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miércoles, 21 de junio de 2017

¿Qué significa ser pentecostal?



Por. Juan Stam, Costa Rica
Las iglesias evangélicas observan infaliblemente dos celebraciones especiales cada año: la Navidad y Semana Santa. Pero hay dos sucesos más, también sumamente importantes, con fecha del mes y del día, que nunca se celebran. Son el domingo de Ascensión y el domingo de Pentecostés.
¿Cuántos de nosotros nos dimos cuenta que se cumplían los cincuenta días después de la Pascua? Es tal nuestro olvido de las bases históricas de nuestra fe, que ni las iglesias pentecostales acostumbran celebrar el día de Pentecostés. Hermanos y hermanas, ¡recordemos que el pentecostés es una fecha y no sólo ciertas experiencias especiales!
Eso levanta una pregunta importante para hoy: ¿Qué significa, bíblicamente, ser pentecostal? Para responder a esa pregunta, tenemos que volver al día de Pentecostés, en que Cristo fundó la iglesia en el Espíritu y marcó su carácter para siempre. Es obvio, entonces, que ser pentecostal es vivir de acuerdo con el modelo que nos da el capítulo dos de los Hechos.
El Pentecostés, según este capítulo, ocurrió en tres momentos, tres fases, y todos los tres son indispensables para una auténtica pentecostalidad. En primer lugar, experimentaron los poderosos dones del Espíritu Santo (Hch 2:1-13). En segundo lugar, Pedro proclamó el evangelio con un mensaje profundamente bíblico (2:14-41). En tercer lugar (lo vimos la pasada semana) una comunidad transformada practicó el evangelio en todas sus consecuencias (2:42-47). ¡Eso es ser pentecostal, todo eso y nada menos!
Los discípulos tenían por delante una gran tarea de comunicación, y el Espíritu los calificó para ella con el extraordinario don de idiomas extranjeros. El texto hasta identifica la larga lista de pueblos en cuyas lenguas los apóstoles hablaron "las maravillas de Dios" (2:11), y todos oyeron "en su propio dialecto" (2:6, griego), "en nuestra lengua en que hemos nacido" (2:8). Lo interesante es que en seguida Pedro les predicó en una lengua común, probablemente un griego medio machucado porque no era su lengua materna. Pero entendieron muy bien su mal griego, tanto que tres mil personas entregaron sus vidas a Cristo. Entonces, ¿Para qué hacían falta las lenguas? ¿Cuál fue la intención del Espíritu en impartir ese don, si de todas maneras entendían el sermón de Pedro?
Creo que el propósito y el sentido del don de lenguas en el Pentecostés era doble. Primero, el Señor quería decirnos que todos los pueblos tienen el derecho de escuchar el evangelio en su propio "dialecto" en que han nacido, en los tonos auténticos de su propia cultura. En el día de Pentecostés el Espíritu demostró que el evangelio no tiene ningún idioma oficial, ni el latín ni el inglés ni el hebreo ni el griego. Para nuestros hermanos y hermanas bribrí, el lenguaje del evangelio es el bribrí. Tampoco tiene el evangelio una cultura oficial. El evangelio está llamado a encarnarse en los "acentos" auténticos de cada cultura, como Jesús mismo se encarnó plenamente en la cultura suya.
Creo que Pedro da otra razón para el don de lenguas cuando explica en su sermón lo que había pasado (2:17-18). En esta cita de Joel 2:28-32, debemos observar dos detalles: aquí ni Joel ni Pedro mencionan el don de lenguas como tal, pero todos los dones mencionados son de tipo profético (profetizar, ver visiones, soñar). Además, según Joel y Pedro, los dones se reparten entre todos los creyentes, sin discriminación alguna, ni de edad (hijos, ancianos), ni de sexo (hijos, hijas), ni de clase social (siervos, siervas). En otras palabras, el don de lenguas aquel día significaba que de ahí en adelante, la iglesia entera estaría llamada a ser una comunidad profética en medio de las naciones (2:9-11). En el Antiguo Testamento, sólo unos pocos recibieron el Espíritu y el llamado profético. Ahora, el Espíritu profético, que vino sobre Elías e Isaías y todos aquellos antiguos portadores de su presencia y su poder, ha venido sobre toda la comunidad.
Pero no basta sólo la experiencia de los dones del Espíritu para ser pentecostal. El segundo momento, la predicación fiel de la Palabra con exposición bíblica clara y cuidadosa (2:14-41), es esencial a la pentecostalidad, igual que el tercer momento, una nueva comunidad que llega aun hasta compartir todos sus bienes (Hch 2:42-47; 4:31-35).

Fuente: Protestantedigital, 2017

domingo, 22 de mayo de 2016

El Pentecostés de ayer y de hoy



Por Anibal Sicardi- Argentina
Mediante una espectacular escena televisiva el libro de Los Hechos narra lo acontecido en el Día de Pentecostés a 50 días de la Resurrección de Cristo. El lugar geográfico, Jerusalén. La ocasión, la agrícola fiesta de las siete semanas (Ex 34:22).
El itinerario de Pentecostés no recibe menciones en el siglo I. A fines del siglo II y principios del III lo citan Ireneo, Tertuliano y Orígenes para adoctrinar sobre el Espíritu Santo. Recién en el siglo IV se encuentran referencias en iglesias de Constantinopla, Roma y Milán Todas se centran en el rol del Espíritu Santo y su relación con el Hijo y el Padre y otras derivaciones. Pentecostés avanza y gana la medalla de ser una fecha litúrgica. Triunfa sobre la Ascensión, que en un tiempo se festejaban juntas.
En ese proceso institucionalizado, Pentecostés huyó del relato de Lucas como esas cosas que van despareciendo sin despedirse y un buen día percibimos que ya no están. Quedó el aroma…con demasiado olor a incienso.
El imperativo litúrgico Veni, Sancte Spiritus inhuma el apasionante testimonio de Pedro. Predicaciones explicativas del discurso petrino sepultan la pasión y entusiasmo del orador de barricada transformándolo en una prédica estilizada, ordenada, racional pero ausente del calor de vida y del poder movilizador en los escuchas.
Es que Pedro habla de hechos conocidos, de lo que había pasado pocos días antes en esa misma ciudad. Desafía releer el pasado. No se queda con la teología oficial. Hurga en esos queridos antiguos textos para descubrir el movimiento de Dios preparando un nuevo tiempo. Fisga, pesca en su propia historia. Demuestra que parlamentaban de ese kairos que se cumple en aquel que mataron en una cruz.
Al hablar con claridad -al pan pan y al vino vino- el venido orador aclara que no están borrachos, que no dicen pavadas. Desde allí taladra la profundidad de los oyentes produciendo el interrogante sobre lo que hicieron y hacen y como se puede corregir el hábito de tirar la flecha errando el blanco de sus vidas.
Surge la cuestión clave. “¿Y ahora qué hacemos?” Pregunta dirigida a la nueva comunidad, la de Jesús, descartando a los eclesiásticos oficiales de aquel tiempo. Los oídos escuchan lo que hay que escuchar y la mirada cambia de centro. Se dirige hacia aquellos y aquellas que hablan de tal manera que ellos entienden porque articulan palabras que son verdades y resucitan las esperanzas depositadas en sus corazones.
El silencio de las iglesias sobre lo que ocurre actualmente anticipa que sus declaraciones serán compuestas por palabras acordes a la liturgia del Pentecostés eclesiástico, lejos del texto de Hechos. Repetirán documentos inocuos como el del Consejo Mundial de Iglesias que se preocupa por colocar tres veces la expresión “Dios trino” y siembra de generalizaciones abstractas a la problemática actual. No hinca los dientes en la realidad.
Desde una ciudad europea -Ginebra- elude reseñar la deshumanización de Europa tanto en lo acaecido con los refugiados y refugiadas como en la instalación de un régimen creador de pobreza y desigualdades. ¿Surgirá alguna Iglesia Latinoamericana que describa el avance ideológico que avasalla soberanías y elimina gobiernos legítimos que apuestan a mejorar a los menos favorecidos?
A estas alturas es improbable que Pentecostés impulse a alguna iglesia argentina a referirse al impúdico atropello de despidos y avasallamiento de la población que acontece en nuestro país. Atrampadas en su autocensura no registrarán que el gobierno actual es una continuación de la Dictadura Cívico Militar del 76. Justificarán su silencio con excusas que serán el umbral de la morada donde reside la infidelidad y la falta de valentía.
Tampoco tomarán posición sobe el pasado. Soterrarán la Década Infame del 30, la Revolución Libertadora del 55 con sus fusilamentos y masacre del bombardeo de Plaza de Mayo. Ignorarán la caída de Arturo Illía. La persecución a la universidad de Juan Carlos Onganía. La tragedia de la Triple A. Los desaparecidos y desaparecidas. El golpe a Raúl Alfonsín. Eventos que se encuentran en el seno ideológico del actual gobierno.
Si en este Pentecostés las iglesias no quieren seguir como estampitas de museo deberán tomar registro del relato de Lucas, del Pedro que habla con claridad del presente y del pasado y ser parte activa en la construcción de un país donde, como aquella primera comunidad pentecostaliana, “a cada uno le daban lo que necesitaba” (Hechos 2:44-47) Si eso no ocurre Dios levantará de las piedras a quienes hablen su palabra.

*El autor es Director Prensa Ecuménica y Pastor Iglesia Metodista Central Bahía Blanca  http://iglesiametodista.org.ar/el-pentecostes-de-ayer-y-de-hoy/

Fuente: Publicado en El Estandarte Evangélico-ALCNOTICIAS, 2016

miércoles, 17 de febrero de 2016

Pentecostés y Misión Integral



Por. Juan Stam, Costa Rica
La misionología contemporánea ha redescubierto la importancia central del Espíritu Santo y del Pentecostés para nuestra comprensión de misión integral.
Teólogos como Roland Allen, Leslie Newbigen y Harry Boer han estudiado a profundidad la relación entre Pentecostés y misión. Sin recibir el poder del Espíritu Santo, mejor los discípulos se hubieran quedado sentados en Jerusalén (Lc 24.49); sólo revestidos de poder de lo alto podremos ser testigos del Señor (Hch 1.8).
Por supuesto el movimiento pentecostal nos ha hecho a todos reconocer la importancia central del significado del Pentecostés.
Es muy importante recordar que el Espíritu de Pentecostés es el mismo Espíritu de los profetas de tiempos antiguos. Ni hay otro Espíritu, ni se ha cambiado el Espíritu de Dios.
Pero la más ligera lectura de los escritos proféticos nos impresionará inmediatamente con la gama casi ilimitada de su programa de acción. Se preocupaban por la adoración de Dios y la fe del pueblo, pero también se preocupaban por el abandono de las viudas y los huérfanos (Isa 1.23), la servidumbre humana (Amós 2.6,9), la violencia (Isa 1.15), el robo (Amós 1.11), la acumulación de latifundios (Isa 5.8) y los abusos de los derechos humanos (Amós 1.13; 2.1).
En el Apocalipsis el Vidente de Patmós primero contempla el cielo y escucha cantar a los ángeles (Ap 4,5), pero en seguida protesta contra los precios exorbitantes de la canasta básica (6.6). En toda la Biblia, la misión profética es misión integral.
El día de Pentecostés nos da el mejor ejemplo de misión integral en el Espíritu. El capítulo dos de los Hechos nos presenta un modelo insuperable de misión integral. Todos saben que el Pentecostés comienza con experiencias carismáticas (2.1-13), pero pocos observan que el capítulo no termina ahí. Sigue un sermón sólidamente bíblico y teológico (2.14-36), después del cual unas tres mil personas se convirtieron. (¡Cuán importante y poderosa la predicación expositiva, como este sermón de Pedro, y cuán necesario que nuestros sermones evangelísticos sean realmente bíblicos!).
Y después de tan hermosa "campaña evangelística", por decirlo así, sigue la formación sólida de una comunidad comprometida: doctrina, comunión y oración (4.42,46), maravillas y señales (4.43), comunidad de bienes materiales y un extenso proyecto social de "comedores populares" (4.44s; 4.32-5.11; 6.1).
En conjunto, constituía "misión integral". ¡Eso sí significa ser pentecostal, pero en obediencia a todo el capítulo dos de los Hechos!

Fuente: Protestantedigital, 2016

domingo, 25 de octubre de 2015

Pentecostés sin pentecostalismos



Por Edward Falto, Puerto Rico
Lo que ocurrió en pentecostés es una de las experiencias más apreciadas en el mundo cristiano. Su importancia ha marcado a la Iglesia y al mundo durante más de dos milenios.  En la actualidad, diferentes denominaciones cristianas hacen una anotación en sus agendas para conmemorar y celebrar la importancia de dicho evento. Lo que se pretende resaltar es la importancia que tuvo este suceso en la expansión del evangelio, claramente expuesto en el libro de los Hechos de los Apóstoles y ejemplificado en la historia de la Iglesia.  Sólo como dato histórico, resulta interesante mencionar que los primeros cristianos nunca celebraron pentecostés tal y como lo hacemos en la actualidad, sino que no fue hasta el siglo II y principio del III cuando en Tertuliano, Orígenes y otros, nos encontramos con escritos que podrían referirse a celebraciones de este día.
En la actualidad, muchos de los militantes pentecostales han relacionado la palabra Pentecostés con su movimiento debido a una obvia similitud lingüística.  Sin embargo, y a pesar de todo, resulta apropiado y correcto aclarar que pentecostés no es una experiencia que deba identificarse con una denominación específica, sino que es la infusión del Espíritu Santo sobre la Iglesia en su totalidad.  Y, por eso, siempre digo que pentecostés no significa pentecostal, ni pertenece a unos pocos, sino a todas las iglesias.
De todos es conocido el matiz que estos movimientos dan a pentecostés como experiencia del Espíritu Santo.  Algunos piensan que éste es el principio de la Iglesia; otros enfatizan la importancia de las “lenguas”; y para otros es, simplemente, un modelo que debe repetirse y buscarse con anhelo para que la congregación tenga el “poder del espíritu” y poder así predicar y operar milagros.  No obstante, en su análisis no se mantiene una perspectiva adecuada de los escenarios, de la gente, de las formas y de la finalidad del mismo.  Se ignora su importancia salvífica y el significado total de la experiencia.
Tengo la absoluta certeza de que nadie pone en duda la legitimidad de pentecostés.  Todos somos testigos de su efecto y de su influencia sobre la iglesia.  Sin embargo, cuando analizamos el texto bíblico no debemos centrarnos en una sola idea, porque puede que perdamos de perspectiva la totalidad de lo que el evento quiere comunicarnos en realidad.  Así que, si analizamos con detenimiento el contexto de la narración de Lucas nos podemos percatar de que pentecostés fue un suceso inesperado y llamativo, y de que las lenguas que se hablaron eran en realidad idiomas o dialectos que todos los presentes pudieron entender, sin que éstas fueran una finalidad en sí mismas, sino sólo el medio para que el evangelio fuera predicado.
Por eso, lo que aconteció en Pentecostés es un suceso único y sin parangón en la historia de la Iglesia.  Su repercusión, como piedra que cae al agua, ha generado ondas que llegan hasta nuestros días.  Ondas que aún tocan la vida de la Iglesia y al mundo que la rodea.  Cuando recordamos pentecostés lo primero que debe venir a la mente de todo creyente es la Iglesia. Se trata de un evento que marca al cuerpo de Cristo en su totalidad, cuerpo que es mucho más de lo que algunos se imaginan.
Cuando intentamos comprender el pentecostés en su contexto y de acuerdo con su significado real, entendemos que jamás hubo una intención de dotar a ciertas personas con una categoría especial de ungidos, creando clases y estructuras que separan a aquellos llenos de la “unción” de los demás.  Jamás pentecostés significó que las “lenguas” debían ser punta de lanza de la Iglesia.  Pentecostés no sobrevalora manifestaciones internas y vacías, lo que sí destaca es hechos que marcan vidas y las llevan a Cristo.  Personalmente, creo que un verdadero avivamiento produce gente salvada, no “cultos buenos”.  Por otra parte, en ningún momento pentecostés significó la idea de buscar afanosamente una “unción” para predicar el evangelio, ni una señal de autoridad para ser ministro en una congregación. Y, por eso, es muy importante entender que no se puede pentecostalizar pentecostés, puesto que no es un suceso pentecostalista.
¿Cuál sería, entonces, la reflexión? Sin duda, la reflexión está directamente relacionada con el significado real que pentecostés tiene para la iglesia. Pentecostés es un punto de encuentro, de oportunidad para que todos conozcan a Jesucristo y las maravillas del Reino.  Es el lugar en el que el desheredado tiene su espacio y en el que todo el que se acerque tendrá la oportunidad de entender lo que Dios quiere comunicar.  Es, sin duda, un lugar de inclusión, en el que no importan las fronteras, las marginaciones o los estatus sociales. El evangelio será y es realidad pertinente para todas y todos aquellos que lo quieran recibir.  Es misericordia por el otro, es el abrazo fraterno de Dios para toda la humanidad, punto de encuentro entre la realidad divina y la necesidad humana.
Este irrepetible evento es sencillamente un reflejo del amor de Dios hacia la humanidad.  Representa la comisión de una iglesia llena de la gracia de Dios que asume un papel protagonista para influenciar y cambiar la realidad de un mundo perdido.  En fin, pentecostés es de todos y para todos; es para aquellos que escuchan la llamada de Dios para servirle con pasión y esmero, a proclamar la fe en nuestra inmediatez y cotidianidad a un mundo que necesita a Dios, aunque éste no lo entienda así.

Fuente: Lupaprotestante, 2015