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domingo, 6 de diciembre de 2015

Religión, género y violencia



Por Elsa Tamez
Hay un desequilibrio de género en la representación de Dios. Ésta se presenta en categorías masculinas, unas veces patriarcales, otras no. Este desequilibrio afecta en forma concreta a las mujeres. Se afirma la trascendencia de Dios como una divinidad sin género, pero en su manifestación concreta este Dios asume los rasgos de un Dios masculino. La realidad patriarcal crea un desfase entre el discurso teológico universal y las prácticas que excluyen a las mujeres. Se dice que todos, hombres y mujeres, son creados a imagen de Dios, pero muchas veces la manifestación divina como masculina crea dogmas que promueven la desigualdad, como por ejemplo, de un hecho tangencial -Jesús es varón- se crea un dogma que excluye a las mujeres del ministerio ordenado. Sin embargo, el hecho tangencial de que sea judío, no es obstáculo para ordenar varones no judíos. Es un hecho que las imágenes dominantes de Dios, las estructuras discursivas, la imaginería sobre Dios, es masculina y patriarcal.
Si este desequilibrio incide en la exclusión de las mujeres, más lo hacen las imágenes de Dios que conllevan control y poder. Si la imagen preponderante de Dios es la de varón y padre, es porque la sociedad se fundamenta y gira alrededor de este eje patriarcal. Los discursos sobre Dios se expresan con lenguaje humano y el lenguaje lleva las marcas culturales de quien los expresa. Las imágenes de Dios generalmente reflejan la vivencia de quienes las evocan.
Así, pues, el problema no radica necesariamente en las imágenes de Dios sino porque la mayoría de las imágenes llevan a reforzar el poder y el control de unos sobre otros. Dios como padre, juez, jefe, rey de reyes yseñor de señores, vigorizan el comportamiento de poder y de control de unos sobre otros. Poder y control son las palabras claves que nos ayudan a entender imágenes de Dios cómplices de la violencia, y no solo contra las mujeres.
Pero no sólo estas imágenes antropomórficas pueden ser cómplices de la violencia. Teologías feministas de África, Asia, América Latina y del primer mundo, coinciden en sospechar del concepto o imagen de un Dios todopoderoso, omnipresente, omnisciente, eterno, perfecto, inmutable. Ésta es la forma clásica –occidental- en que se percibe a Dios desde los catecismos. Las mujeres ven y sienten en esa concepción, el fundamento del poder y control de lo divino sobre lo humano, de unos seres sobre otros, de hombres sobre mujeres, de humanidad sobre naturaleza, de ricos sobre pobres, de blancos sobre negros e indígenas.
El problema de fondo, entonces es el patriarcalismo y su carácter jerárquico. Esto significa que se coloca en el centro lo masculino como «principio de organización social, cultural y religioso». Que este principio de organización social sea de género masculino provoca exclusiones, pero, repetimos, no es en sí el problema fundamental, sino que sea de carácter absolutamente jerárquico. ¿Por qué los hombres golpean? Según un documento de los obispos de EEUU, no es por un desorden psiquiátrico, el documento señala que: «los hombres que abusan de las mujeres llegan a convencerse de que tienen el derecho de hacerlo… y muchos hombres abusivos mantienen el criterio de que la mujer es inferior… creen que ser hombre significa dominar y controlar a la mujer».
Aquí radica el problema fundamental: «el varón es asumido como un ente superior y la mujer como inferior». Esta frase, repetida hasta el cansancio, es trillada, no impacta; los hombres dirán: «otra vez, siempre lo mismo, no hay novedad en el discurso de las mujeres». Y sin embargo esta sencilla creencia considerada como verdad, asumida consciente o inconscientemente, respirada en todos los ámbitos, es la causante de los asesinatos, de la permisividad, y la impunidad otorgada por toda la sociedad con sus instituciones, su epistemología, su religión y teología. A todos, hombres y mujeres, nos toca de cerca porque sabemos que las instituciones educativas… y la iglesia, la biblia y la teología, son patriarcales.
Frente a esas imágenes necesitamos un trabajo de relectura bíblica y creatividad teológica. Si una concepción fundamental de Dios es como amor y misericordia; si se ve a Dios como principio de misericordia, como dice el teólogo Jon Sobrino, este principio nos llevaría por otros caminos diferentes al control y al poder. Hay dos diálogos en la Biblia que me impactan y sensibilizan: ver a Dios como un amigo (o amiga). En el evangelio de Juan, Jesús rechaza que se le llame Señor y prefiere que se le llame amigo. En la Carta de Santiago, el autor alaba la ley regia del amor al prójimo y recuerda que Dios le llamó amigo a Abraham cuando el creer o su fe le fue contado por justicia. (St 2,23). Por supuesto, no vamos a rechazar imágenes del todopoderoso cuando nos nacen espontáneamente del corazón y las expresamos de forma doxológica por puro amor; como cuando le decimos a alguien que amamos: mi rey o mi reina, sin que implique avasallamientos.
La teología latinoamericana, al tener como punto referencial a los pobres, ha hecho un avance en ver dimensiones sensibles de Dios, como su compasión y misericordia con los que sufren; sin embargo, hombres y mujeres de esta teología nos hemos quedado con las categorías e imágenes patriarcales. Tal vez por eso los discursos bíblicos-teológicos son ineficaces frente al asesinato de mujeres. Estamos frente a un problema grueso epistemológico. La teóloga brasileña Ivone Gebara, ya desde inicios de los noventa, ha manifestado su preocupación por la epistemología teológica patriarcal en la cual las teologías de la liberación se construyen. ¿Se va a destruir a los otros para rescatar a los pobres en el nombre del Dios de los pobres?, se pregunta Gebara aludiendo a ciertos discursos simplistas sobre la liberación de los pueblos. Uno de los problemas de este paradigma, afirma, es su percepción dualista, su falta de interrelacionalidad, su racionalidad analítica como exclusiva y privilegiada; su linealidad en el discurso y en el tiempo, el no ver las cosas todas de una forma más compleja y holística.
En los últimos 30 años las teólogas han aportado al pensamiento teológico creando imágenes femeninas de Dios. Esto ha sido bueno, como un beso al corazón que necesita de las manos tiernas de un Dios sensible y amoroso. Ya es común dirigirse a Dios como Madre y Padre, tratando de quitar el tinte patriarcal de ver a Dios sólo como Padre. Sin embargo, por todo lo dicho anteriormente, esto no es suficiente. Frente a esta imagen se impone la pregunta sobre las relaciones de género entre estas dos imágenes: ¿esta imagen de Madre está en un plano de igualdad con el Dios como Padre? Porque, como dijimos al inicio, el problema fundamental que da vía libre al asesinato, al irrespeto de la alteridad, es el considerar a uno -el padre- como superior a la otra -la madre, la hija, la empleada-.
Cabe decir que esto no es único de la cultura occidental cristiana. En otras sociedades patriarcales, como la azteca, tenemos algo similar. En la náhuatl, por ejemplo, encontramos muchas diosas, pero la mayoría están en un plano de desigualdad frente a los dioses: la Coatlicue barre el templo, cuando le cae una pluma del cielo que la deja embarazada. Este hecho crea una gran violencia: ella, por la deshonra -sin culpa-, es descuartizada; Huitzilopochtly, su hijo, el Dios de la guerra, se venga en forma sangrieta contra su hermana, la cabecilla, y todos los demás hermanos. Del asesinato de la Coatlicue nace la creación de la tierra. Ciuatlcóatl, otra diosa, colabora con la creación de la humanidad moliendo huesos en el metate para que su consorte, Queztalcoatl, cree la humanidad. Tlatecutly es una diosa no sometida, temible y por eso es también descuartizada por dos dioses para crear los cielos y la tierra. Esto desata una violencia circular. Tlatecutly llora en las noches y los sacerdotes, compadeciéndose, le ofrecen sacrificios humanos… Otros mitos de otras culturas van por caminos similares. Con esto quiero decir que hay un sustrato teológico muy profundo en las civilizaciones patriarcales que es preciso desentrañar para combatir estos resortes que sustentan la violencia contra las mujeres.
Crear imágenes femeninas de Dios es un paso importante en el equilibrio de géneros, y tal vez ayude a disminuir la violencia contra las mujeres, a hacernos más humanos y sensibles, pero no es la garantía de una relación de géneros equitativa. Para ir poniendo freno a la violencia se necesitan por lo menos tres cosas: crear imágenes inclusivas, acabar con el paradigma superioridad-inferioridad y promover el respeto a la alteridad.
Si el problema de fondo es la ideología patriarcal, hay que despatriarcalizar la sociedad. Esta despatriarcalización comienza cuando se logra destruir el paradigma inferioridad-superioridad y al mismo tiempo se asume de verdad, como algo natural, la afirmación de que las mujeres y los varones somos iguales, aunque diferentes. Iguales en cuanto seres humanos con los mismos derechos de cualquier ciudadano, pero diferentes en género y comportamiento. Ambas cosas son fundamentales; afirmar la igualdad no es suficiente, se necesita dejar que la mujer sea ella, sea otra. En otras palabras, se necesita el respeto a la alteridad interhumana.

Tomado de: http://servicioskoinonia.org/agenda/archivo/obra.php?ncodigo=728
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domingo, 20 de septiembre de 2015

Ideología de género, se desmonta el mito



Por Pablo Caballero Llorente*
Unas pocas preguntas inocentes fueron suficientes para desmontar el mito de la ideología de género en una TV noruega.
El pasado verano tuvo lugar un golpe devastador para la “Ideología de Género”, curiosamente en los países pioneros de esta teoría. El Consejo Nórdico de Ministros (Consejo Intergubernamental de Cooperación Nórdico: Noruega, Suecia, Finlandia, Dinamarca e Islandia) cerró el Instituto de género nórdico NIKK. Llama la atención que la noticia tuviera poca cabida entre nosotros. Tal vez porque es una ideología dominante que no consiente otras alternativas a su modo de pensar. La libertad de pensamiento es sagrada, pero con dos condiciones: que no pretendamos imponerlo a nadie y que se pueda opinar de modo realmente libre.
NIKK había sido el promotor de la “Ideología de Género” y proporcionaba la base “científica” a las políticas sociales y educativas que, a partir de 1970, contribuía a que los países nórdicos fueran más “sensibles al género”. La decisión de cerrar el Instituto fue tomada después de que la televisión estatal noruega emitiera un documental en el que se expone el carácter absolutamente anticientífico del NIKK y su “investigación”. ¿Por qué el citado Consejo Intergubernamental decidió cerrarlo? Porque ese programa de televisión −puede verse YouTube con el título “lavado de cerebro” (primera parte, segunda parte)−, con un entrevistador desenfadado y sin prejuicios, dejó al desnudo a los cerebros de NIKK.
En su documental, Harold Eia −así se llama el reportero− realiza algunas preguntas inocentes a los principales investigadores y científicos del NIKK. Luego transmite las respuestas a los científicos del mundo, sobre todo Reino Unido y EE.UU. Esas respuestas provocan risas e incredulidad entre la comunidad científica internacional, porque esta ideología no viene apoyada por ninguna investigación empírica. Eia, después de filmar esas reacciones, regresa a Oslo, y se las muestra a los investigadores de NIKK que se quedan sin habla, totalmente incapaces de defender sus supuestos. Unas pocas preguntas inocentes fueron suficientes para desmontar el mito de la ideología de género en una TV noruega.
En Italia ha aparecido un libro “Quiero a mamá: desde la izquierda contra el falso progreso”, cuyo autor es Adinolfi, cofundador del PD italiano (izquierda de Walter Veltroni), que explica de muchos modos cómo y en qué influye la ideología de género y anima a luchar razonadamente contra ella. Está movido por leyes y sentencias que, basadas en esa ideología, admiten las mismas cosas que ya conocemos en España. En un pasaje escribe, por ejemplo, esto: “Hay que proclamar una verdad: somos hombres y mujeres… ¡qué estudios de género! Y no solo eso. Todos nosotros provenimos de la unión de un hombre y una mujer. Todos. Indistintamente. Esta es una verdad y, como decía Husserl, la verdad tiene una característica: es autoevidente, no hay necesidad de demostrarla”.
En Beijing 1995 se dijo que la expresión ideología de género se refiere a las relaciones entre hombres y mujeres basadas en roles definidos socialmente que se asignan a uno u otro sexo. Lo que significa que ser hombre o mujer no tiene nada que ver con la realidad biológica, sino con las funciones que la sociedad ha asignado a cada sexo. La gente sencilla se asombrará, pero esta ideología impone que la sociedad nos asigna un papel u otro en función del sexo, pero que no somos mujeres u hombres en virtud de la genitalidad. Tras eso, unos son educados en la masculinidad y otros en la feminidad. La ideología de género afirmará que ambos roles vienen a ser una construcción social y no una determinación de nuestra genitalidad. Por tanto, lo adecuado es que cada uno elija.
Sería muy largo el recorrido por los sucesos anteriores y posteriores a esa reunión de Beijing, pero lo cierto es que esta cuestión de no identificar sexo biológico con lo que cada uno es, ha ido pasando a las legislaciones de diversos países y, por supuesto, del nuestro. Quizá lo último ha sido una ley andaluza sobre el tema. He leído un artículo donde se dice que es delictivo no estar de acuerdo con tal asunto. Comencé diciendo que cada uno puede opinar lo que desee, excepto vivir de que se imponga su doctrina −hasta con aviso de delito− sin posibilidad de réplica. Uno puede convertirse en homófobo, misógino o en tranxesófobo (creo que he leído esa palabra u otra parecida). Y ser perseguido por la justicia.
No condenaré a nadie, pero me resisto a que me impongan nada, ni siquiera la fe porque una fe impuesta no sirve. Pueden sacarme las guerras de religión, la inquisición o lo que gusten, pero prefiero que todos seamos respetuosos con todos. Pueden también decir una vez más que la Iglesia tiene que ponerse en orden con el tiempo en que vivimos, pero pienso −y lo expreso sin ambages− que muchas veces son los tiempos los que se nos van de las manos, es decir, que aparecen modas, ideas o costumbres que deberían concordar mejor con la naturaleza de las cosas. Desde la escucha a la opinión diversa, pienso posible decir sosegadamente que la sexualidad es aquella dimensión humana en virtud de la cual la persona es capaz de una donación personal específica, como mujer u hombre

*(Pablo Cabellos Llorente. Las Provincias 1 diciembre de 2014)
Fuente: Observatorio de Bioética

sábado, 19 de septiembre de 2015

Ideología de género, ¿se puede seguir sosteniendo científicamente?



Por. Justo Aznar, España*
La ideología de género sostiene que el sexo se construye, no se determina genéticamente con el nacimiento. Es el medio ambiente, la educación, las relaciones sociales y familiares y a la postre el deseo de cada individuo el que determina qué sexo se puede asignar a cada persona.
Sin embargo, no parece que exista evidencia médica para sostener esta postura, más bien al contrario, parece que es el sexo genético el factor más determinante para definir la condición sexual de un individuo y no lo que afirma la ideología de género.
A esta controversia nos parece que ha venido a arrojar una indudable luz el caso de David Reimer, un joven transexual, que acabó suicidándose tras una tormentosa trayectoria vital. La noticia se recoge en el ABC digital (http://www.abc.es/ sociedad, con fecha 24 del 8 de 2015), artículo que por su interés transcribimos.
Brenda no supo que había nacido siendo un varón hasta que tuvo 15 años. Fue una tarde de 1980 cuando su padre, torturado por el sufrimiento que veía, le reveló el historia que habían estado manteniendo en secreto: había nacido en Canadá siendo Bruce, junto a su hermano gemelo Brian, pero una negligencia médica durante una circuncisión en 1965 había destruido sus genitales.
En un intento desesperado porque la vida de su hijo fuera satisfactoria, sus padres se pusieron en contacto con un psicólogo que aseguraba que la condición sexual no es innata, sino que es asignada mediante la educación en los primeros años de vida. Es decir, que si trataban a Bruce como Brenda, este se convertiría en una mujer plena, en vez de sufrir como un hombre sin pene. Se trataba de John Money, un psicólogo del hospital Johns Hopkins (Baltimore) famoso por sus teorías sobre el género. Además, era una oportunidad inigualable para Money de demostrar sus teorías, ya que tendría un sujeto de control: Brian, con la misma carga genética que su hermano, pero que tendría una orientación diferente.
El 3 de julio de 1967, los médicos sometieron a Bruce a una castración quirúrgica (quitándole los testículos) y le modelaron una vagina. Bruce se convirtió en Brenda a la vez que en un conejillo de indias. Mientras, las instrucciones para sus padres, Janet y Ron, fueron claras: no contarle jamás lo que había ocurrido.
Los niños fueron creciendo y la situación se fue complicando. Según contaría Janet ya en los años 90 al periodista de la revista «Rolling Stone» John Colapinto, la primera vez que trató de ponerle un vestido a Brenda intentó arrancárselo. «Recuerdo que pensé: “¡Dios mío, sabe que es un chico y no quiere que le vista como a una chica!”». Pero no solo fue aquello. Cuando su hermano jugaba a afeitarse con su padre, Brenda también quería. «Mi padre me dijo: “No, no. Tú vas con tu madre”. Me puse a llorar, “¿Por qué no puedo afeitarme también?”», contó él mismo. Desde pequeña incluso insistía en orinar de pie.
Por su parte, su gemelo identificaba a Brenda como a una hermana. «Pero ella nunca actuó como tal», reconoció al periodista de «Rolling Stone». «Si le regalaban una comba, para lo único que la usaba era para atar a la gente o para azotarla como si tuviera un látigo. Nunca la usó para su propósito real. Jugaba con mis juguetes mientras que los suyos, como una lavadora, solo los usaba para sentarse».
Estudio John/Joan 
Sin embargo, para cuando cinco años después el doctor Money publicó el primer libro sobre el «estudio John/Joan» (como lo había bautizado) bajo el título «Man & Woman, Boy & Girl», las conclusiones que reflejaban eran las opuestas. Money aseguraba que tras haber enfatizado en el uso de la ropa femenina, Brenda ya tenía una clara preferencia por los vestidos. Que se sentía orgullosa de su pelo largo. Que por Navidades había pedido una casa de muñecas y un carrito de paseo. Que la orientación de género se había impuesto.
Para cuando Brenda llegó a la adolescencia sufría depresión y se había intentado suicidar al menos una vez. También tomaba estrógenos. Cuando el doctor Money le instó a que se sometiera a otra cirugía, se negó rotundamente. Fue entonces cuando sus padres decidieron contárselo. Fue entonces cuando Brenda pudo volver a ser un chico. Eligió de nombre «David» en honor al héroe bíblico que, desafiando todas las probabilidades, mató al gigante Goliat. Se sometió a una faloplastia y se quitó los pechos que le habían crecido gracias a las hormonas. Para cuando cumplió 23 años, se casó.
Los dos gemelos acabaron suicidándose en un lapso de dos años
Sin embargo, su familia había quedado destrozada. Su madre Janet cayó en depresiones clínicas repetidas que requerían hospitalización. Su padre Ron se convirtió en un alcohólico. Su gemelo Brian abandonó los estudios y trató de suicidarse en varias ocasiones hasta que lo consiguió en 2002. Dos años después, con 38 años, David hacía lo mismo tras haberse divorciado años atrás de su mujer.
Objetivo soporte médico  en contra de la ideología de género
La historia de David Reimer saltó a la luz en 1997 gracias al doctor Milton Diamond de la Universidad de Hawai, quien convenció a David de que contar su caso ayudaría que no le ocurriera a nadie más. Meses después salía publicado también el artículo de John Colapinto que en el año 2000 se editaría en un libro titulado “Tales médicos, quirúrgicos y sociales combinados no tuvieron éxito en hacer que este niño aceptara una identidad de género femenina entonces, tal vez, tengamos que pensar que hay algo importante en la constitución biológica del individuo».
Nos parece que poco mas se puede añadir a este controvertido caso, que si bien, por su individualidad no puede significar algo definitivo sobre la ideología de género, sí que aporta un objetivo soporte, aunque parcial en su contra (Ver libro “Como la naturaleza lo hizo”).

*Justo Aznar
Observatorio de Bioética UCV

viernes, 24 de julio de 2015

¿Y dónde dejamos la educación sexual?



Por Alexander Cabezas, Costa Rica
La educación sexual no puede entenderse únicamente en su función genital biológica y reproductiva; esto sería ignorar la integridad del ser humano en lo que concierne a su área social, emocional, psicológica y espiritual, entre otras. Sin embargo, han sido algunos paradigmas erróneos los que se han encargado de transmitir una perspectiva reduccionista y distorsionada de la sexualidad, algo que ha acrecentado las brechas que existen para una sana concepción.
Las consecuencias de estos sesgos son evidentes cuando no se logran puntos de equilibrio ni de acuerdos que permitan construir estrategias para enseñar algo sobre sexualidad de forma equilibrada, profesional y responsable en los diversos espacios y en especial en el dialogo y en la comunicación con los adolescentes y los jóvenes.
Claro ejemplo de ello es que sólo hace unas pocas décadas los adolescentes, que hoy ya son padres o abuelos, iniciaron su vida sexual en los locales donde las “chicas malas” del pueblo (un término despectivo para referirse a las mujeres que ejercían la prostitución), con el fin de “hacerlos hombres” (como si ser hombre se definiera por su capacidad de tener sexo). En muchos casos, estas mismas mujeres fueron las primeras, y quizás las únicas, maestras en materia de educación sexual que tuvieron nuestros ancestros. Pero para colmo de males, después se alentaba a estos jóvenes a utilizar su experiencia sexual inicial para buscar  una chica “pura y virgen” con el objetivo de cumplir sus sueños de construir un hogar.
De este pobre entendimiento, que rebaja a la mujer a ser un simple objeto sexual, se ha valido el machismo para justificar el placer únicamente para el hombre, al mismo tiempo que considera que el deber de la mujer es complacer los deseos de su marido y engendrar hijos sin ningún tipo de consideración por sus emociones o deseos.  Este mensaje popular se perpetuó con la ayuda de algunas enseñanzas bíblicas, fuera de contexto, que promovían que era el hombre el que debía ejercer poder sobre la mujer. De estas distorsiones, muchos arrastramos todavía algunas secuelas.
Con vergüenza reconozco que, en mi adolescencia, uno de los descubrimientos que más me impactó fue cuando me compartieron que las mujeres también tenían capacidad para experimentar placer como los hombres. Pensaba que los deseos sexuales eran tan viles, sucios y depravados, que eran la carga que teníamos que sobrellevar como género masculino.  Este ejemplo ilustra la escasa formación que se me había brindado en el campo sexual.
Pese al cambio de los tiempos, seguimos encontrando una escasa comprensión y formación del tema en el hogar, en la escuela y en la iglesia. Esto quiere decir que hablar de educación sexual sigue siendo un tema tabú.
Los jóvenes, ante el silencio de los sus progenitores y frente a sus demandas y necesidades, se forman o deforman, con el aporte que reciben de sus padres, la televisión, Internet u otro medio de comunicación que muestra el sexo como una transacción comercial desvinculado del amor, el compromiso y las relaciones interpersonales estables y maduras.
¿Tienen algo que decir la iglesia?
Sin pretender generalizar, aún existen muchos sectores eclesiales que continúan guardando silencio y que han  sido víctimas de un enfoque platónico que se viene arrastrando desde los primeros siglos de nuestra era. Las ideas griegas y platónicas permearon la iglesia con conceptos dualistas, lo cual produjo una separación entre lo espiritual y lo físico y se comenzó a entender el  sexo sólo como función reproductiva.
Quizás por ello, el libro de Cantar de los Cantares, (Shir hashirim” en hebreo),  recibió fuertes críticas y oposiciones para formar parte del Canon Bíblico. Incluso, Martin Lutero y otros, quisieron excluirlo. A algunos líderes se les ocurrió la idea de  suavizar su contenido y entenderlo como una alegoría en la que cada imagen relacional tenía que ser entendida como una relación entre Jesús y su Iglesia; algo que, por otra parte, violenta las reglas hermenéuticas de interpretación.
Como iglesia nos ha costado entrar en el dialogo de la educación sexual. Obviamente existen excepciones, pero debemos reconocer que ha sido más la labor de algunas organizaciones cristianas la que ha tenido que desarrollar el tema desde una perspectiva más amplia y, nuevamente, ante el silencio y marginación de la Iglesia.
El camino debe construirse desde la creación de puentes de comunicación, dialogo, modelos, que incluyan, el respeto, la dignidad, la tolerancia, la autopercepción y la aceptación, entre otros factores indispensables que, por supuesto, deberían iniciarse en el hogar y reforzarse en otros círculos más amplios, incluyendo las iglesias. Es todo un reto, no lo niego, sobre todo en estos tiempos en los que los medios de comunicación nos bombardean con estereotipos distorsionados de lo que es el sexo. Pero “no nos avergoncemos de hablar de lo que Dios no se ha avergonzado en crear” (Clemente de Alejandría).

Alexander Cabezas Mora, costarricense. Consultor en temas de niñez e iglesia. Profesor de varios seminarios teológicos en Costa Rica. Tiene una maestría y una licenciatura en teología y un bachillerato en Educación Cristiana.

Fuente: Lupa protestante, 2015.