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domingo, 11 de junio de 2017

Teología de espaldas al mundo



Por. Juan Simarro, España
Muchos cristianos estamos acostumbrados a escuchar unos mensajes o una teología en la que nos enseñan lo que hemos de creer, cómo debemos orar y alabar, cómo debemos servir en los programas de la iglesia, a donar, a la práctica del ritual. Sin embargo, en cuanto al mundo y sus problemáticas, pueden mantenernos de espaldas a él. Tristeza. Falta de visión. Ruptura de la vivencia del cristianismo integral.
¿Es posible vivir el cristianismo de espaldas al mundo? Pensad, por tanto y ante esta pregunta, si en cuanto a las situaciones de marginación de las personas, formas de opresión, las circunstancias que muestran los desequilibrios económicos en el mundo y otras cuestiones sociales en las que el mundo demanda la involucración y el compromiso de los cristianos, solemos mantenernos de espaldas, silentes, estáticos, paralizados. Una reflexión sobre esto es imprescindible.
Debemos estar de cara al mundo. Quizás hoy necesitemos unos pastores o una teología que nos haga girar y volver el rostro poniéndonos de cara al estado de cosas en nuestra tierra, sus avatares, sus problemáticas, sus injusticias. Creo que si nos giramos volviendo el rostro hacia el prójimo sufriente y sus condiciones de vida en el mundo, vendrá un siguiente paso casi de forma natural: Comenzaremos a tomar postura frente a esas situaciones, ante los abusos que se hacen de nuestro prójimo, tantas y tantas violencias que se ejercen por parte del hombre contra el hombre ante la indiferencia, a veces, de los cristianos.
De cara al mundo es como vamos a comenzar a pensar que quién es mi prójimo, vamos a verlo y es la única forma de que nos sintamos movidos a misericordia.  Luego, cuando estemos amando en relación de semejanza a nuestro Dios y al prójimo oprimido y apaleado, comenzaremos a entender como no se puede practicar la projimidad de espaldas al mundo. Que nadie nos dé ni nos enseñe una doctrina estática o paralizadora en relación con el mundo y con el prójimo. 
Tenemos que saber que creer también nos lleva a comprometernos con el prójimo sufriente. Necesitamos una enseñanza que haga que nuestra espiritualidad cristiana encuentre sentido en el tomar partido, postura y compromiso frente a tanta exclusión, tanta pobreza, tanto sufrimiento, tanta opresión y tanto abuso del hombre por el hombre. Sólo porque así nos lo enseñó Jesús, los profetas, la doctrina bíblica en general. No podemos ser un bálsamo para los apaleados, no podemos ser agentes del Reino ni aplicar sus valores en un mundo que los necesita, si nos sentamos de espaldas al mundo. Hay que dar el giro, el trastoque de valores asumiendo la acción cristiana como forma de vivir la espiritualidad.
Así, pues, gírate. Da la cara en compromiso con el mundo. No seas cristiano sólo de ritual. Es importante situarse ante Dios, ante su hijo Jesucristo, ante el Espíritu que nos da vida, hacer fiestas solemnes, dar diezmos y ofrendas, alabar y otras cuestiones imprescindibles para vivir la vida cristiana, pero dando la cara a un mundo en donde hay millones de personas sufriendo, en donde se da el escándalo de la pobreza, de la tortura, del robo, de la corrupción, de la exclusión de millones de personas que son como un sobrante humano que no participan de los bienes del planeta tierra, bienes a los que tienen derechos como criaturas de Dios. 
Vuélvete. Da la cara en compromiso con el mundo. Los que tenéis el privilegio o la carga de enseñar las características del Evangelio, de los valores del reino, de la sana doctrina, no convirtáis vuestra enseñanza en mantener personas practicando el ritual de espaldas al mundo. El ritual que no compromete nuestra acción para con el mundo en conflicto, para con el prójimo sufriente, para la evangelización en palabra y acción solidaria que el mundo necesita, no es el ritual que responde a los valores del auténtico Evangelio, el de la gracia y la misericordia de Dios. Este evangelio nos posiciona, obligatoriamente, ante la necesidad de sentirnos movidos a misericordia, a la acción, a las obras de la fe, a una fe que actúa en el mundo a través del amor. Lo otro es comodidad, egoísmo, pecado de omisión.
La teología, los pastores, la iglesia, nos debe enseñar dos caminos que se necesitan el uno al otro: el camino del cielo y el camino que nos lleva por los vericuetos de la tierra allí donde el prójimo está en necesidad. No hay camino al cielo que no esté arraigado en el de la tierra. 
Tenemos que saber mirar al cielo y seguir el camino estrecho, pero sin dejar de mirar el mundo, las problemáticas terrestres en donde estamos llamados a ser sal y luz. No se puede vivir una auténtica espiritualidad cristiana mirando sólo hacia arriba. Hay que mirar también los caminos y senderos del mundo. Vivir de cara a él. 
Intentar vivir el cristianismo de espaldas al mundo, es una irresponsabilidad egoísta, es lo que impide que, realmente, vivamos en autenticidad los valores del Evangelio.
Peligro: Vivir un cristianismo escandalosamente cómodo, con alabanzas a un Dios que se siente molesto con esos ruidos que son como metal que resuena o címbalo que retiñe. Muchas veces estamos inundados de doctrina, preñados de enseñanzas, pero estáticos, silentes, insolidarios. 
Engordamos ante el mundo por falta de acción y no sé si por un exceso de pietismo, pero esa gordura no agrada a Dios. Él nos quiere trabajando, actuando, sirviendo al prójimo en un mundo problematizado.
Jesús irrumpe en nuestra historia dando ejemplo de lo que es ser seguidor suyo. No es sólo recluirse en el templo para alabar o adorar, sino comprometerse con el hombre en su realidad de nuestro aquí y nuestro ahora, su realidad sufriente, aprendiendo a ejercer la denuncia profética y a ser las manos y los pies del Señor en medio de un mundo de dolor.
Los valores del Reino no son solamente doctrina, sino una fuerza, una dinámica, un lanzarnos al mundo como agentes de liberación y de anuncio de salvación, para el más allá y para el momento en el que nos ha tocado vivir. 
¿De dónde sacaremos esa energía que nos haga darnos la vuelta y girar nuestro rostro de cara al mundo? ¿De dónde sacaremos las fuerzas para seguir a Jesús en el servicio al mundo? Hay que buscar el cristianismo integral, el que nos hace mirar al cielo sin dejar de mirar a la tierra a la vez que decimos al Señor: “Heme aquí, envíame a mí” y caminar en obediencia comprometidos con el mundo, de cara a él.
Fuente: Protestantedigital, 2017

domingo, 29 de noviembre de 2015

Feminismo vs. Igualdad



Mujeres, necesitamos a los hombres. Hombres, necesitáis de las mujeres, porque fuimos creados para complementarnos y juntos trabajar por un futuro mejor.
Por. Génesis Yélamo, España
Como esta semana se ha celebrado la Lucha contra la violencia de género han habido diferentes manifestaciones de grupos que se ven comprometidos con esta causa. Uno de ellos es el grupo feminista, entonces ha sido una semana donde me he cansado de leer posts sobre su filosofía. "Feminismo", según ellas, significa igualdad (pero no sé, la palabra feminismo no me parece un nombre muy neutral frente al hombre...).
Si hacemos un recorrido histórico no podemos negar que a la mujer se le denegó ciertos roles y posiciones, durante mucho tiempo estuvo limitada a la crianza y mantenimiento del hogar. Durante muchos años la mujer estaba en un segundo plano opacada por la figura de algunos hombres y su filosofía machista. Han pasado años en que se ha luchado por el reconocimiento de la autonomía de la mujer, su capacidad y habilidad a la par que la de un hombre. Pero creo que se nos ha pasado el arroz.
¿Ahora porqué se lucha? Me doy cuenta que ya no se lucha por el reconocimiento de nuestra autonomía. Porque considero que a menos en nuestra sociedad ya esos esquemas se han cambiado (salvo grandes excepciones). Pero creo que ahora simplemente hemos cambiado la cara de la moneda, ahora es la autoridad de la mujer sobre el hombre. Ya cada vez hay menos hombres con posiciones de autoridad en las series, películas, libros... ahora son todas mujeres. ¡Y no está mal! pero... seamos honestos... ahora el papel del hombre se quiere denigrar dejándolo en segundo lugar.
Algo así como una venganza. Ya que los hombres han estado "mandando" durante tanto tiempo, ahora les toca sufrir y a nosotras mandar. Ahora se lucha por los derechos de la mujer, derechos, derechos y más derechos... Que muchas veces dejan sin la mínima oportunidad al hombre. Creo que las que luchan por que la mujer sea "como hombre" se menosprecian a sí mismas, ellas mismas ven a la mujer como débil. Hay grupos que rechazan nuestra vena sensible, que creamos en el amor, que queramos ser madres, cuidar de nuestro hijos, amar fielmente a nuestros maridos etc... hay grupos que ven esto como "inapropiado" en su agenda del poder supremo de la Mujer.Pero simplemente es nuestra esencia como mujeres.
Hay hombres que son maltratados, castrados psicológicamente, que se les castiga sin ver a sus hijos...etc...pero nadie dice nada. Muchas veces judicialmente tiene mas valor la palabra de la mujer que la del hombre. Y si en algún momento la balanza se inclina hacia el hombren se acusa de machismo.
Jesús cree en la igualdad. En la igualdad donde tanto el hombre como la mujer son importantes (Gal.3:28) En la cultura de Jesús, ni el hombre es mayor que la mujer pero tampoco la mujer es mas importante que el hombre. Luchemos por una sociedad como en el Reino de los Cielos, en derechos igualitarios, en una visión de complementos no de enemigos.
Mujeres, necesitamos a los hombres. Hombres, necesitáis de las mujeres, porque fuimos creados para complementarnos y juntos trabajar por un futuro mejor. Como mujer quiero ser madre, quiero formar un hogar junto a mi marido, y esto no es debilidad, simplemente sigo mi instinto como mujer. Soy sensible pero también soy trabajadora, puedo ser una autoridad, ser la mejor en mi área laboral y tener un gran reconocimiento por mis logros.
En vez de defender tanta discusión por la supremacía de la mujer , porque es que somos diferentes queramos aceptarlo o no, luchemos por los valores de la tolerancia, el buen trato, cambiar la visión de que somos seres opuestos y brindemos por el amor, la armonía dentro de nuestra identidad.
Si tienes dudas, el plan de Dios es de complementarnos. En Génesis 1:26-28 Dios habla en plural: fructificad, multiplicaos, llenad la tierra, juzgadla, señoreadla etc... En plural, porque estamos juntos en esta aventura, el papel de autoridad es concedido a ambos, no sólo al hombre ni sólo a la mujer. Juntos somos perfectos.
                          
Fuente: Protestantedigital, 2015.

lunes, 3 de agosto de 2015

El Reino de Dios, ¿es una utopía?



Por Pedro Álamo, España*
Se ha identificado el Reino de Dios con el futuro prometedor de Dios a su pueblo y, por lo tanto, con las esperanzas puestas en la intervención definitiva de Dios para gobernar el universo. Pero, ¿es esto el Reino de Dios?
Otros han pensado que el Reino de Dios tiene que ver con la vida eterna que el Señor prometió a los suyos y, por lo tanto, es más bien para el cielo, no para la tierra. Pero, ¿es esto el Reino de Dios?
Otros lo han relacionado con una sociedad transformada, cuyas bases están en conceptos utópicos de mejora y transformación del ser humano capaz de superarse a sí mismo y construir un mundo perfecto, donde priman la igualdad, la libertad y las necesidades satisfechas. Pero, ¿es esto el Reino de Dios?
La palabra utopía viene del griego ou (no) y topos (lugar); es decir, un lugar que no existe y, por lo tanto, solo cabe en la idealización de lo que se anhela.
La utopía parte de una crítica radical del modelo social actual. Tomás Moro, en el siglo XVI, escribió acerca de una isla llamada Utopía que contrastaba radicalmente con la sociedad inglesa del momento; aspectos políticos, económicos, sociales, culturales se idealizan y se sitúan en el polo opuesto de la experiencia vital de su entorno.
El planteamiento utópico del futuro tiene que ver con soñar con un mundo perfecto donde todos los seres humanos son iguales y tienen las mismas oportunidades, la clase dominante ha desaparecido y la libertad es igual para todos; un mundo donde cada persona disfruta de los recursos necesarios para que su vida sea maravillosa…
La pregunta que debe hacerse, entonces, es: ¿cómo se transforma una sociedad inmadura en otra perfecta? La respuesta es clara: por la acción del ser humano que va superando diferentes etapas hasta la consecución del objetivo último, la sociedad perfecta.
A partir de lo expuesto, ¿se puede decir que el Reino de Dios que Jesús anunció es una utopía? ¿Se ajusta a las bases ideológicas de la utopía? Desde mi punto de vista la respuesta es no.
Sostengo esta conclusión partiendo de una base antropológica. El ser humano no es mejor ahora que hace 2000 años; los problemas siguen siendo los mismos. Es cierto que la sociedad ha evolucionado mucho, pero sigue existiendo el egoísmo, la acumulación de bienes, la insolidaridad, el abuso de poder, la dominación de unos sobre otros, la violencia, la discriminación, el hambre…; para mí, la esencia del ser humano sigue siendo la misma. Alguien podría objetar que también observamos bondad, solidaridad, libertad… Cierto, de la misma forma que se ha visto a lo largo de la historia de la humanidad; son destellos que reflejan la imagen y semejanza de Dios. Por decirlo de una manera suave, el ser humano no es bueno, su corazón no tiende de manera natural a la bondad, sino al contrario. Es más, si se dan las circunstancias adecuadas, cualquiera puede convertirse en una especie de personificación del mal. ¡Cuántos en nuestros días han proclamado el reparto de la riqueza para construir una sociedad más igualitaria y justa hasta que han tocado el dinero y se han corrompido! Basta observar el interés que muestran los países más desarrollados y sus gobernantes cuando está en juego la estabilidad económica mundial o la explotación de los hidrocarburos, pero miran para otra parte cuando se trata de la pobreza en la que millones de personas están instaladas; lo peor de todo es que, en muchas ocasiones, los cristianos guardan silencio ante semejante panorama. Es muy fácil deslizarse.
Entonces, no podemos hablar utopía cuando se parte de una base antropológica opuesta. La utopía considera que el ser humano irá evolucionando hacia un mundo mejor, conseguido por sus propios esfuerzos y capacidad de superación. Desde mi punto de vista, la visión del Reino de Dios que anunció Jesús se aleja de este planteamiento porque, en lugar de poner el acento en las posibilidades del ser humano, centra la atención en la esencia de Dios y su acción a favor de la humanidad. Una persona preguntó a Jesús en una ocasión: “Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?”. Jesús le contestó: “¿Por qué me llamas bueno? Ninguno hay bueno sino uno, Dios” (Mat 19.17; Mc 10.18; Luc 18.19). Esto tuvo que causar un impacto importante en los evangelistas, ya que 3 de los 4 lo mencionan, con lo que nos situamos en la mismísima fuente original del pensamiento de Jesús. Solo Dios es bueno. Entonces, el Reino de Dios no se consigue por las bondades humanas, sino por la intervención misericordiosa de Dios en su pueblo.
Otro de los elementos en los que se fundamenta la utopía tiene que ver con el espacio y el tiempo. No hay un lugar concreto en el mundo donde se viva la utopía y, además, se sitúa en el futuro, porque siempre hay cosas que mejorar o cambiar. Por ello, el Reino de Dios no tiene nada que ver con la utopía, porque el Reino se sitúa en el “aquí y ahora”.
Jesús predicó el arrepentimiento porque el Reino de los cielos se había acercado. El Reino no es para el futuro, es para el presente; no se opera en un lugar desconocido, sino en medio de la historia del pueblo de Dios. Pero, ¿cómo puede ser esto? El Reino de Dios tiene lugar en la tierra, en estos momentos; la vida eterna tiene lugar en el cielo y es para el futuro. Por lo tanto, son conceptos distintos que, en ocasiones, se han confundido. Insisto, ¿somos testigos de que el Reino de los cielos se ha acercado? ¿Es cierto que ya está presente en nuestro mundo, aquí y ahora y, por lo tanto, no es una utopía? Para mí la respuesta es afirmativa.
Cuando conformamos una Comunidad cristiana en la que no hay privilegiados ni dominio de los unos hacia los otros, sino que todos son iguales y se vive en libertad, allí está el Reino de Dios. Por lo tanto se experimenta aquí y ahora. Jesús enseñó a sus discípulos: “Sabéis que los gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que son grandes ejercen sobre ellas potestad. Mas entre vosotros no será así” (Mat 20.25-26). En el Reino de Dios no cabe el dominio de unos sobre otros, el servicio es su distintivo más preciado y eso puede tener lugar aquí y ahora. Sin embargo, en aquella Comunidad cristiana donde se ejerce poder a través del dinero, se abusa de la imagen y prestigio de unos cuantos, y se manipula al pueblo llano bajo la sombra y amenaza de la excomunión…, allí no está el Reino de Dios.
Cuando un seguidor de Jesús es capaz de perdonar a quien le ha ofendido porque se ha arrepentido en su corazón, y le pide perdón, allí está el Reino de Dios. El perdón, posiblemente, sea uno de los signos más visibles y eficaces que permiten vislumbrar el Reino porque significa que la mismísima esencia de Dios ha calado en lo profundo del corazón humano. Dios perdona. Nosotros perdonamos al sabernos perdonados por Dios de una manera tan generosa. Ahí está el Reino de Dios, aquí y ahora. No hace falta esperar al futuro, a la vida eterna. Podemos perdonar a nuestros semejantes y que ese perdón permita seguir desarrollando relaciones fraternales fructíferas; con eso tiene que ver el Reino de Dios. Pero, una Comunidad en la que los miembros están enfrentados unos a otros, no se hablan, se esquivan evitando relacionarse a través del amor y el servicio cristiano…, allí no está el Reino de Dios.
Cuando se lucha por la paz, en el sentido bíblico del término, es decir, el shalom, el bienestar de todos los que nos rodean, allí está el Reino de Dios. Cuando se lucha contra la violencia, la extorsión, la injusticia, el abuso de poder, la opresión…, desde la acción de Dios en medio de su pueblo, allí está el Reino de Dios, ha llegado, se hace visible y manifiesto aquí y ahora. Dios quiere la paz, a Dios le interesa la felicidad del ser humano. Sin embargo, aquella Comunidad que es testigo del atropello que los pobres están experimentando y guarda silencio, sin mover un dedo, se hace cómplice del mal y allí no está el Reino de Dios.
Cuando alguien se sacrifica por los demás, renunciando de manera sincera a ciertas comodidades, dando de comer al hambriento, alentando al desanimado, sosteniendo al débil, intentando aliviar el dolor del que sufre, allí se hace presente el Reino de Dios. Aquellos creyentes que están haciendo la vida más fácil y feliz a sus semejantes están haciendo visible el Reino de los cielos que ha llegado. Sin embargo, aquella Comunidad que está instalada en una vida confortable y no está dispuesta a renunciar a nada por seguir al Maestro, allí no está el Reino de Dios.
Cuando las relaciones que se establecen entre las personas están caracterizadas por la justicia, allí está el Reino de Dios que se ha hecho presente; la justicia está en la misma esencia de Dios. Por eso, Jesús animó a sus discípulos a que no se preocuparan por la comida o el vestido y les dijo: “Buscad primeramente el Reino de Dios y su justicia” (Mat 6.33). Pero, si la Comunidad es testigo de la injusticia y no clama para que Dios intervenga a favor del necesitado, ni se moviliza…, allí no está el Reino de Dios.
Podríamos seguir mencionando otros ejemplos, pero creo que son suficientes. Dicho todo esto, es cierto que el seguidor de Jesús es limitado, pero confía en la grandeza de Dios; es débil, pero cree en el Todopoderoso. Por ello, a pesar de que el Reino de los cielos se ha acercado, todavía no está instalado en plenitud. Ya está aquí, pero todavía no. Estamos muy condicionados por nuestra humanidad; así que, esperamos y anhelamos una manifestación completa del Reino de Dios que ya se ha inaugurado en Jesús, pero que será instaurado con plenitud; esto ocurrirá cuando el Señor vuelva y, entonces, la limitación se evaporará, la debilidad se transformará en poder y el Señor mismo pastoreará a su pueblo. Esto no solo es una idea del Nuevo Testamento; ya el profeta Isaías hablaba de ello (Is 11.1,ss.) y ocurrirá porque “la tierra será llena del conocimiento del Señor, como las aguas cubren el mar” y sucederá cuando el Dios termine de congregar a su pueblo (Is 11.11-12).
El Reino de Dios no es una utopía en el sentido estricto del término; ya ha llegado, está aquí y se manifiesta en un lugar concreto y en unos hechos específicos por la intervención del Espíritu de Dios en medio de su pueblo; por lo tanto, no tiene que ver con palabras grandilocuentes y llenas de humanidad típicas de los teóricos, sino con acciones concretas en el “campo de batalla”. La iglesia hace visible el Reino de Dios cuando sigue a Jesús, cuando da de comer al hambriento, cuando consuela al que sufre, cuando vive en libertad y lucha por la justicia, cuando la misericordia es la base de las relaciones interpersonales, cuando acoge al descarriado, cuando sostiene al huérfano, a la viuda y al extranjero…
El Reino de Dios no es una utopía; está aquí, y se experimenta ahora. Por eso, el Señor desea  congregar a su pueblo para que sea testigo de su gracia y su misericordia, nos llama al Reino de los cielos que ya se ha acercado; mientras tanto, esperamos la venida del Señor, momento en el que recibiremos la promesa que nos hizo, la vida eterna (1 Juan 2.25), y los sueños y anhelos se harán realidad.

* Pedro Álamo es Bachiller en Teología, Licenciado en Psicología, Pastor y Profesor de Teología hasta el año 2001. Actualmente ejerce como delegado comercial en una Compañía de servicios tecnológicos para editoriales. Autor de "La iglesia como comunidad terapéutica" y "Consejería de la persona. Restaurar desde la comunidad cristiana", publicados por la Editorial Clie. Miembro de la Iglesia Betel, en L'Hospitalet de Llobregat, Barcelona. Ha participado en tertulias radiofónicas sobre temas especializados de Teología en Onda Rambla, Barcelona.

Fuente: Lupaprotestante, 2015.