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viernes, 20 de noviembre de 2015

¿Sirve de algo la oración?



Por. Alfonso Pérez Ranchal, España
Muchas cosas están mal mamá y no se pueden arreglar rezando”. (Jennifer Lawrence a su madre Kim Basinger en la película “Lejos de la tierra quemada”).
La oración es uno de los temas más desconcertantes a los que se pueda enfrentar un cristiano. Éste, por un lado, reconoce que su Maestro Jesús la practicaba, que enseñó a sus discípulos la importancia de hacer de ella un hábito saludable para el alma, pero por el otro, conoce por propia experiencia que no suele haber respuesta. Esto posteriormente puede ser explicado de diversas formas: tal vez Dios ha hablado, pero no de la forma que esperábamos, a lo mejor es que el silencio de Dios equivale a esa respuesta. Pero se entienda como se entienda, como consecuencia de lo anterior, no pocas dudas aparecen y una importante carga de frustración se lleva sobre los hombros.
En primer lugar, conviene hacer una aclaración: la oración no es petición, no se trata de pedir sin cesar. La oración es hablarle a Dios y, en esa actividad, aparecen las peticiones. Por supuesto que existen oraciones en las que el elemento de súplica es el esencial, el predominante, pero esto se debe al estado del creyente, al trance por el que esté pasando. Tampoco debemos olvidar que se trata de un recogimiento interior, de una forma de meditación en donde nuestros pensamientos son dirigidos hacia Dios y nos dejamos iluminar por su luz[i].
Para hablar con Dios uno debe creer que es escuchado. Por ello, la oración únicamente tiene sentido dentro de un cristianismo que no se concibe a sí mismo como “moderno”. Si pensamos que Jesús compartía palabras con su Padre sencillamente porque era un judío palestino del siglo I la pregunta con la que abría este artículo no tiene sentido. Esta concepción estaría más cerca del deísmo, pero claramente Jesús era teísta, fue él quien incidió de forma reiterada en la oración, la practicaba. “Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre que ve en lo secreto, te recompensará”, les dijo a sus seguidores.
Por tanto, la oración forma parte de una relación, y esta es de carácter personal, íntima. Se trata de hablarle a nuestro Padre, a nuestro Salvador, al que nos rescató. Tengo la necesidad de acercarme a Él, de saberme escuchado. El valor terapéutico de la oración es indiscutible.
Con esto no digo que orar sea sencillo. La mayoría de las veces tengo la sensación de que le estoy hablando a la pared, que mis pensamientos, a veces vocalizados, comienzan y terminan en mí y sería precisamente por este motivo por el que no existe una respuesta de parte de Dios. Sin embargo, como decía al principio, Jesús hacía de ella una parte esencial de su espiritualidad. Sus seguidores, mantenía, debían hacer lo mismo.
Pero los interrogantes permanecen. Al mismo tiempo, la oración de intercesión, de petición, es de una enorme relevancia para el creyente. En ella descarga su corazón, entre lágrimas solicita ayuda en los momentos más amargos. Son situaciones extremas en las que nadie, excepto Dios, puede actuar y, entonces, es cuando aparece la frustración como un golpe en el estómago, el derrumbe anímico le sigue. La recuperación de esta decepción puede llevar tiempo, algunos creyentes incluso pueden necesitar terapia y, en la mayoría de los casos, es indispensable entrar en contacto con otro tipo de teología de la oración.
¿Para qué orar cuando he comprobado como muchas de estas oraciones, posiblemente las más importantes, las que más necesitaba que se contestaran, se estampaban contra el techo? ¿Por qué orar a un Dios que es Soberano, que todo lo tiene controlado y que me reserva lo mejor? ¿Puedo acaso variar su voluntad que siempre se traducirá en que suceda lo que es más conveniente para mí?
Las preguntas se siguen agolpando. ¿Por qué Dios no me escuchó en mi más angustiosa necesidad y sí contestó a otro hermano, al que oí un domingo, y que decía que Dios le proveyó de un trabajo? ¿Es que no he pedido con fe? ¿Por qué no me concedió a mí ese puesto de trabajo cuando estoy al borde del desahucio? ¿Tengo algún pecado escondido?
Ante esta cascada de interrogantes varias son las respuestas que se han presentado.
Un caso particular son aquellos cristianos que sencillamente “poseen” tanta fe que son impermeables a los hechos. Siempre están por las nubes, Dios les habla continuamente, los dirige, los consuela y los guía. Las anteriores cuestiones les resbalan. Es lo que se llama fe en la fe. Creen lo que desean creer, una falta de respuesta divina se suple con sentir la “presencia” de Dios en los cultos.
También he podido comprobar como otros creyentes se colocaban en el polo opuesto.
Una ola de escepticismo rompió en sus playas y ya no saben qué decir acerca de este tema. Aunque reconocen que Jesús es su Salvador, su Maestro, quedan tan perplejos ante la ineficacia de la oración que se mantienen muy cautos ante la misma. De hecho, rara vez hablarán de ella.
Un tercer tipo de personas son las que han propuesto que, más allá de la respuesta divina, lo que siempre hay que tener presente es que a Dios no podemos moverlo de su santa voluntad, Él siempre hará lo que es mejor para nosotros. Por ello, el problema residiría en aquél que ora, el balón vuelve a estar en nuestro tejado. Somos nosotros los que tenemos que cambiar cuando las circunstancias no lo hacen, se argumenta.
El silencio divino se convierte así en una respuesta para esta última postura. Hemos de avanzar en la formación de nuestro carácter, crecer en nuestra fe, madurar.
Esta idea se presenta como poseedora de más seriedad que las dos anteriores, tiene un cierto halo de respetabilidad y parece contestar las preguntas esenciales que hacíamos más arriba. Pero esta propuesta no es mejor, de hecho, plantea unas cuestiones terribles sobre la moralidad divina que no pueden ser solventadas con aquello de que Dios sabe lo que hace y a nosotros nos toca callar. Tiene razón Walter Wink cuando dice:
“Ante ese Dios inmutable, cuya completa voluntad está fijada por la eternidad, la oración de intercesión es ridícula. No hay lugar para la intercesión con un Dios cuya voluntad es incapaz de cambiar. Lo que los cristianos han adorado por tanto tiempo es el Dios del estoicismo, ante cuya voluntad inmutable no nos queda otra que rendirnos nosotros mismos, conformar nuestras voluntades con la voluntad inalterable de la deidad.[ii]
Un adolescente maltratado por su padre ora a Dios para que esas continuas palizas acaben de una vez… pero no terminan, ¿tiene que pensar que es él el que debe cambiar? Otro intento. Una mujer cristiana ha sido raptada por musulmanes fanáticos y está siendo violada cinco veces al día y entonces ora a su Padre celestial y nada ocurre, ¿es que debe comprender algo? Voy de nuevo. Un padre está orando por su hija que tiene cáncer, pero finalmente ella muere, ¿en qué debió cambiar? ¿Debe pensar que Dios ha hecho que su hija muera para que él comprenda algo?
La crueldad de estas propuestas me parece muy clara y me doy cuenta de que algunos cristianos llegan a enfadarse con Dios no por lo que Él es o hace, sino por cómo se les presenta. Muchos predicadores tienen una enorme responsabilidad a este respecto.
Me decía una amiga creyente que durante mucho tiempo ella había creído esto mismo. Además, en la congregación a la que asistía así se enseñaba y si escuchaba a cristianos de otros lugares no parecía haber una mínima variación. Pero su vida había sido un verdadero infierno desde niña y la de adulta no había sido mejor. Llegó a pensar que ella debía ser una especie de hija bastarda ya que Dios le mandaba tanto sufrimiento.
Su vida como creyente había sido un auténtico despropósito. Se le había negado el consuelo que necesitaba y, además ante el dolor insoportable y dilatado a lo largo de tanto tiempo, debía pensar que Dios tenía algo que enseñarle, que era ella finalmente la razón por lo que todo aquello pasaba. La argumentación, por muy popular que sea, es de locos.
El problema esencial de las tres anteriores propuestas es que todas parten de una determinada idea de lo que es la soberanía divina y de lo que Dios puede, o no, hacer en un mundo caído. Pero esta tierra está habitada por seres humanos libres, que toman decisiones que afectan a otros y todo ello en medio de una naturaleza alterada por lo que la Biblia denomina pecado.
El Todopoderoso respeta voluntades lo que implica que la suya no siempre se hace. Él desea que las palizas al hijo adolescente acaben, que la mujer cristiana raptada deje de ser violada, que la hija no muera de cáncer, pero mientras este mundo caído permanezca lo anterior se dará y no tiene relación alguna con que Dios quiera enseñarnos algo usando estas enormes tragedias. Sencillamente no puede saltarse su propia creación, no puede hacer círculos cuadrados, no puede crear un mundo de seres libres y continuamente coartarles esa libertad cuando la misma se traduce en acciones moralmente reprobables. Hace unos meses que dediqué un artículo en dos partes explicando esta postura[iii].
Pero hay una perspectiva, que es la que defiendo, en donde la oración se muestra como algo real y nos llega como una imposición moral. Siguiendo las mismas enseñanzas de Jesús se puede afirmar que sí que se puede afectar a Dios con nuestras peticiones. No se trata de un Dios que coloca sobre las espaldas de sus hijos pesos que los abaten. Su yugo es fácil y ligera su carga.
Nuestro Padre celestial escucha atento, siente nuestro dolor, nuestras dudas, hace suyas nuestras lágrimas. En la medida de lo posible actúa, pero no deshace o coarta la libre voluntad humana. Él convence por persuasión, pero nunca por imposición.
No se trata de sostener un dualismo moral, sino colocar a Dios en su lugar. Debemos pedir, por ejemplo, para que el hambre en el mundo acabe, que influya en hombres y mujeres para que se pongan a trabajar para paliar, en la medida de lo posible, esta epidemia. Pero seamos claros, mientras este mundo permanezca tal cual el hambre seguirá existiendo por mucho que nosotros oremos. La razón no habrá que buscarla en la voluntad específica o permisiva divina, ni en que Él quiera enseñarles a esos pobres niños alguna lección ya que no tienen futuro ni para aprenderla, la muerte les alcanzará antes. Nuestra oración será, como decía, una responsabilidad moral, de identificación con el necesitado (en muchas ocasiones seremos nosotros mismos) y que será escuchada sin ninguna duda por nuestro Padre. Tal vez gracias a la súplica de los santos, estos días de angustia en la tierra serán acortados, es posible que otras personas sean sensibilizadas por la acción del Espíritu divino y en determinados casos que Dios pueda actuar de manera milagrosa y nosotros ni siquiera nos enteremos.
La oración así tiene sentido, creemos que le afecta a Dios y tiene consecuencias dentro de un mundo que se mueve por una serie de “reglas de juego” que el Creador respeta, la colocó Él. Confiar en Dios pase lo que pase es la esencia, el corazón, de la verdadera fe.
Pero no olvidemos que Dios es un Padre amoroso y que jamás agrede a sus hijos ni aún para enseñarles alguna supuesta lección.
¿Quién de vosotros, si su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿O si le pide pescado, le dará una serpiente? Pues si vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos se las dará también a quienes se las pidan!” (Jesús, en Mateo 7:9-11).
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[i]  Por falta de espacio no puedo entrar en detalles sobre este aspecto de la oración tan olvidado por los creyentes. Es más, considero que es central y no únicamente un componente más, pero debo abordar en este artículo la desviación en su sentido y significado que ha sufrido la oración. De todas formas, a modo de ejemplo, coloco aquí unas palabras de la Madre Teresa de Calcuta: “Hoy más que nunca, necesitamos rezar para que la luz nos haga percibir la palabra de Dios, para que el amor nos haga aceptar la voluntad de Dios, para que encontremos el camino que nos permita hacer la voluntad de Dios. Dios es amigo del silencio. Si de veras queremos rezar, primero hemos de aprender a escuchar, porque Dios habla en el silencio del corazón”. Citada en K. SPINK, Madre Teresa (Barcelona, Plaza & Janés, 1997) 231.
[ii]  Citado en G. BOYD, Satanás y el problema de la maldad (Miami, Editorial Vida, 2006) 258.
No hace mucho este artículo ha salido también publicado en el número 26 del mes de octubre de la revista “Renovación”. La diferencia es que ambas partes han sido unidas. http://revistarenovacion.es/Revista.html

Fuente: Lupaprotestante, 2015.

sábado, 27 de abril de 2013

Viktor Frankl: El enigma del sufrimiento

Por.Alexander Cabezas, Costa Rica*
Al vienés Viktor Frankl (1905-1997), se le recuerda por haber sido un renombrado científico, especialista en neurología y psiquiatra. Pero también por llevar las marcas de un ser un superviviente de tres campos de exterminio nazi por casi cuatro años, durante la Segunda Guerra Mundial.
El Holocausto le arrancó su familia, su esposa, sus posesiones más queridas, pero no sus sueños y su deseo de seguir viviendo. Desde su perspectiva, no solo como psiquiatra, sino como un prisionero obligado a atravesar este infierno, obra macabra de la Alemania hitleriana, se propuso “analizar” el mayor de los enigmas de la vida: “La existencia a través del sufrimiento”. ¡Fue algo así como “encontrar una bella flor en medio de un vertedero de basura! Esta investigación hecha libro, se publicaría posteriormente con el título: “El hombre en búsqueda del sentido”.
El sufrimiento y el sentido de la vida
El sufrimiento humano es el trago amargo que desearíamos no beber. Idealizamos un mundo perfecto, ajenos de su presencia. Buscamos ganarle la partida, pero aunque la ciencia haya logrado mitigar algunos de sus embates, frente a la vida y a la muerte el sufrimiento sigue floreciendo como si se tratara de “mala hierba que crece en el campo”.
Desde nuestro contexto latinoamericano, “tierra de contrastes y sufrimiento”, hay una tendencia triunfalista en señalar la abundancia y la prosperidad sobre la fe genuina, mientras la pobreza, la ausencia de salud y el dolor, “demuestran falta de fe o de pecado”, pues no forma parte del plan de Dios, según dicen estos mercadólogos de la fe que asocian el éxito cristiano con todo aquello que genere comodidad y bienestar personal, algo que sin duda es una vil manipulación y no refleja una teología cristológica.
La adversidad nos ayuda a crecer como seres humanos. El sufrimiento puede ser un instrumento que nos forma, nos vuelve más solidarios, menos egoístas y menos autosuficientes. Quizás porque nos recuerda lo frágiles y efímeros que somos ante la vida y ante Dios.
En tanto el ser humano más consciente de su “valor pedagógico”, estará más cercano de descubrir el sentido de su existencia. Bien lo reafirmaba Frankl: “El sufrimiento es un aspecto de la vida que no puede erradicarse, como no pueden apartarse el destino o la muerte. Sin todos ellos la vida no es completa” (Frankl, El hombre en búsqueda del sentido, Pág.72)
C.S. Lewis, autor de las Crónicas de Narnia y el Problema del Dolor, por mencionar tan solo dos de sus muchas obras, decía: “Dios nos susurra en nuestros placeres, nos habla en nuestra conciencia, pero nos grita en nuestros dolores: es su megáfono para despertar a un mundo sordo” (Lewis, 2001,39).
Por medio del sufrimiento el Siervo Sufriente, hecho verbo en la persona de Jesús, “aprendió lo que significa la obediencia a Dios”, nos dice Hebreos 5:8. Su dolor y sacrificio es a la vez la expresión máxima e incondicional de su gracia, esperanza y amor redentor para los que en él creen.
Para Frankl, padre de la logoterapia y demoledor del psicoanálisis freudiano, la experiencia le hizo redescubrir el valor de la vida, el amor, la libertad, el perdón, el propósito de la vida. Cuenta que un día después de su liberación caminando por los campos:
Me detuve, miré en derredor, después al cielo y finalmente caí de rodillas. En aquel momento yo sabía muy poco de mí o del mundo, sólo tenía en la cabeza una frase siempre la misma: “Desde mi estrecha prisión llamé a mi Señor y él me contestó desde el espacio en libertad”. No recuerdo cuanto tiempo permanecí allí, de rodillas, repitiendo una y otra vez mi oración. Pero yo sé que aquél día, en aquel momento, mi vida empezó otra vez. Fui avanzando, paso a paso, hasta volverme de nuevo ser humano (Frankl 1997, 94).
Es nuestro deber y es la voluntad de Dios, luchar por combatir aquellos efectos del sufrimiento siempre y cuando esté a nuestro alcance y sobre todo si éste trata de imponerse como un mal causado por otras personas que lo infligen para subyugar, explotar y violentar a otros seres humanos más vulnerables. Devolverle el sentido y la dignidad a la humanidad que ha perdido su identidad es una importante labor que la Iglesia al servicio del reino no puedo negociar u olvidar.
 
*Alexander Cabezas Mora, costarricense. Es coordinador de Relaciones Eclesiásticas de Viva de América Latina. Miembro de la secretaria administrativa del Movimiento Cristiano Juntos con la Niñez. Parte del equipo coordinador del núcleo local de la Fraternidad Teológica Latinoamericana. Coordinador del programa Desarrollo Integral de la Niñez del Seminario Esepa. Bachiller en educación y posgrado en teología. Anciano de la Iglesia Comunidad Amistad Internacional y ha escrito dos libros sobre temas relacionados con la niñez.
 
Fuente: Lupaprotestante, 2013

sábado, 15 de octubre de 2011

Sufrimiento, rechazo y mala imagen

Por. Wenceslao Calvo, España


Tener una buena imagen, proyectar una buena imagen o dar una buena imagen es el summum bonum de nuestro tiempo.
En nuestro paso por la vida nos encontramos en el camino con algunos compañeros agradables, cuyo bello semblante y apacible presencia nos proporcionan preciosos momentos de bienestar que nos gustaría fueran permanentes. A esta clase de compañeros les damos la bienvenida y les hacemos un lugar a nuestro lado.

Pero está fuera de discusión que en ese camino de la vida a veces se nos cruzan otros, a los que no hemos invitado, cuya sola evocación despierta en nosotros un rechazo innato, por la fealdad y perturbación que transmiten. Uno de estos auto-invitados no deseados se llama sufrimiento. Es lo último en lo que queremos pensar y es evidente que ninguna mente sana y equilibrada desea asociarse con este sombrío viajero. Lo rehuimos por todos los medios y tratamos de conjurar su presencia para mantenerlo alejado. Especialmente las sociedades más avanzadas y desarrolladas lo han marcado como a un proscrito que ha de ser exterminado, hasta el punto de que incluso a la muerte, ese personaje que es la inevitable expresión total del sufrimiento, se la quiere despojar, hasta donde es posible, de su horrorosa faz, dulcificándola con la filosofía de la ‘muerte digna’.

Otra incómoda amenaza que puede querer tomarnos de la mano en algún instante es el rechazo. Es evidente que el ser humano fue hecho para amar y ser amado, para comprender y ser comprendido, para aceptar y ser aceptado. Tantos libros nos recuerdan esta gran lección y la psicología continuamente nos la subraya, especialmente en todo lo que tiene que ver con la educación del niño. Sentirnos queridos y valorados resultará en el estímulo, la confianza y el desarrollo personal equilibrado. Pero el rechazo produce profundas heridas difíciles de sanar y deja huellas indelebles que marcan la personalidad, acabando finalmente por generar individuos que, a su vez, van a rechazar a otros, en una espiral sin fin.

Otro hiriente sujeto con el que no quisiéramos tener ningún tipo de cuentas es la mala imagen . Aunque la imagen está sobredimensionada en nuestros días, a causa de que la tecnología la ha catapultado hasta alturas nunca alcanzadas, la realidad es que desde siempre cualquier ser humano deseó que los demás tuvieran un buen concepto de él, de su valor, de sus cualidades y de sus logros. Todo lo que no fuera en esa línea suponía un detrimento y una afrenta a su honor, que probablemente es la palabra que antiguamente sirvió para expresar la cualidad interna que ahora externamente se expresa con la palabra imagen, si bien hay una notoria diferencia entre ambos conceptos.

Tener una buena imagen, proyectar una buena imagen o dar una buena imagen es el summum bonum de nuestro tiempo. Por eso hay que cuidar mucho las apariencias y no permitir que nada trastoque la impresión que trasmitimos a los demás. Especialmente hay que evitar la mala publicidad y la mala prensa, que pueden ocasionar daños irreparables a nuestra imagen. Hubo un lugar, un momento y una persona en los que estos tres enemigos aborrecibles del ser humano convergieron. Aquel lugar tenía de por sí un nombre tétrico; aquel momento fue de tinieblas y oscuridad, aunque era el mediodía; aquella persona recibió sobre sí el sufrimiento, el rechazo y la mala imagen, aunque era la persona más grande y digna que ha pisado esta tierra.

En aquel sitio, que se llamaba ‘lugar de la Calavera’, el último lugar donde cualquiera quisiera estar, esa persona bebió hasta la última gota una copa rebosante de sufrimiento, rechazando el narcótico que se le ofrecía que podía haber apresurado y facilitado su muerte, de modo que la suya no fue en ninguna manera una ‘muerte digna’. Aquel fue un momento en el que esa persona quedó expuesta a la vergüenza y oprobio público, quedando por tierra todo su honor y su imagen, pues hasta el mismo letrero que indicaba la causa de su muerte era una mala publicidad y una mala prensa . Su exposición ante la vista de todos, en una desnudez ultrajante, solo podía aumentar aún más la humillación a la que estaba siendo sometido. Además, el acompañamiento que tenía a su derecha y a su izquierda no era precisamente el que más ayudara a mejorar su ya pisoteada imagen.

Aquella persona experimentó en aquel lugar el rechazo de sus semejantes en toda la dimensión del término.El del hombre común, porque los que pasaban por aquel lugar, las personas corrientes, de la calle, le injuriaban. El del hombre importante, porque los gobernantes y la élite de la sociedad le escarnecían. El del hombre escoria, porque los ladrones que estaban a su lado le afrentaban. Rechazo, es la palabra que puede resumir lo que esa persona experimentó desde todos los segmentos de la sociedad. Pero con todo, quedaba todavía un rechazo mayor que había de soportar. Porque a fin de cuentas los rechazos mencionados son horizontales y por tanto relativos, por más dolorosos que puedan ser. Pero le faltaba por experimentar el rechazo vertical, esto es, el rechazo de su propio Padre. Lo asombroso es que esta persona estaba asumiendo voluntariamente un sufrimiento ajeno, un rechazo ajeno y un deshonor y mala imagen ajenos; es decir, un pecado ajeno . Nada de eso era suyo propio, nada le correspondía, lo cual indica que esta persona estaba realizando una obra vicaria, es decir, en lugar de otros; en beneficio de otros. En lugar de ti y de mí. En beneficio de todo aquel que se acerque a él en arrepentimiento y fe.

Autores: Wenceslao Calvo
©Protestante Digital 2011

domingo, 23 de marzo de 2008

LA PASION SEGÚN MEL GIBSON. El sufrimiento como mercancía

El Lic. Carlos A. Valle pastor y comunicador profesional especialista en temas de radio y televisión, fue invitado al Seminario interdisciplinario de doctorando del Instituto Universitario ISEDET el año pasado para que nos mostrara la relación entre el cine, la iglesia y la teología. Durante las clases comprendimos la maquinaria que mueven los grupos de poder con el objetivo de someter a los pueblos con ciertas ideologias. Pensando en esta pascua he querido compartir el siguiente artículo del pastor Carlos A. Valle, espero que él mismo sea una ayuda para nuestro quehacer teológico y pastoral:
LA PASION SEGÚN MEL GIBSON: El sufrimiento como mercancía
El filme llega –gracias a una bien planeada estrategia de promoción- precedida de una controversia teológica sobre posibles acentos de antisemitismo, interpretación de los Evangelios, inclusión de relatos extra bíblicos y mucho más. En la historia de la Iglesia Cristiana, algunas de estas controversias han alimentado las divisiones, el odio, la persecución y sembrado la muerte. Por eso es importante comenzar mirando este filme a partir de la mirada de los espectadores. Si bien es importante conocer de cada obra la intención de su autor, no es menos importante conocer qué es lo que en realidad ha leído el espectador. Porque una vez que un filme se proyecta su recepción siempre estará mediada por el espectador no importa las buenas intenciones de realizador o su interés manipulador.

Reacciones emocionales
La mayoría de los comentarios más elogiosos y más críticos de “La Pasión de Cristo” provienen de círculos religiosos que han hecho –y no podía ser de otra manera- su propia lectura a partir de sus convicciones y sentimientos religiosos. Gibson hizo todo lo posible para que, especialmente los grupos cristianos y judíos más conservadores, tuvieran acceso previo al filme y lo apoyaran.
Llama la atención que el tema de discusión se haya centrado mayormente en lo que se considera un marcado antisemitismo. Las referencias a las ideas ultra conservadoras de Gibson y las intencionadas referencias al antisemitismo pregonado por su padre, parecen dar un marco para confirmar cualquier sospecha discriminatoria. La versión final del filme es, en cierta medida, el fruto de las variadas reacciones de los grupos que tuvieron oportunidad de verlo antes de su estreno. Eso le permitió a Gibson ir conociendo la reacción del público (especialmente religioso) y hacer los ajustes necesarios suavizando algunas escenas o cortando texto a fin de que la versión final fuese atractiva pero no excluyente.

La audiencia manda
Gibson no estaba haciendo nada nuevo. Las exhibiciones pre-estreno son el filtro establecido en Hollywood a fin de evitar que la audiencia no se retraiga y que merme la recaudación. Si la reacción es negativa se procederá a cortar o cambiar. En “La Pasión de Cristo” como resultado de este test, por ejemplo, se ha quitado una frase con la que el pueblo se hace responsable de la condena de Jesús cuando le dice a Pilatos: “Su sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos”. Dicha frase erizó la sensibilidad de algunos grupos judíos porque trae el eco de viejas posturas antisemitas que sostuvieron los cristianos, que acarrearon tanto dolor e injusticia, y que quisiéramos ver para siempre erradicadas. Lo llamativo aquí es que la frase proviene del Evangelio de Mateo. Se podrá argüir sobre la conveniencia o no de llamar la atención a ciertos textos, pero en una película donde la mayor violencia es ejercida por los romanos, aunque los religiosos judíos azuzan el fuego convirtiéndose en los “autores intelectuales” de la condena de Jesús, sólo puede entenderse que se la ha leído desde la perspectiva histórica y no de la trama del filme. Porque leer en este filme una intención antisemita es darle demasiada importancia a los puntos de vista propios de sus críticos. Lo que pasó en el Siglo Primero, pasó. El rechazo a cualquier forma de antisemitismo, como cualquier discriminación, no se logra con el cambio de la historia, sino con la superación de las injusticias.

Si se tratase de un hombre común ¿sería otra la historia?
Si no se tratase de un filme sobre la Pasión de Jesús –en la que el sufrimiento tiene una fuerte connotación teológica- sino de la historia de un hombre desconocido que ha sido condenado injustamente y se nos permite asistir a su juicio, castigo y crucifixión, tendríamos que decir que se trata de un filme sangriento, marcadamente sádico y tendiendo a lo morboso. En ese sentido Hollywood nos ha dado muestras de cómo, filme tras filme, se puede tensar más la cuerda y aumentar el caudal de violencia. En su momento, el legendario director de cine estadounidense, Sam Peckinpah -en filmes como “La Pandilla Salvaje”(1969) o “Los Perros de Paja” (1971) - acentuaba la violencia hasta hacerla repulsiva porque creía que era una forma de producir su rechazo. Más recientemente, Quentin Tarantino, con su “Reservoir Dogs” (1992) y últimamente con “Kill Bill” (2003), hizo de la sangre una fiesta del desborde de lo grotesco y de la caricatura.

La violencia y el sufrimiento

Gibson parece no estar interesado en llamar la atención sobre la locura de la violencia ni para rechazarla o desvirtuarla. Parece más bien interesado en acentuarla, para señalar que el sufrimiento al que es sometido Jesús es en sí mismo expresión de su misión. Es como si dijera: cuanto más sufre mejor cumple su tarea. La interminable andanada de golpes que los soldados romanos le asestan a Jesús comienza desde el momento mismo en que lo toman prisionero hasta el instante de ser crucificado. En medio, la larga e interminable escena del azotamiento, donde el cuerpo de Jesús se va como desgajando mientras su sangre brota sin cesar salpicando a los soldados romanos, cuyos rostros se encienden con el brillo del goce sádico. Como aquí no se trata de una historia sobre la que no se sabe cómo va a continuar. La reiterada violencia de la flagelación preanuncia una mayor muestra de crueldad en el acto mismo de la crucifixión. La cual se encuentra enmarcada con una banda musical de tono sombrío y envolvente, mientras se resaltan los sonidos de los látigos y el estrépito de las reiteradas caídas de Jesús. Esta crueldad creciente se ve matizada mayormente con recuerdos de las charlas de Jesús con sus discípulos donde se destacan sus exhortaciones al amor y los anuncios de su segura pasión.

Especulando visualmente el dolor
Se podrá decir que Gibson no falta a la verdad al explicitar que los sufrimientos de Jesús en su pasión fueron dolorosos y crueles. Pero una cosa es explicitarlos y otra usarlos para manipular con una prédica medieval al espectador. Este uso marcado de la sangre, el sufrimiento, la tradición católica lo ha plasmado en muchas de sus imágenes. Expresa una concepción teológica en la que el sufrimiento -cuanto mayor sea mejor- es motivo de purificación y redención. Al contrario de los Evangelios, cuya sobriedad sobre la pasión de Jesús son muy destacados, aquí el embeleso del sufrimiento por el sufrimiento mismo hace que las imágenes se reiteren y se ahonden en un juego que puede tornase perverso.

Al mismo tiempo, la presencia de Maria, la madre de Jesús, se destaca como una presencia cálida y como una compañía esencial en la vida de Cristo. Más que las palabras comparten miradas que lo dicen todo y unos poco contactos físicos como rozar su mano o besar sus pies. Maria es una madre cuyo dolor delata su fragilidad pero fortalece su dignidad porque procura denodadamente estar muy cerca de su hijo.

El diablo andaba por ahí
Otra presencia, no muy mencionada en las críticas del filme, es la de Satanás. Aparece en varias oportunidades, como una pálida figura femenina que mira fuera de la trama de la historia. Husmea en el huerto de Getsemaní mientras Jesús ora para enfrentar su pasión. Como previendo que se avecina un fracaso, augura que ningún ser humano tendrá la fuerza para soportar tal momento. Merodeará luego junto a la multitud teniendo en sus brazos lo que semeja una pequeña criatura pero que resulta ser un enano cuyo demacrado rostro destila en su mirada amarga ironía. Finalmente, una vez que Jesús ha exhalado su espíritu, aparece emitiendo un desgarrador grito agónico mientras la cámara se va alejando hasta que su figura se esfuma. ¿La culminación del sufrimiento de Jesús es el final de Satanás? Pura conjetura.

Religión: Cómo ganar audiencia
En la historia del cine muchos intentos se han hecho por plasmar en imagen y sonido el hecho de Cristo. Algunos resultados fueron grotescos, otros simplemente reflejaron una cultura y teología particular. Así se podría hablar desde la propuesta de Cecil B. De Mille con “Rey de Reyes” (1927) hasta Pier Paolo Pasolini con su “El Evangelio según San Mateo” (1964). Talvez lo nuevo en este caso es su marcado acento en la violencia y la sangre, que no se había conocido hasta ahora en este tipo de películas. Llamativamente no es este el motivo de las polémicas que ha suscitado, sino aspectos básicamente ausentes en el filme. En su momento Martín Scorcese con “La última tentación de Cristo” (1988) había levantado mucha más polvareda siendo acusado de hereje, lo que trató de ser usado como apreciable motivo de promoción. Pero parece ser que la taquilla no le favoreció demasiado. Para Mel Gibson la reacción polémica ha sido menor. Lo que parece estar atrayendo grandes audiencias –que se traduce en una abundante recaudación- es la descarnada presencia del sufrimiento, la violencia y la sangre. Para algunos, la religión sigue siendo un buen negocio