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jueves, 30 de noviembre de 2017

Misericordia y protestantismo

Por. Alfredo Abad, España
¿Cuándo encontraré un Dios misericordioso? (Martín Lutero)
La gran pregunta de arranque de lo que supuso para Europa la Reforma Protestante no fue tanto que Martín Lutero clavase sus 95 tesis sobre la puerta de la Catedral de Wittemberg, un 31 de octubre, para dar inicio a un debate teológico, sino su propia experiencia personal ante esta búsqueda del Dios misericordioso.
Es cierto que se ha fijado el episodio de las 95 tesis, por su contenido y significado, como la fecha que se celebra anualmente como inicio de la Reforma, no obstante, tanto en los precursores de la Reforma como Juan Hus (1372-1415) en Bohemia o John Wyclif (1320-1384) en Inglaterra, como en los reformadores posteriores lo importante era la autenticidad en la relación con Dios.
Martín Lutero (1483-1546) entendió un día que Dios no era un juez que pesaba en su balanza los méritos humanos, sino un Padre, que en su misericordia, quería sacar a su criatura de su caída y hacerla participar de su santidad y de su felicidad. Descubrió que el corazón de Dios es la bondad, la misericordia y la gracia.
Los reformadores desde diferentes ángulos y fuentes, Lutero (reformador en Alemania) se inspiraba principalmente en el apóstol Pablo, Bucero (reformador en Estrasburgo) en los evangelios o Oecolampadio (reformador en Basilea) en los escritos joánicos, llegan a la misma conclusión: Dios es amor. Esta convicción se impone en ellos para enfrentarse a la teología nominalista y escolástica de la época, rígida y dogmática, para subrayar la importancia de la gratuidad, de la gracia, en su relación con Dios.
Predicarán a favor de un Dios muy distinto al que se predicaba en la Edad Media, más sostenido en el miedo y el pago de indulgencias, que apuntaba al Dios-Juez implacable, ante el que solo podían encontrarse a través de las mediaciones, fundamentalmente de la iglesia. Las personas solo podían enfrentarse a sus angustias, y en la época eran notables, a través de remedios relacionados con el sacrifico, de sumisión, económico o de absolución sacerdotal. Las reliquias o los santos ofrecen un contacto casi físico con la divinidad. Posteriormente la Iglesia Católica ha hecho también su propia reforma o “aggiornamento”, sin embargo algo de ese acento perdura.
Paul Tillich, teólogo alemán del s. XX, señala que este acento se sitúa sobre la realidad de la presencia de Dios en ciertos lugares, objetos, instituciones, textos y ceremonias. A través de ellos Dios tiene un rostro concreto y se hace tangible. El acento de la reforma protestante es iconoclasta, rompe con la imagen, pero también con el dogmatismo, eclesiocentrismo, ritualismo y sacramentalismo. La presencia de Dios no es material sino espiritual. La relación con Dios es un acontecimiento por medio del Espíritu y no por medio de una institución. Tillich señala que ambos acentos se necesitan y son complementarios, aunque de manera conflictiva.
Este cambio de acento, como en la experiencia existencial de Lutero, se produce en los reformadores protestantes insistiendo en el Dios de amor. Subrayaran diferentes aspectos, por ejemplo Zwinglio (reformador de Zurich) insiste en el buen pastor (Juan 10, 11-14), Martín Bucero cambiará en todas las liturgias de Estrasburgo la invocación de Dios por la formula bíblica de “Padre”. Juan Calvino (reformador de Ginebra) dice que lo que importa es contemplar el rostro benigno de Dios: “Si tenemos la menor chispa de la luz de Dios, que nos descubre su misericordia, somos suficientemente iluminados para tener una firme seguridad”.
Para el protestantismo la relación con la misericordia de Dios es una palabra de liberación, de perdón que ofrece confianza y compromiso. Los reformadores buscaran confrontar a cada persona con la Palabra de Dios, en la Biblia, la predicación y los sacramentos, para que cada uno encuentre una relación saludable con Dios, una relación auténtica. Es a partir de esta relación, por medio de la acción del Espíritu, que la misericordia se traduce en compromiso con la humanidad, para que la igualdad, la justicia, la ética y la paz alcancen a toda criatura. Apelarán a la libertad de conciencia, como compromiso responsable con ese Dios de amor, y al sacerdocio universal de todos los creyentes, como compromiso comunitario e igualitario, para la transformación de la sociedad en la perspectiva del Reinado de Dios.
Un ejemplo claro de esta misericordia y su extensión a toda criatura fue la Declaración de Barmen (1934), a cuyo Sínodo asistieron por ejemplo Karl Barth o Dietrich Bonhoeffer, que afirmó que “la Iglesia es una comunidad de hermanos unidos en el amor de Cristo y rechaza cualquier doctrina que pretenda que deje esta convicción para supeditar su mensaje a los vaivenes de la política (Efesios 4, 14-16)”. Frente a la barbarie del nazismo, la misericordia –amor de Cristo– no permitía a la iglesia ser cómplice del desprecio por la vida de algunos seres humanos, judíos, por ejemplo.
Hoy necesitamos de este compromiso con la misericordia de Dios para no ser cómplices de ninguna clase de barbarie, por cierre de fronteras, exclusión social o cualquier otro tipo de discriminación. Lutero encontró al Dios de misericordia e hizo de Él su bandera en el compromiso a favor de la libertad cristiana.


Fuente: Lupaprotestante, 2017.

domingo, 9 de julio de 2017

Lutero y entorno favorable para su gesta



Por. Carlos Martínez García, México
La liberación espiritual que experimentó fue el detonante de una gran explosión. Martín Lutero no tenía previsto lo que desataría cuando externó por escrito duras críticas al sistema eclesiástico cuya cúspide era, en ese momento, el papa León X.
Sin buscarlo desató una tormenta de torrenciales dimensiones. El entonces monje agustino solamente buscaba incentivar debates en torno a la para él pecaminosa venta de indulgencias.
La reacción popular de lo que escribió en latín, las 95 tesis contra las indulgencias, al ser traducidas estas al germano, le tomó por sorpresa y convirtió en un personaje súbitamente ascendente.
Primero sectores amplios de Wittenberg se identificaron con los postulados de Lutero, después la identificación se extendió por toda Europa, a veces de manera clandestina y otras de forma pública.
Faltan poco menos de cuatro meses para el 31 de octubre, mismo día pero de 1517 en que Martín Lutero clavó en la capilla del Castillo de Wittenberg las 95 tesis. Los quinientos años del acontecimiento han estimulado la realización de coloquios, cátedras especiales, festivales, ediciones de libros y conferencias en muchos países.
En Iberoamérica instituciones de distinto talante están organizando foros de análisis sobre el significado y desarrollo del movimiento iniciado por Lutero, el protestantismo. Porque el protestantismo tuvo repercusiones globales, incluso en lugares donde se atrincheraron férreamente en su contra.
En un principio el profesor de Biblia de la Universidad de Wittenberg puso en tela de juicio algunas enseñanzas de la Iglesia católica romana.
Basado en lo que descubrió al estudiar detenidamente la Biblia, particularmente la Carta a los Romanos, Lutero concluyó que por siglos la institución eclesiástica había mal enseñado sobre cómo tener salvación y recibir perdón por parte de Dios.
Aunque ya conocía los escritos bíblicos traducidos en la Vulgata Latina, la edición del Nuevo Testamento en griego (lengua original de la obra) hecha por Erasmo de Róterdam en 1516, ahondó los descubrimientos de Lutero y entonces decidió hacer pública su postura sobre los errores doctrinales hallados.
La en apariencia inocencia de Lutero al convocar a debatir la que él consideraba escandalosa forma de comercializar la fe del pueblo, mediante la venta de indulgencias, puso en jaque al sistema teológico y eclesial católico romano.
Su disidencia paulatinamente alcanzó otros terrenos impensados al nada más llamar a un debate al interior de la comunidad académica y sacerdotal de Wittenberg, la crítica teológica se convirtió en política y cultural.
Esto fue así por la estrecha unión entre el orden eclesiástico y el político en la sociedad que, sin ser consciente de ello, transitaba por los estertores de la Edad Media.
Martín Lutero quiso compartir lo que consideraba su liberación espiritual cuando al releer incansablemente el primer capítulo de la Carta a los Romanos su comprensión del pasaje tuvo un giro.
La experiencia la resumió varios años después, en 1545, al escribir el prólogo a sus obras completas editadas en latín: “Me sentí enton­ces un hombre renacido y vi que se me habían franqueado las compuertas del pa­raíso. La Escritura entera se me apareció con cara nueva. […] Así, este pasaje de Pablo en realidad fue mi puerta del cielo”. En este sentido es aguda la observación de Alec Ryrie; “él y los protestantes que le sucedieron no estaban tratando de modernizar al mundo, sino de salvarlo. En tal proceso cambiaron profundamente cómo pensamos sobre nosotros mismos, nuestra sociedad y nuestra relación con Dios (Protestants, the Faith that Made the Modern World, Viking, New York, 2017, p. 2.).
La batalla personal de Lutero fue creciendo por varios factores. Uno de ellos tuvo mucho qué ver con la respuesta de las autoridades eclesiásticas católicas.
La de Wittenberg no era una de las grandes universidades del siglo XVI en Europa. La fundó Federico el Sabio en 1502, y carecía de prestigio en el conjunto educativo superior europeo.
Que un profesor de una pequeña universidad alemana hubiera tenido la osadía de retar al poderoso entramado católico romano fue visto, en la sede pontificia, como un exabrupto al que con celeridad se le pondría remedio.
No fue así, la rebeldía creció aceleradamente y alcanzó un punto sin regreso en la Dieta de Worms, a la que llegó con el salvoconducto de Federico el Sabio y aclamado por los habitantes que salían al paso para darle palabras de respaldo y ánimo. En abril de 1521, ante el emperador Carlos I de España y V del Sacro Imperio Romano Germánico junto con representantes del papa León X, no se retractó de sus enseñanzas Martín Lutero sino que las refrendó y reconoció ser autor de libros en los que desconocía la autoridad papal.
Lutero tuvo a su favor un avance tecnológico que hizo posible la difusión de sus propuestas por toda Europa, inclusive en la muy católica España: la reproducción masiva de lo que escribía. Gracias a la imprenta de tipos movibles los talleres produjeron por miles los folletos y libros de Lutero.
En 1522 se publicó el Nuevo Testamento traducido al germano por Lutero, y en 1534 la Biblia. Él anhelaba que la gente leyera la Biblia y la gente la leyó, quienes no sabían leer tuvieron un incentivo para aprender a hacerlo y en tanto escuchaban a los lectores que visitaban pueblos y aldeas para leerla en voz alta.
Pero además de la Biblia en distintos sectores de la sociedad leyeron otras propuestas más radicales que las de Lutero, y el ejercicio llevó a diversas posiciones no nada más religiosas sino también políticas y económicas.
La trascendencia cultural e histórica de la traducción de Lutero le da un cariz particular a la nación germana. Le sirve para fortalecer su identidad, para anteponer su idioma al dominante latín priorizado por la Iglesia católica. La Biblia de Lutero representa la democratización del conocimiento religioso, que desde este terreno se extiende a otros ámbitos, como el político. De ahí que se haga necesario aquilatar la afirmación de Johann Wolfgang von Goethe: “Los alemanes sólo se convirtieron en un pueblo con Lutero”.
Martín Lutero vio en la imprenta un medio invaluable para extender sus traducciones y escritos. La tenía por “un regalo divino, el más grande, el último don de Dios”. El instrumento tecnológico es considerado un aliado por Lutero, y lo usa eficazmente en la producción promedio de un libro cada 15 días. Incluso antes que iniciara en mayo de 1521 la traducción del Nuevo Testamento, entre 1517 (en octubre de 1517 cuando redacta las 95 tesis contra las indulgencias) y 1520 (cuando pública tres de sus principales escritos: Discurso a la nobleza de la nación alemana, La libertad del cristiano, y La cautividad babilónica de la Iglesia); se venden más de 300 mil ejemplares de treinta obras de Lutero.
La inmensa mayoría de quienes en vida de Lutero se enteraron de sus propuestas y razones para romper con el papado y la Iglesia católica, lo hicieron por medio de papeles impresos, la red más eficaz de la época, el YouTube de entonces.
Resume bien el acontecimiento E. de Moreau: “Por primera vez en la historia de los hombres un vasto público de lectores ha podido juzgar las ideas revolucionarias gracias a un modo de comunicación que se dirigía a las masas, que utilizaba las lenguas vernáculas y que recurría tanto al arte del periodista como al del caricaturista”.
Recién lo ha escrito Iñaki Ezkerra: “La Reforma protestante estaba condenada desde su inicio a ser literariamente fecunda porque surgió ligada a la palabra escrita. No hay un paso en ella que no se dé con un documento, un texto, un libro por medio. Nace y crece a golpe de lectura, traducción y publicación en los caracteres impresos diseñados por Gutenberg” (http://www.laverdad.es/ababol/primer-best-seller-20170703003805-ntvo.html).
En el tiempo de fijar las 95 tesis Lutero tenía claro lo que no deseaba se enseñara y practicara en la Iglesia, y buscaba que se regresara a la sencillez del Evangelio.
Más allá de esto carecía de un programa para el cambio y creación de una nueva institucionalidad. En el camino de su disputa con Roma se fueron abriendo horizontes inesperados, los que le llevaron a la ruptura teniendo detrás de sí apoyos y simpatías que posibilitaron que no solamente sobreviviera a las maniobras de los papas que confrontó (León X, Adriano VI Clemente VII y Paulo III), sino que fuera el artífice para desencadenar cambios y la construcción de un abanico religioso y cultural conocido como protestantismo.
El contexto político operó a favor de Lutero. Federico el Sabio, un gran coleccionista de reliquias que veneraba, protegió al monje agustino por así convenirle a sus intereses y fortalecerse tanto frente a Roma como ante el poder imperial.
Maximiliano I, cabeza del Sacro Imperio Romano Germánico había estado muy enfermo desde 1514, tanto que en sus viajes el séquito que le acompañaba “cargaba con un ataúd a dondequiera que [el emperador] viajara (Ryrie, op. cit., p. 25). Murió en enero de 1519. Cinco meses después, en junio, fue elegido el sucesor, Carlos V, tenía diecinueve años.
Carecía de suficiente experiencia para enfrentar una crisis como la representada por el reto de Lutero al régimen de Cristiandad. Años después, cuando ya tenía conocimiento del entorno socio político y decisión para someter al teólogo alemán, el entramado que había hecho posible por siglos controlar las disidencias religiosas estaba resquebrajado y fue imposible revertir el movimiento desatado por Lutero.
Martín Lutero no fue revolucionario a priori, fueron los cambios que provocó los que le infundieron de manera creciente un carácter revolucionario a la lid que emprendió.
Su genio fue haberse mantenido firme cuando la simbiosis poder eclesiástico/poder imperial se le vino encima. Se aferró con denuedo a lo que leyó una y otra vez en la Carta a los Romanos, “Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?” (8:31).

Fuente: Protestantedigital, 2017             

domingo, 23 de abril de 2017

“Nuestras” 95 Tesis. Un documento para la reflexión



<<“Nuestras” 95 tesis>> “no quieren (y nunca lo han querido) presentarse como una obra definitiva. Simplemente es la instantánea de cómo pensamos hoy muchos de nosotros, en el interior de la Iglesia Valdense de Milán, sobre argumentos de fundamental importancia. Nada impide que después de un tiempo podamos reformular algún punto, o precisarlo mejor. No anhelamos ninguna pretensión de ser definitivos. Nos ha impulsado solo una pasión teológica por el testimonio del Señor, en diálogo con su Palabra y permaneciendo en la plaza pública. Nos ha parecido importante intentar decir en primera persona, con nuestro lenguaje, cómo razonamos en materia de fe en torno a los grandes temas de nuestro tiempo. Y todo ello porque deseamos ser portadores, dentro del dinamismo de la historia, de una ética de libertad y de responsabilidad fundamentada bíblicamente. Participando, en primera persona, en la construcción del “bien de la ciudad” (Jeremías 29, 7), como expresión concreta de la fe en Jesucristo que Dios ha suscitado en nuestra vida. De la lectura de las tesis surgen, a pesar de su brevedad, una pluralidad de expresiones y estilos literarios que hemos mantenido voluntariamente porque son fruto de un trabajo que ha crecido “desde abajo”. ¿Para que sirve, en definitiva, este curioso documento? Podría servir para decirnos a nosotros mismos, a nuestros prójimos, a quienes aun no nos conocen, quiénes somos, qué esperamos, cómo actúa en nuestro día a día la Palabra de Dios, la fe, el ser iglesia, el evangelio. No es poco. Buena lectura, buena reflexión.”

Círculo Reforma de la Iglesia Valdense de Milán

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Fuente: Iglesia Valdense/Protestantedigital, 2017