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viernes, 7 de agosto de 2015

¿Denuncia profética o intrusión política?



Por. Juan Simarro, España
En algunas cartas a la redacción a veces algunos han opinado que no se debe mezclar el Evangelio o, simplemente, la religión con la política. Ardua tarea cuando la denuncia profética de la que se nos habla en la Biblia y la propia denuncia que muchas veces hace Jesús durante su ministerio podía afectar a todos los ámbitos de la vida: ámbito político, social, económico, cultural y otros. Tampoco es tan sumamente fácil o responsable el decir que ambos campos, el de la religión y el de la política deben estar totalmente separados cuando los valores del Reino afectan a todas las facetas de la vida, tanto económicas, como políticas, como sociales o culturales.
Muchas veces vemos a religiosos que no pueden dejar de denunciar ciertos valores sociopolíticos injustos y, por el contrario, podemos observar ámbitos políticos que están pendientes del hecho religioso, sus valores y sus manifestaciones. ¿Hasta dónde se puede llegar en estas dinámicas y quién es el que va a marcar o definir las líneas rojas? ¿Cuándo es denuncia profética o cuándo intrusión si hablamos desde los valores cristianos? ¿Cuándo es interés sano o cuándo intento de control de lo político sobre lo religioso?
Hoy, tanto la religión como la política se considerarían facetas autónomas o independientes. Creo que ambas esferas de la vida reclamarían una autorregulación propia sin injerencias de ningún tipo, pero nos podríamos preguntar si esto es posible. Muchas veces el orden religioso denuncia al orden temporal y puede ocurrir que también el temporal puede chocar con la defensa de ideas religiosas o que muchos creen que dependen del orden espiritual que marcan los valores bíblicos. Hay temas como el aborto, la homosexualidad, la acumulación de bienes, los desiguales repartos de las riquezas del planeta tierra, las injusticias, las opresiones, las torturas, las guerras y muchos otros temas que ambos, tanto el orden espiritual o religioso como el temporal o político podrían reclamar competencias para tratar estos temas.
¿Se puede aprobar y practicar la denuncia profética contra áreas que parecen corresponder al orden temporal político o socioeconómico cuando muchas de estas áreas están reclamando su autonomía y su independencia? Quizás en épocas antiguas donde parecía que todo el mundo estaba lleno de dioses y donde la creencia religiosa era el undamento totalizante de todo, se podría entender mejor.
Hoy algunos quieren que la religión sea algo privado, en lo reservado de las iglesias e impregnado del olor del cirio y de la sacristía, pero los cristianos siguen preguntándose si es parte de su misión profética, tanto de la iglesia como de los cristianos, analizar y pasar por el prisma de los valores del reino, de la ética o de los principios morales que dimanan de la Biblia, todas las actividades que afectan a las personas dentro de este orden de las cosas temporales que rigen la vida de los hombres y de los pueblos.
Quizás no habría que interpretar nunca el análisis y la acción de los cristianos en la esfera sociopolítica como una intrusión, sino como parte de la vivencia de su fe y, en su caso, como parte de la denuncia profética que se les ha encomendado en relación con la política, la economía y las temáticas sociales en general. Creo que el cristiano debe tener un criterio basado en los valores y principios éticos del Reino de Dios, por el cual debe filtrar toda la realidad temporal en la que vive y trabaja. Eso le impide permanecer al margen del hecho sociopolítico en sí.
Por otra parte, ante el análisis de la realidad desde el prisma de la fe, están los temas como el pecado de omisión de la ayuda, el silencio que nos hace cómplices de las injusticias del mundo, el pecado de dar la espalda al grito de los pobres y sufrientes, el hecho de que la Biblia a través de los profetas nos animan a no callar ante las injusticias y a mancharnos las manos con lo que es justo, hasta el punto de que se rechaza el ritual que es insolidario con los apaleados de la historia.
Yo creo que desde estos postulados no es fácil decir sin más que muchas denuncias desde el Evangelio de los posibles errores que se puedan cometer desde la política, desde la economía o desde las estructuras sociales injustas, sean simples intrusiones en el ámbito sociopolítico o injerencias que no deberían darse. Para los políticos vendría muy bien el silencio insolidario de los cristianos y que estos se redujeran a alabar y a trabajar intramuros de las iglesias.
Actuaríamos contra el mandato bíblico si nos callamos y damos la espalda al mundo sociopolítico y económico. Lo que algunos podrían ver una intrusión o injerencia, para los cristianos debe ser la respuesta a ser sal y luz, aunque a veces nos convirtamos en jueces molestos o maestros cansinos, pero siempre desde la humildad, sin prepotencias y sabiendo que somos agentes del Reino, seguidores del Maestro y a su servicio. Ser jueces molestos, pero comprometidos con la justicia y con una acción misericordiosa que convierta la acción social en un componente evangelístico. No se puede ni se debe hablar sin dar trigo. Los hombres pueden pensar que hacemos política cuando denunciamos la injusticia, pero hacemos algo mucho más trascendente que la propia política en sí. Por tanto, hemos de ser cuidadosos cuando de un cristiano decimos que está mezclando el Evangelio con la política o el hecho religioso con el hecho sociopolítico o económico. Los cristianos somos humanos, profundamente humanos y, por ende, nada humano nos es ajeno.

Fuente: protestantedigital, 2015.

miércoles, 18 de febrero de 2015

Mochilas con misericordia y justicia



Por. Juan Simarro, España
El artículo está dirigido a los religiosos del mundo, a los cumplidores de ritual, a los consumidores de tiempo eclesial en nuestros templos. En muchos casos es posible que muchos tengamos que replantearnos nuestra fe. Es verdad que se diezma, que se cumple con todos los horarios del ritual, que se celebran las fiestas solemnes y se acude fielmente a los servicios dominicales. La ética del cumplimiento religioso no nos va a salvar. Hay que dar un paso más, porque si no, uno de los “ayes” de Jesús puede ser lanzado contra nosotros como una lanza que se clave en nuestra alma: “¡Ay de vosotros, hipócritas!, porque diezmáis la menta y el eneldo y el comino, y dejáis lo más importante de la ley; la justicia, la misericordia y la fe.” No son palabras mías. A mí no me corresponden palabras de condena contra nadie y tengo que ser el primero que tiene cuidado con que este “ay” no sea lanzado también contra mí. Es por eso que las palabras del inicio del artículo están simplemente en paralelo con las palabras de Jesús que nos debe hacer reflexionar sobre cómo vivimos la religiosidad, si está basada únicamente en una ética del cumplimiento del ritual diezmando la menta, el eneldo y el comino, pero de espaldas a la misericordia, a la justicia y a la vivencia de una auténtica fe que nos debe lanzar al mundo en acción llevando al mundo la evidencia de las obras de la fe.
Palabras duras las de Jesús ¿Fueron sólo contra los religiosos de la época, contra los escribas y fariseos que eran simplemente sepulcros blanqueados por fuera, pero por dentro eran putrefacción y pasto de gusanos, o pueden saltar los ayes de Jesús también contra nosotros hoy? ¿Hay personas hoy sumidas en prácticas religiosas vanas autoengañándose a sí mismas y lejos de la vivencia de la auténtica espiritualidad cristiana? ¿Hay religiosos que diezman, pero dejan a un lado la misericordia para con prójimo y nunca son llamados a ser movidos a ella como buenos samaritanos? ¿Hay religiosos que dan su eneldo al templo, pero jamás trabajan por la justicia? ¿Ofrecemos nuestro comino al servicio de rituales, pero nuestra falta de amor hace que la fe se debilite, y acabe por morirse y dejar de ser? ¡¡Ay, ay, ay de vosotros!! ¡¡Ay, ay, ay de todos nosotros si seguimos una simple religiosidad de cumplimiento, pero falta de misericordia, alejada de la lucha por la justicia y del amor al prójimo!! Tendríamos que replantearnos nuestra fe si viéramos que algunos de estos “ayes” nos tocaran.
Diezma, no haces nada mal. Da al templo tiempo, cumple con las exigencias del ritual, haz fiestas solemnes y cumple con los días de reposo, pero tenemos que saber que para que eso se sostenga delante de Dios, debe estar fundamentado en la práctica de la misericordia, de la projimidad, de la búsqueda de justicia y de mantener una fe viva y activa. ¿Cómo se puede uno liar en prácticas de cumplimientos de normas religiosas y olvidar lo más importante para poder tener una vivencia de la auténtica espiritualidad cristiana? Los cristianos, así, si en verdad queremos ser discípulos de Jesús, tenemos que reflexionar, orar y dejar que nuestra fe nos lance al mundo en acción con las manos tendidas dispuestas al servicio, la voz preparada para la denuncia y el anuncio, para clamar por la justicia e ir por el mundo impregnados de sentimientos de misericordia que no nos dejen pasar de largo ante el grito del marginado, del pobre, del herido, del despojado, del robado de dignidad. ¡Hay que pararse… y darse!
Recordemos: a la base de todo tu ritual, de todos tus cumplimientos, de todos tus diezmos y tiempo entregado al templo, debe estar la práctica de la justicia y de la misericordia que son la prueba de tener una fe viva que actúa a través del amor como diría el Apóstol Pablo. Religiosos: Escuchemos la auténtica definición de la religión, la verdadera, la pura y sin mácula. Se formula en estos términos que quizás te asusten un poco o te parezcan una especie de Teología Segunda con respecto a lo que tú consideras tu prioridad, tu Teología Primera, el núcleo de tu vivencia religiosa. La Biblia dice que la religión pura y sin mácula es ésta: “Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo”. Nos puede parecer extraño que primero se pongan nuestras responsabilidades de projimidad y luego el guardarse sin mancha que sólo se consigue en una auténtica relación con un Dios perdonador. Pero así lo dice el Señor, porque el que dice que ama a Dios y no puede hacer lo mismo con su hermano, es mentiroso.
Pude ser una definición de religión un poco alejada del templo y cercana al sufrimiento de las personas, de los colectivos marginados del mundo, aunque Dios tampoco nos quiere de espaldas al templo si en él sabemos enfocar un ritual que nos lanza a la práctica de la misericordia, al compartir y al vivir la fe en compromiso con el prójimo. Cuidado hoy con que los que sirven al templo no nos acostumbren al cumplimiento de la norma y del ritual, pero que no nos ayuden a proseguir la justicia misericordiosa para con los sufrientes de la tierra. Sería una lanza clavada en el corazón del cristianismo, de la auténtica vivencia de la espiritualidad cristiana.
Jesús lanza uno de sus “ayes” y junto a ello una acusación: ¡¡Hipócritas!! Quizás es porque tenemos el peligro de vivir una religiosidad cómoda y de acuerdo con nuestros intereses, incluidos aquellos que se rozan con el servicio al dios Mamón, el dios de las riquezas a las que deseamos y, desde este posicionamiento, damos prestigio a los que las tienen confundiendo los valores bíblicos con aquellos que son contracultura con los valores del Reino. Ser cristiano es ser un servidor con una gran mochila llena de misericordia y una vocación por la justicia como consecuencia de una fe viva.

Fuente: Protestantedigital, 2015.

jueves, 5 de febrero de 2015

Dejaos fascinar por la utopía



Juan Simarro, España
Lo considerado indigno, lo percibido como diminuto, lo pequeño, lo no válido puede llegar a avasallar a lo grande, digno e importante según el mundo.
Triste. Quizás el hombre de hoy sea cada vez menos utópico. Como si le hubieran cortado las alas. Se encierra en la jaula de lo práctico y realista. Tiene cierta ansiedad y lo quiere todo ya mismo. Su encierro mental le obliga a vivir más el presente que el futuro. Ha acortado las cuerdas de su tienda. Muchos sólo creen en lo que pueden tocar, pesar, experimentar. Se valora lo que se tiene en el presente y se intenta morder el momento actual buscando algo de dulzura y de placer mientras se intenta escupir rápidamente lo que no se puede saborear en el momento. Hay que alargar la visión oteando los montes y el horizonte aunque nuestra vista no lo alcance todo. Lo utópico necesita lucha, espera, proseguir al blanco incluso detrás de lo que parece imposible alcanzarlo.
Reflexionad, cristianos. Es posible que desde vuestra fe que los valores del reino que nos dejó Jesús sean más aptos para los utópicos, los que tienen paciencia, los que esperan y trabajan creyendo incluso en lo imposible. Mirad y escuchad algunas de las que parecen utopías del Reino de Dios: Lo perdido se puede encontrar aunque se tarde, aunque tengamos que barrer el mundo. Recuerda: Dentro de la utopía del reino, no te des por perdido ni des por perdido a nadie. El utópico mira en busca del milagro. Si conoces la Biblia observa y escucha dentro de las líneas utópicas: El parado que está en la plaza hasta última hora, cuando para otros no hay ya esperanza, él continúa esperando y confiando en que la utopía se cumpla, en que el Señor de la viña salga a última hora, le contrate y le pague lo mismo que a los demás. Es en el entorno de los valores del reino donde se pueden cumplir todas las utopías.
Si lees muchas de las parábolas del reino, atiende y valora todo aquello que tiene regusto utópico: Muchos últimos serán primeros. Nos da un poco de miedo, no nos lo creemos. Nos parece que están en el reino oscuro de las utopías, pero esperad, confiad, no desmayad. El tiempo pude llegar en el que se haga todo el trastoque de valores que el cumplimiento de estas promesas necesitan. Si leéis los Evangelios contemplad sus historias desde lo utópico: Los pobres, lisiados, los que andan sin casa por los caminos de la vida, los marginados y excluidos pueden ser invitados a un gran banquete antes que los poderosos, ricos e integrados del mundo. Esperad, por tanto y confiad, pobres de la tierra. Estad tranquilos rayando en la utopía, porque alguien os puede invitar a las bodas del Reino e incluso, si sobra sitio, os pueden incluso obligar a entrar para que disfrutéis de la acogida que deja fuera a otros autoconsiderados más dignos.
Si dedicáis tiempo a las Escrituras, admiraos, dejaos fascinar por la utopía, pues en el Reino de Dios y sus valores parece que lo utópico se puede cumplir, lo imposible puede llegar a ser posible. Así, pues, vosotros, los pequeños y los débiles, aprended a mirar desde la utopía. El pequeño grano de mostaza podrá llegar a ser el gran árbol que dé cobijo a las aves del cielo. El niño irá antes que los ya maduros al Reino y los ya viejos se deberán volver como niños. Por tanto, os digo que no os preocupéis, pequeños de la tierra. Se puede dar el gran trastoque utópico para que se cumplan todas estas cosas. Que nadie os estigmatice para que os sintáis marginados del reino de Dios. Mirad al cielo, confiad en la utopía, vosotras las rameras y prostitutas, pues quizás lleguéis al reino de los cielos antes que muchos religiosos. ¿Os parece algo utópico e inalcanzable? Pues sabed que en el entorno de los valores del Reino la utopía se puede cumplir. Lo considerado indigno, lo percibido como diminuto, lo pequeño, lo no válido puede llegar a avasallar a lo grande, digno e importante según el mundo. Os parecerá una utopía, pero no una mentira.
Nademos contra corriente. Marchemos, pues, detrás de lo que para el mundo es utópico, lancémonos en la búsqueda de lo perdido, en la liberación de los débiles y de los proscritos, en la valoración de lo pequeño y de lo pobre. La utopía del reino nos debe mover en pos de lo que parece imposible. Escuchad vosotros los creyentes, reflexionad, pensad, sabed: Desde los pigmentos utópicos del reino no se ve como más dignos, ni como invitados especiales o prioritarios a aquellos que se creen más dignos, con una dignidad basada en el poder o en las riquezas, sino que los primeros merecedores van a ser los excluidos de la mesa del mundo, los débiles y los pobres. ¿No os lo creéis, pensáis que es una utopía necia? Entonces es que no conocéis bien al cristianismo que trastoca los valores sociales injustos basados en el poder y en la acumulación.
Valorad, escuchad, cristianos del siglo XXI: La utopía del Reino considera que se debe construir no sobre los valores de la riqueza como prestigio, ni bajo la humillación ante el oro o las riquezas conseguidas muchas veces con el despojo de los débiles, sino que es una utopía en la que el mundo es de todos, y todos tienen derecho igualitario a disfrutar de los bienes del planeta tierra, dando la prioridad a los que son despreciados, oprimidos, debilitados, empobrecidos, marginados y sin hogar por los caminos del mundo. No os equivoquéis los que decís creer en la Biblia. Esta lucha tras la utopía no es ingenua, sino montada sobre el amor y la verdad, sobre la justicia y la misericordia. Nadie podrá contra ella. Así, pues, predicad esperanza, confianza y fe que hace posible lo imposible. Nunca deis nada por perdido, creyentes del mundo. Nuestra utopía es que llegue a la tierra la justicia y la paz. Aunque parezca el mayor imposible entre los imposibles. Nuestra utopía ve a los débiles del mundo como los elegidos para disfrutar del mayor banquete jamás habido en la tierra. Vamos detrás de ti, utopía del Reino. No descansaremos hasta que las fuerzas nos abandonen y alcancemos la meta que para muchos, en su increencia, es utópica… o mentira.

Fuente: Protestantedigital, 2015.

miércoles, 20 de febrero de 2013

‘Da vida’, el aborto, la vida y la muerte. Derechos Humanos, los cristianos y los pobres

Por. Juan Simarro Fernández,  España*
La Declaración de los Derechos del Niño de la ONU (1959) demanda “especiales salvaguarda y cuidado del niño, incluida la legal, antes y después del nacimiento”.
 
Queremos seguir hablando sobre el derecho humano a la vida, sobre el artículo 3 de la Declaración Universal sobre los Derechos Humanos, que es el tema de esta serie de la cual llevamos ya 25 artículos.
Estamos escribiendo desde Madrid, España. Veo en la prensa evangélica una noticia que dice: “Según el Instituto de Política Familiar (IPF), en España se han realizado 118.359 abortos en 2012, convirtiéndose en el tercer país de la UE en su práctica —sólo detrás del Reino Unido y Francia—, y el primero en tendencia de crecimiento” . Por tanto no estamos hablando de un tema fantasma o irrelevante. Estamos hablando de algo sumamente importante para la vida humana.
Una de las incoherencias sociales o esquizofrenia social como afirmamos en los Principios Inspiradores de nuestro centro “Da Vida” de Misión Evangélica Urbana de Madrid, es el hecho de que se invierten una cantidad de recursos sanitarios para que la ciencia avance en temas de fertilización asistida y que los niños prematuros puedan tener viabilidad, mientras que, por otra parte, en muchos casos de nuestro momento histórico y dependiendo de los diferentes países, se flexibiliza el abortoo, como se dice eufemísticamente, la interrupción voluntaria del embarazo, en lugar de llamarle el exterminio de los no natos, su muerte violenta.
Por eso, aunque en algunos ambientes no se nos entienda y se nos pueda tachar de retrógrados, nos unimos a muchos médicos y científicos que están por la defensa de la vida humana en su etapa prenatal y afirmamos con ellos que el principio de la vida humana se da en el mismo instante de la fecundación.
También en nuestro Servicio “Da Vida” de Misión Evangélica Urbana de Madrid, en sus principios inspiradores, afirmamos que, aunque en el proceso de crecimiento intrauterino el feto depende de la madre en cuanto a su alimentación y viabilidad desde las perspectivas físicas, no se puede afirmar que el feto constituya en ningún momento una parte del cuerpo de la madre. Este concepto es muy importante para la defensa de la vida en el tema del aborto. El feto es un ser humano totalmente distinto, un individuo distinto de la madre en cuyo seno habita, se nutre y crece.
Así, no podemos afirmar, en ningún caso, que la madre sea dueña de ese ser humano y, por ende, creemos que no puede hacer con él lo que quiera, no puede exterminarlo, matarlo. Con el aborto, la madre destruye una vida humana distinta de su vida misma.
Aunque nosotros, como cristianos evangélicos tenemos como base de inspiración las Sagradas Escrituras, al igual que nuestro Programa Da Vida, nos alineamos también con el artículo 3 de la Declaración de los Derechos Humanos que estamos citando en defensa de la vida, pero también este Programa evangélico también se adhiere a la Declaración de los Derechos del Niño de la ONU (1959), que demanda “especiales salvaguarda y cuidado del niño, incluida la legal, antes y después del nacimiento”.
Que estos textos no queden en declaraciones formales que no se tienen en cuenta a la hora de realizar un aborto.
También nos adherimos y recordamos lo dicho en la Carta de Derechos del Niño aprobada por el Consejo de Europa(Carta Europea de los Derechos de la Infancia, de octubre del año 1.979), en la que se dice: “desde el momento de su concepción, el niño que va a nacer debe gozar de todos los derechos enunciados en la presente Declaración” .
Yo sé que no es fácil hablar en estos términos en algunos ambientes sociales en los que los cristianos nos movemos, pero yo creo que, a la luz del propio texto bíblico, los cristianos debemos estar a favor de la defensa de la vida, sea en el caso del aborto que ahora estamos tratando por tener la Entidad que presido un centro pro-vida, o en otros casos en los que la vida se siente amenazada.
Nosotros estamos muy contentos de tener nuestro Centro Da Vida aún con la característica de que la propia naturaleza asistencial y de integración social de la Misión Evangélica Urbana de Madrid, su propia característica de ser una Misión de ayuda a las personas en desventaja social, en riesgo de exclusión social o ya en exclusión social, haga que no sólo vengan como usuarios a este servicio sólo mujeres buscando alternativas al aborto, sino mujeres con sus hijos ya nacidos en sus brazos buscando recursos asistenciales, orientación y amor.
Creo que en estos aspectos de nuestro Programa Da Vida es un privilegio para los evangélicos que muchos niños en Madrid se puedan pasear en carritos o sillas que compraron familias evangélicas para sus propios hijos y que luego han donado, que se puedan alimentar con alimentos que provienen de los fondos de donantes de nuestras iglesias, que puedan ir vestidos también con ropas infantiles que han usado los niños de las familias evangélicas, o comprados con donativos de creyentes evangélicos —pues también se usa mucha ropa infantil nueva—, aunque tengamos otras ayudas que no provienen estrictamente de la generosidad de los miembros de nuestras iglesias o, mismamente, de nuestras iglesias mismas.
Consideramos evangelizador y altamente positivo para la sociedad civil la convicción cristiana que atribuye la propiedad exclusiva de la vida humana a Dios, convicción que no sólo nos lleva a hacer alguna que otra declaración, escrito o charla, sino que nos lleva a comprometernos con las mujeres embarazadas, un compromiso que surge de la vivencia de nuestra espiritualidad cristiana que nos lanza a la defensa de la vida. Es el ánimo de servicio que Jesús nos enseñó y del cual nos dio ejemplo.
 
©Protestante Digital 2013

martes, 7 de agosto de 2012

Lo bello y lo feo. Jesús y Juan

Por. Juan Simarro Fernández, España*

Jesús, sin dejar de mirar toda la negrura del ser humano contemplaba también la belleza del mundo.
Aprende a mirar lo bello. También entre los pobres de la tierra hay mucha belleza. No te enganches solamente a lo feo. No te quedes preso de lo negativo. La belleza y la bondad existen. La luz puede resplandecer sobre las tinieblas. Levanta tu vista.
Cuando comparamos la línea de Juan el bautista con Jesús, vemos contrastes no solamente en el ascetismo que practicaba Juan, o en hecho de que el Bautista estaba anclado en el estilo y el tono del pasado profético, sino que Juan se fijaba mucho en lo negativo o feo del mundo y Jesús, sin dejar de mirar toda esa negrura, se fijaba también en cierto esplendor que se puede ver en la vida del hombre y de la naturaleza. Contemplaba también la belleza del mundo.
Así, mientras que Juan el bautista podía decir: “Y ya también el hacha está puesta a la raíz de los árboles” ... (Mt. 3:10), Jesús afirmaba: “Vosotros sois la luz del mundo” . (Mt. 5:14). Jesús podía ver lo feo, pero también lo bello. Juan estaba anclado en lo feo. Los que trabajamos en la acción social de ayuda a los pobres, debemos también saber mirar lo bello que hay entre ellos.
Juan era un “puro”, un separado del mundo. Como tal purista, era un tanto gris, asceta, estricto y predecía un futuro lleno de infortunios. Era apocalíptico. Lo que pasa es que para reconducir el mundo en nuevos valores, no basta con ver sólo lo feo, lo gris, lo negro, las penumbras. Hay que fijarse también en la luz, en lo bello. Quien no sabe contemplar lo bello, tampoco puede juzgar con equilibrio lo que es feo, tenebroso. Los cristianos no pueden considerarse “puros”, separados del mundo en el cual todo les parece feo.
Cuando uno no puede contrastar, sino que se queda preso de lo feo y de predicciones de catástrofes, se suele separar de las entrañas de la vida social, de sus problemáticas. Juan se separaba del mundo, quizás le atemorizaban las mujeres y los aspectos bellos de la vida. No podía contemplar ningún horizonte positivo y esperanzador. No trasmitía valores liberadores.
Jesús era diferente. Sabía sacar aspectos buenos y enriquecedores, aún allí donde parecía que todo era oscuridad. Por tanto, tiene relaciones sociales que podían causar espanto en los “puros” como Juan el Bautista. Jesús tenía amigos, muchos de ellos oscuros y grises para los religiosos, personas indeseables, como podrían ser los pecadores y las prostitutas. Podía comer con ellos. También allí podía encontrar atisbos de belleza, de esperanza, de luz. Podía tratar con los marginados y rechazados por los “puros”. Se goza con la alegría de las bodas y de los banquetes. Come y bebe disfrutando de los frutos de la tierra.
A veces, no se lavaba las manos porque constataba que las tradiciones y los ritos, los mandamientos de hombres, impedían la alegría de la vida en plenitud. Eso le daba a Jesús la posibilidad de ver belleza en la ruptura de las normas religiosas humanas que ponen barreras entre los hombres y podía comer, incluso, con aquellos con los que jamás comerían los “puros”. Podía comer con los proscritos. En estas relaciones podía ver belleza, porque había liberación y poder restaurador.
Algunos puristas y apocalípticos en el mundo hoy, ven lo que hay fuera de los muros del templo como algo feo y malo. No pueden captar ninguna belleza en medio de las dinámicas de un mundo caído y sufriente... pero la hay. Para muchos religiosos y “puros” de hoy, el mundo es un foco de maldad. Hay que resguardarse en la soledad del templo, en el retiro del claustro eclesial. Hay que retirarse de aquello que se percibe como un foco de maldad.
Jesús también ve la maldad del mundo, las injusticias en las que muchos están presos y en la infravida, ve los desequilibrios que afectan a la vida de más de media humanidad... ve la tristeza del mundo marginado y empobrecido. Ve la penumbra en que muchos andan... pero ve más allá de todo esto. En todo hombre hay algún retal de luz, algún color bello, alguna posibilidad de que resplandezca la vida. Jesús se acerca al mundo, le ama e intenta recuperar tanto al hombre como al mundo.
Esta filosofía de vida de Jesús es la que puede habilitar a los cristianos a ser sal y luz en medio de un mundo de dolor. Los que viven esta línea de valores son los que no dan nada por perdido, los que trabajan para que brille la luz en medio de un mundo a oscuras, para que resplandezca la justicia, para que los pobres puedan ser liberados, para que podamos convertirnos todos los seguidores de Jesús, en agentes de luz y de liberación.
Jesús al fijarse en los colores, la belleza, en los lirios del campo, ve el mundo lleno de posibilidades de brillo y de fulgor. Merece la pena la lucha, la denuncia, el trabajo liberador, el compromiso de acción liberadora de los pobres, la renuncia a la acumulación de bienes y la necesidad de compartir con el mundo el pan y la Palabra. El hombre, todo hombre, tiene su belleza a pesar de la caída. Lo feo, lo horrible, lo injusto e inhumano, nos sirve para vislumbrar lo bonito, lo justo y lo de humano que puede haber detrás de tanto sufrimiento. Merece la pena involucrarse en medio de lo feo, para que resplandezca lo bello.
El que vive en esa línea, tiene un mensaje nuevo, renovador, vital. Será el vocero de la renovación y de la vida nueva. Comunicará valores de justicia, de solidaridad, amor, fraternidad y paz... involucrándose en una acción liberadora que haga resplandecer lo bello y que lo rescate de entre la fealdad de las tinieblas. Sólo el que se une a la búsqueda de la belleza y de lo positivo, podrá ser un agente de liberación de los pobres y marginados... buscando el resplandor y la belleza de lo justo y de lo bueno. Es aquel que puede reconducir su fe a través de actos de amor.
La presencia de Jesús en nuestras vidas debe ser una fiesta que nos llene de valores que quieran lanzar la alegría al mundo, lanzamiento que nos va a hacer enfrentarnos en una lucha sin cuartel contra la injusticia, la opresión y contra todas aquellas sombras que sumen al mundo en el dolor. Los cristianos somos rescatadores de lo bello que hay entre tanto feo, rescatadores de luz en medio de tinieblas... no personas que huyen de lo feo del mundo, dejando insolidariamente a más de medio mundo en la estacada.
Si aprendes a rastrear lo bello, lo justo, te convertirás en un pescador de hombres en medio de los mares con olas amenazantes. Podrás aprender lo que representa el tesoro y la luz que es el ver a un hombre liberado no solamente para el más allá, sino para que experimente la belleza y el amor en el aquí y el ahora que le ha tocado vivir, aquí y ahora en donde hay también mucha fealdad, valles de sombras y penumbras de muerte... pero la luz y la belleza puede resplandecer. Inténtalo siguiendo al Maestro. También entre los pobres de la tierra hay mucha belleza.

Autores: Juan Simarro Fernández

©Protestante Digital 2012

jueves, 2 de agosto de 2012

¿Hay cristianos “anacoretas” hoy como en los tiempos de Jesús?

Por. Juan Simarro Fernández, España
¿Hay más cristianos “anacoretas”, afianzados en tradiciones eclesiásticas y en tiempos viejos, o están buscando novedad de vida solidaria en mezcla con el mundo como sal y luz
Entre Juan el Bautista y Jesús, a pesar de ser de la misma edad y de la misma familia, había grandes diferencias. Fueron personajes diferentes y, en muchos casos, antagónicos.
Con respecto al estilo de vida de Jesús, Juan el Bautista, en algunos aspectos de su vida, fue el contraejemplo. No con esto quiero tachar de maldad a Juan el Bautista, pero me sirve para ver que hoy también se dan dos tipos de cristianos que siguen los iconos de Jesús y de Juan. Estos dos ejemplos, estas dos tendencias, coexisten en la iglesia hoy . La pregunta sería si, numéricamente, hay muchos más cristianos anacoretas afianzados en las tradiciones y en los tiempos viejos.
Juan, el asceta que vivió una vida retirada, el anacoreta, aquel cuyo lugar preferido era el desierto y no se alimentaba nada más que con langostas y miel silvestre. Hoy hay muchos religiosos que siguen anclados en las tradiciones y tiempos viejos en la línea de Juan el Bautista, quizás con la excepción de esa alimentación frugal que tenía el Bautista .
No es que se vayan al desierto o que sean anacoretas; no es que sean ascetas en sus formas de vida, pero lo son en el sentido en que se refugian entre los muros de la iglesia y se hacen hombres de cirio, de sacristía, de bancos o de púlpitos. Su ascetismo consiste, al igual que su vida de anacoreta, en vivir un cristianismo desarraigado de la realidad sufriente. Pueden gritar al mundo: “¡Generación De víboras! ¿Quién os enseñó a huir de la ira venidera?”, pero no ¡Haced justicia y practicad la misericordia! Yo, salvando las distancias, los veo anclados en la línea de Juan, el espíritu del Bautista.
La actitud que Jesús tuvo ante la vida fue totalmente diferente: la novedad de vida frente a todo ascetismo. Jesús es vitalista, abierto a los frutos de la vida . Come y bebe con normalidad. No se reprime ni martiriza su cuerpo. Representa una cierta alegría de vivir. Vida abundante y no reprimida por el ascetismo.
Es la línea que debieran seguir hoy los cristianos del mundo . Deberían hacer permeables las paredes de los templos. Seguir la explosión de vida humana, física y biológica en plenitud. El alma no es sólo algo espiritual y puro que, siguiendo la filosofía platónica, vive en la cárcel del cuerpo. El alma y el cuerpo caminan juntos y ambos deben vivir en plenitud. Sólo éstos serán capaces de captar la infravida, la marginación, el no ser de la pobreza... y protestar contra ello... denunciar.
Aunque Jesús entronca en su mensaje con los profetas, es un hombre de su tiempo. Juan, se queda anclado en los tiempos proféticos del pasado . Vive del pasado. No hay visión de futuro y de novedad de vida. Repite el lenguaje de los profetas, que, aunque también Jesús entronca con los profetas, no prolonga aquel estilo y aquel tono profético, ni se queda anclado en él, aunque sí recoge el mensaje de los profetas en cuanto al tema de la projimidad. Juan es un hombre antiguo que no capta la actualidad de los tiempos y la renovación del futuro.
Cuando los cristianos se refugian en el templo, de espaldas a las crudas realidades del mundo y sordos al grito de los pobres y oprimidos de la tierra, se quedan anclados en tradiciones eclesiásticas, en ritos de tiempos viejos, no renovados, con falta de vida abundante.
Los cristianos que siguen a Jesús, deben ser diferentes. Jesús aporta valores nuevos, rompe tradicionalismos vacuos hasta el punto de llegar al escándalo de muchos, especialmente de los religiosos. Sus palabras son brotes de vida nueva, liberadoras, transmisoras de esperanza y de deseos de justicia para los débiles del mundo, críticas para con aquellos que reprimen la vida de los demás reduciéndolos a la infravida. El que deja salir de su boca brotes de vida nueva, se tiene que oponer a la opresión y a los que reducen la vida de más de media humanidad al no ser de la marginación. Si siguiéramos la línea de Jesús a favor de la vida, seríamos cristianos comprometidos que transmiten esperanza y deseos de justicia y valores nuevos.
Las palabras vitalistas de Jesús, su arraigo en la realidad del mundo concreto en nuestro aquí y nuestro ahora, rompían la oscuridad y las tinieblas en la que vivían no sólo los pecadores, sino los pobres y enfermos, los desclasados y proscritos, los oprimidos y marginados, los rechazados y tachados de ignorantes o malditos.
Jesús es un derroche de vitalidad, un brote de vida nueva y de verdor, aunque, a veces, tenga que romper, de forma brusca y escandalosa, las tradiciones y rituales del pasado que oprimen al hombre y que le margina reduciéndolo a la indignidad. Jesús rompe con muchas tradiciones y tiempos viejos ... Algo esencial en la vivencia del cristianismo para vivir una espiritualidad cristiana comprometida con los que, en este mundo, no están disfrutando de una vida plena, sino que están reducidos a un sobrante humano y despojado de dignidad.
Juan, en vez de anunciar valores nuevos y liberadores, en vez de comprometerse con el mundo dando esperanza y formas nuevas de vida, anuncia catástrofes y desgracias, nos presenta a un Dios vengador que puede arrasarnos y destruirnos. Esta es una forma de separarse de los valores de Jesús. La otra, sería la que, egoístamente se retroalimenta en goces insolidarios que se viven en la separación del mundo, en el enclaustramiento dentro de los cuatro muros de la Iglesia que permanece impermeable al grito de los débiles del mundo.
Juan era un profeta apocalíptico que pueden seguir algunos cristianos de hoy: “¡Generación de víboras! ¿Quién os enseñó a huir de la vida venidera? El hacha está puesta en la raíz de los árboles. El aventador de Dios está en su mano y limpiará su era...”.
Jesús no basa su mensaje en predicciones apocalípticas, ni en mensajes anunciadores de grandes catástrofes. Jesús presenta la idea y la realidad de un Reino que “ya” está entre nosotros, un Reino lleno de valores de vida, de búsqueda de la justicia, de restauración de los débiles, de pasar los últimos a los primeros lugares, de acoger en su banquete del Reino a los pobres, a los desclasados, lisiados y marginados. Un Reino restaurador y lleno de ideas de justicia, de amor, de solidaridad y de paz entre las gentes en donde no debe haber ricos necios que acumulan y que no son capaces de compartir.

Autores: Juan Simarro Fernández

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