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domingo, 9 de julio de 2017

Lutero y entorno favorable para su gesta



Por. Carlos Martínez García, México
La liberación espiritual que experimentó fue el detonante de una gran explosión. Martín Lutero no tenía previsto lo que desataría cuando externó por escrito duras críticas al sistema eclesiástico cuya cúspide era, en ese momento, el papa León X.
Sin buscarlo desató una tormenta de torrenciales dimensiones. El entonces monje agustino solamente buscaba incentivar debates en torno a la para él pecaminosa venta de indulgencias.
La reacción popular de lo que escribió en latín, las 95 tesis contra las indulgencias, al ser traducidas estas al germano, le tomó por sorpresa y convirtió en un personaje súbitamente ascendente.
Primero sectores amplios de Wittenberg se identificaron con los postulados de Lutero, después la identificación se extendió por toda Europa, a veces de manera clandestina y otras de forma pública.
Faltan poco menos de cuatro meses para el 31 de octubre, mismo día pero de 1517 en que Martín Lutero clavó en la capilla del Castillo de Wittenberg las 95 tesis. Los quinientos años del acontecimiento han estimulado la realización de coloquios, cátedras especiales, festivales, ediciones de libros y conferencias en muchos países.
En Iberoamérica instituciones de distinto talante están organizando foros de análisis sobre el significado y desarrollo del movimiento iniciado por Lutero, el protestantismo. Porque el protestantismo tuvo repercusiones globales, incluso en lugares donde se atrincheraron férreamente en su contra.
En un principio el profesor de Biblia de la Universidad de Wittenberg puso en tela de juicio algunas enseñanzas de la Iglesia católica romana.
Basado en lo que descubrió al estudiar detenidamente la Biblia, particularmente la Carta a los Romanos, Lutero concluyó que por siglos la institución eclesiástica había mal enseñado sobre cómo tener salvación y recibir perdón por parte de Dios.
Aunque ya conocía los escritos bíblicos traducidos en la Vulgata Latina, la edición del Nuevo Testamento en griego (lengua original de la obra) hecha por Erasmo de Róterdam en 1516, ahondó los descubrimientos de Lutero y entonces decidió hacer pública su postura sobre los errores doctrinales hallados.
La en apariencia inocencia de Lutero al convocar a debatir la que él consideraba escandalosa forma de comercializar la fe del pueblo, mediante la venta de indulgencias, puso en jaque al sistema teológico y eclesial católico romano.
Su disidencia paulatinamente alcanzó otros terrenos impensados al nada más llamar a un debate al interior de la comunidad académica y sacerdotal de Wittenberg, la crítica teológica se convirtió en política y cultural.
Esto fue así por la estrecha unión entre el orden eclesiástico y el político en la sociedad que, sin ser consciente de ello, transitaba por los estertores de la Edad Media.
Martín Lutero quiso compartir lo que consideraba su liberación espiritual cuando al releer incansablemente el primer capítulo de la Carta a los Romanos su comprensión del pasaje tuvo un giro.
La experiencia la resumió varios años después, en 1545, al escribir el prólogo a sus obras completas editadas en latín: “Me sentí enton­ces un hombre renacido y vi que se me habían franqueado las compuertas del pa­raíso. La Escritura entera se me apareció con cara nueva. […] Así, este pasaje de Pablo en realidad fue mi puerta del cielo”. En este sentido es aguda la observación de Alec Ryrie; “él y los protestantes que le sucedieron no estaban tratando de modernizar al mundo, sino de salvarlo. En tal proceso cambiaron profundamente cómo pensamos sobre nosotros mismos, nuestra sociedad y nuestra relación con Dios (Protestants, the Faith that Made the Modern World, Viking, New York, 2017, p. 2.).
La batalla personal de Lutero fue creciendo por varios factores. Uno de ellos tuvo mucho qué ver con la respuesta de las autoridades eclesiásticas católicas.
La de Wittenberg no era una de las grandes universidades del siglo XVI en Europa. La fundó Federico el Sabio en 1502, y carecía de prestigio en el conjunto educativo superior europeo.
Que un profesor de una pequeña universidad alemana hubiera tenido la osadía de retar al poderoso entramado católico romano fue visto, en la sede pontificia, como un exabrupto al que con celeridad se le pondría remedio.
No fue así, la rebeldía creció aceleradamente y alcanzó un punto sin regreso en la Dieta de Worms, a la que llegó con el salvoconducto de Federico el Sabio y aclamado por los habitantes que salían al paso para darle palabras de respaldo y ánimo. En abril de 1521, ante el emperador Carlos I de España y V del Sacro Imperio Romano Germánico junto con representantes del papa León X, no se retractó de sus enseñanzas Martín Lutero sino que las refrendó y reconoció ser autor de libros en los que desconocía la autoridad papal.
Lutero tuvo a su favor un avance tecnológico que hizo posible la difusión de sus propuestas por toda Europa, inclusive en la muy católica España: la reproducción masiva de lo que escribía. Gracias a la imprenta de tipos movibles los talleres produjeron por miles los folletos y libros de Lutero.
En 1522 se publicó el Nuevo Testamento traducido al germano por Lutero, y en 1534 la Biblia. Él anhelaba que la gente leyera la Biblia y la gente la leyó, quienes no sabían leer tuvieron un incentivo para aprender a hacerlo y en tanto escuchaban a los lectores que visitaban pueblos y aldeas para leerla en voz alta.
Pero además de la Biblia en distintos sectores de la sociedad leyeron otras propuestas más radicales que las de Lutero, y el ejercicio llevó a diversas posiciones no nada más religiosas sino también políticas y económicas.
La trascendencia cultural e histórica de la traducción de Lutero le da un cariz particular a la nación germana. Le sirve para fortalecer su identidad, para anteponer su idioma al dominante latín priorizado por la Iglesia católica. La Biblia de Lutero representa la democratización del conocimiento religioso, que desde este terreno se extiende a otros ámbitos, como el político. De ahí que se haga necesario aquilatar la afirmación de Johann Wolfgang von Goethe: “Los alemanes sólo se convirtieron en un pueblo con Lutero”.
Martín Lutero vio en la imprenta un medio invaluable para extender sus traducciones y escritos. La tenía por “un regalo divino, el más grande, el último don de Dios”. El instrumento tecnológico es considerado un aliado por Lutero, y lo usa eficazmente en la producción promedio de un libro cada 15 días. Incluso antes que iniciara en mayo de 1521 la traducción del Nuevo Testamento, entre 1517 (en octubre de 1517 cuando redacta las 95 tesis contra las indulgencias) y 1520 (cuando pública tres de sus principales escritos: Discurso a la nobleza de la nación alemana, La libertad del cristiano, y La cautividad babilónica de la Iglesia); se venden más de 300 mil ejemplares de treinta obras de Lutero.
La inmensa mayoría de quienes en vida de Lutero se enteraron de sus propuestas y razones para romper con el papado y la Iglesia católica, lo hicieron por medio de papeles impresos, la red más eficaz de la época, el YouTube de entonces.
Resume bien el acontecimiento E. de Moreau: “Por primera vez en la historia de los hombres un vasto público de lectores ha podido juzgar las ideas revolucionarias gracias a un modo de comunicación que se dirigía a las masas, que utilizaba las lenguas vernáculas y que recurría tanto al arte del periodista como al del caricaturista”.
Recién lo ha escrito Iñaki Ezkerra: “La Reforma protestante estaba condenada desde su inicio a ser literariamente fecunda porque surgió ligada a la palabra escrita. No hay un paso en ella que no se dé con un documento, un texto, un libro por medio. Nace y crece a golpe de lectura, traducción y publicación en los caracteres impresos diseñados por Gutenberg” (http://www.laverdad.es/ababol/primer-best-seller-20170703003805-ntvo.html).
En el tiempo de fijar las 95 tesis Lutero tenía claro lo que no deseaba se enseñara y practicara en la Iglesia, y buscaba que se regresara a la sencillez del Evangelio.
Más allá de esto carecía de un programa para el cambio y creación de una nueva institucionalidad. En el camino de su disputa con Roma se fueron abriendo horizontes inesperados, los que le llevaron a la ruptura teniendo detrás de sí apoyos y simpatías que posibilitaron que no solamente sobreviviera a las maniobras de los papas que confrontó (León X, Adriano VI Clemente VII y Paulo III), sino que fuera el artífice para desencadenar cambios y la construcción de un abanico religioso y cultural conocido como protestantismo.
El contexto político operó a favor de Lutero. Federico el Sabio, un gran coleccionista de reliquias que veneraba, protegió al monje agustino por así convenirle a sus intereses y fortalecerse tanto frente a Roma como ante el poder imperial.
Maximiliano I, cabeza del Sacro Imperio Romano Germánico había estado muy enfermo desde 1514, tanto que en sus viajes el séquito que le acompañaba “cargaba con un ataúd a dondequiera que [el emperador] viajara (Ryrie, op. cit., p. 25). Murió en enero de 1519. Cinco meses después, en junio, fue elegido el sucesor, Carlos V, tenía diecinueve años.
Carecía de suficiente experiencia para enfrentar una crisis como la representada por el reto de Lutero al régimen de Cristiandad. Años después, cuando ya tenía conocimiento del entorno socio político y decisión para someter al teólogo alemán, el entramado que había hecho posible por siglos controlar las disidencias religiosas estaba resquebrajado y fue imposible revertir el movimiento desatado por Lutero.
Martín Lutero no fue revolucionario a priori, fueron los cambios que provocó los que le infundieron de manera creciente un carácter revolucionario a la lid que emprendió.
Su genio fue haberse mantenido firme cuando la simbiosis poder eclesiástico/poder imperial se le vino encima. Se aferró con denuedo a lo que leyó una y otra vez en la Carta a los Romanos, “Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?” (8:31).

Fuente: Protestantedigital, 2017             

lunes, 1 de mayo de 2017

Algunas lecturas sobre la Reforma Protestante (XIII)



Por. Carlos Martínez García, México
Ni los acercamientos hagiográficos ni los demonizantes explican el complejo proceso de la Reforma protestante. En este año, cuando se cumple el quinto centenario del movimiento desatado por Martín Lutero, se están publicando, o están por ser publicadas, obras de uno y otro signo.
Ha comenzado a circular un volumen que desde su mismo título denota la óptica abiertamente negativa desde donde es mirada la Reforma protestante y sus personajes más conocidos del siglo XVI. La obra se llama Cisma sangriento. El brutal parto del protestantismo: un alegato humanista y secular (Editorial Taurus, Barcelona, 2017), su autor es Francisco Pérez de Antón. Datos disponibles en línea consignan que nació en 1940, en Soto de Caso, Asturias, y vive desde 1963 en Guatemala. Anteriormente dedicado a las actividades empresariales, en 1984 se apartó de las mismas para dedicarse al periodismo y a la literatura. Ha publicado varios libros, en 2006 es elegido miembro de la Academia de Geografía e Historia de Guatemala. Recibió el Premio Nacional de Literatura Miguel Ángel Asturias 2011.
Es importante mencionar que Pérez Antón barre parejo con la intolerancia manifiesta en actos violentos que perpetraron tanto católicos como protestantes en el siglo XVI. Ya que su enfoque está centrado en varios de esos actos realizados en el bando del protestantismo, el autor es prolijo en presentar los mismos y, lo para mí cuestionable, los inserta en una especie de código genético que según él marcó la emergencia del protestantismo, su posterior desarrollo y consolidación. Es así que en la propia nomenclatura que usa para describir el fenómeno evidencia su visión valorativa: “el cambio [originado por Lutero] fue demasiado radical como para designar con el pudibundo nombre de ‘reforma’ –un término evocador de cambios razonables y juiciosos– a una de las más sangrientas guerras de la civilización judeocristiana”. Él prefiere llamarle revolución.
Sin medias tintas, Francisco Pérez Antón asevera que el encontronazo teológico (el cual por la simbiosis del entramado existente durante el siglo XVI también fue político) entre la Cristiandad tradicional y la emergente estuvo dominado por el fanatismo de ambas partes, ya que “Ni Lutero, ni Calvino, ni John Knox fueron personas piadosas, vaya eso por delante. Tampoco Müntzer o Jan de Leiden. Los hombres que prendieron la mecha de la Revolución Protestante eran clérigos abrasados por el fanatismo religioso y la obsesión de suprimir al adversario en el fraterno y parecido modo que la Iglesia de Roma deseaba exterminarlos a ellos”.
El autor universaliza en cada grupo una posición que si bien fue dominante no fue única ni monolítica. Frente al fanatismo violento que antes refirió y su justificación por quienes incurrieron en él, “doctores tiene la Iglesia que no sabrán responder [convincentemente]. Y si lo saben, no querrán hacerlo. Tampoco lo harán las confesiones evangélicas. Ninguno hizo lo más mínimo por impedir que la barbarie se apoderara de la cristiandad ni de que la guerra entre sus fieles se convirtiera en uno de los episodios más pavorosos y sombríos de la civilización”. Ejemplos que fueron en contra de la absolutización en que incurre conformaron una corriente que ignora.
Sin querer queriendo, Pérez de Antón acierta en su crítica a quienes absuelven el fanatismo que lleva a la violencia cuando aquéllos tratan de explicar los excesos por el espíritu prevaleciente en esos tiempos: “Se dice que no se debe juzgar con criterios de hoy sucesos ocurridos ayer y que es tendencioso emitir juicios sobre el pasado con criterios presentes. La alusión tampoco es admisible, al menos desde un punto de vista moral, pues los mandatos esenciales del cristianismo estaban inscritos en los Evangelios desde mil quinientos años antes de que tuviera lugar la escisión”.
Fueron precisamente personajes identificados con las iglesias de creyentes, grupos conformados por asociación voluntaria y ajenos a la coerción en cuestiones de fe, quienes no solamente en el siglo XVI sino desde centurias antes señalaron la subversión del cristianismo hecha por la unión Estado-Iglesia bajo Constantino I o el Grande en el siglo IV. En los primeros años de lo que más tarde sería conocida como Reforma protestante, sobresalen los anabautistas pacifistas que rechazaron el uso de la violencia basados en una lectura cristocéntrica de la Biblia. Se preguntaban, ¿acaso es posible justificar las matanzas con lo enseñado por Cristo? Concluyeron que no, porque las mismas eran contrarias al espíritu del Cordero que fue inmolado.
Sobre la hermenéutica del anabautismo cristocéntrico y el resultado de su comportamiento socio político, Dionisio Byler subraya que “los anabaptistas empezaban con las palabras y el ejemplo de la vida y muerte de Jesús, e interpretaban la Biblia entera a la luz de lo que consideraban ser la Palabra hecha carne, la más plena y perfecta revelación de la voluntad de Dios. Esto no es exactamente lo mismo que la idea que comparten católicos y protestantes, de que el Antiguo Testamento se debe leer como preanuncio o metáfora de la obra redentora de Cristo. Lo que proponen los anabaptistas es tomar la enseñanza y el ejemplo de conducta vida y muerte de Jesús, como orientación esencial para la vida cristiana —aunque el resultado pudiera ser contrario a otros ejemplos bíblicos—”. En consecuencia fue “Original en su ética pacifista, precisamente como consecuencia de ceñirse a los evangelios y por los rasgos particulares de su hermenéutica” (El 500 aniversario de la Reforma protestante, desde una perspectiva anabaptista en http://menonitas.org/publicaciones/500%20aniversario-anabaptistas.pdf).
El grupo que rompió con la Iglesia estatal encabezada por Ulrico Zwinglio en Zúrich, el cual integraban, entre otros, Conrado Grebel y Félix Manz fue decididamente pacifista e hizo denodados esfuerzos para que quienes se identificaban como cristianos depusieran las armas. Grebel, Andrés Castelberger, Manz y otros tienen noticias de lo que está sucediendo en Alemania con el movimiento encabezado por Thomas Müntzer, consistente en tomar el cielo por asalto, es decir instaurar un régimen político y religioso igualitario mediante la fuerza. Le envían una carta (otoño de 1524) para informarle sobre los descubrimientos a que han llegado en su lectura del Nuevo Testamento en relación al uso de la violencia, el bautismo, la Cena del Señor, y el seguimiento ético de Jesús.
En lo concerniente al uso de la violencia para defender al Evangelio, le externan a Müntzer: “Tampoco hay que proteger con la espada al Evangelio y a sus adherentes, y éstos tampoco deben hacerlo por sí mismos –según sabemos por nuestro hermano- tú opinas y sostienes. Los verdaderos fieles cristianos son ovejas entre los lobos, ovejas para el sacrificio. Deben ser bautizados en la angustia y en el peligro, en la aflicción, la persecución, el dolor y la muerte. Deben pasar la prueba de fuego y alcanzar la patria del eterno descanso no destruyendo a los enemigos físicos, sino inmolando a los enemigos espirituales”. Esto último, lo de inmolar a los enemigos espirituales, por supuesto debe ser tomado en un sentido figurado, en el contexto de la misiva que, como afirma John Howard Yoder, “constituye el primer testimonio del pacifismo de la Reforma radical” (escrito completo de la carta en Textos escogidos de la Reforma radical, Editorial La Aurora, Buenos Aires, 1976).
Manz, convencido de persuadir pero no de imponer y contrario a la violencia supuestamente purificadora fue cruelmente asesinado. El 5 de enero de 1527 lo sentenciaron a muerte “porque contrario a la ley y las costumbres cristianas se había involucrado en el anabautismo, porque confesó haber dicho que quería reunir a los que querían aceptar y seguir a Cristo, y unirse a ellos por medio del bautismo, de manera que sus seguidores se separaron de la Iglesia Cristiana y estaban a punto de levantar y preparar una secta propia […] porque él había condenado la pena capital […] ya que tal doctrina es perjudicial para el uso unificado de toda la cristiandad, y conduce al delito, a la insurrección y a la sedición contra el gobierno, […] Manz debe ser entregado al verdugo quien amarrará sus manos, lo pondrá en un bote y lo llevará a la cabaña más abajo; allí el verdugo meterá sus rodillas entre las manos atadas, pasará un palo entre sus rodillas y brazos y en esta posición lo lanzará al agua para que allí perezca en. Con eso se habrá apaciguado la ley y la justicia […] Sus propiedades también deberán ser confiscadas por sus señorías”.
Unas cuantas semanas después de haber sido ejecutado Manz, tuvo lugar una reunión algunos núcleos anabautistas para examinar la forma de proceder en cuanto a las condciones persecutoris que enfrentaban. El resultado fue un documento que poco después de su redacción, 24 de febrero de 1527, sería conocido como la Confesión de Schleitheim.
Para entender la Confesión es imprescindible tener en cuenta que sobre los anabautistas existía una despiadada persecución. Acerca de los disidentes circulaban todo tipo de caricaturizaciones y estigmas. Las generalizaciones y esquematismos les habían asimilado, sin matiz alguno, a la reciente insurrección de los campesinos que había terminado en un río de sangre. Los congregados en Schleitheim eran pacifistas, se oponían a la violencia por considerarla ajena al camino de Cristo.
Al dar a conocer los acuerdos alcanzados comunican a quienes les habría de llegar el documento, mediante copias manuscritas o transmisión verbal (y más tarde en ejemplares impresos clandestinamente), que entre los asistentes y hubo varones y mujeres. Por los desarrollos posteriores éstas demostraron que no fueron meras espectadoras sino que participaron en la reunión y al salir de la misma tuvieron parte importante en la diseminación del anabautismo.
Los artículos acordados fueron siete. No es un tratado extenso ni de doctrina sistemática sino un escrito declarativo acerca de compromisos que consideraron debían defenderse como elementos integrantes de su identidad, elementos que conseideraban se desprendían del Evangelio. Uno de los artículos, el sexto, define la función de la espada, la violencia fuera del cuerpo de Cristo y la prohibición de usarla para dirimir asuntos de fe en la comunidad de creyentes. Usar la violencia no era lícito para los cristianos. “En la perfección de Cristo sólo se utiliza la excomunión para la admonición y exclusión de quienes han pecado, sin la muerte de la carne, sólo por medio del consejo y de la orden de no volver a pecar […] Los gentiles se arman con púas y con hierro; los cristianos, en cambio, se protegen con la armadura de Dios, con la verdad, con la justicia, con la paz, la fe, y la salvación y con la palabra de Dios”. Otros a ellos les condenaron al destierro, a recibir castigos crueles, y hasta la muerte por ir contra la doctrina oficial de la simbiosis Estado-Iglesia.
Al retornar de la Asamblea de Schleitheim, Michael Sattler, su esposa Margaretha y otros hermanos y hermanas de la comunidad de creyentes de Horb son apresados por autoridades católicas. Los cargos contra Sattler fueron nueve, y de la lectura de ellos se concluye que quienes los levantaron tenían una imagen muy esquemática del anabautismo, así como prejuicios que distorsionaron su percepción. He aquí las acusaciones: 1) Que él y sus adeptos han actuado en contra del mandato imperial. 2) Que ha enseñado, sostenido y creído que el cuerpo y la sangre de Cristo no están en el Sacramento. 3) Que ha enseñado y creído que el bautismo de infantes no es provechoso para la salvación. 4) Ha desechado el Sacramento de la extremaunción. 5) Ha ignorado a la madre de Dios y a los Santos. 6) Ha iniciado una nueva e inaudita manera de celebrar la Santa Comunión, poniendo vino en pan en una fuente y comiéndolos. 8) Ha abandonado la orden y tomado una esposa. 9) Ha dicho que si los turcos invadieran el país no habría que ofrecerles resistencia y que, si las guerras fuesen justas, preferiría marchar contra los cristianos, [antes que] contra los turcos; lo cual es muy grave, pues antes que a nosotros prefiere al mayor enemigo de nuestra fe.
Es necesario señalar que Sattler estaba en manos de las autoridades austriacas, las que tenían el dominio y la jurisdicción sobre Rottenburgo. El católico rey Fernando de Austria había decretado que el mejor antídoto contra los anabautistas era administrarles el “tercer bautismo”, es decir ahogarles. El mismo rey, al enterarse del juicio a Sattler, comentó que lo mejor sería ahogarlo de inmediato.
A partir del 15 de mayo de 1527 tiene lugar el juicio contra Sattler, su esposa y los demás anabautistas presos junto con él y ella. Al serle presentados los cargos en su contra, Sattler pide se le conceda presentar su defensa. Antes de hacer la misma, él se reúne con su hermanos y hermanas en la fe para consultarles y ser animado. Michael Sattler responde uno por uno a los cargos. Pero es claro que tiene totalmente en contra al sistema político, eclesial y judicial que le señala de hereje y enemigo de la corona austriaca. A cada acusación le antepone un caudal de citas bíblicas. Les exhorta a dirimir la controversia con Las Escrituras como base, y que si con ese fundamento le convencen acto seguido él estaría dispuesto a retractarse. Pide que se establezca un verdadero diálogo.
Ante la solicitud de Sattler “los jueces rieron y juntaron las cabezas”, por su parte el secretario del ayuntamiento de Ensisheim dijo: “Sí, monje infame, desesperado perverso, ¿quieres acaso que disputemos contigo? ¡El verdugo disputará contigo, créemelo!”. Era claro que no consideraban a Sattler como un interlocutor válido y a su altura, sino un reo de antemano condenado a muerte.
Mientras estuvo encarcelado, Michael Sattler encontró la forma de escribir y hacer llegar una misiva a la comunidad anabautista de Horb. En ella les deja saber la sentencia que le aguarda, y les anima a perseverar en el camino de Cristo:
No permitan que nadie les quite el fundamento que está establecido en el texto de las Sagradas Escrituras y que está sellado con la sangre de Cristo y muchos testigos de Jesús […] Sin duda, los hermanos les han informado que algunos de nosotros estamos en prisión; después de que capturaron a los hermanos en Horb, fuimos trasladados posteriormente a Bindsdorf. En ese momento nuestros enemigos nos acusaron de varias cosas y hasta nos han amenazado primero con la horca y luego con la hoguera y la espada. En semejante situación extrema, me sometí completamente a la voluntad del Señor, y me preparé, junto con todos mis hermanos y mi esposa, a morir por causa de su testimonio […] Por lo tanto consideré necesario animarlos con esta exhortación para que nos sigan en la carrera de Dios, para que puedan consolarse con ella y que no desmayen ante la disciplina del Señor. En pocas palabras, amados hermanos y hermanas, esta carta será una carta de despedida a todos ustedes que aman a Dios en verdad y le siguen […]Guárdense de los falsos hermanos; por cuanto el Señor probablemente me llamará a sí mismo, así que tengan cuidado. Espero por mi Dios. Oren sin cesar por todos los presos. Dios sea con cada uno de vosotros. Amén.
Michael Sattler es sentenciado a muerte el 18 de mayo de 1527, dos días después se da cumplimiento a la orden. Lo torturaron cruelmente antes de amarrarlo a una escalera y ser lanzado a la hoguera. Le cercenaron un pedazo de lengua, su cuerpo fue desgarrado dos veces con tenazas al rojo vivo. Después le ataron a una carreta y de nueva cuenta, por cinco ocasiones, los verdugos lo laceraron con las tenazas. Hasta el último momento en que pudo hablar, la multitud le escuchó encomendarse a la gracia de Dios. Una semana después Margaretha, su esposa, le siguió con valentía en la pena de muerte. Ella fue ahogada en el río Neckar.
Los casos citados, hombres y mujeres que vivieron en el mismo tiempo de quienes sucumbieron al uso de la violencia para defender determinada Iglesia/fe territorial, no fueron excepcionales dentro de la corriente del anabautismo pacifista. Literalmente miles de casos semejantes se dieron por casi toda Europa. Prefirieron sufrir antes que infligir sufrimiento a los demás. Lo hicieron porque tenían la profunda convicción que la senda de Jesús el Cristo nada tenía que ver con recurrir a las armas para hacer vencer la causa del Evangelio. Esta corriente, que tiene herederos confesionales hoy por todo el orbe, es desaparecida en la obra de Francisco Pérez Antón.

Fuente: Protestantedigital, 2017