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miércoles, 20 de febrero de 2013

‘Da vida’, el aborto, la vida y la muerte. Derechos Humanos, los cristianos y los pobres

Por. Juan Simarro Fernández,  España*
La Declaración de los Derechos del Niño de la ONU (1959) demanda “especiales salvaguarda y cuidado del niño, incluida la legal, antes y después del nacimiento”.
 
Queremos seguir hablando sobre el derecho humano a la vida, sobre el artículo 3 de la Declaración Universal sobre los Derechos Humanos, que es el tema de esta serie de la cual llevamos ya 25 artículos.
Estamos escribiendo desde Madrid, España. Veo en la prensa evangélica una noticia que dice: “Según el Instituto de Política Familiar (IPF), en España se han realizado 118.359 abortos en 2012, convirtiéndose en el tercer país de la UE en su práctica —sólo detrás del Reino Unido y Francia—, y el primero en tendencia de crecimiento” . Por tanto no estamos hablando de un tema fantasma o irrelevante. Estamos hablando de algo sumamente importante para la vida humana.
Una de las incoherencias sociales o esquizofrenia social como afirmamos en los Principios Inspiradores de nuestro centro “Da Vida” de Misión Evangélica Urbana de Madrid, es el hecho de que se invierten una cantidad de recursos sanitarios para que la ciencia avance en temas de fertilización asistida y que los niños prematuros puedan tener viabilidad, mientras que, por otra parte, en muchos casos de nuestro momento histórico y dependiendo de los diferentes países, se flexibiliza el abortoo, como se dice eufemísticamente, la interrupción voluntaria del embarazo, en lugar de llamarle el exterminio de los no natos, su muerte violenta.
Por eso, aunque en algunos ambientes no se nos entienda y se nos pueda tachar de retrógrados, nos unimos a muchos médicos y científicos que están por la defensa de la vida humana en su etapa prenatal y afirmamos con ellos que el principio de la vida humana se da en el mismo instante de la fecundación.
También en nuestro Servicio “Da Vida” de Misión Evangélica Urbana de Madrid, en sus principios inspiradores, afirmamos que, aunque en el proceso de crecimiento intrauterino el feto depende de la madre en cuanto a su alimentación y viabilidad desde las perspectivas físicas, no se puede afirmar que el feto constituya en ningún momento una parte del cuerpo de la madre. Este concepto es muy importante para la defensa de la vida en el tema del aborto. El feto es un ser humano totalmente distinto, un individuo distinto de la madre en cuyo seno habita, se nutre y crece.
Así, no podemos afirmar, en ningún caso, que la madre sea dueña de ese ser humano y, por ende, creemos que no puede hacer con él lo que quiera, no puede exterminarlo, matarlo. Con el aborto, la madre destruye una vida humana distinta de su vida misma.
Aunque nosotros, como cristianos evangélicos tenemos como base de inspiración las Sagradas Escrituras, al igual que nuestro Programa Da Vida, nos alineamos también con el artículo 3 de la Declaración de los Derechos Humanos que estamos citando en defensa de la vida, pero también este Programa evangélico también se adhiere a la Declaración de los Derechos del Niño de la ONU (1959), que demanda “especiales salvaguarda y cuidado del niño, incluida la legal, antes y después del nacimiento”.
Que estos textos no queden en declaraciones formales que no se tienen en cuenta a la hora de realizar un aborto.
También nos adherimos y recordamos lo dicho en la Carta de Derechos del Niño aprobada por el Consejo de Europa(Carta Europea de los Derechos de la Infancia, de octubre del año 1.979), en la que se dice: “desde el momento de su concepción, el niño que va a nacer debe gozar de todos los derechos enunciados en la presente Declaración” .
Yo sé que no es fácil hablar en estos términos en algunos ambientes sociales en los que los cristianos nos movemos, pero yo creo que, a la luz del propio texto bíblico, los cristianos debemos estar a favor de la defensa de la vida, sea en el caso del aborto que ahora estamos tratando por tener la Entidad que presido un centro pro-vida, o en otros casos en los que la vida se siente amenazada.
Nosotros estamos muy contentos de tener nuestro Centro Da Vida aún con la característica de que la propia naturaleza asistencial y de integración social de la Misión Evangélica Urbana de Madrid, su propia característica de ser una Misión de ayuda a las personas en desventaja social, en riesgo de exclusión social o ya en exclusión social, haga que no sólo vengan como usuarios a este servicio sólo mujeres buscando alternativas al aborto, sino mujeres con sus hijos ya nacidos en sus brazos buscando recursos asistenciales, orientación y amor.
Creo que en estos aspectos de nuestro Programa Da Vida es un privilegio para los evangélicos que muchos niños en Madrid se puedan pasear en carritos o sillas que compraron familias evangélicas para sus propios hijos y que luego han donado, que se puedan alimentar con alimentos que provienen de los fondos de donantes de nuestras iglesias, que puedan ir vestidos también con ropas infantiles que han usado los niños de las familias evangélicas, o comprados con donativos de creyentes evangélicos —pues también se usa mucha ropa infantil nueva—, aunque tengamos otras ayudas que no provienen estrictamente de la generosidad de los miembros de nuestras iglesias o, mismamente, de nuestras iglesias mismas.
Consideramos evangelizador y altamente positivo para la sociedad civil la convicción cristiana que atribuye la propiedad exclusiva de la vida humana a Dios, convicción que no sólo nos lleva a hacer alguna que otra declaración, escrito o charla, sino que nos lleva a comprometernos con las mujeres embarazadas, un compromiso que surge de la vivencia de nuestra espiritualidad cristiana que nos lanza a la defensa de la vida. Es el ánimo de servicio que Jesús nos enseñó y del cual nos dio ejemplo.
 
©Protestante Digital 2013

martes, 8 de mayo de 2012

Aborto por violación: ¿caso extremo o cambio de paradigma?

Por Consejo de redacción, Argentina
La Sentencia de la Corte Suprema de Justicia del 13 de marzo pasado se inscribe en un contexto que entendemos resulta importante tener en cuenta. Nuestro Código Penal (vigente –con reformas- desde 1922), penaliza en términos generales el aborto, y establece dos causales de eximición de la pena. El caso del aborto terapéutico, cuando está en riesgo la vida de la madre; y el supuesto de que el embarazo provenga de “…una violación o un atentado al pudor cometido sobre una mujer idiota o demente”.
En el segundo caso, los estudiosos del derecho penal estaban divididos en dos posibles interpretaciones. La primera, que argumentaba que la causal exculpatoria sólo aplicaba al caso de una violación o atentado al pudor de una mujer idiota o demente. La segunda lectura sostenía que se trataba de dos subsupuestos distintos. El caso de violación de una mujer, o la circunstancia de que una mujer idiota o demente pueda ser violada o abusada, y como consecuencia de ello se produzca un embarazo.
La Corte Suprema zanjó la discusión inclinándose por la segunda alternativa, y como consecuencia de ello, habría en el Código Penal dos causales de eximición de la pena: (i) la terapéutica; y (ii) la que se da como consecuencia de un embarazo producto de una violación de la mujer, sea o no “idiota o demente”.
Hasta aquí, se trató de una interpretación de la ley vigente, que vuelve a poner en el tapete un tema cuyo debate genera posiciones sumamente polarizantes.
La Corte, no obstante, va un paso más allá, y establece la modalidad mediante la cual el Estado, a través del sistema de salud, debe proceder. Precisa que la sola presentación de una declaración jurada es elemento suficiente para que el médico interviniente proceda a realizar la voluntad de la madre embarazada. Exhorta a los distintos poderes públicos a elaborar los protocolos del caso.Por otro lado, en el Congreso Nacional conviven varios proyectos de ley que proponen una legalización amplia del aborto, dejando de lado la estructura actual del Código Penal, en cuanto privilegia el derecho a la vida del no nacido mediante la penalización general de la práctica abortiva, para luego establecer causales de exculpación de la conducta. Los proyectos plantean la cuestión del aborto como un derecho de la mujer sobre su cuerpo.
Creemos que el aborto nunca puede ser la solución. Creemos también que debatir sobre el aborto significa tomar conciencia de que estamos frente a un drama serio, que no puede resolverse como la confrontación de dos derechos (el de la madre y el del no nacido), y que en esta batalla, la poca visibilidad y operatividad de los derechos del no nacido, hace que para muchos los de la madre prevalezcan. La Corte, en su fallo, avanza en este último sentido, y cuando dispone que la sola declaración jurada es suficiente, reconociendo que tal metodología puede dar lugar a abusos, se está inscribiendo en esta confrontación binaria entre derechos de la madre frente a los derechos del niño, haciendo que los primeros prevalezcan sin más. En este sentido es oportuno advertir que el voto concurrente de la Dra. Argibay, es más preciso que el de la mayoría, al reconocer con claridad lo que ella llama “severo conflicto de intereses”, reconociendo con honestidad que el hijo por nacer también los tiene, aunque se elija sacrificarlos. Este avance del voto mayoritario, además, puede generar el riesgo de que la efectiva aplicación de la interpretación formulada por la Corte, signifique una indirecta legalización de todo aborto.
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Ante el fallo de la Corte Suprema, que puede dar lugar a un cambio de paradigma, y los proyectos de ley presentados que legalizan plenamente el aborto, pensamos que cualquier debate sobre este tema debe darse necesariamente en el Congreso Nacional, ámbito propicio y competente para debatir los límites del derecho a la vida. Pensamos también que la discusión debe ser lo suficientemente amplia para no caer en visiones polarizantes, que presenten el tema como un choque de derechos.
El derecho humano más básico a la vida requiere ser protegido de manera razonable y efectiva, con políticas de ayuda eficaz que la promocionen. Si el aborto es un drama que afecta a una madre en la encrucijada de tener que tomar semejante decisión, no puede resolverse solamente con una declamación principista hacia sus derechos, o hacia los del niño.
¿Hasta dónde puede intervenir el Estado, penalizando a una mujer cuyo embarazo es producto de un delito? ¿Puede la ley imponerle semejante carga a una persona? ¿Está esa persona en condiciones de decidir de manera autónoma? Por otra parte, ¿puede considerarse que un embarazo cuya gestación avanzó una determinada cantidad de tiempo, es lo mismo sin más que otro embarazo en estado inicial? ¿Estos temas no son dignos de reflexión y debate? ¿No debe el Estado promover políticas activas en materia de información sobre lo que significa la vida en el vientre materno? ¿O, más aún, facilitar y promover que un embarazo –aunque fuera no deseado- pueda llegar a término? Paralelamente, ¿puede el Estado consentir el aborto sin tener en cuenta y resolver –o al menos intentarlo– el gigantesco problema de la violencia doméstica y el abuso a la que son sometidas mujeres? ¿Dónde quedan los derechos del padre, para el caso que éste no quisiera abortar y la madre sí? ¿Merecen el mismo juicio y trato una madre gravemente afectada por una violación, que los propietarios de una clínica que lucra haciendo abortos? ¿La objeción de conciencia no merece un tratamiento profundo y meditado?
¿Es razonable quitar la vida al niño concebido sin que al mismo tiempo se exija al menos investigar la violación que se alega y perseguir a su autor? Los interrogantes siguen y son muchos. Las respuestas a algunos de ellos no son unívocas. Si pretendemos responder recurriendo a principismos rígidos, no hay debate posible, y probablemente terminemos fomentando posiciones que soslayen el bien común y favoreciendo a quienes declaman al aborto como un derecho.
Creemos que la vida es un don de Dios y que quitarla nunca puede ser un derecho. Como cristianos, le reclamamos al Estado que respete nuestra autonomía para protegerla, ya sea mediante la acción en la sociedad civil, a través de organizaciones no gubernamentales, y ante todo participando del debate. El resultado de éste nunca contemplará todo lo que pretendemos, pero el bien común se verá menos afectado que en el caso que tomemos una actitud rígida. Ser parte de la discusión significará trabajar intensamente en el plano político, sin condenar a quien piense distinto, sino colaborando para que los representantes de la comunidad política puedan encontrar caminos que privilegien la vida y reconozcan que el aborto, al final de cuentas, es un severo drama que no puede solucionarse con respuestas simples.
Fuente: Editoriales, Notas de Tapa, Revista Criterio Nº 2381 » Mayo 2012

martes, 22 de septiembre de 2009

Aborto, sanidad, y la doble moral

Más de una vez hemos tratado el tema de la doble moral; ahora con el debate de la Sanidad pública en EEUU se muestra con toda claridad esta doble moral en muchos defensores pro-vida.
En primer lugar desplegaremos ante sus ojos la situación de la sanidad en EEUU. La sanidad pública gratuita cubre allí sólo aspectos indispensables básicos: que nadie muera de una apendicitis, o de una puñalada, sin ser atendido. Pero si entramos en diagnósticos o tratamientos más costosos, la cosa cambia. Sólo la poderosa sanidad privada, un auténtico negocio, es capaz de atender estos casos… a precio de oro. Resultado: sólo los más adinerados (¡o hipotecándose!) pueden costearse una sanidad que cubra todos los posibles riesgos con seguros con cuotas desorbitadas, o abonar los altos precios de las pruebas, terapias y atención médica.
Así, una persona de clase media, no digamos pobre, puede ver cómo un hijo suyo muere de leucemia porque no tiene dinero suficiente. O que por falta de medios una persona en plena edad laboral, con familia a su cargo, fallezca sin poder realizarse un trasplante hepático o cardiaco, o una quimioterapia para un cáncer curable de mama. Por poner algún ejemplo más. Dicho esto, la dificultad del cambio que plantea Obama (y antes otros presidentes de EEUU) es el lobby sanitario privado, que vería menguar de forma drástica sus ingresos; ya que muchos asegurados anularían sus pólizas al poder ser atendidos por la sanidad pública con la misma cobertura.
Y aquí viene la pregunta. Antes estos niños, hombres y mujeres que mueren ¿qué dicen las asociaciones pro-vida? Prácticamente nada. Y si comparamos esto con el volumen de la queja en contra del aborto, es un silencio desgarrador. ¿Vale menos la vida de un “nacido” que la del no nato? No, desde luego. Incluso se añade en el caso de la muerte del ya nacido el mayor daño del impacto a sus familiares y amigos. Esta doble moral no cuestiona en nada el mal que el aborto supone. Sería también una doble moral decir: como se calla ante la muerte de personas por déficit sanitario corregible, callemos también ante el aborto. Un mal no soluciona otro mal. Pero sí sirve para ver por qué a veces la voz moral o social de los creyentes tiene poca influencia en la sociedad. Le falta la contundencia de la integridad. Y la gente está cansada de defensores de valores puntuales, a menudos manipulados por intereses políticos, económicos o de otra índole.
Se necesitan voces auténticas, íntegras, que defiendan lo que creen les convenga o les perjudique. Con una moral que no se reduce a parcelas concretas, sino que se aplica de la misma forma a todos los aspectos de la vida. Por eso, igual que en su día manifestamos nuestra postura (coincidente con la de la Alianza Evangélica Española) en relación al aborto; aquí y ahora denunciamos el atentado contra la vida que suponen sistemas sanitarios en los que el ser humano es una mercancía. Y, de la misma forma, la hipocresía del silencio de quienes defienden la vida ante esta situación injustificable. Al fin y al cabo la sanidad pública es un modelo de solidaridad y justicia que son la base de la fe cristiana. Todos colaboramos a lo largo de nuestra vida, aunque estemos sanos, para que cuando llegue la enfermedad nadie quede sin atender y muera o sufra consecuencias evitables de la enfermedad.

Fuente: Redacción es la Dirección de Protestante Digital© Protestante Digital, 2009, España.