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sábado, 28 de noviembre de 2015

Lutero y la Reforma



En su desarrollo histórico la Reforma como institución y también su fundador derivaron hacia posiciones menos amables, al dar entrada en sus filas a príncipes y otros políticos ambiciosos.
Por. Juan Antonio Monroy, España
Recibo un correo electrónico donde se me pide que escriba un artículo sobre Martín Lutero para ser incluido entre los que se van a publicar para conmemorar el año 2017 el 500 aniversario del nacimiento de la Reforma Protestante.
Nada más lejos de mí.
Admito la gran influencia que tuvo la Reforma en pueblos como Alemania, Inglaterra y países escandinavos.
Admito que la Reforma fue, sólo en parte, el renacimiento del Cristianismo primitivo. Admito que la Reforma fue, también sólo en parte, la reacción de un Cristianismo más evangélico que la Iglesia católica había abandonado o alterado.
Admito que la Reforma fue una doctrina que, al destruir el poder Vaticano, emancipó al cristiano de la teología partidista impuesta por el papado.
Admito que la Reforma, con su dogma fundamental de que la salvación depende de la fe en Jesucristo, abrió las puertas a unos principios bíblicos del Nuevo Testamento que habían sido enterrados por la cúpula de Roma.
Admito que la misión de la Reforma no era resucitar los dogmas profesados por San Pablo y San Agustín, sino dar un paso fuera del cristianismo histórico.
Admito que entre los reformadores hubo auténticos hombres de Dios, hombres piadosos que se enfrentaron valientemente a los abusos y tiranía del pontificado.
Admito que la Reforma devolvió al pueblo la Biblia que Roma tenía secuestrada, traduciéndola y publicándola en la lengua que hablaba el común de la gente. A esta iniciativa se debe que hoy tenga a mano derecha de la mesa sobre la que escribo un ejemplar de la Biblia en mi propio idioma, versionada por el reformador español Casiodoro de Reina en 1569, 35 años después de que Lutero concluyera su traducción de la Biblia entera.
Admito que la Reforma cambió el panorama religioso, político, militar, social y económico de Europa.
Admito que todo lo que tuvo de turbulenta la Reforma se debió a la situación religiosa y política de aquella Europa, a las peleas entre reyes, a la ambiciones de poder.
Admito que el Luteranismo es actualmente una respetable y respetada religión, con millones de fieles en Europa y en la América del Norte.
Admito que yo mismo soy hijo de la Reforma. De hecho, todas las denominaciones evangélicas, tengan el nombre que tengan, tienen lazos históricos con la Reforma. El primer siglo une a todos los evangélicos con Cristo. El siglo XVI los une a la llamada Reforma protestante.
Admito que la Reforma favoreció la libertad de los pueblos, condición esencial del hombre.
Admito que la Reforma inauguró una teología y una espiritualidad nuevas que respondían a las necesidades de las masas en aquél siglo XVI.
Admito que la Reforma marcó el punto de partida de un nuevo mundo, donde la ciencia y las letras hallaron formas más libres de expresión.
Soy plenamente consciente de que he abusado en demasía del verbo transitivo admitir. Esos párrafos más parecen un informe judicial o fiscal que una pieza literaria. Naturalmente, sé expresar mis pensamientos con otro vocabulario más entretenido. Declaro que lo he hecho intencionadamente, para que nadie pueda pensar que soy ciego a los grandes beneficios que trajo la Reforma. Los he reconocido. Pero en su desarrollo histórico la Reforma como institución y también su fundador, derivaron hacia posiciones menos amables, al dar entrada en sus filas a príncipes y otros políticos ambiciosos. Fue entonces cuando la Reforma dejó de gustarme y cambiaron mis juicios sobre Martín Lutero.
Después de todo lo escrito, a lo que podría añadir otro tanto, digo con convicción y firmeza: No me gusta la Reforma. No me gusta Lutero. No me gustan los movimientos religiosos que nacen del derramamiento de sangre.
Hace años publiqué en la revista RESTAURACIÓN un artículo que titulé RELIGIÓN SIN SANGRE, en el que exponía una tesis inocente. Decía más o menos que prefería al Dios que muere en la cruz al Dios del Viejo Testamento que mandaba a los guerreros de Israel entrar a ciudades paganas (recordemos que para el judaísmo todo aquél que no profese la religión hebrea es pagano) y matar a sus habitantes. Un muy amigo mío, ya fallecido, José Grau, reputado teólogo, respondió con otro artículo de cuatro páginas, repleto de citas bíblicas, queriendo convencerme de que el Jehová de la antigua Alianza y el Cristo de la nueva son el mismo Dios. Trabajo inútil, porque jamás he dudado de ello. “Quien me ha visto a mí ha visto al Padre”, afirmó Jesús. Punto. Me basta con esta declaración de divinidad. No necesitaba más textos de la Palabra. A no ser el de San Pablo: “Ahora conozco de forma limitada; entonces conoceré del todo, como Dios mismo me conoce” (1ª Corintios 13:12, versión LA PALABRA, de Sociedad Bíblica de España).
Quisiera abrir ventanas. Insisto: reconozco en Lutero su valentía personal al enfrentarse con un papado tan corrupto como poderoso en su tiempo. Reconozco que aportó ideas nuevas a la teología decadente que entonces se vivía. Reconozco en él al escritor de libros que hasta hoy se leen y que también yo he leído, como la violenta CAUTIVIDAD BABILÓNICA DE LA IGLESIA, sus páginas íntimas en CARTAS o CHARLAS DE SOBREMESA, sus comentarios a libros del Nuevo Testamento, penetrantes, profundos, luminosos, incluso su vena poética, acertada en la composición de algunas canciones espirituales, la más conocida CASTILLO FUERTE ES NUESTRO DIOS. Pero a causa de éste hombre, éste Martín Lutero, brotó la guerra de los Treinta años entre protestantes y católicos en la Europa central, principalmente Alemania, entre los años 1618 y 1648. Fue una guerra entre dos ramas del árbol cristiano en la que intervinieron casi todas las potencias europeas de la época. Finalizó con la paz de Westfalia y la paz de los Pirineos. Aunque la guerra entre católicos y protestantes duró treinta años, los conflictos que la generaron siguieron sin resolverse durante mucho tiempo después.
En un limitado artículo de prensa como este no puedo entrar en los detalles de la guerra, sobre la que se han escrito gruesos volúmenes en alemán, francés, inglés y español. La guerra de los Treinta años, iniciada cien años después de que Martin Lutero clavara en las puertas de la iglesia del castillo de Wittemberg las 95 tesis redactadas en latín, fue consecuencia directa de la Reforma.
El ilustre historiador François Laurent, nacido en Luxemburgo en 1810, autor de una monumental obra sobre HISTORIA DE LA HUMANIDAD en cinco tomos, traducidos al español por los eminentes políticos y y literatos Nicolás Salmerón y Fernández de los Ríos, acusa al emperador germano Fernando II “de haber provocado la resistencia de los protestantes y por consecuencia la guerra”. Pero el emperador no fue más que el órgano, -añade- por mejor decir el instrumento ciego del catolicismo. La guerra de los Treinta años –sigue Laurent- salvó la Reforma y a toda la cristiandad”- ¡Pero a qué precio! Para salvar la Reforma territorios enteros fueron devastados. Sólo los ejércitos suecos destruyeron 2.000 castillos, 18.000 villas, 1.500 pueblos de Alemania. Algunos historiadores coinciden en que murieron cinco millones de alemanes.
Antes de esta guerra, entre 1524 y 1525 tuvo lugar la insurrección de los campesinos alemanes, que ensangrentó el centro y el sur del país. Lutero se sentía amenazado. Escribió en términos muy duros invitando a los señores protestantes a castigar sin compasión a los rebeldes. De aquí nació su famoso grito “matad a los campesinos”. ¿Y de éste hombre me piden que escriba? ¿De un hombre que recomienda el asesinato, aunque la razón estuviera de su parte? No, gracias. Me quedo con aquél otro grito que emanó de la cruz a favor de los enemigos del crucificado: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”.
                                
Fuente: Protestantedigital, 2015.

viernes, 13 de junio de 2014

La Biblia Satánica Antón Szandor Lavey, Ediciones Martínez Roca, 351 páginas.

Por. Juan Antonio Monroy, España*
El mal de nuestro mundo –escribe José María Souvirón en EL PRINCIPE DE ESTE SIGLO- no reside solamente en que se haya dejado de creer en Dios, sino también, indirectamente, en que se ha dejado de creer en el demonio... 
Hace años, hacia 1973, fui invitado a pronunciar una serie de conferencias en San Francisco, California. Estando allí leí un artículo que hablaba de una iglesia satánica en el centro de la ciudad. Por entonces yo andaba recopilando material sobre satanismo para el capítulo tres de mi libro INQUIETA JUVENTUD, publicado en la primavera de 1975. De modo que tomé un taxi y me planté en la dirección que llevaba.
A la iglesia satánica se entraba a través de una librería esotérica abierta al público. Dije al encargado que quería presenciar una ceremonia. Dudó. Yo insistí. Me permitió un máximo de quince minutos a condición de que permaneciera en silencio. Lo hice. No agoté el tiempo concedido. En una amplia sala adornada con cuadros y objetos alusivos al diablo y a los demonios, estaban sentadas en círculo unas 25 personas. El ambiente era oscuro, lúgubre. Paredes y cortinas negras. El grupo inició un cántico monótono, repetitivo: “Glory for ever to flesh” (Gloria por siempre a la carne).
El murmullo de aquellos cantos, los rostros lúgubres, tenebrosos, el escenario nebuloso en el que me encontraba, se iban apoderando de mí voluntad, lo percibía. Antes de acabar cantando yo también “gloria por siempre a la carne” decidí marcharme.
Algo parecido me ocurrió en los arrabales de Puerto Príncipe, en Haití, presenciando una ceremonia de Vudú primitivo.
Pero esta es otra historia.
El encargado de la librería, indudablemente satánico, me dijo que al día siguiente hablaría el sumo sacerdote de la iglesia; desde luego no aparecí más por allí.
Ojeando libros vi expuestos varios ejemplares de LA BIBLIA SATÁNICA en inglés, escrita por Anton Szandor Lavey. Compré dos. Para mi asombro descubro que esta Biblia satánica ha sido traducida al español por Ester Valverde y publicada por la editorial madrileña Martínez Roca. Tal vez con la intención de satanizar al pueblo español. Aunque poco le falta.
Lavey, autor de la Biblia satánica, nació en Chicago en 1930, pero sus padres pronto se trasladaron a California. Su abuela, procedente del Este de Europa, le contaba historias de dráculas y demonios. Pronto se interesó por este tipo de literatura. Pasó temporadas como organista en bares, salas sociales y clubes nocturnos. Trabajó en circos, primero como peón y chico de jaulas, posteriormente como domador de animales. Tanto los libros como sus trabajos le proporcionaron una visión oscura de la naturaleza humana. Dos veces contrajo matrimonio, que acabaron en divorcio. En 1956 compró una casa victoriana en San Francisco, la pintó toda de negro y allí comenzó a recibir gentes que se interesaban por todos los aspectos del ocultismo. El 30 de abril de 1966 fundó la iglesia de Satanás y estableció ese año como el primero de la era satánica. En 1971 publicó LA BIBLIA SATÁNICA. Toda vez que el negocio prosperaba, Anton S. Lavey fundó otras iglesias satánicas en California y en varios estados de la Unión norteamericana. Según un estudio realizado por la Universidad de Loyola en Chicago, en Estados Unidos hay 6.000 organizaciones dedicadas al culto al diablo. La más importante, se dice, es la “Iglesia de Satanás” fundada por Lavey en San Francisco.
La Biblia satánica no está dividida, como la cristiana, en capítulos y versículos. Sigue los mismos registros de redacción que cualquier otro libro. Consta de cuatro capítulos principales, encabezados con estos títulos: Libro de Satán, libro de Lucifer, libro de Belial y libro de Leviatán. En una invocación al diablo, Lavey escribe: “En el nombre de Satán, Señor de la Tierra y Rey del Mundo, ordeno a las fuerzas de las tinieblas que me otorguen sus poderes infernales”.
El credo satánico, plasmado en páginas 35 y 36, se resume en nueve afirmaciones:
1. Satán representa la complacencia, en vez de la abstinencia.
2. Satán representa la existencia vital, en vez de quimeras espirituales.
3. Satán representa la sabiduría inmaculada, en vez del autoengaño hipócrita.
4. Satán representa la amabilidad hacia quienes la merecen, en vez del amor malgastado con ingratos.
5. Satán representa la venganza, en vez de ofrecer la otra mejilla.
6. Satán representa la responsabilidad hacia quien la merece, en vez de la preocupación por los vampiros psíquicos.
7. Satán representa al hombre como otro animal –en ocasiones, mejor, pero la mayoría de las veces peor que los de cuatro patas- que, debido a su “divino desarrollo espiritual e intelectual”, se ha convertido en el más depravado de todos.
8. Satán representa los denominados pecados, pues todos ellos conducen a la gratificación física, mental o emocional.
9. Satán ha sido el mejor amigo que la Iglesia ha tenido nunca, puesto que la ha mantenido viva durante todos estos años.
La gran tragedia que se esconde en el fondo de estos ritos y representaciones grotescas es que el hombre de hoy, en el fondo, no cree en el diablo. No cree en el diablo porque tampoco cree mucho en Dios. De ahí esas parodias, burlas y juegos ocultos tomando por pretexto al diablo.
“El mal de nuestro mundo –escribe José María Souvirón en EL PRINCIPE DE ESTE SIGLO- no reside solamente en que se haya dejado de creer en Dios, sino también, indirectamente, en que se ha dejado de creer en el demonio…Cuando el maligno hace su habitación en las criaturas- en el corazón o la inteligencia de los hombres-, necesita un hueco para estarse allí; pero con algo en torno: una oquedad hecha lógicamente en algo… Un interés excesivo por conocer el mal puede indicar una disposición para entregarse a él”.

Autores: Juan Antonio Monroy

©Protestante Digital 2014
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viernes, 18 de abril de 2014

En memoria de García Márquez

Por. Juan Antonio Monroy, España*
¿Creía Gabriel García Márquez en Dios? ¿Era ateo o creyente?.. Conocí a García Márquez en Managua, Nicaragua, en enero de 1985.
Gabriel García Márquez, el célebre escritor colombiano, Premio Nobel de Literatura en 1982, autor de la más que famosa novela, CIEN AÑOS DE SOLEDAD, desde hace años padecía un cáncer linfático que se agravaba a medida que transcurría el tiempo. Hoy, 17 de abril de 2014, ha fallecido a los 87 años de edad en México DF, donde vivía desde hace años, después de pasar las últimas semanas aquejado por una neumonía
El autor de CIEN AÑOS DE SOLEDAD nació el 6 de marzo de 1928 en Aracataca, un pequeño pueblo colombiano al pie de la sierra de Santa Marta.
Criado por sus abuelos, cursó estudios primarios y secundarios en Barranquilla y Zipaquira, donde en 1946 terminó el bachillerato.
A los 19 años ingresó en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional en Bogotá. Allí escribió una serie de quince cuentos que fueron publicados en el diario “El Espectador” entre 1947 y 1952.
De 1948 a 1954 lo vemos en Cartagena de Indias, Barranquilla y Bogotá, donde empieza a trabajar como periodista en “El Espectador”.
Viaja a París en 1955 y permanece unos tres años en Europa. Vuelve de nuevo a Barranquilla para contraer matrimonio con Mercedes Barcha. Ese mismo año, 1958, publica la novela corta de título EL CORONEL NO TIENE QUIEN LE ESCRIBA.
Entre 1959 y 1967 desarrolla una activa labor como periodista en Colombia, Cuba, Nueva York y México.
En el verano de 1967 aparece la primera edición de CIEN AÑOS DE SOLEDAD. Tres meses más tarde García Márquez viaja a España y se instala en Barcelona. Allí permanece durante ocho años. A lo largo de todo este período publica algunas obras importantes, entre ellas EL OTOÑO DEL PATRIARCA, varios volúmenes de cuentos y un ensayo en colaboración con Vargas Llosa que fue titulado como LA NOVELA EN AMÉRICA LATINA.
Decidido a cambiar de aires deja España en 1975. Se instala en México, donde inicia un período de intensa actividad periodística.
En 1981 se publica otra novela suya de impacto, CRÓNICA DE UNA MUERTE ANUNCIADA. Un año después, el 10 de diciembre de 1982, Gabriel García Márquez recibe en Estocolmo el Premio Nobel de Literatura, que “coronaba el reconocimiento internacional de una carrera construida mediante un derroche de esfuerzo y personalidad”.
Entre las incontables opiniones vertidas en torno a García Márquez quiero reproducir aquí una del profesor George McMurray, de la Universidad del estado de Colorado (EEUU). En la conclusión de una obra biográfica publicada primeramente en inglés y más tarde en español, McMurray que decía, sobre el entonces aún vivo "Gabo":
“García Márquez es hoy el más conocido de los escritores latinoamericanos vivos. Es, además, uno de los artistas realmente sobresalientes de nuestra época. La totalidad de su obra no sólo comunica la cruda realidad de un continente que emerge en medio de los desgarrones del combate sino también, por medio de los elementos humanistas y universalizantes del mito, la imaginación y la percepción estética, una visión sumamente original del hombre y de su mundo”:
DIOS Y GARCÍA MÁRQUEZ
¿Creía García Márquez en Dios? ¿Era ateo o creyente?
Conocí a García Márquez en Managua, Nicaragua, en enero de 1985. Ambos formábamos parte de las 350 personas llegadas de todo el mundo para asistir a la toma de posesión del presidente Daniel Ortega. García Márquez estaba allí como amigo personal del presidente. Yo fui invitado en mi condición de periodista por el entonces ministro de Asuntos Exteriores Miguel D´Escoto.
En el curso de una recepción celebrada el miércoles 9, un día antes de la toma de posesión, pude hablar con García Márquez. Naturalmente, toqué el tema de CIEN AÑOS DE SOLEDAD. Le pregunté qué significaba ese “Macondo, Dios existe” en el tercer capítulo de la novela y me contestó literalmente:
“Puede que ahí esté la clave del libro”.
¿Lo dijo sabedor de mi preocupación por el tema de Dios?
¿Lo dijo para dar una respuesta que cerrara la conversación?
¿Lo dijo porque lo cree, porque efectivamente es así?
No hay más vida que la vida que a cada uno nos tiene asignada el Eterno. No hay más tiempo que el que marca el reloj de Dios. No podemos, como quería García Lorca, atar en los árboles el tiempo con un cable de noche negra.
Desde hace un mes,  Juan Antonio Monroy está escribiendo una serie sobre “Cien años de soledad” , la genial obra de García Márquez, bajo el título de “100 años de soledad y Dios”. Se publican en la sección “ El punto y la palabra ” de Protestante Digital. Se prolongará a lo largo de los próximos domingos. 
 

©Protestante Digital 2014
  
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jueves, 8 de agosto de 2013

John Mackay, escocés universal

Por. Juan Antonio Monroy,  España*
Juan A. Mackay y su obra, varios autores. Editorial Andamio. Barcelona, 79 páginas
 
¡Ojo a ANDAMIO!
Hace años, varios jóvenes evangélicos catalanes, encuadrados en los Grupos Bíblicos Universitarios, todos soñadores, idealistas, con más ilusiones que medios, decidieron poner en marcha una modesta empresa editorial.
No tuvieron en cuenta los problemas relacionados con el libro, el cálculo de precios, la elaboración, la distribución, la publicidad, la propiedad literaria y otras cuestiones. No era falta de prudencia. Era exceso de ideal, fe y confianza en el Dios por el que dirigían sus vidas. Sin ideales y sin confianza en las propias facultades no se produce realidad buena alguna.
David venció a Goliat con una piedra. Fue así como nació PUBLICACIONES ANDAMIO. Comenzó con libros breves de páginas sobre temas monográficos, pero al día de hoy se ha convertido en una importante y selectiva editorial en el mundo evangélico que habla el idioma de Cervantes, con una oferta ininterrumpida de obras que llegan a alcanzar las 200 y 300 páginas. Unos sueños se roncan y otros se realizan. Esto último ha premiado la fe y la constancia de quienes iniciaron la publicación de ANDAMIO.
El pasado mes de abril tuvo lugar en Madrid la reunión que anualmente suele celebrar la Alianza de Escritores y Comunicadores Evangélicos (ADECE). Con tal motivo ANDAMIO dispuso una mesa con libros propios a la venta. Allí encontré un ejemplar atrasado dedicado íntegramente al escritor y misionero escocés Juan A. Mackay.
Algo sabía yo acerca de éste hombre. Mi admiración por su persona data de años, cuando leí la primera edición castellana de su libro EL OTRO CRISTO ESPAÑOL, publicado en 1952. Poseo otra versión hecha en México en 1989. Después me sorprendió el juicio del aragonés Pedro Laín Entralgo, uno de los pensadores más importantes de la España contemporánea. En página 372 de su lúcido ensayo MI RELIGIÓN, Lain Entralgo dice de Mackay que fue “poeta, español y apasionado especulador de sus relaciones personales con el Dios del Cristianismo”.
En el pequeño volumen de ANDAMIO escriben Francisco Mira, Samuel Escobar y Anabel Fernández.
Unos datos biográficos.
John Alexander Mackay nació en Inverness, Escocia, el 17 de mayo de 1889. Murió en Maryland, Estados Unidos, el 9 de junio de 1983. Tuvo en la tierra  una vida larga, 94 años. Los padres eran sumamente piadosos, de rigor calvinista. A los 14 años leía la epístola a los Efesios con gran interés. La lectura temprana de la Biblia despertó su vocación misionera. Estudió en Universidades de Escocia, Perú y Estados Unidos. En la Universidad de Madrid tuvo como profesor al catedrático Miguel de Unamuno, cuya personalidad dejó en él huellas profundas. La Iglesia presbiteriana del Norte lo nombró secretario de misiones para Latinoamérica y África. En una de sus cartas circulares se expresaba así: “cada vez siento más intensamente que la suprema necesidad que experimentamos hoy día en la Iglesia y en el mundo, es lo que designo como “un renacimiento” evangélico, con lo cual quiero decir un redescubrimiento del Evangelio de Cristo en su dimensión más plena”.
Dice Samuel Escobar que “la significación sin par del legado misionero de Juan A. Mackay se puede medir por la marca profunda que su vida dejó en el mundo y en la Iglesia durante el siglo XX”. Como consecuencia de una visita a Cuba Mackay escribió dos artículos en 1964 y 1965 que fueron objeto de aguda controversia. “En su interpretación de América Latina –añade Escobar- Mackay mantuvo su convicción evangélica, pero manifestó también una aguda sensibilidad hacia la realidad socio-política”.
La obra de ANDAMIO da cuenta de una bibliografía abreviada del autor escocés: siete libros publicados en castellano y otros siete en inglés. Entre los primeros destaca la tesis doctoral que presentó en Lima con el título DON MIGUEL DE UNAMUNO: SU PERSONALIDAD, OBRA E INFLUENCIA y EL OTRO CRISTO ESPAÑOL, publicado, como queda escrito, en 1952 en México por la Casa Unida de Publicaciones y La Aurora en versión de Gonzalo Báez-Camargo.
En 1918 Mackay escribió un largo y emotivo artículo en el que habla de sus primeros encuentros con Unamuno. ANDAMIO lo reproduce íntegro en 29 páginas de texto. Conmueven los recuerdos del misionero ante el filósofo. Dice: “Dos años y medio hará que, andando por tierras de España, encontréme en la ciudad medieval de Salamanca. Durante una corta estancia en ese lugar de la vieja Castilla, donde las orillas del lento Tormes respiran memorias de pícaros místicos, y donde innumerables edificios conservan huellas aun de la piedad y cultura de antaño, cúpome la suerte, en dos ocasiones, de visitar, en su propio domicilio, al ilustre escritor vascongado don Miguel de Unamuno. A los momentos pasados a los pies de este maestro eximio, cuyas conversaciones me volvieron en fervoroso admirador y discípulo, tributo los siguientes tan indignos renglones”.
El título que Mackay pone a su libro más conocido está inspirado en uno de los poemas más citado de Unamuno, que tiene similitudes con otro poema de Antonio Machado, LA SAETA.
El largo poema de Unamuno en torno al CRISTO YACENTE DE SANTA CLARA, publicado por vez primera en LOS LUNES DE “EL IMPARCIAL” en Madrid, el 26 de mayo de 1913, termina con una negación del Cristo terreno y una evocación al Cristo del cielo. Dice el pensador vasco: “el Cristo de mi tierra es sólo tierra, tierra, tierra. Cristo del cielo, líbranos del Cristo de la tierra”.
Aludiendo a este poema, Báez-Camargo explica que “la gran renovación religiosa que España e Iberoamérica esperan y urgentemente necesitan, consistiría, esencialmente, en rescatar de su sepulcro de tierra a este “Otro Cristo” que es el Cristo verdadero y al que en sus mejores y más iluminados momentos de intuición espiritual, el alma hispánica se abrazó, abrasándose en El su más íntima entraña”.
Esto, que era verdadero y necesario ayer, sigue siendo necesario y verdadero hoy.
Autores: Juan Antonio Monroy
©Protestante Digital 2013

viernes, 2 de agosto de 2013

‘Mi marido me pega lo normal’, violencia de género

Repaso seis libros en torno al tema. Puede ser una guía para aquellas personas que deseen profundizar en esta lacra de la sociedad moderna.
En los primeros días de junio tuvo lugar en Madrid una exposición de obras sobre la llamada violencia de género o maltrato de mujeres. Ana María Pérez del Campo, presidenta de la Federación de Asociaciones de Mujeres Separadas y Divorciadas dijo en la inauguración: “hay que hablar desde el arte de lo que está ocurriendo en este mundo nuestro en el que empezamos a retroceder hacia el año 36”.
Algunos temas de la muestra reflejaban los problemas de la violencia contra las mujeres: ¿cómo se justifica el maltrato?, ¿cómo viven los niños las diferencias sexistas, ¿cómo se ocultan las heridas?, ¿cómo es posible que queden impunes declaraciones de determinados políticos?
El 20 de diciembre de 1993 las Naciones Unidas ratificaron la “Declaración sobre la eliminación de la violencia contra la mujer”. Según esa Declaración, por “violencia contra la mujer se entiende todo acto de violencia basado en la pertenencia al sexo femenino que tenga como resultado un daño o sufrimiento físico, sexual o sicológico contra la mujer, así como las amenazas a tales actos, la coacción o privación arbitraria de la liberad, tanto si se producen en la vida pública como en la privada”.
Desgraciadamente, el hombre de hoy no se rige por los principios de la Declaración. Los maltratos a las mujeres constituyen una epidemia que se extiende por todos los países del mundo, en unos más que en otros
En un informe de las propias Naciones Unidas se afirma que una de cada tres mujeres en el mundo sufre maltrato físico y sicológico por parte de los hombres. El mismo informe añade que este tipo de maltrato es la primera causa de muerte o invalidez en mujeres entre 15 y 44 años.
En este artículo repaso seis libros en torno al tema. Puede ser una guía para aquellas personas que deseen profundizar en esta lacra de la sociedad moderna.
 LAS SEMILLAS DE LA VIOLENCIA, por Luis Rojas Marcos, Editorial Espasa Calpe, Madrid, 228 páginas. Rojas Marcos, nacido en Sevilla, es profesor de Psiquiatría en la Universidad de Nueva York. Dice que el objetivo de su libro es explorar la violencia entre las personas. Cree que la agresión sádica, repetida y prolongada se produce en los matrimonios y en las familias, “donde se manifiestan las hostilidades, las rivalidades y los más amargos conflictos”.
Rojas Marcos encuentra la semilla de la violencia en la génesis de la civilización, cuando Caín se alzó contra su hermano Abel y le arrebató la vida. Fue el principio del mal. Desde entonces, la violencia deviene una condición humana omnipresente e inevitable. En la sociedad actual, aparentemente pacífica, piadosa y de sólidos principios, la violencia está más arraigada que en tiempos pasados, especialmente la que se manifiesta en el maltrato a las mujeres, que con frecuencia suele llegar al crimen.
TRAUMA Y RECUPERACIÓN, por Judith Hernán, Editorial Espasa Calpe, Madrid 378 páginas. Un mensaje directo al corazón de la mujer maltratada. ¿Qué hacer para vencer las atrocidades de la violencia física? ¿Cómo sobreponerse a los malos tratos recibidos? ¿Por dónde empezar la curación? ¿A quién acudir?
La recuperación de los traumas que se padecen a casusa de los maltratos recibidos pueden tener varias fases: matar los recuerdos desagradables. Que la mujer esté segura de lo que quiere y de lo que hace. Compartir los problemas con otras mujeres que hayan tenido las mismas experiencias. Compartir experiencias e información puede ayudar. No encerrarse en sí misma. Tomar el control de la propia vida. Recuperar el control del cuerpo –dice Judith Hernán, profesora de psiquiatría en la prestigiosa Universidad de Harvard y autora de este libro – “supone centrarse en los ritmos biológicos: la alimentación, el sueño, las actividades diarias, los amigos, los familiares, la vida social”.
EL ROMPECABEZAS, por Miguel Lorente Acosta, Editorial Crítica, 304 páginas. Miguel Lorente disecciona en este libro los motivos y anatomía del maltratador, si bien aclara que no existe un perfil único de agresor. Para el maltratador, todos pueden ser argumentos suficientes con tal de justificar la demostración de poder y violencia que impone a la mujer.
Miguel Lorente es doctor en Medicina y Cirugía, profesor asociado en la Universidad de Granada y director del Instituto de Medicina Legal de esa misma ciudad andaluza. Según este autor, el hombre suele anteponer sus propias circunstancias a las de la mujer, “convirtiéndola más en un objeto de su posesión que en una compañera con la que compartir las emociones de los sentimientos y las realidades de la vida”.
Circula la idea de que el agresor es un hombre de nivel sociocultural bajo, con una educación deficiente, que abusa del alcohol o de otras sustancias tóxicas. No obstante, estudios modernos concluyen que el maltrato físico y sicológico a las mujeres se da también en las capas altas de la sociedad por hombres cultos no influenciados por el alcohol ni por las drogas.
MI MARIDO ME PEGA LO NORMAL, por Miguel Lorente Acosta, Editorial Planeta, Barcelona, 315 páginas. Un segundo libro del mismo autor. Aquí, Miguel Lorente sostiene que, por muy increíble que parezca, hay mujeres que sufren malos tratos y lo consideran como una consecuencia normal de la vida en común. Y pregunta: “¿cómo ha llegado a anidar en sus conciencias una noción de normalidad tan perversa?”.
El libro se abre con un prólogo de Victoria Camps. Dice la ilustre filósofa que “el maltrato corporal es la afrenta más vejatoria que puede ocurrirle a una persona. Consecuencias del maltrato son la destrucción de la confianza en uno mismo, la imposibilidad del auto-respeto y la pérdida de la autoestima”.
Siendo esto verdad, ¿cómo se explica que existan mujeres que como consecuencia de los mensajes que le manda el hombre en cada y entre cada agresión lleguen a pensar que el maltrato es normal y que se tienen merecido lo que les está pasando? En estas mujeres, la personalidad queda empequeñecida como un bonsái, permitiendo al hombre llevarla y traerla, ponerla y quitarla según su voluntad.
GRITOS SILENCIOSOS, por Paula Zubiaur, Ediciones Ámbar, Barcelona, 313 páginas. Ilustra la portada de este libro la fotografía realizada por Pau Guasch de una mujer de grandes ojos sorprendentemente abiertos, espantados casi, y un ancho esparadrapo cubriéndole toda la boca y parte superior de la barbilla. La imagen alude a los gritos del corazón procedentes de una mujer maltratada, gritos que nadie oye y de los que apenas se habla.
Este es un libro diferente. Un libro testimonio escrito por una mujer, Paula Zubiaur, sufriendo maltrato dentro de un matrimonio aparentemente perfecto. Ya en las primeras páginas la autora se confiesa: “fui torturada por mi marido de forma continuada a lo largo de interminables años. Ahora que todo ese sufrimiento queda ya tan lejos me decido a contarlo, a dejar testimonio escrito de lo que ocurrió y de cómo ocurrió”. Zubiaur escribe este libro para que los lectores comprendan cómo se siente una mujer maltratada.
APUNTES SOBRE VIOLENCIA DE GÉNERO, por Raquel Osborne, Ediciones Bellaterra, Barcelona, 187 páginas. Otro libro sobre violencia de género escrito por una mujer. Raquel Osborne es doctora en Sociología y posee un Master en la misma materia por la Universidad de Nueva York. Enseña Sociología del Género en el departamento de Sociología de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED).
Osborne pone el énfasis en el maltrato y la violencia sexual como forma de control de las mujeres. Entiende que en la violación se conjugan dos elementos: la agresión y el sexo. Se da por sabido que las agresiones sexuales suelen resultar devastadoras para las mujeres que las padecen, hasta el punto de poder impedirles desarrollar con normalidad su vida cotidiana.
El hombre machista llega a creer que la violación y el maltrato deben ser aceptados sin rechistar. Una canción canaria del siglo pasado viene a confirmar esta aberración:
 Si tu marido te pega
 no llores, Lola,
 vale más llevar palo
 que dormir sola.

Autores: Juan Antonio Monroy

©Protestante Digital 2013

lunes, 6 de mayo de 2013

Protestantismo y crisis

Por. Juan Antonio Monroy, España*
Máximo García, escritor consagrado y persistente, gran trabajador de la palabra como herramienta, está contribuyendo a la historia del protestantismo español con obras que formarán parte del mismo durante siglos, como Lutero en Alemania, como los hugonotes en Francia, como Enrique octavo en Inglaterra, como Calvino en Suiza, como Juan Hus en Checoslovaquia, como tantos grandes hombres de letras comprometidos con las creencias religiosas. Digo lo que digo, lo que puedo documentar. Y para quienes lo ignoren o lo hayan olvidado, ahí están –están aquí, sobre el cristal de la mesa en la que trabajo- algunas de las obras de Máximo: LIBERTAD RELIGIOSA EN ESPAÑA, PROTESTANTISMO Y DERECHOS HUMANOS, CON LOS PIES EN LA TIERRA, LA BIBLIA PERSEGUIDA y así, hasta 22 libros que hacen de este escritor un maestro en los profundos misterios de la Teología y en las edades de la Historia.
Del genial Quevedo es esta frase: “Ha sido preciso decir lo que fuimos para disculpar lo que somos y encaminar lo que pretendemos ser”.
Aquí está reflejada la tarea que Máximo García asume en sus libros: La perpetua lucha entre las ideas y los intereses, dar luz al alma de un pueblo que durante siglos ha sido víctima de discriminación, persecución, violencia.
Me gusta ofrecer las líneas maestras de los libros que comento. El lector de estos artículos ya lo habrá advertido. Lo considero importante para despertar su interés inicial.
Este último libro de Máximo García se estructura en cinco capítulos: Conceptos básicos. Europa, un proyecto en construcción. Protestantismo como factor de cambio. El ascetismo como forma de vida y Retos y esperanzas. Le sigue una conclusión y siete páginas con la bibliografía que le ha servido de apoyo en la construcción del libro.
El autor revela su faceta de economista, bien informado, al discurrir sobre las causas de la crisis que padece Españadesde los Pirineos hasta la cercanía de Gibraltar. Optimista en grado sumo o creyente en las posibilidades sin límites del ser humano, a García le parece posible la regeneración ética de España cuando cierre puertas, ventanas y agujeros a la corrupción y también la restauración de un sistema político y social diferente al que hoy impera. ¡Dios lo oiga! ¡Lo oiga y se digne actuar!
Muy firme, muy convencido, estima que el protestantismo español, en proceso de crecimiento numérico, “puede convertirse en una minoría con suficiente peso social y, consecuentemente, capaz de ocupar un espacio específico en la reconstrucción de este país”. ¡Ojalá! Decía José Cardona que el protestantismo español había hallado su grandeza y su gloria en el yunque de la persecución. En línea similar a la de Cardona, José María Martínez sostiene que cualquier crisis debe convertirse en desafío; cualquier conflicto o dificultad, en victorioso avance.
Máximo García cree firmemente, sin una chispa de duda, que el protestantismo es una fe que puede superar las crisis. Pone como ejemplos el desarrollo político, industrial y económico de algunos países englobados dentro de la tradición protestante.
Hace referencia al recientemente fallecido José Luis Sampedro en una de sus observaciones. Para este escritor, que adquirió reconocimiento internacional, lo más grave y destructivo para la sociedad que ha entrado en crisis es “la pérdida de valores superiores y con ello, de las más altas referencias para la conducta humana”. Pero Máximo García eleva el problema a una altura que no logró llegar Sampedro. Para él, los valores superiores no son los morales o religiosos, pero si los espirituales que provienen de Dios. Los pueblos, España entre ellos, han dado la espalda a Dios. Ni siquiera lo niegan, como ocurría en el siglo de la Razón, simplemente lo ignoran. Pobres desmemoriados, no advierten que el alejamiento de Dios nos hunde en crisis de las que es difícil salir.
¡Qué certero se muestra Pedro Tarquis en las pocas líneas que escribe en Protestante Digital sobre PROTESTANTISMO Y CRISIS ! Dice que el libro constituye “un exhaustivo estudio que gira en torno a un pensamiento central: los protestantes españoles pueden hacer una valiosa contribución a una sociedad en crisis, si son capaces de interiorizar la herencia protestante europea que Max Weber identifica como “ética protestante” y que contribuyó a hacer de algunos países europeos el paradigma de la democracia, de la prosperidad industrial y del Estado del bienestar”.
Ocurre que los políticos que nos gobiernan no han leído a Max Weber, ni conocen, porque no les interesa, la presencia y la fuerza del protestantismo español. Van en carrozas a la Virgen del Rocío, en coches propios a la Moreneta de Montserrat, en avión al Vaticano, pero ignoran, porque no tienen asesores de nuestra fe, que hay en la España de hoy un millón de personas que practican la fe protestante.
¡Gran libro este último de Máximo García! Desde la admiración del lenguaje a la cuidada elaboración literaria, articula un espacio social con mirada intuitiva. Entre tanta hojarasca temática, a lo que algunos llaman la Literatura de Ideas, PROTESTANTISMO EN CRISIS ofrece soluciones razonables y posibles para liberarnos del estrangulamiento económico que aprieta la garganta de millones de españoles.
 
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lunes, 1 de octubre de 2012

Unamuno ¿un hereje católico? El trágico sentimiento religioso de Unamuno

Por. Juan Antonio Monroy, España*
“El mayor hereje español de los tiempos modernos”
Tal como escribí la pasada semana, este 2012 ha sido declarado oficialmente “Año Unamuno”. Protestante Digital ha querido unirse al calendario con una serie de artículos en torno al genio vasco.
En esta segunda entrega analizamos las relaciones entre Don Miguel y la Iglesia católica .
En un volumen de 678 páginas, coordinado por Domingo Ródenas, leemos: “La obra de Unamuno es inmensa y variada. Casi mil artículos periodísticos, más de ochenta relatos de diferente extensión, veintitantos volúmenes de ensayos, una decena de obras teatrales, numerosas conferencias y discursos, nueve libros de poesía, además de un nutridísimo epistolario aún no conocido por completo, son el resultado de más de medio siglo de escritura”. (3)
En 1946 el jesuita Quintín Pérez publica un libro titulado EL PENSAMIENTO RELIGIOSO DE UNAMUNO FRENTE AL DE LA IGLESIA.
Pérez pregunta para sus adentros: “¿Cómo está ese pensamiento (el de Unamuno) en relación con el de la Iglesia católica, que es el tradicional de España?” Y responde para sus afueras: “El enunciado de Unamuno suena a herejía” . (4)
Esta obrita escandalizó en su día a los seguidores de Unamuno. Pero no tenía por qué. En realidad, el pensamiento de Unamuno estuvo siempre frente al pensamiento de la Iglesia católica . Contra el pensamiento de esta Iglesia. Quintín Pérez no ha sido el único en denunciarlo. El que fuera obispo de Canarias por los años 50, Antonio de Pildain y Zapiain, apañó en un librito de 16 págs. que se vendía a dos pesetas, la pastoral que pronunció desde el púlpito catedralicio el 19 de septiembre de 1953 titulada D. MIGUEL DE UNAMUNO, HEREJE MÁXIMO Y MAESTRO DE HEREJÍAS. En opinión del señor obispo, “no hay, en España, en los tiempos modernos, ningún otro escritor que, continuando en llamarse cristiano de continuo, haya no sólo puesto en duda, sino negado pertinazmente tantos dogmas y enseñado tantas herejías como Don Miguel de Unamuno”. (5)
En apoyo de su tesis Pildain reclama la opinión de otro jesuita, González Caminero, calificado como “uno de los críticos de Unamuno más documentados y objetivos”, para quien el profundo pensador vasco fue “el mayor hereje español de los tiempos modernos”.
Cuántas y cuáles fueron las herejías que según los autores citados profesaba y propagaba Unamuno, las detalla largamente el autor canario Gabriel de Armas , Juez Fiscal Municipal, en el libro que publicó con el título UNAMUNO, ¿GUÍA O SÍMBOLO? En las páginas 121-126 el autor señala hasta 59 puntos heréticos en la obra de Unamuno. De haber vivido en tiempos de la Inquisición, nueve de ellos habrían bastado para ser sometido a tormentos o quemado vivo.
Del largo inventario de declaraciones anticatólicas que Marcelo de Armas atribuye a Unamuno, ofrezco aquí algunos ejemplos.
- Que en el Concilio de Nicea vencieron, como más adelante en el Vaticano, los idiotas, los ingenuos, los obispos cerriles y voluntariosos.
- Que al pueblo hay que darle fe en sí mismo y no dogmas; que los dogmas él se los haga y deshaga.
- Que los dogmas han matado la fe.
- Que la Dogmática Católica es un sistema de contradicciones, mejor o peor concordadas.
- Que el culto de la Santísima Virgen es un culto idolátrico a la Madre de Dios.
- Que el culto de la Virgen, la mariolatría, ha ido poco a poco elevando lo divino de la Virgen hasta casi deificarla.
- Que el pueblo no hace sino ensalzarla más y más alto, pujando por ponerla al lado del Padre mismo, a su igual, en el seno de la Trinidad, que pasaría a ser Cuaternidad, si no es ya que la identifica con el Espíritu Santo, como con el Verbo se identificó al Hijo.
- Que eso del reinado social de Jesucristo es la cantinela con la que nos vienen los jesuitas, los degenerados hijos de Iñigo de Loyola.
- Que derecho y deber no son sentimientos religiosos cristianos; y que después de Constantino nació esa cosa horrenda que se llama Derecho Canónico.
- Que el dogma jesuítico de la infalibilidad pontificia es un dogma militarista engendrado en el seno de una milicia, de una Compañía fundada por un antiguo soldado, por un militar.
- Que el culto del Sagrado Corazón de Jesús es el sepulcro de la religión cristiana.
- Que, para nacionalizar de veras a España, una de las cosas que más falta hacen es descatolizarla en el sentido en que cierto general español y sus consejeros y directores espirituales tomaban el catolicismo, y añadiendo que acaso haya otro sentido en que quepa decir que la Iglesia Católica Romana se está descatolizando, etcétera, etc.
El obispo Antonio Pildain concluye su denuncia contra Unamuno acusándolo de estar “descatolizando ciertamente y en el peor de los sentidos a millares de hijos de España” y calificándolo como “el más acérrimo enemigo de la fe católica de sus compatriotas”.
Expurgando textos de aquí y de allá en las obras completas de Unamuno se llega a la conclusión de que cuanto dicen Marcelo de Armas y el obispo Pildain es verdad. Unamuno atacó dogmas capitales de la Iglesia católica.
“Acaso se deba a la Inquisición –a la externa y a la interna, a la del Santo Oficio y a la de las costumbres- el que el catolicismo haya venido a ser en España una pura mentira”. (6)
“En cuanto se han hecho especialistas en religión –los sacerdotes- en lo que se debe ser más general y más común, el sentimiento religioso se ha falseado y se ha debilitado. Los dogmas han matado la fe, los misterios han sido ahogados por las explicaciones que de ellos se han dado”. (7)
“Tu fe es lo que tú crees teniendo conciencia de ello, y no lo que cree tu Iglesia. Y tu Iglesia misma no puede creer nada, porque no tiene conciencia personal. Es una institución social, no una fusión de almas”. (8)
“En el orden más íntimo, en el orden más entrañable, en el orden religioso, toda la miseria de esta pobre España, enfangada en toda clase de mentiras, es que se perpetúa una mentira: la mentira de que España sea católica”. (9)
3. Domingo Ródenas, 100 ESCRITORES DEL SIGLO XX, Editorial Ariel, Barcelona 2008, páginas 2-3.
4. Quintín Pérez, S.J., EL PENSAMIENTO RELIGIOSO DE UNAMUNO FRENTE AL DE LA IGLESIA, Editorial Sal Terrae, Santander 1946, página 2.
5. Antonio de Pildain y Zapiain, MIGUEL DE UNAMUNO, HEREJE MÁXIMO Y MAESTRO DE HEREJÍAS, Imprenta del Obispado, Las Palmas de Gran Canaria, 1953, página 3.
6. Obras Completas, tomo III, página 847.
7. Ibidem, página 864
8. Ibidem, página 864
9. Ibidem, página 863


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miércoles, 26 de septiembre de 2012

¿Es necesario el evangelio social? La herencia macabra del siglo XX

Por. Juan Antonio Monroy, España*

“Como hay para el cristiano un “pecado original” y un “pecado personal”, hay también –debe haber- un “pecado social”.
“Frente a la injusticia del mundo no basta la acción espiritual y personal, ni siquiera la predicación oral del buen camino: es necesaria una reforma estructural de la sociedad, más aún, de la situación histórica en que hoy vivimos, y, en la forma que sea, la activa colaboración con ella”.
Con estas palabras concluía Laín Entralgo su magnífico libro que tiene como título EL PROBLEMA DE SER CRISTIANO.
Para Laín Entralgo, que fue rector de la Universidad de Madrid y Presidente de la Real Academia de la Lengua, catedrático de Historia de la Medicina, “como hay para el cristiano un “pecado original” y un “pecado personal”, hay también –debe haber- un “pecado social”.
Este pecado social es el desafío que el siglo XXI, ateo, agnóstico, indiferente a lo religioso, plantea al creyente y, en nuestro caso, al creyente de la España evangélica.
El XX, el siglo del ordenador, de los logros informáticos y de los espectaculares progresos científicos, fue también el siglo de la barbarie.
“Vivimos en el planeta de los horrores”, escribió José Saramago. “Estamos haciendo del horror nuestro compañero diario y nos solidarizamos con él”.
DOSCIENTOS CINCUENTA MILLONES DE MUERTOS
El siglo XX fue el más sanguinario de la Historia.
¡Cuántas revoluciones! ¡Cuánto sufrimiento! ¡Cuánta sangre! ¡Cuántas muertes!
La primera guerra mundial , entre 1914 y 1918, causó 22 millones de muertos. La segunda guerra mundial, que estalló con la invasión de Polonia por las tropas alemanas en septiembre de 1939 y terminó con la capitulación de Japón en agosto de 1945, dejó 40 millones de muertos.
La Editorial Robert Laffont publicó en Francia un libro estremecedor: EL LIBRO NEGRO DEL COMUNISMO. CRÍMENES, TERROR Y REPRESIÓN. En la redacción de esta obra colaboraron intelectuales independientes, historiadores especializados en el tema.
Según la obra citada, la revolución soviética de 1917, las purgas que siguieron de Lenin y Stalin y la posterior expansión mundial del comunismo causaron veinte millones de muertos en la antigua Unión Soviética, sesenta y cinco millones de muertos en China , un millón de muertos en Vietnam , dos millones de muertos en Camboya , un millón de muertos en Europa del Este , un millón setecientos mil muertos en Afganistán y decenas de millares de muertos en otros países del globo.
Por otro lado, los campos de exterminio nazis se cobraron veinticinco millones de muertos.
Un escalofrío recorre la objetiva estadística aportada por los autores del libro.
EL HUNDIMIENTO DEL TITANIC
Las pantallas españolas estrenaron hace pocos años una película del realizador español Bigas Luna. Tiene como título “La camarera del Titanic”. Se trata de una película simbólica. En opinión de Bigas Luna, “el hundimiento del Titanic simboliza el hundimiento del siglo XX. En este siglo –dice- se hicieron cosas maravillosas, muchos avances de la ciencia, pero a muchos niveles nos hundimos”.
Este pesimismo lo comparte y lo razona Ignacio Ramonet, nacido en Pontevedra pero educado en Francia. Ramonet, prestigioso periodista, publicó un libro titulado UN MUNDO SIN RUMBO, de obligada lectura para todos aquellos que vivimos tomando el pulso al ser humano.
El libro de Ignacio Ramonet pone al desnudo la profunda crisis de valores que sufre la Europa de hoy. Esta Europa, de la que España forma parte, es un continente sin contenido. En el siglo del ordenador seguimos rigiéndonos por las leyes de las cavernas. Ni Orwell ni Aldous Huxley hubieran podido imaginar que sus pesadillas utópicas se concretarían en el mismo siglo que escribieron.
Con todo, a finales del siglo XX los seres humanos seguían teniendo sed de imposibles, necesidad de creer en algo que les sobrepase, algo por lo que merezca la pena vivir.


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viernes, 3 de agosto de 2012

Manipular el nombre de Dios en vano

Por. Juan Antonio Monroy, España

No hagamos de Él un Dios fácil, manejable, reflejo de nuestras propias ambiciones y deseos. Un dios de bolsillo, barato.
Si tuviera que detallar la manipulación que todas las religiones hacen del nombre de Dios en estos tiempos de tanta corrupción, tendría que escribir dos o tres tomos gordos.
Por otro lado, nada nuevo. Una práctica tan antigua como el cristianismo.
En los tres años que Jesús estuvo dando a conocer su doctrina, la gente intentó una y otra vez manipularlo . Le pedían señales y milagros. Algunos querían que hiciera entre ellos lo que había hecho en otras ciudades. Herodes insistió mucho para que realizara ante él milagros especiales. Quienes contemplaban su muerte le gritaban: Baja de la cruz y creeremos en ti.
La reacción de Jesús fue llamar generación perversa a quienes querían manipularle.
Incluso los de su círculo íntimo, los que estaban cerca de Él, intentaron lo mismo.
La madre de Juan y Santiago le pide privilegios para sus hijos, que entrone uno de ellos a su derecha y otro a su izquierda. Jesús rechazó tajantemente la manipulación que la mujer pretendía diciendo que aquello correspondía sólo al Padre. Quizá pensó contestar con violencia verbal, como en otras ocasiones, pero por respeto a la madre de Sus discípulos más cercanos, no lo hizo.
También nosotros manipulamos a Dios en nuestras oraciones . Valiéndonos de tal o cual promesa extraída del Viejo Testamento, tratamos de forzar Su voluntad para que nos conceda lo que queremos, que puede ser lo que Él no quiere. Insistiendo en nuestras peticiones, a veces egoístas, con aquello de “Señor, acuérdate” (como si el Señor perdiera la memoria en algún momento), estamos rebajando la grandeza de Dios a nuestros niveles humanos.
Dios sabe perfectamente lo que necesitamos. Nos conoce mejor que cada uno de nosotros a sí mismo. No intentemos manipularlo con nuestras oraciones.
Seamos pacientes. La impaciencia conduce a eso, a la manipulación al creer que tarda en responder a lo que le hemos pedido.
No impongamos a Dios nuestra forma de ver y de querer las cosas. No hagamos de Él un Dios fácil, manejable, reflejo de nuestras propias ambiciones y deseos. Un dios de bolsillo, barato, no nos sirve .
No digamos que oramos en nombre de Dios, que pensamos en nombre de Dios, que actuamos en nombre de Dios, cuando en realidad pensamos, hablamos y obramos en nombre nuestro, en nombre de nuestro propio egoísmo.

Saludos
Autores: Juan Antonio Monroy

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domingo, 29 de abril de 2012

Carta a un ateo sobre la existencia de Dios: Siete pruebas de la existencia de Dios

Por. Juan Antonio Monroy, España*
La primera contradicción que yo veo en tu ateísmo es tu propia negación.
Estimado amigo: Dialogo contigo sobre la existencia de Dios sin conocer las causas de tu ateísmo, pero parto del supuesto de que tú eres ateo. En el fondo, puede que el no creer en Dios no sea más que la causa de tu frustración al buscarle por caminos equivocados y no encontrarle. O puede que hayas desembocado en el ateísmo como consecuencia del desengaño religioso, porque hayan querido confinarte a Dios en los límites estrechos de una doctrina particular o, tal vez, en los postulados de un partido político. No sé.
De todas formas, tú eres ateo. Y la primera contradicción que yo veo en tu ateísmo es tu propia negación. Cuando dices que Dios no existe ya estás pensando en un Ser concreto. Es decir, que en tu mente ya tienes definido al Dios que niegas. Te ocurre lo que a esos famosos escritores ateos que se pasaron la vida escribiendo contra Dios, como Voltaire, como Paine, como Ingersoll, como Ibarreta, como Vargas Vila y como tantísimos otros. Pregunto: si Dios no existe, ¿por qué combatirle? ¿Se pueden emplear vidas y talentos contra un ser inexistente? Si se cree que Dios no existe, ¿se le puede concebir tan bien en la mente y luego rechazarle? ¿No te parece todo esto un poco…¿cómo diría yo para no emplear la palabra absurdo? Un poco… fuera de lugar.
Por supuesto, yo no pienso demostrarte aquí la existencia de Dios. A Dios no se le demuestra, se le siente, eso es todo, se le vive. Lo que voy a hacer es esto: Entre las muchas, muchísimas pruebas racionales que se han aducido para probar la existencia de Dios, yo voy a considerar contigo siete, que es el número perfecto. Nada más que siete. Y fíjate que hablo de pruebas racionales y no de fe, porque parto del supuesto de que tú careces de fe. Son argumentos que ya expuso Tomás de Aquino, entre otros autores religiosos y filosóficos.
La primera prueba es la del sentido común. La Bruyere decía: “Siento que hay un Dios, y jamás siento lo contrario; esto me basta para deducir de aquí que Dios existe”. Unamuno, con ser más violento que el francés en sus razonamientos, no era menos lógico. “No es nuestra razón –grita desde el fondo de su “Sentimiento trágico de la vida”- la que puede probarnos la existencia de una Razón Suprema… El Dios vivo, tu Dios, nuestro Dios, está en mí, está en ti, vive en nosotros, y nosotros vivimos, nos movemos y somos en Él”.
Si estudias despacio el tema llegarás a la conclusión que te pone ante los ojos Van Steenberghen cuando habla de “Dios oculto”. Los hombres no se rebelan contra Dios, porque eso va contra toda razón, sino contra el abuso que se ha hecho del nombre de Dios. Averroes le llamó Espíritu creador; Aristóteles, Inteligencia que organiza; Espinoza, Principio inmanente; Materlinck, Fuerza instintiva; Marx, Energía material; Fitchte, Yo absoluto. Para Schelling, Dios se llama Naturaleza; para Hegel, también Espíritu; para Schopenhauer, Voluntad; para ti, tal vez, Algo. Todos esos nombres, amigo, valen para Dios y son, de hecho, el reconocimiento de su existencia.
La segunda prueba que te ofrezco es la que se deduce por la jerarquía de las causas, que ya la expuso Aristóteles. El razonamiento es sencillo: No hay efecto sin causa. La silla en la que estoy sentado la hizo un carpintero, usando la madera que sacó de un árbol. Esta tesis se considera un tanto anticuada, pero la verdad es que su argumentación es contundente. Si hay causas creadas que producen efectos, forzosamente tuvo que haber una Causa increada que diera origen a todas las demás causas y estas a los efectos.
Nerée Boubée, en su libro MANUAL DE GEOLOGÍA, dice con todo acierto: “Nada hay eterno en la tierra; y todo, tanto en las entrañas del globo como en su superficie exterior, atestigua un principio e indica un fin”. Ese Principio, esta Causa Primera, es lo que llamamos Dios.
Mi tercera prueba es también aristotélica. En el mundo hay cambio, hay movimiento, y este movimiento nos conduce indefectiblemente a una primera Causa no movida, a un Primer Motor. Las ciencias físicas nos dicen que la materia es inerte. Luego si la materia es inerte y el mundo material se mueve continuamente, es que hay un Principio fuera de la materia que da vida al movimiento.
Cuando Newton dio con las leyes de atracción se limitó a sentar el hecho de la potencia atractiva, pero sin decir que esta potencia estaba en la materia. Newton era creyente, y con toda su ciencia dijo que no reconocía otra potencia que la de Dios. Dios explica la existencia del movimiento y el movimiento es, a su vez, una prueba más de la realidad de Dios. Ese Primer Motor que puso en marcha el movimiento del Universo es también Creador y Ser Personal.
Otra prueba de la existencia de Dios es la idea que tenemos de lo infinito. Resulta curioso comprobar que la mayoría de los ateos, especialmente los ateos teóricos, afirman que creen en “algo”. Niegan a Dios, pero no pueden sustraerse a la idea de un Ser superior al hombre.
Cuando tú dices, usando un vocabulario de todos los días, que eres un ser finito, estás dando a entender que hay otro infinito; cuando proclamas que eres un hombre imperfecto, desordenado, injusto, defectuoso, impotente, etcétera, estás admitiendo que hay Alguien que es perfecto, ordenado, justo, sin defecto y potente. Ese Alguien no figura entre los hombres finitos, porque en el ser finito ni se ha dado ni se dará jamás la perfección ni el poder absolutos, luego hay que buscarlo forzosamente fuera de nuestro espacio, precisamente en ese infinito que constituye una prueba más, de carácter metafísico, de la existencia de Dios. “Este Ser –dice Newton- es eterno e infinito, existe desde la eternidad y durará por toda la eternidad”.
Una prueba más de que Dios existe la veo yo en la realidad espiritual del hombre. Lee este razonamiento de Cicerón: “El espíritu humano debe remontarnos a otra inteligencia superior que sea divina. ¿De dónde hubiera sacado el hombre el entendimiento de que está dotado?, dice Sócrates. Sabemos que a un poco de tierra, de fuego, de agua y de aire debemos las partes sólidas de nuestro cuerpo, el calor y la humedad que en él se hallan y el mismo soplo que nos anima; pero, ¿dónde hemos encontrado, de dónde hemos tomado la razón, el espíritu, el juicio, el pensamiento, la prudencia y todo cuanto en nosotros es superior a la materia?”.
La vida espiritual que manda sobre tu cuerpo material te dice a gritos que hay Dios. Porque esa vida espiritual procede de Él. Tú podrás negar a Dios todo lo fuerte que quieras, pero al pensar en Él, al pronunciar su Nombre, le estás reconociendo sin darte cuenta.
Si quieres otra prueba de que Dios existe fíjate en la armonía del Universo. Hay movimiento, pero es un movimiento regular, uniforme, inteligente. Hay belleza en el cielo azul, en la puesta del sol dorada, en los Alpes blancos, en las praderas verdes, en la aurora rosada, en la mar hermosa.
Hasta el demoledor Voltaire, abrumado por la evidencia en contra de lo que pretendía negar, dice en NOTES SUR LES CABALES: “Si un reloj presupone un relojero, si un palacio indica un arquitecto, ¿por qué el Universo no ha de demostrar una inteligencia suprema? ¿Cuál es la planta, el animal, el elemento o el astro que no lleve grabado el sello de Aquél a quien Platón llamaba el eterno geómetra?”.
En una encuesta “Gallup” celebrada en los Estados Unidos para determinar la religiosidad del pueblo americano, el 98 por ciento contestó que creía en Dios, y la primera razón que dieron los encuestados para justificar su creencia fue el orden y la armonía del Universo. “Estas obras visibles –dice San Pablo- revelan al invisible Dios” (Romanos 1:20).
Todavía me queda una prueba más a favor de la existencia de Dios. Naturalmente, podría aducir cincuenta, cien más, pero no caben en esta carta. Me resta espacio sólo para una, y luego he de terminar. Es la que se ha llamado prueba de la finalidad o por la finalidad y se ilustra preferentemente con el ejemplo de la flecha. Tú disparas una flecha y ésta se dirige invariablemente al blanco que tú le has propuesto.La flecha es un objeto desprovisto de conocimiento, pero cumple su cometido porque tras ella hay un ser inteligente, en este caso el arquero que la ha lanzado.
En este mundo en el cual tú y yo vivimos hay objetos y seres desprovistos de inteligencia, pero tienden, cosa curiosa, a la realización de un fin concreto. ¿Te has preguntado alguna vez por qué? ¿Quién controla la dirección del viento, quién orienta las olas del mar, quién pone a las hormigas en fila para que trabajen en busca de alimento, quién sostiene las bridas que guían sabiamente a la naturaleza? ¿Quién, amigo, quién sino Dios?
He comentado contigo siete pruebas que, a mi juicio, demuestran la existencia de Dios. Te habrás dado cuenta que no he usado la Biblia para nada. He querido hablarte con sabiduría de este mundo. Pero eso no significa que carezca de argumentos bíblicos para apoyar el tema de esta carta . Aunque los autores de la Biblia no se entretienen en probar la existencia de Dios, porque ellos dan a Dios por existente, te decía en mi carta anterior que la Biblia tiene respuesta para todas nuestras inquietudes. Y ahora quiero, con tu permiso, desandar el camino y plantearte otra vez las mismas pruebas, pero con palabras de la Biblia.
Nuestra prueba primera tenía que ver con el sentido común. Es inútil decir que Dios no existe, porque Su presencia nos desborda. “¿A dónde me iré de tu espíritu? –se pregunta el salmista-. ¿Y a dónde huiré de tu presencia? Si subiere a los cielos, allí estás tú; y si en abismo hiciere mi estrado, he aquí allí tú estás. Si tomare las alas del alba, y habitare en el extremo de la mar, aún allí me guiará tu mano y me asirá tu diestra” (Salmo 139:7-10).
La segunda prueba tenía que ver con la Causa Primera que dio origen a las demás causas y a todos los efectos. El más importante efecto de la Gran Causa es el hombre, tú yo. Lee lo que dice Job: “Tus manos me formaron y me compusieron todo en contorno…; como a lodo me diste forma… Me vestiste de piel y carne, y me cubriste de huesos y nervios. Vida y misericordia me concediste, y tu visitación guardó mi espíritu” (Job 10:8-12).
Para mostrarte bíblicamente la realidad de la tercera prueba sobre las leyes sabias que controlan y dirigen el movimiento del Universo tendría que transcribirte casi todo el Salmo 104. Pero me limitaré a unos pasajes: “Él –exclama el salmista, refiriéndose a Dios- fundó la tierra sobre sus basas…Subieron los montes, descendieron los valles al lugar que tú les fundaste… Tú eres el que envías las fuentes por los arroyos… El que riega los montes desde sus aposentos… El que hace producir el heno para las bestias y la hierba para el servicio del hombre… Hizo la luna para los tiempos, el sol conoce su ocaso. Pone las tinieblas, y es la noche…” (Salmo 104:5-19).
La cuarta prueba, sobre una conciencia de lo infinito, está admirablemente contenida en esta exclamación de Salomón con motivo de la dedicación del templo: “¿Es verdad que Dios haya de morar sobre la tierra? He aquí que los cielos, los cielos de los cielos no te pueden contener; cuanto menos esta casa que yo he edificado?” (1ª de Reyes 8:27).
Sobre la realidad espiritual del ser humano, que es el tema de la quinta prueba , lee este pasaje del patriarca Job, donde afirma con profunda convicción la supervivencia de un ser espiritual: “Yo sé que mi Redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo. Y después de deshecha esta mi piel, aún he de ver en mi carne a Dios; al cual yo tengo de ver por mí, y mis ojos lo verán, y no otro, aunque mis riñones se consuman dentro de mi” (Job 19:25-27).
Para la sexta prueba, sobre la armonía del Universo, la Biblia está llena de respuestas, de interrogaciones y de exclamaciones, como esta del salmista, que, extasiado ante la belleza de la Creación, dice: “Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú formaste, digo: ¿Qué es el hombre para que tengas de él memoria?” (Salmo 8:3-4).
Y la última prueba , la que demuestra la existencia de Dios por la finalidad de los seres y las cosas sin conocimiento, fue propuesta por Salomón hace más de tres mil años. Lee este pasaje antiquísimo, que parece escrito por uno de nuestros más famosos científicos de hoy, y luego medita su contenido: “Generación va y generación viene –dice el autor bíblico-, mas la tierra siempre permanece. Y sale el sol, y pónese el sol, y con deseo vuelve a su lugar, donde torna a nacer. El viento tira hacia el mediodía y rodea el norte; va girando de continuo, y a sus giros torna el viento de nuevo. Los ríos van a la mar, y la mar no se hinche; al lugar de donde los ríos vinieron, allí tornan para correr de nuevo” (Eclesiastés 1:4-7).
Nada más por hoy, pásalo bien.

*Autores: Juan Antonio Monroy
©Protestante Digital 2012