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domingo, 25 de octubre de 2015

Pentecostés sin pentecostalismos



Por Edward Falto, Puerto Rico
Lo que ocurrió en pentecostés es una de las experiencias más apreciadas en el mundo cristiano. Su importancia ha marcado a la Iglesia y al mundo durante más de dos milenios.  En la actualidad, diferentes denominaciones cristianas hacen una anotación en sus agendas para conmemorar y celebrar la importancia de dicho evento. Lo que se pretende resaltar es la importancia que tuvo este suceso en la expansión del evangelio, claramente expuesto en el libro de los Hechos de los Apóstoles y ejemplificado en la historia de la Iglesia.  Sólo como dato histórico, resulta interesante mencionar que los primeros cristianos nunca celebraron pentecostés tal y como lo hacemos en la actualidad, sino que no fue hasta el siglo II y principio del III cuando en Tertuliano, Orígenes y otros, nos encontramos con escritos que podrían referirse a celebraciones de este día.
En la actualidad, muchos de los militantes pentecostales han relacionado la palabra Pentecostés con su movimiento debido a una obvia similitud lingüística.  Sin embargo, y a pesar de todo, resulta apropiado y correcto aclarar que pentecostés no es una experiencia que deba identificarse con una denominación específica, sino que es la infusión del Espíritu Santo sobre la Iglesia en su totalidad.  Y, por eso, siempre digo que pentecostés no significa pentecostal, ni pertenece a unos pocos, sino a todas las iglesias.
De todos es conocido el matiz que estos movimientos dan a pentecostés como experiencia del Espíritu Santo.  Algunos piensan que éste es el principio de la Iglesia; otros enfatizan la importancia de las “lenguas”; y para otros es, simplemente, un modelo que debe repetirse y buscarse con anhelo para que la congregación tenga el “poder del espíritu” y poder así predicar y operar milagros.  No obstante, en su análisis no se mantiene una perspectiva adecuada de los escenarios, de la gente, de las formas y de la finalidad del mismo.  Se ignora su importancia salvífica y el significado total de la experiencia.
Tengo la absoluta certeza de que nadie pone en duda la legitimidad de pentecostés.  Todos somos testigos de su efecto y de su influencia sobre la iglesia.  Sin embargo, cuando analizamos el texto bíblico no debemos centrarnos en una sola idea, porque puede que perdamos de perspectiva la totalidad de lo que el evento quiere comunicarnos en realidad.  Así que, si analizamos con detenimiento el contexto de la narración de Lucas nos podemos percatar de que pentecostés fue un suceso inesperado y llamativo, y de que las lenguas que se hablaron eran en realidad idiomas o dialectos que todos los presentes pudieron entender, sin que éstas fueran una finalidad en sí mismas, sino sólo el medio para que el evangelio fuera predicado.
Por eso, lo que aconteció en Pentecostés es un suceso único y sin parangón en la historia de la Iglesia.  Su repercusión, como piedra que cae al agua, ha generado ondas que llegan hasta nuestros días.  Ondas que aún tocan la vida de la Iglesia y al mundo que la rodea.  Cuando recordamos pentecostés lo primero que debe venir a la mente de todo creyente es la Iglesia. Se trata de un evento que marca al cuerpo de Cristo en su totalidad, cuerpo que es mucho más de lo que algunos se imaginan.
Cuando intentamos comprender el pentecostés en su contexto y de acuerdo con su significado real, entendemos que jamás hubo una intención de dotar a ciertas personas con una categoría especial de ungidos, creando clases y estructuras que separan a aquellos llenos de la “unción” de los demás.  Jamás pentecostés significó que las “lenguas” debían ser punta de lanza de la Iglesia.  Pentecostés no sobrevalora manifestaciones internas y vacías, lo que sí destaca es hechos que marcan vidas y las llevan a Cristo.  Personalmente, creo que un verdadero avivamiento produce gente salvada, no “cultos buenos”.  Por otra parte, en ningún momento pentecostés significó la idea de buscar afanosamente una “unción” para predicar el evangelio, ni una señal de autoridad para ser ministro en una congregación. Y, por eso, es muy importante entender que no se puede pentecostalizar pentecostés, puesto que no es un suceso pentecostalista.
¿Cuál sería, entonces, la reflexión? Sin duda, la reflexión está directamente relacionada con el significado real que pentecostés tiene para la iglesia. Pentecostés es un punto de encuentro, de oportunidad para que todos conozcan a Jesucristo y las maravillas del Reino.  Es el lugar en el que el desheredado tiene su espacio y en el que todo el que se acerque tendrá la oportunidad de entender lo que Dios quiere comunicar.  Es, sin duda, un lugar de inclusión, en el que no importan las fronteras, las marginaciones o los estatus sociales. El evangelio será y es realidad pertinente para todas y todos aquellos que lo quieran recibir.  Es misericordia por el otro, es el abrazo fraterno de Dios para toda la humanidad, punto de encuentro entre la realidad divina y la necesidad humana.
Este irrepetible evento es sencillamente un reflejo del amor de Dios hacia la humanidad.  Representa la comisión de una iglesia llena de la gracia de Dios que asume un papel protagonista para influenciar y cambiar la realidad de un mundo perdido.  En fin, pentecostés es de todos y para todos; es para aquellos que escuchan la llamada de Dios para servirle con pasión y esmero, a proclamar la fe en nuestra inmediatez y cotidianidad a un mundo que necesita a Dios, aunque éste no lo entienda así.

Fuente: Lupaprotestante, 2015

lunes, 3 de agosto de 2015

El Reino de Dios, ¿es una utopía?



Por Pedro Álamo, España*
Se ha identificado el Reino de Dios con el futuro prometedor de Dios a su pueblo y, por lo tanto, con las esperanzas puestas en la intervención definitiva de Dios para gobernar el universo. Pero, ¿es esto el Reino de Dios?
Otros han pensado que el Reino de Dios tiene que ver con la vida eterna que el Señor prometió a los suyos y, por lo tanto, es más bien para el cielo, no para la tierra. Pero, ¿es esto el Reino de Dios?
Otros lo han relacionado con una sociedad transformada, cuyas bases están en conceptos utópicos de mejora y transformación del ser humano capaz de superarse a sí mismo y construir un mundo perfecto, donde priman la igualdad, la libertad y las necesidades satisfechas. Pero, ¿es esto el Reino de Dios?
La palabra utopía viene del griego ou (no) y topos (lugar); es decir, un lugar que no existe y, por lo tanto, solo cabe en la idealización de lo que se anhela.
La utopía parte de una crítica radical del modelo social actual. Tomás Moro, en el siglo XVI, escribió acerca de una isla llamada Utopía que contrastaba radicalmente con la sociedad inglesa del momento; aspectos políticos, económicos, sociales, culturales se idealizan y se sitúan en el polo opuesto de la experiencia vital de su entorno.
El planteamiento utópico del futuro tiene que ver con soñar con un mundo perfecto donde todos los seres humanos son iguales y tienen las mismas oportunidades, la clase dominante ha desaparecido y la libertad es igual para todos; un mundo donde cada persona disfruta de los recursos necesarios para que su vida sea maravillosa…
La pregunta que debe hacerse, entonces, es: ¿cómo se transforma una sociedad inmadura en otra perfecta? La respuesta es clara: por la acción del ser humano que va superando diferentes etapas hasta la consecución del objetivo último, la sociedad perfecta.
A partir de lo expuesto, ¿se puede decir que el Reino de Dios que Jesús anunció es una utopía? ¿Se ajusta a las bases ideológicas de la utopía? Desde mi punto de vista la respuesta es no.
Sostengo esta conclusión partiendo de una base antropológica. El ser humano no es mejor ahora que hace 2000 años; los problemas siguen siendo los mismos. Es cierto que la sociedad ha evolucionado mucho, pero sigue existiendo el egoísmo, la acumulación de bienes, la insolidaridad, el abuso de poder, la dominación de unos sobre otros, la violencia, la discriminación, el hambre…; para mí, la esencia del ser humano sigue siendo la misma. Alguien podría objetar que también observamos bondad, solidaridad, libertad… Cierto, de la misma forma que se ha visto a lo largo de la historia de la humanidad; son destellos que reflejan la imagen y semejanza de Dios. Por decirlo de una manera suave, el ser humano no es bueno, su corazón no tiende de manera natural a la bondad, sino al contrario. Es más, si se dan las circunstancias adecuadas, cualquiera puede convertirse en una especie de personificación del mal. ¡Cuántos en nuestros días han proclamado el reparto de la riqueza para construir una sociedad más igualitaria y justa hasta que han tocado el dinero y se han corrompido! Basta observar el interés que muestran los países más desarrollados y sus gobernantes cuando está en juego la estabilidad económica mundial o la explotación de los hidrocarburos, pero miran para otra parte cuando se trata de la pobreza en la que millones de personas están instaladas; lo peor de todo es que, en muchas ocasiones, los cristianos guardan silencio ante semejante panorama. Es muy fácil deslizarse.
Entonces, no podemos hablar utopía cuando se parte de una base antropológica opuesta. La utopía considera que el ser humano irá evolucionando hacia un mundo mejor, conseguido por sus propios esfuerzos y capacidad de superación. Desde mi punto de vista, la visión del Reino de Dios que anunció Jesús se aleja de este planteamiento porque, en lugar de poner el acento en las posibilidades del ser humano, centra la atención en la esencia de Dios y su acción a favor de la humanidad. Una persona preguntó a Jesús en una ocasión: “Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?”. Jesús le contestó: “¿Por qué me llamas bueno? Ninguno hay bueno sino uno, Dios” (Mat 19.17; Mc 10.18; Luc 18.19). Esto tuvo que causar un impacto importante en los evangelistas, ya que 3 de los 4 lo mencionan, con lo que nos situamos en la mismísima fuente original del pensamiento de Jesús. Solo Dios es bueno. Entonces, el Reino de Dios no se consigue por las bondades humanas, sino por la intervención misericordiosa de Dios en su pueblo.
Otro de los elementos en los que se fundamenta la utopía tiene que ver con el espacio y el tiempo. No hay un lugar concreto en el mundo donde se viva la utopía y, además, se sitúa en el futuro, porque siempre hay cosas que mejorar o cambiar. Por ello, el Reino de Dios no tiene nada que ver con la utopía, porque el Reino se sitúa en el “aquí y ahora”.
Jesús predicó el arrepentimiento porque el Reino de los cielos se había acercado. El Reino no es para el futuro, es para el presente; no se opera en un lugar desconocido, sino en medio de la historia del pueblo de Dios. Pero, ¿cómo puede ser esto? El Reino de Dios tiene lugar en la tierra, en estos momentos; la vida eterna tiene lugar en el cielo y es para el futuro. Por lo tanto, son conceptos distintos que, en ocasiones, se han confundido. Insisto, ¿somos testigos de que el Reino de los cielos se ha acercado? ¿Es cierto que ya está presente en nuestro mundo, aquí y ahora y, por lo tanto, no es una utopía? Para mí la respuesta es afirmativa.
Cuando conformamos una Comunidad cristiana en la que no hay privilegiados ni dominio de los unos hacia los otros, sino que todos son iguales y se vive en libertad, allí está el Reino de Dios. Por lo tanto se experimenta aquí y ahora. Jesús enseñó a sus discípulos: “Sabéis que los gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que son grandes ejercen sobre ellas potestad. Mas entre vosotros no será así” (Mat 20.25-26). En el Reino de Dios no cabe el dominio de unos sobre otros, el servicio es su distintivo más preciado y eso puede tener lugar aquí y ahora. Sin embargo, en aquella Comunidad cristiana donde se ejerce poder a través del dinero, se abusa de la imagen y prestigio de unos cuantos, y se manipula al pueblo llano bajo la sombra y amenaza de la excomunión…, allí no está el Reino de Dios.
Cuando un seguidor de Jesús es capaz de perdonar a quien le ha ofendido porque se ha arrepentido en su corazón, y le pide perdón, allí está el Reino de Dios. El perdón, posiblemente, sea uno de los signos más visibles y eficaces que permiten vislumbrar el Reino porque significa que la mismísima esencia de Dios ha calado en lo profundo del corazón humano. Dios perdona. Nosotros perdonamos al sabernos perdonados por Dios de una manera tan generosa. Ahí está el Reino de Dios, aquí y ahora. No hace falta esperar al futuro, a la vida eterna. Podemos perdonar a nuestros semejantes y que ese perdón permita seguir desarrollando relaciones fraternales fructíferas; con eso tiene que ver el Reino de Dios. Pero, una Comunidad en la que los miembros están enfrentados unos a otros, no se hablan, se esquivan evitando relacionarse a través del amor y el servicio cristiano…, allí no está el Reino de Dios.
Cuando se lucha por la paz, en el sentido bíblico del término, es decir, el shalom, el bienestar de todos los que nos rodean, allí está el Reino de Dios. Cuando se lucha contra la violencia, la extorsión, la injusticia, el abuso de poder, la opresión…, desde la acción de Dios en medio de su pueblo, allí está el Reino de Dios, ha llegado, se hace visible y manifiesto aquí y ahora. Dios quiere la paz, a Dios le interesa la felicidad del ser humano. Sin embargo, aquella Comunidad que es testigo del atropello que los pobres están experimentando y guarda silencio, sin mover un dedo, se hace cómplice del mal y allí no está el Reino de Dios.
Cuando alguien se sacrifica por los demás, renunciando de manera sincera a ciertas comodidades, dando de comer al hambriento, alentando al desanimado, sosteniendo al débil, intentando aliviar el dolor del que sufre, allí se hace presente el Reino de Dios. Aquellos creyentes que están haciendo la vida más fácil y feliz a sus semejantes están haciendo visible el Reino de los cielos que ha llegado. Sin embargo, aquella Comunidad que está instalada en una vida confortable y no está dispuesta a renunciar a nada por seguir al Maestro, allí no está el Reino de Dios.
Cuando las relaciones que se establecen entre las personas están caracterizadas por la justicia, allí está el Reino de Dios que se ha hecho presente; la justicia está en la misma esencia de Dios. Por eso, Jesús animó a sus discípulos a que no se preocuparan por la comida o el vestido y les dijo: “Buscad primeramente el Reino de Dios y su justicia” (Mat 6.33). Pero, si la Comunidad es testigo de la injusticia y no clama para que Dios intervenga a favor del necesitado, ni se moviliza…, allí no está el Reino de Dios.
Podríamos seguir mencionando otros ejemplos, pero creo que son suficientes. Dicho todo esto, es cierto que el seguidor de Jesús es limitado, pero confía en la grandeza de Dios; es débil, pero cree en el Todopoderoso. Por ello, a pesar de que el Reino de los cielos se ha acercado, todavía no está instalado en plenitud. Ya está aquí, pero todavía no. Estamos muy condicionados por nuestra humanidad; así que, esperamos y anhelamos una manifestación completa del Reino de Dios que ya se ha inaugurado en Jesús, pero que será instaurado con plenitud; esto ocurrirá cuando el Señor vuelva y, entonces, la limitación se evaporará, la debilidad se transformará en poder y el Señor mismo pastoreará a su pueblo. Esto no solo es una idea del Nuevo Testamento; ya el profeta Isaías hablaba de ello (Is 11.1,ss.) y ocurrirá porque “la tierra será llena del conocimiento del Señor, como las aguas cubren el mar” y sucederá cuando el Dios termine de congregar a su pueblo (Is 11.11-12).
El Reino de Dios no es una utopía en el sentido estricto del término; ya ha llegado, está aquí y se manifiesta en un lugar concreto y en unos hechos específicos por la intervención del Espíritu de Dios en medio de su pueblo; por lo tanto, no tiene que ver con palabras grandilocuentes y llenas de humanidad típicas de los teóricos, sino con acciones concretas en el “campo de batalla”. La iglesia hace visible el Reino de Dios cuando sigue a Jesús, cuando da de comer al hambriento, cuando consuela al que sufre, cuando vive en libertad y lucha por la justicia, cuando la misericordia es la base de las relaciones interpersonales, cuando acoge al descarriado, cuando sostiene al huérfano, a la viuda y al extranjero…
El Reino de Dios no es una utopía; está aquí, y se experimenta ahora. Por eso, el Señor desea  congregar a su pueblo para que sea testigo de su gracia y su misericordia, nos llama al Reino de los cielos que ya se ha acercado; mientras tanto, esperamos la venida del Señor, momento en el que recibiremos la promesa que nos hizo, la vida eterna (1 Juan 2.25), y los sueños y anhelos se harán realidad.

* Pedro Álamo es Bachiller en Teología, Licenciado en Psicología, Pastor y Profesor de Teología hasta el año 2001. Actualmente ejerce como delegado comercial en una Compañía de servicios tecnológicos para editoriales. Autor de "La iglesia como comunidad terapéutica" y "Consejería de la persona. Restaurar desde la comunidad cristiana", publicados por la Editorial Clie. Miembro de la Iglesia Betel, en L'Hospitalet de Llobregat, Barcelona. Ha participado en tertulias radiofónicas sobre temas especializados de Teología en Onda Rambla, Barcelona.

Fuente: Lupaprotestante, 2015.

jueves, 23 de julio de 2015

Nuevos aires teológicos en el Vaticano



Por. Samuel Pagan, Israel
El Papa Francisco ha llegado al Vaticano para hacer cambios sustanciales no solo en la administración y la burocracia, sino en la teología y la práctica eclesial de la iglesia. Sus afirmaciones en contra de la corrupción son un ejemplo fehaciente de que está en sintonía con los reclamos morales de la sociedad; y sus comentarios respecto a la sexualidad humana y el divorcio, revelan que entiende y atiende las vivencias y los reclamos de sus feligreses.
Su estilo fraternal y sus prioridades programáticas, en efecto, ponen claramente de relieve que tiene un proyecto serio para mover la Iglesia Católica al futuro. Y para entender adecuadamente estos cambios, es importante revisar el fundamento bíblico de sus decisiones, y el entorno teológico que las cobija. Varias de sus acciones y declaraciones se fundamentan en la tradición profética de la iglesia, que ciertamente es necesaria para llevar a los creyentes al porvenir.
El Papa Francisco se siente muy cómodo con el Jesús histórico y afirma el mensaje original y básico del Reino, que caracterizó al fundador del cristianismo. Francisco ha vuelto a las Sagradas Escrituras, para descubrir nuevamente el corazón del mensaje cristiano: Más que estructuras y ceremonias, que pueden tener algún valor simbólico, está interesado en el mensaje que es capaz de transformar comunidades, renovar individuos y salvar familias.
El mensaje de Jesús que informa las dinámicas relacionadas con las nuevas políticas del Vaticano, revela un deseo ardiente de responder a las necesidades humanas reales. Para el Jesús que caminó los parajes palestinos, las personas y sus necesidades eran la fuerza que movía sus discursos y acciones. Su verbo elocuente estaba al servicio de los pobres, marginados y menesterosos… Su palabra profética desafiaba a las autoridades religiosas y políticas… Y sus acciones liberadoras respondían a los cautiverios que les impedían a las personas llegar a ser lo que Dios quería que fueran…
Ese Jesús que confrontó la historia con autoridad y valor, es el modelo ideal para la administración eclesiástica y el desarrollo de programas que impacten positivamente a las sociedades. La Iglesia Católica, y en este sentido, específicamente el Papa Francisco, se ha percatado que el mundo que nos ha tocado vivir está interesado en redescubrir el valor transformador de la fe cristiana. Y esa virtud liberadora del mensaje de Jesús, es la que se necesita el día de hoy.
Para Francisco, las iglesias no deben invertir sus recursos en palacios pomposos que revelan el amor por el lujo y la adulación humana, sino en proyector redentores que permitan a las personas más necesitadas del mundo redescubrir el gozo de vivir en paz, y ese tipo de paz se fundamenta en la justicia. Este programa redentor toma seriamente en consideración los reclamos de las personas divorciadas que quieren participar más activamente en la vida de las congregaciones; y respeta a los individuos y las comunidades que han optado por estilos de vida no tradicionales.
La gran enseñanza del Papa Francisco, y el desafío que le presenta al resto de las iglesias cristianas, es que los recursos de las instituciones eclesiásticas deben servir de apoyo a los programas que tienen como prioridad al ser humano y su necesidad. Las iglesias no existen para tener más edificios o aumentar sus cuentas bancarias, sino para representar el mensaje liberador de Jesús en medio de la sociedad, y ese mensaje reclama la transformación de las estructuras eclesiásticas para que sirvamos a los niños y a las niñas que viven en ambientes disfuncionales; para que apoyemos a las mujeres que son víctimas de la violencia intrafamiliar, y reeduquemos a los maridos abusadores; y para que le demos la mano a la gente caída, para poder levantarlas en el nombre del Señor.

El Dr. Samuel Pagán es profesor de Biblia Hebrea en Dar al-Kalima College en Belén. El Dr. Pagán es un ministro ordenado de la Iglesia de Cristo (Discípulos de Cristo). Prolífico escritor, ha publicado más de 35 libros sobre temas teológicos, bíblicos y pastorales. Ha sido decano académico y presidente de instituciones teológicas de grado en Puerto Rico y EE. UU., y ha sido director del departamento de traducción de la Biblia de la United Bible Societies en las Américas.

Fuente: Lupaprotestante, 2015