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viernes, 11 de marzo de 2016

¿Será que no podemos? Los mitos del poder y sus entre/dichos



Por. Daylins Rufín, Cuba*
Quien piense que los mitos pertenecen a una era ya pasada, ¡mejor lo piensa dos veces¡
Vivimos entre mitos construidos antaño que son reeditados en lo cotidiano. Tejemos y rehacemos las historias personal, comunitaria, familiar, laboral y de todo tipo, vertiendo esa mezcla en un molde, una forma que recuerda al mito. Creamos y recreamos en el esfuerzo de socavar y erigir valores y verdades inventando nuevos mitos que nos ayuden a entender y transformar el ahora, a salvaguardar y depurar las muchas zonas que conforman el espacio vital. En este sentido podríamos decir que cada ser humano tiene y es, un poco, un ser mitológico.
Entre los tantos mitos con los que hoy convivimos hay una gran gama en la que nos interesa fijarnos: aquella que refleja los relatos, ideas y pre-juicios que tienen que ver con la llamada cultura patriarcal. Y como es esta una veta extensa y muy variada, queremos mirar más específicamente aquellos que sostienen esta ideología desde la perspectiva del poder.
“Poder” es un término que se asocia tanto al ser como al tener. Se dice a una persona “eres poderosa”, se dice que alguien “es poderoso”, y también puede referirse a un colectivo o individuos dentro del mismo “ellas o ellos tienen poder”. Estos usos del término remiten básicamente a lo tangible, a cosas que pueden ser riquezas, bienes, posición (asociados casi siempre sobre todo a cargos y roles), a posesiones y activos; pero existen otras acepciones que tienen que ver con lo intangible, lo que no es dable o controlable por grupo o estructura humana alguna y que incluso tiende a ser asociada con lo sobrenatural. Cuando se dice de alguien que “tiene poderes” estamos ante ese ejemplo.[1]
El amplio espectro de nociones de poder anteriormente esbozado posee indiscutiblemente una configuración dualista que forma parte de la mesa que alimenta muchas nociones fragmentadas – ¡y fragmentandoras!- heredadas, entre las que se encuentran aquellas que han servido y aún se ofrecen para nutrir la ideología patriarcal. El corpus de dualismos que se desprende de la separación entre cuerpo y alma, marcando límites entre lo espiritual y material, se encuentra entre los más reconocidos a nivel histórico y teórico dentro de este tipo. Este cuerpo de dualismos funciona también de apoyo a la comprensión de poder y de los poderes tal cual los referimos previamente.
Y aunque vale la pena el esfuerzo de intentar cortar de raíz esas nociones, de disolverlas y anularlas de forma que dejen de alimentar un tipo de ideología que desune y parcializa, debemos ser conscientes, sin embargo, de la dimensión temporal, espacial, múltiple y articulada que requiere tal empresa; pues un cuerpo fuerte, bien apertrechado y bien nutrido no morirá de inanición tan fácilmente.
Por otro lado, y a propósito de este debate sobre el desmontaje de lo patriarcal, nos preguntamos, ¿será que se trata solamente de agredir y aniquilar el sistema destruyéndolo totalmente, o quizás puede tratarse de remodelarlo, transformarlo y con/vertirlo (tal cual hacemos con los mitos)? ¿Qué elementos, estrategias y acciones pueden hacer efectivo y sostenible el proyecto de liberación (éxodo, salida) de los lindes de la cultura patriarcal? Y, más específicamente, siguiendo el hilo que escogimos como conductor de esta aproximación, ¿Qué poder y poderes poseemos o hemos de disponer para que esto pase?
Un sinnúmero de propuestas suele aflorar a propósito de estas cuestiones y cuestionamientos. El intentar abordarlos deviene en una travesía teórica que puede y debe tener lugar a partir de múltiples vías, todas legítimas y complejas en sí. Yo prefiero palpar ahora el tema del poder y lo patriarcal desde los caminos de lo cultural y lo popular, entendido lo primero no como un modelo fijo  de un sistema dado, sino como la confluencia múltiple de tradiciones, costumbres y cosmovisiones que nos habitan;  y lo segundo como muestra de un grupo no comprometido jerárquicamente a la vez que referente del lugar de praxis: un espacio humano, comunitario desde donde pueden darse las condiciones de posibilidad para construir y deconstruir colectivamente desde la experiencia.
Y si pensara en un elemento que pudiese entrelazar ambas variables, logrando mostrar cómo el tema del poder patriarcal se articula, conforma y reconforma desde y en ellas, escogería el lenguaje y sus configuraciones. Más específicamente, aquello que tiene que ver con las expresiones cotidianas que van predisponiendo nuestros imaginarios de forma que naturalizamos una concepción de poder que. por reduccionista, nos reduce y minimiza a hombres y mujeres por igual. Los “dichos” o proverbios resulta una muestra ideal para esto.
La gente de Cuba -se dice- es muy dicharachera. ¡Y este es un dicho cierto! En una sala de espera, en una reunión con amigas y amigos, en una clase del colegio, en una fiesta familiar, en la cola del pan y donde quiera que se comparte grupal y popularmente en nuestra isla, puede que aflore un dicho o proverbio como parte de la conversación. A veces, incluso sentenciamos con ellos el cierre de un tema determinado. No es raro en estos casos que alguien exprese “… y como dice el dicho…”, trayendo a colación después una frase hecha que resume, reafirma y posiciona con respecto a algún asunto dado que se ha debatido.
Existen dichos, proverbios y frases explícitamente machistas y patriarcales que forman parte de nuestras vidas diarias y se encarnan de generación en generación. “El hombre es de la calle y la mujer es de la casa”, por ejemplo, es una de las más extendidas. Pero, preferiría compartir aquí otros que impactan negativamente la utopía de una sociedad equitativa desde el punto de vista de género de forma quizás menos explícita y más sutil. Estos son más difíciles de identificar, aunque igualmente fungen como propulsores y sostenedores de un tipo de cultura normativa que lacera a hombres y mujeres en la expresión plena de su humanidad, sus capacidades y sus derechos.
Como afirma Ivone Gebara “…las palabras tienen historia y se vinculan a la historia de quienes las utilizan”[2]. Estas que hemos escogido, si las miramos de forma general y divorciadas de un contexto y terreno epistemológico, como el de la equidad de género, se revisten de una condición de solapamiento que las hace más susceptibles de ser propagadas sin la conciencia de cómo refuerzan estereotipos de desigualdad, lo cual las torna a su vez más peligrosas para el proceso de deconstrucción de nuestros imaginarios patriarcales, sobre todo en lo que respecta a la comprensión del poder. Por tanto, son estas cuestiones sobre las que resulta más importante detenerse.
“Donde manda capitán no manda marinero”. Este dicho, extendido y muy común, aparentemente se inscribe sólo en el ámbito de una concepción de poder que tiene que ver con relaciones de producción, perfilando más bien una concepción de poder operativo. Ciertamente este es un primer estrato de sentido que posee tal afirmación, ya que remite, de forma figurada, a definir las relaciones jefe- subordinado, ama-sierva, dirigente-grupo de trabajo, entre otras.
Si seguimos la consabida, y también muy naturalizada división de lo público y lo privado que la teoría feminista ha abordado ampliamente en su labor teórico-crítica,  sería fácil afirmar que este dicho pertenece a la esfera de lo público. Sin embargo, el propio desmantelamiento y acercamiento complejos de las relaciones de género nos deja ver que precisamente la división estereotipada más expandida de los roles hombre y mujer han hecho de esta un ser subordinado en el ámbito privado. Y he aquí un primer elemento que hace que este dicho pueda cómodamente utilizarse también en este ámbito.
Por otro lado, la cultura machista y heteronormativa coloca al hombre en el ámbito privado identificándolo como cabeza de familia, padre de familia, o jefe de núcleo como se le nombra muy comúnmente en el espacio legal cubano, por ejemplo. El varón es el “capitán” de la casa, el que comanda y guía el hogar y esto le confiere responsabilidades, pero también privilegios que crean brechas de inequidad en todo hogar que se encarne dentro de los derroteros de la cultura patriarcal.
No es poco común encontrar en familias que se relacionan desde estos precisamente, que cuando hay que tomar una decisión con respecto a algo que acontece dentro de la casa o el núcleo familiar, las mujeres de la misma (ya sean madres, abuelas, tías e hijas) no tengan, o sientan que tienen, el derecho a ese poder de decidir sobre el asunto, pues ninguna es o asume que no puede ser quien comanda “el barco”. Y desafiar al “capitán” disintiendo o proponiendo algo antes que él, puede hacerte pasar de “marinero” a “polizón”.
En esta misma línea de la lógica de relaciones poder-sanción que instaura la cultura patriarcal se inscriben aseveraciones y dichos como “El que paga, manda” y “Soldado brindado, soldado reventado”. Frases ambas que también parecen pertenecer al ámbito público, de las relaciones de trabajo y subordinación, pero que igualmente son sostenidas en el imaginario que perfila un tipo determinado de relaciones y configuraciones familiares patriarcales que reproducen una lógica de poderes que subyugan y coartan la libertad de expresión y decisión.
Unas de las estrategias de todo poder que se erige como antidemocrático e inequitativo, incluyendo el que se ejerce desde la concepción patriarcal, son la desmotivación y la naturalización del silencio (entendido como no denuncia) haciéndolo lucir como parte del deber ser de la persona o grupo a quien se quiere controlar. Esto, por supuesto, es una forma de violencia. Y este tipo de violencia, menos visible e identificable, sobrevive en el uso de estos dichos y reproduce a través de los mismos el pertinente mito de sumisión de la buena-mujer-abnegada-de boca cerrada versus el hombre-con sus defectos-pero perdonable.
El sistema machista de hombre-proveedor y mujer-objeto recobra sentido dentro del mito patriarcal también por el uso y actualización acrítica de dichos como estos. La desigualdad del sistema se sustenta, y con ello todos los males y vicios que a estas alturas de la historia de la humanidad deberían haber desaparecido ya. A través de esta repetición y dinámica de oralidad, estos recobran nuevas fuerzas.
A propósito de este asunto la misma Ivone Gebara nos recuerda: “En el sentido ético, desigualdad significa hacer diferencia entre derechos debidos a las personas; crear diferencias ficticias para no atribuir los derechos reales y legales a las personas”[3]. El mito patriarcal se vale de estos dichos para reforzar el imaginario de sumisión, privando así de la capacidad y el derecho de denuncia profética a minorías vulnerables.
Otros dichos como  “mejor ser cabeza de ratón, que cola de león”,   “más vale pájaro en mano que cien volando” y “quien mucho abarca, poco aprieta”, amén de ser portadores de una veta de sentido que trasluce puntos válidos y semillas de sabiduría espiritual que puede ser asociada con el no privilegiar el ser sobre el tener, lo cual es importante en un mundo tan egoísta, poco solidario y altamente competitivo y derrochador como este en que vivimos; poseen, sin embargo, en el ámbito de las relaciones de género, un alto poder desmovilizador.
Aplicadas a este espacio, estas grandes y nobles verdades confunden, pues no solo coaccionan, sino que generan complejos y culpas en aquellos sectores oprimidos y vulnerables, víctimas explicitas de un tipo de cultura que refuerza brechas de inequidad.
Una vez más, las palabras en sí no son nada, hay que ponerles coordenadas históricas y suelo para entender los efectos que pueden tener en un momento dado. Somos cuerpos históricos, estamos hechas y rehechos de palabras y mitos que nos cuentan lo que somos y lo que debemos ser.  Somos textos vivientes, ánforas que guardan un rollo de vida que trae un guión escrito en marca de sangre y sombra. Y ¡este guión dado ciertamente puede hacer de nuestras vidas un rollo!
Es necesario que nos atrevamos a recrear la historia y las palabras para ver un camino diferente hacia un horizonte y un mundo distinto. Resulta un desafío ineludible recrear y transformar los mitos dados en el diario de la vida y lo cotidiano, conscientes de que “cuando los conceptos universales comienzan a particularizarse y a tener muchas interpretaciones fundadas en la diversidad de las experiencias humanas comenzamos a ver muchas cosas”[4].
Estamos llamados, como familia humana, a crear y llevar frutos. Somos Imago Dei, hijas e hijos de Dios, Padre y Madre, co-creadores. Es preciso en medio del caos, organizar el mundo con la Brisa (la Ruâh) de la Palabra Sabia (Logos-Sofía) que esclarece y armoniza. Es preciso volver a nombrar las cosas y ver qué es bueno. Ese es nuestro poder… ¿Será que no podemos?
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[1] Es interesante notar que el verbo “empoderar”, actualmente aún tan empleado en escritos como éste que intentan colocarse desde la perspectiva de género, es un anglicismo que denota este mismo sentido de poder como reivindicación y restitución de una fuerza que se mueve, no obstante, entre ambas dimensiones o ámbitos. El “empowerment” hace referencia a una fuerza intangible para volver tangible y hacer aparecer un ambiente de equidad y justicia.
[2] Véase: Gebara, Ivone. Desigualdad y propiedad. Quién determina sus significados, En: Agenda Latinoamericana 2016, págs. 32-33 de la Edición Cubana. También se puede acceder al artículo completo en el archivo telemático de la Agenda Latinoamericana, a través del siguiente link http://servicioskoinonia.org/agenda/archivo
[3] Idem
[4] Ibid, pág 23

* Daylins Rufín. Licenciada en Teología. Master en Ciencias Bíblicas (con énfasis en Hebreo Bíblico y Antiguo Testamento) y doctorante en Filosofía por la Universidad de la Habana, Cuba. Es profesora del Seminario Evangélico de Teología (SET) de Matanzas, y del Instituto Superior Ecuménico de Ciencias de la Religión (ISECRE) en la Habana. Sirve como coordinadora general del programa Red Bíblica Cubana del Centro de Estudios del Consejo de Iglesias de Cuba (CECIC) y como colaboradora del grupo de Reflexión y Solidaridad Oscar Arnulfo Romero de Cuba ( OAR- Cuba) . Es pastora de la Fraternidad de Iglesias bautistas de Cuba (FIBAC).
Fuente: Lupaprotestante, 2016

martes, 4 de agosto de 2015

El pecado es invisible



Por Víctor Hernández, España*
La vida en el Espíritu es la formulación que hace Pablo para definir la vida cristiana: a partir de la experiencia de encuentro con Jesucristo, con su cruz y resurrección, da inicio una forma de vida novedosa. No consiste meramente en un cambio de vida, en el sentido moral o en el sentido de estilo de vida, sino que consiste en una transformación a partir del poder del Espíritu del Jesús resucitado. Así lo dice la promesa de Jesús a los discípulos: “Y yo le pediré a Dios el Padre que les envíe al Espíritu Santo, para que siempre los ayude y siempre esté con ustedes. Él les enseñará lo que es la verdad.” (Juan 14:16-17, TLA).
La vida en el Espíritu o “andar conforme al Espíritu”, como también lo expresa Pablo (Romanos 8:1), consiste en una vida donde tiene lugar el proceso de transformación que el Espíritu opera en cada creyente y en la comunidad. Es una transformación en la cual se manifiesta, de manera actual, el poder de la resurrección, el poder de vida sobre la muerte. Este poder de la resurrección no tiene que ver meramente con una vida futura, sino con la vida presente, la vida histórica. Ese poder de la resurrección afecta el presente, pues se contrapone al modo en que funcionan las cosas en la sociedad; incluso es una amenaza contra el orden social, o para decirlo con un verso de la poeta Julia Esquivel: “nos han amenazado de resurrección“. La vida en el Espíritu es una vida afectada, transformada, por la resurrección.
Creo que para comprender mejor esta vida en el Espíritu, es necesario entender la noción de pecado. ¿Qué es el pecado? ¿Tiene sentido hablar de pecado hoy día o es un concepto antiguo que ya no dice nada? Habitualmente se asocia la idea de pecado con inmoralidades sexuales o con comportamientos “desviados de una norma”, pero esto no ayuda mucho porque produce un malentendido: suponer que es fácil saber qué es pecado y dónde se le halla. En las definiciones teológicas y las confesiones cristianas clásicas, se dice que el pecado es aquello que nos separa de Dios, que nos separa de la vida, que rompe el vínculo con el prójimo y, al final, también rompe el vínculo consigo mismo. El pecado nos aliena de todos y todo.
En la enseñanza del Nuevo Testamento el pecado es invisible. Creo que no hemos reparado mucho en esta enseñanza. El pecado no es tanto aquel comportamiento reprobable que miramos, sino algo que no es visible pero que es real y opera de manera efectiva. Por tanto, es importante superar el malentendido que asocia pecado con una “tipificación de delitos o desviaciones” (que es lo que hacen los códigos jurídicos o morales). El pecado, en cambio, tiene una dimensión de invisibilidad, de operar de manera inmanente pero sin que se le mire, como si fuera algo “natural”.
El pecado sólo se hace visible a partir de la fe. En el evangelio de Juan es muy común hablar de la fe como el acto de mirar, de abrir los ojos. Si de pronto podemos ver es porque antes no podíamos. Hay una ceguera, una imposibilidad de ver la realidad del pecado en la sociedad, que se termina cuando tiene lugar esa experiencia espiritual del encuentro de los discípulos de Jesús: se les abren los ojos, pueden mirar lo que se les revela por medio de Jesús, es decir que sus ojos pueden ver la presencia de Dios (Juan 1:39, 12:45; 14:9). El “poder ver” a partir del seguimiento de Jesús es una experiencia espiritual: viene dado por la gracia.
Y por la gracia, la gracia del perdón, se puede ver el pecado o los efectos del pecado. Previo a esa experiencia no es posible, porque el pecado no es visible: estamos ciegos espiritualmente a su realidad, a su operación y consecuencias. Pablo lo explica muy bien en la carta a los Romanos, cuando plantea que podemos caminar en el Espíritu porque “no hay ya ninguna condenación” (8:1ss). Y, en razón de esa nueva condición de “no condenados” se puede comprender el pecado, dice Pablo, como “la injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad” (Romanos 1:18). Es importante la expresión de Pablo, sobre el “encarcelamiento” de la verdad, porque apunta a la manera como el pecado se invisibiliza, de manera que la verdad queda prisionera y no se la puede encontrar fácilmente.
Creo que esto se puede comprender mejor con un ejemplo contemporáneo: me refiero a la homofobia. Sabemos que la homofobia se refiere a una serie de prácticas, actitudes y posicionamientos que rechazan y excluyen a personas que no se ajustan a las normas de la heterosexualidad. Las personas homosexuales (y de otras identidades de género) padecen la homofobia como marginación, acoso, desigualdad, rechazo, como una violencia, naturalizada desde la posición que defiende la “vida normal”. Precisamente porque la homofobia forma parte de una polémica viva en la actualidad, lo comento como ejemplo del pecado invisible o la dimensión invisible del pecado.
Esto se comprende mejor si hacemos la analogía con otros “pecados invisibles” como el racismo o el machismo. Es importante reconocer la “estructura invisible” o el orden que hace posible su “no visibilidad”. Así, por ejemplo, el racismo no es algo que se pueda mirar, en la medida en que forma parte de un orden y se vive inmerso en él. La gente racista no se mira a sí misma como racista (yo no les discrimino, sólo que no les quiero en mi país y no les quiero junto a mis hijos). Si pensamos en el ejemplo histórico del apartheid en Sudáfrica (sistema legal entre 1948 y 1993, que discriminaba a personas negras, indias o “de color”), hemos de tener presente que dicho sistema se sostenía por las creencias, prácticas y actitudes que consideraban “normal” dicho orden social. La iglesia reformada holandesa apoyó el régimen del apartheid y no fue sino hasta 1992 que reconoció el apartheid como pecado. El racismo no se veía desde adentro de la posición dominante de los blancos. Los blancos no veían nada mal en ese orden. Era lo “natural”. Incluso, se podían hacer excepciones que, como premio a servicios especiales prestados al gobierno, otorgaban a los negros el título de “blanco honorario” o cuando hubo que hacer negocios con japoneses, se les daba ese título a personas asiáticas. Todo este relato del apartheid nos permite visualizar “lo invisible” del pecado, dicho casi como un oxímoron. Costó mucho, y a muchas personas, lograr abolir el apartheid y fue necesario visibilizar aquello que no era visible. Desde la perspectiva de la fe cristiana, esto se formula así: el racismo se deriva del pecado, hay algo pecaminoso en la práctica del racismo.
Me parece que lo mismo pasa con la práctica del machismo y con la práctica de la homofobia (o la práctica del patriarcalismo y la heteronormatividad): operan como algo que penetra y atraviesa muchas ideas, gestos, decisiones, prácticas, emociones y actitudes que tienen como consecuencia la violencia sistemática contra mujeres o personas de identidad de género no heterosexual. Es la dimensión invisible del pecado, “la injusticia que aprisiona con injusticia la verdad”, el pecado que produce heridas y muerte, el pecado que rompe los vínculos y que instituye un mundo injusto, donde unos dominan y oprimen a los otros, pero es el pecado que logra instituir esa realidad como algo “natural”, incluso como algo legitimado por la religión.
Aquí es donde opera el poder de transformación del Espíritu de Jesucristo, porque abre los ojos. A partir de la experiencia de perdón sin límite del Padre de Jesús es posible una nueva mirada: el reconocimiento del pecado que está allí, en las creencias y prácticas que producen injusticia y cuyo fruto es la muerte (exclusión, rechazo, marginación). Pero no sólo se mira el pecado que era invisible, sino que se mira algo más importante: las posibilidades de un mundo nuevo, sin exclusiones, un mundo reconciliado, que en el lenguaje del Nuevo Testamento se llama Reino de Dios, nueva creación. Un sueño. El sueño de Dios, del que siempre nos habla Jesús por medio de sus parábolas y su vida. Y uno siente, entonces, que puede levantarse y trabajar por ese mundo, que puede tener nuevas fuerzas para contribuir a la transformación del mundo, conforme a la voluntad de Dios. Y no lo hacemos por nuestras solas fuerzas o ideas, sino que lo hacemos sostenidos, atravesados por el Espíritu de Jesucristo, que como dice Julia Esquivel, nos hace: Vivir muriendo / Caminar esperanzados / Y saberse resucitados.

*Víctor Hernández. Doctor en psicología y licenciado en teología. Pastor de la Iglesia Evangélica Española. Actualmente se dedica a la psicoterapia y psicología clínica, es también pastor de la Església Evangélica Betlem en Barcelona.

Fuente: Lupaprotestante, 2015.

domingo, 8 de febrero de 2015

Una mujer puede aprender, pero no enseñar



Por. Isabel Pavón, España
Hay creyentes que se saben un par de versículos de memoria sacados de contexto para afianzarse en contra de sacar a la luz los dones de las mujeres y olvidan aprenderse otros que están a favor.
Hay varones que se dedican a enseñar en las diferentes congregaciones. En estos eventos, ya sean gratis o por mediación de pago, están admitidas las mujeres. Ellas estudian los mismos temas que los varones, hacen los mismos ejercicios e intervienen en los mismos debates. En el caso de hacer exámenes, igual que los hombres, sacan sobresalientes en las diferentes materias.
No obstante, algunos de estos maestros, incongruentemente están en contra de que las mujeres enseñen a otros adultos (sí a los más pequeños, discriminando a estos también). Cuando están preparadas no permiten que transmitan esos conocimientos, esconden su verdadero sentir y dicen que es Dios quien lo prohíbe. Me pregunto qué sentido tiene, cuál es el fin de enseñarles si después no pueden compartir con los demás lo que han aprendido. Son discriminadas, se ven amordazadas ante los fieles y si alguien no está de acuerdo, mira para otro lado para no señalarse.
Por otro lado me consta que cuando algunos de estos que menciono asisten a actos, se salen fuera si ven que predica una mujer. Prefieren esperar en la calle, ya sea con frío o con calor, a que termine para que ninguna de sus palabras les entre en los oídos y les confunda. ¿Por qué tanto temor? ¿O será desprecio a la obra de Dios en el género femenino? ¿Cómo puede alguien enseñar primero y marcharse después si, por ejemplo, una de sus alumnas comparte las enseñanzas que él mismo le ha impartido antes?
Hay creyentes que se saben un par de versículos de memoria sacados de contexto para afianzarse en contra de sacar a la luz los dones de las mujeres y olvidan aprenderse otros que están a favor.
En el sobre de un azucarillo leí la siguiente frase atribuida a Platón: El que aprende y aprende y no practica lo que sabe, es como el que ara y ara y no siembra. Aquí se describe bien el sentido de lo que quiero expresar aunque yo lo redactaría de la siguiente manera: La que aprende y aprende y no puede practicar con otros lo que sabe, es como la que desea arar y arar para sembrar y no puede porque hay quienes le ponen cercas al campo para que no entre.

Fuente: Protestantedigital, 2015.

viernes, 2 de agosto de 2013

‘Mi marido me pega lo normal’, violencia de género

Repaso seis libros en torno al tema. Puede ser una guía para aquellas personas que deseen profundizar en esta lacra de la sociedad moderna.
En los primeros días de junio tuvo lugar en Madrid una exposición de obras sobre la llamada violencia de género o maltrato de mujeres. Ana María Pérez del Campo, presidenta de la Federación de Asociaciones de Mujeres Separadas y Divorciadas dijo en la inauguración: “hay que hablar desde el arte de lo que está ocurriendo en este mundo nuestro en el que empezamos a retroceder hacia el año 36”.
Algunos temas de la muestra reflejaban los problemas de la violencia contra las mujeres: ¿cómo se justifica el maltrato?, ¿cómo viven los niños las diferencias sexistas, ¿cómo se ocultan las heridas?, ¿cómo es posible que queden impunes declaraciones de determinados políticos?
El 20 de diciembre de 1993 las Naciones Unidas ratificaron la “Declaración sobre la eliminación de la violencia contra la mujer”. Según esa Declaración, por “violencia contra la mujer se entiende todo acto de violencia basado en la pertenencia al sexo femenino que tenga como resultado un daño o sufrimiento físico, sexual o sicológico contra la mujer, así como las amenazas a tales actos, la coacción o privación arbitraria de la liberad, tanto si se producen en la vida pública como en la privada”.
Desgraciadamente, el hombre de hoy no se rige por los principios de la Declaración. Los maltratos a las mujeres constituyen una epidemia que se extiende por todos los países del mundo, en unos más que en otros
En un informe de las propias Naciones Unidas se afirma que una de cada tres mujeres en el mundo sufre maltrato físico y sicológico por parte de los hombres. El mismo informe añade que este tipo de maltrato es la primera causa de muerte o invalidez en mujeres entre 15 y 44 años.
En este artículo repaso seis libros en torno al tema. Puede ser una guía para aquellas personas que deseen profundizar en esta lacra de la sociedad moderna.
 LAS SEMILLAS DE LA VIOLENCIA, por Luis Rojas Marcos, Editorial Espasa Calpe, Madrid, 228 páginas. Rojas Marcos, nacido en Sevilla, es profesor de Psiquiatría en la Universidad de Nueva York. Dice que el objetivo de su libro es explorar la violencia entre las personas. Cree que la agresión sádica, repetida y prolongada se produce en los matrimonios y en las familias, “donde se manifiestan las hostilidades, las rivalidades y los más amargos conflictos”.
Rojas Marcos encuentra la semilla de la violencia en la génesis de la civilización, cuando Caín se alzó contra su hermano Abel y le arrebató la vida. Fue el principio del mal. Desde entonces, la violencia deviene una condición humana omnipresente e inevitable. En la sociedad actual, aparentemente pacífica, piadosa y de sólidos principios, la violencia está más arraigada que en tiempos pasados, especialmente la que se manifiesta en el maltrato a las mujeres, que con frecuencia suele llegar al crimen.
TRAUMA Y RECUPERACIÓN, por Judith Hernán, Editorial Espasa Calpe, Madrid 378 páginas. Un mensaje directo al corazón de la mujer maltratada. ¿Qué hacer para vencer las atrocidades de la violencia física? ¿Cómo sobreponerse a los malos tratos recibidos? ¿Por dónde empezar la curación? ¿A quién acudir?
La recuperación de los traumas que se padecen a casusa de los maltratos recibidos pueden tener varias fases: matar los recuerdos desagradables. Que la mujer esté segura de lo que quiere y de lo que hace. Compartir los problemas con otras mujeres que hayan tenido las mismas experiencias. Compartir experiencias e información puede ayudar. No encerrarse en sí misma. Tomar el control de la propia vida. Recuperar el control del cuerpo –dice Judith Hernán, profesora de psiquiatría en la prestigiosa Universidad de Harvard y autora de este libro – “supone centrarse en los ritmos biológicos: la alimentación, el sueño, las actividades diarias, los amigos, los familiares, la vida social”.
EL ROMPECABEZAS, por Miguel Lorente Acosta, Editorial Crítica, 304 páginas. Miguel Lorente disecciona en este libro los motivos y anatomía del maltratador, si bien aclara que no existe un perfil único de agresor. Para el maltratador, todos pueden ser argumentos suficientes con tal de justificar la demostración de poder y violencia que impone a la mujer.
Miguel Lorente es doctor en Medicina y Cirugía, profesor asociado en la Universidad de Granada y director del Instituto de Medicina Legal de esa misma ciudad andaluza. Según este autor, el hombre suele anteponer sus propias circunstancias a las de la mujer, “convirtiéndola más en un objeto de su posesión que en una compañera con la que compartir las emociones de los sentimientos y las realidades de la vida”.
Circula la idea de que el agresor es un hombre de nivel sociocultural bajo, con una educación deficiente, que abusa del alcohol o de otras sustancias tóxicas. No obstante, estudios modernos concluyen que el maltrato físico y sicológico a las mujeres se da también en las capas altas de la sociedad por hombres cultos no influenciados por el alcohol ni por las drogas.
MI MARIDO ME PEGA LO NORMAL, por Miguel Lorente Acosta, Editorial Planeta, Barcelona, 315 páginas. Un segundo libro del mismo autor. Aquí, Miguel Lorente sostiene que, por muy increíble que parezca, hay mujeres que sufren malos tratos y lo consideran como una consecuencia normal de la vida en común. Y pregunta: “¿cómo ha llegado a anidar en sus conciencias una noción de normalidad tan perversa?”.
El libro se abre con un prólogo de Victoria Camps. Dice la ilustre filósofa que “el maltrato corporal es la afrenta más vejatoria que puede ocurrirle a una persona. Consecuencias del maltrato son la destrucción de la confianza en uno mismo, la imposibilidad del auto-respeto y la pérdida de la autoestima”.
Siendo esto verdad, ¿cómo se explica que existan mujeres que como consecuencia de los mensajes que le manda el hombre en cada y entre cada agresión lleguen a pensar que el maltrato es normal y que se tienen merecido lo que les está pasando? En estas mujeres, la personalidad queda empequeñecida como un bonsái, permitiendo al hombre llevarla y traerla, ponerla y quitarla según su voluntad.
GRITOS SILENCIOSOS, por Paula Zubiaur, Ediciones Ámbar, Barcelona, 313 páginas. Ilustra la portada de este libro la fotografía realizada por Pau Guasch de una mujer de grandes ojos sorprendentemente abiertos, espantados casi, y un ancho esparadrapo cubriéndole toda la boca y parte superior de la barbilla. La imagen alude a los gritos del corazón procedentes de una mujer maltratada, gritos que nadie oye y de los que apenas se habla.
Este es un libro diferente. Un libro testimonio escrito por una mujer, Paula Zubiaur, sufriendo maltrato dentro de un matrimonio aparentemente perfecto. Ya en las primeras páginas la autora se confiesa: “fui torturada por mi marido de forma continuada a lo largo de interminables años. Ahora que todo ese sufrimiento queda ya tan lejos me decido a contarlo, a dejar testimonio escrito de lo que ocurrió y de cómo ocurrió”. Zubiaur escribe este libro para que los lectores comprendan cómo se siente una mujer maltratada.
APUNTES SOBRE VIOLENCIA DE GÉNERO, por Raquel Osborne, Ediciones Bellaterra, Barcelona, 187 páginas. Otro libro sobre violencia de género escrito por una mujer. Raquel Osborne es doctora en Sociología y posee un Master en la misma materia por la Universidad de Nueva York. Enseña Sociología del Género en el departamento de Sociología de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED).
Osborne pone el énfasis en el maltrato y la violencia sexual como forma de control de las mujeres. Entiende que en la violación se conjugan dos elementos: la agresión y el sexo. Se da por sabido que las agresiones sexuales suelen resultar devastadoras para las mujeres que las padecen, hasta el punto de poder impedirles desarrollar con normalidad su vida cotidiana.
El hombre machista llega a creer que la violación y el maltrato deben ser aceptados sin rechistar. Una canción canaria del siglo pasado viene a confirmar esta aberración:
 Si tu marido te pega
 no llores, Lola,
 vale más llevar palo
 que dormir sola.

Autores: Juan Antonio Monroy

©Protestante Digital 2013