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jueves, 31 de diciembre de 2015

Ídolos que simulan virtud



Por. Martin Payba Adet, Argentina
Desde siempre me transmitieron la importancia de leer la Biblia a diario. Algo muy bueno y sin lugar a dudas recomendable para el conocimiento de Dios, de su revelación en Jesús. Aun así, a veces me daba la impresión de que la importancia del encuentro con la Biblia se distorsionaba. Ya no era tanto una sana enseñanza. Poco a poco comenzaba a ser algo más. Hace unos años empecé a notar que esta disciplina se convertía sutilmente en un criterio de espiritualidad, en uno de los ejes fundamentales del actuar cristiano, un termómetro del fervor. En otras palabras, se convertía en un fin en sí mismo. Y si esto es así, es un grave error.
Encuentro muchas personas diciendo que cuando no están en la voluntad de Dios o cuando están lejos de Dios, sus vidas están mal. En el transcurso de la conversación algunos señalan que esto se debe a la falta de lectura bíblica, entre otras cosas. Por el contrario, resulta curioso que muy pocas veces escucho decir que esta lejanía se deba al egoísmo o al desamor, o a no ser compasivo o paciente.
Lo que la enseñanza evangélica insistentemente ha estado machacando en nuestras cabezas —no sistemáticamente, sino de una manera más bien flotante— es que hay tres cosas fundamentales para cumplir con el quehacer cristiano: leer la biblia a diario, tener un tiempo de oración concreto y asistir fielmente los domingos a las reuniones de culto. Esos son los supuestos requisitos indispensables. En sí mismas, estas cosas, como ya mencioné, no son malas, sino incluso todo lo contrario, siempre y cuando la lectura sea reflexiva y fruto de una sed verdadera; la oración sea una entrega genuina, no motivada por la culpa o con fines de auto-redención y el acto de reunirse no sea costumbrismo, sino sincera comunión. Cuando no es así, esta trinidad de conductas termina siendo más dios que el verdadero Dios. Jesús pone esta cuestión sobre el tapete con la parábola del buen samaritano. El que se quedó observando sus asuntos cultuales (asistencia al templo y otras actitudes religiosas) no es ejemplar para Jesús, sino este hombre anónimo de Samaria, que activamente ama a su prójimo. Este es el criterio fundamental.
El problema es que el acto de bien no es patrimonio del cristianismo, sino un don que Dios regaló a la humanidad. No es un acto de exclusividad cristiana, no es un acto que nos separe y por ende nos dé contraste. Queremos lo palpable, lo concreto, lo mensurable para poder dejar en paz a nuestra conciencia de que somos espirituales porque esta semana leímos cuatro veces la Biblia, pero estamos tibios cuando solo la leímos una vez. Pero ese no es el pensamiento de Jesús. Aunque hay actos de exclusividad cristiana, el acento de Jesús parece estar en cuestiones más universales como la paciencia o la compasión. Aun así, volvemos a construir nuestra identidad en torno a lo tangible, a lo exclusivo: ir al templo, leer un capitulo diario, tener media hora de oración, apartar el diezmo, cosas que si son un fin en sí mismas son solo para calmar la sed religiosa de nuestra conciencia que quiere decirnos: haciendo esto soy cristiano, soy espiritual.
Volvamos a lo que sabemos que Dios quiere y llevémoslo a nuestro contexto. Suena muy bien decir: “Liberemos a los cautivos, pongamos vendas al herido” ¿Pero como liberamos y como vendamos hoy, donde la necesidad no radica en heridas físicas necesariamente? Hoy liberamos con un abrazo silencioso; vendamos las heridas con una escucha sincera y sin interrupciones; amamos cuando no somos presurosos para juzgar u opinar, cuando aliviamos siendo prudentes con nuestras palabras; imitamos a Jesús ejercitando activa y conscientemente servicio al otro. Todo esto es intangible porque pertenece a una categoría diferente a la terrenal, es intangible porque es netamente espiritual. Jesús quiere derribar nuestros pequeños lugares de seguridad, nuestros altares y nuestros ídolos. Nos quiere recordar que ‘ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre (…) mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad’. Jesús quiere que abandonemos nuestros fetiches, nuestros amuletos, nuestras oraciones mágicas y nuestras supersticiones disfrazadas de espiritualidad. Jesús sigue diciendo: ‘Misericordia quiero y no sacrificio’. Mientras sigamos sacrificando nuestros corderos para apagar la ira de nuestros dioses falsos seguiremos esquivos al aroma de redención y de libertad que nos da Jesús. El desafío es soltar las exigencias falsas del juez interior que busca el cumplimiento de la ley y ser capaces de mirar al Cordero, que quita el pecado del mundo y nos da la libertad de vivir en Su espíritu.

Fuente: Lupaprotestante, 2015.

domingo, 13 de diciembre de 2015

Mística para todos



Por. Jaume Triginé, España
Hemos de reconocer que la mística no tiene demasiado predicamento en nuestro mundo evangélico. Con frecuencia establecemos identidades mediante un posicionamiento antitético frente a los postulados procedentes de la iglesia católica. Asociamos la mística a las experiencias espirituales de sus místicos y no terminamos de percibir su entronque con las doctrinas reformadas. Con frecuencia, nuestros apriorismos se convierten en filtros distorsionadores que nos sitúan en el prejuicio y la subjetividad. También en este asunto.
Quizá la mística deba ser entendida como la intensificación en grado máximo de la experiencia espiritual de la cotidianidad y no requiera pensar en personas fuera de lo común y distintas de la mayoría de los mortales en cuanto a su esencialidad constitutiva. Los místicos no son personas alejadas de la realidad, como frecuentemente pensamos, sino arraigadas y comprometidas con ella.
Nos hallamos en un momento en el que, como resultado de un resurgir de la espiritualidad, algunas personas se orientan a la búsqueda de fenómenos extraordinarios. Esta obsesión por sentir y/o experimentar, muy propio de la postmodernidad, podría incluso partir de una personalidad poco integrada, llegar a reflejar algún trastorno psicopatológico o representar una huida de la realidad. Más que una búsqueda, la mística, considerada como una vivencia ocasional de acceso a la inaccesibilidad divina, es un don recibido.
El teólogo José Ignacio Gonzáles Faus, al tratar de la autenticidad de la experiencia mística, excluye este proceso de búsqueda, ratificando implícitamente el concepto de don: «La experiencia mística no puede ser buscada ni puede ser resultado de una búsqueda. Y si se produjera de esta manera, podemos afirmar que no es Dios lo que allí se ha experimentado».
La experiencia de Pablo relatada en la segunda carta a los corintios confirma este acto de gracia. «Conozco a un hombre que cree en Cristo y que hace catorce años fue llevado al tercer cielo. No sé si fue en cuerpo o en espíritu; eso Dios lo sabe.» En el relato se añade la dificultad de comunicar la experiencia: «oyó palabras tan secretas que a nadie se le permite pronunciar», así como su carácter excepcional: «hace catorce años».
Pero también podemos situarnos en el nivel de lo habitual y hablar de una mística de la cotidianidad. Pablo relata, en su carta a los gálatas, su común vivencia de fe en estos términos: «ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Y la vida que ahora vivo en el cuerpo, la vivo por mi fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó a la muerte por mí». Es la conciencia de la presencia de Dios en nosotros por su Espíritu. Esta mística es ofrecida a todos.
Si la vivencia de gratuidad que representa el más alto grado de la espiritualidad que conduce a la experiencia de Dios puede describirse como una mística de ojos cerrados (estado de oración, éxtasis…), la mística de la cotidianidad puede describirse, en acertada expresión de Johann Baptist Metz, como una mística de ojos abiertos.
De ojos abiertos por tratarse de una espiritualidad entendida como una forma habitual de ser y actuar de la persona creyente y no tanto como un determinado momento dedicado a prácticas de ojos cerrados como pueden ser la oración, la introspección o la meditación. De ojos abiertos porque de la experiencia individual transitamos a la incorporación de valores como la solidaridad con los que sufren, para hacer emerger la iglesia de la compasión, que es la forma en la que Dios se hace presente entre los últimos.
Nos hallamos, de nuevo, frente a una mística para todos. En palabras del propio Johann Baptist Metz: «Esta mística de la compasión no es una cuestión elitista; es, por así decir, una mística cotidiana que nos es dada a todos y a todos nos es exigida». No es una invitación al heroísmo ni a una santidad sublime fuera del alcance de muchos. Parafraseando los términos para la clasificación de las películas, esta mística debe ser apta para todos los públicos. A todos nos es dada y a todos nos es exigida.
La mística de ojos abiertos requiere educar la mirada para identificar a tantos seres humanos que se hallan al otro lado de nuestras fronteras geográficas, culturales o personales a la búsqueda de nuestros privilegios y de nuestras abundancias. Fronteras que algunos no cruzarán porque no sobrevivirán al intento y quienes lo logren aún tendrán que hacer frente a la hostilidad de quienes les rechazan como un cuerpo extraño.
Pero no hace falta pensar necesariamente en los fenómenos migratorios. La mística de ojos abiertos es una mística buscadora de los rostros de tantas personas que sufren por distintas causas: parados que difícilmente podrán incorporarse nuevamente al mundo del trabajo, jóvenes que se han quedado sin esperanzas y sin sueños, enfermos con insuficiente atención sanitaria, víctimas de la violencia de género, padres que han perdido a un hijo y necesitan consuelo, personas tristes y desanimadas, personas excluidas del sistema que malviven de la ayuda de las ONG…
Frente a tantas necesidades, que una mirada atenta percibe con facilidad, la mística cristiana, de nuevo en palabras de Johann Baptist Metz, «no es en su núcleo una mística de ojos cerrados, sino de ojos dolorosamente abiertos». Es por ello que la parábola del buen samaritano ejemplariza la forma en que los cristianos deberíamos actuar: identificando el rostro de las víctimas y atendiendo, dentro de los límites posibilistas, sus necesidades.
La iglesia no puede escudarse ni tranquilizarse apelando a la causalidad de los hechos: sistema económico de tintes neoliberales, oligarquías inmisericordes, leyes del mercado o a determinadas actitudes de los propios afectados; la mirada de Jesús no se dirigía tanto a censurar el pecado, sino a minimizar el sufrimiento. Habrá que continuar tomando en serio las palabras del Maestro de Nazaret: «Os aseguro que todo lo que hicisteis a uno de estos hermanos míos más humildes, a mi lo hicisteis». Es el compromiso en favor de aquellas situaciones de la realidad que nos desbordan y para las que no siempre hallamos respuestas.
Frente al estado de saturación e insensibilización que produce la proliferación de tantos dramas humanos conocidos a través de los medios de comunicación, debemos permitir que resuenen, una vez más entre nosotros, las palabras de Jesús: «¿No entendéis ni comprendéis? ¿Aún tenéis endurecido vuestro corazón? ¿Teniendo ojos no veis, y teniendo oídos no oís?».

Fuente: Lupaprotestante, 2015.

domingo, 22 de noviembre de 2015

¿Cómo responder a los eventos de París? Una propuesta cristiana radical



Por. Juan Stam, Costa Rica*
En 2001, cuando los talibanes atacaron las torres gemelas de Nueva York, me acordé de la experiencia parecida de Israel cuando Nabucodonosor conquistó Jerusalén, destruyó el sagrado templo y muchos otros edificios de la ciudad, robó los tesoros del templo y del palacio y llevaron a miles al exilio en Babilonia. En muchos sentidos, era peor que el 11 de setiembre. Me puse a investigar cómo respondieron los profetas hebreos a esa tragedia nacional parecida, o peor, a la de las torres gemelas.
¡Qué sorpresa! En vez de culpar a los babilonios, con enojo y odio, los profetas señalan los muchos pecados de Israel y les llama al arrepentimiento. Para los profetes, el problema comienza con el mismo Israel más que con Babilonia. En contraste, en 2001 George W. Bush hizo lo contrario. Lejos de llamarnos al arrepentimiento, para reconocer nuestros propios pecados y nuestra culpa, con arrogancia (“Yo sé lo buenos que somos”) se la echó toda a los talibanes y llamó al país y a sus aliados a una guerra sin cuartel, guerra que desde entonces ha ido de mal en peor y hasta “en pésimo”.
Esto me lleva a sugerir algunas pautas para responder a este interminable conflicto:
Humildad: Nos equivocamos si nos creemos las víctimas inocentes de un terrorismo irracional sin la menor justificación. De hecho, los EUA y sus aliados (incluso Israel) han matado a más personas que los árabe-islámicos. Tenemos que reconocer que todos somos co-culpables y son muchos los “terroristas”.
Empatía: Tenemos que aprender a ver la realidad con los ojos de otros. Tenemos que entender mejor por qué tantos jóvenes se radicalizan hasta el punto de entregar sus vidas. Por ejemplo, sean justificables o no las repetidas masacres de los palestinos de Gaza por Israel, debemos entender el impacto de tales sucesos en la conciencia de los árabe-islámicos.
Perdón: Cuando respondemos al odio con odio, y a la violencia con más violencia, activamos un círculo vicioso del mismo odio y de la misma violencia. En cambio, si perdonamos robamos a los agresores el odio que esperaban provocar. La respuesta a la violencia no es más violencia, sino más amor.
Antoine Leiris, periodista de radio francesa, quien perdió a su bella esposa en el asalto al Teatro Bataclán, publicó una carta conmovedora sobre el odio y el perdón:
La noche del viernes ustedes robaron la vida de un ser excepcional, el amor de mi vida, la madre de mi hijo, pero ustedes no tendrán mi odio… Así que yo no les daré el regalo de odiarlos. Eso es lo que ustedes están buscando, pero responder al odio con el odio y la rabia sería ceder a la misma ignorancia que hace de ustedes lo que son… Por supuesto que estoy devastado por el dolor, les concedo esa pequeña victoria, pero esta será de corta duración… Porque no, ustedes no obtendrán mi odio”.
Compasión: La compasión es el amor en acción hacia los necesitados y, especialmente hacia los enemigos. Es un deber, no solo una opción voluntaria. El caso de los muchos miles de refugiados desesperados nos impone obligaciones de amor cristiano. Es una vergüenza que esta situación esté siendo manipulada con fines políticos.
Protección: Nada de esto contradice el deber del gobierno de proteger a su población dentro de parámetros realistas y razonables. Un elemento para reducir la violencia y así proteger a la ciudadanía sería promover cambios en nosotros y nuestros aliados (arrepentimiento, humildad, empatía, compasión, diálogo). Todo lo que frena el odio contribuye a la seguridad del pueblo.
Diálogo intercultural e interreligioso: En estos conflictos son cruciales grandes malentendidos religiosos. Es urgente conocernos mejor y respetarnos mutuamente
Oración: “A Dios orando y con el mazo dando”. Clamemos al Dios de la historia y luchemos incansablemente por la justicia y la paz.
“Si mi pueblo, que lleva mi nombre, se humilla y ora, y me busca y abandona su mala conducta yo lo escucharé desde el cielo, perdonaré su pecado y restauraré su tierra” (2Cron 7:14).

Juan Stam. Costarricense, Doctor en teología por la Universidad de Basilea, Suiza. Por muchos años fue profesor del Seminario Bíblico Latinoamericano (hoy UBL), de la Universidad Nacional Autónoma de Costa Rica, y de otras instituciones teológicas en San José. Es autor de muchos artículos y varios libros, en especial, el comentario a Apocalipsis de la serie Comentario Bíblico Iberoamericano.

Fuente: Lupaprotestante, 2015.

viernes, 20 de noviembre de 2015

¿Sirve de algo la oración?



Por. Alfonso Pérez Ranchal, España
Muchas cosas están mal mamá y no se pueden arreglar rezando”. (Jennifer Lawrence a su madre Kim Basinger en la película “Lejos de la tierra quemada”).
La oración es uno de los temas más desconcertantes a los que se pueda enfrentar un cristiano. Éste, por un lado, reconoce que su Maestro Jesús la practicaba, que enseñó a sus discípulos la importancia de hacer de ella un hábito saludable para el alma, pero por el otro, conoce por propia experiencia que no suele haber respuesta. Esto posteriormente puede ser explicado de diversas formas: tal vez Dios ha hablado, pero no de la forma que esperábamos, a lo mejor es que el silencio de Dios equivale a esa respuesta. Pero se entienda como se entienda, como consecuencia de lo anterior, no pocas dudas aparecen y una importante carga de frustración se lleva sobre los hombros.
En primer lugar, conviene hacer una aclaración: la oración no es petición, no se trata de pedir sin cesar. La oración es hablarle a Dios y, en esa actividad, aparecen las peticiones. Por supuesto que existen oraciones en las que el elemento de súplica es el esencial, el predominante, pero esto se debe al estado del creyente, al trance por el que esté pasando. Tampoco debemos olvidar que se trata de un recogimiento interior, de una forma de meditación en donde nuestros pensamientos son dirigidos hacia Dios y nos dejamos iluminar por su luz[i].
Para hablar con Dios uno debe creer que es escuchado. Por ello, la oración únicamente tiene sentido dentro de un cristianismo que no se concibe a sí mismo como “moderno”. Si pensamos que Jesús compartía palabras con su Padre sencillamente porque era un judío palestino del siglo I la pregunta con la que abría este artículo no tiene sentido. Esta concepción estaría más cerca del deísmo, pero claramente Jesús era teísta, fue él quien incidió de forma reiterada en la oración, la practicaba. “Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre que ve en lo secreto, te recompensará”, les dijo a sus seguidores.
Por tanto, la oración forma parte de una relación, y esta es de carácter personal, íntima. Se trata de hablarle a nuestro Padre, a nuestro Salvador, al que nos rescató. Tengo la necesidad de acercarme a Él, de saberme escuchado. El valor terapéutico de la oración es indiscutible.
Con esto no digo que orar sea sencillo. La mayoría de las veces tengo la sensación de que le estoy hablando a la pared, que mis pensamientos, a veces vocalizados, comienzan y terminan en mí y sería precisamente por este motivo por el que no existe una respuesta de parte de Dios. Sin embargo, como decía al principio, Jesús hacía de ella una parte esencial de su espiritualidad. Sus seguidores, mantenía, debían hacer lo mismo.
Pero los interrogantes permanecen. Al mismo tiempo, la oración de intercesión, de petición, es de una enorme relevancia para el creyente. En ella descarga su corazón, entre lágrimas solicita ayuda en los momentos más amargos. Son situaciones extremas en las que nadie, excepto Dios, puede actuar y, entonces, es cuando aparece la frustración como un golpe en el estómago, el derrumbe anímico le sigue. La recuperación de esta decepción puede llevar tiempo, algunos creyentes incluso pueden necesitar terapia y, en la mayoría de los casos, es indispensable entrar en contacto con otro tipo de teología de la oración.
¿Para qué orar cuando he comprobado como muchas de estas oraciones, posiblemente las más importantes, las que más necesitaba que se contestaran, se estampaban contra el techo? ¿Por qué orar a un Dios que es Soberano, que todo lo tiene controlado y que me reserva lo mejor? ¿Puedo acaso variar su voluntad que siempre se traducirá en que suceda lo que es más conveniente para mí?
Las preguntas se siguen agolpando. ¿Por qué Dios no me escuchó en mi más angustiosa necesidad y sí contestó a otro hermano, al que oí un domingo, y que decía que Dios le proveyó de un trabajo? ¿Es que no he pedido con fe? ¿Por qué no me concedió a mí ese puesto de trabajo cuando estoy al borde del desahucio? ¿Tengo algún pecado escondido?
Ante esta cascada de interrogantes varias son las respuestas que se han presentado.
Un caso particular son aquellos cristianos que sencillamente “poseen” tanta fe que son impermeables a los hechos. Siempre están por las nubes, Dios les habla continuamente, los dirige, los consuela y los guía. Las anteriores cuestiones les resbalan. Es lo que se llama fe en la fe. Creen lo que desean creer, una falta de respuesta divina se suple con sentir la “presencia” de Dios en los cultos.
También he podido comprobar como otros creyentes se colocaban en el polo opuesto.
Una ola de escepticismo rompió en sus playas y ya no saben qué decir acerca de este tema. Aunque reconocen que Jesús es su Salvador, su Maestro, quedan tan perplejos ante la ineficacia de la oración que se mantienen muy cautos ante la misma. De hecho, rara vez hablarán de ella.
Un tercer tipo de personas son las que han propuesto que, más allá de la respuesta divina, lo que siempre hay que tener presente es que a Dios no podemos moverlo de su santa voluntad, Él siempre hará lo que es mejor para nosotros. Por ello, el problema residiría en aquél que ora, el balón vuelve a estar en nuestro tejado. Somos nosotros los que tenemos que cambiar cuando las circunstancias no lo hacen, se argumenta.
El silencio divino se convierte así en una respuesta para esta última postura. Hemos de avanzar en la formación de nuestro carácter, crecer en nuestra fe, madurar.
Esta idea se presenta como poseedora de más seriedad que las dos anteriores, tiene un cierto halo de respetabilidad y parece contestar las preguntas esenciales que hacíamos más arriba. Pero esta propuesta no es mejor, de hecho, plantea unas cuestiones terribles sobre la moralidad divina que no pueden ser solventadas con aquello de que Dios sabe lo que hace y a nosotros nos toca callar. Tiene razón Walter Wink cuando dice:
“Ante ese Dios inmutable, cuya completa voluntad está fijada por la eternidad, la oración de intercesión es ridícula. No hay lugar para la intercesión con un Dios cuya voluntad es incapaz de cambiar. Lo que los cristianos han adorado por tanto tiempo es el Dios del estoicismo, ante cuya voluntad inmutable no nos queda otra que rendirnos nosotros mismos, conformar nuestras voluntades con la voluntad inalterable de la deidad.[ii]
Un adolescente maltratado por su padre ora a Dios para que esas continuas palizas acaben de una vez… pero no terminan, ¿tiene que pensar que es él el que debe cambiar? Otro intento. Una mujer cristiana ha sido raptada por musulmanes fanáticos y está siendo violada cinco veces al día y entonces ora a su Padre celestial y nada ocurre, ¿es que debe comprender algo? Voy de nuevo. Un padre está orando por su hija que tiene cáncer, pero finalmente ella muere, ¿en qué debió cambiar? ¿Debe pensar que Dios ha hecho que su hija muera para que él comprenda algo?
La crueldad de estas propuestas me parece muy clara y me doy cuenta de que algunos cristianos llegan a enfadarse con Dios no por lo que Él es o hace, sino por cómo se les presenta. Muchos predicadores tienen una enorme responsabilidad a este respecto.
Me decía una amiga creyente que durante mucho tiempo ella había creído esto mismo. Además, en la congregación a la que asistía así se enseñaba y si escuchaba a cristianos de otros lugares no parecía haber una mínima variación. Pero su vida había sido un verdadero infierno desde niña y la de adulta no había sido mejor. Llegó a pensar que ella debía ser una especie de hija bastarda ya que Dios le mandaba tanto sufrimiento.
Su vida como creyente había sido un auténtico despropósito. Se le había negado el consuelo que necesitaba y, además ante el dolor insoportable y dilatado a lo largo de tanto tiempo, debía pensar que Dios tenía algo que enseñarle, que era ella finalmente la razón por lo que todo aquello pasaba. La argumentación, por muy popular que sea, es de locos.
El problema esencial de las tres anteriores propuestas es que todas parten de una determinada idea de lo que es la soberanía divina y de lo que Dios puede, o no, hacer en un mundo caído. Pero esta tierra está habitada por seres humanos libres, que toman decisiones que afectan a otros y todo ello en medio de una naturaleza alterada por lo que la Biblia denomina pecado.
El Todopoderoso respeta voluntades lo que implica que la suya no siempre se hace. Él desea que las palizas al hijo adolescente acaben, que la mujer cristiana raptada deje de ser violada, que la hija no muera de cáncer, pero mientras este mundo caído permanezca lo anterior se dará y no tiene relación alguna con que Dios quiera enseñarnos algo usando estas enormes tragedias. Sencillamente no puede saltarse su propia creación, no puede hacer círculos cuadrados, no puede crear un mundo de seres libres y continuamente coartarles esa libertad cuando la misma se traduce en acciones moralmente reprobables. Hace unos meses que dediqué un artículo en dos partes explicando esta postura[iii].
Pero hay una perspectiva, que es la que defiendo, en donde la oración se muestra como algo real y nos llega como una imposición moral. Siguiendo las mismas enseñanzas de Jesús se puede afirmar que sí que se puede afectar a Dios con nuestras peticiones. No se trata de un Dios que coloca sobre las espaldas de sus hijos pesos que los abaten. Su yugo es fácil y ligera su carga.
Nuestro Padre celestial escucha atento, siente nuestro dolor, nuestras dudas, hace suyas nuestras lágrimas. En la medida de lo posible actúa, pero no deshace o coarta la libre voluntad humana. Él convence por persuasión, pero nunca por imposición.
No se trata de sostener un dualismo moral, sino colocar a Dios en su lugar. Debemos pedir, por ejemplo, para que el hambre en el mundo acabe, que influya en hombres y mujeres para que se pongan a trabajar para paliar, en la medida de lo posible, esta epidemia. Pero seamos claros, mientras este mundo permanezca tal cual el hambre seguirá existiendo por mucho que nosotros oremos. La razón no habrá que buscarla en la voluntad específica o permisiva divina, ni en que Él quiera enseñarles a esos pobres niños alguna lección ya que no tienen futuro ni para aprenderla, la muerte les alcanzará antes. Nuestra oración será, como decía, una responsabilidad moral, de identificación con el necesitado (en muchas ocasiones seremos nosotros mismos) y que será escuchada sin ninguna duda por nuestro Padre. Tal vez gracias a la súplica de los santos, estos días de angustia en la tierra serán acortados, es posible que otras personas sean sensibilizadas por la acción del Espíritu divino y en determinados casos que Dios pueda actuar de manera milagrosa y nosotros ni siquiera nos enteremos.
La oración así tiene sentido, creemos que le afecta a Dios y tiene consecuencias dentro de un mundo que se mueve por una serie de “reglas de juego” que el Creador respeta, la colocó Él. Confiar en Dios pase lo que pase es la esencia, el corazón, de la verdadera fe.
Pero no olvidemos que Dios es un Padre amoroso y que jamás agrede a sus hijos ni aún para enseñarles alguna supuesta lección.
¿Quién de vosotros, si su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿O si le pide pescado, le dará una serpiente? Pues si vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos se las dará también a quienes se las pidan!” (Jesús, en Mateo 7:9-11).
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[i]  Por falta de espacio no puedo entrar en detalles sobre este aspecto de la oración tan olvidado por los creyentes. Es más, considero que es central y no únicamente un componente más, pero debo abordar en este artículo la desviación en su sentido y significado que ha sufrido la oración. De todas formas, a modo de ejemplo, coloco aquí unas palabras de la Madre Teresa de Calcuta: “Hoy más que nunca, necesitamos rezar para que la luz nos haga percibir la palabra de Dios, para que el amor nos haga aceptar la voluntad de Dios, para que encontremos el camino que nos permita hacer la voluntad de Dios. Dios es amigo del silencio. Si de veras queremos rezar, primero hemos de aprender a escuchar, porque Dios habla en el silencio del corazón”. Citada en K. SPINK, Madre Teresa (Barcelona, Plaza & Janés, 1997) 231.
[ii]  Citado en G. BOYD, Satanás y el problema de la maldad (Miami, Editorial Vida, 2006) 258.
No hace mucho este artículo ha salido también publicado en el número 26 del mes de octubre de la revista “Renovación”. La diferencia es que ambas partes han sido unidas. http://revistarenovacion.es/Revista.html

Fuente: Lupaprotestante, 2015.