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jueves, 28 de diciembre de 2017

Reforma e influencia social | Máximo García Ruiz

Por. Máximo García Ruiz, España
Un buen amigo con el que siento una gran afinidad espiritual, al margen de otras posibles identidades religiosas e intelectuales, me escribe lo siguiente: “He leído con mucha satisfacción el artículo Protestantismo sin Reforma. Haces en él una acertada disección del protestantismo actual”. Procediendo de quien proceden estas palabras, encierran un enorme valor que me enorgullece y alienta para seguir reflexionando en torno al sentido de la Reforma (mayormente de los herederos de la Reforma o, tal vez con mayor concreción, de aquellos que se identifican como herederos de la Reforma) en el entorno del cristianismo universal y, más aún, en el ámbito de las religiones en general como un medio de aproximación a Dios y de entendimiento entre los seres humanos.
Comenta mi interlocutor que “habría que llegar a un acuerdo de las denominaciones históricas [protestantes] para lograr establecer un espacio común (centro o instituto) cultural para difundir el legado de la Reforma”. Una sugerencia valiosa, sin duda, aunque tal vez fuera de tiempo. Es prácticamente imposible que una vaca y una mula trillen al unísono uncidas a un mismo yugo. Su naturaleza es muy diferente; se mueven a un ritmo distinto. Durante demasiado tiempo se ha propagado un evangelicalismo de las emociones que ha ido postergando y anulando al protestantismo histórico de la fe neotestamentaria que se expresa en el testimonio personal y no en las emociones, es decir, que cree en la conversión de las personas, la metanoia, que tiene como resultado un cambio de opinión y produce el nuevo nacimiento que da paso a una ética distintiva. El cristianismo de las emociones es excluyente, intolerante, siempre mirando hacia atrás, incapaz de aceptar cambios en los esquemas en los que ha sido adoctrinado.
Establecer un espacio común, un centro o un instituto en el que se difunda el legado de la Reforma, es un buen deseo y un gran propósito. Tal vez de entre las nuevas generaciones de evangélicos disconformes con el sesgo que toman algunas de sus iglesias, colonizadas por los movimientos neopentecostales y fundamentalistas, se opte por impulsar proyectos de ese tipo, en lugar de apartarse silenciosamente de sus congregaciones, cuando comprueban que el evangelio que les predican se ha convertido en algo irrespirable, tal y como está ocurriendo en la actualidad en iglesias otrora representativas del protestantismo reformado. Las iglesias celebran con regocijo la incorporación de quienes se unen a ellas atraídos por los cánticos de sirenas de las teologías de la prosperidad o la proclamación del “Cristo tapa-agujeros”, pero no echan cuentas de quienes huyen por el portillo trasero, incapaces de soportar la zafiedad y el recurso a las emociones compulsivas como respuesta a las demandas espirituales.
Menciona mi buen amigo, desde su inquietud y experiencia consolidada como “cristiano viejo”, la necesidad de “llevar a cabo actos y programas académicos y culturales que favorezcan la penetración e implantación, con solidez teológica y relevancia social, del protestantismo en la sociedad española”. ¡Ahí es nada! “Con la Iglesia hemos topado, amigo Sancho”, exclamaría don Quijote; y mi abuela, que era una murciana con mucha retranca diría: “Ahí, ahí está la madre del cordero”. Es como el triángulo de las Bermudas, las tres grandes carencias del protestantismo español: 1) Actos y programas académicos; 2) Implantación y penetración en la sociedad española; y 3) Solidez teológica.
En muy pocas palabras, ese es el gran proyecto y es, además, la gran carencia del protestantismo español. Estamos cerrando el año del V Centenario de la Reforma. Casi la totalidad de iglesias, asociaciones, consejos autonómicos y federaciones nacionales han hecho algún acto de celebración poniendo a contribución, sin duda alguna, la mejor buena voluntad y un meritorio esfuerzo. Cabe preguntarse, sin embargo, si los actos celebrados han respondido a alguna de las tres carencias mencionadas, ya que, aunque algunas autoridades estatales, autonómicas y locales acudieron a algunas de las celebraciones, una vez más la repercusión en los medios de comunicación no evangélicos ha sido nula; y algo que parece simplemente anecdótico, pero que evidencia la falta de influencia social, ha sido la negativa de los órganos competentes a emitir un sello conmemorativo de la Reforma, tal vez el único país europeo de relieve que no lo ha hecho. ¡Incluso el Vaticano ha emitido el suyo propio! Mi interlocutor cierra sus reflexiones haciendo referencia al recurrente aniversario con unas palabras que hacemos nuestras: “Tengo la sensación de que en España han hecho más por el V Centenario los no protestantes que los protestantes”


Fuente: Lupaprotestante, 2017.

viernes, 1 de diciembre de 2017

Reforma y Tradición

Por. Máximo García Ruiz, España
Finalmente, el papa Paulo III accedió a la petición que Lutero había hecho reiteradamente de convocar un concilio que dirimiera las confrontaciones teológicas que se estaban produciendo a raíz de su publicación de las 95 Tesis (31 de octubre de 1517). Claro que el concilio que convocó el papa no respondía a los deseos del reformador, antes bien, se trataba de un concilio anti-Reforma, reaccionario. No obstante, el Concilio de Trento (1545-1563), además de dar respuesta a las tesis reformadas, cumplió un objetivo importante: reconfigurar y estructurar la Iglesia medieval, convirtiéndola en la Iglesia católico-romana que conocemos en la actualidad.
Puesto que para la Reforma protestante la sola Scriptura había sido el núcleo central sobre el que había girado la teología reformada, no es de extrañar que uno de los temas estrella del concilio de Trento fuera precisamente determinar cuál o cuáles eran o deberían ser las fuentes de autoridad de la Iglesia, que centró en tres: Biblia, Tradición y Magisterio, determinando que la revelación de Dios se encuentra en las Escrituras interpretadas a la luz de la Tradición bajo la dirección del Magisterio.
El tema sería recurrente en el Vaticano II (el Vaticano I fue irrelevante a estos y a otros muchos efectos), que llegó a revisar o matizar algunas de las definiciones de Trento a este respecto, resaltando el papel de la Biblia, matizando el sentido de la Tradición para diferenciar la tradición apostólica de la post apostólica y devaluando el papel del Magisterio a un segundo nivel.
La Iglesia católica sometió a revisión en el Vaticano II algunos de los postulados definidos en Trento, incluso su valoración tanto de la Reforma como del reformador Martín Lutero, como bien ha quedado sobradamente constatado con motivo de la celebración del 500 Aniversario de la Reforma en el trascurso de este año. La recuperación de la Biblia, la matización del papel de la Tradición y el rol prácticamente simbólico del Magisterio en su más elevada aplicación, son una forma de revisar Trento y aproximar posturas con respecto a los principios defendidos por Lutero y el resto de reformadores.
Ahora bien, dicho lo que antecede, necesario es plantearse la vigencia de los “solos”, en concreto, del solo Scriptura, tal y como ha venido siendo interpretado y aplicado por las iglesias herederas de la Reforma (no todas reformadas). Lutero, un monje educado en la teología escolástica y las leyendas medievales, fue finalmente inspirado en las ideas del Humanismo que alentaban el regreso a las fuentes de los clásicos griegos y romano; por su parte, busca y encuentra respuesta a sus demandas espirituales en las fuentes cristianas, es decir, en la Biblia. Únicamente en la Biblia. Este descubrimiento le lleva a hacer tabla rasa de todo cuanto, con la envoltura de tradición, ha sido incorporado al corpus doctrinal de la Iglesia en los pasados siglos, para quedarse únicamente con las Sagradas Escrituras, de las que era profesor en Wittenberg. De ahí el sola Scriptura. Incluso reniega de los concilios, de todos, incluidos los siete primeros que, esos sí, configuraron doctrinalmente la Iglesia cristiana en su conjunto.
Llegados a este punto, superados en buena medida los guetos en los que han vivido aisladas las diferentes confesiones cristianas, es el momento de revisar por parte de la tradición protestante algunas posiciones mantenidas de forma irreductible durante cinco siglos; precisamente someter a revisión la tradición común que, en el ámbito católico se escribe con mayúscula, y entre los sectores protestantes se observa con desdén. El tema de fondo es plantearse cómo la comunidad cristiana llega a conocer la revelación de Dios a lo largo de la historia. Dios se revela a través de la historia; se forma la Iglesia; se reconocen como inspirados los libros de la Tanaj (Antiguo Testamento), unos sí y otros no; se admiten igualmente como inspirados cartas y relatos atribuidas a algunos de los apóstoles y a otros discípulos; se define un credo llamado apostólico que sintetiza la fe de las comunidades cristianas; se definen doctrinas tan complejas como la de la Trinidad o se reconoce que Jesús tiene una naturaleza humana y divina, etc., etc. Obviamente la Iglesia no surge de la noche a la mañana tal y como la conocemos, ni como la conoció Lutero. Por fe se acepta que Dios es señor de la historia y que el Espíritu Santo guía a su Iglesia, pero todo eso son verdades o prácticas que hay que integrarlas, razonarlas, estructurarlas y transmitirlas. Y a ese proceso se le ha conocido como tradición.
Las primeras iglesias cristianas, y eso durante mucho tiempo, no tienen otras Escrituras que las que heredan de los judíos, ellos mismos, en sus inicios, judíos también. No existe el Nuevo Testamento. Será más tarde, y lentamente, cuando irían reconociéndose y transmitiéndose las ideas de que determinados escritos formaban parte de la revelación de Dios y como tal fueron aceptados por las diferentes comunidades de forma progresiva. A eso se llama tradición. Entonces, ¿qué fue primero, la Iglesia o la Tradición? Las Escrituras son revelación, la Tradición las reconoce como tal y las transmite. Por otra parte, la revelación es una experiencia dinámica que se lleva a cabo por la intervención del Espíritu Santo, no de forma caprichosa e individual, pero sí con efectividad histórica en el seno de la Iglesia. Escritura y Tradición no pueden ir separadas, si bien es cierto que la tradición depende siempre y está en referencia a la Escritura. Y todo ello sin perder de vista que la revelación plena y suprema está en Jesucristo. La Escritura da testimonio de esa revelación suprema y la Tradición la hace visible ordenando los hechos de la historia que han configurado la Iglesia de Jesucristo. Dicho con otras palabras, la Tradición es el vehículo de transmisión de la verdad revelada; nos ayuda a entender las Sagradas Escrituras y nos vincula por ello con la Palabra de Dios.
Ambas, Biblia y Tradición, actúan estrechamente unidas y la Iglesia surge de la acción conjunta de ambas. ¿Quién y cómo tiene autoridad para determinar que libros tan prestigiados en su tiempo entre las primeras comunidades cristianas como la Didaje, El Pastor de Hermas, las Cartas de Clemente de Roma, muy diversos evangelios y otros escritos fueran finalmente desechados del Canon del Nuevo Testamento mientras que otros, que fueron seriamente cuestionados por diferentes padres de la Iglesia, inicialmente excluidos, como la Epístola a los Hebreos, Santiago, 2ª Pedro, 2ª y 3ª de Juan, Judas y Apocalipsis, fueran finalmente incluidos en el Canon? La fe cristiana afirma que todo ello se produjo bajo la acción del Espíritu Santo, lo cual no excluye que adoptar esas decisiones llevara un proceso y que el Espíritu Santo se sirviera de un mecanismo de selección que fue depurándose con el paso de los años, cuyo proceso dio en llamarse Tradición.
Podríamos decir que, en alguna media, fue el propio apóstol Pablo quien dio crédito al papel de la tradición como agente de transmisión de la verdad revelada. Así lo expresa escribiendo a los cristianos de Tesalónica: “Así que, hermanos, estad firmes, y retened la doctrina [otra versión dice las tradiciones] que habéis aprendido, sea por palabra, o por carta nuestra” (2ª Tes. 2:15). Y en cuanto al papel del magisterio necesario para interpretar la Palabra, será el apóstol Pedro el que haga un apunte al respecto: “…Entendiendo primero esto, que ninguna profecía de la Escritura es de interpretación privada, porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo” (2ª Pedro 1:20,21), Puede añadirse a este texto lo que sigue afirmando el mismo Pedro en  el capítulo 3, los versos 15-17 de esa misma carta, apoyándose, incluso en los escritos de Pablo a quien reconoce dotado de gran sabiduría.
El tema de fondo es descubrir, mediante un adecuado discernimiento, la Palabra de Dios, algo que, desde muy pronto, comenzó a resultar complicado, provocando serias discrepancias entre las comunidades de creyentes; discrepancias que condujeron a la formulación de herejías y, consecuentemente, aconsejaron establecer mecanismos de control  que dieron paso al reconocimiento de una jerarquía (obispos y patriarcas) y, con ellos, al sometimiento a un cuerpo de doctrinas que terminó reconociéndose como la herencia recibida de los apóstoles, conocida como la tradición de la Iglesia. Algo diferente es el uso o abuso que se haga de ello. Puede afirmarse que, bajo la dirección del Espíritu Santo, tanto el Nuevo Testamento como la Tradición fueron creciendo simultáneamente, contribuyendo ambas a la configuración de la Iglesia.
Otra cosa es establecer el orden de prioridades entre Biblia y Tradición y diferenciar tradición apostólica, post apostólica, conciliar referida a los siete primeros concilios y las adherencias posteriores que introducen creencias y costumbres propias de una parte de la Iglesia y no de su globalidad. Una de las grandes afirmaciones de algunos padres de la Iglesia es que la Palabra revelada sólo puede ser rectamente comprendida dentro del contexto de la comunidad cristiana, mediante la acción del Espíritu Santo. Hay que entender que se trata de un concepto de Iglesia universal, fuera de la acción parcial de una comunidad local, de una denominación o de la genialidad ocurrente de algunos líderes de forma aislada. De ahí la conveniencia de ese concilio que reclamaba Martín Lutero, que aglutinara a la Iglesia global, a semejanza de los de Nicea o Constantinopla, en el que poder dilucidar los temas que afectan a la Iglesia universal.
Si nuestras reflexiones tienen algún significado, nos llevan a la necesidad de replantearnos el sentido de la Sola Scriptura ya que, si la Iglesia ha sido conducida a través de los siglos por la acción del Espíritu Santo, hay que entender que se trata de una acción dinámica, con nuevos aportes valiosos para la comunidad y para el creyente, que es preciso identificarlos y guardarlos. Ahora bien, esa actitud abierta a la acción del Espíritu debería estar condicionada a no mutar el orden de prioridades. Al igual que la Biblia tiene como eje central que la revelación suprema se produce en Jesucristo y todo el contexto en el que se manifiesta es Palabra de Dios en la medida en la que da testimonio de él, la Tradición es útil y necesaria siempre y cuando no contravenga las enseñanzas de las Sagradas Escrituras.


Fuente: Lupaprotestante, 2017.

miércoles, 3 de mayo de 2017

Historias oscuras de la Reforma



Por Alfonso Pérez Ranchal, España
Estamos en el año del quinto centenario de la Reforma. Ya desde el pasado 2016 se anunciaba estas efemérides y durante el presente 2017 va a ser un continuo recordatorio de esta singular fecha.
Desde el lado evangélico y protestante se van a exaltar los grandes logros que se consiguieron a partir de que aquel monje agustino clavara sus 95 tesis en la puerta de la iglesia del palacio de Wittenberg. Se realizarán conferencias, se escribirán algunos libros y muchos artículos, y la gran mayoría arrinconarán los graves errores que también se dieron en esta Reforma. En algunos casos fueron tan dramáticos que obviarlos parece más un acto de mala voluntad que de “olvido”.
Dos de estos episodios fueron la guerra de los campesinos y la gran represión que se llevó a cabo contra los Anabaptistas. Se calcula que la masacre contra los primeros ascendió a 100.000 personas en tanto que la persecución combinada de católicos y luteranos bajo decreto imperial acabó con la vida de miles de anabaptistas.
Es cierto que en un primer momento ni siquiera se puede hablar de un movimiento Anabaptista debido al caos que se estaba produciendo y en medio del cual apareciendo determinadas enseñanzas y creencias y el episodio de la ciudad de Münster debemos considerarlo como lo que fue, un episodio aislado en la historia del anabaptismo. Lo que no tuvo nada excepcional fue la posición de Lutero con respecto a la autoridad civil a pesar de que en un primer momento dijera todo lo contrario.
En la Dieta de Worms (primavera de 1521) él mismo no se sometió a esta autoridad representada allí ni más ni menos que por el propio emperador Carlos V. Sus palabras son legendarias y todo un ejemplo de valentía ante lo que él pensaba era la voluntad divina:
Puesto que Su Majestad y sus señorías piden una simple respuesta, voy a dar una sin cuernos o dientes [es decir, no sin dificultades y sugerencias]: si no se me convence mediante el testimonio de la Escritura y la clara razón, porque no creo ni en el Papa ni solo en los concilios, puesto que es evidente que han errado y se contradicen. Estoy convencido por mi conciencia y estoy prisionero de la Palabra de Dios […]. Por lo tanto, no puedo ni quiero retractarme, ya que no es seguro o saludable hacer nada en contra de mi conciencia. Que Dios me ayude. Amén.[1]
Dos años más tarde, en 1523, todavía tenía la misma opinión. Las autoridades civiles y religiosas no poseían la última palabra ya que esta provenía de las Sagradas Escrituras. Pero en 1524[2] estalló una guerra civil en Alemania. Se produjo un levantamiento de campesinos. Estaban ahogados por los impuestos, por el abuso de poder de las ahora autoridades que no eran otras que los príncipes y nobles luteranos.
Las demandas de los campesinos eran totalmente razonables y justas y además tomaban principios del propio Lutero, de la reforma iniciada por él. Así se publicaron en enero de 1525 bajo el título de los “Doce artículos de los campesinos”.
El levantamiento había sido violento atacando algunos monasterios y castillos de los nobles, esta violencia que parecía sin control es injustificable pero no podemos obviar que llevaban la razón en sus demandas. Quien no tiene nada que perder no puede perder nada haga lo que haga.
Lutero estaba protegido precisamente por los príncipes alemanes y la nobleza y en un primer momento intentó conciliar ambas partes aunque en absoluto fue justo estando bastante inclinado a favor de las autoridades. Era francamente inaudito que no condenara este sistema feudal que esclavizaba las vidas de los más desamparados y pobres. Para todas estas personas parece que lo único que había ocurrido con el estallido de la Reforma es que el poder había pasado de manos de la Iglesia católica al de los príncipes alemanes. El campesinado seguía clamando por justicia y libertad en tanto que el reformador parecía más preocupado por no colocar en su contra a los gobernantes al amparo de los cuales avanzaban sus ideas reformistas.
El giro que dio Lutero fue trascendental y del todo condenable ya que otorgó su bendición a la represión armada y así los príncipes al frente de sus ejércitos mataron a placer realizando toda clase de crueldades. Para amparar teológicamente este proceder había expresado poco antes que las autoridades son colocadas por Dios y por tanto el buen cristiano debía respetarlas y obedecerlas. La contradicción no podía ser más clamorosa.
El mismo año en el que comenzó el levantamiento pero en otro lugar, en Zúrich (Suiza), un puñado de jóvenes intelectuales habían escrito una carta a Thomas Müntzer, uno de los principales dirigentes de la insurrección campesina. Müntzer moriría al año siguiente, 1525, en la batalla de Frankenhausen en donde fueron barridos, aniquilados, 8.000 campesinos. La carta no fue contestada, desconocemos si llegó a manos de Müntzer.
Este grupo que al principio eran seguidores de Zwinglio se dieron cuenta que las reformas necesarias a todos los niveles no se daban con la premura necesaria. Además las mismas debían ser aprobadas por el Consejo municipal. Esto hacía surgir una pregunta evidente: ¿de qué dependían las reformas, del Consejo o de lo que decían las Escrituras? Estos colaboradores se distanciaron tanto de él que finalmente Konrad Grebel y Felix Manz rompieron relaciones con Zwinglio. La cuestión estaba clara, la Palabra de Dios no podía estar sujeta a las autoridades de la ciudad. Esta decisión iba a traer consecuencias trágicas ya que de nuevo el estrato social superior era seriamente cuestionado y este no iba a quedarse de brazos cruzados.
Es cierto que Zwinglio veía las cosas de forma diferente y en parte no le faltaba razón ya que quería un proceso reformador que fuera estable, que contara con los gobernantes, pero tenía en su contra la dependencia consecuente al poder establecido. También se ha de decir que la Reforma al dejar sin sostén las estructuras de la sociedad de entonces dejó un hueco de poder que se intentó tapar con los príncipes y la nobleza lo que se no se tradujo en un verdadero cambio de situación de las clases más pobres y abrumadas. Estas acabaron reaccionando o bien violentamente, como el caso de los campesinos en Alemania, o bien negando legitimidad al gobierno establecido pero desde el pacifismo como será el caso de los Anabaptistas. Pero en todos ellos se produjo un caos social en donde las ideas reformadas eran llevadas y traídas, donde masas de personas se dejaban seducir por ideas apocalípticas ante lo que se creía que eran los últimos tiempos, el regreso de Cristo era inminente y el Anticristo estaba sentado en el Vaticano.
La ruptura definitiva fue el resultado de la cuestión del bautismo de adultos. El grupo de disidentes sostenía que el mismo únicamente debía ser administrado a los adultos como resultado de una conversión personal y no, como Lutero y Zwinglio sostenían, a los niños pequeños. Se trataba de una decisión personal que como consecuencia les hacía parte de la verdadera iglesia algo muy distinto al bautismo de un recién nacido. Este pequeño no podía ser considerado cristiano por los beneficios otorgados por este sacramento. Se estaba cayendo en un error mayúsculo.
Por supuesto la opinión de Zwinglio prevaleció y así en 1525 el Consejo de la ciudad ordenó el bautismo de los todos los niños a los ochos días de vida. A la par se producía la prohibición de que el grupo contrario se pudiera reunir tanto entre ellos como con otros simpatizantes. Pero los disidentes lejos de amilanarse se dedicaron a predicar por todo el territorio yendo a las zonas rurales y ganando a muchas personas para su causa e ideas religiosas.
Mientras iban predicando realizaban un “re-bautismo” (anabaptismo) ya que sostenían, con toda razón, que una persona no es cristiana por el lugar en donde nace sino que lo es con base en la fe y al nuevo nacimiento. Este nuevo nacimiento se evidenciaba en el seguimiento de Jesús y colocaban en el horizonte de su espiritualidad la práctica del Sermón del Monte. Abogaban, por tanto, por la separación de la Iglesia y del estado a lo que se unía su pacifismo ya que consideraban que así había actuado Jesús cuando había sido insultado y ultrajado.
En 1526 el Consejo de la ciudad de Zúrich se reunía y aprobaba la pena de muerte para estos, según ellos, alborotadores y enemigos del orden. Esta pena era por medio de ahogamiento en una clara muestra de sadismo al practicar estos el bautismo de adultos. El número de mártires fue enorme cuando además en 1529, en la Dieta Imperial de Spira, los católicos y los príncipes y gobernantes de las ciudades que habían abrazado la reforma se pusieron de acuerdo para que la persecución se llevara a cabo en todas las regiones.
La predicación anabaptista había cundido con éxito en otros tantos territorios y cuando las exigencias de los campesinos fueron desoídas y estos masacrados las ideas anabaptistas fueron asumidas por ellos.
Lutero en un primer momento se negó a la persecución de estos disidentes ya que eran pacíficos, se dedicaban a predicar, a expandir sus ideas de lo que debería ser la verdadera iglesia, pero finalmente la aprobó convencido por Felipe Melanchton de que eran unos blasfemos.
Tras años de persecución, un incierto futuro y el desastre de la ciudad de Münster (1534) Menno Simons se colocó al frente del movimiento y le dio sentido y rumbo, reorganizándolo y proveyéndole de las señas de identidad que han pervivido hasta nuestros días.
Al presente no son pocos los creyentes que se percatan que están mucho más cerca de la justicia social exigida por aquellos campesinos alemanes y de la religiosidad de los anabaptistas o menonitas que de Lutero y otros reformadores. A pesar de esta realidad se sigue exaltando los grandes logros del reformador alemán y casi silenciando la reforma radical y evangélica propuesta y vivida hasta el martirio por los anabaptistas. Nadie que se precie como verdaderamente cristiano estaría a favor de la opresión de las clases más bajas, en contra de la separación de Iglesia y Estado, del bautismo de adultos como muestra evidente de la conversión interior, o de la moralidad que se desprende del Sermón del Monte como norte y guía para el seguimiento de Jesús. También respetarían o incluso apoyarían el pacifismo y así los menonitas serían considerados sin lugar a dudas como verdaderos y respetables creyentes… o no.
Tristemente no es así. Tanto ellos como tantos otros creyentes afines son considerados como herejes por aquellos que son herederos en gran media de esta reforma radical. La razón proviene del rechazo total a la violencia y su centralidad en Jesús como clave de interpretación escritural. Este pacifismo que ven practicado por Jesús es algo ausente en no pocos relatos del Antiguo Testamento que son manifiestamente bélicos. Para ellos y tantos otros, Números 31, por ejemplo, es incompatible con el amor al enemigo propuesto por el Galileo. El Señor de los Ejércitos no es posible encajarlo o compatibilizarlo con el Sermón del Monte.
Como consecuencia, al presente explican todos estos textos veterotestamentarios como tradiciones coloreadas y formadas a la luz de un determinado concepto de Dios totalmente superado por Jesús. Entonces apelativos como liberales para con el Antiguo Testamento, herejes, o quebrantadores de la autoridad bíblica e inerrancia bíblica aparecen. La tragedia menonita continúa para ellos y para con todos los que comparten esta visión de los que son las Escrituras. Pero como dijo William Shakespeare “Hereje no es el que arde en la hoguera. Hereje es el que la enciende” y a lo que yo añado: hay muchas formas de encender una hoguera.

[1] Citado en Miegge, M. (2016). Martín Lutero. La Reforma Protestante y el nacimiento de las sociedades modernas. Terrassa: Editorial CLIE, p. 52.
[2] La misma acabó en 1526.

Fuente: Lupaprotestante, 2017

domingo, 23 de abril de 2017

“Nuestras” 95 Tesis. Un documento para la reflexión



<<“Nuestras” 95 tesis>> “no quieren (y nunca lo han querido) presentarse como una obra definitiva. Simplemente es la instantánea de cómo pensamos hoy muchos de nosotros, en el interior de la Iglesia Valdense de Milán, sobre argumentos de fundamental importancia. Nada impide que después de un tiempo podamos reformular algún punto, o precisarlo mejor. No anhelamos ninguna pretensión de ser definitivos. Nos ha impulsado solo una pasión teológica por el testimonio del Señor, en diálogo con su Palabra y permaneciendo en la plaza pública. Nos ha parecido importante intentar decir en primera persona, con nuestro lenguaje, cómo razonamos en materia de fe en torno a los grandes temas de nuestro tiempo. Y todo ello porque deseamos ser portadores, dentro del dinamismo de la historia, de una ética de libertad y de responsabilidad fundamentada bíblicamente. Participando, en primera persona, en la construcción del “bien de la ciudad” (Jeremías 29, 7), como expresión concreta de la fe en Jesucristo que Dios ha suscitado en nuestra vida. De la lectura de las tesis surgen, a pesar de su brevedad, una pluralidad de expresiones y estilos literarios que hemos mantenido voluntariamente porque son fruto de un trabajo que ha crecido “desde abajo”. ¿Para que sirve, en definitiva, este curioso documento? Podría servir para decirnos a nosotros mismos, a nuestros prójimos, a quienes aun no nos conocen, quiénes somos, qué esperamos, cómo actúa en nuestro día a día la Palabra de Dios, la fe, el ser iglesia, el evangelio. No es poco. Buena lectura, buena reflexión.”

Círculo Reforma de la Iglesia Valdense de Milán

Descargar cuaderno pulsando aquí.

Fuente: Iglesia Valdense/Protestantedigital, 2017