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miércoles, 4 de mayo de 2016

Cuando la indiferencia es una atroz violencia



Por. Juan Ramón Junqueras, España*
El vínculo entre el evangelio y la responsabilidad social de los cristianos se manifiesta claramente en el proyecto de Jesús. La Biblia insiste en que, cuando predominan la pobreza, la injusticia y la opresión, la fe que habla sólo a las necesidades espirituales de la gente, fallando en demostrar una férrea voluntad de cambiar las cosas, es una adoración falsa (Isaías 58). Como lo expresó Gandhi: “Debemos vivir en nosotros mismos los cambios que queremos ver en el mundo”.
Un seguidor y verdadero creyente en Jesús no puede tratar con indiferencia las desigualdades materiales, ni la manifestación de poder y privilegios que hiere a tantos, y conduce al empobrecimiento de muchos. El evangelio invita a solidarizarse con todos los que sufren, para juntos recibir, incorporar y compartir las buenas nuevas de Jesús, y mejorar la vida. Hay veces cuando la indiferencia puede llegar a ser una de la más atroz de las violencias.
Nuestra sociedad ha tratado de despersonalizar la pobreza, hablando en términos de programas, organizaciones y estructuras. Sin embargo, la pobreza es personal. Los pobres, los marginados, los discapacitados, los inmigrantes son personas. Ésta es la gente de la que habla Jesús vez tras vez en su enseñanza y en su predicación. Busca dignificarlos, y desafía a los cristianos a asumir su deber de constituirse en una bendición para ellos.
Como tal, el seguidor del maestro de Nazaret debe involucrarse en esta situación humana. No puede argumentar que no es culpable de que estas personas sean pobres, y no tengan sitio en nuestro mundo racista, clasista y perturbado. La crisis, la parálisis que sufre esta sociedad es una creación humana. Y para quienes son unos privilegiados, ignorar a los pobres constituye una contradicción entre la confesión de fe y la conducta.
Los seguidores de Jesús han de responder a la pregunta que Caín formuló a Dios: “¿Soy yo, acaso, guarda de mi hermano?” (Génesis 4, 9b). ¿Cómo puedo llamarme seguidor de Cristo cuando no cuido de mi prójimo? ¿Cómo puedo pretender representar al Reinado de Dios, y no ocuparme de manera seria y práctica de las personas que están incluidas en su Reino?
Creer en Dios es creer en la vida de todos, especialmente en la vida de los pobres. La fe cristiana no permite pactar con la muerte de los pobres, ni sublimar sus miserias en nombre de la cruz o de una vida futura. Creer es crear. Ha de serlo. Crear espacios de fe y de acción, donde la vida digna pueda abrirse camino.
Allí donde se agrede la vida, se agrede a Dios. Allí donde el cristianismo no propaga ni anima la vida, allí donde las prácticas de los cristianos y sus dirigentes no crean espacio para la vida, y para aquello que manifiesta la presencia de la vida —la alegría, la libertad, la creatividad—, allí habrá que preguntar a qué Dios se anuncia y se adora.
Ir ampliando el Reinado de Dios aquí en la tierra o, lo que es igual, ir facilitando el nacimiento de una sociedad alternativa sin excluidos, sigue siendo hoy —y tal vez hoy más que nunca— el gran reto de los seguidores de Jesús. Esto es a lo que más se dedicará Jesús durante toda su vida; por esta causa morirá y por esto, como confirmación de la verdad de su camino, resucitará al tercer día.
El desafío constante que la pobreza presenta a los seguidores de Jesús es acompañar, sin ningún tipo de reparo, la proclamación de la verdad acerca del amor, la compasión y el interés por los otros, con actuaciones a favor de la justicia social y la dignidad de todos los seres humanos. Descubrir maneras concretas de aliviar las cargas del pobre y el necesitado. Verlos como personas con quienes los seguidores de Jesús son uno en Dios.
La Biblia lo deja claro: la responsabilidad social de los cristianos hacia los que sufren la injusticia social no es de menor importancia que la predicación del evangelio —ni es opcional— porque son lo mismo. Es una parte integrante del evangelio.

* Juan Ramón Junqueras. Estudió Teología en Francia y ha sido pastor cristiano adventista en Suiza y en España. Se especializó en medios de comunicación. Dirigió durante seis años el programa de radio ONGente. Actualmente es empresario. Su gran pasión es escribir sobre Jesús de Nazaret, e intentar que su mensaje conecte con la mentalidad posmoderna.

Fuente: Lupaprotestante, 2016.

jueves, 31 de marzo de 2016

Cuando la indiferencia es una atroz violencia



Por. Juan Ramón Junqueras, España*
El vínculo entre el evangelio y la responsabilidad social de los cristianos se manifiesta claramente en el proyecto de Jesús. La Biblia insiste en que, cuando predominan la pobreza, la injusticia y la opresión, la fe que habla sólo a las necesidades espirituales de la gente, fallando en demostrar una férrea voluntad de cambiar las cosas, es una adoración falsa (Isaías 58). Como lo expresó Gandhi: “Debemos vivir en nosotros mismos los cambios que queremos ver en el mundo”.
Un seguidor y verdadero creyente en Jesús no puede tratar con indiferencia las desigualdades materiales, ni la manifestación de poder y privilegios que hiere a tantos, y conduce al empobrecimiento de muchos. El evangelio invita a solidarizarse con todos los que sufren, para juntos recibir, incorporar y compartir las buenas nuevas de Jesús, y mejorar la vida. Hay veces cuando la indiferencia puede llegar a ser una de la más atroz de las violencias.
Nuestra sociedad ha tratado de despersonalizar la pobreza, hablando en términos de programas, organizaciones y estructuras. Sin embargo, la pobreza es personal. Los pobres, los marginados, los discapacitados, los inmigrantes son personas. Ésta es la gente de la que habla Jesús vez tras vez en su enseñanza y en su predicación. Busca dignificarlos, y desafía a los cristianos a asumir su deber de constituirse en una bendición para ellos.
Como tal, el seguidor del maestro de Nazaret debe involucrarse en esta situación humana. No puede argumentar que no es culpable de que estas personas sean pobres, y no tengan sitio en nuestro mundo racista, clasista y perturbado. La crisis, la parálisis que sufre esta sociedad es una creación humana. Y para quienes son unos privilegiados, ignorar a los pobres constituye una contradicción entre la confesión de fe y la conducta.
Los seguidores de Jesús han de responder a la pregunta que Caín formuló a Dios: “¿Soy yo, acaso, guarda de mi hermano?” (Génesis 4, 9b). ¿Cómo puedo llamarme seguidor de Cristo cuando no cuido de mi prójimo? ¿Cómo puedo pretender representar al Reinado de Dios, y no ocuparme de manera seria y práctica de las personas que están incluidas en su Reino?
Creer en Dios es creer en la vida de todos, especialmente en la vida de los pobres. La fe cristiana no permite pactar con la muerte de los pobres, ni sublimar sus miserias en nombre de la cruz o de una vida futura. Creer es crear. Ha de serlo. Crear espacios de fe y de acción, donde la vida digna pueda abrirse camino.
Allí donde se agrede la vida, se agrede a Dios. Allí donde el cristianismo no propaga ni anima la vida, allí donde las prácticas de los cristianos y sus dirigentes no crean espacio para la vida, y para aquello que manifiesta la presencia de la vida —la alegría, la libertad, la creatividad—, allí habrá que preguntar a qué Dios se anuncia y se adora.
Ir ampliando el Reinado de Dios aquí en la tierra o, lo que es igual, ir facilitando el nacimiento de una sociedad alternativa sin excluidos, sigue siendo hoy —y tal vez hoy más que nunca— el gran reto de los seguidores de Jesús. Esto es a lo que más se dedicará Jesús durante toda su vida; por esta causa morirá y por esto, como confirmación de la verdad de su camino, resucitará al tercer día.
El desafío constante que la pobreza presenta a los seguidores de Jesús es acompañar, sin ningún tipo de reparo, la proclamación de la verdad acerca del amor, la compasión y el interés por los otros, con actuaciones a favor de la justicia social y la dignidad de todos los seres humanos. Descubrir maneras concretas de aliviar las cargas del pobre y el necesitado. Verlos como personas con quienes los seguidores de Jesús son uno en Dios.
La Biblia lo deja claro: la responsabilidad social de los cristianos hacia los que sufren la injusticia social no es de menor importancia que la predicación del evangelio —ni es opcional— porque son lo mismo. Es una parte integrante del evangelio.

*Juan Ramón Junqueras. Estudió Teología en Francia y ha sido pastor cristiano adventista en Suiza y en España. Se especializó en medios de comunicación. Dirigió durante seis años el programa de radio ONGente. Actualmente es empresario. Su gran pasión es escribir sobre Jesús de Nazaret, e intentar que su mensaje conecte con la mentalidad posmoderna.

Fuente: Lupaprotestante, 2016.

domingo, 13 de diciembre de 2015

Mística para todos



Por. Jaume Triginé, España
Hemos de reconocer que la mística no tiene demasiado predicamento en nuestro mundo evangélico. Con frecuencia establecemos identidades mediante un posicionamiento antitético frente a los postulados procedentes de la iglesia católica. Asociamos la mística a las experiencias espirituales de sus místicos y no terminamos de percibir su entronque con las doctrinas reformadas. Con frecuencia, nuestros apriorismos se convierten en filtros distorsionadores que nos sitúan en el prejuicio y la subjetividad. También en este asunto.
Quizá la mística deba ser entendida como la intensificación en grado máximo de la experiencia espiritual de la cotidianidad y no requiera pensar en personas fuera de lo común y distintas de la mayoría de los mortales en cuanto a su esencialidad constitutiva. Los místicos no son personas alejadas de la realidad, como frecuentemente pensamos, sino arraigadas y comprometidas con ella.
Nos hallamos en un momento en el que, como resultado de un resurgir de la espiritualidad, algunas personas se orientan a la búsqueda de fenómenos extraordinarios. Esta obsesión por sentir y/o experimentar, muy propio de la postmodernidad, podría incluso partir de una personalidad poco integrada, llegar a reflejar algún trastorno psicopatológico o representar una huida de la realidad. Más que una búsqueda, la mística, considerada como una vivencia ocasional de acceso a la inaccesibilidad divina, es un don recibido.
El teólogo José Ignacio Gonzáles Faus, al tratar de la autenticidad de la experiencia mística, excluye este proceso de búsqueda, ratificando implícitamente el concepto de don: «La experiencia mística no puede ser buscada ni puede ser resultado de una búsqueda. Y si se produjera de esta manera, podemos afirmar que no es Dios lo que allí se ha experimentado».
La experiencia de Pablo relatada en la segunda carta a los corintios confirma este acto de gracia. «Conozco a un hombre que cree en Cristo y que hace catorce años fue llevado al tercer cielo. No sé si fue en cuerpo o en espíritu; eso Dios lo sabe.» En el relato se añade la dificultad de comunicar la experiencia: «oyó palabras tan secretas que a nadie se le permite pronunciar», así como su carácter excepcional: «hace catorce años».
Pero también podemos situarnos en el nivel de lo habitual y hablar de una mística de la cotidianidad. Pablo relata, en su carta a los gálatas, su común vivencia de fe en estos términos: «ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Y la vida que ahora vivo en el cuerpo, la vivo por mi fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó a la muerte por mí». Es la conciencia de la presencia de Dios en nosotros por su Espíritu. Esta mística es ofrecida a todos.
Si la vivencia de gratuidad que representa el más alto grado de la espiritualidad que conduce a la experiencia de Dios puede describirse como una mística de ojos cerrados (estado de oración, éxtasis…), la mística de la cotidianidad puede describirse, en acertada expresión de Johann Baptist Metz, como una mística de ojos abiertos.
De ojos abiertos por tratarse de una espiritualidad entendida como una forma habitual de ser y actuar de la persona creyente y no tanto como un determinado momento dedicado a prácticas de ojos cerrados como pueden ser la oración, la introspección o la meditación. De ojos abiertos porque de la experiencia individual transitamos a la incorporación de valores como la solidaridad con los que sufren, para hacer emerger la iglesia de la compasión, que es la forma en la que Dios se hace presente entre los últimos.
Nos hallamos, de nuevo, frente a una mística para todos. En palabras del propio Johann Baptist Metz: «Esta mística de la compasión no es una cuestión elitista; es, por así decir, una mística cotidiana que nos es dada a todos y a todos nos es exigida». No es una invitación al heroísmo ni a una santidad sublime fuera del alcance de muchos. Parafraseando los términos para la clasificación de las películas, esta mística debe ser apta para todos los públicos. A todos nos es dada y a todos nos es exigida.
La mística de ojos abiertos requiere educar la mirada para identificar a tantos seres humanos que se hallan al otro lado de nuestras fronteras geográficas, culturales o personales a la búsqueda de nuestros privilegios y de nuestras abundancias. Fronteras que algunos no cruzarán porque no sobrevivirán al intento y quienes lo logren aún tendrán que hacer frente a la hostilidad de quienes les rechazan como un cuerpo extraño.
Pero no hace falta pensar necesariamente en los fenómenos migratorios. La mística de ojos abiertos es una mística buscadora de los rostros de tantas personas que sufren por distintas causas: parados que difícilmente podrán incorporarse nuevamente al mundo del trabajo, jóvenes que se han quedado sin esperanzas y sin sueños, enfermos con insuficiente atención sanitaria, víctimas de la violencia de género, padres que han perdido a un hijo y necesitan consuelo, personas tristes y desanimadas, personas excluidas del sistema que malviven de la ayuda de las ONG…
Frente a tantas necesidades, que una mirada atenta percibe con facilidad, la mística cristiana, de nuevo en palabras de Johann Baptist Metz, «no es en su núcleo una mística de ojos cerrados, sino de ojos dolorosamente abiertos». Es por ello que la parábola del buen samaritano ejemplariza la forma en que los cristianos deberíamos actuar: identificando el rostro de las víctimas y atendiendo, dentro de los límites posibilistas, sus necesidades.
La iglesia no puede escudarse ni tranquilizarse apelando a la causalidad de los hechos: sistema económico de tintes neoliberales, oligarquías inmisericordes, leyes del mercado o a determinadas actitudes de los propios afectados; la mirada de Jesús no se dirigía tanto a censurar el pecado, sino a minimizar el sufrimiento. Habrá que continuar tomando en serio las palabras del Maestro de Nazaret: «Os aseguro que todo lo que hicisteis a uno de estos hermanos míos más humildes, a mi lo hicisteis». Es el compromiso en favor de aquellas situaciones de la realidad que nos desbordan y para las que no siempre hallamos respuestas.
Frente al estado de saturación e insensibilización que produce la proliferación de tantos dramas humanos conocidos a través de los medios de comunicación, debemos permitir que resuenen, una vez más entre nosotros, las palabras de Jesús: «¿No entendéis ni comprendéis? ¿Aún tenéis endurecido vuestro corazón? ¿Teniendo ojos no veis, y teniendo oídos no oís?».

Fuente: Lupaprotestante, 2015.