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domingo, 24 de diciembre de 2017

El poder político a la luz del evangelio

Por. Tomás Castaño, Medellin, Antioquia.
El discurso, o más bien los discursos, con los que se enmarcan a Jesús, son esencialmente políticos y llevan una carga muy fuerte de códigos y símbolos del poder, del control, de la cohesión y del gobierno. Claro, a simple vista es más o menos fácil “notar” que de eso se trata su legado.
“Reino”, “Rey”, “Autoridad”, “Mesías (o Cristo)”, “Sujeción” y “obediencia” suelen ser unos de los conceptos más explorados a la hora de leer e interpretar los libros que componen el evangelio, y se hace un énfasis desbordado en los significados estrictos de las palabras, sin tener en cuenta el panorama completo de lo que en los relatos de Jesùs, de acuerdo a la experiencia de lo divino ocurriendo en y a través de él, esas palabras vienen a significar.
Pareciera que la noticia buena tiene que ver con una transferencia del poder “de este mundo” a una nueva posición vertical comandada por los “principios” de Dios “y los suyos” o por lo menos eso es lo que puede leerse de los planteamientos de “gobierno de Dios” que se van haciendo lugar cada vez con más fuerza. El cambio de las dinámicas del poder y de quienes lo ostentan, por una realidad social diferente, a base de Jesus y su “reino de Dios”, es real, pero no de la manera en que unas líneas específicas del cristianismo lo han dado por sentado, y mucho menos fundamentado en relaciones verticales de poder.
Desde hace algunos años se viene legitimando un movimiento (?) que ha echado mano de estos conceptos dentro de las democracias latinoamericanas, para abanderar un mensaje claro: “El cristianismo debe gobernar a las naciones”. Hay una mezcla extraña entre hacerse parte del ejercicio democrático y la pasión, fidelidad y entrega (lucha) por “la promesa” de avanzar hasta los estrados del poder político, para gobernar con justicia y aplicar con rigor todo lo que dice la biblia.
Es lamentable que lo que piensan y accionan, no es claro si se deba decir “unas ramas concretas del cristianismo” o más bien “unos líderes carismáticos que se han hecho lugar por medio de sus posiciones y títulos “espirituales” y haciéndose, muchos de ellos, a un público multitudinario en el cual legitimar sus “autoridad”, por medio de mensajes populistas de coacción”, se haga pasar por el cristianismo en su panorama más amplio. Es decir, parece ser que ellos representaran la basta diversidad cristiana, y no, aunque son muchos y mueven muchas masas, ellos no son “el cristianismo” en pleno.
Este tema genera bandos de polarización de quienes alzan su voz a favor de “ungidos levantados para el ministerio de la gobernanza, para traer la justicia y la moral de Dios” y los críticos que niegan que estar en los puestos de gobierno sea algo positivo para la nación y el “estado laico”.
Sin embargo, creo que hay una fuente en común de donde podremos insistir en las reflexiones necesarias a propósito del papel de los cristianismos ejerciendo el “poder” del reino de Dios”. Y diré, que aunque en el discurso se apela constantemente a lo que “dice la biblia”, muchas de las exposiciones toman versos sin tener en cuenta los contextos, no solo literarios, sino también los sociales, geográficos, políticos, culturales, económicos, y otros tantos, que la enmarcan. Es necesario evocar como base interpretativa de esa biblia que tanto invocamos, a aquel que es el fundamento de la fe cristiana.
La fuente del evangelio y lo que esas buenas noticias significan, representan y generan, es Jesús. Si hay un lugar para comprender las vicisitudes del poder y cuál es el papel del cristiano como individuo y el de los diferentes cristianismos como estructuras comunitarias, con respecto de los sistemas políticos de nuestros países, lo debemos buscar (escudriñar) en lo que Jesús enseñó en su vida y obra. Al fin y al cabo es él la cabeza de una iglesia que cumple orgánicamente como “el cuerpo”; la psicología, voluntad, intención, visión, conocimiento, pensamiento (y más) de los cristianos, deben descansar en Jesús en lo vivido y enseñado por él. Así también, las acciones de los cristianismos deben ser coherentes con él y lo que él representa. ¿Qué podemos decir acerca del poder a partir de él?
Para comenzar, en esencia la idea de verticalidad es una de las propuestas que Jesùs una y otra vez, quiere disolver (¿o sonará mejor destruir?). Es la naturaleza de Dios en la encarnación de su logos, dejar de mirar a la humanidad “hacia abajo” y permitir que la humanidad deje de buscarlo “hacia arriba”, la relación propuesta es una horizontal, donde prima la cercanía familiar sobre el distanciamiento de la divinidad monárquica. Ni siquiera la idea de “paternidad” de Dios se plantea desde el patriarcado, que es una forma de gobierno vertical, en la que el “patriarca” de la familia hace cumplir las leyes entre los suyos y busca constantemente el honor y la pureza de su familia, en contraposición a la vergüenza y la impureza. Las menciones de Jesús con respecto de Dios como padre, rompen con las tradiciones del papá “gobernante” de su familia.
Ese “hacia arriba” debe ser entendido, no como una mirada al cielo, en busca de un Dios que habita trascendiendo la naturaleza, sino como el “hacia arriba” burocrático del sistema del templo. No debemos perder de vista que cuando “oraban a Yahvé” los judíos miraban hacia él, hacerlo denota el lugar que la idea de Dios, a partir de la representación que el templo, y toda su estructura, le significa a los israelitas. Dios habita en “su casa” y actúa por medio de los rituales que en ella se ejecutan, es a través de eso que ocurre en esa casa de Dios que el vínculo entre la divinidad y el pueblo, se mantiene vivo. Es más o menos eso lo que se nos permite conocer de lo que el israelita promedio “sabía” de Dios.
Dios desciende de la burocratización en la que el sacerdocio lo había enmarcado, se enmarca a sí mismo dentro de las dinámicas del cuerpo y sus debilidades y necesidades (el verbo se hizo carne), ese cuerpo viene a ser “casa de la plenitud de la divinidad”, para habitar y convivir con, y para, las personas que no tenían la posibilidad de alcanzar al Dios gobernante que habían encerrado en ese templo.
También se hace necesario mencionar que sus representantes se convirtieron, durante el tiempo de los imperios, en fichas del sistema imperial. De acuerdo al gobierno de turno, negociaban apoyo y legitimidad, a cambio de puestos de incidencia; puestos de poder polìtico.
Mucho de esa corrupción ocurriendo en los representantes del templo son denunciadas por los profetas de la antigüedad, que además, sostienen que en medio de esas corrupciones se ha descuidado al pueblo, las personas han sido objeto de las ambiciones y las jugadas políticas, según los profetas, de los gobernantes y de los sacerdotes.
Dios se hace, en Jesús, a una relación (o unas relaciones) con la humanidad. habiendo Jesús entendido a Dios como “Abba”, pero no como el padre que está en la cúpula de gobierno familiar, sino como el padre que se enternece y se compadece de las realidades que sus hijos viven, y como el Dios que lejos de estar encerrado en el templo y sus lineamientos, que lo proponen como la cabeza de la jerarquía, está con las personas viviendo con ellas sus realidades.
Por lo pronto podemos ver a un Jesús que enseña un “reino de Dios” que se ejerce, no desde la justicia local (el patriarcado) ni desde los códigos del templo, más bien desde la familiaridad del encuentro espontáneo y la vida cotidiana. Pero, ¿acaso eso nos habla del poder político? Por ahora creo que es importante decir que necesitamos aprender de un Dios que se baja de su trono y sus puestos de poder, para habitar entre las personas y ejercer ese “poder” por medio del vínculo de familiaridad, la compasión y la inclusión de los que, según las tradiciones y la rigidez de los códigos legales, no son dignos.
Alguna vez dos de sus seguidores cercanos le pidieron puestos de poder a Jesús cuando él estuviera en su gloria. Decir que eran seguidores a veces nubla el panorama, además de ser seguidores Jesús los consideraba su familia, es con ellos con los que podía intimar, ellos aprendían a conocerlo progresivamente y él iba enseñándoles, de la misma manera, las claves del reino de Dios.
Esta ocasión en especial le sirvió para enseñarles dos cosas específicas del reino de Dios y del principio cristiano de gobierno.
Es posible que los discípulos pensaran que en algún momento Jesús se convertiría efectivamente en el comandante militar que restauraría una monarquía justa en Israel, vengandose del imperio que los tenía subyugados, y estableciéndose como el ungido de Dios, rey lleno de poder que juzga con juicios justos.
Difícilmente a lo que se referían los hermanos Juan y Andrés, tuvo que ver con el cielo y alguna estructura de poder en alguna existencia en las nubes; ellos creían que Dios se establecería en la tierra, en los sistemas de poder terrenales, solo que de una manera más acogedora y sin la corrupción conocida entre los que ocupaban los cargos de jerarquía. Es por eso que podríamos afirmar que; lo que pedían, o lo que el autor del evangelio propone que pedían, era dignidad gubernamental, cuando Jesús tomara el poder y fuera rey.
Jesús, en medio de escenario natural que se relata; los demás “indignados” por la petición de ocupar cargos de poder al maestro, por encima de ellos mismos, propone, que la gloria que ocuparía estaba llena de sufrimiento.
Jesús sabía que si seguía diciendo lo que decía y seguía haciendo lo que hacía, lo podían cazar hasta enjuiciarlo, ¿qué más se podría esperar de alguien que hablara de un imperio alternativo al del Cesar (recordemos que la palabra que traducimos como “Reino” (de Dios) es una traducción del concepto griego “Basileia” que era la misma con que se nombraba en su época al “imperio Romano”), donde la justicia social, el amor, la inclusión, la libertad, la sanidad y un Dios familiar y cercano eran la base de gobernanza? Él le hace saber a sus amigos que la “gloria” de su “reino” estaría cubierta de dolor, tortura, vergüenza, maldición y sangre, ¿querían ellos vivir eso?, ¿querían vivirlo por proclamar que el “imperio de Dios” se había acercado y habitaba entre las personas del común? Es decir, ese es el mensaje de gobierno de Dios y esa era la consecuencia más lógica para su época.
También hace Jesús un paralelo entre los gobiernos “de los gentiles”, es decir, los sistemas de gobierno a los que estaban todos acostumbrados (en contraposición a su propuesta que era alternativa y distinta), y el principio de “su gobierno”; el que quiere ser mayor, entre los suyos, deberá ser siervo.
Es muy usual escuchar entre los discursos políticos que los gobernantes están “al servicio” del pueblo, que gobernar es en sí mismo un servicio a las agrupaciones humanas, “al estado” y quienes lo habitan. Sin embargo, siguiendo la línea de lo que los evangelios nos muestran de lo que posiblemente pensaba Jesús, creo que es necesario preguntarse ¿Qué es servir, de acuerdo a lo que Jesús quería dar a entender?
La noche en que Jesús fue apresado, luego de haber comido con los suyos, luego de bendecir el pan y el vino, y anteponerse a lo que iba a ocurrirle en su cuerpo, se nos cuenta en San Juan, que él lavó los pies de sus discípulos. Esta imagen se nos ha hecho paisaje en medio de nuestros sermones pero, de acuerdo al contexto social, Jesús ocupa un lugar que no le corresponde, la función de lavar los pies es propia de los esclavos, ese es el ejemplo de servicio en el mensaje de Jesús, ¿estamos dispuestos, incluso a ocupar funciones “indignas” e “impropias” de los poderosos para garantizarle a las personas su bienestar? en realidad este debería ser un mensaje para el cristianismo en pleno pero de acuerdo al tema, el gobierno del reinado de Dios, no se trata de ocupar los cargos de poder, sino más bien todo lo contrario, en aras de dignificar al otro, ocupar los lugares más sencillos, no alzarnos contra los demás “por haber faltado al mandato divino” sino estar a los pies de las personas, dispuestos a lavarles los pies.
¿Nos dice eso algo sobre ocupar “los puestos de poder” en los países latinoamericanos en nombre de Dios? ¿Será que las motivaciones para ocupar el poder están fundadas en lo que enseñó Jesús, o la biblia es solo una ficha discursiva para alcanzar una fuerza política que se ha hecho lugar (y poco a poco se ha descubierto importante en el juego electoral) en los estados? ¿Quieren, queremos, servir y que ese puesto “inferior” sea el que nos haga mayores, o quieren, queremos, gobernar y poner a las personas al servicio de los intereses del poder?
Al terminar de alimentar a los muchos, nos cuenta la narración, que ellos lo reconocieron como el “profeta que habría de llegar”. La promesa mesiánica era popular, las condiciones de vida eran precarias, la moral del pueblo estaba menoscabada por haber sido pasada, la nación, entre unos y otros gobernantes de diferentes imperios que iban ocupando el territorio, teniendo como “verdad”, Israel, un día gobernar para las naciones (que no se nos pase por alto que los israelitas querían en realidad, ocupar el lugar de Roma, ser ellos los emperadores sobre las naciones), y la esperanza, aunque menguante en algunos escenarios, de algún día ver “al que ha de venir”.
Al reconocerlo tal, teniendo en cuenta que la idea de “mesías” es en sí misma política, daba como resultado natural, querer que ocupara “su lugar” como legislador. La monarquía debía ser restituida al que demostraba, con un acto simple pero importante para esas personas sedientas de ser saciadas en sus necesidades básicas, ser el profeta prometido.
Jesús no hace proselitismo político, simplemente, y sin más, se retira.
La verdad es que Jesús utiliza esos conceptos de gobierno y de monarquía y de fuerza y poder y autoridad, y los voltea “al revés”, los usa para hacer una versión alternativa de ellos, contrarias a lo que esas palabras significaban usualmente. Jesús en realidad habla de un “anti-reino” de un mesianismo que se ejerce desde parámetros que nadie espera porque se ejerce desde una percepción que no corresponde a su significado. “Reinar” en el mensaje de Jesús es “no reinar” sino “servir”.
El poder del reino de Dios está en servir, ocupando las funciones menos importantes y luchando por el bienestar comunitario desde las bases, insistiendo en la justicia social, el amor a la otredad, la entrega “hasta la muerte” por defender la dignidad de las personas y la cercanía y familiaridad de Dios.
A la luz de Jesús no podemos decir que hay alguna invitación a hacer parte de las estructuras y los sistemas del poder, podemos decir, en cambio, que las necesidades de la gente deben ser saciadas y que, como Jesús, debemos ser un puente entre las personas y su sanidad, libertad y esperanza.
Si alguien quiere gobernar, que su discurso y sus acciones sean las enseñadas por él, no la idea de “ahora sí, implementar la biblia como fundamento de gobierno”, si no lo recordamos, la ley de Dios él se encargaría de escribirla en el alma, no como una legislación impuesta sino como una vida de vínculo y relación con la divinidad. Es el gran Abba quien en su abrazo escribe en nuestras naciones su palabra.
El lugar de los cristianismos es recordar el evangelio, no el discurso bélico que hemos hecho de él en las estrategias políticas, el evangelio del Dios que se acerca familiarmente a la humanidad, a las culturas y sociedades, a las personas en sus realidades múltiples, para reinar en ellos con su amor fraternal.

Fuente: Lupatrotestante, 2017

martes, 5 de diciembre de 2017

Evangélicos y Política en Chile en búsqueda de la gloria y el poder

Por. Josaphat Jarpa, Chile
Existe en este último tiempo un mayor interés de entender la política evangélica en Chile. La aparición del pastor evangélico David Hormachea en la franja televisiva electoral del candidato presidencial José Antonio Kast llamando a votar por “quien crea en Dios y defienda la moral absoluta”, sumado a los esfuerzos del Pastor Javier Soto en promocionar por los medios a Kast como el nuevo mesías, abre la constante, incierta y compleja pregunta ¿Cuál es el lugar político de los evangélicos en Chile?
No es un ejercicio fácil, los casos Brasil y Colombia principalmente, en donde sectores de las Iglesias Evangélicas marcaron una tendencia en la agenda pública. Así, son significativos los casos del Impeachment a la presidenta de Brasil Dilma Rouseff y el plebiscito por el acuerdo para la terminación del conflicto de la guerrilla y la construcción de la paz en Colombia, donde evangélicos se movilizaron por el NO, por incluirse en el acuerdo políticas que promovían la denominada “Ideología de Género”.
La relación de evangélicos en América Latina y el Caribe con la Derecha no es nueva. El historiador costarricense Arturo Piedra hace una exhaustiva revisión en su tesis doctoral “Evangelización protestante en América Latina. Análisis de las razones que justificaron y promovieron la expansión protestante”. Uno de sus principales aportes es la identificación de la intervención de los Estados Unidos en los países del sur, no sólo desde una esfera política y económica sino también cultural y religiosa, fortaleciendo alianzas con sectores que adherían al emergente movimiento religioso conservador que nace en EE.UU., a decir, el fundamentalismo evangélico, que desde la década de los 60 experimenta una gran expansión en América Latina y el Caribe, instalando una teología exclusivista, imperialista y colonial, que tiende tensiones excluyentes con ciertas tendencias de la época principalmente el marxismo, el liberalismo, el humanismo y el feminismo.   Su expansión logró hegemonizar las disputas teológicas, anulando lecturas alternativas de las teologías cristianas en el continente, concentrando el poder y la exclusividad de la verdad.
El mejor representante de este movimiento en la actualidad es el propio David Hormachea, egresado de la Universidad de Biola, lugar protagónico en la elaboración de revista “Fundamentos” que origina el movimiento del Fundamentalismo evangélico. Es difícil olvidar que el año 2000, Hormachea criticó al obispo Emiliano Soto, presidente de la Mesa Ampliada, cuando este llamó a votar por Eduardo Frei, con la frase “los pastores no deben meterse” , sin embargo en internet se encuentran vídeos de Hormachea apoyando a Donald Trump , Manuel José Ossandón , y en su reciente apuesta a José Antonio Kast, el candidato de la ultra derecha, apoyado por militares condenados por crímenes de lesa humanidad, grupos neonazis, y sectores del integrismo católico, históricos obstaculizadores del reconocimiento de los evangélicos en Chile .
La razón de Hormachea y de otros actores de la región para apoyar a los sectores conservadores de sus respectivos países es “detener el debacle cultural” entre otras, la promoción de lo que denominan “ideología de género”, concepto promovido ferozmente como el nuevo “anti-cristo”, y que constituye una estrategia internacional para frenar las luchas y avances sociales que han sostenido los movimientos sociales de mujeres y de la diversidad sexual. Se trata de un freno que accionado representa la autoridad y el poder de quienes deciden en la economía, la cultura y la religión a nivel global. Genilma Boehler , profesora de la Universidad Bíblica Latinoamericana, dice al respecto: “El gran problema es que, hoy día, los estudios de género ponen en duda a las verdades relativas a las posturas éticas, a la biogenética, a los estudios de la sexualidad humana, a las morales cerradas bajos las llaves de los fundamentalismos, a los modelos hegemónicos y por supuesto que al momento actual; si hacemos un análisis de coyuntura política y miramos el regreso de los dominios políticos de las élites crueles y excluyentes, mantener a la gente desinformada y luchando entre sí, es estrategia planificada y no ingenua, tampoco neutral[1]”.
No obstante en Chile, el crecimiento de la derecha evangélica no se da con la fuerza que algunos quisieran. Existen algunos motivos que podríamos identificar muy brevemente, por ejemplo la cultura religiosa de los evangélicos de base, quienes aún se niegan a la participación política en el espacio público, evitando la polarización en su práctica de fe y comunitaria. Es una forma masiva de pensar dentro las Iglesias Pentecostales mayoritarias a la nominación “evangélicas”, que se complementa con una cultura despolitizada en los sectores empobrecidos, en donde se sitúa mayormente estas Iglesias, lugares de precaria formación ciudadana, y enajenadas de la problemática social.
Otro sector no alcanzado son aquellos que han abrazado otros tipos de experiencias de construcción comunitaria, trabajando con mayor atención en los problemas sociales de sus comunidades en donde la política nacional no se lee de la misma forma, ni con los mismos énfasis, por ejemplo quienes dedican sus templos y lugares de reunión para desde ahí conformar comedores libres, centro comunitarios, jardines infantiles, la rehabilitación de personas por el consumo de drogas, sin ánimo de lucrar sino con una práctica misericordiosa y solidaria con sus iguales.
Se puede identificar un tercer sector no alcanzado, y estos son quienes tienen una mirada crítica al modelo neoliberal, promueven una lectura de fe en diálogo con la sociedad y los derechos humanos. Tienen una activa participación través espacios políticos alternativos , se encuentran en el campo educativo, con la situación migrante, la niñez, con las mujeres, las comunidades indígenas, la diversidad sexual, el dialogo interreligioso entre otras causas.
Lo primero y relevante que habría que identificar es que la confesionalidad evangélica no es perteneciente ni a izquierdas, ni derechas, aunque en este último tiempo se trate de promocionar un solo rostro evangélico en particular. Los más interesados en la hegemonización de dicha identidad son aquellos que gozan de los privilegios de la jerarquía religiosa y cultivan una ambición por el poder de forma irrenunciable en desmedro de la adoración a Dios desde una vida piadosa. Pero esta “Derecha Evangélica” niega su identidad política, en circunstancias de que sus discursos, relaciones y propuestas se encuentran en este sector, por una clara razón se sitúan aquí, la derecha gane o pierda “siempre ganará”.   En efecto, son los que tienen el control de las riquezas en nuestro país. De allí que no es forzoso sostener que acercarse a este sector es acercarse al poder y la gloria, esto es, al poder absoluto al que señala implícitamente Hormachea.
La articulación de la Derecha evangélica para estas elecciones tiene como fecha importante el mes de Mayo de este año, con el nombramiento del “Consejo Ciudadano” de la candidatura presidencial del empresario Sebastián Piñera a través de la inclusión de dos obispos evangélicos: El obispo Jorge Méndez, quien representa el “Consejo Nacional de Obispos y Presidentes Evangélicos de Chile” entidad de personalidad jurídica de Derecho Público creada el año 2007, que según el sitio web de Transparencia, lo integran diez personas, todos hombres, mayores de 50 años, ninguno con adhesión a alguna Iglesia con alcance nacional, y del listado constituyente tres de ellos se encuentran fallecidos. Será un simple detalle que dentro de sus estatutos se identifique como un ministerio “apolítico”. El otro obispo, es Eduardo Durán Castro, que según consigna un reportaje de La Tercera[2] goza de un patrimonio en propiedades avaluadas en $1.800 millones, empresas y vehículos de lujos. Un poco escandaloso para una persona que ha dedicado mayormente en su vida laboral como pastor a hablar de Jesús, el hijo de un carpintero de Nazareth. Ambos auto identificados en el debate público como “representantes” del mundo evangélico.
Otra fuerza relevante en esta articulación son quienes han apostado a constituir partidos políticos confesionales, según el reportaje del medio evangélico Cosmovisión[3] serían cuatro los nuevos partidos evangélicos : el Partido Nuevo Tiempo, ubicado en la zona norte principalmente en la región de Antofagasta; El Partido Unidad Cristiana Nacional en la región de la Araucanía; el Partido Unidos en Fe, que salió a la luz pública luego de levantar el apoyo como candidato presidencial a Franco Parisi ; y el Partido Cristiano Ciudadano quienes habían levantado como su propio candidato presidencial a Abraham Larrondo, y que tras diversos escándalos al interior del Partido no lograron juntar las firmas necesarias para inscribirlo frustrando su postulación. Estos cuatro partidos proceden de diferentes cunas culturales, e intentan posicionarse cada uno como el representante político del mundo evangélico, sin embargo comparten algunas características claramente no neutrales, como validar la moral sexual conservadora como principal eje articulador, deslegitimizar cualquier posición que esté a favor de la despenalización del aborto, el matrimonio igualitario, la Ley de Identidad de Género y la Ley de Protección Integral de los derechos de la Infancia. Los cuatro partidos tienen una estrecha relación con la derecha chilena, de hecho, dos de los partidos mencionados, han decidido dar su apoyo público al candidato de la extrema derecha José Antonio Kast.
Importante también es considerar la agrupación de candidatos evangélicos amparados en una plataforma llamada: “Por un Chile para Cristo” que consignan en su sitio web: “cumpliremos la hermosa promesa que Dios nos ha dado “CHILE SERA PARA CRISTO[4]”. Entre los candidatos destacan: Andrea Ojeda, candidata por el distrito 8, ex funcionaria del gobierno de Piñera en donde fue protagonista del episodio de la recepción de una invitación dirigida al mismo Piñera para asistir a un homenaje al violador de Derechos Humanos Miguel Krassnoff, diciendo: “Éxito en la actividad”; Ojeda es socia de RyS Inversiones II S.p.A., como consigna un reportaje en El Mostrador[5] , manteniendo la la cuestionable relación de un ex jefe entre la política y el dinero . Otro candidato es el también ex funcionario en el gobierno de Piñera, Eduardo Durán Salinas, hijo de Obispo de la Catedral Evangélica de Chile, con quien comparte una gran fortuna y fue quien se apropió del espacio del último Te Deum Evangélico para promocionar su candidatura política con clara complicidad de otros actores del acto. También se encuentra en esta agrupación la Pastora/Profeta de la Teología de la Prosperidad Angélica Pino, al igual que los tres anteriores, militante de Renovación Nacional.
No obstante, la derecha evangélica chilena, sufre algunas complejidades propias de su cultura para un mayor fortalecimiento, como lo son sus estructuras jerárquicas, clientelares y autoritarias, esta forma de relación dentro de algunas iglesias evangélicas se debe a la considerable influencia de ex militares jubilados como pastores llevó a un tipo de cultura evangélica en claves militarizadas. Asimismo, la relación patronal propia de un sistema de aristocracia rural terrateniente convierte a cada pastor como un pequeño patrón de fundo. Esto hace que los líderes evangélicos se apropian de verdades y estas sean incuestionables para la feligresía. CIPER reveló un importante reportaje[6]sobre las pugnas para instalar en Chile el poder político evangélico. Las razones “teológicas-doctrinales” de algunas denominaciones evangélicas quedan desplazadas por las riñas de poder que desean como un mandato de Dios instalarse en una nueva elite religiosa.
Lo complejo de este sector evangélico que se suma a la contienda electoral democrática no concibe la democracia como un valor interno dentro de sus propios espacios comunitarios. En un contexto de profunda crisis ética por los recientes casos de corrupción, estos sectores tienen una gran deuda con sus feligreses en transparentar las ganancias de sus negocios encubiertos en un ropaje sagrado. Es sabido como gran cantidad de Iglesias se dividen por escándalos de dinero y poder, pero existe una frágil moral que supone que los candidatos evangélicos van a lograr aportar al debate democrático cuando ellos mismos son parte de organizaciones débilmente transparentadas, democratizadas y éticamente hoy no son respetadas por una parte de la sociedad que las identifica como intolerantes. Las propios feligreses confían en Dios, en su comunidad en gran cantidad de casos, pero no necesariamente en sus líderes.
Este mismo sector intentó hacerse propietario de la Universidad del Mar en pleno contexto de movilizaciones por el derecho a la educación que cuestionaba el lucro, paradójicamente a la fecha no ha sido capaz de presentar un proyecto que aporte con importantes recursos para la investigación teológica en sus propias corporaciones, las cuales viven del desamparo y la precariedad de intentos frustrados para generar conocimiento . En realidad, no es ese el asunto que les preocupa sino “un sentido de propiedad”, porque esto es lo que entrega poder en un sistema neoliberal como el chileno. Es débil la relación de la formación teológica con la participación política en estos sectores, evidencian su adaptación al modelo y el deseo de alcanzar su poder.
La cultura del poder en Chile tiene símbolos muy concretos, su historia colonial en la construcción de la moral, la separación de las clases sociales, y posteriormente el imaginario neoliberal instalado en la Dictadura de Pinochet. El poder que propone el sistema neoliberal para una sociedad aspiracional, es de gran atracción, y así también lo es para algunos líderes evangélicos. Es por eso que uno de sus enemigos clásicos como la Iglesia Católica, se transforma curiosamente en un gran aliado en la “defensa de los valores”. La necesidad de llegar a un mejor estatus y un mejor reconocimiento es un elemento principal para comprender la política de la derecha evangélica chilena. El conservadurismo chileno le da sentido al evangélico aspiracional, que no formula un pensamiento crítico al orden, que le es complejo cuestionar las violaciones a los derechos humanos y nombrar “dictadura” al “gobierno militar”, pero le es fácil criticar las manifestaciones sociales por la educación, las pensiones, el medio ambiente, la corrupción, etc.
El mensaje transgresor de Jesús al poder religioso y político que lo llevo a su sufrimiento y la Cruz, es silenciado por la aspiración de alcanzar la gloria. Es necesario sospechar de quienes dicen hoy apostar en defensa de los valores pero olvidan el lugar no privilegiado de Jesús. Esos son los valores de quienes aman el orden actual, aman la desigualdad y las injusticias, desprecian el grito de los excluidos y los marginados de hoy.
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[1] G. Boehler. ¿Por qué se oponen los fundamentalismos religiosos a lo que llaman “ideología de género”? Evento: “Retos y dilemas de la educación para la afectividad y la sexualidad en Costa Rica frente al conservadurismo religioso”. Ponencia presentada en la Universidad Estatal a Distancia-UNED, el 29 de septiembre de 2017, en San José, Costa Rica. Publicado en: http://www.ubl.ac.cr/index.php/blog/item/259-ideologia-de-genero
[2] J.P. Sallaberry y S Labrín. (24.09.2017). LA TERCERA: El alto patrimonio detrás de la Catedral Evangélica. Recuperado de http://www.latercera.com/noticia/alto-patrimonio-detras-la-catedral-evangelica/
[3] Director. (23.04. 2017). COSMOVISIÓN: [POLÍTICA] 4 Partidos Evangélico y 2 Candidatos Presidenciales irrumpen en la carrera electoral. Recuperado de http://cosmovision.cl/politica-4-partidos-evangelico-2-candidatos-presidenciales-irrumpen-la-carrera-electoral/
[4] Por Un Chile Para Cristo. (Sin Fecha). Quienes Somos. Recuperado de https://www.porunchileparacristo.com/quienes-somos
[5] A. Carmona. (08.11.2017) EL MOSTRADOR: Los millonarios contratos que entregó la Municipalidad de Puente Alto a empresa vinculada a ex asesora de Piñera. Recuperado de http://www.elmostrador.cl/noticias/pais/2017/11/08/los-millonarios-contratos-que-entrego-la-municipalidad-de-puente-alto-a-empresa-vinculada-a-ex-asesora-de-pinera/
[6] P. Ramírez y G. Pizarro. (26.10.2017) CIPER: Las pugnas y negociaciones para instalar en Chile el poder político evangélico. Recuperado de http://ciperchile.cl/2017/10/26/las-pugnas-y-negociaciones-para-instalar-en-chile-el-poder-politico-evangelico/


Fuente: Lupaprotestante, 2017.

miércoles, 8 de febrero de 2017

La ‘derecha evangélica’



Por. Juan Stam, Costa Rica
En el discurso político de nuestro tiempo, "evangélico" y "derechista" se tratan como sinónimos intercambiables. En este contexto semántico, ser evangélico significa apoyara la oposición derechista de Venezuela y Brasil. En los Estados Unidos, significa pertenecer al Partido Republicano, a lo mejor en sus sectores más reaccionarios. Encontrar un "evangélico demócrata" es más difícil que encontrar una aguja en un pajar.
En esta situación, el término "evangélico" no tiene absolutamente nada que ver con su raíz: el evangelio, las buenas nuevas del reino de Dios.
De hecho, en su uso actual es un membrete que carece totalmente de significado teológico.
Donald Trump puede jactarse, "I'm evangelical, and proud of it" ("Soy evangélico, con mucho orgullo"), sin la menor sospecha del significado del término.
Alzó una Biblia y la declaró el libro más grande de todos los siglos, pero no pudo citar ningún versículo favorito, ni aún Juan 3:16. (Sólo ha dicho recientemente que "ojo por ojo" le parece un texto muy apropiado para nuestro tiempo, sin darse cuenta que es frase no justifica la venganza sino que la limita).
Él no acostumbra arrepentirse, dijo, porque no comete actos malos de qué arrepentirse. Así es el evangelicalismo de Donald Trump y muchos otros "evangélicos".
De hecho, muy pocas de las personas e iglesias "evangélicas" lo son realmente. La gran mayoría son fundamentalistas, que es esencialmente lo contrario.
Veamos un poco de historia:
El título "evangélico" tiene una historia larga y muy honrosa. Algunas iglesias nacidas de la Reforma optaron por llamarse "Iglesia Evangélica".
En el siglo XIX los evangélicos estadounidenses luchaban por la emancipación de los esclavos y el sufragio de la mujer. Después de la guerra civil el movimiento perdió fuerza y comenzó la lucha de los fundamentalistas contra los liberales (modernistas). Éstos últimos, en su intento de acomodar el evangelio al pensamiento moderno, negaban la deidad de Cristo y su resurrección, la inspiración bíblica y otras doctrinas históricas. Los fundamentalistas en cambio santificaron las tradiciones doctrinales como verdades absolutas más allá de todo cuestionamiento. Insistieron en la creación literal del mundo, la inspiración verbal (y después la inerrancia) de la Biblia, la deidad, resurrección y retorno de Jesús (y después, el premilenialismo y el rapto pretribulacionista).
Faltó una teología de la iglesia, del Espíritu Santo, de la historia y la sociedad, entre otros renglones. Esa reduccionista teología fundamentalista iba acompañada de un código moral igualmente reduccionista: no fumar, no tomar, no bailar, no ir al cine.
En los 1950s un grupo de teólogos y líderes, inspirados/as por los Reformadores del siglo XVI, decidieron romper con el fundamentalismo e iniciar un movimiento neo-evangélico que no sería ni liberal ni fundamentalista sino una nueva opción teológica. Intentaban ser menos dogmáticos, y más bien mucho más críticos, desde la ciencia exegética y la teología bíblica.
Tomaban una actitud más abierta y objetiva, más honesta, hacia los demás teólogos/as y teologías (ver "Ética y Estética del discurso teológico" en Stam, Haciendo teología en América Latina, Tomo I, pp.23-46). Se abrieron también a toda la problemática ética, incluso un incipiente compromiso con los pobres y con la justicia.
En poco tiempo, como por arte de magia, al término se le pegó un adjetivo cuestionable para convertirse en "evangélico conservador", entendido en la práctica como sinónimo de "Republicano". Así fue que la dinamita del evangelio fue convertida en un sedante ideológico.
Describir el evangelio como esencialmente "conservador" es malentenderlo seriamente.
Ya muy pocas iglesias y líderes aceptan llamarse "fundamentalistas" y todos se convirtieron en "evangélicos", pero sólo de nombre. En su teología e ideología siguen siendo fundamentalistas.
Pronto en este proceso surgió una nueva opción llamada "evangélico radical" ("evangélico progresista", "evangélico de izquierda").
Fiel a los fundadores del movimiento, se preocupa por mantener la teología bíblica y evangélica, pero encuentra en esas fuentes otras perspectivas éticas. Apela fuertemente a la teología del Reino de Dios, un tema central también para Rauschenbush, un famoso liberal del siglo XIX.
Otras bases para su ética social eran el Año Sabático y el Año de Jubileo, los profetas hebreos y también la lectura política del Apocalipsis. Se abrieron también al feminismo y la teología de la liberación, cuando estos tenían fundamentos bíblicos.
Entre los evangelios radicales de EUA figuran Ron Sider. autor de Cristianos ricos en un mundo pobre, y Jim Wallis de la revista Sojourners. Entre latinoamericanos se destacan Orlando Costas, René Padilla y Samuel Escobar, entre otros.
¡Qué curioso: Los "derechistas evangélicos" no son evangélicos, y muchos evangélicos no son derechistas!
Estos datos sugieren una situación muy distinta, como sigue:
(1) derecha fundamentalista: Aunque la mayoría se llaman "evangélicos", no han sido tocados por el despertar neo-evangélico. Ideológicamente son reaccionarios.
(2) evangélicos conservadores: su fe ha sido renovado por el evangelio, pero siguen siendo conservadores aunque no reaccionarios. Qué Dios los bendiga.
(3) Izquierda evangélica: evangélicos radicales, comprometidos con la fe bíblica y la realidad contemporánea. Sienten un llamado profético a denunciar el pecado y la injusticia y anunciar el Reino de Dios.
(Habría que agregar izquierda liberal y derecha liberal, teológicamente hablando, pero eso es otro tema).
 Filológicamente, el término "evangélico" es muy polisémico y su uso pocas veces corresponde a la realidad. Las más de las veces significa simplemente "protestante", fundamentalista y reaccionario. Son raras las veces que conserva su rico significado teológico para nuestra fe.
¿Será posible rescatar a esta palabra tan bella?

Fuente: Protestantedigital, 2017

miércoles, 22 de junio de 2016

Los textos políticos de Calvino (III)



Por. Leopoldo Cervantes-Ortiz, México
Por eso no se puede decir cosa más cierta que llamar a la ley un magistrado mudo, y al magistrado una ley viva. J. Calvino citando a Cicerón (IRC, IV, 20, 14)
Las cuatro últimas secciones del libro de Marta García-Alonso, Calvino. Textos políticos, se ocupan de temas por demás polémicos en el pensamiento teológico y social del reformador francés: la función legislativa del magistrado y éste como ejecutor de la voluntad divina, el pueblo, y la resistencia institucional y la práctica de la misma.
La figura del magistrado, algo extraña para nuestros tiempos, tiene como trasfondo el concepto calviniano del Estado, que ha sido cuestionado continuamente, especialmente por la crítica anabaptista. Para Calvino, explica García-Alonso, “es una institución divina, el medio elegido por Dios para mantener el orden en el mundo i.e. castigar al malvado y proteger al bueno, y para facilitar la convivencia humana” (p. XL).
El instrumento para lograr estos fines, en la época del reformador, era el magistrado, entendido como un legislador, lo que obligó a la autora a profundizar en el concepto calviniano de ley, que consta de dos partes bien diferenciadas: una es la letra misma, en términos de ordenanza, constitución y formal legal, y la otra “remite a la equidad con que ha de ser aplicada”.
John Knox
Irena Backus, recuerda García-Alonso, ha explicado muy bien que el magistrado “está obligado por la equidad que supone una aplicación de la ley adecuada a las circunstancias, esto es, no literalista”.1 Esto procede de la manera en que pensaba Calvino, por sus estudios como abogado humanista (algo que pocas veces se toma en cuenta, sobre todo en los ambientes eclesiásticos), acerca de la ley y de cómo debía aplicarse: “El deseo de Calvino de armonizar el concepto de clemencia de Séneca con la noción aristotélica de equidad lo había llevado en este caso a condenar indirectamente el concepto clave del tratado sobre el que está comentando.
Aunque Calvino utilizó el término aequitas en una variedad de sentidos, parece que su interés en la oposición summum ius-aequitas permaneció inalterado durante toda su vida, tanto así que lo aplicó a la justicia de Dios en sus obras teológicas. Esto fue señalado por [Josef] Bohatec, quien no hizo más que tomar nota de los paralelos verbales sin explorar su trasfondo epistemológico”.2 Esto último es lo que casi siempre se practica en los espacios dominados por el interés apologético antes que por el rigor conceptual para una mejor comprensión.
Backus se detiene minuciosamente a distinguir y dirimir los matices y diferencias que estos conceptos tuvieron en el pensamiento calviniano antes de emitir juicios sumarios sobre sus afirmaciones posteriores: “A mí me gustaría argumentar que la distinción entre summum ius y/o aequitas desempeñó un papel crucial en la doctrina de Calvino sobre la justicia divina. Esto se puede ilustrar mediante sus sermones sobre Deuteronomio y también por un cierto número de pasajes de la Institución, donde el reformador sigue el uso de Aristóteles y [Guillaume] Budé al tomar el summum ius en el sentido de ‘ley aplicada a la letra’ y aequitas como ‘aplicación de la ley, teniendo en cuenta circunstancias atenuantes’”.3 Nada menos que eso: los conceptos jurídicos tomados de la antigüedad influyeron de manera indiscutible al momento en que Calvino desarrolló sus doctrinas sobre la ley divina y, asimismo, influyeron para que no fuera el literalismo legalista lo que caracterizaría sus intuiciones sobre éste y muchos temas. Eso fue lo que llevó a Calvino a convertirse un auténtico teólogo después de ser un “comentarista de Séneca”, pues incluso un tema tan ostensiblemente calviniano como el de “los tres usos de la ley” procede de esa etapa de su vida.4
Por otro lado, para la época del reformador debe entenderse, subraya García-Alonso, la comprensión de que “el Estado cristiano no es aquel en el que hay leyes, sino en el que hay leyes conformes con la doctrina cristiana”.5 Esta percepción, incompatible con lo que hoy se denomina “Estado laico” preside la forma en que Calvino delineó el papel del Estado, los magistrados y el pueblo mediante una relación de subordinación que cambiaría a medida que avanzara en la conciencia europea la llamada “modernidad” en términos políticos y seculares, por lo que suponer que él, como dirigente eclesiástico, podría romper con ese esquema tan fácilmente implica un anacronismo explicable por la “ansiedad ideológica” con que se lee e interpreta en ocasiones su vida y obra.
Las variables políticas trabajadas por García-Alonso estaban, por así decirlo, “montadas” en el esquema de salvación del que da fe continuamente el reformador de Ginebra. Es lo que resume esta autora al seguir su explicación sobre la función de los magistrados del siglo XVI en Suiza. Lo que se conoce como “segunda tabla” (la promulgación de leyes políticas “humanas”), o incluso la equidad debería subordinarse a la pietas, esto es, a la religiosidad cristiana tal como se practicaba entonces, con lo que se buscaba cumplir con la “primera tabla”, el Decálogo divino antiguo.
Ante este panorama queda más claro el papel del magistrado, una especie de mediador secular entre las leyes divinas y las humanas, quien no sólo debía legislar desde ese horizonte religioso sino que además debía “dar forma de ley a las máximas contenidas en la ley moral cristiana” (p. XLI). De ahí la necesidad, según Calvino, de que los gobernantes deberían leer el Evangelio y frecuentar el culto y la predicación, tal como lo propuso, sobre todo, en sus sermones sobre Deuteronomio, unos 200, que predicó desde el 20 de marzo de 1555 y el 15 de julio de 1556.6
Calvino negando la Santa Cena a los...
Según Jean Carbonnier, estos sermones, “dirigidos al público ginebrino y no al estudioso, constituyen, a su modo, un pequeño tratado teológico de legislación”.7 Una cita de este autor, traducida e incluida por García-Alonso en otro trabajo (una derivación de su tesis doctoral), es particularmente útil aquí:
Calvino al tiempo que practicaba la teología, continuó practicando el derecho. Ejerció la actividad más sublime, entre todas las actividades jurídicas: la de legislador. Fue, al tiempo que su pastor, el legislador de Ginebra. Y no sólo legislador en asuntos eclesiásticos, como se dice a menudo: regulando el culto, el matrimonio, los nombres del bautismo.
Debemos a Calvino las ordenanzas sobre los procesos, tanto como el plan de un proyecto de Código completo que habría reunido todas las materias del derecho, tanto público como privado. No se trataba de un mero consejero, sino de un verdadero legislador que redactaba, podaba los textos y se valía por sí solo como todo un Consejo de Estado.8
En la Institución se ejemplifica la función legislativa del magistrado, puesto que “la Ley moral indica los fines, mientras que la equidad le da formas diversas según el país y el tiempo en que se legisla” (pp. XLI-XLII). Surge de aquí un postulado fundamental: la forma de la ley será indiferente, “puesto que lo importante es que respete el sentido para el que fue dada, su objetivo último”.
Por ello, la legislación pueda inspirarse en la Biblia en su conjunto, “entendida como documento político desde el que [se puede] criticar cualquier régimen, tal y como la hermenéutica calviniana ha mostrado que se puede hacer cuando se interpretan los preceptos divinos como sinécdoques”. En este punto vale la pena destacar que García-Alonso subraya el hecho de que Calvino “negaba la interpretación literal de la Biblia”. Lo cual no implicaba que la Biblia podía tomarse “como un documento político en el que inspirarse”.9
La legislación ginebrina fue una muestra palpable de la aplicabilidad de estas ideas al adoptar oficialmente las Ordenanzas civiles, en cuya redacción participó Calvino, en enero de 1543. Tales ordenanzas posibilitaron “la existencia de una libertad evangélica solamente posible en la ciudad, motivo suficiente para animar la inmigración” (p. XLIII). En la pequeña Ginebra “el magistrado se convirtió en defensor de las dos tablas de la Ley: conservaba la tranquilidad, el orden público, favorecía la paz común y defendía el honor de Dios tanto como protegía a su iglesia [IRC, IV, 20, 2, 4-7]”.10
Para los recién egresados/as del Departamento de Extensión del STPM (…ellos/as saben por qué)
Referencias:
1 Cf. I. Backus, “Calvin’s concept of natural and roman law”, en Calvin Theological Journal, 38, 2003, pp. 7-26, www.calvin.edu/library/database/crcpi/fulltext/ctj/88049.pdf  cit. por M. García-Alonso, op. cit., XL.
2 I. Backus, op. cit., p. 17. Versión propia.
3 Idem.
4 Ibíd., pp. 21-22.
5 M. García-Alonso, op. cit.
6 Ibíd., nota 64.
7 Cf. J. Carbonnier, “Droit et théologie chez Calvin”, en Berner Universitätsschriften, 13, 1965, p. 6, cit. por M. García-Alonso, op. cit.
8 J. Carbonnier, op. cit., p. 3, cit. por M. García-Alonso, “La teología política de Calvino”, en Pensamiento, 62, 2006, pp. 14-15, http://e-spacio.uned.es/fez/eserv/bibliuned:575/La_teolog__a_pol__tica_de__Calvino.pdf.
9 M. García Alonso, op. cit., p. XLII, nota 66. La autora refiere en esta nota que personajes como John Knox, Christopher Goodman o Anthony Gilby hicieron anotaciones puntuales sobre diversos asuntos en la Biblia de Ginebra, auténtico “documento político”, como lo calificó Hardin Craig Jr.
10 Estas aseveraciones fueron incluidas sólo hasta la edición de la Ibnstitución de 1559 y no en la de 1545, es decir, hasta que “la doctrina calviniana y el modelo eclesiológico del reformador fueron una realidad en Ginebra” (García Alonso, op. cit., p. XLIII, nota 70).
 

Fuente: Protestantedigital, 2016.