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jueves, 21 de diciembre de 2017

La libertad cristiana y la jerarquización en la Iglesia

Por. Adrián Aranda, Uruguay.
A mis amados hermanos en la fe, así como a todo el Cuerpo de Cristo en su integridad, quisiera dar cuenta de un fenómeno que se ha establecido sobre todo en nuestras iglesias neopentecostales, de las cuales me siento parte en carne y sangre:
En mis prematuros nueve años de conocer al Señor y de ser partícipe de Su amor y gracia, me he enfrentado a algo que me ha inquietado, desvelado e incluso me ha hecho pasar por largos períodos de depresión y confusión. Me refiero a la jerarquización en la Iglesia y a los problemas que dicha gradación trae a la libertad cristiana, ya que creo que la afecta de manera dañina.
Con mucho temor de caer en aires mesiánicos infundados he acudido a la Historia y a las Sagradas Escrituras para analizar este fenómeno y comprobar su legitimidad, la cual actualmente se nos presenta como algo incuestionable, de carácter absoluto.
En principio, encontré en la protocomunidad judeocristiana del primer siglo ciertas características sobre las que quisiera explayarme. Primeramente pude dilucidar un fuerte sentido de justicia, de igualdad y de abnegación. Las riquezas se depositaban “a los pies de los apóstoles” y se repartían “a cada uno según su necesidad”, (Hch.4:35). Cuando los apóstoles ya no pudieron atender con diligencia esta tarea propusieron al pueblo, a la grey, que eligieran siete diáconos para administrar los bienes y atender a las viudas y a los huérfanos con diligencia, y “agradó la propuesta a toda la multitud; y eligieron”, (Hch.6:5). Aquí vemos claros ejemplos de estos valores, de justicia en tanto que las ofrendas eran repartidas entre toda la grey según las necesidades y con un plus de protección para los más vulnerables , de igualdad en tanto fue la “multitud” quien escogió a los siete diáconos mediante una “propuesta” de los apóstoles y de abnegación ya que los apóstoles, de forma desprendida, no tuvieron reparo alguno en ceder el trabajo de administrar los bienes a creyentes “de buen testimonio, llenos del Espíritu Santo y sabiduría”, (Hch.6:3), pero no elegidos por ellos, sino por la “multitud” en tanto que “los doce convocaron a la multitud de los discípulos y dijeron: […] Buscad, pues hermanos entre vosotros, […] a quienes encarguemos de este trabajo”, (Hch.6:3).
Algo similar sucede cuando Pedro recibe la revelación de ir a predicar a los gentiles en la casa de Cornelio. El impacto para su mentalidad judía fue muy grande, debió desestructurarse y ceder a la revelación del Señor. Así y todo, “siendo considerado como columna” de la Iglesia, (Gá.2:9), al volver a Jerusalén tuvo que rendir cuentas, dado que lo increparon “diciendo: ¿Por qué has entrado en casa de hombres incircuncisos, y has comido con ellos?”, (Hch.11:3). Pedro, sin aires de imponer su liderazgo ni su nueva revelación, (que era la del Evangelio mismo en su totalidad), les contó todo “por orden lo sucedido”, (Hch.11:4). Aquí vemos al “máximo líder” de la Iglesia primitiva rendir cuentas sobre algo que había hecho, con humildad, sencillez y cautela y ni siquiera se trató de rendirles cuentas a los demás apóstoles solamente sino que lo hizo ante “los que eran de la circuncisión”, es decir, a toda la comunidad judeocristiana que se encontraba en Jerusalén.
Avanzada y desarrollada la Iglesia primitiva, consolidadas y bien distinguidas la comunidad cristiana judía y la comunidad cristiana gentil, surgió el asunto de si los nuevos conversos gentiles debían circuncidarse o no. Para ello se estableció un ámbito de diálogo y “mucha discusión”, (Hch.15:7), en lo que más tarde se conocería como el Primer Concilio de Jerusalén, en el cual se resolvió en conjunto, puesto que les había parecido bien al Espíritu Santo y a ellos, (a “nosotros” dice Hch.15:28), no imponer la circuncisión a los gentiles como condición para comulgar y a esos efectos elaboraron una carta que enviaron a Antioquía para divulgar su resolución.
Vemos, en el anterior relato, un espíritu “democrático”, en el sentido de que no existían imposiciones ni se concebían las arbitrariedades de los principales líderes como “la verdad” o como una orden vertical, sino que predominaba el diálogo, la búsqueda del consenso, la unidad en el “sentir” pero nunca en el “pensar”. Varias veces el apóstol Pablo exhorta en sus epístolas a los creyentes a tener un mismo “sentir”, “parecer, (Fil.2:2; 1Co.1:10), y a estar “unidos en una misma mente”, pero debemos destacar que esta palabra, “mente”, en el griego tiene como término más próximo “Noûs”, que no refiere a “pensar” ni a “razón”, dado que estos términos aparecieron siglos después, sino que refiere al “alma”. En ninguna parte del Nuevo Testamento se nos insta a “pensar todos igual”, sino más bien que la exhortación es a “sentir todos igual”.
La historia parece indicar que fue en siglo II cuando nació una estructura jerárquica dentro de la Iglesia. Según el teólogo Hans Küng constó de tres fases antes del ascenso del obispo de Roma, hecho que consolidó la jerarquización eclesial. Una primera fase se da cuando los obispos-presbíteros, durante los últimos años del primer siglo, luego de la muerte paulatina de los primeros apóstoles, fueron imponiéndose a los profetas, maestros, diáconos y a los cristianos que desempeñaban otros servicios dentro de la Iglesia. La segunda fase se produce al comenzar a imperar el episcopado monárquico, es decir, un solo obispo por ciudad. En la tercera fase el episcopado se extiende a un territorio eclesial más allá de una sola ciudad, lo que se llamaría luego “diócesis”, palabra que viene del latín “dioecĕsis” que deriva del griego “διοικησις” (dioikēsis), y significa “administración, dirección, gobierno”. Finalmente el episcopado monárquico en Roma surge a mediados del siglo II, personificado en el obispo Aniceto.
Ateniéndome al desarrollo señalado pareciera que la jerarquización no formó parte de la esencia de la cuna del cristianismo, sino que fue un producto elaborado y alimentado por la sed de poder de los hombres. Atendiendo a esto, ¿por qué estamos cometiendo los mismos errores? ¿No podemos aprender de la Historia? El protestantismo, simbolizado en Lutero, representa una ruptura con la verticalidad monárquica y una apología a la libertad cristiana mediante la legitimación del sacerdocio universal, a saber, el hecho de que todos podemos acercarnos directamente a Dios a través de Jesucristo, lo cual nos pone en igualdad de condiciones delante del Soberano Señor. Las Sagradas Escrituras no hacen distinción entre cristianos, las distinciones las introdujeron hombres que querían apartarse de la masa y formar una “élite eclesial”, (Lutero). El Reformador, en su carta sobre la Libertad cristiana, escribió que esto es hacernos “verdaderos esclavos de la gente más incapaz del mundo”.
¿Cómo podemos alegar ser protestantes y evangélicos y permitir estructuras piramidales que sólo pretenden dominar a los hombres y usurpar la libertad que Cristo nos ha dado? Gran parte de las Iglesias neopentecostales actuales promueven la idealización del líder, la obediencia ciega, prácticas que terminan creando creyentes sumamente infantiles e incapaces de tomar decisiones por sí mismos o en comunión con el Espíritu Santo, gente muy confundida, lastimada y oprimida por no “poder ser”, negando así la esencia de La Reforma: Sola scriptura, (“sólo por medio de la Escritura”); Sola fide, (“sólo por la fe ”); Sola gratia (“sólo por la gracia”); Solus Christus (“sólo a través de Cristo”) y Soli Deo gloria (“la gloria sólo para Dios”).
Alguien podría intentar refutar argumentando que la monarquía fue instituida por Dios y que como cristianos somos parte de un Reino, (el Reino de Dios), pero ésta es una mezquina interpretación. A este último respecto, el Señor dejó muy en claro: “Mi reino no es de este mundo”, (Jn.18:36), y con relación a la institución monárquica es menester volver a las Escrituras y recordar que antes de que Israel tuviera rey, las naciones circundantes ya lo tenían, por lo cual podemos deducir que la monarquía fue una constitución humana. También es importante recordar que Israel pide rey al profeta Samuel diciendo “constitúyenos un rey que nos juzgue, como tienen todas las naciones”, (1S.8:5), y la respuesta de Dios fue clara “no te han desechado a ti, sino a mí me han desechado, para que no reine sobre ellos”, (1S.8:7). Dios sabía que el hombre quería ser rey, ser divinizado, se repite la tentación del pecado original: “seréis como Dios”, (Gn.3:5). El resultado de la cesión de rey a Israel resultó en la gran desgracia de esta nación: un pueblo dividido, tribus desaparecidas, cautiverio, esclavitud y la diáspora que recién finalizó el siglo pasado. Alto precio han pagado por “querer ser como Dios”, alto precio hemos pagado por “querer ser como Dios”, mejor dicho, alto precio ha pagado el Señor con Su sangre por nuestra ambición de poder… ¿seguiremos por el mismo camino? Espero que no, quiero una novia de Cristo diferente para mis hijos, espero que mi corazón lata para que mis ojos lo vean “antes que la lámpara se apague”.

Fuente: Lupatrotestante, 2017

lunes, 12 de octubre de 2015

Determinismo y libertad



Por Jaume Triginé, España*
Periódicamente se reabre el debate teológico acerca de la doctrina de la predestinación y del libre albedrío. Suele plantearse en términos dicotómicos o excluyentes. La elección divina como cortapisa a la libertad humana, que queda reducida a mero enunciado teórico, ya que Dios es entendido como una causa de índole determinista puesto que nada escapa a sus decisiones soberanas. Por otro lado, la libertad es considerada como la capacidad del ser humano para elegir y tomar sus propias decisiones, al margen de los condicionamientos de la existencia. Demasiado optimismo.
A la luz de la evolución teológica de los últimos dos siglos y de las ciencias humanas (especialmente la antropología, la biología, las neurociencias cognitivas, la psicología…), ¿no ha llegado la hora de sustituir esta visión dicotómica por la idea de un continuum o de polaridad ontológica como preconizaba ya Paul Tillich? De la misma forma que la física busca explicar las diferentes leyes, principios, constantes… de la naturaleza mediante una teoría unificada (la denominada Teoría del Todo), quizá debamos actuar de modo análogo frente a determinados presupuestos teológicos si pretendemos hacer comprensible y creíble a nuestros contemporáneos (y quizá a nosotros mismos) nuestras convicciones.
El debate tradicional conduce con frecuencia a una especie de callejón sin salida ya que, en palabras de Paul Tillich, «se desarrolla a un nivel secundario con respecto al nivel en el que yace la polaridad de libertad y destino». No es contrario a la razón ni a las aportaciones de las distintas ramas del saber asumir que en la experiencia humana se da un elemento determinista, en forma de plurales condicionamientos, y un elemento de libertad, específico del ser humano. El simple cambio semántico (predestinación por determinismo abierto y libre albedrío por libertad condicionada) empieza a clarificar conceptos y a sustituir los planteamientos excluyentes por una visión más integradora.
El destino al que hace referencia el teólogo alemán no debe ser entendido como una fuerza desconocida (hado) que obra de modo fatalista sobre las personas, sino como su situación en el mundo, del que forma parte. No es un extraño poder que determina los acontecimientos, sino la base de la libertad que, a su vez, participa en la configuración del destino.
Ser creados significa ser contingentes, limitados, finitos… No podemos sustraernos a los múltiples condicionamientos que nos determinan en mayor o menor grado. Así, podemos hablar de condicionamientos genéticos que se hallan en la base de ciertos rasgos de personalidad y de sus conductas. Existen condicionantes biológicos que incluyen la constitución física, las respuestas hormonales, la salud o la enfermedad… Desde Sigmund Freud, conocemos el poder del inconsciente y cómo muchas de nuestras conductas obedecen a este mundo interior desconocido. Tampoco podemos sustraernos a los condicionamientos ambientales y culturales. El ser humano nace incompleto e inmaduro y debe completar su desarrollo tras el nacimiento. El medio ambiente inhibe o actualiza potencialidades innatas. Los modelos parentales, la educación, el sistema de valores imperantes… terminarán por configurar una estructura final de personalidad. También debemos tener presentes los condicionamientos sociológicos y económicos. Quienes trabajan en servicios sociales saben que el actual modelo neoliberal genera muchas diferencias y mucha exclusión social y que esos condicionamientos acaban determinando la forma de vida de los afectados.
Todo ello nos induce a preguntarnos: ¿Estamos radicalmente predestinados? ¿Nuestra realidad personal e histórica se halla completamente determinada por los múltiples condicionamientos de la existencia? ¿Es posible emplear diferentes registros del lenguaje (literal, simbólico…) a la hora de explicar el concepto de predestinación? En la física tradicional, parecía que todo en el universo se hallaba predeterminado a partir de las leyes de mecánica clásica. Con la física cuántica aparece el concepto de incertidumbre que pasa a formar parte de la realidad y cobran sentido nuevas preguntas: ¿El principio de incertidumbre y la falta de previsibilidad abonan la posibilidad de decisión? ¿Existe realmente el libre albedrío? ¿Queda espacio para la libertad?
Para las neurociencias, nuestro cerebro no hace otra cosa que obedecer las leyes de la física (percepción/acción) y de la bioquímica neuronal, por lo que la libertad queda seriamente en entredicho. Con todo, no hay completa unanimidad frente a este modelo reduccionista y voces de prestigiosos investigadores postulan la capacidad (si bien no absoluta) para escoger, conscientemente, una alternativa entre varias opciones.
El profesor Joaquín M. Fuster, pionero de la neurofisiología de la cognición, señala que «la polémica sobre la existencia o no del libre albedrío como un todo o nada es algo puramente académico». La libertad humana es limitada y condicionada; sujeta a graduación. Solo Dios posee una libertad incondicionada. Nuestra libertad participa, inevitablemente, de las características de la finitud. Ahora bien, a pesar de los condicionamientos que la encorsetan, hablamos de libertad en el ser humano en la medida en que este:
  • Puede ir más allá de la realidad inmediata y construir estructuras imaginarias que dan lugar a la tecnología, al arte en sus diversas formas, a la filosofía y la cultura, en su sentido más general. La libertad de crear.
  • Puede elaborar principios éticos como son los patrones de comportamiento moral en el ámbito de la familia y la sexualidad; en el mundo del trabajo, en el comercio y los negocios; en las relaciones sociales… La libertad de actuar de un determinado modo. Libertad y responsabilidad son inseparables en este supuesto. De no existir la libertad, ¿podría un delincuente ser juzgado por actos en los que su voluntad no intervino? La libertad permite sopesar argumentos y motivos y tomar decisiones responsables.
  • Tiene el poder de deliberar y decidir más allá de los mecanismos de estímulo y respuesta del mundo animal y escoger, frente a un determinado estímulo, la respuesta más idónea. La libertad como elección. Somos libres en la medida en que el cerebro dispone de la potencialidad de realizar una u otra opción. De no poseer el ser humano esta posibilidad de escoger habría sido una cosa más entre las cosas, no una persona.
La teología actual, apoyada en las diversas ciencias humanas, permite erradicar polémicas, hoy innecesarias. Conceptos aparentemente opuestos como el determinismo y la libertad pueden ser incorporados en un modelo integrador. No hace falta enfrentar a Juan Calvino con Jacobo Arminio.
Cuando situamos los conceptos en un plano dialogal, determinismo, destino… no designan algo contrario a la libertad ni el libre albedrío puede desentenderse de los condicionantes de la existencia. Como nos recuerda Paul Tillich, «la libertad en polaridad (diálogo) con el destino constituye el elemento estructural que hace posible la existencia». Es en esta tensión vital (la libertad en un proceso dialéctico con sus condicionantes) que acontece el devenir humano, como una unidad de libertad y de destino.

*Jaume Triginé. Licenciado en Psicología por la Universidad de Barcelona. Articulista y autor de LA IGLESA DEL SIGLO XXI ¿CONTINUIDAD O CAMBIO?, de ¿HABLAMOS DE DIOS? TEOLOGÍA DEL DECÁLOGO y de ¿HABLAMOS DE NOSOTROS? ÉTICA DEL DECÁLOGO.
Fuente: Lupaprotestante, 2015.

domingo, 11 de octubre de 2015

El camino angosto de Jesús, nuestro camino



Por. Ignacio Simal Camps, España
El camino que emprendió Jesús desde que dio inicio a su ministerio, sin duda, fue el camino estrecho que conduce a la vida, y todos los que le siguieron tomaron la misma dirección, la dirección al mundo nuevo o, lo que es lo mismo, a la vida. Ello, según recogen los evangelios, establece un fuerte contraste con el camino fariseo, camino ancho por excelencia que conduce a la perdición, y no sólo a ellos, sino a todos los que le siguen.
El camino de Jesús es estrecho porque pone en solfa la comprensión tradicional de lo que significa ser piadoso y seguidor del Dios del Éxodo. Ese camino cuestiona y levanta ampollas entre los defensores de la moral tradicional. Es cuestión de tiempo, de poco tiempo, que los fariseos que aparecen en los evangelios decidan acabar con la vida de aquel que subvierte la teología y la moral tradicional de los garantes, en el contexto del pueblo de Dios, del “siempre se ha hecho así” o “las Escrituras y la tradición de los padres nos han enseñado”.
Existe un breve relato en el Evangelio según Mateo (Mt. 9) que arroja luz sobre lo que acabo de escribir. Me refiero a la narración que explica el llamamiento del publicano Mateo. Se nos cuenta que Jesús vio al futuro discípulo sentado a la mesa de los tributos, y le convocó a tomar el camino estrecho con un escueto “sígueme”. Nos hallamos ante una rotunda explicitación del camino de Jesús: llama a un recaudador de impuestos, a un publicano, a que le acompañe en el camino a la vida. Dicha acción entró en conflicto con la moral farisea de la época. Llamar como discípulo a una persona con mala reputación era altamente escandaloso. Más bien Jesús debía haber llamado como discípulos a personas respetables y sin tacha, moralmente hablando, si no quería entrar en un conflicto, con mal final, con los garantes de la teología y la moral tradicional. De haber sido así, su camino se hubiera tornado en espacioso e inmensamente cómodo. Pero no, el Galileo optó por la estrechez del camino que visibiliza el mundo nuevo de Dios.
Y no sólo eso, sino que entró a casa de Mateo. Casa que al momento se llenó de “publicanos y pecadores”. Nuestro Maestro compartió mesa con ellos, signo de comunión y acogida, con las gentes de moral algo más que distraída para los que se consideraban como santos y fieles cumplidores de la letra de la Ley. El cuestionamiento de “los santos” no se hizo esperar: «Cuando vieron esto los fariseos, dijeron a los discípulos: ¿Por qué come vuestro Maestro con los publicanos y pecadores?» (S. Mateo 9:11 RVR1960). Sin duda, el camino elegido por Jesús era estrecho, inmensamente estrecho para la miopía incorregible de los defensores de la pureza de Israel. El camino del Mesías es estrecho porque para los que lo transitan provoca un incesante conflicto con los que dividen el pueblo de Dios entre pecadores-herejes, y santos-ortodoxos. Recordemos que dicho conflicto llevaría al Nazareno a la condena a muerte, a la crucifixión.
La respuesta del Mesías Jesús no se hizo esperar: «Al oír esto Jesús, les dijo: Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. Id, pues, y aprended lo que significa: Misericordia quiero, y no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores, al arrepentimiento» (S. Mateo 9:12-13 RVR1960). Y así se establece el contraste entre el camino estrecho y el espacioso. El primero es transitado por “enfermos y pecadores”, el segundo es transitado por “sanos y justos”. El camino estrecho es un camino que posibilita la conversión al reino de Dios, el segundo simplemente respeta el status quo de la teología y la moral tradicionales.
El camino estrecho, a la manera de Jesús, nos conduce al conflicto, ya no con el mundo -que también-, sino con los santos-ortodoxos. El camino espacioso nos conduce al parabién del “fariseismo”, y nos evita vivir en conflicto, nos evita “perder la vida” por causa del Evangelio. La elección es nuestra, ahora toca decidirse por el camino que vamos transitar… El camino del rigorismo moral, o el camino de la libertad mesiánica. En el primero viviremos como auténticos esclavos, en el segundo experimentaremos el significado de ser personas verdaderamente libres. Soli Deo Gloria

*Ignacio Simal es pastor de la Església Evangèlica de Catalunya - Iglesia Evangélica Española en la Església Evangèlica Betel (Orient,28; Hospitalet, Barcelona), y en la Església Evangèlica Sant Pau (Aragó, 51- Barcelona). Es Presidente de la asociación Ateneo Teológico. Fundó Lupa Protestante en el año 2005. Hasta el mes de julio del año 2012 fue su director. Presidente de la Mesa de la Església Evangèlica de Catalunya, y Director de Comunicación de la Iglesia Evangélica Española (IEE). Es miembro de la Asociación de Teólogos y Teólogas Juan XXIII, y del Fòrum Català de Teologia i Alliberament. También dirige la revista de la IEE, "Cristianismo Protestante" (www.protestante.eu).

Fuente: Lupaprotestante, 2015

sábado, 29 de agosto de 2015

La mujer en nuestro tiempo y nuestra iglesia



Por. Miguel Juez, España
Quisiera mostrarles una foto, origen de este sueño a compartir. La pueden ver sobre estas líneas. Al observar esta foto, se mueve el corazón precisamente por lo que no se ve en ella. Es la historia de toda una cultura milenial, atada a tradiciones ancestrales donde el peso de las revelaciones condicionan la historia, la cultura, las tradiciones y los sueños íntimos de millones de mujeres. La imagen evidencia la historia de los pueblos, de las razas, y sobre todo, de las personas. En las redes sociales se solicitó que las personas dejaran por escrito lo que cada una podía llegar a percibir en esta imagen. Ha sido interesante recibir sus muchas respuestas. Sus expresiones, algunas reiteradas, fueron: Soledad e indiferencia; Abandono, soledad, desamparo; Silencio, tristeza, dolor, soledad; Amputación antropológica; Soledad y espera; Soledad, tristeza, esperanza; Incomunicación; y así muchísimas expresiones más o menos similares.
En otra ronda de preguntas, también por las redes sociales, se intentó analizar los tres tiempos verbales que se observan en la imagen.
Un pasado, de espaldas a ellas donde ya nada se puede hacer. Todo lo vivido ha quedado atrás. Su pasado ha condicionado su presente y frustrado su futuro.
Su presente es el que es. El peso de sus historias personales inclinan sus espaldas agobiadas por el dolor de sus propias frustraciones. En ese presente se muestra una esperanza que no se sabe de dónde vendrá.
Y su futuro. Su futuro está representado por ese gran muro a pocos metros de ellas. Un muro infranqueable por el peso de su historia y cultura. Un muro que limita y hace añicos el sueño de libertad para sus propios hijos y nietos. Un futuro sin futuro. Un muro que sólo le permite vislumbrar un futuro cercenado de libertad para decidir, para escoger, para proyectarse.
Es un presente y un futuro que sólo les autoriza a aceptar la orden de que sus hijas y nietas de nueve años puedan ser dadas en matrimonio. Que ellas mismas no puedan salir a la calle sin estar acompañadas por un familiar cercano. Que el goce de una relación íntima sólo debe ser para el hombre, por lo tanto ellas deberán sufrir una ablación de sus órganos íntimos por esa causa. Y un sin fin de presentes torturantes. Y al mirar esta realidad y la de nuestra propia sociedad evidenciamos cuánto valor tiene para nosotros el futuro. Nuestra mirada es el horizonte. Nada nos limita a soñar y alcanzar. Trabajamos hoy para mejorar el futuro propio y de nuestras familias. Nos esforzamos hoy para darles a los nuestros un futuro mejor. Nos movemos y esforzamos en función del futuro. Sin embargo, la realidad es que más de 600 millones de mujeres hoy no tienen futuro. Recordamos el ejemplo la Iglesia primitiva.
Fue necesario insertarse en la misma. Tomaron partido en las necesidades sentidas de la gente. No fueron ajenos a los vaivenes sociales de los agentes de turno que sojuzgaba la libertad y la dignidad de las personas. En verdad fueron sal para preservar la esencia con las que Dios dotó al hombre y a la mujer desde el mismo inicio de la creación, su libertad y dignidad. Consideraron que todo precio a pagar valía la pena y estuvieron de acuerdo con ello.

PLANTEAMIENTO PRÁCTICO
Y la Iglesia, el Pueblo de Dios, ¿cuál es nuestra lucha –no ya por el objetivo que las personas conozcan a Cristo– sino para ser agentes de cambios de historias, culturas y pueblos, para traer la libertad y la dignidad que todas las personas recibieron del Creador? Es la libertad, la misma que Dios Creador dotó al hombre y a la mujer en el Edén, la que el Pueblo de Dios debe anhelar para todo ser humano sobre la faz de la tierra. Puede ser que esa libertad, que incluye la libertad de decidir, le dé una oportunidad de encontrarse con su Salvador. O no. Tal vez su libertad de decisión, le lleve a continuar su propia decisión de vivir de espaldas a Dios. No importa. Es dueña de esa libertad.
La Iglesia no puede extender su mano de ayuda al mismo tiempo que extiende la otra para recibir a cambio una decisión por el Salvador. No sería ético y no tenemos ese ejemplo del Salvador. No hubo reproches para los nueve que no regresaron a Él, después de ser sanados. Respetó su libertad de ser agradecidos o no. También creo que éste es un desafío que deberán asumir como propio las mujeres del Pueblo de Dios. Es una lucha de la mujer a favor de la mujer. Es el llorar con la que llora y sufrir con la que sufre. Es padecer los dolores de un parto para que otra goce de su hija llamada Libertad.
La pregunta que surge ante esta realidad es:
  • ¿Cuánto me afecta en lo personal e íntimo esta imagen?
  • ¿Es una realidad más, de las muchas que me ofrecen tristemente los medios de comunicación?
  • ¿Será que esto es sólo un área de políticos y políticas de los pueblos? ¿Paso página y ya está? ¿Me olvido?
  • ¿O quizás, me duele la frustración ajena? ¿Hago mío el dolor de una madre o de una abuela que ve el mismo futuro sin futuro para los suyos?
  • ¿Seré, seremos capaces las mujeres cristianas evangélicas de hacer un frente común ante un mundo que poco o nada le importa la libertad y la dignidad de millones de mujeres?
  • ¿Podremos llegar a decir y creer que nuestras manos sólo sostienen una vara, tan sólo una vara, capaz de traer libertad, dignidad, futuro para millones de mujeres? ¿Por qué, no?
  • ¿El cómo hacer? ¿Qué hacer?… Habla, Señor, que tu hija oye.

COMPARTIENDO UN SUEÑO
Para concluir, sólo puedo decir: ¡cuán difícil se nos hace compartir un sueño! Es todo tan subjetivo y personal que se complica para encontrar la línea de los pensamientos a comunicar. No obstante, aun así hay certezas en algunos extremos de este sueño.
Una de las certezas es que debe ser compartido; otra certeza es el reconocimiento de la dificultad o capacidad personal para hacerlo. Otra es que no depende de uno el verlo hecho realidad, pero sí el deber de compartirlo. Otra certeza es que entre el tiempo invertido hoy y el momento de ver cambios en el futuro pasarán años. Otra certeza, y quizás la mayor, es que vale la pena emprender este desafío de fe.
En verdad es un sueño que quita el sueño. Paradojas de nuestro interior. Para ubicarnos en el espíritu de este momento y de estas palabras, consideremos esta imagen.
Todo un pueblo, miles de hombres, mujeres y niños. Cuatrocientos treinta años viviendo en tierra ajena. En realidad, no tenían tierra propia, sólo una promesa de poseerla de Alguien que parecía haberse olvidado de ellos. En los últimos años, uno se levantó en nombre de otro que dice llamarse "Yo Soy el que Soy" y vino a nosotros. No podemos, dice el pueblo, negar que hizo milagros y prodigios, pero quién sabe… el peso de nuestra historia de dolor y sufrimiento nos hace dudar. Y salieron por orden de aquél que tenía un Nombre no común entre ellos. Su salir fue apresurado, hasta glorioso y expectante. Caminaron por horas y días tal vez, hasta llegar al final del camino.
Frente a ellos un mar imposible de cruzar. ¿Dificultad? Ésta es la menor. Un raro ruido y un perceptible temblor de tierra les hizo volver sus ojos atrás, para divisar a lo lejos un ejército arrepentido de haber dejado ir a una multitud de esclavos y con la sangre en sus ojos para vengarse por la humillación sufrida. Un mar al frente y un ejército con sed de venganza que se aproxima por detrás. ¿Qué hacemos? ¿No hubiese sido mejor morir en vergüenza que aquí sin saber qué hacer? Para colmo, delante nuestro el “iluminado” que nos dice: No temáis. Sin embargo, este “iluminado” contaba, para tamaña aventura, con el arma más poderosa conocida ayer y hoy. Una simple vara. Sí, una simple vara. Y con esta simple vara y en obediencia a la Palabra de aquél que tenía un nombre poco conocido, abrió el mar en seco, pasó Israel y sucumbió bajo las aguas el poderoso ejército egipcio. Para enfrentar el desafío de compartir este sueño, no contamos con nada. Sólo con una vara llamada “convicción” y un "Yo Soy el que Soy" capaz de producir cambios en la historia y las culturas de los pueblos. ¿Acaso no es suficiente?

CONVICCIÓN FINAL
Hay una mujer, entre las siervas de Dios, que oirá como un trueno el susurro de la voz de un Mardoqueo que dice: … ¿Y quién sabe si para esta hora has llegado al reino?

Fuente: Protestantedigital