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miércoles, 26 de septiembre de 2012

¿Es necesario el evangelio social? La herencia macabra del siglo XX

Por. Juan Antonio Monroy, España*

“Como hay para el cristiano un “pecado original” y un “pecado personal”, hay también –debe haber- un “pecado social”.
“Frente a la injusticia del mundo no basta la acción espiritual y personal, ni siquiera la predicación oral del buen camino: es necesaria una reforma estructural de la sociedad, más aún, de la situación histórica en que hoy vivimos, y, en la forma que sea, la activa colaboración con ella”.
Con estas palabras concluía Laín Entralgo su magnífico libro que tiene como título EL PROBLEMA DE SER CRISTIANO.
Para Laín Entralgo, que fue rector de la Universidad de Madrid y Presidente de la Real Academia de la Lengua, catedrático de Historia de la Medicina, “como hay para el cristiano un “pecado original” y un “pecado personal”, hay también –debe haber- un “pecado social”.
Este pecado social es el desafío que el siglo XXI, ateo, agnóstico, indiferente a lo religioso, plantea al creyente y, en nuestro caso, al creyente de la España evangélica.
El XX, el siglo del ordenador, de los logros informáticos y de los espectaculares progresos científicos, fue también el siglo de la barbarie.
“Vivimos en el planeta de los horrores”, escribió José Saramago. “Estamos haciendo del horror nuestro compañero diario y nos solidarizamos con él”.
DOSCIENTOS CINCUENTA MILLONES DE MUERTOS
El siglo XX fue el más sanguinario de la Historia.
¡Cuántas revoluciones! ¡Cuánto sufrimiento! ¡Cuánta sangre! ¡Cuántas muertes!
La primera guerra mundial , entre 1914 y 1918, causó 22 millones de muertos. La segunda guerra mundial, que estalló con la invasión de Polonia por las tropas alemanas en septiembre de 1939 y terminó con la capitulación de Japón en agosto de 1945, dejó 40 millones de muertos.
La Editorial Robert Laffont publicó en Francia un libro estremecedor: EL LIBRO NEGRO DEL COMUNISMO. CRÍMENES, TERROR Y REPRESIÓN. En la redacción de esta obra colaboraron intelectuales independientes, historiadores especializados en el tema.
Según la obra citada, la revolución soviética de 1917, las purgas que siguieron de Lenin y Stalin y la posterior expansión mundial del comunismo causaron veinte millones de muertos en la antigua Unión Soviética, sesenta y cinco millones de muertos en China , un millón de muertos en Vietnam , dos millones de muertos en Camboya , un millón de muertos en Europa del Este , un millón setecientos mil muertos en Afganistán y decenas de millares de muertos en otros países del globo.
Por otro lado, los campos de exterminio nazis se cobraron veinticinco millones de muertos.
Un escalofrío recorre la objetiva estadística aportada por los autores del libro.
EL HUNDIMIENTO DEL TITANIC
Las pantallas españolas estrenaron hace pocos años una película del realizador español Bigas Luna. Tiene como título “La camarera del Titanic”. Se trata de una película simbólica. En opinión de Bigas Luna, “el hundimiento del Titanic simboliza el hundimiento del siglo XX. En este siglo –dice- se hicieron cosas maravillosas, muchos avances de la ciencia, pero a muchos niveles nos hundimos”.
Este pesimismo lo comparte y lo razona Ignacio Ramonet, nacido en Pontevedra pero educado en Francia. Ramonet, prestigioso periodista, publicó un libro titulado UN MUNDO SIN RUMBO, de obligada lectura para todos aquellos que vivimos tomando el pulso al ser humano.
El libro de Ignacio Ramonet pone al desnudo la profunda crisis de valores que sufre la Europa de hoy. Esta Europa, de la que España forma parte, es un continente sin contenido. En el siglo del ordenador seguimos rigiéndonos por las leyes de las cavernas. Ni Orwell ni Aldous Huxley hubieran podido imaginar que sus pesadillas utópicas se concretarían en el mismo siglo que escribieron.
Con todo, a finales del siglo XX los seres humanos seguían teniendo sed de imposibles, necesidad de creer en algo que les sobrepase, algo por lo que merezca la pena vivir.


©Protestante Digital 2012

viernes, 3 de agosto de 2012

Manipular el nombre de Dios en vano

Por. Juan Antonio Monroy, España

No hagamos de Él un Dios fácil, manejable, reflejo de nuestras propias ambiciones y deseos. Un dios de bolsillo, barato.
Si tuviera que detallar la manipulación que todas las religiones hacen del nombre de Dios en estos tiempos de tanta corrupción, tendría que escribir dos o tres tomos gordos.
Por otro lado, nada nuevo. Una práctica tan antigua como el cristianismo.
En los tres años que Jesús estuvo dando a conocer su doctrina, la gente intentó una y otra vez manipularlo . Le pedían señales y milagros. Algunos querían que hiciera entre ellos lo que había hecho en otras ciudades. Herodes insistió mucho para que realizara ante él milagros especiales. Quienes contemplaban su muerte le gritaban: Baja de la cruz y creeremos en ti.
La reacción de Jesús fue llamar generación perversa a quienes querían manipularle.
Incluso los de su círculo íntimo, los que estaban cerca de Él, intentaron lo mismo.
La madre de Juan y Santiago le pide privilegios para sus hijos, que entrone uno de ellos a su derecha y otro a su izquierda. Jesús rechazó tajantemente la manipulación que la mujer pretendía diciendo que aquello correspondía sólo al Padre. Quizá pensó contestar con violencia verbal, como en otras ocasiones, pero por respeto a la madre de Sus discípulos más cercanos, no lo hizo.
También nosotros manipulamos a Dios en nuestras oraciones . Valiéndonos de tal o cual promesa extraída del Viejo Testamento, tratamos de forzar Su voluntad para que nos conceda lo que queremos, que puede ser lo que Él no quiere. Insistiendo en nuestras peticiones, a veces egoístas, con aquello de “Señor, acuérdate” (como si el Señor perdiera la memoria en algún momento), estamos rebajando la grandeza de Dios a nuestros niveles humanos.
Dios sabe perfectamente lo que necesitamos. Nos conoce mejor que cada uno de nosotros a sí mismo. No intentemos manipularlo con nuestras oraciones.
Seamos pacientes. La impaciencia conduce a eso, a la manipulación al creer que tarda en responder a lo que le hemos pedido.
No impongamos a Dios nuestra forma de ver y de querer las cosas. No hagamos de Él un Dios fácil, manejable, reflejo de nuestras propias ambiciones y deseos. Un dios de bolsillo, barato, no nos sirve .
No digamos que oramos en nombre de Dios, que pensamos en nombre de Dios, que actuamos en nombre de Dios, cuando en realidad pensamos, hablamos y obramos en nombre nuestro, en nombre de nuestro propio egoísmo.

Saludos
Autores: Juan Antonio Monroy

©Protestante Digital 2012

domingo, 29 de abril de 2012

Carta a un ateo sobre la existencia de Dios: Siete pruebas de la existencia de Dios

Por. Juan Antonio Monroy, España*
La primera contradicción que yo veo en tu ateísmo es tu propia negación.
Estimado amigo: Dialogo contigo sobre la existencia de Dios sin conocer las causas de tu ateísmo, pero parto del supuesto de que tú eres ateo. En el fondo, puede que el no creer en Dios no sea más que la causa de tu frustración al buscarle por caminos equivocados y no encontrarle. O puede que hayas desembocado en el ateísmo como consecuencia del desengaño religioso, porque hayan querido confinarte a Dios en los límites estrechos de una doctrina particular o, tal vez, en los postulados de un partido político. No sé.
De todas formas, tú eres ateo. Y la primera contradicción que yo veo en tu ateísmo es tu propia negación. Cuando dices que Dios no existe ya estás pensando en un Ser concreto. Es decir, que en tu mente ya tienes definido al Dios que niegas. Te ocurre lo que a esos famosos escritores ateos que se pasaron la vida escribiendo contra Dios, como Voltaire, como Paine, como Ingersoll, como Ibarreta, como Vargas Vila y como tantísimos otros. Pregunto: si Dios no existe, ¿por qué combatirle? ¿Se pueden emplear vidas y talentos contra un ser inexistente? Si se cree que Dios no existe, ¿se le puede concebir tan bien en la mente y luego rechazarle? ¿No te parece todo esto un poco…¿cómo diría yo para no emplear la palabra absurdo? Un poco… fuera de lugar.
Por supuesto, yo no pienso demostrarte aquí la existencia de Dios. A Dios no se le demuestra, se le siente, eso es todo, se le vive. Lo que voy a hacer es esto: Entre las muchas, muchísimas pruebas racionales que se han aducido para probar la existencia de Dios, yo voy a considerar contigo siete, que es el número perfecto. Nada más que siete. Y fíjate que hablo de pruebas racionales y no de fe, porque parto del supuesto de que tú careces de fe. Son argumentos que ya expuso Tomás de Aquino, entre otros autores religiosos y filosóficos.
La primera prueba es la del sentido común. La Bruyere decía: “Siento que hay un Dios, y jamás siento lo contrario; esto me basta para deducir de aquí que Dios existe”. Unamuno, con ser más violento que el francés en sus razonamientos, no era menos lógico. “No es nuestra razón –grita desde el fondo de su “Sentimiento trágico de la vida”- la que puede probarnos la existencia de una Razón Suprema… El Dios vivo, tu Dios, nuestro Dios, está en mí, está en ti, vive en nosotros, y nosotros vivimos, nos movemos y somos en Él”.
Si estudias despacio el tema llegarás a la conclusión que te pone ante los ojos Van Steenberghen cuando habla de “Dios oculto”. Los hombres no se rebelan contra Dios, porque eso va contra toda razón, sino contra el abuso que se ha hecho del nombre de Dios. Averroes le llamó Espíritu creador; Aristóteles, Inteligencia que organiza; Espinoza, Principio inmanente; Materlinck, Fuerza instintiva; Marx, Energía material; Fitchte, Yo absoluto. Para Schelling, Dios se llama Naturaleza; para Hegel, también Espíritu; para Schopenhauer, Voluntad; para ti, tal vez, Algo. Todos esos nombres, amigo, valen para Dios y son, de hecho, el reconocimiento de su existencia.
La segunda prueba que te ofrezco es la que se deduce por la jerarquía de las causas, que ya la expuso Aristóteles. El razonamiento es sencillo: No hay efecto sin causa. La silla en la que estoy sentado la hizo un carpintero, usando la madera que sacó de un árbol. Esta tesis se considera un tanto anticuada, pero la verdad es que su argumentación es contundente. Si hay causas creadas que producen efectos, forzosamente tuvo que haber una Causa increada que diera origen a todas las demás causas y estas a los efectos.
Nerée Boubée, en su libro MANUAL DE GEOLOGÍA, dice con todo acierto: “Nada hay eterno en la tierra; y todo, tanto en las entrañas del globo como en su superficie exterior, atestigua un principio e indica un fin”. Ese Principio, esta Causa Primera, es lo que llamamos Dios.
Mi tercera prueba es también aristotélica. En el mundo hay cambio, hay movimiento, y este movimiento nos conduce indefectiblemente a una primera Causa no movida, a un Primer Motor. Las ciencias físicas nos dicen que la materia es inerte. Luego si la materia es inerte y el mundo material se mueve continuamente, es que hay un Principio fuera de la materia que da vida al movimiento.
Cuando Newton dio con las leyes de atracción se limitó a sentar el hecho de la potencia atractiva, pero sin decir que esta potencia estaba en la materia. Newton era creyente, y con toda su ciencia dijo que no reconocía otra potencia que la de Dios. Dios explica la existencia del movimiento y el movimiento es, a su vez, una prueba más de la realidad de Dios. Ese Primer Motor que puso en marcha el movimiento del Universo es también Creador y Ser Personal.
Otra prueba de la existencia de Dios es la idea que tenemos de lo infinito. Resulta curioso comprobar que la mayoría de los ateos, especialmente los ateos teóricos, afirman que creen en “algo”. Niegan a Dios, pero no pueden sustraerse a la idea de un Ser superior al hombre.
Cuando tú dices, usando un vocabulario de todos los días, que eres un ser finito, estás dando a entender que hay otro infinito; cuando proclamas que eres un hombre imperfecto, desordenado, injusto, defectuoso, impotente, etcétera, estás admitiendo que hay Alguien que es perfecto, ordenado, justo, sin defecto y potente. Ese Alguien no figura entre los hombres finitos, porque en el ser finito ni se ha dado ni se dará jamás la perfección ni el poder absolutos, luego hay que buscarlo forzosamente fuera de nuestro espacio, precisamente en ese infinito que constituye una prueba más, de carácter metafísico, de la existencia de Dios. “Este Ser –dice Newton- es eterno e infinito, existe desde la eternidad y durará por toda la eternidad”.
Una prueba más de que Dios existe la veo yo en la realidad espiritual del hombre. Lee este razonamiento de Cicerón: “El espíritu humano debe remontarnos a otra inteligencia superior que sea divina. ¿De dónde hubiera sacado el hombre el entendimiento de que está dotado?, dice Sócrates. Sabemos que a un poco de tierra, de fuego, de agua y de aire debemos las partes sólidas de nuestro cuerpo, el calor y la humedad que en él se hallan y el mismo soplo que nos anima; pero, ¿dónde hemos encontrado, de dónde hemos tomado la razón, el espíritu, el juicio, el pensamiento, la prudencia y todo cuanto en nosotros es superior a la materia?”.
La vida espiritual que manda sobre tu cuerpo material te dice a gritos que hay Dios. Porque esa vida espiritual procede de Él. Tú podrás negar a Dios todo lo fuerte que quieras, pero al pensar en Él, al pronunciar su Nombre, le estás reconociendo sin darte cuenta.
Si quieres otra prueba de que Dios existe fíjate en la armonía del Universo. Hay movimiento, pero es un movimiento regular, uniforme, inteligente. Hay belleza en el cielo azul, en la puesta del sol dorada, en los Alpes blancos, en las praderas verdes, en la aurora rosada, en la mar hermosa.
Hasta el demoledor Voltaire, abrumado por la evidencia en contra de lo que pretendía negar, dice en NOTES SUR LES CABALES: “Si un reloj presupone un relojero, si un palacio indica un arquitecto, ¿por qué el Universo no ha de demostrar una inteligencia suprema? ¿Cuál es la planta, el animal, el elemento o el astro que no lleve grabado el sello de Aquél a quien Platón llamaba el eterno geómetra?”.
En una encuesta “Gallup” celebrada en los Estados Unidos para determinar la religiosidad del pueblo americano, el 98 por ciento contestó que creía en Dios, y la primera razón que dieron los encuestados para justificar su creencia fue el orden y la armonía del Universo. “Estas obras visibles –dice San Pablo- revelan al invisible Dios” (Romanos 1:20).
Todavía me queda una prueba más a favor de la existencia de Dios. Naturalmente, podría aducir cincuenta, cien más, pero no caben en esta carta. Me resta espacio sólo para una, y luego he de terminar. Es la que se ha llamado prueba de la finalidad o por la finalidad y se ilustra preferentemente con el ejemplo de la flecha. Tú disparas una flecha y ésta se dirige invariablemente al blanco que tú le has propuesto.La flecha es un objeto desprovisto de conocimiento, pero cumple su cometido porque tras ella hay un ser inteligente, en este caso el arquero que la ha lanzado.
En este mundo en el cual tú y yo vivimos hay objetos y seres desprovistos de inteligencia, pero tienden, cosa curiosa, a la realización de un fin concreto. ¿Te has preguntado alguna vez por qué? ¿Quién controla la dirección del viento, quién orienta las olas del mar, quién pone a las hormigas en fila para que trabajen en busca de alimento, quién sostiene las bridas que guían sabiamente a la naturaleza? ¿Quién, amigo, quién sino Dios?
He comentado contigo siete pruebas que, a mi juicio, demuestran la existencia de Dios. Te habrás dado cuenta que no he usado la Biblia para nada. He querido hablarte con sabiduría de este mundo. Pero eso no significa que carezca de argumentos bíblicos para apoyar el tema de esta carta . Aunque los autores de la Biblia no se entretienen en probar la existencia de Dios, porque ellos dan a Dios por existente, te decía en mi carta anterior que la Biblia tiene respuesta para todas nuestras inquietudes. Y ahora quiero, con tu permiso, desandar el camino y plantearte otra vez las mismas pruebas, pero con palabras de la Biblia.
Nuestra prueba primera tenía que ver con el sentido común. Es inútil decir que Dios no existe, porque Su presencia nos desborda. “¿A dónde me iré de tu espíritu? –se pregunta el salmista-. ¿Y a dónde huiré de tu presencia? Si subiere a los cielos, allí estás tú; y si en abismo hiciere mi estrado, he aquí allí tú estás. Si tomare las alas del alba, y habitare en el extremo de la mar, aún allí me guiará tu mano y me asirá tu diestra” (Salmo 139:7-10).
La segunda prueba tenía que ver con la Causa Primera que dio origen a las demás causas y a todos los efectos. El más importante efecto de la Gran Causa es el hombre, tú yo. Lee lo que dice Job: “Tus manos me formaron y me compusieron todo en contorno…; como a lodo me diste forma… Me vestiste de piel y carne, y me cubriste de huesos y nervios. Vida y misericordia me concediste, y tu visitación guardó mi espíritu” (Job 10:8-12).
Para mostrarte bíblicamente la realidad de la tercera prueba sobre las leyes sabias que controlan y dirigen el movimiento del Universo tendría que transcribirte casi todo el Salmo 104. Pero me limitaré a unos pasajes: “Él –exclama el salmista, refiriéndose a Dios- fundó la tierra sobre sus basas…Subieron los montes, descendieron los valles al lugar que tú les fundaste… Tú eres el que envías las fuentes por los arroyos… El que riega los montes desde sus aposentos… El que hace producir el heno para las bestias y la hierba para el servicio del hombre… Hizo la luna para los tiempos, el sol conoce su ocaso. Pone las tinieblas, y es la noche…” (Salmo 104:5-19).
La cuarta prueba, sobre una conciencia de lo infinito, está admirablemente contenida en esta exclamación de Salomón con motivo de la dedicación del templo: “¿Es verdad que Dios haya de morar sobre la tierra? He aquí que los cielos, los cielos de los cielos no te pueden contener; cuanto menos esta casa que yo he edificado?” (1ª de Reyes 8:27).
Sobre la realidad espiritual del ser humano, que es el tema de la quinta prueba , lee este pasaje del patriarca Job, donde afirma con profunda convicción la supervivencia de un ser espiritual: “Yo sé que mi Redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo. Y después de deshecha esta mi piel, aún he de ver en mi carne a Dios; al cual yo tengo de ver por mí, y mis ojos lo verán, y no otro, aunque mis riñones se consuman dentro de mi” (Job 19:25-27).
Para la sexta prueba, sobre la armonía del Universo, la Biblia está llena de respuestas, de interrogaciones y de exclamaciones, como esta del salmista, que, extasiado ante la belleza de la Creación, dice: “Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú formaste, digo: ¿Qué es el hombre para que tengas de él memoria?” (Salmo 8:3-4).
Y la última prueba , la que demuestra la existencia de Dios por la finalidad de los seres y las cosas sin conocimiento, fue propuesta por Salomón hace más de tres mil años. Lee este pasaje antiquísimo, que parece escrito por uno de nuestros más famosos científicos de hoy, y luego medita su contenido: “Generación va y generación viene –dice el autor bíblico-, mas la tierra siempre permanece. Y sale el sol, y pónese el sol, y con deseo vuelve a su lugar, donde torna a nacer. El viento tira hacia el mediodía y rodea el norte; va girando de continuo, y a sus giros torna el viento de nuevo. Los ríos van a la mar, y la mar no se hinche; al lugar de donde los ríos vinieron, allí tornan para correr de nuevo” (Eclesiastés 1:4-7).
Nada más por hoy, pásalo bien.

*Autores: Juan Antonio Monroy
©Protestante Digital 2012

miércoles, 11 de abril de 2012

Un protestantismo vivo

Por. Juan Antonio Monroy, España

Unamuno era partidario de una Reforma religiosa española “que fuera a nosotros lo que la Reforma del XVI fue a los países germánicos, escandinavos y anglosajones”.
El pasado 8 de febrero inicié en PROTESTANTE DIGITAL una serie de artículos encaminados a destacar las posibilidades del protestantismo en la España de hoy. He escrito sobre protestantismo en la sociedad del momento, la necesidad de crear iglesias fuertes, llevar la iniciativa en temas de educación primaria, secundaria y universitaria, crear programas para cristianizar a los intelectuales, los licenciados universitarios, los artistas, los deportistas, los políticos; conceder atención especial a los medios de comunicación, desarrollar la economía de la iglesia local.
Naturalmente, han sido ideas sueltas y de poco espacio. El sumario podría ser ampliado hasta convertir cada artículo en capítulo de libro y componer una obra de regulares dimensiones. Esa no es, al menos por el momento, mi intención, cuando trabajo en tres libros al mismo tiempo.
Con el artículo de esta semana pongo punto final a la serie, discurriendo sobre la importancia y necesidad de un protestantismo vivo . Vida es proyección y esperanza. Frialdad es mediocridad y desaliento. Muerte es el entierro de las ideas y de la fe.
Soy consciente de que algunos líderes protestantes, a quienes con preferencia me dirijo, dirán que el programa presentado en los artículos escritos es irrealizable. O dirán otros que no, que es insuficiente. Hay que decir también por qué no. De los optimistas es el reino de los cielos. De los pesimistas es el reino del lamento y de la inoperancia.
El protestantismo español, más apagado que encendido, debe optar por recuperar la energía que tuvo en tiempos pasados, plantear proyectos ambiciosos a la sociedad. Hay que plantar cara al secularismo, al ateísmo, a la indiferencia religiosa que mata el alma del ciudadano. Desde nuestra oposición religiosa –lo somos- se nos abre la posibilidad de plantear un auténtico reformismo en las concepciones espirituales del pueblo . Podría ser un camino para recuperar a las masas alejadas de Dios y de cualquier tipo de iglesia.
Entre nosotros se impone un regreso a las fuentes que iluminaron las estrellas en Belén. Volver al Cristianismo primitivo, el Cristianismo vivo, el Cristianismo de Cristo, porque Cristo es la vida, vida regenerada y regeneradora.
En un encuentro internacional de filósofos celebrado en Murcia se dijo que el Cristianismo está cansado y extenuado, que hay que recurrir al Oriente en busca de sustitutos religiosos. El catalán Eugenio Frías, preocupado por los temas del espíritu, confirmó en su contribución que el pensamiento occidental, sustentado por los principios del Cristianismo, está cansado y si quiere revitalizarse tiene que abrirse al diálogo con Oriente.
¿Es verdad todo esto? Yo grito que no. Que el Cristianismo no se revitaliza acudiendo a las ideas religiosas de Oriente. Esas filosofías, en las que abundan los ídolos y las imágenes, carecen de vida espiritual. No transmiten la energía interior que el auténtico Cristianismo imprime en el alma de sus fieles seguidores.
En España, ¿está agotado el protestantismo cristiano? ¿Ha dado de sí todo cuanto podía dar? ¿Necesita este país otras vías religiosas? ¿Llevan razón quienes dicen que el protestantismo se ha quedado atrás, que ya no puede satisfacer las necesidades religiosas y espirituales del ser humano?
Paparruchas.
La verdad es otra. El protestantismo, que nació de la Reforma religiosa del siglo XVI, necesita una nueva reforma. Abrirse a las exigencias de los tiempos modernos y dejarse de batallas hermenéuticas como mi interpretación del capítulo tal versículo cual es más acertada que la tuya . ¿Qué se logra con esas trifulcas a bibliazos limpios? ¿Confundir a los sinceros buscadores de la verdad?
La letra mata. El espíritu da vida. Vida espiritual, vida de Dios y de Cristo es lo que los españoles necesitan como el comer, no disquisiciones teológicas que en veinte siglos sólo han logrado convertir la sencilla doctrina de Cristo en un monumental rompecabezas donde una pieza no encaja con la otra. Esta hora no es la hora de un protestantismo excluyente, fanático, monopolizador de la conciencia.
Decimos que nuestro origen está en el pesebre de Belén, en el primer siglo de la era cristiana, y decimos bien. Pero a qué engañarnos. El protestantismo que nos distingue procede de la Reforma religiosa del siglo XVI. Hoy se impone una nueva reforma. Unos 500 protestantes alemanes, miembros de una denominación llamada CRISTIANOS POR LA VERDAD, se dirigieron en 1997 a la ciudad de Wittemberg y clavaron otras 95 tesis en la misma puerta del templo donde Lutero llevó a cabo un gesto similar el 31 de octubre de 1517. Los manifestantes abogaban por una nueva Reforma. Según ellos, “en las iglesias protestantes de nuestros días hay de todo menos Palabra de Dios. Se está comercializando la fe y el culto. El liberalismo teológico está acabando con el impulso evangelístico. La declinación moral del Estado y de la sociedad es una consecuencia de la corrupción doctrinal del protestantismo”.
Miguel de Unamuno era partidario de una Reforma religiosa española. En 1915 escribió una carta al pastor protestante español José María Ripoll, entonces residente en Cuba. Le decía: “En España hace falta una Reforma nuestra, indígena, española, no de traducción, pero que fuera a nosotros lo que la Reforma del siglo XVI fue a los países germánicos, escandinavos y anglosajones. Hay que cristianizar a España, donde aún persisten las formas más bajas del paganismo, sancionadas, de ordinario, por la Iglesia católica”.
Esta nueva Reforma española, esta cristianización o recristianización de España, no puede llevarla a cabo la Iglesia católica. La tarea corresponde a un protestantismo vivo, unido, con las fuerzas espirituales suficientes para cambiar la mente y el alma de los españoles .
No podemos atrincherarnos en las páginas de la Biblia para anunciar ideas milenarias, exceptuando la vida y la obra del Salvador. Se precisa conocer las inquietudes íntimas y el mundo exterior del hombre español. Tanto el norteamericano de origen japonés Francis Fukuyama en su libro EL FIN DE LA HISTORIA Y EL TERCER HOMBRE, como el también americano Alvin Toffler en LA TERCERA OLA, coinciden en que el hombre del siglo XXI es más digno de misericordia que de castigo, teniendo en cuenta la siniestra historia heredada de siglos anteriores. A éste hombre no podemos martirizarle con los nueve círculos del infierno del Dante. Hay que llegar a él con un Dios humano, humanizado. Hacer del Padre nuestro que está en los cielos un Padre nuestro que se preocupa por los problemas de sus criaturas en la tierra.
Ni frio ni tibio, hoy necesitamos en España un protestantismo de fuego, llamas que ardan en el interior de las iglesias y quemen entre las hogueras de Dios la apatía espiritual de su pueblo.

Autores: Juan Antonio Monroy

©Protestante Digital 2012