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sábado, 23 de diciembre de 2017

Una palabra de esperanza

Por. Jorge D. Zijlstra, EE:UU
La misericordia y la verdad se encontraron; La justicia y la paz se besaron.
La verdad brotará de la tierra, Y la justicia mirará desde los cielos.
Salmo 85:10-11
La proclama del Salmista respecto a un tiempo donde podamos ver plenamente encarnadas la misericordia, la verdad y la justicia -elementos fundamentales de la fe- es ciertamente nuestra esperanza. Porque como bien expresa el profeta Isaías (32:17) : La justicia producirá paz, y en esa paz podremos tener la experiencia de la tranquilidad y la confianza – no para un solo día o para un rato- sino para siempre. Ese es nuestro anhelo, en especial en un tiempo con tanta necesidad, con tanto dolor que cargamos y que nos rodea y con tanta precariedad de la vida que nos ha dejado el Huracán.
Desde el impacto del Huracán María en Puerto Rico he reflexionado mucho en las enseñanzas que traen estos tiempos difíciles, en que hemos perdido la paz y en que desde los cielos lo que se observa en nuestra tierra es sufrimiento, carencias y realidades que son -en gran parte- fruto de muchas injusticias que antes estaban ocultas a nuestros ojos o escondidas lejos de nuestras carreteras.
Pero esta visión cósmica que nos trae el salmista llama a la confianza porque presenta la idea de un mundo ordenándose como al principio, cuando Dios vio que todo lo creado era bueno (Génesis); o como al final de los tiempo cuando la humanidad conocerá nuevos cielos y nueva tierra donde el dolor, la muerte y la lágrima ya no tendrán lugar (Apocalipsis). El salmista con su llamado a la paz, que surge de la vivencia de la misericordia y la justicia, nos propone la existencia de un Dios que no ha dejado de echarle un ojo a nuestra realidad; un Dios que se encarna en la vida y que no deja de empujar la renovación de la creación que, aunque aún gime como mujer con dolores de parto (Pablo), a la vez está bajo su cuidado desde los orígenes y hasta la consumación de la historia.
Por esto el futuro que construimos -desde el ahora de la historia- requiere todos nuestros esfuerzos en pro del día en que se abrazarán la misericordia, la verdad y la justicia y podremos conocer realmente el alcance profundo de la paz que es שלום (shalom) y también ειρήνη (eirene), y que se construye paso a paso, aprendiendo de cada día sus enseñanzas. Esta perspectiva sobre la vida que tiene la persona de fe es la que nos permite afirmar:
Sé vivir con limitaciones, y también sé tener abundancia; en todo y por todo estoy enseñado, tanto para estar satisfecho como para tener hambre, lo mismo para tener abundancia que para sufrir necesidad; [Porque] ¡todo lo puedo en Cristo que me fortalece! (Filipenses 4: 12-13 RVC)
O como dice el credo antiguo pre-reformado que sella la identidad de los Valdense que desde el Siglo XII expresaban su fe y su resistencia con una afirmación basada en Juan 1: 5 que en latín reza “Lux Lucet in Tenebris” (la luz resplandece en las tinieblas) y que el Evangelio completa con la afirmación “y las tinieblas no prevalecieron contra ella”. (Juan 1:5)
La luz y la vida (ver Juan1:4), la misericordia y la verdad, reveladas en las palabras, las prácticas y el espíritu de Jesús, son las que iluminan la existencia y movilizan la esperanza del pueblo, especialmente, en tiempos de adversidad, de desierto y de devastación. El motor de nuestra acción es ese mundo nuevo que Jesús llamaba “Reino de Dios” y que se construye desde la justicia, esperanza escatológica que nos permite luchar el presente.
Por eso hoy es bueno reflexionar sobre para qué y cómo seguir adelante como país, redoblando nuestro compromiso con ese mundo mejor, por venir, que da sentido a nuestra acción y a nuestras prácticas cotidianas. Recordemos que Jesús vino al mundo a anunciar buenas nuevas para personas cautivas. Buenas noticias para contextos difíciles. Buenas noticias para un tiempo árido de ellas. Buenas noticias que trastocan esquemas y que llaman renovaciones. Buenas noticias de Jubileo, de perdón de deudas, de redención, de reconstrucción, de nacimiento de lo nuevo que se va gestando, aún en medio del desorden y la no-vida (ver Génesis 1:2).
He ahí la fuerza del Salmo que propone el abrazo de la verdad, la justicia y las prácticas de misericordia como pre-requisitos, o realidades inseparables, para la experiencia comunitaria de la paz. En este sentido lo que viene sucediendo en medio nuestro -en especial luego de María- es que engendrando los proyectos de Dios en el hoy histórico que nos toca vivir, encarnamos a Cristo nuevamente en medio de los dolores y las esperanzas de nuestra gente. San Ambrosio decía: “Cualquier alma que cree, concibe y engendra al verbo de Dios” y esto está sucediendo en medio nuestro.
Por tanto, cada una y cada uno de nosotros somos los renuevos de Jesús que plantamos en nuestros jardines cuando hacemos brotar la justicia, la verdad y la misericordia en medio nuestro. Ahí está la fuerza para seguir sirviendo, construyendo, apoyando, dándonos a los demás.
Jurgen Moltmann, quien vivió la experiencia del nazismo y de los campos de concentración en Bélgica, en su famoso libro “Teología de la Esperanza” afirma algo muy interesante. Dice:
el centro de nuestra fe es nuestra esperanza y Él es nuestra esperanza porque nos ha asegurado desde el principio la realización de un mundo nuevo donde los pobres serán bienaventurados, donde los tristes serán consolados y donde el ingreso al llamado “cielo” estará supeditado al principio ético de haber cumplido o no con la responsabilidad hacia el que tiene hambre, necesidad de un techo, carencia de ropa, del afecto de una visita o hasta un simple vaso de agua.
Jesús es nuestra esperanza por su triunfo, porque nuestras fuerzas no son las nuestras sino la de Él, pero especialmente porque reconocemos que Él ha definido que somos su familia más cercana, en la medida que hacemos la voluntad de quien nos envió. “Mi padre y mis hermanos son los que hacen la voluntad de mi padre”, le dijo a sus discípulos. Y su voluntad es la de un mundo más fraterno y justo donde el amor al prójimo y a Dios moja todos los tejidos de la sociedad.
Es la fe la espera de lo que no se ve, es la certeza de lo que no se puede palpar -aún- como realidad plena; Y, a veces, es incluso lo que no puede, prácticamente, ni ser soñado.
Moltmann sabe bien de lo que habla y describe que ese otro mundo esperado y prometido muchas veces “entrar en colisión con la realidad experimentable en el presente”. Sin embargo, en esa confrontación entre realidad circundante y promesa, tan cruda a veces, ahí mismo es que se vive el desafío de la fe en esa tensión escatológica entre el “ya” pero el “todavía no”.
Esa es la tensión, la angustia, la incomodidad que hace que no alcance con la proclama de paz, si no viene acompañada de la verdad, la justicia y los actos de misericordia, tan necesarios hoy en nuestro terruño para asegurar la vida, en especial de las personas más vulnerables. Es la tensión sobre la que habla el Reformador francés, Juan Calvino, cuando dice:
“Se nos promete la vida eterna; pero se nos promete a nosotros, los muertos. Se nos anuncia una resurrección bien aventurada; pero entretanto estamos rodeados de podredumbre. Se nos llama justos; y, sin embargo, el pecado habita en nosotros. Oímos hablar de una bienaventuranza inefable; pero entretanto nos hallamos oprimidos aquí por una miseria infinita. Se nos promete sobreabundancia de todos los bienes; pero somos ricos sólo en hambre y en sed. ¿Qué sería de nosotros si no nos apoyásemos en la esperanza, y si, en este camino a través de las tinieblas, iluminado por la palabra y por el espíritu de Dios, no se apresurase nuestro entendimiento a ir más allá de este mundo?” (Ad. Hebreos, 2,1-11).” (cita de Calvino en Moltmann). [1]
Un camino a la luz, a través de las tinieblas, conocemos mucho de esto desde el Huracán María. Un camino hacia la verdad, la justicia, la misericordia y la paz, desde una profunda carencia y necesidad. Un camino de porfiada esperanza, como me gusta decir desde hace un tiempo, un camino de obstinado y perseverante compromiso constructor de paz.
Voy terminando estas reflexión desde el Salmo 85 recordando las palabras de Benjamin Ferencz, quien con solo 28 años fue el fiscal que llevó adelante la acusación de 22 militares acusados por el genocidio orquestado por Hitler durante la Segunda Guerra Mundial; cuando entrevistado por un periodista responde a la siguiente pregunta:
– Al cabo de noventa años ha visto tanta muerte y tanta miseria en el espíritu humano… ¿cómo es que mantiene encendida la llama de esperanza?
– No tengo alternativa. Desde luego que he visto mucho sufrimiento… demasiado, pero no puedo hacer una pausa ni dejar de cumplir con mi credo mientras tenga un soplo de vida para mejorar la manera como los seres humanos se relacionan mutuamente. No tengo vacaciones, no tengo días de fiesta, no tengo un salario… y todo porque lo único que me alienta a seguir vivo es hacer lo que mi conciencia me dicta que debe ser hecho. [2]
Lo que dicta mi conciencia que debe ser hecho es continuar la búsqueda incansable de la verdad, luchar sin pausa por la justicia, realizar actos constantes de solidaridad y misericordia. Esto es lo que Dios nos invita a hacer para que haya paz en nuestra tierra y así soñar con el Salmista el nuevo tiempo que hoy estamos construyendo. Nuevo tiempo que nos permite encontrarnos con la misericordia y la verdad allá arriba en nuestras montañas golpeadas y en las casas pobres destruidas por el Huracán; o encontrarnos con la paz que nos arropa luego de días, semanas y meses intensos sirviendo a nuestra gente más humilde, practicando misericordia a las personas olvidadas y pobres.
La paz llega a nuestra tierra cuando pensamos en el futuro no como una búsqueda de regreso a la “normalidad”, o a “volver a vivir igual que antes”; sino por el contrario, como una construcción que se realiza desde el hoy de cada uno de nosotros, con nuevos compromisos por la justicia, la misericordia y la solidaridad y con una nueva propuesta de país que provea para un mejor y buen vivir en esta tierra, empezando por los de abajo y contando primero con nosotros mismos como constructores de nuevas realidades.
Ciertamente podremos pensar -como decía la Madre Teresa de Calcuta, “que lo que hacemos es tan solo una gota en el mar” pero ¿qué sería del mar si le faltara esa gota?. Por esto cuando quieras la experiencia de la paz, procura justicia para el otro, has tu parte y
La misericordia y la verdad se encontraran en Borinquen ;
La justicia y la paz se besaran en Humacao, en Adjuntas y en cada Pueblo.
La verdad brotará de nuestra tierra,
Y Dios verá justicia desde el cielos.
“Por eso es que hoy tenemos esperanza; por eso es que hoy luchamos con porfía; 
por eso es que hoy miramos con confianza, el porvenir en esta tierra mía”. [3]
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[3] “Tenemos esperanza”, Obispo Federico Pagura.


Fuente: Lupatrotestante, 2017

jueves, 30 de noviembre de 2017

Misericordia y protestantismo

Por. Alfredo Abad, España
¿Cuándo encontraré un Dios misericordioso? (Martín Lutero)
La gran pregunta de arranque de lo que supuso para Europa la Reforma Protestante no fue tanto que Martín Lutero clavase sus 95 tesis sobre la puerta de la Catedral de Wittemberg, un 31 de octubre, para dar inicio a un debate teológico, sino su propia experiencia personal ante esta búsqueda del Dios misericordioso.
Es cierto que se ha fijado el episodio de las 95 tesis, por su contenido y significado, como la fecha que se celebra anualmente como inicio de la Reforma, no obstante, tanto en los precursores de la Reforma como Juan Hus (1372-1415) en Bohemia o John Wyclif (1320-1384) en Inglaterra, como en los reformadores posteriores lo importante era la autenticidad en la relación con Dios.
Martín Lutero (1483-1546) entendió un día que Dios no era un juez que pesaba en su balanza los méritos humanos, sino un Padre, que en su misericordia, quería sacar a su criatura de su caída y hacerla participar de su santidad y de su felicidad. Descubrió que el corazón de Dios es la bondad, la misericordia y la gracia.
Los reformadores desde diferentes ángulos y fuentes, Lutero (reformador en Alemania) se inspiraba principalmente en el apóstol Pablo, Bucero (reformador en Estrasburgo) en los evangelios o Oecolampadio (reformador en Basilea) en los escritos joánicos, llegan a la misma conclusión: Dios es amor. Esta convicción se impone en ellos para enfrentarse a la teología nominalista y escolástica de la época, rígida y dogmática, para subrayar la importancia de la gratuidad, de la gracia, en su relación con Dios.
Predicarán a favor de un Dios muy distinto al que se predicaba en la Edad Media, más sostenido en el miedo y el pago de indulgencias, que apuntaba al Dios-Juez implacable, ante el que solo podían encontrarse a través de las mediaciones, fundamentalmente de la iglesia. Las personas solo podían enfrentarse a sus angustias, y en la época eran notables, a través de remedios relacionados con el sacrifico, de sumisión, económico o de absolución sacerdotal. Las reliquias o los santos ofrecen un contacto casi físico con la divinidad. Posteriormente la Iglesia Católica ha hecho también su propia reforma o “aggiornamento”, sin embargo algo de ese acento perdura.
Paul Tillich, teólogo alemán del s. XX, señala que este acento se sitúa sobre la realidad de la presencia de Dios en ciertos lugares, objetos, instituciones, textos y ceremonias. A través de ellos Dios tiene un rostro concreto y se hace tangible. El acento de la reforma protestante es iconoclasta, rompe con la imagen, pero también con el dogmatismo, eclesiocentrismo, ritualismo y sacramentalismo. La presencia de Dios no es material sino espiritual. La relación con Dios es un acontecimiento por medio del Espíritu y no por medio de una institución. Tillich señala que ambos acentos se necesitan y son complementarios, aunque de manera conflictiva.
Este cambio de acento, como en la experiencia existencial de Lutero, se produce en los reformadores protestantes insistiendo en el Dios de amor. Subrayaran diferentes aspectos, por ejemplo Zwinglio (reformador de Zurich) insiste en el buen pastor (Juan 10, 11-14), Martín Bucero cambiará en todas las liturgias de Estrasburgo la invocación de Dios por la formula bíblica de “Padre”. Juan Calvino (reformador de Ginebra) dice que lo que importa es contemplar el rostro benigno de Dios: “Si tenemos la menor chispa de la luz de Dios, que nos descubre su misericordia, somos suficientemente iluminados para tener una firme seguridad”.
Para el protestantismo la relación con la misericordia de Dios es una palabra de liberación, de perdón que ofrece confianza y compromiso. Los reformadores buscaran confrontar a cada persona con la Palabra de Dios, en la Biblia, la predicación y los sacramentos, para que cada uno encuentre una relación saludable con Dios, una relación auténtica. Es a partir de esta relación, por medio de la acción del Espíritu, que la misericordia se traduce en compromiso con la humanidad, para que la igualdad, la justicia, la ética y la paz alcancen a toda criatura. Apelarán a la libertad de conciencia, como compromiso responsable con ese Dios de amor, y al sacerdocio universal de todos los creyentes, como compromiso comunitario e igualitario, para la transformación de la sociedad en la perspectiva del Reinado de Dios.
Un ejemplo claro de esta misericordia y su extensión a toda criatura fue la Declaración de Barmen (1934), a cuyo Sínodo asistieron por ejemplo Karl Barth o Dietrich Bonhoeffer, que afirmó que “la Iglesia es una comunidad de hermanos unidos en el amor de Cristo y rechaza cualquier doctrina que pretenda que deje esta convicción para supeditar su mensaje a los vaivenes de la política (Efesios 4, 14-16)”. Frente a la barbarie del nazismo, la misericordia –amor de Cristo– no permitía a la iglesia ser cómplice del desprecio por la vida de algunos seres humanos, judíos, por ejemplo.
Hoy necesitamos de este compromiso con la misericordia de Dios para no ser cómplices de ninguna clase de barbarie, por cierre de fronteras, exclusión social o cualquier otro tipo de discriminación. Lutero encontró al Dios de misericordia e hizo de Él su bandera en el compromiso a favor de la libertad cristiana.


Fuente: Lupaprotestante, 2017.

domingo, 14 de agosto de 2016

Misericordia y protestantismo



Por. Alfredo Abad, España
¿Cuándo encontraré un Dios misericordioso?
(Martín Lutero)
La gran pregunta de arranque de lo que supuso para Europa la Reforma Protestante no fue tanto queMartín Lutero clavase sus 95 tesis sobre la puerta de la Catedral de Wittemberg, un 31 de octubre, para dar inicio a un debate teológico, sino su propia experiencia personal ante esta búsqueda del Dios misericordioso.
Es cierto que se ha fijado el episodio de las 95 tesis, por su contenido y significado, como la fecha que se celebra anualmente como inicio de la Reforma, no obstante, tanto en los precursores de la Reforma como Juan Hus (1372-1415) en Bohemia o John Wyclif (1320-1384) en Inglaterra, como en los reformadores posteriores lo importante era la autenticidad en la relación con Dios.
Martín Lutero (1483-1546) entendió un día que Dios no era un juez que pesaba en su balanza los méritos humanos, sino un Padre, que en su misericordia, quería sacar a su criatura de su caída y hacerla participar de su santidad y de su felicidad. Descubrió que el corazón de Dios es la bondad, la misericordia y la gracia.
Los reformadores desde diferentes ángulos y fuentes, Lutero (reformador en Alemania) se inspiraba principalmente en el apóstol Pablo, Bucero (reformador en Estrasburgo) en los evangelios oOecolampadio (reformador en Basilea) en los escritos joánicos, llegan a la misma conclusión: Dios es amor. Esta convicción se impone en ellos para enfrentarse a la teología nominalista y escolástica de la época, rígida y dogmática, para subrayar la importancia de la gratuidad, de la gracia, en su relación con Dios.
Predicarán a favor de un Dios muy distinto al que se predicaba en la Edad Media, más sostenido en el miedo y el pago de indulgencias, que apuntaba al Dios-Juez implacable, ante el que solo podían encontrarse a través de las mediaciones, fundamentalmente de la iglesia. Las personas solo podían enfrentarse a sus angustias, y en la época eran notables, a través de remedios relacionados con el sacrifico, de sumisión, económico o de absolución sacerdotal. Las reliquias o los santos ofrecen un contacto casi físico con la divinidad. Posteriormente la Iglesia Católica ha hecho también su propia reforma o “aggiornamento”, sin embargo algo de ese acento perdura.
Paul Tillich, teólogo alemán del s. XX, señala que este acento se sitúa sobre la realidad de la presencia de Dios en ciertos lugares, objetos, instituciones, textos y ceremonias. A través de ellos Dios tiene un rostro concreto y se hace tangible. El acento de la reforma protestante es iconoclasta, rompe con la imagen, pero también con el dogmatismo, eclesiocentrismo, ritualismo y sacramentalismo. La presencia de Dios no es material sino espiritual. La relación con Dios es un acontecimiento por medio del Espíritu y no por medio de una institución. Tillich señala que ambos acentos se necesitan y son complementarios, aunque de manera conflictiva.
Este cambio de acento, como en la experiencia existencial de Lutero, se produce en los reformadores protestantes insistiendo en el Dios de amor. Subrayaran diferentes aspectos, por ejemplo Zwinglio(reformador de Zurich) insiste en el buen pastor (Juan 10, 11-14), Martín Bucero cambiará en todas las liturgias de Estrasburgo la invocación de Dios por la formula bíblica de “Padre”. Juan Calvino(reformador de Ginebra) dice que lo que importa es contemplar el rostro benigno de Dios: “Si tenemos la menor chispa de la luz de Dios, que nos descubre su misericordia, somos suficientemente iluminados para tener una firme seguridad”.
Para el protestantismo la relación con la misericordia de Dios es una palabra de liberación, de perdón que ofrece confianza y compromiso. Los reformadores buscaran confrontar a cada persona con la Palabra de Dios, en la Biblia, la predicación y los sacramentos, para que cada uno encuentre una relación saludable con Dios, una relación auténtica. Es a partir de esta relación, por medio de la acción del Espíritu, que la misericordia se traduce en compromiso con la humanidad, para que la igualdad, la justicia, la ética y la paz alcancen a toda criatura. Apelarán a la libertad de conciencia, como compromiso responsable con ese Dios de amor, y al sacerdocio universal de todos los creyentes, como compromiso comunitario e igualitario, para la transformación de la sociedad en la perspectiva del Reinado de Dios.
Un ejemplo claro de esta misericordia y su extensión a toda criatura fue la Declaración de Barmen(1934), a cuyo Sínodo asistieron por ejemplo Karl Barth o Dietrich Bonhoeffer, que afirmó que “la Iglesia es una comunidad de hermanos unidos en el amor de Cristo y rechaza cualquier doctrina que pretenda que deje esta convicción para supeditar su mensaje a los vaivenes de la política (Efesios 4, 14-16)”. Frente a la barbarie del nazismo, la misericordia –amor de Cristo– no permitía a la iglesia ser cómplice del desprecio por la vida de algunos seres humanos, judíos, por ejemplo.
Hoy necesitamos de este compromiso con la misericordia de Dios para no ser cómplices de ninguna clase de barbarie, por cierre de fronteras, exclusión social o cualquier otro tipo de discriminación. Lutero encontró al Dios de misericordia e hizo de Él su bandera en el compromiso a favor de la libertad cristiana.

Publicado en la revista “Entre Paréntesis” (13 de julio de 2013), Lupaprotestante.

miércoles, 18 de febrero de 2015

Mochilas con misericordia y justicia



Por. Juan Simarro, España
El artículo está dirigido a los religiosos del mundo, a los cumplidores de ritual, a los consumidores de tiempo eclesial en nuestros templos. En muchos casos es posible que muchos tengamos que replantearnos nuestra fe. Es verdad que se diezma, que se cumple con todos los horarios del ritual, que se celebran las fiestas solemnes y se acude fielmente a los servicios dominicales. La ética del cumplimiento religioso no nos va a salvar. Hay que dar un paso más, porque si no, uno de los “ayes” de Jesús puede ser lanzado contra nosotros como una lanza que se clave en nuestra alma: “¡Ay de vosotros, hipócritas!, porque diezmáis la menta y el eneldo y el comino, y dejáis lo más importante de la ley; la justicia, la misericordia y la fe.” No son palabras mías. A mí no me corresponden palabras de condena contra nadie y tengo que ser el primero que tiene cuidado con que este “ay” no sea lanzado también contra mí. Es por eso que las palabras del inicio del artículo están simplemente en paralelo con las palabras de Jesús que nos debe hacer reflexionar sobre cómo vivimos la religiosidad, si está basada únicamente en una ética del cumplimiento del ritual diezmando la menta, el eneldo y el comino, pero de espaldas a la misericordia, a la justicia y a la vivencia de una auténtica fe que nos debe lanzar al mundo en acción llevando al mundo la evidencia de las obras de la fe.
Palabras duras las de Jesús ¿Fueron sólo contra los religiosos de la época, contra los escribas y fariseos que eran simplemente sepulcros blanqueados por fuera, pero por dentro eran putrefacción y pasto de gusanos, o pueden saltar los ayes de Jesús también contra nosotros hoy? ¿Hay personas hoy sumidas en prácticas religiosas vanas autoengañándose a sí mismas y lejos de la vivencia de la auténtica espiritualidad cristiana? ¿Hay religiosos que diezman, pero dejan a un lado la misericordia para con prójimo y nunca son llamados a ser movidos a ella como buenos samaritanos? ¿Hay religiosos que dan su eneldo al templo, pero jamás trabajan por la justicia? ¿Ofrecemos nuestro comino al servicio de rituales, pero nuestra falta de amor hace que la fe se debilite, y acabe por morirse y dejar de ser? ¡¡Ay, ay, ay de vosotros!! ¡¡Ay, ay, ay de todos nosotros si seguimos una simple religiosidad de cumplimiento, pero falta de misericordia, alejada de la lucha por la justicia y del amor al prójimo!! Tendríamos que replantearnos nuestra fe si viéramos que algunos de estos “ayes” nos tocaran.
Diezma, no haces nada mal. Da al templo tiempo, cumple con las exigencias del ritual, haz fiestas solemnes y cumple con los días de reposo, pero tenemos que saber que para que eso se sostenga delante de Dios, debe estar fundamentado en la práctica de la misericordia, de la projimidad, de la búsqueda de justicia y de mantener una fe viva y activa. ¿Cómo se puede uno liar en prácticas de cumplimientos de normas religiosas y olvidar lo más importante para poder tener una vivencia de la auténtica espiritualidad cristiana? Los cristianos, así, si en verdad queremos ser discípulos de Jesús, tenemos que reflexionar, orar y dejar que nuestra fe nos lance al mundo en acción con las manos tendidas dispuestas al servicio, la voz preparada para la denuncia y el anuncio, para clamar por la justicia e ir por el mundo impregnados de sentimientos de misericordia que no nos dejen pasar de largo ante el grito del marginado, del pobre, del herido, del despojado, del robado de dignidad. ¡Hay que pararse… y darse!
Recordemos: a la base de todo tu ritual, de todos tus cumplimientos, de todos tus diezmos y tiempo entregado al templo, debe estar la práctica de la justicia y de la misericordia que son la prueba de tener una fe viva que actúa a través del amor como diría el Apóstol Pablo. Religiosos: Escuchemos la auténtica definición de la religión, la verdadera, la pura y sin mácula. Se formula en estos términos que quizás te asusten un poco o te parezcan una especie de Teología Segunda con respecto a lo que tú consideras tu prioridad, tu Teología Primera, el núcleo de tu vivencia religiosa. La Biblia dice que la religión pura y sin mácula es ésta: “Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo”. Nos puede parecer extraño que primero se pongan nuestras responsabilidades de projimidad y luego el guardarse sin mancha que sólo se consigue en una auténtica relación con un Dios perdonador. Pero así lo dice el Señor, porque el que dice que ama a Dios y no puede hacer lo mismo con su hermano, es mentiroso.
Pude ser una definición de religión un poco alejada del templo y cercana al sufrimiento de las personas, de los colectivos marginados del mundo, aunque Dios tampoco nos quiere de espaldas al templo si en él sabemos enfocar un ritual que nos lanza a la práctica de la misericordia, al compartir y al vivir la fe en compromiso con el prójimo. Cuidado hoy con que los que sirven al templo no nos acostumbren al cumplimiento de la norma y del ritual, pero que no nos ayuden a proseguir la justicia misericordiosa para con los sufrientes de la tierra. Sería una lanza clavada en el corazón del cristianismo, de la auténtica vivencia de la espiritualidad cristiana.
Jesús lanza uno de sus “ayes” y junto a ello una acusación: ¡¡Hipócritas!! Quizás es porque tenemos el peligro de vivir una religiosidad cómoda y de acuerdo con nuestros intereses, incluidos aquellos que se rozan con el servicio al dios Mamón, el dios de las riquezas a las que deseamos y, desde este posicionamiento, damos prestigio a los que las tienen confundiendo los valores bíblicos con aquellos que son contracultura con los valores del Reino. Ser cristiano es ser un servidor con una gran mochila llena de misericordia y una vocación por la justicia como consecuencia de una fe viva.

Fuente: Protestantedigital, 2015.

martes, 3 de febrero de 2015

NO TE HAGAS EL DESENTENDIDO



“No te escondas” (Deut 22:1-4). Algunos/as tal vez recordarán la famosa caricatura de los tres monos.
Por. Juan Stam, Costa Rica
Si ves que el buey de tu hermano anda extraviado, o ha caído en una zanja, “no te hagas el desentendido; no te portes con indiferencia [sino] ayúdalo…” (Dt 22:1-4 NVI).[1] Nunca debemos ser ciegos al dolor ajeno y las pérdidas que sufren nuestros prójimos, aún cuando fuesen nuestros enemigos/as. Este curioso mandato, de problemas poco típicos de nuestra vida hoy, implica importantes dimensiones de la voluntad de Dios para nosotros en pleno siglo XXI.
(1) Debemos conocer y reconocer las situaciones que perjudican a los demás y que amenazan sus vidas, lo que significa mantenernos bien informados sobre la realidad; (2) no debemos “hacernos los desentendidos” y esconder la verdad que hemos conocido; (3) los intereses egoístas no deben suprimir nuestra acción a favor de los que sufren; (4) es nuestro deber conocer la realidad, y ese conocimiento nos obliga a actuar.
Algunos/as tal vez recordarán la famosa caricatura de los tres monos. El primero tapa los ojos y dice, "Yo no veo el mal". El segundo tapa los oídos y dice, "Yo no escucho el mal". El tercero tapa la boca y dice, "Yo no hablo del mal". Son tres monos que se hacen los desentendidos. Permítanme ilustrar el tema con dos ejemplos, uno negativo y otro positivo. Desde el 2009 el gobierno golpista de Honduras ha asesinado sistemáticamente a líderes de la oposición política. Militares, policías, sicarios y fuerzas de seguridad privadas han matado a muchos políticos, sindicalistas, periodistas, líderes campesinos, feministas, ecologistas y LGBT (con especial ferocidad contra éstos últimos).[2]
Los medios de comunicación oficiales han tratado de esconder esta realidad por no informarla o por atribuirla al narcotráfico o al crimen organizado. La Confraternidad Evangélica de Honduras, ante esta realidad, “se ha hecho la desentendida”. Apoyó al golpe militar desde sus inicios y nunca ha reconocido los crímenes del régimen. Con las manos ensangrentadas, pretende adorar a Dios y servirle. No ha tenido voz profética y está muy bien vista por el gobierno. Totalmente diferente es el caso de Dietrich Bonhoeffer. Al puro inicio del nazismo le entraron dudas y preocupaciones sobre el proceso. Consultó con amigos que estaban en el gobierno y su respuesta general era, “”No preguntes, es mejor no saber”. Pero para Bonhoeffer, como cristiano integral y radical, un cristiano tiene que saber la realidad del mundo en que vive. Bonhoeffer no pudo “darse por desentendido” y esconderse del desafío de su momento histórico.
Bonhoeffer se unió a la oposición contra Hitler. Fue uno de los líderes de los “Cristianos Confesantes” opuestos a los “Cristianos Alemanes” del nazismo. Pasó años en campos de concentración y fue ahorcado por orden de Hitler “Este es el fin, para mí el principio” fueron sus últimas palabras.
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[1] El hebreo significa literalmente, “No te escondas” (vb. YaLaM).
[2] Para denuncias documentadas de estas atrocidades pueden consultar www.juanstam.com  4.24.10; 7.6.10; 8.21.10; 10.30.10; 5.3.11; 12.3.11, entre otros correos al respecto. Especialmente dramático, pero típico, fue el asesinato del pastor y abogado Antonio Trejo en setiembre de 2012.

Fuente: Protestantedigital, 2015.