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sábado, 12 de marzo de 2016

Y Jesús tenía una hija…



Por. Alfonso Pérez Ranchal*
El pasaje que está en Marcos 5:21-43 se abre con el ruego roto, lleno de dolor, de un padre que tenía una única hija en agonía: – Mi hijita se está muriendo. Ven y pon tus manos sobre ella para que se sane y viva”.
Jesús ya había cosechado un buen número de enemigos. Las clases más importantes de su pueblo lo rechazaban. Por supuesto, entre estas estaban las autoridades religiosas que manifestaban su clara oposición. Según decían, cualquier seguidor de Jesús no era otra cosa que un perdido, un pecador, un indeseable que, por supuesto estaba excluido de cualquier comunión con aquellos que practicaban la religión oficial. Sin embargo, quien aquí se acerca a Jesús es el principal de una sinagoga local, uno de los jefes de la misma, sin duda, un hombre importante. Estos principales estaban encargados, entre otras cosas, de mantener el orden en las reuniones[[1]]. Su nombre era Jairo.
Jairo al acudir a Jesús se lo había jugado todo. Su posición, su prestigio, su respetabilidad. Había ido a pedir auxilio a un maldito según los líderes religiosos, sus propios compañeros de sinagoga lo pensarían. Todo ello no le importó en absoluto. Para Jairo el que fuera expulsado, tenido por pecador, desechado por sus antiguos amigos era algo de poco valor. La mayor pérdida que podía tener era la vida de su hija.
Él habría visto morir a muchos niños y jóvenes debido a la alta mortandad existente. Pero este profeta de Dios llamado Jesús venía precedido por una fama como realizador de milagros. Si Él atendía a su petición, pensó, tal vez todavía había una posibilidad de sanidad.
Así, llegó apresuradamente ante Jesús. Se abrió paso de forma brusca entre la multitud que rodeaba al Maestro y cuando estuvo frente a él “se arrojó a sus pies”.
“Mi hija está agonizando; ven y pon las manos sobre ella para que sea salva, y vivirá”, le dijo.
“Por favor Jesús, ayúdame. Maestro de Galilea ten compasión de mí. Profeta de Dios te necesito, socórreme en este día de angustia. Ven y sana a mi hijita”. Sin duda esto podría haber sido parte del ruego de este hombre.
Es mejor traducir aquí “hijita” y no “hija”. Versículos más adelante se nos dice que la niña tenía doce años pero para Jairo era su “hijita”, su “pequeña”, su propia vida[[2]]
Ante la petición de este padre, Jesús no se lo piensa. En medio de una multitud que lo apretaba enormemente se encaminó a casa del principal.
Esta multitud parecía estar compuesta por desalmados o por curiosos insensibles. ¿Cómo puede ser, que ante una urgencia como a la que iba Jesús, dicha multitud se dedicara a oprimirlo? ¿Por qué no hicieron un pasillo central por el cual pudiera ir sin más dilación? Esto entorpecía claramente sus pasos, hacía el trayecto más lento y difícil.
A pesar de todo, para Jairo todavía había esperanza. El Maestro había accedido a auxiliarlo. Se había puesto en marcha. Seguramente Jairo pensaba que todo era cuestión de tiempo[[3]]. Si llegaban antes de que su pequeña muriera había posibilidad de sanidad. “¡Apartáos! ¡Dejad paso!”, “¡Por compasión dejadnos libre el camino!” tal vez gritaba. Pero lo que Jairo no imaginaba es lo que a continuación iba a suceder.
“Pero una mujer que desde hacía doce años padecía de flujo de sangre, y había sufrido mucho de muchos médicos, y gastado todo lo que tenía, y nada había aprovechado, antes le iba peor, cuando oyó hablar de Jesús,  vino por detrás entre la multitud,  y tocó su manto. Porque decía: Si tocare tan solamente su manto, seré salva. Y en seguida la fuente de su sangre se secó; y sintió en el cuerpo que estaba sana de aquel azote. Luego Jesús, conociendo en sí mismo el poder que había salido de él, volviéndose a la multitud, dijo: ¿Quién ha tocado mis vestidos?” (Marcos 5:25-30). 
La posición de las mujeres en el seno del judaísmo no era en absoluto ideal. Aunque la consideración de las mismas era superior a otras culturas eran sin duda personas de segunda fila. Su lugar estaba en el hogar y su participación en la sociedad y vida religiosa, en el sentido de responsabilidades, era algo anecdótico. Los maestros judíos tenían discípulos, pero en absoluto discípulas. Por ello, aprovechando la multitud que apretaba a Jesús vio la posibilidad de tocar el borde de su manto, acercándose por detrás envuelta en el anonimato.
Esta mujer padecía hemorragias, seguramente relacionadas con el ciclo menstrual. De qué tipo de enfermedad se trataba es algo que no conocemos, pero la misma podría tener como consecuencia una de estas dos posibilidades: o bien la hemorragia era constante o bien era periódica. De todas formas, esta pérdida de sangre la haría estar débil, sin fuerzas. Doce años llevaba así. Su mucho o poco dinero lo había gastado en ir a diversos médicos. Como consecuencia estaba en la ruina.
Su situación era horrible: enferma, sin recursos económicos, mujer en un mundo de hombres y además considerada religiosamente impura.
Ser impura significaba que había sido excluida de la sociedad, puesta aparte sin posibilidad de relación o contacto salvo con otros impuros, otros enfermos y expulsados. Para ella el mismo cielo se había cerrado.
Esta forma de actuar había sido estipulada en el Antiguo Testamento como podemos comprobar en Levítico 15:19-33. Esta era su desesperante situación.
Llena de temor se acercó por detrás a Jesús. En medio de una multitud que se apretaba en torno al Maestro logró extender una mano y con ella tocó el borde de su manto, su pretendido anonimato no iba a permanecer por mucho más tiempo.
En ese mismo momento Jesús se detuvo. Se había dado cuenta del poder que de Él había salido y en medio de esa multitud agobiante dijo: “¿Quién ha tocado mis vestidos.”
“Sus discípulos le dijeron: Ves que la multitud te aprieta, y dices: ¿Quién me ha tocado?”
Jesús ignora por completo estas palabras y continuó buscando con su mirada. Esa multitud estaba llena de curiosos, pero casi nadie con verdadera fe. Aquella mujer había sobresalido entre todos.
Se tuvo que hacer un silencio absoluto. La misma pregunta de los discípulos debía ser la de cada uno de estos hombres que lo rodeaban. Jesús continuaba mirando, buscando y los segundos iban pasando… y Jairo, con una hija al borde de la muerte, esperaba.
Si la vida de la hija de Jairo pendía de un hilo, si era cuestión de tiempo, un tiempo que se sabía enormemente escaso, ¿qué hacía Jesús mirando en derredor de una multitud que lo apretada y saliendo con aquello de “quién me ha tocado”?
Si yo hubiera sido este padre me hubiera desesperado por momentos: “¿Pero Jesús, que mi hija está al borde de la muerte? ¿Profeta del Altísimo que me he jugado todo mi prestigio, mi posición social al arrojarme a tus pies pidiendo auxilio? Además, ¿Cómo puedes ignorar a un padre en tal situación de destrozo interior?”. Al menos estas preguntas me hubieran venido de forma automática.
Por fin, la mujer que había sido sanada se descubrió, se dio a conocer.
Esta mujer temblando por el hecho milagroso, por ser mujer en medio de una multitud de hombres, y por verse descubierta dice la Escritura que “se postró delante de él, y le dijo toda la verdad”.
¿Cuánto se tarda en decir toda la verdad? ¿Qué de tiempo pasa mientras esta mujer le relató cuál era su estado y cómo había sido sanada? Algunos minutos seguro. Más tiempo pasado… ¿y Jairo? ¿Y su pobre hijita?
Pero aquí necesito hacer un paréntesis en nuestra narración. La forma en la que esta mujer había actuado significa una cosa muy clara y es que había violado la ley mosaica. Debido a su enfermedad tenía que estar aislada, sin tocar nada ni a nadie, ya que el simple contacto por mínimo que fuera, hacía impuro un objeto u otra persona. Ella, sin embargo, había tenido que abrirse camino hasta Jesús en medio de numerosas personas a las que habría tocado de una forma u otra. Por ello todas y cada una de ellas pasaban a ser impuras. Por si fuera poco, a sabiendas, había tocado también las ropas de Jesús haciéndolo a él también impuro según esa misma ley. El estupor tuvo que apoderarse de muchos de los allí presentes, que habían sido contaminados. Al ir relatando su caso debieron de ir apartándose de ella como si fuera una apestada, claramente había quebrantado la ley de Dios. Pero Jesús no dice ni media palabra sobre esto, no está interesado en leyes que condenan, marginan o dañan a las personas. Con Él algo nuevo ha comenzado.
Cuando el Maestro abre su boca lo único que le señala es que su fe la ha salvado, que puede irse en paz. Un diferente concepto de Dios ha irrumpido.
Cerramos el paréntesis para regresar a nuestro relato y así es el momento en el que llegan unas fatídicas noticias, la hija de Jairo ha fallecido.
Este principal creyó morir de dolor. Sintió como si el corazón se lo estuvieran apretando con un puño de hierro, la respiración se convirtió en irregular, le flaquearon las fuerzas, su razón se bloqueó por un instante. No podía reaccionar, el sufrimiento lo había poseído como si de un ente espiritual se tratara. Los portadores de tan terribles noticias le dicen además que no moleste más a Jesús. Para ellos todos está perdido.
Pero Jesús al oír la noticia, tal y como nos dice Lucas en su relato paralelo, le dijo a Jairo: “No temas; cree solamente, y será salva” (Lucas 8:50).
Pero aquí tenemos que regresar a un momento anterior. Se hace necesario explicar la razón por la cual Jesús paró en seco en mitad de una multitud que lo oprimía y dejó pasar un tiempo precioso escuchando el relato de la mujer que había sido sanada mientras un padre desesperado esperaba. La clave está en la frase que Jesús le dirige a ella: “Hija, tu fe te ha salvado; ve en paz” (Lucas 8:48). Y esta clave es la palabra “hija”. Aunque tal vez fueran de la misma edad o incluso Jesús podría ser más joven eso era secundario, el Galileo le habla como un padre lo haría con su hija.
Si Jairo tenía una hija, Jesús también[[4]]; si Jairo pedía auxilio por su pequeña que estaba gravemente enferma, a Jesús, esa misma ayuda le había sido reclamada por su pequeña enferma; si la edad de la hija de Jairo era de doce años, eran estos mismos años los que esta otra hija de Jesús llevaba padeciendo.
Jesús y Jairo se hallaban en la misma situación. Eran padres con hijas enfermas. Por eso, cuando el Maestro es tocado se detiene. Toda su atención se centra en buscar a aquella mujer, a su hijita. Y no es que no considerara de la misma forma a la hija del dignatario, sino que lo que Jesús pretendía mostrar era que su compasión no hace distinción de personas, da igual que quien se le acerque sea un don nadie o el hijo de un monarca. Ambos serán igualmente atendidos.
La hija de Jairo, aunque muera, vivirá, pero en estos momentos Jesús ha hallado a otra de sus pequeñas. El corazón del Galileo estalla de compasión.
El resto del relato nos informa cómo finalmente el Maestro resucita a la hija de Jairo. En medio de las mofas y las burlas de los presentes que decían que la niña estaba muerta, él entra con los padres y con tres de sus discípulos. Allí, en la estancia en donde yacía el cuerpo de la pequeña le manda que se levante, ha vuelto a la vida.
La anónima mujer que padecía de hemorragias no tenía nada y lo encontró todo; Jairo que tenía mucho desde el punto de vista social, lo perdió todo, pero a cambio halló la vida de su hija que significó la suya propia.
Todo el que se acerca a Jesús no regresa de la misma forma. Ese encuentro significa un antes y un después, un impacto vital. Es el Maestro de Galilea, sin duda, el portador de la verdadera Vida. Ante esto el ser humano todavía puede y debe creer en la utopía, hay espacio y razón para la esperanza.
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[[1]] Estos dignatarios eran los responsables administrativos de las sinagogas. El mismo debía velar por su correcto funcionamiento, distribuía las obligaciones y velaba por el buen orden de los cultos. Además era el presidente de los ancianos que conformaban la junta y que estaban al frente de cada sinagoga.
[[2]] La edad de doce años para las niñas era la estipulaba, según la costumbre judía, para considerar que pasaban a ser mujeres. Por ello, las palabras de Jairo todavía tienen más significación si caben. Legalmente era una mujer pero para él era su “hijita”.
[[3]] Mateo tiene una lectura diferente. Allí se nos dice que lo que Jairo le dijo a Jesús es que su hija acababa de morir. En este escrito he optado por la lectura de Marcos por dos razones. La primera es que Marcos, según se piensa, sería el evangelio más antiguo y sobre el cual tanto Mateo como Lucas habrían tomado, comparado y perfilado los relatos que los tres poseen en común. Además, Lucas apoyaría la lectura de Marcos. En segundo lugar, tenemos que incluso los comentaristas que intentan armonizar ambas variantes apuntan a que Mateo habría contraído el relato sosteniendo así que el correcto desarrollo del mismo es el que aparece en Marcos y Lucas.
[[4]] De hecho es la misma palabra para hija en griego. Tanto Jesús como Jairo la usan.

* Alfonso Pérez Ranchal, es Diplomado en Teología (Ceibi). Miembro de la Iglesia Betesda (Córdoba, España). Su email es milismo@yahoo.es
Fuente: Lupaprotestante, 2016.

miércoles, 8 de abril de 2015

¿Qué enseña la Biblia de la resurrección?



Por. Juan Stam, Costa Rica
La resurrección de Cristo es la “garantía adelantada” de la nuestra, y también el prototipo definitivo que anticipa lo que habrá de ser nuestra experiencia tras la muerte física.
En Jesús de Nazareth Dios mismo entró en la historia humana y dio al proceso histórico su centro cristológico. Y en Jesús, Dios el Hijo murió y resucitó. Así, como ya hemos señalado, Dios adelantó el futuro y lo trajo al presente. Por eso, la resurrección de Jesús tiene una doble función para nuestra fe en nuestra resurrección al final de la historia: como una esperanza que ya se ha realizado una vez, la resurrección de Cristo es la “garantía adelantada” (por decirlo así) de la nuestra, y también es el prototipo definitivo que anticipa lo que habrá de ser la resurrección nuestra. Eso es el significado de la frase “primogénito de entre los muertos” (Col 1:18; Ap 1:5). Ese título cristológico lleva una sorprendente contradicción implícita. “Primogénito” dice nacimiento; nos lleva mentalmente a la sala de partos. Pero “muertos” dice lo contrario; nos lleva a la morgue, al necrocomio. ¿Desde cuándo la vida puede nacer de la muerte? Claro, ¡desde que Cristo resucitó! Cristo cambió la morgue en sala de parto. “Oh Cristo”, exclamó Miguel de Unamuno, “hiciste de la muerte nuestra madre”. Nuestra vida y nuestra resurrección nacen de la muerte y resurrección suyas. “Porque él vive”, dice el himno, “viviré mañana”. “Primogénito” nos avisa que como resucitó él, seremos también resucitados nosotros sus hermanos. ““Primicias de la resurrección” nos asegura que habrá después una cosecha final, demostrada ya en las primicias, y que los frutos finales serán como fueron las primicias. La resurrección de Jesús garantiza la nuestra y también la prefigura.
Aclaremos que Jesús resucitó a novedad de vida, a la vida del siglo venidero. Debemos distinguir la resurrección de lo que podríamos llamar “revivificación”, como la de Lázaro o la hija de Jairo. Ellos estaban muertos y volvieron a vivir, pero después murieron otra vez. Ellos resucitaron a una extensión limitada, durante cierto plazo de tiempo, de esta misma vida.
Pero Cristo resucitó a novedad de vida que nunca perece.
Por otro lado debemos distinguir entre resurrección e inmortalidad.[3] La inmortalidad es del alma, sin carne ni huesos ni piel. Eso lo creían muchos en la antigüedad. Los griegos, por ejemplo, creían que el alma preexistía antes de “encarcelarse” en el cuerpo y que viviría después de la muerte. El alma, al escaparse de este maldito cuerpo, irá volando y vivirá para siempre espiritualmente. Pero Cristo no resucitó espiritualmente, Cristo resucitó corporalmente. Y en ese sentido su resurrección anticipa y prefigura la nuestra. Como fue el cuerpo resucitado de él, así será el nuestro en la resurrección final. Eso se demuestra dramáticamente en los evangelios. Aunque Mateo y Marcos no casi indican nada sobre las características del Jesús resucitado, Lucas y Juan son mucho más extensos. Todos los evangelios subrayan la realidad literal de la muerte de Jesús y la total identidad del Resucitado con el Crucificado.
Lucas se empeña especialmente en destacar la realidad física del cuerpo de Cristo, junto con su liberación de los limitantes naturales del cuerpo humano no resucitado. Cristo caminaba junto con dos discípulos (Lc 24:13-15); conversaba con ellos y les enseñaba, aparentemente en la misma forma que les había enseñado antes de morir. Según Lc 24:17-19 parece que mantenía su sentido de humor. También comía con ellos; sorprende la frecuencia con que el Jesús resucitado compartía mesa con sus discípulos (Lc 24:30,41ss; Jn 21:9-12; Hch 1.4; 10.41 NVI), igual que durante los años de su vida encarnada (Mt 26.17ss)[4] y como haremos en el Reino venidero (Mt 8:11; Lc 22:16,30; Apoc 19:9).
Lucas 24 subraya con especial énfasis la realidad corporal del Resucitado, con una evidente intención teológica contra toda espiritualización de la resurrección que la confundiera con la inmortalidad del alma. El se acercó a los dos caminantes (24:16) como cualquier otro ser humano que iba en el mismo camino. El caminaba igual que caminaban ellos, un pie adelante con otro pie atrás. El les hablaba igual que habla todo ser humano. Caminando juntos, Cristo les dio un estudio exegético de teología del Antiguo Testamento, en la misma forma humana en que lo daría cualquier maestro bíblico. Aunque no lo reconocieron, “porque sus ojos estaban velados”, no era por ningún aspecto “glorificado” que hubieran podido notar ellos, sino precisamente por parecerse totalmente a cualquier otro transeunte del camino. Sólo en “la fracción del pan” lo llegaron a reconocer (24:30). Paradójicamente, en el momento de recibir ellos la vista, Jesús se volvió invisible y se quitó de la presencia de ellos (24:31). ¿Habrá sido para hacerles entender que aunque él era siempre el mismo, ahora lo era bajo nuevas codiciones? ¿Podría haber sido para darles tiempo a volver a Jerusalén a pie y llegar a tiempo para el encuentro que él tenía planeado para la noche (24.35s)? No sabemos. Pero lo cierto es que ellos regresaron a pie, igual como habían llegado a Emaús, mientras Cristo llegó instantáneamente, en la libertad del cuerpo resucitado, y “se puso” en medio de los discípulos.[5]
En el tercer relato de resurrección en Lucas (24:36-49), Jesús se empeña en convencer a los discípulos que su cuerpo resucitado es realmente físico. Cuando él se presenta en medio del grupo, ellos se aterrorizan porque creen que es un espíritu. Pero Jesús apela directamente a los sentidos de percepción de ellos para que reconozcan la realidad de su cuerpo: ¿Por qué se asustan tanto? –Les preguntó-- ¿Por qué les vienen dudas? Miren mis manos y mis pies. ¡Soy yo mismo! Tóquenme y vean; un espíritu no tiene carne ni huesos, como ven que los tengo yo. Dicho esto, les mostró las manos y los pies (24:38ss NVI; cf. Jn 20:20,25,27). Cuando las claras evidencias de los sentidos físicos no bastaron para convencerles, Jesús apela a un segundo argumento, realmente genial:

Como ellos no acababan de creerlo a causa de la alegría y del asombro, les preguntó: ¿Tienen aquí algo de comer? Le dieron un pedazo de pescado asado, así que lo tomó y se lo comió delante de ellos (24:41ss NVI).

Si los fantasmas no tienen manos y pies ni carne ni hueso, mucho menos pueden comer. Entonces, para mostrar la realidad de su resurrección, Jesús comió ante los ojos de ellos. Lo vieron abrir la boca, levantar la comida con la mano, y comérsela. A esta segunda demostración empírica Jesús ahora, como en el camino a Emaús, añade argumentos bíblicos:

Cuando todavía estaba yo con ustedes, les decía que tenía que cumplirse todo lo que está escrito acerca de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos. Entonces les abrió el entendimiento para que comprendieran las Escrituras. Esto es lo que está escrito –les explicó– que el Cristo padecerá y resucitará al tercer día... (24:44ss; cf 25ss).

Ahora que al fin han reconocido que él ha resucitado, y con cuerpo, Jesús les imparte una comisión misionera, de predicar en nombre del Resucitado “el arrepentimiento y el perdón de pecados a todas las naciones” (24:47): Ustedes son testigos de estas cosas. Ahora voy a enviarles lo que ha prometido mi Padre: pero ustedes quédense en la ciudad hasta que sean revestidos del poder de lo alto (24:48s). ¡Y pensar que llegaron a ese punto por algo tan común y corriente -- ¡verle comer al Resucitado! Ese pescado asado ayudó a lanzarlos al proyecto misionero en el mundo entero.
Debemos señalar otra característica del Jesús resucitado: sus propios amigos no lo reconocían sino lo confundían con los más humildes seres humanos. Aunque en Lc 24:37s lo confundieron al principio con un espíritu, era sólo porque en ese momento ni consideraban la posibilidad de que fuera él mismo resucitado. Pero antes María Magdalena lo había confundido con el jardinero que cuidaba el huerto (Jn 20:15). No lo confunde con un ángel, ni con un rabino o un profesor de teología sino con el jardinero. Y cuando Cristo aparece a orillas del mar, los mismos discípulos suponen que es otro pescador más (Jn 21:1-4). Después de la pesca milagrosa Pedro exlama a sus compañeros, “¡Es el Señor!”. Aunque ya lo reconocieron, ninguno se atrevió a preguntarle quién era (21:12) Lo más simpático, y hasta cómico, es el relato del camino a Emaús. Los dos caminantes van cabizbajos, ya totalmente sin esperanza, aplastados, y se les acerca Jesús pero no lo reconocen. Con la misma pedagogía y sicología que siempre demostraba, Jesús abre la conversación con una pregunta muy sencilla y natural, que introduce la siguiente conversación (un poco dramatizada):

- Jesús: “Hola, muchachos. ¿De qué vienen hablando ustedes que les tiene tan tristes?”
- Cleofás: “¿Serás tú el único extranjero en toda Jerusalén que no sabe todo lo que ha pasado este fin de semana? ¿Cómo es posible que no sabes los últimos acontecimientos?”
- Jesús (con cara de inocente): “Pues, cuéntenme, ¿qué cosas han pasado?”
- Ellos (sin darse cuentas que todo eso le había pasado a quien les acompaña, pretenden ponerle al día con las noticias): “Lo de Jesús de Nazaret, que era profeta poderoso en hechos y en palabras...” - Jesús (con expresión de mucho interés en saber más): ¡De veras! Cuéntenme más...”
- Ellos: “Pero nuestros sacerdotes y nuestras autoridades lo entregaron a ser crucificado”.
- Jesús: “¿Y entonces, qué pasó?”
- Ellos (mirándole directamente a él, sin reconocerle): “Pues algunas mujeres fueron al sepulcro y no encontraron el cuerpo, y después unos compañeros también fueron al sepulcro, pero ellos tampoco lo vieron a Jesús”.

Notemos que Jesús les da espacio a ellos a expresar ampliamente sus propios sentimientos. En vez de “caerles” con un sermón o de identificarse inmediatamente como “prueba” de la resurrección, les hace unas preguntas que les anima a exteriorizar sus pensamientos y emociones. “¿De qué conversan?” (24:17), les pregunta, y después “¿Qué cosas?”(24:19). Aparece aquí un Jesús sutilmente jocoso, que en la forma más cariñosa y pedagógica “juega” con ellos con un método socrático para llevarlos simpáticamente a un mejor entendimiento. En esta conversación, Lucas parece decirnos que el Jesús resucitado no había perdido ni su gran sensibilidad humana ni su sentido de humor !Qué sicología de Jesús! Haciéndoles preguntas, haciéndose el inocente, dejando que ellos le informen a él de su propia muerte, de la pasión que él mismo había sufrido en carne propia. ¡Qué sentido de humor más profundamente humano! Lo que nos interesa especialmente es que ellos, al ver a Jesús, creían que era algún extranjero que ni aún estaba al día con las noticias. Los que vieron a Jesús nunca lo confundieron con un dramático ángel, echando rayos de gloria, cuya cara brillara como el sol al mediodía. No. La primera en verlo, María Magdalena, lo tomó por el jardinero que cuidaba el huerto. Los dos caminantes lo ven como un forastero, sin absolutamente nada de excepcional ni impresionante. Y los discípulos, desde la barca donde pescaban, primero creían que era otro pescador más. Tan humano era el Jesús resucitado.
¿Cuáles son las características del Cristo resucitado? Es importante, porque entendemos que nuestro cuerpo resucitado habrá de parecerse al cuerpo de Cristo, primogénito y primicias de la resurrección. Podemos señalar las siguientes características:
1) Todas las fuentes señalan, de una u otra manera, la identidad del Resucitado con el anteriormente Crucificado y la continuidad ininterrumpida de su persona. Según Jn 20:20,25-27, su cuerpo tenía las marcas y las recientes heridas (cf. Lc. 24:39s). En todos los textos, relatos de la sepultura son seguidos inmediatamente por los relatos de resurrección. En su aclaración del evangelio que él había proclamado, Pablo incluye que “fue sepultado, y que resucitó al tercer día” (1 Co. 15:4). También al hablar de la resurrección final, Pablo propone analogías basadas en la continuidad y transformación del mismo cuerpo (15:36-44).
2) Todos los relatos indican, cada uno a su manera, que el cuerpo del Resucitado fue visible, audible, y en algún sentido físico. Lucas y Juan son los más enfáticos en este aspecto. Aunque Pablo no entra en descripciones del Resucitado, destaca que éste aparecía (1Co 15:5-8). Cuando habla del “cuerpo espiritual” (15:44, en contraste con “cuerpo síquico”, no con cuerpo físico), o la “tienda celestial” con que seremos revestidos (2 Co 5:1-5), Pablo destaca la novedad del cuerpo resucitado por el poder del Espíritu pero de ninguna manera lo reduce a una mera inmortalidad del alma.[6] Pablo insiste específicamente en que el “alma” del creyente no quedará “desnuda” (2 Co 5:3s).
3) Lucas y Juan, que describen más ampliamente al Jesús resucitado, lo presentan como impresionantemente humano. Come, camina, conversa. Como consejero consolador, sicólogo y pedagogo, según Lucas, abre la mente y los ojos a los dos caminantes, y todo eso con un bello sentido de humor. Es un Cristo que le gusta el compañerismo de la mesa, le gusta el compañerismo de un paseo. ¡De angelical tenía poco o nada, de humano muchísimo!
4) Diversas fuentes, y Pablo en particular, señalan el paralelo entre el cuerpo resucitado de Jesús y el de los fieles en la resurrección final. Cristo es primogénito (Col 1:18; Apoc 1:5) y primicias (1 Co 15:23) de la reusrrección futura. El poder de su resurrección, que opera ahora en los que creemos, anticipa y garantiza nuestra resurrección futura (Ef 1:20; Rm 8:11). “Con su poder Dios resucitó al Señor, y nos resucitará también a nosotros” (1 Co 6:14 NVI; cf. 2 Co 4:14).. Según Jn 5:28s, los muertos (creyentes e incrédulos) saldrán de sus sepulcros: un paralelo evidente a la resurrección de Cristo. “¡Fíjense qué gran amor nos ha dado el Padre, que se nos llame hijos de Dios!...Queridos hermanos, ahora somos hijos de Dios, pero todavía no se ha manifestado lo que habremos de ser. Sabemos, sin embargo, que cuando Cristo venga seremos semejantes a él, porque lo veremos tal como es” (1 Jn 3:1-3).

Fuente: Protestantedigital, 2015.

sábado, 27 de abril de 2013

Viktor Frankl: El enigma del sufrimiento

Por.Alexander Cabezas, Costa Rica*
Al vienés Viktor Frankl (1905-1997), se le recuerda por haber sido un renombrado científico, especialista en neurología y psiquiatra. Pero también por llevar las marcas de un ser un superviviente de tres campos de exterminio nazi por casi cuatro años, durante la Segunda Guerra Mundial.
El Holocausto le arrancó su familia, su esposa, sus posesiones más queridas, pero no sus sueños y su deseo de seguir viviendo. Desde su perspectiva, no solo como psiquiatra, sino como un prisionero obligado a atravesar este infierno, obra macabra de la Alemania hitleriana, se propuso “analizar” el mayor de los enigmas de la vida: “La existencia a través del sufrimiento”. ¡Fue algo así como “encontrar una bella flor en medio de un vertedero de basura! Esta investigación hecha libro, se publicaría posteriormente con el título: “El hombre en búsqueda del sentido”.
El sufrimiento y el sentido de la vida
El sufrimiento humano es el trago amargo que desearíamos no beber. Idealizamos un mundo perfecto, ajenos de su presencia. Buscamos ganarle la partida, pero aunque la ciencia haya logrado mitigar algunos de sus embates, frente a la vida y a la muerte el sufrimiento sigue floreciendo como si se tratara de “mala hierba que crece en el campo”.
Desde nuestro contexto latinoamericano, “tierra de contrastes y sufrimiento”, hay una tendencia triunfalista en señalar la abundancia y la prosperidad sobre la fe genuina, mientras la pobreza, la ausencia de salud y el dolor, “demuestran falta de fe o de pecado”, pues no forma parte del plan de Dios, según dicen estos mercadólogos de la fe que asocian el éxito cristiano con todo aquello que genere comodidad y bienestar personal, algo que sin duda es una vil manipulación y no refleja una teología cristológica.
La adversidad nos ayuda a crecer como seres humanos. El sufrimiento puede ser un instrumento que nos forma, nos vuelve más solidarios, menos egoístas y menos autosuficientes. Quizás porque nos recuerda lo frágiles y efímeros que somos ante la vida y ante Dios.
En tanto el ser humano más consciente de su “valor pedagógico”, estará más cercano de descubrir el sentido de su existencia. Bien lo reafirmaba Frankl: “El sufrimiento es un aspecto de la vida que no puede erradicarse, como no pueden apartarse el destino o la muerte. Sin todos ellos la vida no es completa” (Frankl, El hombre en búsqueda del sentido, Pág.72)
C.S. Lewis, autor de las Crónicas de Narnia y el Problema del Dolor, por mencionar tan solo dos de sus muchas obras, decía: “Dios nos susurra en nuestros placeres, nos habla en nuestra conciencia, pero nos grita en nuestros dolores: es su megáfono para despertar a un mundo sordo” (Lewis, 2001,39).
Por medio del sufrimiento el Siervo Sufriente, hecho verbo en la persona de Jesús, “aprendió lo que significa la obediencia a Dios”, nos dice Hebreos 5:8. Su dolor y sacrificio es a la vez la expresión máxima e incondicional de su gracia, esperanza y amor redentor para los que en él creen.
Para Frankl, padre de la logoterapia y demoledor del psicoanálisis freudiano, la experiencia le hizo redescubrir el valor de la vida, el amor, la libertad, el perdón, el propósito de la vida. Cuenta que un día después de su liberación caminando por los campos:
Me detuve, miré en derredor, después al cielo y finalmente caí de rodillas. En aquel momento yo sabía muy poco de mí o del mundo, sólo tenía en la cabeza una frase siempre la misma: “Desde mi estrecha prisión llamé a mi Señor y él me contestó desde el espacio en libertad”. No recuerdo cuanto tiempo permanecí allí, de rodillas, repitiendo una y otra vez mi oración. Pero yo sé que aquél día, en aquel momento, mi vida empezó otra vez. Fui avanzando, paso a paso, hasta volverme de nuevo ser humano (Frankl 1997, 94).
Es nuestro deber y es la voluntad de Dios, luchar por combatir aquellos efectos del sufrimiento siempre y cuando esté a nuestro alcance y sobre todo si éste trata de imponerse como un mal causado por otras personas que lo infligen para subyugar, explotar y violentar a otros seres humanos más vulnerables. Devolverle el sentido y la dignidad a la humanidad que ha perdido su identidad es una importante labor que la Iglesia al servicio del reino no puedo negociar u olvidar.
 
*Alexander Cabezas Mora, costarricense. Es coordinador de Relaciones Eclesiásticas de Viva de América Latina. Miembro de la secretaria administrativa del Movimiento Cristiano Juntos con la Niñez. Parte del equipo coordinador del núcleo local de la Fraternidad Teológica Latinoamericana. Coordinador del programa Desarrollo Integral de la Niñez del Seminario Esepa. Bachiller en educación y posgrado en teología. Anciano de la Iglesia Comunidad Amistad Internacional y ha escrito dos libros sobre temas relacionados con la niñez.
 
Fuente: Lupaprotestante, 2013

sábado, 6 de abril de 2013

Asesinado el 4 de abril de 1968. M.L. King, 45 años de su muerte

Era la tarde del 4 de abril de 1968. Martin Luther King, pastor bautista de 39 años de edad, salió a tomar un poco de aire en un balcón del Hotel Lorraine, el único de Memphis que aceptaba negros. El predicador había ido a esa ciudad de Tennessee para apoyar una protesta de trabajadores de la limpieza. Luther King vivía ya un período de “decadencia popular”, con el movimiento de protesta pacífica enfrentándose a la impaciencia de grupos más jóvenes que proclamaban el “poder negro” y bordeaban el recurso de la violencia.
“Dios ha permitido que llegara a la cima de la montaña y desde allí he visto la tierra prometida”, dijo la noche anterior a su muerte King ante los fieles congregados en Mason Temple. “Y es posible que no vaya a la tierra prometida con ustedes”. Añadió: “Estoy feliz esta noche. Nada me preocupa. No temo a hombre alguno. Mis ojos han visto la gloria de la venida del Señor”, añadió.
 El periodista y teólogo José de Segovia reconoce que en estas palabras había evidencias de que “MLK no es ya el mismo joven de las dudas de fe iniciales de su vida pública, fruto de su educación teológica liberal, sino que las crisis y la fragilidad le han llevado a sostenerse aferrado a la esperanza en Dios y en la misión, con sus defectos y contradicciones, luchando contra el pecado del racismo. Sin duda fue utilizado por la providencia de Dios para dar un giro a la situación injusta del pueblo negro en EE.UU”.
UNA MUERTE AÚN ENVUELTA EN MISTERIO
Una bala, disparada desde un balcón frente al suyo, le penetró por la mejilla derecha y le alcanzó la columna vertebral. King murió poco después en el Hospital St. Joseph.
 El asesinato provocó disturbios en 125 ciudades de Estados Unidos en los que murieron 46 personas, 2.800 resultaron heridas y más de 26.000 fueron arrestadas.
 El hecho de que el hombre acusado, juzgado y condenado por el asesinato de King, James Earl Ray, muriese en 1998 en prisión tras negar su culpabilidad ha alimentado variadas teorías de conspiraciones que incluyen desde la mafia a grupos supremacistas blancos y diversas agencias del Gobierno.

En los últimos tiempos, según su propia familia, la postura de King era más contundente. Mientras estaba en la habitación número 306 del motel Lorraine, preparaba un discurso que llevaba por título 'Por qué América podría ir al infierno'. Su viuda y sus hijos, que no creyeron que James Earl Ray fuese el asesino, apuntaron más arriba.
 Al parecer King se proponía formar una coalición interracial para terminar con la guerra de Vietnam y obligar a que hubiera reformas económicas para luchar contra la pobreza. Parece que había un pacto con Robert Fitzgerald Kennedy (el hermano del presidente asesinado en 1963, muerto a tiros sólo dos meses después que King) para que fuese su vicepresidente si resultaba elegido en las urnas.
“Quienes lo vigilaban lo sabían”, dijo Dexter, su tercer hijo, a la revista 'Newsweek'. “Tenemos días difíciles por delante”, aseguró King la noche previa a su muerte. Antes de que resonara un disparo en el cielo de Memphis.

HIZO HISTORIA
Martin Luther King recibió el Premio Nobel de la Paz en 1964, pero su legado va más allá de cualquier título o reconocimiento público. Dejó una huella imborrable en la sociedad y fue capaz de cambiar el mundo que le rodeaba, a pesar de las dificultades que tuvo que enfrentar.
Su huella se puede notar hasta hoy, desde aspectos más comunes – como el hecho de que se haya superado la segregación racial en la sociedad norteamericana – y más extraordinarios, como que Estados Unidos cuente con el primer presidente afroamericano de la historia.
 El congresista John Lewis, uno de los colaboradores más estrechos de King, decía en el homenaje a MLK en enero de este año que “si no hubiese habido un Martin Luther King Jr., no habría un Barack Obama como presidente”.
De la misma opinión es el profesor de la Universidad de Stanford Clayborne Carson, director del Instituto para la Investigación y la Educación Martin Luther King, y el hombre al que Coretta King, viuda del pastor, encargó poner en orden los papeles de su marido. “Entre los líderes actuales a los que ha inspirado King está el Dalai Lama, Aung San Suu Kyi y Barack Obama”, según recoge un reportaje de El Mundo.
Según explica en una entrevista en Protestante Digital Xesús Manuel Suárez, la figura de King ha sido de gran importancia para el avance de los derechos. “Las libertades que se desarrollaron en el siglo XX fueron impulsadas desde la sociedad civil y desde personas individuales. Y se basaban en la dignidad de la persona, en conceptos genuinamente cristianos, como es el hecho de que todos somos iguales ante los ojos de Dios”, explica Suárez.
 Al recordar la figura del pastor bautista afroamericano, Manuel Suárez destaca su integridad. Fue un “auténtico protestante” que no cumplía un papel como pastor y otro como activista. “Sólo tenía un traje: el de ser hijo de Dios. Él entendió que el traje que le valía para el domingo era el mismo que usaba el resto de la semana”.

Puede leer aquí Once frases escogidas de Martin Luther King
Fuentes: El Mundo, Wikipedia
Editado por: Protestante Digital 2013
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viernes, 18 de mayo de 2012

El enigma de la muerte: ¿seres eternos o no? Una respuesta filosófica-teológica al problema de la muerte

Por. Luis Eduardo Cantero, Argentina*
La historia de la humanidad ha sido marcada por un mito, que ha trascendido a todas las esferas del conocimiento científico, filosófico e inclusive a la teología. Este mito ha sido construido a raíz de la angustia del ser humano al sentirse rodeado por otros seres que a igual que él viven las circunstancias de sus problemas existenciales.
Cada ser humano vive sus problemas existenciales de manera diferente. Algunos lo viven de manera piadosa (religiosamente hablando). Otros, lo viven de manera “auténtica”. Pues, ésta hace que el ser no viva perdido en este mundo “tiene la conciencia de su propio ser y se hace resaltar entre las voces indefinidas de la humanidad”. En cambio, los que viven refugiados en el mundo de las ideologías religiosas son personas que viven en medio de angustia, pues, viven en la dualidad de su existencia, que cualquier dificultad física, espiritual o que sé yo. Se debe a sus faltas cometidas.
Esta vida sometida a los paradigmas dualistas hace que vivan perdidos en el mundo, sumergidos entre las cosas y seres angelicales, demoniacos de tal modo que se olvidan de vivir la vida a pleno, libres como Dios los hizo libre. Viven ocupados por las cosas que le dicen los mercaderes de los mitos (evangelio de la prosperidad, apóstoles y profetas), de sus recetarios que los ayude a salir de sus miserias materiales y espirituales. Pero son seres inconscientes abrumados por estas teologías de espectáculos, etc. que lo que buscan es llenar las arcas de esos ideólogos estúpidos que se hacen llamar “teólogos, pastores, profetas y apóstoles”.
Estas cosas hacen que ellos se olviden que, aunque religiosos o piadosos son, al igual que aquellos que no lo son, seres para la muerte, seres para sufrir el aquí y el ahora.
La muerte representa el fin de la existencia física. Ojo, no se trata de la muerte que pone fin a la vida. De la misma manera no hay que confundir la filosofía de la existencia con la filosofía de la vida. “Con la muerte, ya no se puede captar ente, asegura Santiago Flores; nunca tenemos una experiencia genuina del morir de los demás. (1) Heidegger afirmaba: “Con la muerte, la existencia no se encuentra terminada ni desaparecida. Porque, la muerte es una posibilidad de ser, pero la mas genuina. Y también, la más irrepetible posibilidad. El ser mismo de la existencia es ser – para – la – muerte. De este concepto, la existencia cae en la angustia y busca refugio en el mundo.”
El ser humano desde que fue puesto en el mito del Edén, tuvo dos opciones como asegura los teólogos a vivir eternamente o no. Su decisión por desobedecer al mandato supremo, generó la angustia, que acompaña al ser humano en toda su vida. Algunos afirman que si el ser humano no hubiera caído seríamos seres eternos seguramente. Pero, ¿a qué eternidad nos habla el texto bíblico: a una eternidad en el plano físico o a una eternidad espiritual?.
Los filósofos, en cambio, creemos que el texto no se refiere necesariamente al problema de la existencia física, va más allá de lo físico. Pues, Dios como ser poderoso sabía que el ser humano por su naturaleza iba a violentar ese derecho. Todo ser humano guarda un lado oscuro, que por las circunstancias que se le presente tiende a traspasar la frontera de los limites impuestos (…) nada se puede ocultar por mas que tratemos de hacerlo, tarde o temprano el ser humano mostrará lo que es (…), lo que guarda en su intelecto y corazón. Es por ello, que no creemos que la sentencia pronunciada por Dios a la pareja en el mito del Edén: “polvo eres y al polvo volverás”, implique la existencia física, sino la existencia en el más allá.
Vuelvo y repito, Dios sabia que el ser humano puesto en la tierra tenía la posibilidad de optar entre el ser y la nada (la no existencia); la caída o la conciencia de pecado. La caída siempre ha sido relacionada con el pecado. Pues, la conciencia del pecado se manifiesta en la tendencia a optar por lo malo, ya sea en vicio, lo que trae la dispersión del yo. La voluntad se desvía de los fines. Afirma, Flores, estas categorías son las que nos hace como pecadores.
“Para Heidegger, la caída es algo que ya ha sido elegido anteriormente por el ser humano, y en esto consiste el pecado. Pero que no se podría hablarse con propiedad de pecado.” Sino de una falta, mas no un pecado imputable, porque no se trata de que algo fue previamente elegido, porque la tendencia de la naturaleza humana siempre ha sido hacia el mal siempre en su estado de existencia, siempre estamos eligiendo y Dios siempre nos deja elegir, a veces por nuestra inconsciencia elegimos mal.
Esa elección se cuenta como un error, mas no como pecado. Entonces, el pecado es una construcción abstracta, de lo que los seres humanos hoy no debemos vivir en ese estado de inconsciencia, sino de error, elegimos deprisa y eso nos lleva a errar no a pecar.
Ahora bien, el estar arrojado en el mundo, aun cuando hubiera sido por culpa nuestra, no depende de nosotros. Alguien nos arrojó, la pregunta ¿Quién nos arrojó? Y si nos arrojó nos dejó una posibilidad de ser igual que Dios. Por ende, no es posible hoy hablar de pecado, según los filósofos Heidegger y Kierkergard, como lo afirman los teólogos fundamentalistas y renovados. Según su marco referencial dualista. Nadie discute que vivimos en un estado de opción entre lo bueno y lo malo, entre el ser y la nada. Es cierto que sentimos esa tendencia que nos impulsa hacia la nada. Pero, también, es cierto que no depende de nosotros. Asegura Flores.
Por lo tanto, no podemos hablar de pecado, ni tampoco podemos seguir afirmando que el mito del Edén cortó la existencia física. Este mito, lo que trató fue de demostrar que hubo algo que rompió con la eternidad en la vida física de los seres humanos. Había que justificar algo, algo pasó, pues si Dios es eterno entonces la eternidad también era nuestra, aquí en la tierra. Este ha sido el dilema entre los teólogos rasos, espiritualistas y sin mediación filosófica u otra ciencia.
Para nosotros los filósofos la vida desde que se instala en el plano terrenal iba a sucumbir, aquí el ser humano comienza a emprender el viaje a la eternidad del más allá, la muerte es un eslabón que tenemos todos los mortales que enfrentar, tampoco se convierte en el enemigo, como han querido afirmar algunos teólogos fundamentalistas y sabelotodo. La muerte tampoco nos podrá detener al encuentro con el supremo bien de todo bien: Dios. Tal vez, para algunas filosofías, sigan siendo un misterio, pero para otras nos podrá aclarar este misterio, trágico de la humanidad. Una de ellas la filosofía existencialista, para los filósofos existencialistas se muestran mas interesado en los problemas de la nada y de la muerte.
Pero ¿Qué es la muerte? Es un ángel, es un enemigo, como lo creían algunos caballeros de las cofradías que abundaban en la edad media, que hay que enfrentar en la frontera de la no existencia. Otros les produce temor, miedo o que sé yo. La muerte será lo que tiene que ser, un Ángel, la puerta del umbral que nos permite regresar donde realmente pertenecemos, nuestro lugar eterno. La vida terrenal nos permitió aprender a convivir con los otros, es y será una escuela de aprendizaje de los mortales, allí aprendimos a conocernos a nosotros mismos a los demás.
Aprendimos el valor de la existencia, aprendimos del dolor, del sufrimiento, del odio, del orgullo, ahora el ser que tiene que partir al más allá deja algo para los mortales y ese algo: su testimonio de vida, de ser, de lo que sos (…).
Su historia no muere, ayuda a los que vienen a tras. Como la Biblia, que está llena de historias de hombres, mujeres y naciones, con sus errores y problemas aprendieron a continuar el camino de su Ser Supremo, aprendieron que los errores se pagan caros y el que hace el bien le irá mejor en la vida existencial como en la eternidad. Es por ello, que para mi la Biblia es un libro más, que todos los libros que abundan en esta fauna de ideologías, llena de historias de hombres mortales que aprendieron a convivir con su cosmovisión de mundo, idearon un plan de vida, trataron de comprender el sumo bien, aunque erraron siguen siendo historia para el hombre hoy, historias que nos ayudan a ir incluyendo a los nuevos sujetos que van apareciendo en cada época en particular, por ejemplo pasó muchos siglos para que la mujer volviese al lugar que se le había negado, desde la negación del mito adámico, que muchas teologías tradicionales y de corte neopentecostal les ha negado su derecho de igualdad con los varones.
Bueno, esto ha sido un logro que todavía no ha sido consumado, tenemos que seguir haciéndolo para que los mortales puedan vivir en un mundo mejor, mientras que vos y yo que estamos ya yéndonos hacia nuestra morada nos recuerde. Concluyo ¿Qué es la muerte para vos? ¿Vale la pena por qué vivir? ¿Por qué has dejado que los teólogos rasos con delirio místico te esclavicen con sus recetarios y termines dejando todo tu potencial, dinero y demás en sus manos? Deja la angustia, de la dependencia y deja de ser estúpido, siguiendo estupideces y comienza hoy a disfrutar y a vivir la vida a pleno. Se libre es ahora como Dios te hizo libre…

*Luís Eduardo Cantero, es Teólogo y Filósofo, pastor bautista, docente universitario. Es Doctorando en el Departamento de Historia de la Iglesia del Instituto Universitario ISEDET, Bs. As. Argentina. www.luiseduardocantero.es.tl
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Referencias bibliográficas:
(1) Santiago Flores, “Filosofía de la existencia”, en Revista de cultura espiritual, México, Luminar, 1951, p. 15.
(2) Heidegger, “camino para la muerte”, [Consultado 20-04-12]:
http://ar.kalipedia.com/filosofia/tema/filosofia-sigloXX/hombre-ser-muerte.html?x=20070718klpprcfil_414.Kes&ap=0


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