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viernes, 15 de abril de 2016

¿Cooperar con la Iglesia Católica Romana? La lección de Francis Schaeffer



Por. Leonardo de Chirico, Italia
En nuestro mundo global, un conjunto de preguntas están delante de los evangélicos: ¿Debemos colaborar con los católicos? ¿En qué temas o áreas? ¿Hasta dónde debemos llegar? ¿Es posible hacer misión juntos?
Naturalmente, depende mucho de los diferentes contextos y de aquellos que están implicados en los mismos. Por ejemplo, una cosa es trabajar con católicos individualmente o grupos de laicos; otra cosa es aunar los esfuerzos con la Iglesia de Roma institucional. Una cosa es ocuparse juntos en las áreas de interés común en la comunidad, p.e. la promoción de los valores judeo-cristianos en la sociedad; pero es una cuestión totalmente diferente participar en la misión común y el evangelismo
La Alianza y la Cobeligerancia
Para empezar a desembalar las cuestiones implicadas, puede ser útil recordar la lección del apologista evangélico del siglo XX, Francis Schaeffer (1912-1984). Schaeffer fue un líder cristiano que introdujo la expresión cobeligerancia en el vocabulario cristiano actual. En medio de las transiciones culturales de los años setenta, alentó a los evangélicos a ponerse al lado de otras convicciones religiosas en aras de promover unos temas específicos que fueran compartidos por una sección transversal de la sociedad y que estuvieran amenazados por las tendencias seculares, especialmente en el ámbito de los valores morales. La llamada de Schaeffer a comprometerse en la esfera pública, trabajando juntos con los no cristianos, ha sido uno de los factores de motivación de la participación evangélica reciente en la sociedad.
Al sugerir una razón fundamental para la cobeligerancia, Schaeffer hizo una distinción entre formar alianzas y comprometerse en la cobeligerancia. Por una parte, una alianza es una clase de unidad basada en la verdad y, por consiguiente, tiene que ver únicamente con los cristianos nacidos de nuevo que reciben la Escritura como el estándar de sus vidas. Por otra parte, la cobeligerancia se centra en una cuestión determinada y está abierta a todos los que la comparten, sean cuales sean sus antecedentes y los objetivos que los motivan. Así es como Schaeffer lo define: “El cobeligerante es una persona con quien no estoy de acuerdo con toda la clase de los temas vitales, pero que, por las razones que sean, está en el mismo lado en una lucha por la misma cuestión concreta de justicia pública”.i Para Schaeffer esta distinción refleja los principios bíblicos sobre la unidad entre los creyentes y la cooperación entre personas de diferentes fes. La cobeligerancia no es otra forma de hablar de ecumenismo. El último tiene que ver con la unidad de los creyentes según la Biblia; el primero está relacionado con los posibles esfuerzos cooperativos entre gentes diferentes y más allá del acuerdo en las verdades centrales del Evangelio.
Los Fundamentos Bíblicos
La distinción entre alianza y cobeligerancia refleja la enseñanza de las Escrituras. Existe profunda unidad dentro del pueblo de Dios sobre la base de una fe común en Jesucristo (Efesios 4:1-16). Esta unidad autoriza alianzas en términos de la adoración, la oración, el evangelismo y el testimonio del Evangelio. Esta unidad permite a la iglesia elaborar la Gran Comisión que Jesús dispuso, que consiste en ir por todo el mundo y discipular a las naciones (Mateo 28:16-20). Este tipo de alianza muestra el poder del Evangelio para reconciliar diferentes gentes alrededor del mismo Señor Jesús, quien envía a Su pueblo adelante para llevar el mensaje de reconciliación al mundo (2 Corintios 5:17-20). Esta unidad no es en absoluto lo que es la cobeligerancia.
Las Escrituras distinguen claramente la unidad de los creyentes en Cristo de otras clases de relaciones sin separarlas. La Biblia manda a todos los hombres y mujeres (cristianos incluidos) habitar la tierra de forma responsable, teniendo cuidado del mundo y conviviendo en paz al máximo posible. Después, la Palabra de Dios anima a la iglesia a desarrollar y mantener buenas relaciones con sus vecinos y a estar comprometida con el bien de los demás (Génesis 1:27-31; Jeremías 29:5-7; Tito 3:1-2). Al hacer lo que la Biblia exige, estaremos siempre en contacto con personas diferentes que mantienen una pluralidad de visiones del mundo y de estilos de vida. Los miembros de nuestra familia, los colegas, los compañeros de habitación y los amigos puede que no sean creyentes, pero, no obstante, estamos llamados a vivir con ellos para el bien de la comunidad.
En este sentido, la cobeligerancia es necesaria, útil e… inevitable. Es una tarea de la humanidad que Dios nos ha dado. Forma parte de nuestro llamado común de vivir en este mundo sin ser del mundo (Juan 17:14-18). Para los cristianos, ni el total retraimiento ni la exclusión autoimpuesta del mundo es una opción viable. La vida cristiana requiere que cada persona desarrolle y alimente una múltiple red de relaciones sociales. Una fe madura es capaz de mantener distintas relaciones con gente diferente, sin perder su identidad cristiana y su compromiso con el Evangelio. Lo importante es practicar la distinción entre alianza y cobeligerancia.
La Alianza o la Cobeligerancia
Volviendo a la pregunta que hicimos al principio. En cuanto a nuestra relación con la Iglesia Católico Romana, ¿deberían comprometerse los evangélicos en alianzas o actos de cobeligerancia? Schaeffer alentó la cobeligerancia con personas de todas las convicciones, pero quería limitar las alianzas a los creyentes en la Biblia y a los cristianos nacidos de nuevo; por consiguiente, excluyendo a la Iglesia de Roma como institución. El tema fundamental a abordar es si el Evangelio Católico sostenido por la Iglesia de Roma es o no el Evangelio bíblico en sus contornos básicos. La respuesta a esta pregunta nos lleva a contestar la anterior. Si la contestación es “sí”, o sea, el Evangelio Católico Romano es el Evangelio bíblico, se deduce que ninguna restricción teológica tiene que ponerse en marcha. Si la contestación es “no”, o sea, el Evangelio Católico Romano no es el Evangelio bíblico en las formas significativas, entonces es necesario que haya un cuidadoso discernimiento para no difuminar la distinción entre colaborar en asuntos sociales y la participación en la misión común. Lo primero es posible, lo último no.
i Plan for Action (Old Tappan, NJ: Fleming H. Revell, 1980, p.68). Schaeffer habló sobre la cobeligerancia en el Segundo capítulo de su libro “The Church at the End of the Twentieth Century” [La Iglesia al Final del Siglo XX] (1970) varias ediciones.

Fuente: Protestantedigital, 2016.

viernes, 22 de enero de 2016

El ecumenismo (y el diálogo interreligioso) ¿En punto muerto?



Por. Antoni Ibañez-Olivares, España.
En poco menos de un mes he tenido ocasión de asistir a dos acontecimientos de carácter interreligioso: el VI Parlamento Catalán de las Religiones 2015, celebrado en Gerona el 17 de octubre, que bajo los auspicios de AUDIR (Asociación UNESCO para el Diálogo Interreligioso), con sede en Barcelona, se ha venido celebrando desde el 2005 en varias ciudades de Cataluña y del País Valenciano, y, el 14 de noviembre, al Encuentro Interreligioso de Sabadell, mi ciudad, menos conocido, pero que este año ha llegado ya a su decimosexta edición anual, organizada desde sus inicios por el Grupo de Diálogo Interreligioso de Sabadell. Ha sido una satisfacción participar en ambos acontecimientos, tanto por lo que se suele aprender en ellos, como por la sensación de compartir aspiraciones de paz y de diálogo con personas pertenecientes a diferentes creencias religiosas y con las cuales existe, como denominador común, un profundo respeto por la diversidad.
Pero, durante los años que llevo dedicado a estos menesteres, he podido descubrir que, fuera de las élites especializadas, tanto el ecumenismo como el diálogo interreligioso tienen que vencer todavía el desconocimiento popular, cosa que, por otro lado, es normal en un país donde la población vuelve a estar angustiada por garantizarse muchas de las necesidades básicas y, por lo tanto, más prioritarias que lo que no dejan de ser, aparentemente, entretenimientos propios de clérigos.
En el caso del ecumenismo, una de las causas de dicho desconocimiento la encontramos, justamente, en la palabra “ecumenismo”, difícil de pronunciar y de entender. Pero es la palabra que en teología se usa para referirse de manera inequívoca a la corriente que lucha por el reencuentro y reunificación, mediante el diálogo y la comprensión, de las diferentes confesiones cristianas, que por razones históricas se han ido separando. Sin menoscabo, en mi opinión, de conservar la pluralidad actual de matices.
Para mi sorpresa, he encontrado personas -incluso en establecimientos eclesiásticos de uno y otro signo- que tienen dificultades para pronunciar la palabra “ecumenismo” y tienden a decir “economismo”, confundiendo “ecuménico” con “económico”. Así, pues, he acabado por asumir que lo que conviene más es trabajar en una tarea pedagógica constante para explicar a todo el mundo que “ecumenismo” viene de la palabra griega oikoumene, la cual expresa desde hace años el concepto de unidad consensuada, y tratar, hasta donde sea posible, de superar ese reto que el nombre plantea a la cosa.
En cuanto al diálogo interreligioso, que como su nombre indica es más bien un espacio que se abre a la comunicación entre varios sistemas religiosos y espirituales (budistas, cristianos, judíos, musulmanes, etc.) para conocer sus principios y enseñanzas, a menudo se presenta en forma encuentros y conferencias, pero, en cambio, hay muy pocos espacios específicamente diseñados para la plegaria interreligiosa, tema del cual convendrá hablar otro día.
Como observador del fenómeno, puedo decir que en nuestras ciudades hay comunidades religiosas que asisten a los diversos espacios de participación, y otros que hacen del aislamiento su forma de supervivencia. Permitidme una anécdota: conozco un cura que admite de buen grado el ecumenismo, pero en cambio se niega en redondo a asistir a encuentros interreligiosos… con “paganos”. Igual pasa con ciertos pastores evangélicos, que huyen nada más escuchar la palabra “ecumenismo” porque la identifican con la antigua aspiración católica-romana de reunir a todos los cristianos bajo la autoridad del papa. Así, el fundamentalismo es una mancha que salpica todas las religiones, y, por extensión, resulta un obstáculo para la convivencia social.
Afortunadamente, dentro del espacio geográfico que me es más cercano, la comarca barcelonesa del Vallès Occidental, con casi un millón de habitantes y con un porcentaje de población musulmana estimada en el 10 por ciento (*), singularmente en la ciudad Terrassa, la más poblada, ni rige una sola confesión, ni, de momento, hay guerra de religiones. Gracias en gran parte a la actuación de las administraciones públicas democráticas, y a la cordura de la misma población, se puede afirmar que disfrutamos de un equilibrio aceptable, sin episodios de violencia sectaria, a pesar de que dicho equilibrio es más bien pasivo: podríamos decir que se halla en punto muerto.
Hace falta, pues, continuar luchando – a pesar de los crueles atentados que están golpeando el corazón de Europa- para que del equilibrio pasivo demos un salto cualitativo hacia la auténtica convivencia activa, basada en la consideración y en el respecto al otro. Y este reto nos afecta a todos: ciudadanos, autoridades civiles, religiosas y militares, centros educativos, y, especialmente, a los medios digitales o tradicionales de comunicación, debido a que son agentes determinantes en el proceso de formación de la opinión pública.

__________________________
(*) Consultar: Mapa religiós de Catalunya. Informe 2014. Trabajo del ISOR, equipo de Investigaciones en Sociología de la Religión, de la Universidad Autónoma de Barcelona, publicado con el apoyo de la Dirección de Asuntos Religiosos de la Generalitat de Cataluña.

Me llamo Antoni Ibáñez-Olivares, y nací en Sabadell (Barcelona) el año 1954. Soy casado y tengo una hija. El año 1981 obtuve una licenciatura en Filosofia y Letras con grado, por la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB), habiendo cursado estudios de tercer ciclo en la misma UAB y en la Universitat de Barcelona (UB). Además, también he realizado estudios de Teología en el SEUT. Formo parte del grupo de culto de la Igelsia de Cristo de Sabadell (IERE-Comunión Anglicana), donde colaboro periódicamente como predicador y director de oficios dominicales. Formo part del grup de culte de l’Església de Crist de Sabadell (IERE-Comunió Anglicana), on col·laboro, periòdicament, com a predicador i director d’oficis dominicals. También soy miembro del Movimiento Ecuménico y del Grupo de Diálogo Interreligioso de Sabadell, asistiendo a diferentes encuentros por toda Catalunya. He publicado un libro y diferentes artículos en diversos medis escritos y electrónicos. Mi blog se llama Fruits Saborosos.

Fuente: Lupaprotestante, 2016

domingo, 22 de noviembre de 2015

¿Cómo responder a los eventos de París? Una propuesta cristiana radical



Por. Juan Stam, Costa Rica*
En 2001, cuando los talibanes atacaron las torres gemelas de Nueva York, me acordé de la experiencia parecida de Israel cuando Nabucodonosor conquistó Jerusalén, destruyó el sagrado templo y muchos otros edificios de la ciudad, robó los tesoros del templo y del palacio y llevaron a miles al exilio en Babilonia. En muchos sentidos, era peor que el 11 de setiembre. Me puse a investigar cómo respondieron los profetas hebreos a esa tragedia nacional parecida, o peor, a la de las torres gemelas.
¡Qué sorpresa! En vez de culpar a los babilonios, con enojo y odio, los profetas señalan los muchos pecados de Israel y les llama al arrepentimiento. Para los profetes, el problema comienza con el mismo Israel más que con Babilonia. En contraste, en 2001 George W. Bush hizo lo contrario. Lejos de llamarnos al arrepentimiento, para reconocer nuestros propios pecados y nuestra culpa, con arrogancia (“Yo sé lo buenos que somos”) se la echó toda a los talibanes y llamó al país y a sus aliados a una guerra sin cuartel, guerra que desde entonces ha ido de mal en peor y hasta “en pésimo”.
Esto me lleva a sugerir algunas pautas para responder a este interminable conflicto:
Humildad: Nos equivocamos si nos creemos las víctimas inocentes de un terrorismo irracional sin la menor justificación. De hecho, los EUA y sus aliados (incluso Israel) han matado a más personas que los árabe-islámicos. Tenemos que reconocer que todos somos co-culpables y son muchos los “terroristas”.
Empatía: Tenemos que aprender a ver la realidad con los ojos de otros. Tenemos que entender mejor por qué tantos jóvenes se radicalizan hasta el punto de entregar sus vidas. Por ejemplo, sean justificables o no las repetidas masacres de los palestinos de Gaza por Israel, debemos entender el impacto de tales sucesos en la conciencia de los árabe-islámicos.
Perdón: Cuando respondemos al odio con odio, y a la violencia con más violencia, activamos un círculo vicioso del mismo odio y de la misma violencia. En cambio, si perdonamos robamos a los agresores el odio que esperaban provocar. La respuesta a la violencia no es más violencia, sino más amor.
Antoine Leiris, periodista de radio francesa, quien perdió a su bella esposa en el asalto al Teatro Bataclán, publicó una carta conmovedora sobre el odio y el perdón:
La noche del viernes ustedes robaron la vida de un ser excepcional, el amor de mi vida, la madre de mi hijo, pero ustedes no tendrán mi odio… Así que yo no les daré el regalo de odiarlos. Eso es lo que ustedes están buscando, pero responder al odio con el odio y la rabia sería ceder a la misma ignorancia que hace de ustedes lo que son… Por supuesto que estoy devastado por el dolor, les concedo esa pequeña victoria, pero esta será de corta duración… Porque no, ustedes no obtendrán mi odio”.
Compasión: La compasión es el amor en acción hacia los necesitados y, especialmente hacia los enemigos. Es un deber, no solo una opción voluntaria. El caso de los muchos miles de refugiados desesperados nos impone obligaciones de amor cristiano. Es una vergüenza que esta situación esté siendo manipulada con fines políticos.
Protección: Nada de esto contradice el deber del gobierno de proteger a su población dentro de parámetros realistas y razonables. Un elemento para reducir la violencia y así proteger a la ciudadanía sería promover cambios en nosotros y nuestros aliados (arrepentimiento, humildad, empatía, compasión, diálogo). Todo lo que frena el odio contribuye a la seguridad del pueblo.
Diálogo intercultural e interreligioso: En estos conflictos son cruciales grandes malentendidos religiosos. Es urgente conocernos mejor y respetarnos mutuamente
Oración: “A Dios orando y con el mazo dando”. Clamemos al Dios de la historia y luchemos incansablemente por la justicia y la paz.
“Si mi pueblo, que lleva mi nombre, se humilla y ora, y me busca y abandona su mala conducta yo lo escucharé desde el cielo, perdonaré su pecado y restauraré su tierra” (2Cron 7:14).

Juan Stam. Costarricense, Doctor en teología por la Universidad de Basilea, Suiza. Por muchos años fue profesor del Seminario Bíblico Latinoamericano (hoy UBL), de la Universidad Nacional Autónoma de Costa Rica, y de otras instituciones teológicas en San José. Es autor de muchos artículos y varios libros, en especial, el comentario a Apocalipsis de la serie Comentario Bíblico Iberoamericano.

Fuente: Lupaprotestante, 2015.

viernes, 24 de julio de 2015

¿Y dónde dejamos la educación sexual?



Por Alexander Cabezas, Costa Rica
La educación sexual no puede entenderse únicamente en su función genital biológica y reproductiva; esto sería ignorar la integridad del ser humano en lo que concierne a su área social, emocional, psicológica y espiritual, entre otras. Sin embargo, han sido algunos paradigmas erróneos los que se han encargado de transmitir una perspectiva reduccionista y distorsionada de la sexualidad, algo que ha acrecentado las brechas que existen para una sana concepción.
Las consecuencias de estos sesgos son evidentes cuando no se logran puntos de equilibrio ni de acuerdos que permitan construir estrategias para enseñar algo sobre sexualidad de forma equilibrada, profesional y responsable en los diversos espacios y en especial en el dialogo y en la comunicación con los adolescentes y los jóvenes.
Claro ejemplo de ello es que sólo hace unas pocas décadas los adolescentes, que hoy ya son padres o abuelos, iniciaron su vida sexual en los locales donde las “chicas malas” del pueblo (un término despectivo para referirse a las mujeres que ejercían la prostitución), con el fin de “hacerlos hombres” (como si ser hombre se definiera por su capacidad de tener sexo). En muchos casos, estas mismas mujeres fueron las primeras, y quizás las únicas, maestras en materia de educación sexual que tuvieron nuestros ancestros. Pero para colmo de males, después se alentaba a estos jóvenes a utilizar su experiencia sexual inicial para buscar  una chica “pura y virgen” con el objetivo de cumplir sus sueños de construir un hogar.
De este pobre entendimiento, que rebaja a la mujer a ser un simple objeto sexual, se ha valido el machismo para justificar el placer únicamente para el hombre, al mismo tiempo que considera que el deber de la mujer es complacer los deseos de su marido y engendrar hijos sin ningún tipo de consideración por sus emociones o deseos.  Este mensaje popular se perpetuó con la ayuda de algunas enseñanzas bíblicas, fuera de contexto, que promovían que era el hombre el que debía ejercer poder sobre la mujer. De estas distorsiones, muchos arrastramos todavía algunas secuelas.
Con vergüenza reconozco que, en mi adolescencia, uno de los descubrimientos que más me impactó fue cuando me compartieron que las mujeres también tenían capacidad para experimentar placer como los hombres. Pensaba que los deseos sexuales eran tan viles, sucios y depravados, que eran la carga que teníamos que sobrellevar como género masculino.  Este ejemplo ilustra la escasa formación que se me había brindado en el campo sexual.
Pese al cambio de los tiempos, seguimos encontrando una escasa comprensión y formación del tema en el hogar, en la escuela y en la iglesia. Esto quiere decir que hablar de educación sexual sigue siendo un tema tabú.
Los jóvenes, ante el silencio de los sus progenitores y frente a sus demandas y necesidades, se forman o deforman, con el aporte que reciben de sus padres, la televisión, Internet u otro medio de comunicación que muestra el sexo como una transacción comercial desvinculado del amor, el compromiso y las relaciones interpersonales estables y maduras.
¿Tienen algo que decir la iglesia?
Sin pretender generalizar, aún existen muchos sectores eclesiales que continúan guardando silencio y que han  sido víctimas de un enfoque platónico que se viene arrastrando desde los primeros siglos de nuestra era. Las ideas griegas y platónicas permearon la iglesia con conceptos dualistas, lo cual produjo una separación entre lo espiritual y lo físico y se comenzó a entender el  sexo sólo como función reproductiva.
Quizás por ello, el libro de Cantar de los Cantares, (Shir hashirim” en hebreo),  recibió fuertes críticas y oposiciones para formar parte del Canon Bíblico. Incluso, Martin Lutero y otros, quisieron excluirlo. A algunos líderes se les ocurrió la idea de  suavizar su contenido y entenderlo como una alegoría en la que cada imagen relacional tenía que ser entendida como una relación entre Jesús y su Iglesia; algo que, por otra parte, violenta las reglas hermenéuticas de interpretación.
Como iglesia nos ha costado entrar en el dialogo de la educación sexual. Obviamente existen excepciones, pero debemos reconocer que ha sido más la labor de algunas organizaciones cristianas la que ha tenido que desarrollar el tema desde una perspectiva más amplia y, nuevamente, ante el silencio y marginación de la Iglesia.
El camino debe construirse desde la creación de puentes de comunicación, dialogo, modelos, que incluyan, el respeto, la dignidad, la tolerancia, la autopercepción y la aceptación, entre otros factores indispensables que, por supuesto, deberían iniciarse en el hogar y reforzarse en otros círculos más amplios, incluyendo las iglesias. Es todo un reto, no lo niego, sobre todo en estos tiempos en los que los medios de comunicación nos bombardean con estereotipos distorsionados de lo que es el sexo. Pero “no nos avergoncemos de hablar de lo que Dios no se ha avergonzado en crear” (Clemente de Alejandría).

Alexander Cabezas Mora, costarricense. Consultor en temas de niñez e iglesia. Profesor de varios seminarios teológicos en Costa Rica. Tiene una maestría y una licenciatura en teología y un bachillerato en Educación Cristiana.

Fuente: Lupa protestante, 2015.