mi autoria. Gracias por los comentarios.