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sábado, 23 de diciembre de 2017

Una palabra de esperanza

Por. Jorge D. Zijlstra, EE:UU
La misericordia y la verdad se encontraron; La justicia y la paz se besaron.
La verdad brotará de la tierra, Y la justicia mirará desde los cielos.
Salmo 85:10-11
La proclama del Salmista respecto a un tiempo donde podamos ver plenamente encarnadas la misericordia, la verdad y la justicia -elementos fundamentales de la fe- es ciertamente nuestra esperanza. Porque como bien expresa el profeta Isaías (32:17) : La justicia producirá paz, y en esa paz podremos tener la experiencia de la tranquilidad y la confianza – no para un solo día o para un rato- sino para siempre. Ese es nuestro anhelo, en especial en un tiempo con tanta necesidad, con tanto dolor que cargamos y que nos rodea y con tanta precariedad de la vida que nos ha dejado el Huracán.
Desde el impacto del Huracán María en Puerto Rico he reflexionado mucho en las enseñanzas que traen estos tiempos difíciles, en que hemos perdido la paz y en que desde los cielos lo que se observa en nuestra tierra es sufrimiento, carencias y realidades que son -en gran parte- fruto de muchas injusticias que antes estaban ocultas a nuestros ojos o escondidas lejos de nuestras carreteras.
Pero esta visión cósmica que nos trae el salmista llama a la confianza porque presenta la idea de un mundo ordenándose como al principio, cuando Dios vio que todo lo creado era bueno (Génesis); o como al final de los tiempo cuando la humanidad conocerá nuevos cielos y nueva tierra donde el dolor, la muerte y la lágrima ya no tendrán lugar (Apocalipsis). El salmista con su llamado a la paz, que surge de la vivencia de la misericordia y la justicia, nos propone la existencia de un Dios que no ha dejado de echarle un ojo a nuestra realidad; un Dios que se encarna en la vida y que no deja de empujar la renovación de la creación que, aunque aún gime como mujer con dolores de parto (Pablo), a la vez está bajo su cuidado desde los orígenes y hasta la consumación de la historia.
Por esto el futuro que construimos -desde el ahora de la historia- requiere todos nuestros esfuerzos en pro del día en que se abrazarán la misericordia, la verdad y la justicia y podremos conocer realmente el alcance profundo de la paz que es שלום (shalom) y también ειρήνη (eirene), y que se construye paso a paso, aprendiendo de cada día sus enseñanzas. Esta perspectiva sobre la vida que tiene la persona de fe es la que nos permite afirmar:
Sé vivir con limitaciones, y también sé tener abundancia; en todo y por todo estoy enseñado, tanto para estar satisfecho como para tener hambre, lo mismo para tener abundancia que para sufrir necesidad; [Porque] ¡todo lo puedo en Cristo que me fortalece! (Filipenses 4: 12-13 RVC)
O como dice el credo antiguo pre-reformado que sella la identidad de los Valdense que desde el Siglo XII expresaban su fe y su resistencia con una afirmación basada en Juan 1: 5 que en latín reza “Lux Lucet in Tenebris” (la luz resplandece en las tinieblas) y que el Evangelio completa con la afirmación “y las tinieblas no prevalecieron contra ella”. (Juan 1:5)
La luz y la vida (ver Juan1:4), la misericordia y la verdad, reveladas en las palabras, las prácticas y el espíritu de Jesús, son las que iluminan la existencia y movilizan la esperanza del pueblo, especialmente, en tiempos de adversidad, de desierto y de devastación. El motor de nuestra acción es ese mundo nuevo que Jesús llamaba “Reino de Dios” y que se construye desde la justicia, esperanza escatológica que nos permite luchar el presente.
Por eso hoy es bueno reflexionar sobre para qué y cómo seguir adelante como país, redoblando nuestro compromiso con ese mundo mejor, por venir, que da sentido a nuestra acción y a nuestras prácticas cotidianas. Recordemos que Jesús vino al mundo a anunciar buenas nuevas para personas cautivas. Buenas noticias para contextos difíciles. Buenas noticias para un tiempo árido de ellas. Buenas noticias que trastocan esquemas y que llaman renovaciones. Buenas noticias de Jubileo, de perdón de deudas, de redención, de reconstrucción, de nacimiento de lo nuevo que se va gestando, aún en medio del desorden y la no-vida (ver Génesis 1:2).
He ahí la fuerza del Salmo que propone el abrazo de la verdad, la justicia y las prácticas de misericordia como pre-requisitos, o realidades inseparables, para la experiencia comunitaria de la paz. En este sentido lo que viene sucediendo en medio nuestro -en especial luego de María- es que engendrando los proyectos de Dios en el hoy histórico que nos toca vivir, encarnamos a Cristo nuevamente en medio de los dolores y las esperanzas de nuestra gente. San Ambrosio decía: “Cualquier alma que cree, concibe y engendra al verbo de Dios” y esto está sucediendo en medio nuestro.
Por tanto, cada una y cada uno de nosotros somos los renuevos de Jesús que plantamos en nuestros jardines cuando hacemos brotar la justicia, la verdad y la misericordia en medio nuestro. Ahí está la fuerza para seguir sirviendo, construyendo, apoyando, dándonos a los demás.
Jurgen Moltmann, quien vivió la experiencia del nazismo y de los campos de concentración en Bélgica, en su famoso libro “Teología de la Esperanza” afirma algo muy interesante. Dice:
el centro de nuestra fe es nuestra esperanza y Él es nuestra esperanza porque nos ha asegurado desde el principio la realización de un mundo nuevo donde los pobres serán bienaventurados, donde los tristes serán consolados y donde el ingreso al llamado “cielo” estará supeditado al principio ético de haber cumplido o no con la responsabilidad hacia el que tiene hambre, necesidad de un techo, carencia de ropa, del afecto de una visita o hasta un simple vaso de agua.
Jesús es nuestra esperanza por su triunfo, porque nuestras fuerzas no son las nuestras sino la de Él, pero especialmente porque reconocemos que Él ha definido que somos su familia más cercana, en la medida que hacemos la voluntad de quien nos envió. “Mi padre y mis hermanos son los que hacen la voluntad de mi padre”, le dijo a sus discípulos. Y su voluntad es la de un mundo más fraterno y justo donde el amor al prójimo y a Dios moja todos los tejidos de la sociedad.
Es la fe la espera de lo que no se ve, es la certeza de lo que no se puede palpar -aún- como realidad plena; Y, a veces, es incluso lo que no puede, prácticamente, ni ser soñado.
Moltmann sabe bien de lo que habla y describe que ese otro mundo esperado y prometido muchas veces “entrar en colisión con la realidad experimentable en el presente”. Sin embargo, en esa confrontación entre realidad circundante y promesa, tan cruda a veces, ahí mismo es que se vive el desafío de la fe en esa tensión escatológica entre el “ya” pero el “todavía no”.
Esa es la tensión, la angustia, la incomodidad que hace que no alcance con la proclama de paz, si no viene acompañada de la verdad, la justicia y los actos de misericordia, tan necesarios hoy en nuestro terruño para asegurar la vida, en especial de las personas más vulnerables. Es la tensión sobre la que habla el Reformador francés, Juan Calvino, cuando dice:
“Se nos promete la vida eterna; pero se nos promete a nosotros, los muertos. Se nos anuncia una resurrección bien aventurada; pero entretanto estamos rodeados de podredumbre. Se nos llama justos; y, sin embargo, el pecado habita en nosotros. Oímos hablar de una bienaventuranza inefable; pero entretanto nos hallamos oprimidos aquí por una miseria infinita. Se nos promete sobreabundancia de todos los bienes; pero somos ricos sólo en hambre y en sed. ¿Qué sería de nosotros si no nos apoyásemos en la esperanza, y si, en este camino a través de las tinieblas, iluminado por la palabra y por el espíritu de Dios, no se apresurase nuestro entendimiento a ir más allá de este mundo?” (Ad. Hebreos, 2,1-11).” (cita de Calvino en Moltmann). [1]
Un camino a la luz, a través de las tinieblas, conocemos mucho de esto desde el Huracán María. Un camino hacia la verdad, la justicia, la misericordia y la paz, desde una profunda carencia y necesidad. Un camino de porfiada esperanza, como me gusta decir desde hace un tiempo, un camino de obstinado y perseverante compromiso constructor de paz.
Voy terminando estas reflexión desde el Salmo 85 recordando las palabras de Benjamin Ferencz, quien con solo 28 años fue el fiscal que llevó adelante la acusación de 22 militares acusados por el genocidio orquestado por Hitler durante la Segunda Guerra Mundial; cuando entrevistado por un periodista responde a la siguiente pregunta:
– Al cabo de noventa años ha visto tanta muerte y tanta miseria en el espíritu humano… ¿cómo es que mantiene encendida la llama de esperanza?
– No tengo alternativa. Desde luego que he visto mucho sufrimiento… demasiado, pero no puedo hacer una pausa ni dejar de cumplir con mi credo mientras tenga un soplo de vida para mejorar la manera como los seres humanos se relacionan mutuamente. No tengo vacaciones, no tengo días de fiesta, no tengo un salario… y todo porque lo único que me alienta a seguir vivo es hacer lo que mi conciencia me dicta que debe ser hecho. [2]
Lo que dicta mi conciencia que debe ser hecho es continuar la búsqueda incansable de la verdad, luchar sin pausa por la justicia, realizar actos constantes de solidaridad y misericordia. Esto es lo que Dios nos invita a hacer para que haya paz en nuestra tierra y así soñar con el Salmista el nuevo tiempo que hoy estamos construyendo. Nuevo tiempo que nos permite encontrarnos con la misericordia y la verdad allá arriba en nuestras montañas golpeadas y en las casas pobres destruidas por el Huracán; o encontrarnos con la paz que nos arropa luego de días, semanas y meses intensos sirviendo a nuestra gente más humilde, practicando misericordia a las personas olvidadas y pobres.
La paz llega a nuestra tierra cuando pensamos en el futuro no como una búsqueda de regreso a la “normalidad”, o a “volver a vivir igual que antes”; sino por el contrario, como una construcción que se realiza desde el hoy de cada uno de nosotros, con nuevos compromisos por la justicia, la misericordia y la solidaridad y con una nueva propuesta de país que provea para un mejor y buen vivir en esta tierra, empezando por los de abajo y contando primero con nosotros mismos como constructores de nuevas realidades.
Ciertamente podremos pensar -como decía la Madre Teresa de Calcuta, “que lo que hacemos es tan solo una gota en el mar” pero ¿qué sería del mar si le faltara esa gota?. Por esto cuando quieras la experiencia de la paz, procura justicia para el otro, has tu parte y
La misericordia y la verdad se encontraran en Borinquen ;
La justicia y la paz se besaran en Humacao, en Adjuntas y en cada Pueblo.
La verdad brotará de nuestra tierra,
Y Dios verá justicia desde el cielos.
“Por eso es que hoy tenemos esperanza; por eso es que hoy luchamos con porfía; 
por eso es que hoy miramos con confianza, el porvenir en esta tierra mía”. [3]
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[3] “Tenemos esperanza”, Obispo Federico Pagura.


Fuente: Lupatrotestante, 2017

domingo, 29 de abril de 2012

Carta a un ateo sobre la existencia de Dios: Siete pruebas de la existencia de Dios

Por. Juan Antonio Monroy, España*
La primera contradicción que yo veo en tu ateísmo es tu propia negación.
Estimado amigo: Dialogo contigo sobre la existencia de Dios sin conocer las causas de tu ateísmo, pero parto del supuesto de que tú eres ateo. En el fondo, puede que el no creer en Dios no sea más que la causa de tu frustración al buscarle por caminos equivocados y no encontrarle. O puede que hayas desembocado en el ateísmo como consecuencia del desengaño religioso, porque hayan querido confinarte a Dios en los límites estrechos de una doctrina particular o, tal vez, en los postulados de un partido político. No sé.
De todas formas, tú eres ateo. Y la primera contradicción que yo veo en tu ateísmo es tu propia negación. Cuando dices que Dios no existe ya estás pensando en un Ser concreto. Es decir, que en tu mente ya tienes definido al Dios que niegas. Te ocurre lo que a esos famosos escritores ateos que se pasaron la vida escribiendo contra Dios, como Voltaire, como Paine, como Ingersoll, como Ibarreta, como Vargas Vila y como tantísimos otros. Pregunto: si Dios no existe, ¿por qué combatirle? ¿Se pueden emplear vidas y talentos contra un ser inexistente? Si se cree que Dios no existe, ¿se le puede concebir tan bien en la mente y luego rechazarle? ¿No te parece todo esto un poco…¿cómo diría yo para no emplear la palabra absurdo? Un poco… fuera de lugar.
Por supuesto, yo no pienso demostrarte aquí la existencia de Dios. A Dios no se le demuestra, se le siente, eso es todo, se le vive. Lo que voy a hacer es esto: Entre las muchas, muchísimas pruebas racionales que se han aducido para probar la existencia de Dios, yo voy a considerar contigo siete, que es el número perfecto. Nada más que siete. Y fíjate que hablo de pruebas racionales y no de fe, porque parto del supuesto de que tú careces de fe. Son argumentos que ya expuso Tomás de Aquino, entre otros autores religiosos y filosóficos.
La primera prueba es la del sentido común. La Bruyere decía: “Siento que hay un Dios, y jamás siento lo contrario; esto me basta para deducir de aquí que Dios existe”. Unamuno, con ser más violento que el francés en sus razonamientos, no era menos lógico. “No es nuestra razón –grita desde el fondo de su “Sentimiento trágico de la vida”- la que puede probarnos la existencia de una Razón Suprema… El Dios vivo, tu Dios, nuestro Dios, está en mí, está en ti, vive en nosotros, y nosotros vivimos, nos movemos y somos en Él”.
Si estudias despacio el tema llegarás a la conclusión que te pone ante los ojos Van Steenberghen cuando habla de “Dios oculto”. Los hombres no se rebelan contra Dios, porque eso va contra toda razón, sino contra el abuso que se ha hecho del nombre de Dios. Averroes le llamó Espíritu creador; Aristóteles, Inteligencia que organiza; Espinoza, Principio inmanente; Materlinck, Fuerza instintiva; Marx, Energía material; Fitchte, Yo absoluto. Para Schelling, Dios se llama Naturaleza; para Hegel, también Espíritu; para Schopenhauer, Voluntad; para ti, tal vez, Algo. Todos esos nombres, amigo, valen para Dios y son, de hecho, el reconocimiento de su existencia.
La segunda prueba que te ofrezco es la que se deduce por la jerarquía de las causas, que ya la expuso Aristóteles. El razonamiento es sencillo: No hay efecto sin causa. La silla en la que estoy sentado la hizo un carpintero, usando la madera que sacó de un árbol. Esta tesis se considera un tanto anticuada, pero la verdad es que su argumentación es contundente. Si hay causas creadas que producen efectos, forzosamente tuvo que haber una Causa increada que diera origen a todas las demás causas y estas a los efectos.
Nerée Boubée, en su libro MANUAL DE GEOLOGÍA, dice con todo acierto: “Nada hay eterno en la tierra; y todo, tanto en las entrañas del globo como en su superficie exterior, atestigua un principio e indica un fin”. Ese Principio, esta Causa Primera, es lo que llamamos Dios.
Mi tercera prueba es también aristotélica. En el mundo hay cambio, hay movimiento, y este movimiento nos conduce indefectiblemente a una primera Causa no movida, a un Primer Motor. Las ciencias físicas nos dicen que la materia es inerte. Luego si la materia es inerte y el mundo material se mueve continuamente, es que hay un Principio fuera de la materia que da vida al movimiento.
Cuando Newton dio con las leyes de atracción se limitó a sentar el hecho de la potencia atractiva, pero sin decir que esta potencia estaba en la materia. Newton era creyente, y con toda su ciencia dijo que no reconocía otra potencia que la de Dios. Dios explica la existencia del movimiento y el movimiento es, a su vez, una prueba más de la realidad de Dios. Ese Primer Motor que puso en marcha el movimiento del Universo es también Creador y Ser Personal.
Otra prueba de la existencia de Dios es la idea que tenemos de lo infinito. Resulta curioso comprobar que la mayoría de los ateos, especialmente los ateos teóricos, afirman que creen en “algo”. Niegan a Dios, pero no pueden sustraerse a la idea de un Ser superior al hombre.
Cuando tú dices, usando un vocabulario de todos los días, que eres un ser finito, estás dando a entender que hay otro infinito; cuando proclamas que eres un hombre imperfecto, desordenado, injusto, defectuoso, impotente, etcétera, estás admitiendo que hay Alguien que es perfecto, ordenado, justo, sin defecto y potente. Ese Alguien no figura entre los hombres finitos, porque en el ser finito ni se ha dado ni se dará jamás la perfección ni el poder absolutos, luego hay que buscarlo forzosamente fuera de nuestro espacio, precisamente en ese infinito que constituye una prueba más, de carácter metafísico, de la existencia de Dios. “Este Ser –dice Newton- es eterno e infinito, existe desde la eternidad y durará por toda la eternidad”.
Una prueba más de que Dios existe la veo yo en la realidad espiritual del hombre. Lee este razonamiento de Cicerón: “El espíritu humano debe remontarnos a otra inteligencia superior que sea divina. ¿De dónde hubiera sacado el hombre el entendimiento de que está dotado?, dice Sócrates. Sabemos que a un poco de tierra, de fuego, de agua y de aire debemos las partes sólidas de nuestro cuerpo, el calor y la humedad que en él se hallan y el mismo soplo que nos anima; pero, ¿dónde hemos encontrado, de dónde hemos tomado la razón, el espíritu, el juicio, el pensamiento, la prudencia y todo cuanto en nosotros es superior a la materia?”.
La vida espiritual que manda sobre tu cuerpo material te dice a gritos que hay Dios. Porque esa vida espiritual procede de Él. Tú podrás negar a Dios todo lo fuerte que quieras, pero al pensar en Él, al pronunciar su Nombre, le estás reconociendo sin darte cuenta.
Si quieres otra prueba de que Dios existe fíjate en la armonía del Universo. Hay movimiento, pero es un movimiento regular, uniforme, inteligente. Hay belleza en el cielo azul, en la puesta del sol dorada, en los Alpes blancos, en las praderas verdes, en la aurora rosada, en la mar hermosa.
Hasta el demoledor Voltaire, abrumado por la evidencia en contra de lo que pretendía negar, dice en NOTES SUR LES CABALES: “Si un reloj presupone un relojero, si un palacio indica un arquitecto, ¿por qué el Universo no ha de demostrar una inteligencia suprema? ¿Cuál es la planta, el animal, el elemento o el astro que no lleve grabado el sello de Aquél a quien Platón llamaba el eterno geómetra?”.
En una encuesta “Gallup” celebrada en los Estados Unidos para determinar la religiosidad del pueblo americano, el 98 por ciento contestó que creía en Dios, y la primera razón que dieron los encuestados para justificar su creencia fue el orden y la armonía del Universo. “Estas obras visibles –dice San Pablo- revelan al invisible Dios” (Romanos 1:20).
Todavía me queda una prueba más a favor de la existencia de Dios. Naturalmente, podría aducir cincuenta, cien más, pero no caben en esta carta. Me resta espacio sólo para una, y luego he de terminar. Es la que se ha llamado prueba de la finalidad o por la finalidad y se ilustra preferentemente con el ejemplo de la flecha. Tú disparas una flecha y ésta se dirige invariablemente al blanco que tú le has propuesto.La flecha es un objeto desprovisto de conocimiento, pero cumple su cometido porque tras ella hay un ser inteligente, en este caso el arquero que la ha lanzado.
En este mundo en el cual tú y yo vivimos hay objetos y seres desprovistos de inteligencia, pero tienden, cosa curiosa, a la realización de un fin concreto. ¿Te has preguntado alguna vez por qué? ¿Quién controla la dirección del viento, quién orienta las olas del mar, quién pone a las hormigas en fila para que trabajen en busca de alimento, quién sostiene las bridas que guían sabiamente a la naturaleza? ¿Quién, amigo, quién sino Dios?
He comentado contigo siete pruebas que, a mi juicio, demuestran la existencia de Dios. Te habrás dado cuenta que no he usado la Biblia para nada. He querido hablarte con sabiduría de este mundo. Pero eso no significa que carezca de argumentos bíblicos para apoyar el tema de esta carta . Aunque los autores de la Biblia no se entretienen en probar la existencia de Dios, porque ellos dan a Dios por existente, te decía en mi carta anterior que la Biblia tiene respuesta para todas nuestras inquietudes. Y ahora quiero, con tu permiso, desandar el camino y plantearte otra vez las mismas pruebas, pero con palabras de la Biblia.
Nuestra prueba primera tenía que ver con el sentido común. Es inútil decir que Dios no existe, porque Su presencia nos desborda. “¿A dónde me iré de tu espíritu? –se pregunta el salmista-. ¿Y a dónde huiré de tu presencia? Si subiere a los cielos, allí estás tú; y si en abismo hiciere mi estrado, he aquí allí tú estás. Si tomare las alas del alba, y habitare en el extremo de la mar, aún allí me guiará tu mano y me asirá tu diestra” (Salmo 139:7-10).
La segunda prueba tenía que ver con la Causa Primera que dio origen a las demás causas y a todos los efectos. El más importante efecto de la Gran Causa es el hombre, tú yo. Lee lo que dice Job: “Tus manos me formaron y me compusieron todo en contorno…; como a lodo me diste forma… Me vestiste de piel y carne, y me cubriste de huesos y nervios. Vida y misericordia me concediste, y tu visitación guardó mi espíritu” (Job 10:8-12).
Para mostrarte bíblicamente la realidad de la tercera prueba sobre las leyes sabias que controlan y dirigen el movimiento del Universo tendría que transcribirte casi todo el Salmo 104. Pero me limitaré a unos pasajes: “Él –exclama el salmista, refiriéndose a Dios- fundó la tierra sobre sus basas…Subieron los montes, descendieron los valles al lugar que tú les fundaste… Tú eres el que envías las fuentes por los arroyos… El que riega los montes desde sus aposentos… El que hace producir el heno para las bestias y la hierba para el servicio del hombre… Hizo la luna para los tiempos, el sol conoce su ocaso. Pone las tinieblas, y es la noche…” (Salmo 104:5-19).
La cuarta prueba, sobre una conciencia de lo infinito, está admirablemente contenida en esta exclamación de Salomón con motivo de la dedicación del templo: “¿Es verdad que Dios haya de morar sobre la tierra? He aquí que los cielos, los cielos de los cielos no te pueden contener; cuanto menos esta casa que yo he edificado?” (1ª de Reyes 8:27).
Sobre la realidad espiritual del ser humano, que es el tema de la quinta prueba , lee este pasaje del patriarca Job, donde afirma con profunda convicción la supervivencia de un ser espiritual: “Yo sé que mi Redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo. Y después de deshecha esta mi piel, aún he de ver en mi carne a Dios; al cual yo tengo de ver por mí, y mis ojos lo verán, y no otro, aunque mis riñones se consuman dentro de mi” (Job 19:25-27).
Para la sexta prueba, sobre la armonía del Universo, la Biblia está llena de respuestas, de interrogaciones y de exclamaciones, como esta del salmista, que, extasiado ante la belleza de la Creación, dice: “Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú formaste, digo: ¿Qué es el hombre para que tengas de él memoria?” (Salmo 8:3-4).
Y la última prueba , la que demuestra la existencia de Dios por la finalidad de los seres y las cosas sin conocimiento, fue propuesta por Salomón hace más de tres mil años. Lee este pasaje antiquísimo, que parece escrito por uno de nuestros más famosos científicos de hoy, y luego medita su contenido: “Generación va y generación viene –dice el autor bíblico-, mas la tierra siempre permanece. Y sale el sol, y pónese el sol, y con deseo vuelve a su lugar, donde torna a nacer. El viento tira hacia el mediodía y rodea el norte; va girando de continuo, y a sus giros torna el viento de nuevo. Los ríos van a la mar, y la mar no se hinche; al lugar de donde los ríos vinieron, allí tornan para correr de nuevo” (Eclesiastés 1:4-7).
Nada más por hoy, pásalo bien.

*Autores: Juan Antonio Monroy
©Protestante Digital 2012